Projections – Capítulo 10 - Tyelperin.

Disclaimer: Todos los personajes del Potterverso pertenecen a J.K Rowling y tengo la impresión de que Stephen King escribe sus propios libros. Yo tengo un banjo que no sé tocar, un gato que cree que soy comida, reservas de ChocoClack infinitas y un golden retriever que cree que los gruñidos son una forma válida de comunicación.

NdA – Hoy tengo que pediros algo importante. Tengo que pediros que creáis porque si no es inevitable que este capítulo no sea efectivo. Tenéis que creer en las elipsis, en los ritmos narrativos que no están pensados para fanfictions y en que siempre he tenido un plan.

En definitiva, tenéis que creer en lo que vais a leer. Tenéis que situaros en el universo de Projections, en el mismo escenario del capítulo, verlo con vuestros propios ojos y manosear las cortinas. Porque este es el último capítulo y tiene que ser especial de alguna manera.

Va a haber un epílogo pero este es el fin de la historia principal, el fin de Projections en sí mismo, y como tal merece un poco más de esfuerzo y un poco más de fe.

Escribir fanfics es algo completamente distinto y, para mí, mucho más complicado que escribir cualquier otra cosa. No juegas con tus propios personajes, los coges prestados, y los ritmos narrativos cambian por completo. Todo es distinto y siempre tienes miedo de estar haciendo algo mal. Espero no haberos decepcionado tanto como espero que tengáis en cuenta ese pequeño acto de fe que os pido.

He escrito este capítulo escuchando muchas cosas, leyendo otras tantas y dándole muchas vueltas si seguir o no mis notas. Al final, opté por hacer caso a esa vocecilla que me dice que tampoco está tan mal.

Eso es todo. Tarde o temprano, si alguna vez publican algo mío, podréis decir que me leísteis cuando no era más que una escritorzuela de fanfiction y además, añadiréis, sigue siendo igual de estúpida y escribiendo notas igual de largas.

Pasad y, recordad, tenéis que creer.

xXx

Ha pasado una hora desde que Ron se apareció en el estudio de Draco y parece haberse recuperado lo suficiente como para hacerles una señal con la cabeza en dirección a la puerta, cruzando la habitación hacia ella.

Intercambia una mirada con Draco, que se encoge de hombros y deja pasar a Ron. Finalmente, suspira y ambos le siguen a través del pasillo hacia el salón. Si Ron ha aparecido es porque tiene noticias, y por eso mismo se adaptaron las protecciones para dejarle pasar – a él y a Hermione – . Al fin y al cabo, Ron trabaja en el Ministerio y tiene más información sobre el caso de la que Harry podría tener aunque siguiera siendo un auror y Hermione es…Hermione.

Ron observa la cafetera llena en la cocina pero no comenta nada sobre el asunto de tener café hecho a las once de la noche. Sí que parece divertirle bastante, de todas formas, y Harry capta una leve sonrisa antes de que se gire y se apoye en la barra.

- Mañana es el juicio de McGee.

Durante un momento, ninguno de ellos habla y la tensión empieza a ponerle nervioso. Cambia el peso de un pie a otro mordiéndose el labio y mira de reojo a Draco, que tiene el ceño ligeramente fruncido y los brazos cruzados, y luego a Ron.

- Podéis venir, pero no vais a testificar a no ser que sea estrictamente necesario – Ron se pasa una mano por el pelo y suspira. – En teoría, he venido a interrogaros. Es un montón de mierda para librarme del papeleo, de todas formas, no pienso interrogaros. Sé todo lo que ha pasado, muchas gracias.

Ahora que se fija, Ron parece recién salido del Ministerio. Aún lleva puesta la túnica, y odia esa túnica con una pasión que ralla lo enfermizo, y parece cansado. Así que la fecha del juicio de McGee tiene que haberse decidido hace muy poco.

- ¿Quieres algo de comer, Weasley? – Draco ha cruzado la barra arrastrando los pies y Ron da un pequeño bote y se gira con los ojos muy abiertos. No puede culparle, porque él tampoco se lo esperaba, pero sí que ríe un poco entre dientes negando con la cabeza mientras se acerca a Ron.

- Em…um…supongo que…sí que me vendría bien comer algo – Ron le mira con las cejas enarcadas y la boca entreabierta, señalando a Draco con el dedo mientras les da la espalda para abrir un armario de la cocina. Murmura un "¿Qué demonios ha sido eso?" que Harry apenas puede oír. Se limita a encogerse de hombros, porque no está demasiado seguro. Lo único que puede deducir es que Draco es así. No es que haya aceptado a Ron o esté haciendo una especie de show para enseñarles lo muy tolerante que es y lo mucho que ha crecido espiritualmente o alguna gilipollez por el estilo. Simple y llanamente, es así. Es el tipo de persona que te ofrece un trozo de pan si parece que lo necesitas y luego te dice que te estás poniendo gordo, pero te da el pan de todas formas.

Le mira, mientras sigue trasteando en el armario y gruñendo no sé qué sobre las estúpidas luces siendo estúpidamente estúpidas e inútiles. Una sonrisa tira de las comisuras de sus labios y apoya los antebrazos en la barra. Puede notar que Ron le está mirando pero no podría importarle menos.

Finalmente, Draco cierra el armario con un portazo y ofrece a Ron una caja de galletas. Ron se encoge de hombros y coge la caja pareciendo mucho menos sorprendido ahora que tiene comida delante. Mientras Ron abre la caja, Draco apoya las manos en la barra.

- La cuestión es…que hay algo que todavía me huele mal sobre todo esto – saca una galleta de la caja y la observa unos segundos antes de suspirar – ¿Por qué nadie denunció a McGee antes si esto no es algo nuevo? O por qué Skeeter se lo contó si no tenía razón alguna para hacerlo.

- Skeeter seguramente lo hizo porque mi madre se lo pidió – Draco cruza los brazos sobre la barra y deja caer la barbilla encima –. Probablemente mi madre creería que McGee nos atacaría directamente en lugar de decidir investigar a Harvinn y si lo hubiese hecho, Skeeter podría habernos dado mejor publicidad en el artículo.

- Eso sigue sin explicar por qué nadie lo ha denunciado antes – dice Ron, antes de morder una galleta con expresión pensativa –. Había muchos nombres en esa lista. Hemos conseguido contactar con algunos. Zabini dijo que intentaron envenenarle, pero que no le extrañó lo suficiente como para denunciar. Y esa es una excusa de mierda.

Draco abre la boca pero Ron niega con la cabeza y la cierra de golpe.

- Lo sé, sé todo el rollo de que haber sido un mortífago no te hace ser la persona favorita de nadie. Zabini mismo me lo contó cuando le pregunté. Pero sí denunció cuando un borracho le hizo pasar una semana en San Mungo. Y eso no fue mortal, sólo doloroso.

Eso no tiene sentido. Harry frunce el ceño e intenta conectar los puntos. Si Zabini le ha contado la verdad a Ron, y no cree que tenga razón alguna para no haberlo hecho… ¿por qué no denunciar algo tan grave? ¿Por qué…dejarlo pasar?

- ¿Cómo supo Zabini que estaban intentando envenenarle? – pregunta, esforzándose por encontrarle sentido a toda esa situación. Además, no sólo es Zabini. Hay más y ninguno de ellos hizo nada… ¿por qué?

- Porque lo consiguieron. Según me contó, estaba en el Caldero Chorreante y notó algo raro en la bebida. Dijo que tenía un sabor demasiado amargo y que justo en ese momento lo supo. Se apareció directamente en San Mungo, tengo los papeles en la oficina y Hermione dice que ella misma tuvo que tratarle – hace una breve pausa para comerse otra galleta. – La poción que usaron era una muy sencilla de preparar, según Herms, pero habría conseguido matar a Zabini si hubiese terminado de beber. Algo sobre… ¿qué dijo? Algo sobre parálisis de órganos.

Draco toma aire y se yergue, apoyando las manos en la barra. Se muerde el labio, mirando la madera con el ceño fruncido. Entonces, Harry puede ver la compresión iluminando sus rasgos y Draco sale corriendo en dirección al pasillo. Algo se cae y Draco maldice y entonces vuelve con un trozo de pergamino en la mano. Se lo tiende a Ron, que lo coge con expresión dubitativa, y se pasa las manos por el pelo.

- Creía que estaba de coña. Es…es Pansy, puede que fuese una zorra pero cambió. Creía que me estaba tomando el pelo, es algo que ella haría…es su puto sentido del humor – Harry se asoma por encima del hombro de Ron con curiosidad. La letra de Pansy Parkinson es estilizada y elegante y llena el trozo de pergamino de forma compacta –. Pero estaba hablando en serio, joder.

Estimado Draco Malfoy:

¿Por qué me molesto en escribir esas cabeceras? Por Salazar, parece que voy a invitarte a firmar algún contrato o a tomar el té en una casita de campo. No volveré a hacerlo. De hecho, no volveré a hacerlo porque no voy a volver a escribirte y pueden darte por culo si te quejas, cariño, porque no me importa.

Están pasando cosas muy raras. Ya, ya sé que tenía que pasar y que Blaise diría que soy tonta por haber esperado algo de clemencia (clemencia para mí ¡ja!) pero…tenía la esperanza de que este país hubiese cambiado algo y hubiese empezado a entender que no todo es blanco o negro. ¡Y una mierda, joder! Este puto país no ha aprendido nada de la guerra, Draco, NADA.

Espero no estar ofendiendo tu sensible delicadeza, y teniendo en cuenta que juras como un jodido marinero en alta mar no creo que sea el caso, pero vas a tener que disculpar mi lenguaje. (¡Mírame, he hecho una referencia muggle!)

La cuestión es que hace unas semanas me atacaron. ¡ME ATACARON! ¿Puedes creértelo? A punta de varita en un callejón de la forma más cobarde y vil. A una inocente señorita, nada menos. De todas formas, sólo era un tipejo y lo mandé a paseo sin muchos problemas…pero no fue el único. No creía que esas cosas pasasen hasta que tuve que esquivar un puto piano. UN PIANO. Alguien me tiró un jodido piano encima, Draco, como en una de esas películas muggles de mierda.

Hoy me ha llegado una oferta del Ministro. Me dijo "Señorita Parkinson, si no denuncia ese terrible accidente tendrá un montón de dinero en su cuenta y la oportunidad de salir del país sin cargos". Eso me dijo, el bueno de Terrance McGee (es un gilipollas) y…no voy a rechazarlo. Me largo de este agujero de mierda, Draco. Me largo de aquí y tú deberías hacer lo mismo.

Me niego a escribir una despedida, que te jodan.

Pansy Parkinson.

Pdt. He leído ese artículo de la zorra de Skeeter. Francamente, cielo, eso no iba contigo. Me alegro de que te hayan crecido pelotas de pronto y hayas decidido mandarles a la mierda.

Ron suelta una risotada perpleja y agita el pergamino frente a Draco, que sigue mascullando con los brazos cruzados.

- ¿Este es su sentido del humor? – Draco se encoge de hombros, murmurando que no era la primera vez que decía irse del país para aparecer al día siguiente con un montón de bombones y no sé qué película muggle entre los brazos –. Ya… ¿no sabes dónde fue?

- No. Seguramente esté en Italia o…en alguna parte de Estados Unidos – suspira y vuelve a pasarse las manos por el pelo mordiéndose el labio –. Aunque, pensándolo bien, no creo que siga en Europa. Y cuando le escribí, no recibí respuesta.

Intercambia una rápida y fugaz mirada con Ron. Sabe que Ron entiende porque llevan muchos años compartiendo esa misma mirada.

Necesitan a Hermione.

Ron asiente y le devuelve el pergamino a Draco, que lo deja sobre la barra al lado de la caja de galletas. Antes de alzar la varita, Ron saca un puñado de galletas y sonríe a Draco. Hasta Harry tiene que admitir que le sorprende ver a Ron sonreír genuina y abiertamente a Draco pero se encuentra luchando contra su propia sonrisa de todas formas.

- Tienes que decirme de dónde narices las has sacado.

Ron desaparece con un chasquido y Draco arrastra los pies hacia uno de los sofás y se tira encima con un largo y hastiado suspiro.

- Creía que había acabado – dice, con tono cansado. Se acerca y se apoya en el respaldo del sofá con los brazos cruzados – Pero tiene que ser estúpidamente complejo, cómo no. ¿Qué os pasa a vosotros tres, nada puede ser simple con vosotros?

- Parece que no – responde encogiéndose de hombros y de pronto dos chasquidos a su espalda le hacen saltar. Hermione y Ron aparecen en el salón. Hermione está vestida y tiene el pelo recogido. Puede que su turno en San Mungo aún no hubiese acabado cuando Ron fue a buscarla.

Draco se levanta con un suspiro y Harry le sigue hacia el centro de la habitación junto a Ron y Hermione. Ella parece algo cansada y se lanza hacia la cafetera de la cocina.

- Disculpadme un segundo… ¿dónde tienes las tazas? – antes de preguntar, ya ha empezado a buscar y Draco enarca las cejas sin molestarse en responder mientras ella busca. Draco ríe entre dientes negando con la cabeza cuando Hermione encuentra las tazas y se sirve el café y Harry no puede evitar hacer lo mismo. Así es Hermione, al fin y al cabo. Finalmente, se reúne con ellos recogiendo en su camino la carta de Parkinson.

La lee mientras sorbe café y tuerce los labios en mohín pensativo.

- Bien. Esto…puede querer decir que McGee ha estado atacando y sobornando a más gente. Pero hay algo que… - da un largo sorbo al café con los ojos entrecerrados y, de pronto, abre mucho los ojos –. Un momento… Ron ¿tienes los documentos del caso de Nott?

- En la oficina, pero los tengo – Hermione se muerde el labio y empieza a vagar por la habitación apretando la carta contra su pecho y bebiendo cada pocos pasos sólo un sorbo de café.

- ¿No recuerdas los detalles del caso?

- Intentaron quemar su casa. Lo descubrió antes de que el fuego se propagase demasiado y no hubo daños graves. Si no recuerdo mal, empezó en la cocina y llegó hasta el salón antes de que se despertara - Ron se mesó la barbilla, pensativo – Según Stuart, poco después de ese incidente fue cuando salió del país. Ahora está en Holanda. Contactamos con él por flu.

- Intentaron quemar su casa… - masculla Hermione, poniendo especial énfasis en la palabra "intentaron" –. Intentaron…casi le cayó un piano encima, casi le envenenaron… ¿qué pasó con Williams? Charles Williams.

Harry no tiene ni idea de quién es Charles Williams y mira a Draco, que capta su mirada y se encoge de hombros. Supone que debe ser uno de los mortífagos de la lista y devuelve su atención a Ron y Hermione.

- Dijo que empezaron a atacarle de vez en cuando. Pequeñas maldiciones, nada que pusiese su vida en peligro. Antes de irse del país, de todas formas, una de esas maldiciones le inflamó tanto las vías respiratorias que casi se ahogó. Le trató… ¿Spencer?

Hermione asiente y empieza a dar vueltas por el salón más rápido. Deja la taza en la barra con la carta de Parkinson. Está empezando a entender por dónde van los tiros. Hasta ahora, la conexión entre todos los casos es que antes de irse de Inglaterra sufrieron un accidente casi mortal. Lo suficientemente peligroso como para asustarles, pero no tanto como para matarles. Si McGee está detrás de eso, no ha podido hacerlo solo. Jason le ayudó en el caso de Draco pero sólo porque estaba metido hasta el cuello después de que Narcissa le implicara. Así que la pregunta, en ese momento, pasa de ser por qué a ¿quién?

- Pero conmigo cambió el método – dice Draco, acercándose a Hermione –. Porque ya tenía una excusa para acosarme y echarme del país. Skeeter se la sirvió en bandeja. Harry ¿recuerdas cuando te atacaron en el Callejón Knockturn?

Asiente. La túnica verde…

- Fue tu madre. Skeeter me colocó el traslador y tu madre me atacó pero no…no intentaba darme. Si lo hubiese intentado de verdad, lo habría hecho.

- McGee no puede trabajar solo. Mi madre necesitó a más gente para hacer algo mucho más inofensivo. Seguramente ni siquiera sean parte del Ministerio ni sepan que es McGee el que hacía los encargos. De hecho…

- McGee no quería echarte del país – interrumpe Ron, mirando a Draco con los ojos muy abiertos –. Además, estaba probando otro método antes de que el antiguo se volviese demasiado sospechoso. Pero por qué no quería echarte…mierda…

Y justo en ese momento, Harry tiene una revelación. Es estúpida, duda de que tenga demasiado sentido y no parece ligar del todo con lo demás pero la tiene. Jadea y sale corriendo hacia el estudio de Draco. ¿Dónde está? Dónde narices está. Rebusca entre libros y papeles hasta que encuentra uno de los folios en los que Draco anota líneas alternativas o cualquier idea que añadir o quitar de su libro. Lo lee con el corazón en la garganta y gruñe. Oye pasos a su espalda y cuando mira por encima de su hombro Hermione, Ron y Draco le miran con curiosidad desde el marco de la puerta.

Se levanta y le muestra el folio a Draco.

- No…no me jodas, Harry. No puede ser. Él no sabe…

- No, él no lo sabe. Pero Ron y yo sí.

Hermione toma aire con un jadeo llevándose la mano al pecho y Ron frunce el ceño. Draco aprieta los dientes.

- Es un puto legeremante.

xXx

Incluso si la tortura acaba, moriré. Y tú morirás también, pues cuando el amor deja el mundo todos los corazones se detienen. Háblales de mi amor y háblales de mi dolor y háblales de mi esperanza, que aún vive. Pues esto es todo lo que tengo y todo lo que soy y todo lo que pido.

La suerte era un chiste. Incluso la buena suerte era sólo mala suerte con el pelo arreglado.

Se dijo a sí mismo que todo iba bien – solo tenía que mirar al perro durmiendo en el suelo si dudaba – pero en mitad de la noche era difícil ser un optimista. Cuando el amanecer aún estaba a horas de llegar, los malos pensamientos se volvían corpóreos y empezaban a andar. En mitad de la noche los pensamientos se convertían en zombies.

xXx

El piso de Draco se ha convertido en su base de operaciones y trabajan tan rápido como pueden. Hermione y Ron han vuelto a aparecerse para recoger los documentos y Harry ha preparado otra cafetera. Han encontrado un punto de información importante y todo parece apuntar a que tienen razón, pero no es suficiente.

Aún hay muchas preguntas sin responder y, sin respuestas, no pueden moverse con total libertad. ¿Quién ayudó a McGee? ¿Por qué? ¿Qué van a hacer con la información que tienen?

Harry suspira, se quita las gafas y se frota los ojos después de haber leído el informe de un tal Solomon Jackson. El patrón se repite pero no hay ninguna pista sobre quién pueda ser el –o los, no lo tienen claro – cómplice de McGee. Es agotador y no sabe cuánto tiempo podrá seguir sin frustrarse.

- Oye, Herms ¿Eleonor estaba en el despacho de McGee? – dice Ron, cortando el silencio, y todos alzan la mirada en su dirección. Ron carraspea –. Es decir…ella estaba allí ¿no? Antes de que llegarais.

Hermione asiente y mordisquea el final de la pluma que tiene entre los dedos con el ceño fruncido.

- Asumimos que estaba de nuestra parte y había ido a hablar con McGee antes pero…

Harry se golpe la frente con la palma de la mano con tanta fuerza que el sonido del choque resuena por toda la habitación.

- ¡Ella no podía saberlo! Estaba allí por otra razón y cuando llegamos…se fue. Nada más. Los únicos que lo sabíamos éramos nosotros, la madre de Draco, Skeeter, Jason y el propio McGee. Si Jason trabajaba bajo coacción no iba a contarle nada a Eleonor – se muerde el labio mientras vuelve a ponerse las gafas. Ron, Hermione y Draco le miran y la comprensión ilumina, poco a poco, sus rasgos – Sea cual sea la razón por la que Eleonor estaba allí, no tenía nada que ver con Draco.

Así que, a todas las preguntas, se suma una más: ¿Qué hacía Eleonor en el despacho de McGee el día de la detención?

Y, añade Harry, está o no está de su parte.

Draco se levanta y empieza a dar vueltas por la habitación con los brazos cruzados. Lo único que se oye son sus respiraciones y sus pasos. Hasta que los pasos se detienen, Draco lanza una exclamación y se detiene frente a Ron.

- Habíamos dicho que no podía ser del Ministerio y que estaba contratado – Draco se gira para dirigirse a Hermione y a él –, pero… ¿y si no hay un contrato? McGee funciona a fuerza de extorsión, podría estar extorsionando a Eleonor…

Hace una pausa y es tan larga que Harry ha empezado a elaborar una forma de rebatirla. Tiene demasiada fe en Eleonor. Ella no es como Jason y eso no es…ni bueno ni malo, sólo es más difícil hacerla obedecer.

Entonces es Ron el que salta de la silla con un "JODER".

- No es Eleonor, es su marido. Stuart vino a verme una semana antes de la detención de McGee. Estaba tan nervioso que no llegó ni a decirme por qué. Tiene que ser él, no está relacionado directamente con el Ministerio y McGee pudo amenazar a Susan…

- Ron, eso no son más que suposiciones – interrumpe Hermione –. No podemos guiarnos sólo por eso y esperar no equivocarnos.

Hermione lanza un Tempus a un lado mientras se pone en pie y Harry se levanta. Eso está yendo a alguna parte y eso está bien. No habría aguantado mucho más sentado sin hacer nada más que dar vueltas en círculos.

Son las dos de la madrugada.

- Vamos a hacer una visita a Eleonor. Ella es la única que puede aclararnos todo esto y me niego a lanzarme a sacar conclusiones sin tener toda la información. Ya podéis venir todos aquí. Harry ¿hay algún punto de aparición seguro cerca de la casa de Eleonor?

Asiente. A un par de calles hay un punto protegido y no tardarán más de cinco minutos en llegar andando hasta la casa de Eleonor.

Se reúnen junto a la barra. Se cogen de las manos con un suspiro que parecen soltar todos a la vez. Harry cierra los ojos y concentra toda su energía en aparecerlos a todos. Cuando abre los ojos y están enteros en el punto de aparición, agradece a Merlín por una vez tener toda esa potencia mágica dando vueltas por su cuerpo.

Hermione es la primera en salir. En intervalos de un minuto, o eso cree, la siguen fuera de la protección del punto de aparición y Harry les guía hasta la casa de Eleonor. Es un piso a las afueras de Londres, donde el tráfico no es tan denso y el humo no llena tanto el aire. Si Harry recuerda bien, vive en el ático.

- Si llamamos despertaremos a Susan – farfulla, sacando la varita protegido por las sombras del portal - ¿Sigue funcionando el sistema de comunicación ahora que no soy auror, Ron?

Ron niega con la cabeza pero mientras lo hace saca su propia varita, que brilla durante unos segundos en la oscuridad. El zumbido de la puerta al abrirse no tarda ni un minuto en hacerse oír. En el ascensor hay un hilo musical que le crispa los nervios y, detrás de Ron y Hermione, busca la mirada de Draco mientras suben al ático. Draco lo capta y le sonríe con sorna. Sólo con eso, consigue relajarle lo suficiente como para conseguir soportar el estúpido hilo musical y la inquietud de estar…haciendo algo. Se siente a sí mismo sonreír y suspira con alivio cuando el ascensor llega, al fin, al ático.

Eleonor les espera en la puerta de su piso y la luz del ascensor la baña el tiempo suficiente como para que Harry esté seguro de que sabe por qué están ahí. Sus labios sonríen pero de alguna manera la expresión no llega a sus ojos y tiene los hombros caídos en gesto de derrota.

- Sé por qué estáis aquí. No sois estúpidos – suspira, pasándose una mano por el pelo, y se dirige directamente a Ron –. Sé que Stuart fue a verle, pero no llegó a hablar con usted. Es duro para nosotros. Bueno…lo era.

Eleonor coge aire y cierra los ojos unos instantes. Esperan, en un silencio tenso e incómodo, a que coja las fuerzas suficientes para contarles lo que ha pasado. Sólo con verla Harry sabe que no está en el bando de McGee, pero no podrá creerlo hasta que no hable.

- McGee amenazó a Stuart. Le dijo que nos quitaría a Susan si no obedecía – su voz es débil pero gana fuerza conforme avanza – Yo no lo sabía. Stuart empezó a hacer cosas raras, a salir hasta tarde, a evitarme. Pensé…pensé que tenía una aventura o algo así y le seguí. Atacó a alguien, no sé a quién. Me vio y…todo pasó muy rápido. Me lo contó todo. El plan de McGee, que le ordenó matar a los de la lista, que se negó, que entonces McGee elaboró toda esa mierda absurda de exiliarlos y no pude quedarme de brazos cruzados, joder. Fui a hablar con McGee y entonces aparecisteis vosotros.

Silencio. Hermione avanza y pone una mano sobre el hombro de Eleonor.

- ¿Por qué no nos lo contaste?

- No quería que Stuart tuviese más problemas. Ahora mismo lo último que necesita es seguir implicándose en toda esta mierda.

Draco da un paso adelante. Eleonor le mira y, entonces, sonríe.

- Draco Malfoy. Stuart no tuvo nada que ver con lo tuyo, cielo.

- Lo sé – la voz de Draco suena contenida. Harry le observa conteniendo el aliento – Gracias a ti al cabrón McGee va a caerle otro cargo más.

En el rostro de Draco se dibuja la sonrisa más genuina y sincera que Harry le ha visto nunca. Traga saliva y se muerde el labio, porque la tentación de agarrarle de la nuca y besarle hasta que no le quede aire en los pulmones es tan enorme que tiene que apretar los puños para no hacerlo.

La sonrisa de Eleonor crece, se separa de la pared y le da unas palmadas en el hombro a Draco. Ya no tiene los hombros caídos y la sonrisa ha llegado a sus ojos. Ya no carga con el peso del secreto de Stuart y toda ella parece aliviarse.

- Eres un buen tío, quién iba a decirlo.

Ron suelta algo a caballo entre una risotada y una tos y Hermione le da un golpe en el brazo.

En ese momento, pasa algo que nadie se espera. No cree siquiera que Draco se lo esperara. Draco abre los brazos, se inclina y abraza a Eleonor. Es corto, parece algo incómodo y no termina de ser del todo fluido pero la mandíbula de Ron casi llega al suelo y Hermione tiene las manos en la boca. Harry siente que se llena de un orgullo absurdo y que la sonrisa va a salírsele de la cara.

- Es hora de irnos – dice, cuando Draco suelta a Eleonor y da un paso atrás – Tenemos muchas cosas que hacer antes de que amanezca.

Eleonor asiente y, despidiéndose con un gesto, vuelve a entrar en casa.

Cuando vuelven al apartamento de Draco son algo más de las tres de la mañana y aún les queda mucho por hacer.

La madrugada es frenética. Nadie duerme, nadie para, nadie se sienta, nadie descansa. Lo normal es que hubiesen estado rendidos al amanecer y que no hubiesen sido capaces de dar ni medio paso en el interior del Ministerio. Lo normal cuando se pasa una noche en vela, manteniendo los párpados abiertos por el mero impulso del café, es que alguien se desmaye por la extenuación.

Pero no es así.

A las ocho de la mañana, atravesando el ministerio con la bolsa de Sortilegios Weasley en una mano y Ron, Hermione y Draco tras él, Harry está más despierto de lo que ha estado en mucho tiempo. Se ha cambiado de ropa, se ha lavado la cara y se ha tragado lo que deben ser, aproximadamente, unas cinco cafeteras. La adrenalina y la cafeína corren por sus venas y avanza con paso firme, la barbilla alta y un brillo en los ojos que no ve pero que hace que un par de empleados jóvenes tropiecen y que otros tantos no tan jóvenes se aparten de su camino sin preguntar.

Mientras atraviesan los pasillos en dirección a la sala en la que el Wizengamot, la audiencia y McGee esperan, ese algo que anida en su estómago ruge y clava las uñas.

Al abrir la puerta, un silencio preñado de inquietud atenaza la sala. Los murmullos estallan apenas han cruzado el umbral y sólo es el carraspeo severo de McGonagall, una McGonagall que da la sensación de ser tan vieja como el Ministerio mismo pero con ese destello en su mirada que hacía a los gemelos Weasley encogerse en los pupitres, hace que los cuchicheos se corten de golpe.

McGee está sentado en el centro de la sala mucho más relajado de lo que debería, si alguien le preguntase a Harry. Se sientan a un lado y esperan. El juicio no empezará hasta las ocho y media pero Harry no se atreve a hablar y no parece que ninguno de ellos lo haga. En algún momento Draco deja caer la mano sobre la suya y cierra los dedos en torno a ella con fuerza, esa es la única comunicación que mantienen durante la tensa media hora en la que se limitan a esperar. Y es suficiente.

McGonagall se pone en pie.

- Compañeros del Wizengamot y magos y brujas de Londres, estamos aquí para juzgar al antiguo Ministro de Magia Paul Terrance McGee. Bajo el mandato de Astoria Greengrass, a día 20 de Febrero de 2003, se abre la sesión.

Otra voz, debajo de McGonagall, clama "El pueblo mágico de Londres contra Paul Terrance McGee. Cargos presentados: Extorsión, amenaza, difamación, violación de correspondencia, apología del delito, abuso de autoridad, daños y cohecho. Se celebrará un juicio único como concesión a la petición especial de la Ministra de Magia en funciones Astoria Greengrass."

El desarrollo del juicio es para Harry como estar viendo a un montón de grindylows hablando tailandés. Los términos legales se le escapan y todo es formal y extraño. Su juicio no se pareció en nada a lo que se está desarrollando ante él, los juicios de los mortífagos tampoco. Lo que está viendo es ordenado, medido al milímetro. Observa a McGonagall con renovada admiración. Ha convertido un tribunal corrupto en una maquinaría perfecta y precisa, como un reloj.

McGee sigue tranquilo.

La voz bajo McGonagall vuelve a alzarse.

- A continuación se hará un descanso de diez minutos, no pueden abandonar la sala. Tras el descanso, procederán a declarar contra Paul Terrance McGee el Jefe del Departamento de Aurores Ronald Bilius Weasley acompañado del civil Harry James Potter.

Ron le mira desde detrás de Hermione y le hace un gesto con la barbilla en dirección al centro de la sala. Asiente y, a la vez, aprieta la mano de Draco y el asa de la bolsa. Mientras Ron se levanta, se gira para mirar a Draco y él le devuelve la mirada y le dedica una sonrisa afilada.

- Por esto puede no volver a salir de Azkaban. Con esto le encerraríamos para siempre, Draco. Para siempre, joder.

- Ese capullo de McGee se merece no volver a ver la luz del sol – la voz de Draco es tranquila, contenida. Pero Harry nota en su forma de arrastrar las sílabas, más pronunciada de lo normal y demasiado suave, la ira contenida – Y si no, me conformo con que le caigan diez. O veinte, yo qué sé, pero quiero verle en la cárcel.

Cuando se pone en pie y suelta la mano de Draco, Ron ya está abajo moviéndose incómodamente a un lado de McGee. Es tan alto y tan pelirrojo que es casi imposible no fijarse en él y los murmullos siguen creciendo. Baja los escalones sintiéndose más ligero con cada paso y sonríe a Ron al llegar junto a él. Ron devuelve la sonrisa, una mueca fiera y llena de determinación, y pasan unos minutos esperando en silencio hasta que el portavoz anuncia el fin del descanso.

- Ronal Bilius Weasley – McGonagall mantiene sus rasgos completamente neutrales – Proceda.

- Tenemos más cargos que presentar contra Paul Terrance McGee – Harry cree que lo intenta, pero Ron escupe el nombre de McGee con un asco que es difícil de ignorar – A la luz de nuevas pruebas encontradas en la investigación.

McGonagall asiente con aire adusto y seco y Ron saca del bolsillo la cara de Parkinson, la muestra a la audiencia y la tiende al portavoz. El portavoz la pasa hacia arriba y el Wizengamot la lee en completo silencio.

- McGee amenazó a varios de los que él creía mortífagos o fueron mortífagos durante la guerra pero no fueron condenados. Y no sólo los amenazó, extorsionó a un hombre inocente para que los matara. El hombre del que hablo es Stuart Robinson, marido de la aurora en funciones Eleonor Robinson, al que amenazó con dañar a su hija, Susan Robinson, si no cooperaba – Ron toma aire y puede notar, aunque mantiene la mirada fija en McGonagall y su pose es segura, que está nervioso – Stuart Robinson se negó a matar a los objetivos, por lo que recibió órdenes de amenazar sus vidas de forma grave para que después McGee les ofreciese un soborno para conseguir que no denunciaran y abandonasen el país.

Se oye un murmullo y a partir de ahí la sala completa se llena de cuchicheos e incluso palabras dichas en voz muy alta y muy deliberada. McGonagall carraspea. Eso basta para silenciar la sala.

- Espero que sea consciente de lo grave de sus acusaciones y tenga pruebas sólidas en las que basarse, señor Weasley.

- Las tengo. Y añado, además, que pueden someterme tanto a veritaserum como a comprobar mis recuerdos en un pensadero. Conocemos, al menos, cuatro casos de extorsión bajo amenaza de muerte: Pansy Parkinson, Blaise Zabini, Theodore Nott y Charles Williams.

McGonagall asiente con la cabeza y posa su mirada severa en Harry. Durante unos segundos se siente como si volviese a tener once años y traga saliva.

- Harry James Potter ¿qué tiene que añadir a la declaración del señor Weasley?

Es el momento. Ha forzado la idea durante todo el juicio, la ha mantenido expuesta en su mente como un cártel luminoso. Ha intentado que brille sobre cualquier otro pensamiento, sobre cualquier otra sensación. Toma aire y carraspea, metiendo la mano en la bolsa de Sortilegios Weasley.

- Voy a hacer un experimento, si no le importa – McGonagall alza una ceja pero se mantiene en silencio.

De la bolsa de Sortilegios Weasley saca el pequeño vial con la poción de Seamus. Mientras descorcha la botella, mira a McGee a los ojos y recibe una sonrisa socarrona a cambio. Se guarda el impulso infantil de sacarle la lengua y, sin previo aviso, vierte la poción en el suelo.

El estallido le deja sordo durante un instante y toda la sala se ha puesto en pie. Cuando la ilusión del fuego se retrae y sólo queda el humo brillante flotando en la sala, sólo queda una persona sentada.

McGee.

- Muy…interesante, señor Potter pero no sé qué quiere demostrar con eso.

- Mire a su alrededor – hace un gesto con el brazo abarcando toda la sala. La gente empieza a sentarse, algunos entre risas nerviosas, y McGee se mantiene imperturbable en su silla – Y dígame que ve.

- Veo a un tribunal al borde del infarto y a una audiencia con los nervios hechos pedazos – responde McGonagall, con un tono que no admite réplica, y entonces sus ojos se entrecierran tras los cristales de sus estrechas gafas y Harry sabe que se ha dado cuenta – Y a Paul Terrance McGee muy tranquilo en su silla.

McGee alza las cejas.

- Llevo pensando en esto durante todo el juicio. En cómo iba a tirar esto aquí, iba a haber una gran explosión y no iba a pasar nada en absoluto. Me he forzado a pensar eso porque sabía que el señor McGee – consigue, de alguna forma, que eso no suene con demasiada burla – iba a echar un ojo para ver qué había en mi cabeza.

- ¿Está diciendo que Paul Terrance McGee es un legeremante no registrado, señor Potter?

- Estoy diciendo eso y, además, estoy diciendo que usó la legeremancia como arma. Un mago débil no llega al poder. Siempre me pregunté cómo pudo llegar a ser Ministro y esta es la respuesta. Tengo más pruebas y ustedes mismos pueden comprobar que no me equivoco.

Se saca del bolsillo el pergamino que recogió en el piso de Draco. Es una tabla en la que aparecen las fechas en las que recibió alguna amenaza. Las más importantes se concentran los viernes.

- McGee sabía que suelo salir los viernes y por eso, mientras estaba protegiendo a Draco Malfoy, enviaba las amenazas más fuertes los viernes. También creemos que Rita Skeeter no le contó todos los detalles sobre la operación de Narcissa Malfoy que él mismo malogró, si no que los sustrajo a la fuerza y le ofreció a cambio la información de que el viernes estaría fuera, aunque no supiese dónde. Narcissa Malfoy me encontró pero no tenía forma de saber que estaría fuera el viernes si no se lo hubiesen contado.

Toda la sala está en un silencio tenso. Están esperando algo más. Harry entrega el pergamino al portavoz y vuelve a coger aire.

- Paul Terrance McGee no quería echar a Draco Malfoy del país, quería provocar un ataque para llegar más lejos y encerrarle.

Entonces, la sala estalla en murmullos y comentarios. El propio Wizengamot empieza a hablar entre sí. McGee parece, por primera vez, mostrar algo más que esa sonrisa de comemierda que debe haber aprendido desde la cuna.

Busca a Draco con la mirada y Draco le sonríe y Ron le da una palmada en el hombro mientras Hermione alza un pulgar. Y la criatura en su estómago ruge y la oye por encima de las voces y por encima de su propio aliento.

xXx

McGee es condenado a cadena perpetua y va a pasar el resto de lo que le queda de vida en Azkaban. Astoria Greengrass repara un mandato lleno de corrupción e intrigas. Rita Skeeter publica un artículo muy sensacionalista sobre el juicio. McGonagall les abraza tras el juicio y les dice lo orgullosa que se siente de todos ellos.

En definitiva, todo ha salido bien. Las cosas no suelen salir tan bien, piensa Harry dos días después del juicio tirado en el sofá de su salón, las cosas suelen torcerse de alguna manera y todo suele ir terriblemente mal. Pero todo ha salido bien y hay momentos en los que le cuesta creerlo.

Poco a poco, todo vuelve a su curso. Aunque al parecer Draco nunca terminó de abandonar el camino. Cuando terminó el juicio, después de una extraña e incómoda comida con Ron y Hermione después de que pasase todo, volvieron a su apartamento y se puso a escribir tecleando de forma frenética. Se fue porque no había nada que hacer. Y ahí está, dos días después, esperando noticias de Draco con una pequeña sensación de pánico al fondo del estómago pero de alguna manera seguro de que aparecerá.

Aparecen llamas verdes en la chimenea y Draco sale con un montón de folios entre los brazos. No tiene tiempo de sobresaltarse, antes de que pueda hacerlo Draco le ha dejado los folios en el regazo.

Enarca las cejas pero Draco no dice nada. Sólo le mira, con los brazos cruzados y aire impaciente. Suspira y empieza a leer.

Cuando acaba, no sabe dónde narices se ha metido Draco. Tiene la sensación de haber estado dormido y haber despertado de golpe, pero eso es algo a lo que se ha terminado acostumbrando al leer tanto durante esos meses. Ha llegado a gustarle esa sensación pero en ese momento hace más difícil aún que se concentre. Bufando, arrastra los pies hacia la cocina y allí se encuentra a Draco, que ha secuestrado su cafetera, bebiendo café apoyado en la encimera. Está descalzo y los vaqueros tienen manchas de tinta por todas partes. No se ha molestado siquiera en intentar meter el bajo de la camisa blanca y ya tiene las mangas subidas hasta los codos. Aún no le ha visto llegar y sigue bebiendo mirando el armario. Tiene el pelo desordenado y las ojeras destacan en su piel pálida pero eso no impide que sienta un tirón en el estómago.

- Ya lo he leído – dice, acercándose a él, y Draco deja la taza en la encimera y le observa con atención –. No me encaja que Gretchen diga "puta", pero por lo demás…sé que sabes que es todo perfecto así que no sé por qué coño te molestas.

- Con mi propia obra nunca soy imparcial. Nadie puede ser imparcial con lo que escribe – Draco se empuja con los brazos y los alza, enlazándolos tras su cuello. Harry deja que sus manos caigan sobre su cintura y le acerquen más – Tú eres lo suficientemente inteligente como para saber leer y lo suficientemente estúpido como para no ser pedante.

Bufa, aunque sonríe, mientras el cuerpo de Draco se pega al suyo y todo se llena de su olor. La proximidad y la anticipación forman una mezcla extraña y no del todo recomendable, teniendo en cuenta que Harry planea al menos llegar al sofá antes de que toda la tensión que ha acumulado no le deje pensar con claridad.

- Nadie va a Aparecerse hoy ¿verdad? – gruñe Draco, enredando los dedos en el pelo de su nuca, y pierde un poco el norte porque su cadera se empuja de forma sutil y presiona y hay algo caliente y duro presionándose contra él.

- Nadie – desliza las manos hasta su cadera. Draco le roba el aliento con un beso violento. Jadea y responde, cogiendo aire – Ni flu, ni lechuza, ni…joder…ni nada. Nada.

- Bien – los dedos de Draco tiran de su pelo y se empuja contra su cadera con un gruñido. El beso es frenético, la lengua de Draco no le deja pensar y la fricción le está volviendo loco. Desliza las manos bajo la camisa y ataca el cuello de Draco sin piedad, clavando los dientes y tirando de la piel. Jadean y no es suficiente. Enreda los dedos en la cintura del vaquero y tira de Draco hasta el salón. Tiene que usar toda su fuerza de voluntad, concentrarse el tiempo suficiente en algo que no sea el calor radiando desde su entrepierna y el cuerpo de Draco pegado al suyo.

Consiguen llegar hasta el sofá. Le empuja y Draco cae tirando del cuello de su camiseta, arrastrándole con él. Sus cuerpos encajan y no puede evitar empujar la cadera contra la de Draco con un gemido ronco. Hay manos en su espalda por debajo de la camiseta y en cuanto los dedos trazan su piel sabe que ni va a ser bonito ni va a durar.

Harry llega a ese momento en el que no puede más, en el que la fricción no es suficiente y necesita más. Más Draco, más contacto, más calor, más lo que sea. Alza la mirada y encuentra ojos grises que buscan algo en él, que se hunden en los suyos como no lo habían hecho antes. Y no hay tiempo para pensar en lo que eso significa porque tiene una lengua haciendo algo en su barbilla y cierra los ojos, un gemido ronco arrancado de su garganta y las caderas empujándose sin control.

- Mi…manuscrito… - desliza la mano sobre el estómago de Draco bajo la camisa –, está aquí debajo.

Si no necesitase tanto eso, si no hubiesen llegado a ese punto en el que la tensión no se puede soportar, habría estallado en risas histéricas pero sólo gruñe y muerde su mandíbula.

- Oh por…que le… - los dedos de Draco se hunden en sus hombros y tiran, sus torsos chocan y su mano se queda atrapada entre los dos –. que le jodan.

El beso que viene después de eso debe significar "Y que le jodan bien". Es lo que le lleva más allá del que le importe cualquier cosa que no sea Draco jadeando debajo de él y la dureza presionada contra su muslo.

Libera su mano de un tirón y alza la cadera lo suficiente como para buscar el botón del vaquero y la cremallera y presionar la mano sobre algodón y calor y Draco empujándose contra su palma con un gemido arrastrando las manos desde sus hombros hasta la cintura de su pantalón. Aparta el algodón mordisqueando la piel pálida de la garganta expuesta justo delante de él y por primera vez en su vida Harry cierra los dedos directamente en torno a la erección de otro hombre. Se oye gemir, un sonido grave, contra la piel de Draco.

- Draco… - es como un rugido, bajo y ronco y sin contención. Los dedos de Draco están en el botón de su pantalón, su cremallera baja y su mano contra su propia erección le hace bajar la cabeza hasta que está enterrada en la curva entre su cuello y su hombro.

Cuando alza la cabeza Draco está mirándole y deja escapar un gemido torturado, casi un sollozo.

- Esto…esto no va a durar mucho… -. jadea, a media voz. La mano de Draco se mueve con seguridad en movimientos largos y lentos y mientras aprende cómo mover su propia mano, cómo apretar, para que Draco grite y se curve contra él, cada pequeño gemido le lleva un paso más cerca del límite.

Una mano en su nuca tira de él y se hunde en un beso demandante e intenso. El calor está empezando a ser demasiado, más de lo que puede soportar, acumulándose en el fondo de su estómago y yendo directamente a su erección.

Está cerca, muy cerca. La lengua de Draco gira sobre la suya y la mano en su nuca le deja ir. Draco jadea en su oído y muerde el lóbulo. Murmura algo que no termina de oír y siente un sonrisa contra su mejilla y la mano de Draco se mueve de una forma que le hace perder el control. Se corre con un gemido estrangulado, rápido y con fuerza. Sus caderas se empujan una, dos veces contra su mano y entonces se detienen. Durante unos segundos se concentra en recuperar algo de coherencia y un movimiento de la cadera de Draco hace que se mueva otra vez.

Casi sin aliento, entierra la cabeza en su cuello y aspira el olor a limón y menta, se llena los pulmones de su olor a tinta y a papel, y mueve la mano más rápido, más fuerte. Draco jadea y gime, su cuerpo empujándose contra el suyo. Puede sentir que está cerca, que no podrá aguantar mucho más, y aumenta la presión, gira la muñeca.

- Vamos… - murmura y Draco gruñe –. Vamos, Draco…

Draco se arquea contra él y gruñe, sus dedos cerrándose con fuerza sobre su hombro. Tiembla durante unos segundos y cae laxo sobre el sofá. Traza su garganta con los labios hasta la mandíbula y Draco le tira débilmente del pelo. Alza la cabeza y unos labios cubren los suyos en un beso perezoso, lento y lánguido.

Todos sus músculos se relajan y se quedan así durante no sabe cuánto tiempo. Tumbados en el sofá, respirando profundamente. Draco hunde la mano en su pelo y él presiona la mejilla contra su clavícula y traza su costado con la mano limpia. Farfulla un hechizo para limpiarles antes de que todo sea demasiado incómodo y otra mano traza su espalda sobre la camiseta.

- Mmmm…deberías levantar el culo para que podamos encerrarnos en tu cuarto durante días – murmura Draco con voz ronca –. Días.

Le gusta cómo suena eso. Le gusta más aún la forma en la que Draco pronuncia "días" convirtiéndola en la palabra más obscena del mundo.

- ¿Días? ¿No saldrás corriendo a escribir en ningún momento?

- Oh joder, no. Ni de coña. Ni un segundo – alza la cabeza y enarca las cejas con una mueca de incredulidad. Draco bufa –. Si metes la cafetera dentro.

La risa estalla en su garganta antes de que pueda controlarla. Y está bien. Se incorpora negando con la cabeza, aunque Draco gruñe algo como "Dónde narices crees que vas" que suena un poco a "Grumdenicesmmdevas" mientras se estira.

Draco le mira con las cejas enarcadas, los pantalones desabrochados y una extraña dignidad para alguien que acaba de tener un orgasmo. Harry le tiende la mano con una brillante sonrisa.

- Mi cuarto está por ahí.

Los rasgos de Dracos se iluminan al cogerle la mano y mientras tira una media sonrisa se dibuja en sus rasgos.

- Coge la cafetera. Rápido.

xXx

Al final, pasan tres días sin que ni Draco ni él ni la cafetera salgan de su cuarto. Cuando lo hacen, de alguna manera terminan en el suelo del estudio y luego Draco le da con un montón de pergamino enrollado en la nariz. Habría sido más efectivo si no hubiese estado desnudo, pero eso parece no tener demasiada importancia.

La rutina vuelve. Draco escribe, él accede a ilustrar, ve a Ron, Hermione y a quien quiera apuntarse los viernes…y a veces Draco va con él y a veces nadie sale herido.

Deja a un lado el último montón de folios que le ha dado. El olor de Draco ya forma parte de su vida, es algo que se ha colado en ella y no parece querer salir. Nunca. Ha terminado de leer el último libro que Draco le prestó y ha seguido con el cuarto de la saga.

- ¿Cuánto queda para…que acabes? – Draco gira en su silla con las piernas cruzadas y expresión pensativa, mordisqueando el final de la pluma más desastrada que Harry ha visto en su vida.

- Poco – responde, ausente –. Muy poco.

Entonces, sonríe y Harry se levanta para preparar café. Cuando el aroma ya ha invadido por completo la habitación, Draco sale arrastrando los pies por el pasillo. Se apoya en la barra con un bostezo y le tiende una taza. Le observa beber, pensativo y concentrado, y sonríe mientras se sirve su propia taza.

Da un sorbo y el café quema un camino desde su lengua hasta su estómago. Draco le mira y sonríe, mordaz.

Nunca le ha dicho que le quiere y Draco tampoco. Es algo que está ahí, en el aire, en su rutina, en el café y en la ensalada y en lo poco que Harry sabe cocinar. Algo que vibra entre ellos y Harry recuerda algo que leyó en uno de los libros de Draco y sonríe.

Llega a la conclusión de que no necesita palabras, no necesita…nada más que lo que tiene. Draco, café, máquinas de escribir, lápices y gomas de borrar, los viernes con Ron y Hermione.

Se acerca a la ventana con la taza de café entre los dedos y mientras mira a través del cristal no puede estar más seguro de que está donde debe estar.

El verdadero amor, como cualquier otra fuerte y adictiva droga, es aburrido – una vez el cuento del encuentro y el descubrimiento ha sido contado, los besos cada vez son más estériles y las caricias más aburridas…excepto, claro, para los que comparten los besos, los que dan y reciben caricias mientras todos los colores y sonidos del mundo se profundizan y brillan a su alrededor. Al igual que con cualquier otra droga dura, el primer amor de verdad sólo es interesante para quienes se convierten en sus prisioneros.