Notas de la Autora: Al final del capítulo.

Capitulo 11: El fino hilo de la libertad

Berenike, Haruki y Sophía conversaban animadamente a medida que avanzaban por la vía Panatenaica, la principal carretera de acceso a Atenas. El sol del mediodía era abrasador, y sin embargo, no mermaba el buen humor de las chicas.

- ¡Ir a la ciudad al estilo de los espías es muy emocionante!

- Ciertamente es algo fuera de lo común, Nike -dijo Haruki-, pero controla tus emociones... esto no deja de ser peligroso para ella.

Bastó ese recordatorio para cambiar el humor de Sophía. Y es que pensar en las posibles consecuencias de su incursión comenzó a alterarle los nervios... en seguida Haruki le habló con dulzura, tratando de calmarla.

- No te preocupes, estás con nosotras... todo va a salir bien. Tómatelo como un paseo.

- Un paseo prohibido, pero un paseo al fin de cuentas -agregó con muy poco acierto la aprendiz de Argus, ganándose la mirada desaprobatoria de su compañera.

- ¡Berenike! -regañó Haruki, con suavidad.

- ¡Lo siento! No fue mi intención, ¡de veras! -dijo la chica, dirigiendo a su amiga una celeste mirada a través de la máscara.

- Descuiden, no pasa nada -intentó tranquilizar Sophía-. Agradezco lo que están haciendo... pero de verdad esto es demasiado riesgoso para ustedes, ya desde que han salido ocultando el motivo real de esta ida al mercado.

- De eso no te preocupes, nos las arreglaremos en caso de que algo marche mal. Aunque dudo que tengamos problemas -dijo la optimista Berenike, ganándose una amistosa sonrisa de Sophía... una que casi hace caer su máscara.

- Ten más cuidado con eso -le aconsejó Haruki-. Sólo un poco más y llegaremos a la puerta de Dípylon.

Sophi nunca había tenido la oportunidad de pisar la ciudad de Atenas. Ahora, al ver la majestuosidad arquitectónica que ya asomaba en la lejanía, comenzó a tomar conciencia de que aquel lugar sería no sólo imponente más allá de las palabras, sino también más hermoso de lo que nunca hubiera podido soñar.

Apenas el trío hubo pasado la Acrópolis, pudo ver más claramente las muchas edificaciones de piedra, de distintos tamaños y diseños. Algunas de ellas poseían bellas columnas. Al llegar al Pórtico de Basileios, Sophía pudo ver tres templos: los dos mayores estaban situados frente a frente, uno a cada lado del pórtico, mientras que el tercero, más pequeño, se alzaba en medio, completando una suerte de medialuna.

- A tu izquierda está el templo de Hermes; a tu derecha el de Ares; y casi detrás de éste, está el templo de Afrodita -explicó Berenike-. Frente a ti, en la zona de los árboles, está el pequeño templo de los Doce Dioses.

- Qué imponentes... -dijo impresionada. Mientras los admiraba, una enorme edificación cerca del pórtico despertó su curiosidad-. ¿Qué es este edificio?

- Es la sede de los magistrados del rey, donde se juzga a los criminales... yo no lo he visto nunca, pero me han dicho que ahí se guardan copias de las leyes de Atenas, grabadas en piedra.

- Cielos Nike... casi todos estos edificios se parecen entre si, pero son hermosos... y tan altos que me hacen sentir pequeña.

- Y eso que aún no lo has visto todo, Sophía -dijo la asiática-. ¿De verdad que es tu primera ves aquí?

- Sí, yo nací en otra ciudad, en Mesina.

- Pero entonces, ¿cómo llegaste aquí?

- Según he sabido con los años, mi ciudad fue destruida por los mercenarios Marmentinos. Nosotros les dimos asilo, y ellos nos retribuyeron destruyendo nuestros hogares, expulsando a nuestros hombres, y quedándose con mujeres y niños como esclavos o botín de guerra.

- Eso quiere decir... que fuiste traída a Grecia contra tu voluntad, y sólo para terminar en un mercado de esclavos... donde fuiste comprada por una familia ateniense -concluyó Haruki.

- Así es.

- Pero descuida... eso ya pasó, y tienes una nueva vida en libertad -dijo Berenike, radiante, consiguiendo que sus amigas sonrieran.

- Es verdad, Sophía. Ahora, aprovecha de admirar el Ágora, ¡es realmente majestuoso!

"¡Sí que lo es!", pensó la enmascarada Sophía, ante la magnificencia de los templos aledaños a la zona verde. Allí, artesanos y vendedores de todo tipo de mercancías trabajaban sin descanso, ofreciendo animadamente sus productos a todo posible cliente.

- Cuanta vida hay aquí... y cuanta gente de clase alta... -dijo, mirando para todos lados.

- Aquí encontrarás casi de todo, porque la feria del puerto es incluso más arrolladora que éste -dijo Berenike.

- Por eso es que tenemos suerte de vivir tan cerca. Ya ves, aquí hay artesanos de cerámica, herreros, cambistas de monedas, campesinos y vendedores de verduras, frutas y hortalizas, aceites, telas... incluso algún comerciante de esclavos... la lista es larga -concluyó Haruki.

- ¿Qué te toca comprar, Haruki? -dijo Berenike.

- Por ahora lo urgente son frutas, verduras y pan, pero también quiero conseguir arroz y algunas especias de oriente. Así que necesitaré ir hasta el puerto... mientras estoy en eso, ustedes podrían aprovechar el tiempo en hacer averiguaciones.

- Está bien.

Las muchachas caminaron entre la apretada multitud que compraba o admiraba los distintos puestos que conformaban el mercado. Mientras Haruki atendía las compras (mismas que, de paso, podrían convertirse en la coartada perfecta en caso de necesidad), Berenike se dedicó a admirar con deleite joyas y accesorios propias de doncellas y señoras. Sabia bien que no podía comprar nada, pero le bastaba con mirarlas. Sophía, con una sonrisa, miraba discretamente sus reacciones.

- ¿Te gusta, Nike?

- ¡Me encanta! Pienso que las jóvenes se ven muy bien con estos accesorios -dijo, cogiendo unos adornos para el cabello... y, sin inmutarse ante la nerviosa mirada de su amiga, se los colocó.

- ¡Nike! ¡Deja eso! ¡Te van a regañar! -dijo, nerviosa.

- Sophiii, ¡tranquila, niña! No pasa na...

- Si no lo va a comprar, déjelo donde está -espetó la vendedora de joyas.

- ¿Pero qué tiene de malo que me lo pruebe?

- Nike... deja eso, huye de los problemas por hoy... ¿Sí?

La joven aprendiz de Argus dejó los adornos a regañadientes, bufando para sus adentros, bajo la atenta y severa mirada de la comerciante.

- Gracias, Nike -sonrió Sophía.

- Nada más te obedecí para llevarte la contra -dijo dolida.

- ¿Llevarme la contra?

- Sí, para demostrarte que siempre me porto bien y no causo líos.

Para sorpresa de la aprendiz, Sophía rió con ganas.

- ¡Hey! ¿De qué te ríes?

- Es que... lo que has dicho es exactamente lo contrario a lo que haces usualmente -dijo, riendo más suavemente.

- Al menos te hago reír -reconoció, sonriendo con sinceridad.

- ¡No lo puedo negar, ja,ja,ja,ja! Bien -dijo resueltamente-, intentaré averiguar si alguien sabe de mi papá.

- ¿Cómo lo harás?

- Luciré mi brazalete y preguntaré a algún herrero... -dijo, mirando para todos lados en busca de uno, hasta que la vendedora de adornos para mujeres intervino.

- Jovencita, en el Templo de los doce dioses están los dos mejores puestos de herrería de la ciudad; pero sólo en el más grande de ellos se realiza un trabajo tan fino. Tal vez tengas suerte por ahí -expresó la señora, jovial por primera vez.

- ¡Oh, muchas gracias! Que los dioses la bendigan -dijo, inclinándose suavemente para dedicarle la mas bella de sus sonrisas, a pesar de llevar máscara.

- De nada. Por cierto... ¿quien hizo tu máscara, jovencita? Disculpa mi curiosidad, pero su aspecto es demasiado real... y se ajusta a tu cara. ¡Qué bello! Las que veo usualmente suelen ser algo más grandes.

Sophía no supo qué decir... por suerte, su amiga se adelantó para sacarla del paso.

- Sí, es bella... es que, como ya debe saber, los artesanos reciben cada vez más exigencias en la confección de máscaras de teatro. Para nuestras representaciones, claro.

- Debe ser muy incómodo llevarlas todo el tiempo, jovencita. ¿Por qué no se las sacan? Que yo sepa, no es usual que se usen máscaras estando en el ágora.

- Pero sí suelen usarlas las sacerdotisas, y quienes realizan ritos religiosos en algunos altares... de todas formas, las llevamos porque hemos de acostumbrarnos a ellas.

- Ah, son artistas principiantes... ya veo... pues les deseo bendiciones a ambas -dijo la mujer, ya mucho menos severa.

- ¡Gracias, señora! ¡Que los dioses la bendigan! -Y tomando del brazo a Sophía, la alejó del lugar. Sólo entonces Sophía pudo soltar el aire que estaba conteniendo... y notar que los nervios la habían tensado completamente.

- Gracias, Nike, yo...

- Nada, sabía que algo así ocurriría... no todos pueden ver diariamente a personas enmascaradas, ni menos a mujeres.

La muchacha asintió, y decidió dejarse guiar por su amiga. Había otros puestos de herrería por el camino, y decidieron preguntar en todos, para maximizar sus opciones; muchos reconocieron que tal habilidad estaba fuera de sus posibilidades, y otros tantos coincidieron con la opinión de la vendedora de joyas. Al fin, cansadas de tanto preguntar y comprobar referencias que no llevaban a nada, decidieron dirigirse al templo.

El lugar estaba atestado de hombres esperando turno en las herrerías. Se acercaron a la más grande, y mientras esperaban, las chicas se mantuvieron a una distancia prudente: algunos de ellos las miraban, y ciertamente les resultaba muy incómodo. Esto fue más que suficiente distracción para que no notaran una sombría figura que las vigilaba desde lejos... alguien que, aprovechando el gentío, envió a dos hombres hacia el templo.

Cuando por fin llegó su turno, Sophía se armó de valor, cogió el brazalete y se lo mostró al herrero, que en ese momento cargaba una docena de espadas sobre su regazo. La impresión que le causo verlo fue evidente: algunas espadas fueron a dar al suelo, olvidadas, y sus ojos se abrieron como si hubieran decidido ocupar toda su cara.

- ¿Donde lo consiguió, señorita? -le dijo, mirándola con viva curiosidad.

- ¿Sabe quién lo hizo? -puntualizó Sophía.

El joven herrero las observó con desconfianza... un gesto que no pasó desapercibido para Sophía.

- Si quiere que responda a sus preguntas, primero dígame quién es usted -exigió con seriedad.

La joven esclava supo que el chico no bromeaba, y que debía sincerarse si quería conseguir alguna información. Así, ante la nerviosa mirada de su amiga, decidió revelar su identidad.

- Soy Sophía, hija de Emilio de Mesina.

La impresión del joven fue tal que el resto de las espadas cayeron, para acompañar a las primeras... pero en esta ocasión, aterrizaron sobre sus pies.

- ¡Aaaauuuuu! ¡Aaaauuuu!

Mil muecas de dolor cruzaron su rostro mientras se sujetaba de la mesa, en una variedad que hubiera sido la envidia de cualquier actor. A continuación, inspeccionó sus pies.

- Por Hefesto... casi pierdo mis dedos... -dijo aliviado, al comprobar que, si bien toda la zona estaba enrojecida, no se había herido.

Nike ahogó sus risas traviesas, y Sophía se sintió menos nerviosa. Gracias a ese percance, el ambiente se había vuelto menos tenso para ella.

- Mis disculpas. Soy Malco, de El Pireo... ¿De verdad eres su hija? -dijo aún incrédulo, mirando su rostro enmascarado.

- Sí... ¿Todavía trabaja aquí? -dijo la muchacha.

- No... Pero si quiere saber más de él, tendría que acompañarme... ¡Cirilo! -gritó hacia la tienda de al lado-. Cuídame la tienda, ya regreso.

Y con estas palabras, salió de la tienda, seguido de cerca por las muchachas.

- ¿Dónde vamos?

- Al barrio industrial, al suroeste del Ágora.

- Eso queda cerca del puerto... -reflexionó Berenike, en voz alta.

- Si. Vamos a la fragua de la ciudad, donde tenemos nuestro taller central. Pero deberán quitarse las máscaras cuando lleguemos... si no, incomodarían a mi familia.

- ¿Es obligación?

- ¿Qué voto de confianza podríamos tener en alguien que no muestra su rostro?

- Bueno, las llevamos porque somos artistas, y... -intentó decir Nike, tan cordialmente como le era posible.

- Si ella es hija de aquel herrero, no puede ser artista... sino más bien una esclava.

Ambas callaron, y se pusieron tensas. Al ver tal reacción, el muchacho se encogió de hombros, indiferente.

- Deben aprender que si quieren llegar a la gente, no está bien escudarse en mentiras absurdas.

Se produjo otro silencio, aún más incómodo que el primero. Pero luego Sophía aseguró:

- Lo sentimos... prometo que cuando lleguemos a tu casa, me la quitaré. Pero mi amiga no puede hacerlo, te ruego puedas respetar eso...

- Lo comprendo. ¿Es un trato?

- Es un trato -dijo Sophía, con firmeza.

El puerto era un lugar muy bullicioso; gaviotas, comerciantes y transeúntes llenaban el aire con voces y sonidos, y a lo lejos, podían oírse los golpes que los herreros daban al metal, y el rugido de las fraguas. Apenas podían moverse entre la multitud, compuesta por gente de varias nacionalidades... Sophía pudo notarlo por sus lenguas, vestimentas, y por los rasgos que había podido apreciar en los caballeros del santuario.

Llegando a una intersección de caminos, por fin pudieron divisar la casa de Malco: era una edificación de un piso, con paredes blancas, a una cuadra del mar. Desde allí, Berenike divisó también a Haruki, que sostenía dos canastos llenos de mercadería extranjera.

- Sophía, iré a avisar a Haru que estamos aquí. ¡Vuelvo enseguida!

- ¡Espera! -tomó a Nike de la mano, para retenerla-. Muchas gracias, amiga. Se han arriesgado mucho por mi causa, y si ahora me acerco a una pista concreta sobre mi padre, ha sido gracias a ustedes. Nunca voy a olvidarlo.

La abrazó largamente, y luego se quedó un momento viendo como se alejaba. Nike avanzaba con toda la rapidez posible para cumplir su promesa, y parecía realmente feliz de que la búsqueda hubiera dado frutos en tan poco tiempo...

No volverían a verse, sino hasta dentro de mucho tiempo.


- Es aquí. Ven.

Con paso inseguro, la chica siguió al joven herrero, que ya tocaba la puerta.

- Pasa, Malco, ¡llegaste justo para el almuerzo! -dijo su madre desde la cocina.

- Ahora no, madre. Traigo una invitada, llama a mi padre.

- Claro. Mientras, pueden esperar en la sala.

- ¿Donde está el taller? -preguntó Sophía.

- En el patio trasero. Pero debes cumplir con el trato -respondió el chico, señalando su rostro.

- Oh, ¡es cierto! Perdón... -dijo, al tiempo que retiraba el metal de su rostro.

- Vaya... sin duda te pareces a él... reconozco sus rasgos en ti, aún cuando lo conocí siendo muy pequeño...

- ¡¿De verdad?! ¿Cuan...?

La pregunta fue interrumpida por la llegada del padre de familia.

- ¡Jovencito! ¡Será mejor que tengas una muy buena razón para hacerme sacar de mi ta...!

Pero sus bravatas, su gesto y su mirada quedaron igualmente congelados, apenas vio el rostro de Sophía.

El joven tomo a la chica por los hombros, y la puso en frente de su padre.

- Padre... ella es Sophía, la hija de Emilio de Mesina.

El hombre era inmenso, de aspecto robusto y musculoso; se veía enrojecido, cubierto de sudor, y tenía su torso descubierto. Sophía se sintió tremendamente incómoda ante él; sobretodo porque el herrero se dedicó a mirarla largamente, sin decir nada. Al fin, decidió ser ella quien diera el primer paso.

- Señor -empezó, aunque con un hilo de voz-... he venido hasta aquí en busca de mi padre. Su hijo me ha dicho que él ya no trabaja aquí, desde hace bastante tiempo... ¿Sabe usted donde está ahora? ¿Si se encuentra con bien?

El rostro de Sophía se veía afligido, pero iluminado por un rayo de esperanza... él, por otra parte, se mostraba inescrutable. Rápidamente se aseó, se vistió adecuadamente, e invitó a la chica a la sala de invitados.

- Ven... siéntate -le dijo.

Ella se acomodó, mientras la madre de Malco les extendía jugos y algunos bocadillos. Hubo un momento de silencio; el herrero parecía buscar las palabras adecuadas...

De fondo, aún se oía el incesante movimiento del puerto.

- Mi nombre es Nicomedes... y hace varios años, fui un gran amigo de tu padre.

- ¿"Fue"? ¿Es que acaso se han peleado y...?

- No, muchacha, tu padre siempre será mi mejor amigo... era un buen hombre.

Su voz y su mirada estaban llenas de tristeza.

La muchacha comenzó a sentir angustia. Sus manos, que hasta entonces reposaban en su regazo, se crisparon nerviosamente, arrugándole la túnica... tenía la sensación de que no recibiría una buena noticia.

- Comprendo... Entonces, ¿sabe dónde puedo encontrarlo? Necesito verle, decirle sobre la muerte de mamá y de mi hermanita, y también... -pero al ver que el hombre meneaba la cabeza, ella enmudeció.

- Cuando los rumores de la traición de los Marmentinos llegaron hasta sus oidos, tu padre regresó inmediatamente... pero como comprenderás, para cuando llegó a Mesina no había nada que pudiera hacer. El lugar era una zona de guerra, y no era nada fácil acercarse... Cuando llegó a vuestra casa, encontró a tu madre sin vida, y le dio sepultura. Luego te buscó, y se enteró de que los sobrevivientes habían sido llevados para ser vendidos como esclavos.

Sí... ella recordaba el viaje, y el haber sido exhibida como un animal, para luego ser vendida sin más... siempre se había preguntado sobre el destino final de su madre. Ahora lo sabía, y eso le reconfortaba.

- En ese momento, romanos y cartagineses luchaban por el control de la zona, pero a tu padre no le importó el peligro: visitó cada una de las tiendas de venta de esclavos que había en la zona, hasta que su búsqueda eventualmente lo trajo aquí, a la gran Atenas. Pero nunca pudo hallarte.

Hizo una pausa. Evidentemente, recordar le causaba mucho dolor.

- Fue durante ese tiempo cuando nos conocimos. Jamás había trabado amistad con alguien tan rápidamente; era un artista único en lo referente al trabajo con metales, pero me sorprendió aún más el ver que, pese a su dolor, tenía la entereza para seguir adelante. Me enseñó casi todo lo que se, dividiendo su tiempo entre el trabajo y la búsqueda de su hija, lo único que le quedaba en el mundo... incluso te buscó en otras naciones.

Se aclaró la garganta, y respiró hondo antes de continuar.

- ... pero eventualmente el desgaste se volvió excesivo, incluso para él... terminó cayendo enfermo, y yo tuve el honor de poder cuidarlo. Se hizo todo lo posible para que sanara, pero...

Volvió a respirar hondo. No era una noticia fácil de dar a una jovencita... Además, relatarle todo aquello era como revivir el dolor de haberlo perdido. Porque más que un amigo, para él había sido como un hermano.

- ¿Él... murió...? -logró decir la chica, casi en un susurro.

- ... Sí... -confirmó apesadumbrado. De pronto, parecía más viejo, y más cansado; ya no un poderoso herrero, sino alguien que había sufrido una gran pérdida-. Cuánto lo siento, Sophía... quiero que sepas que tu padre era como un hermano para mi, y su ausencia aún me duele; pero ciertamente, sé que mi dolor no se compara con el tuyo...

Silenciosas lágrimas rodaban por la tersa mejilla de la muchacha. Su mirada parecía perdida.

- Sophía... tu padre dejó un regalo para ti. Me dijo que te lo diera en caso de que algún día llegara a conocerte, y él ya no estuviera... siempre mantuvo la esperanza de que tú también lo estuvieras buscando -dijo con dulzura.

Y la muchacha lloró. Y su llanto fue amargo y doloroso, pues su conciencia le reclamaba la insensatez de no haberle buscado a pesar de sus circunstancias. Saber que su padre siempre esperó por ella sencillamente devastó su alma.

El hombre, conmovido por el doloroso llanto de la jovencita, la rodeo con sus musculosos brazos y la atrajo hacia sí para abrazarla y consolarla, en un gesto paternal que nació de lo más profundo de su ser.

Desde el marco de la puerta, Malco escuchaba cabizbajo, y decidió ir a la alcoba de su padre para buscar el regalo que... aquel a quien había querido como a un tío... había dejado para la chica. No llegó muy lejos; ya su madre venía hacia él, con la mirada húmeda, para extenderle una pequeña bolsita, hermosamente bordada. La llevó a su padre, notando el profundo pesar de sus ojos, y se la entregó.

- Sophía. Aquí tienes tu regalo -dijo el paternal herrero, ya olvidado de su fachada de hombre duro, mientras depositaba la bolsita en el regazo de la chica.

Ella, aún sollozando, tomó la bolsita con gran cuidado y exploró su interior. Contenía una gruesa pulsera de plata, grabada con una inscripción griega:

"Μη φοβάσαι. ακόμη και αν αφήσετε τον πατέρα σου και την μητέρα σου, Διός ποτέ δεν θα σας αφήσει".

- Disculpe... ¿Qué...? ¿Qué dice aquí?

El hombre tomó la joya, y sonrió al ver la inscripción.

- Es una frase que tu padre escuchó en uno de sus viajes al extranjero. Le impresionó tanto que quiso grabarla en una joya, para no olvidarla nunca más... Yo no sé leer, y puede que su escritura tenga algunas fallas, pero dice: "No temas; aunque tu padre y tu madre te abandonen, Dios nunca te abandonará."

La chica tomó la gruesa pulsera, y la apretó contra su pecho. No había encontrado a su padre... pero su legado estaría con ella para siempre.

- ¡Gracias, papá...! ¡Gracias...! -expresó, antes de reanudar su desconsolado llanto.


- Sophía está demorando demasiado -dijo una inquieta Berenike, sin dejar de pasearse de un lado a otro, mientras su amiga terminaba de hacer las últimas compras.

- ¿Aún no sale de la vivienda?

- No.

- No te preocupes, nos mantendremos cerca.

- ¿No deberíamos ir por ella, Haruki? -expresó, visiblemente impaciente.

- Dale su espacio... tal vez necesite más tiempo para conversar y saber de su padre -dijo en tono tranquilizador.

- De acuerdo... pero esto me tiene mal de los nervios. Incluso... ¿no sientes como si te vigilaran?

- Ahora que lo dices...

No terminó su frase. Detrás de ellas se escuchó un estruendo; un carro de mercaderías había volcado, bloqueando el camino. Acto seguido dos hombres se dirigieron hacia ellas, airados; alegaban que los destellos del sol en sus máscaras habían encandilado a sus animales, causando el accidente. La multitud se arremolinó a ambos lados del carro.

- ¡¿Pero qué...?!


- Muchas... muchas gracias por todo, señor Nicomedes... le estaré eternamente agradecida por haber cuidado de mi padre... -Sus ojos se veían enrojecidos y húmedos; sostenía la máscara entre sus manos, en un gesto que, sin ella pretenderlo, evidenciaba su abatimiento.

- No tienes nada que agradecer, hija... tu padre lo merecía. -La tomó por los hombros, y su voz sonó más paternal que nunca:- Puedes venir cuando quieras. Siempre serás más que bienvenida.

- Gracias por todo... que su vida esté siempre llena de bendiciones... -se despidió, sonriendo tristemente.

- También la tuya, pequeña -dijo él, devolviéndole la sonrisa.

La muchacha dio la vuelta, y comenzó a caminar sin rumbo fijo. Su mente era un torbellino; sentía haber solucionado muchas cosas que había tenido pendientes, pero al mismo tiempo, otras tantas aparecían... principalmente, ahora necesitaría volver a estar en paz consigo misma. Necesitaba sentir que había hecho lo suficiente por encontrar a su padre. Y en lo inmediato, necesitaba a sus amigas con urgencia. Pero no iba a acudir a ellas con el aspecto que debía tener ahora mismo...

Levantó la máscara y la puso delante de su cara, para usarla a modo de espejo. La máscara le devolvió una mirada triste; sus ojos estaban hinchados, y su aspecto en general era de abatimiento.

- Vamos, Sophía -se dijo-. Arriba el ánimo... a tu padre no le hubiese gustado verte así. Alégrate porque nuca se olvidó de ti, y porque tienes gente con la que...

De pronto, guardo silencio. La máscara acababa de reflejar la aparición de una oscura figura, justo detrás de ella... y antes de que pudiera reaccionar, una fuerte mano atenazó violentamente su brazo, haciéndola voltear. La máscara fue a dar al suelo.

La visión del hombre frente a ella hizo que quedara paralizada de terror. Su cara se volvió pálida como la cera, sintió como si fuese a desmayarse... su peor pesadilla estaba ahí, de pie, tan cerca que podía sentir su respiración.

- Cuanto tiempo sin verte... esclava -dijo un robusto joven de cabellera castaña, impregnando cada palabra con un odio mortal.

- Us... ¡Usted!... -consiguió decir la chica, temblando de pies a cabeza a causa del pánico. Lo miraba con los ojos desorbitados, considerando seriamente que se había quedado dormida y que todo esto no podía ser sino una pesadilla.

- ¿Sorprendida? Claro... me diste por muerto, pero no: como ves, sobreviví. -Y apretando aún con más fuerza el frágil brazo de la chica, reclamó con furia mal contenida:- ¡¿Donde está ese traidor de Artemio?!

- Él... a él... lo mataron... yo... -balbuceó entre sollozos, que terminaron en un grito cuando su antiguo amo comenzó a zamarrearla.

- ¡Mientes! ¡MIENTES! -gritó él.

La escena comenzó a atraer a los transeúntes, que se arremolinaron para saber qué pasaba. Ante esto, el hombre jaló a la chica para exponerla ante todos, y se dirigió a ellos con porte autoritario.

- ¡Ella es una esclava fugitiva, y tengo derecho sobre ella! -Y luego, dedicándole una mirada glacial a Sophía, dijo:- Vamos a casa.

Lo dijo en un tono que evidenciaba una clara amenaza, si no para su vida, al menos para su seguridad. Pero la gente, al enterarse de la condición de la chica, se limitó a proseguir con su camino.

- ¡No! ¡No, no! ¡Suélteme señor Filemón, no quiero ir! -chilló desesperada, intentando zafarse del violento y doloroso agarre.

- Tu irás donde YO quiera, porque eres de MI propiedad, ¿entendiste?

- ¡NOOO...!

Miró desesperada en todas direcciones, gritando, en busca de Nike y Haruki... pero ellas estaban fuera del alcance de su voz, al otro lado del puerto, aún enredadas en el falso accidente preparado por los empleados de Filemón.

Su máscara, tirada en la tierra, se convirtió en un mudo testigo de la desaparición de su dueña.


¡Hola a todos los que me leen y me siguen con gran paciencia! Sé que me he demorado bastante y por ello me disculpo ú_ù, pero entre mi trabajo a tiempo completo y atender mis deberes en casa, he logrado terminar el capítulo que me resultó largo. Ya estoy terminando el siguiente capítulo que es más largo que este.

Esperando que la lectura haya sido de su agrado, me despido ^^.

¡Nos vemos!