ACTUALIZACIÓN DEL BLOG "TRUE SONG"
SOBRE LAS VÍCTIMAS DE ESTA OCASIÓN
Esta madrugada en un edificio abandonado de Hédone, un muy conocido distrito de Hybris, se encontró la escena de otro pecado que se ha cometido en esta isla llamada Cathar.
La mayoría de los periódicos de aquí muestran esa noticia con información insuficiente, sin tomarle la importancia debida, como siempre. No sé si culparlos, porque la realidad es que no puedo. Estamos acostumbrados a hacerlo, todos. Pero hay una gran diferencia entre la gente de otras partes de la isla y nosotros, los de Hybris: Ellos utilizan el silencio por temor a la oscuridad, nosotros porque estamos acostumbrados a ella.
Por eso, cuando escuchamos que se encontraron los cuerpos de dos hombres y un adolescente con una causa de muerte que no sería otra más que una violenta, sólo leemos y cambiamos la página al periódico y buscamos otra noticia; o, si nos informamos por medio del internet, simplemente hacemos otra cosa. No pienso criticar la forma en que actuaron las autoridades, dando datos simples como el resultado de una pelea entre organizaciones, o que sólo clausuraran en lugar sin buscar al menos alguna huella digital. Tampoco exijo los responsables o que resuelvan mi duda del por qué se encontraban cosas de hombre y de mujer ahí, ambos presuntamente jóvenes. Solamente quisiera que, aunque dé algo de miedo, voltees hacia atrás, hacia tu origen, y pienses qué estás haciendo para preservar tu nueva vida. Porque, a pesar de que nos cueste aceptarlo, esta oportunidad que se nos ha dado puede mancharse de nuevo.
¿Qué estás haciendo para que no se escape entre tus dedos?
Publicado por "Green Priestess" a las 8:23 p.m.
Etiquetas: Opinión, Isla, Cathar, rutina.
CAPÍTULO 10: Siúil a rún ~Libertad~
...En esta noche interminable, sólo tengo un deseo
Que se haga una luz brillante en este cielo sin las cosas que abandoné en lugares sin retorno
Con el tiempo, terminarán iluminándose.
—Aimer, ROKUTOUSEI NO YORU
Los colores de las luces de ciudad brillaban, traspasaban incluso las cortinas. El agua de la ducha chocaba contra el piso y, del otro lado de la puerta, ella se encontraba sentada en la cama. Solamente observaba la pared desgastada. Seguía sosteniendo el papel arrugado entre sus manos. Lo desdobló y bajó lentamente la vista. A pesar de ser la enésima vez que lo observaba, aún no se acostumbraba a él. Ojos y cabello marrones, perteneciente a un país asiático, su rostro mostrando seriedad, «Si sabe algo, comuníquese a estos números...».
—Sango —él la llamó. Kuwashima volteó a verlo, después de arrojar rápidamente el papel a un rincón entre la cama y el buró. No se había percatado de su presencia—. Es tu turno.
—Ah, sí —le respondió, distraída. Pero Sango no se movió. Extrañado por la actitud, Miroku, con su cabello mojado y suelto, se acercó a ella.
—¿Acaso te gusta estar sucia, Sango? —dijo, intentando la opción de las palabras sencillas.
—Claro que no —lo miró, molesta. Bien. La tecla que él quería pulsar había sonado—. Iré antes de que digas algo más, con permiso —y la chica se levantó, sujetando sus cosas. Entró al baño y cerró la puerta.
—No olvides tallarte detrás de las orejas —logró escuchar cómo se burlaba Miroku—. ¡También el ombligo! —Ella no le respondió, sólo rodó los ojos.
Después de lavarse bajo el agua de la ducha, se dirigió hacia la tina —aún preservaba algunas costumbres de Japón. Necesitaba tomarse su tiempo. Sólo de esta forma podría tener tiempo para sí misma y pensar un poco. La temperatura era un tanto alta y comenzaba a darle sueño, pero no podía descansar, aún no. Ella debía de analizar lo que iba a pasar a partir de ahora. Ella, Miroku, y el papel que tenía su rostro.
Sango se sumergió, cubriéndose entre la espuma que extrañamente había querido tener. Ella era la que debía elegir lo más rápido posible, si no, estaba segura de que Miroku lo haría por ella y no estaba segura de que la decisión tomada fuera una que le agradara a los dos.
¿Pero qué piensas hacer? ¿Crees que simplemente puedes atar a Miroku a ti por unos simples besos? Ahora estás libre, por lo tanto, él también es libre.
Sango sacó su rostro a la superficie, inhalando y exhalando. La situación no disminuía con el tiempo —como ella lo esperaba—, sólo aumentaba hasta no caber en el concepto de simple confusión. Ahora esto se llamaba problemas. Las barreras estaban ahí y no podían simplemente tratar de esquivarlas.
La idea deprimente —realista— se rompió. El chirrido fue el causante.
Sango se sentó, atrayendo sus piernas hacia ella, y después gritó: —¡Miroku! —observó la escena y no era la correcta. Extendió la mano para alcanzar la toalla y arrojarla a la tina, sobre ella—. ¡Lárgate! —Amenazó al intruso con el jabón. Estaba más que segura que todos los de las habitaciones que se encontraban al lado de la suya la habían escuchado. Pero él, se encontraba inmutable. Sólo mostró la bola de papel. Ella se paralizó.
—¿Por qué no me dijiste que habías visto esto? —le preguntó, demasiado tranquilo. Sango sabía que así no era como él se sentía. Si fuera de esa forma, él hubiera esperado a platicar sobre el asunto cuando se encontrara preparada, o al menos vestida.
—Estaba tirado en la calle —respondió—. Lo vi cuando estabas arreglando las cosas para quedarnos aquí —Aún recordaba su impresión, la que había ocultado demasiado bien cuando Miroku le había dicho que ahora tenían un nuevo lugar temporal. La estaban buscando. Había sido una tonta si creía que se rendirían tan fácilmente—. No te lo dije porque supuse que ya lo sabías. Tú siempre sabes. ¿Me equivoco?
El interrogatorio tenía una nueva víctima, se habían intercambiado los roles. Él sólo respondió con lo que estaba implícito: —Sí. Lo sabía.
Sango suspiró. No era de decepción, tristeza o mucho menos esperanza. Ella sólo quería suspirar. No. Fue un acto reflejo. Ella volvía a cuestionarse qué era lo que quería.
—Entonces —Miroku continuó—. ¿Qué quieres hacer? —Era obvio que él no podía leer su mente. Sango lo miró, molesta, culpándolo de algo que él no sabía y que ni siquiera podría tener la culpa—. Sólo quiero tu opinión —se disculpó de la falta inexistente—. No quiero que pienses que no te tomo en cuenta.
—Siempre lo haces. Actúas por los dos. ¿Qué quieres que diga si tú eres quien tiene la última palabra? —habló claro. Sus sueños o esperanzas o deseos tontos no tenían tanta importancia por el simple hecho de que no serían escuchados con atención.
Kuwashima permaneció con su vista hacia sus manos cubiertas de espuma. Era mejor de esa forma. Si veía hacia el color azul, siempre podría ser afectada y olvidar lo que quería decir.
—Por eso te estoy preguntando. ¿Qué quieres hacer a partir de ahora? —la pregunta había sido liberada. La respuesta, la verdadera, no saldría con la misma facilidad.
—Quiero salir de aquí —Sango pudo observar cómo Miroku temblaba un poco. Había malinterpretado las cosas—. Me estoy arrugando —movió sus dedos (los de las manos y los pies), mostrando su parecido a las pasas. La tensión en el cuerpo del muchacho se había ido.
—Pues sal de ahí —se acercó a ella, haciendo cosquillas en la planta de los pies. Ella se retorció, mordiendo sus labios para evitar reír.
—Entonces lo haré —dijo, recuperándose. Pero Miroku se quedó inmóvil. Maldito pervertido—. Quiero decir que te vayas. ¿Acaso pensaste que no te diría que te fueras?
—Siempre es bueno tener esperanza —bajó los hombros para comenzar a retirarse, pero se detuvo en la entrada. Sango lo había llamado.
—Yo... necesito otra toalla —mencionó su predicamento.
—Entendido —segundos después, Miroku apareció con una tela demasiado larga como para ser la solicitada—. No había otra —se explicó—. Ahora, ven aquí.
—No has entendido, ¿verdad?
—Sólo date la vuelta —Sango siguió mirándolo de la misma forma—. Tendré los ojos cerrados —la muchacha mantuvo el mismo gesto, pero comenzó a moverse entre el agua.
—Aún tienes los ojos abiertos —Miroku hizo lo obedecido, sin evitar suprimir su sonrisa burlona—. Borra esa sonrisa.
—Claro, claro.
Después de ser envuelta, Miroku la sorprendió, cargándola. Lo único que ella pudo hacer fue sujetar tanto sus cosas, como el cuerpo del joven hombre. Cuando llegaron a la habitación, fue sentada sobre la cama.
—¿Qué ocurre? —le preguntó, al notar que la diversión se había ido de los ojos de Miroku.
—Sólo recuerdo la última vez que hice esto —Esa ocasión, Sango había sido liberada de una alta fiebre para encontrarse con el rostro preocupado del quien era para ella aún más desconocido. Ese no era el mejor recuerdo.
—Ha pasado mucho tiempo de eso.
—Sólo una semana.
—Parece mucho más —Tantas cosas habían ocurrido. La vida que tenía antes ahora parecía un sueño, algo que le había ocurrido a alguien más. No sabía si en este momento conocía más colores, o si su umbral había disminuido, borrando a los falsos.
—¿Vivir conmigo resulta demasiado agotador? —formuló la pregunta sin un presunto significado oculto. Pero era bien sabido por ella que Miroku no hablaba sin una razón.
—No —contestó—. Sólo es un poco... complicado —Sango se dejó caer sobre la cama, sujetando la manta y buscando grietas en el techo.
—Y eso debería de animarme más —Miroku la imitó. Parecían dos personas buscando estrellas donde no las había. Dos locos sin un camino establecido.
—Debería, sí —un momento de silencio, un momento donde sus voces descansaron, pero no sus mentes. Mucho menos la de Sango que continuaba formulando ideas y creando enlaces—. Le dijiste Akago —dijo una de las cosas que recientemente se había agregado a sus pensamientos constantes.
—Así se llamaba —Miroku entendió de inmediato—. Antes de ser Hakudoshi dicen que ese era su nombre. Aunque también lo sigue siendo. Viste que en esa ocasión él se veía diferente. Aunque no estoy seguro que lo hayas notado. No lo conociste tanto.
—Sé de qué hablas —Sango se volteó para mirarlo, cara a cara—. Pude notar que se veía más acorde a su edad. No parecía él —Miroku asintió.
—Es porque no era él. Era Akago. Hakudoshi es el sanguinario y Akago es el niño que antes era. Dos mentes en un cuerpo —dos personalidades. No hubiera imaginado que eso era lo que él tenía—. Las personas como nosotros somos susceptibles a la locura —Dijo, ahora retirando su mirada de la de Sango.
Ella se había dado cuenta. Miroku seguía esforzándose por parecer ser el mismo de antes, pero resultaba inútil. Después de lo ocurrido, de haber mostrado su naturaleza ante Sango, de abandonar el lugar que creía era sólo para él —tal vez también para ella—, después de lo de Inuyasha... Había pedazos de Miroku derramados en todos lados.
Tomándolo desprevenido, lo abrazó.
La cabeza de Miroku quedó sobre su pecho, de esa forma, Sango podía darle palmadas suaves en el cabello y susurrarle con seguridad. Ese era uno de los pocos recuerdos que Sango tenía de su madre, así que trató de recrearlo.
—Tú no eres como ellos —le dijo, creyendo firmemente en sus palabras—. Tú te has puesto en peligro sólo para salvarme. Nadie más haría eso. Nadie. Date cuenta —Miroku no dijo palabra alguna, sólo se limitó a escuchar—. Me preguntaste qué quería hacer, pero aún no estoy segura. No es que no esté segura de lo que quiero, sino de que sea lo correcto —respiró profundamente, dándose valor—. Quisiera tener mi vida de regreso.
—Puedes hacerlo —Miroku mencionó con voz baja, ya fuera por cómo se encontraba o que simplemente no quería escucharse decirlo.
—Lo dices así... —Sango comprendió que era la segunda cosa. Otra vez sus palabras eran malinterpretadas—. Quiero tener mi vida de regreso, pero también quiero modificarla. Si sólo pudiera incluirte en ella —el movimiento en el cuerpo que se encontraba sobre el suyo le hizo ver que él intentaba hablar, así que lo evitó tomando de nuevo la palabra—. No me respondas. Como la vez en que me pediste que te dijera si me gustabas, yo también quiero vivir con la fantasía un poco más. ¿Puedo?
—No tienes por qué pedirlo —fue la respuesta.
—Bien. Gracias. Después de todo, yo tampoco tengo planeado dejarte ir tan fácilmente.
—Lo tengo en cuenta. Me estás ahorcando.
—¡Lo siento! —se disculpó y soltó un poco su agarre.
—No importa. Estoy cómodo —Miroku se recostó y ella, por fin, se dio cuenta de cómo se encontraban y que ella era la causante de la situación. Entonces, no podía decirle que era un pervertido. Por el momento, tendría que aceptar el hecho de que la cercanía le parecía agradable. Ella también cerró los ojos.
Mientras tanto, en un lugar del húmedo baño, un papel arrugado se estaba arruinando, deshaciéndose en pedazos. Ya no se distinguía la muchacha de la fotografía.
...
Se sentía incorrectamente bien, pero después de todo, se había rendido ante los impulsos biológicos: hacían algunas horas que había caído sobre unos de los sillones y no se levantó. Sin embargo, abrió los ojos. Alguien estaba discutiendo afuera de la casa.
—Sesshoumaru-sama —se levantó lentamente, pero preocupada de lo que estuviera sucediendo. Pobre de quien se estuviera enfrentando con él porque no saldría bien parado.
La muchacha se acercó a la puerta. No tenía la intención de abrirla. Los asuntos de su amo no eran de su incumbencia, tampoco deseaba ser una molestia. Empero... ambos estaban hablando en japonés, uno de ellos en una variación muy ruda, llena de ore wa e insultos. Y Sesshoumaru no se encontraba diciéndole alagos.
—¿Qué planeas diciéndome esto? —le dijo la voz profunda que ella conocía muy bien. Pero se escuchaba tan frío y cortante que reveló la importancia de la discusión.
—No quiero nada de ti, maldito. No te necesito —el otro hombre pareció ofendido—. Tú eres quien debería agradecerme.
—Yo no doy las gracias y mucho menos a alguien como tú —el desprecio con el que mencionó esas palabras le provocó escalofríos. Nunca le había ocurrido eso con Sesshoumaru, ni siquiera la primera vez que lo vio. Desde siempre supo que él era una persona gentil.
—Siempre te crees el perfecto. La divina mierda. Pero ni siquiera puedes aceptar que agredeces el que te avisara.
—Yo ya lo sabía —la frase provocó un momento de silencio—. Así que lárgate y no vuelvas a aparecer con tu repugnante rostro. Si no, puedo compadecerme de ti y terminar con tu patética vida —Una amenza convincente, si no fuera porque el contrincante comenzó a reír. Su risa sonaba agria, pero también juvenil.
—Te gustaría mucho que dijera que sí —comentó en español, regresando a la realidad que significaba Cathar.
—No me importa lo que digas, sólo quiero que te vayas, tanto de mi presencia como de este mundo. Eres una molestia y una decepción —Y Sesshoumaru hubiera continuado con sus palabras de odio, pero fue interrumpido.
La puerta se abrió, dejando al descubierto a una muchacha que se encontraba un tanto impactada por la apariencia de la persona que tenía en frente. Era muy joven. Pero la causa de su impresión fue el hecho de que él tuviera el mismo color de cabello y ojos que el mayor. Su piel era unos tonos más oscura y su rostro tenía algunas características infantiles, pero tenían un cierto parecido.
—Gracias por venir y molestarse —se inclinó en una reverencia. Si era lo que ella sospechaba, al menos debería tratar de aligerar un poco el ambiente y dejar que el chico desconocido se fuera. Además, a pesar de su gesto de ira, el muchacho parecía un poco dolido.
—Rin, ese no es tu asunto —ella lo sabía, pero necesitaba hacer algo—. Y tú —se dirigió al muchacho que se había limitado a observar—, vete ya.
—Tú también —el chico se movió y comenzó a irse, sin ver hacia atrás.
Adiós. Espero que nos veamos pronto. Deseó mentalmente. Sesshoumaru pasó a su lado y entró de nuevo a la casa. Ella lo siguió.
—Sesshoumaru-sama —se atrevió a preguntar—. ¿Puedo saber quién era él?
—No —bueno, nunca se podría tener tanta suerte. No sería lo correcto—. Rin.
—¿Qué ocurre, Sesshoumaru-sama? —los ojos dorados se le quedaron viendo atentamente, como dudando. Pero él nunca dudaba, eso no podía ser posible. Si alguna vez él no confiara en sí mismo... ni siquiera podía imaginarlo.
—Ve a dormir —solamente era preocupación de una persona amable. Ella sonrió—. Necesitas descansar.
—Estoy bien.
—Tal vez para salir a jugar con tu amiga... —comenzó y sabía muy bien que era el preludio para una revelación.
—¿Qué quiere decir? —le preguntó, deseando ir directamente al punto.
—Nos vamos mañana.
¿Cómo?
—Siempre puedes quedarte si lo deseas —la propuesta estaba sobre la mesa, ahora Rin Noto debía decidir.
Ella había prometido continuar al lado de Sesshoumaru hasta que él lo deseara. Hasta que ya no la necesitara. Si sólo tomaba en cuenta esos pensamientos, la respuesta sería obvia. Pero aquí habían más personas que la necesitaban. Sango, Kagome... Aunque también estaba el hecho de que no estaban haciendo nada importante, que caminaban en un camino a oscuras. ¿A quién debía abandonar? Esa era la cuestión.
—¿Puedo al menos decirle a Kagome? —Hizo su elección. Y tal vez fue su imaginación, pero notó como si Sesshoumaru levantara el pecho y lo bajara por una fuerte e imperceptible exhalación.
Había elegido ayudar a quien más lo necesitaba. Ella estaba segura que las cosas pronto se solucionarían. Además, Kagome no estaba sola. En cambio, Sesshoumaru...
—Llámale y duerme.
...
Sango despertó al sentir un peso sobre su pecho, pero, al abrir los ojos, se topó con otro causante de la sensación. Uno que no esperaba.
—Kirara —la pequeña gata parecía haberse acostumbrado más pronto de lo pensado al cambio de residencia. Ahora venía de un lado al otro con tanta facilidad. Ella era siempre tan independiente.
La castaña observó toda la habitación y no se encontró con nadie más que no fuera Kirara. Así que decidió aprovechar el momento para vestirse. Y justo cuando estaba terminando de colocarse su suéter azul, Miroku había entrado.
—¿Otra vez esa cosa vieja? —fue lo primero que le dijo.
—Ya te dije que me gusta.
—No veo el por qué —pero Miroku parecía querer escuchar una razón que le hiciera aumentar su ego.
—Es un poco vintage —sin embargo, ella no le daría ese gusto. Ya había dicho demasiadas cosas vergonsosas en la noche anterior como para decir más.
—Sango Kuwashima, consejera de moda. No creo que encaje.
—¿A dónde vas? —olvidó el comentario anterior para posar su vista en el hecho de que Miroku no se hubiera quitado el abrigo, lo que significaba que estaba a punto de salir de nuevo.
—No es vas, lo correcto es vamos. Supongo que encuentras cansada por estar encerrada.
Ese fue el diálogo por el que ahora se encontraran caminando de mañana, cuando aún algunos negocios seguían sin abrir, hacia algún lugar en el que sólo Miroku conocía. Ah, además tenían que sumarle el hecho de que llevaban de infraganti a Kirara en su mochila que Miroku le había casi exigido llevar. Todo misterio.
Pero el misterio se rebeló cuando se detuvieron frente a un restaurante sencillo y con muebles de madera. Así que irían a comer.
—Nunca había estado en un restaurante irlandés —mencionó Sango, reconociendo el acento de las personas que atendían el lugar.
—Que viva la cerveza —fue la frase sabia del día.
—Yo no bebo.
—Pues llegaste al lugar indicado. Sólo aquí puede existir un lugar irlandés sin alcohol. Rarezas de la vida —y con unos hombros que bajaban y el sonar de unas campanas al abrir la puerta, los tres entraron al lugar.
—¿Qué ocurre? —Miroku le preguntó al notar que su atención se encontraba en otro lugar.
—Nada. Escucho la canción. Es bonita —el lugar se había inundado de una suave voz femenina acompañada de sonidos folklóricos. Sango era transportada a campos verdes, magia y mitología celta.
—Si mal no recuerdo, se llama Siúil a rún, como el lugar—comenzó a explicar—. Significa, camina mi amor.
—Desearía estar en aquél monte —ahora Sango traducía las frases que se encontraban en inglés—. Ahí me sentaba a llorar hasta sentirme satisfecha, y hasta que cada lágrima se convirtiera en un molino. Y ya no sé qué más dice —Japonés, español, inglés y un revoltijo de otros idiomas, eso era lo que ella manejaba.
—En sí, trata de una mujer que espera a que su amante regrese de alguna guerra o algo parecido. Por eso, en una parte dice que venderá todas sus cosas para comprarle una espada.
—Lo sabes todo —estaba comenzando a acostumbrarse a eso. Un hombre inteligente.
—No. Sólo leo lo que dice la carta —Miroku mostró una sonrisa y el rectángulo de cartón donde, efectivamente, mostraba la explicación.
—Me engañaste por un momento —le dijo, más que decepcionada se encontraba sorprendida por la rapidez con la que seguramente Miroku tuvo que leerlo sin que ella se diera cuenta. Aunque también podría ser que él ya hubiera estado en ese lugar en otras ocasiones. No. Se veía demasiado familiar para que estuviera ahí solo.
Solo. Siempre solo.
—Digamos que quería impresionarte.
—¿Han decidido qué comer? —llegó una camarera de brillante cabello anaranjado rojizo. El color y la profesión, además de algunas pecas en el rostro de la joven mujer le recordaron varias cosas. Ni siquiera escuchó a Miroku preguntarle qué era lo que quería, para después pedir por ella.
—Quisiera impresionarte —dijo lo primero que se le vino a la mente. Si pasaba mucho tiempo sin que ella hablara, sabía que Miroku comenzaría a preguntar.
—Ya lo haces, Sango. Eres muy fuerte.
—No quiero ser sólo fuerte, eso ya lo sé.
—Oh, pero qué chica tan modesta.
—Sólo digo la verdad —si era la verdad, ¿por qué ocultarlo?
—Entonces... —la incitó a seguir.
—Ya perdí la idea —era fácil perder el hilo de las cosas cuando tenías mucho en qué pensar. Y estaba a punto de regresar al mundo de sus pensamientos, si no fuera porque Miroku había bajado la voz y le hablara en japonés. Eso sólo significaba que la conversación sólo era para ellos.
—No entiendo cómo es que estás tan tranquila —comprendió. Había ocasiones en que pensaba en español, olvidando su lengua natal. Eso significaba que se estaba volviendo uno con Cathar.
—Le hice daño a ese hombre. Lo maté —también le habló en el mismo idioma. Siempre que lo hablaba era para tratar asuntos difíciles, pero que se tenían que tocar—. Sé que debería de sentirme mal y lo siento, pero no como esperaba. Fue para poder ayudarte. Lo haría otra vez sin pensarlo.
—No digas eso —regresaron al español. Y, después de que la mujer pelirroja regresara acompañada de su almuerzo, quedaba claro que el asunto estaba cerrado.
Si supieras...
...
—¿Qué estás intentando decir? —Su repentino llamado le pareció extraño, de la misma forma que su ansiedad no pasó inadvertida. Es algo importante, había dicho, pero ahora aquí, en frente de ella, parecía no tener las palabras correctas.
—Yo... tengo que... —los titubeos poco comunes se callaron cuando su celular comenzó a vibrar.
—¿Me disculpas un momento? —Ella observó la pantalla. La última vez que había recibido una llamada fue hacían algunas horas y no resultó la mejor. Ahora tenía un miembro menos en su búsqueda, pero ese contaba como más de la mitad. Sus ánimos habían descendido. Por eso estaba ahí. Hablar con alguien le caería bien.
MENSAJE DE TEXTO.
Desbloqueó el móvil.
—¿Pero qué? —El mensaje codificado la tomó por sorpresa.
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—Tú... —volteó a verlo y sus ojos mostraban una mezcla de emociones. Él la veía esperando cómo moverse según fuera la situación—. Tenías razón. No mentiste.
Entonces, por culpa de esas palabras, su acompañante no tuvo el valor de reberlarle lo que había deseado decir.
...
Después de comer se la pasaron actuando como turistas. Pero en Cathar no había turistas, sólo personas que se quedaban y no querían volver. Sin embargo, jugaron a ser otras personas en otro país. Miroku la llevó de un lado al otro, desde lugares con mucha gente —el colorido mercado, el área india y un lugar donde vendían helados de sabores extravagantes; hasta otros más tranquilos como el cine y una biblioteca donde compró un libro sobre mitologías, ah, y uno de metafísica.
—Tengo que entenderte más si planeo quedarme contigo —fueron sus palabras de explicación. Palabras que no fueron comentadas.
El sol se estaba poniendo y el movimiento en la ciudad aumentaba entre más oscuridad. Pero el silencio de Miroku estaba desesperando a Sango. Sentía como si hubiera hecho algo malo, aunque, claro, eso no debía ser así.
—¡Sango! —Miroku sonó demasiado exaltado. No lo culpaba, después de todo, ella se había detenido frente a él para besarlo.
—Te impresioné —era el turno para ella de parecer la de la iniciativa y, Miroku, él era el recatado.
—A mí y todos los que estaban en la calle. Vamos, aún hay un lugar a dónde ir —comenzó a caminar de nuevo.
—Es un país teóricamente libre —Sango lo siguió.
—Me das miedo.
Y una visita a la tienda de comida frita después, ellos se encontraban sentados en unos columpios en el área del parque de juegos para los pequeños niños de personas pecadoras. Era un buen lugar para terminar el día. Además, Sango se sentía algo cansada de tanto recorrido. Pero también estaba agradecida.
Varias veces se le había ocurrido preguntarse el por qué no había conocido a Miroku en una situación diferente, una donde ambos fueran más normales. Una en la que no hubiera más obstáculos que los de un pasado que habían abandonado. Esta era una probada de esa vida. Un viento tranquilo.
—Entonces, Rin estaba tan distraída que ni siquiera se dio cuenta que estaba a punto de meterse una papa a la nariz —Sango relató una de sus anécdotas. Era bueno el poder compartir algo más de ella a otra persona. Además, si eso lograba distraer a Miroku de sus pensamientos oscuros, contaría todas las historias tontas que conocía.
—¿Y luego qué ocurrió? —él preguntó, aprovechando para robarle palomitas.
—Que Sesshoumaru, el protector de Rin nos miró con odio cuando creyó que lo que tenía ella en la nariz era sangre, no salsa de tomate —Miroku rio levemente—. Hybris es más tranquila de lo que imaginé.
—Eso es porque ya no estamos en Hédone —Habían abandonado ese ruidoso y pecaminoso distrito para ir directo a la capital, que también era ruidosa e impura, pero al menos ahí fingían hacer justicia—. Sango —Miroku habló de repente—. Debes estar con tu familia —eso era lo que deseaba, ver el rostro de su familia y amigos, pero él no hablaba sólo de eso.
—¿Y qué hay de ti? —de eso se trataba. Al hecho de que cuando él pensaba sobre el futuro de Sango, no se incluía.
—Yo no… —comenzó a explicar, tratando de sonar supuestamente razonable. Entonces, después de todo, él no la estaba tomando en cuenta.
—¡Estás actuando como un tonto, Miroku! —se levantó para verlo directamente. Si ella podía sentirse confundida por sus ojos, él debía de sentir lo mismo. Eso sería lo más justo—. Ni siquiera estás pensando en mí. No soy una víctima. Has visto lo fuerte que soy —fuerte físicamente y emocionalmente. Había pasado por tanto como para ser subestimada—. No me iré.
—Bien —le dijo, mostrándose libremente molesto—. Sango, regresa —Miroku la llamó cuando notó que se alejaba, pero aún continuaba enfadado. Perfecto. Ella también se encontraba de esa forma.
—No —volteó a verlo—. Si lo hago, voy a golpearte. Déjame liberar el estrés —Entonces, se dirigió hacia los juegos. Subiría, treparía… haría lo necesario para olvidar esos pensamientos problemáticos.
Después de unos minutos transcurridos, Sango se encontraba en la sima de la resbaladilla, observando el lugar donde sólo ella, y un trío de niñas latinas, se encontraban. Miroku había desaparecido hacía un rato. La muchacha volteó al escuchar ruido a sus espaldas. Alguien subía por las escaleras.
No era Romeo, sólo un Miroku con una mochila —donde una Kirara dormía— y una bebida en la mano. Justo lo que necesitaba.
—Bebe —ella aceptó. Estaba cansada—. No quería que te molestaras —dijo, más tranquilo.
—Sólo quieres que me vaya —mencionó, resvalándose del juego, regresando a la tierra firme. Después arrugó los labios.
—Estaba mencionando lo que era correcto —Miroku también bajó, dirigiéndose hacia ella, pero guardando algo de distancia—. Yo no encajo en tu vida Sango, es la verdad. No me veo alrededor de las personas que tanto aprecias. No sabiendo que yo fui la causa de que ellos sufrieran. No soy tan hipócrita.
—Sé que eso es lo correcto, pero tú no haces lo que te dicen —una chica cansada guardaba esperanzas. Cansada. Agotada.
—Me estás confundiendo —Miroku cerró los ojos y se tocó la frente. Mientras tanto, Sango comenzó a sentir una sensación extrañamente conocida. También un sentimiento de retroceso.
—Estoy exausta... y tengo sueño —por un momento, Sango perdió el balance y el muchacho fue hacia ella para sujetarla, evitando que callera. Con la vista borrosa, observó a Miroku viéndola seriamente. Y, a pesar de su mente atontada, entendió—. Tú... ¿Qué has hecho? —Le reprochó, y tenía todo el derecho de hacerlo. Esto era traición.
—Pensé en ti —sus ojos eran sinceros, brillaban en un azul transparente. Miroku... él era bueno, pero no entendía.
—Pero... —Se le dificultaba incluso el hablar. Tenía tanto qué decirle, hacerle entender que eso no era lo que quería. ¿Por qué no le había permitido hablar? ¿Para qué le había dado una oportunidad para decir lo que ella deseaba si de todas formas no sería escuchada?
—Sólo duerme, pequeña Sango —la atrajo hacia él y le susurró en el oido—. Cuando despiertes, será como si nada de esto hubiera ocurrido.
—No quiero eso —no pudo evitarlo, así que sus ojos comenzaron tanto a cerrarse como a mojarse—. Miroku... eres un egoísta —sus rodillas temblaban. Ya no tenía fuerza.
—Sólo promete recordarme algunas veces —la abrazó aún más fuerte, y su voz sonaba dolida. Aún podía tomar la decisión de olvidar este asunto de una vida donde ya no se volverían a ver. Ella lo perdonaría y todo olvidado.
Pero la oscuridad la estaba engullendo, llevándose su voz y los colores. El azul fue el último en irse.
Siempre.
...Aunque sólo soy una pequeña constelación,Tú has sido capaz de encontrarme.
Gracias...
...
Sango estaba muy feliz. Su padre le había regalado un juguete. Era diferente a otros que hubiera visto antes. Se llamaba búmerang. Era pequeño y ligero, pero fue impresionante cuando su padre le mostró cómo se utilizaba. ¡Volaba y regresaba a sus manos! ¡Parecía magia!
No pudo esperar para jugar con él.
Lo lanzó, y después de varios intentos, pudo ver que su juguete regresaba. Su corazón estaba repleto de alegría. Entonces quizo probarse, porque sabía que lo lograría. Tenía mucha confianza entre sí misma. Así que lo lanzó con mucha fuerza.
Y el bumerang se alejó y ella corrió con risas sonoras. Pero él siguió avanzando. Ella se estaba cansando y sus lágrimas comenzaron a desbordarse. Y el bumerang seguía sin querer regresar. Sólo se alejaba, sin retorno.
...
Todo ocurrió tan rápido, pero comenzó con el sonido de truenos, movimiento y luego una frase.
—Es ella —fue el detonante.
Cuando menos se dio cuenta, estaba en la comisaría de Hybris. Y al recobrar casi toda la conciencia no deseó responder todas las preguntas que le hicieron. Sólo una.
—¿Eres Sango Kuwashima?
—Lastimosamente, sí.
Después de eso, la dejaron sola. Así se encontraba hasta que un muchacho con unos rasgos asiáticos pero también occidentales, se acercó hacia ella, dándole su mochila y una gata que, por el rasguño que tenía en la mano, lo había atacado.
—Toma tu criatura —la dejó a su lado. Sus ojos marrones la veían con indiferencia. Él mismo no encajaba en el lugar.
—¿Qué horas son? —Decidió hablar con la única persona que no la analizaba detalladamente. Sólo quería ser invisible y desintegrarse en la tierra.
—No sé. Las cuatro de la madrugada, aproximadamente.
—¿Qué haces aquí? —Prefería hablar de otras personas que de sí misma. Tan patética.
—Me atraparon —le dijo mientras se iba para nunca verlo otra vez—, como a ti.
Tiempo después, un oficial la escoltó hacia la salida —¿El capitán Kato? No sabía, ni siquiera quería saberlo. Ahí afuera había periodistas y gente que se reunió seguramente por falta de noticias buenas en su ciudad. Pero también estaba su pequeña familia, esperando.
—¡Oh, Sango! ¡Estás bien! —Su padre fue corriendo hacia su lado, arrojando las personas que no le importaba.
—Hermana —Su hermano también fue rápido. Ambos la envolvieron en un abrazo. Pero, aun así, ella no se sintió cálida. Estaba congelada.
Unas frías gotas cayeron desde el cielo, primero despacio y después con intensidad. Esto era mejor. Que el mundo se llenara con la representación masiva de su llanto, el que ahora era invisible. Otra vez era Sango Kuwashima. Sólo eso. Un simple cascarón con libertad. Nadie especial.
...La lluvia de repente se vierte en la ciudad
Sobre una multitud de gente sin un paraguas
Ahora mismo, nadie se dará cuenta
Mis lágrimas, lágrimas.
—alan, NAMIDA
Y el capítulo final llegó. Pudieron ignorar las canciones anteriores, pero ésta de alan (y las dos que siguen para el epílogo) son casi obligatorias por su belleza (Vamos, incluso Namida tiene remix). Aunque, no estoy en posición de pedir algo. Fui sádica con Sango y Miroku. Lo lamento, pero, como dijo alguien que no recuerdo: "Aquél que no sufre, apenas vive". ¡Juro que fue una persona famosa!
Ahora sólo nos falta el epílogo y la historia habrá concluido. Como siempre, esto es para Artemisa Neko-chan, Yumipon, y SangoSarait, quienes dan ánimos.Y también para ustedes señores aliens, porque hay pruebas de su existencia, pero no se comunican.
Loops Magpe.
