Capítulo 9 – Shurima
Segunda parte: Condena
El sabor del agua dulce y caliente manando sobre sus labios la despertó. Abrió los ojos sobresaltada, sorprendida consigo misma por aquella siesta súbita de la cual no tenía recuerdo alguno. Para su alivio era de noche y corría un viento frío y agradable al tacto, aunque sin la amenaza de la tormenta de arena del día anterior.
Sacudió su cabeza varias veces y luego restregó sus ojos hinchados, señal de que había dormido de más. Cuando logró acostumbrarse a la oscuridad, quedó atónita al darse cuenta que se encontraba dentro de una pequeña carpa de lona cuya tela ondeaba por la fuerza del aire. Aún más se sorprendió al ver que tenía varios torniquetes aplicados en su cuerpo, además de una venda que le cubría casi toda la espalda.
"¡Irelia!" exclamó la voz de Riven.
Ésta se encontraba sentada a su lado, sosteniendo la cabeza de su compañera mientras le mojaba los labios con agua fresca para intentar reanimarla. Pese a la carencia de luz, notó que sus ojos lucían unas grandes ojeras que opacaban sus ojos verdes, aunque la sonrisa de su rostro era tan encantadora que parecía compensarlo.
"Riven, ¿dónde estamos?"
"Irelia, por favor, dime cómo te sientes" le interrumpió ésta, ignorando su pregunta por completo.
La aludida, como respuesta, fue desanudando cada uno de los torniquetes que presionaban sus extremidades y luego se quitó la venda que la mantenía aferrada con fuerza. Sus músculos estaban un poco entumecidos por la carencia de movimiento, pero se encontraba espléndida. Su piel, blanca y tersa, podía apreciarse pese a que el único foco de luz provenía de los rayos de luna que se filtraban a través de la tienda. No había rastro alguno de sus heridas.
"Increíble" murmuró Riven, tanteando con sus dedos las zonas que habían sido afectadas y ahora se encontraban intactas, como si nada hubiera pasado.
"Dime dónde estamos."
"¿Qué fue lo último que recuerdas?" interpeló la aludida.
"Pues… nos recuerdo a nosotras dos caminando por el desierto y… nada más" respondió tratando de concentrarse. Luego chasqueó sus dedos y agregó: "¡Espera! Recuerdo que aparecieron unos agujeros muy grandes y que unas bestias gigantes saltaron a atacarnos… unos bichos feos y temibles."
"Xer'Sai"
"¿Cómo?"
"Xer'Sai… así se llaman esos monstruos." Explicó la joven y continuó: "Se llaman así porque la ciudad abandonada donde nos habíamos refugiado se llamaba Sai antes de que Shurima cayera."
"Conque Xer'Sai" masculló Irelia, para sí misma. "¿Sabes qué tipo o clase de animal o bestia es?"
"El término correcto es monstruo, ya que aseguran que no pertenece a Runaterra. Se supone que vienen de otra dimensión o algo así."
"¿Cómo sabes?"
"Cuando me cubriste para evitar que esas criaturas me atacaran y, luego que acabaste con ellas, caíste desmayada por las heridas que te causaron. De hecho, uno de los Xer'Sai llegó a atravesarte el pecho con sus mandíbulas, rompiendo tus costillas. Había mucha sangre, tanto tuya como de esos monstruos" murmuró y alzó sus manos, las cuales contempló por un momento, como si estuviera viendo ahí mismo la sangre que las había manchado. Tomó aire y continuó: "Hacía demasiado calor para continuar, así que corrí el riesgo de arrastrarte hasta uno de esos agujeros y ahí nos metimos, esperando a que pasara el sol. Me costó tiempo arrastrarte hasta allí y, por suerte, acabaste con todos los de aquella zona…"
"¿Aquella zona?"
"Si, al entrar al agujero pude comprobar que son extensos túneles que se conectan unos con otros, así emboscan a quien quiera que pase por allí. Era como una gigantesca colmena construida debajo de la arena. Me hice esa analogía al momento y temblé, ya que eso significaba que en toda colmena que se precie hay obreros y zánganos… y seguro habría una reina."
"¿Una reina?" exclamó sorprendida Irelia. Se quedó sentada, abrazando sus piernas con ansiedad sin quitarle la vista encima a su compañera.
"Era una hipótesis pero aún así nos quedamos en ese agujero, resguardadas en la sombra esperando a que el sol se pusiera. Estaba muy cansada, pero aún así me quedé vigilando, si mi teoría era cierta estábamos perdidas. Pero por suerte nada de eso pasó, aunque me quedé dormida en mitad de mi deber" sonrió, haciendo un gesto con su mano para restarle importancia. "Cuando me refresqué y recuperé las fuerzas, te saqué de ahí adentro y te cargué hasta salir de aquella planicie agujereada. Caminé un poco más, tratando de encontrar un refugio pero caí rendida al piso. No podía cargarte más, además del hecho de que había sudado tanto que el frío repentino me impactó de forma tal que casi me enfermo.
"¿Y qué ocurrió entonces?" preguntó la joniana, emocionada como una niña por aquel relato.
"Ah, ¡tuvimos demasiada suerte, Irelia! Pese a que la tormenta comenzaba a alzarse, pude contemplar una sombra sobre las dunas y comencé a gritar. Grité y grité hasta ver que esa sombra se acercaba y resultó ser un hombre, un shurimano que apenas me vio, te vio y vio la bolsa de dinero que le estaba mostrando, no dudó en cargarte y conducirnos hasta la caravana donde pertenecía." Concluyó. Se detuvo a pensar un poco y agregó: "Luego de pagarle a aquel hombre, varias personas te vieron y procuraron tratar tus heridas, conseguir algunos víveres y procurarnos una tienda donde dormir. Después de descansar continuamos la marcha antes de que amaneciera y…"
"¡Espera! ¿He estado más de un día inconsciente?"
"Tuviste heridas muy graves y seguro estabas cansada por el intenso calor." Trató de explicar la joven, sin preocuparse mucho por el tema.
Aquel detalle llamó la atención de Irelia: ¿cómo es posible que, viendo las profundas y terribles heridas que había sufrido, no había tenido la menor curiosidad de saber cómo se había regenerado y sobrevivido?
"Te debo las gracias" murmuró, sacudiendo la cabeza para quitarse ese pensamiento de su mente, procurando meditarlo mejor en otro momento.
"No, yo te las debo a vos. Hubiera muerto al instante por esa emboscada que nos tendieron los Xer'Sai y vos sufriste todos los daños para protegerme" replicó, tomando una de las manos de la joven. "Te debo la vida, Irelia y te agradeceré eternamente."
"No es para tanto" repuso la aludida, incómoda por tantos halagos ante los cuales no estaba acostumbrada. "Además, gastaste el dinero que tenías pensado usar para comprar los materiales para tu nueva espada, déjame al menos compartir los gastos." Pidió, mientras sacaba de su alforja, la cual había sido colocada a un lado, la bolsita donde estaban las serpientes de plata que le había dado Miss Fortune.
"No te preocupes, tengo más de donde vinieron esos, en Shurima se aceptan todo tipo de monedas y en mi patria la nuestra se encuentra en el alza."
"Ah, ¿tan bien se encuentra la economía en Piltóver?"
"No… bah, en realidad, si… no sé bien, hace mucho que no voy para allá." Dudó. Agradeció estar sumida en la oscuridad, sino el rubor de su rostro la hubiera delatado.
Le entregó la cantimplora a Irelia para que ésta bebiera a su gusto y se apartó un trecho, mirando a la joniana sin verla, como si su mente se estuviera concentrando con todas sus energías, profundizando un tema que venía preocupándola hace ya semanas. Su compañera, en cambio, se tomó todo el tiempo del mundo en beber agua a sus anchas cuando una idea la atravesó y fulminó como un rayo: "¿Cómo podía seguir viva si pasó más de dos días inconscientes sin beber gota alguna en un clima de extremo calor?"
Estuvo a punto de escupir todo el líquido que contenía en su boca, pero se retractó al recordar su precioso valor en aquel lugar. Sin embargo, antes de tragar, tocó con sus manos su garganta sorprendida al comprobar que no tenía sed alguna, sino que estaba bebiendo por inercia. Tragó de golpe y notó que no varió en nada su estado, como si estuviera satisfecha y diera igual si tomara o no agua.
Miró a Riven por un momento, temiendo que hubiera adivinado aquel extraño descubrimiento que acababa de comprobar y sus miradas se cruzaron en la oscuridad por escasos segundos. Luego, como una onda expansiva, esta vez más grande que las veces anteriores, volvió a escuchar aquel mismo llamado que había sentido al entrar en Shurima pero más intenso que antes. Seguro se debía a que había acortado la distancia que los separaba, o al menos eso pensaba ella.
"Irelia" llamó su compañera, sacándola de sus pensamientos.
"¿Si?"
"Necesito hablar contigo"
Ninguna de las dos se movió de su lugar, esperando a que fuera la otra la que cambiara su posición. Sin embargo permanecieron así separadas con el velo de la oscuridad protegiendo las reacciones sorpresivas de sus rostros y sus miradas que las hubieran delatado la una a la otra.
Todo el desierto de Shurima se encontraba sumido en el más profundo silencio. Sólo se oía el viento soplando sobre las telas de lona que albergaban a toda la caravana que descansaba bajo un mismo sueño inspirado por sus dioses. Los únicos corazones que palpitaban con fuerza en aquel instante era el de ambas jóvenes, ambas nerviosas por lo que seguiría a continuación.
Por fin, luego de pensar y repensar qué es lo que debía decir, cómo debía decirlo y por dónde debía empezar, una voz débil como un hilo se atrevió a quebrar aquella silenciosa paz previa a lo que presentía sería una tormenta segura.
"Irelia, ¿nunca te has arrepentido de algo?"
Aquella pregunta la tomó por sorpresa pero la recibió con tranquilidad, permaneciendo callada ya que deducía, por el tono empleado, que era una especie de preámbulo que servía para infundirse valor. Aun así su cabeza asintió con tal lentitud que pasó inadvertido por la narradora, que seguía escarbando en su mente y buscando la forma más eficaz para explicarse.
"Desde que era pequeña tuve la convicción de que el camino que seguía era el correcto, pero éste desencadenó tales consecuencias que hubo días en que me arrepentí del simple hecho de haber soñado" murmuró, mientras clavaba su vista hacia arriba, hacia la lona que cubría sus cabezas y ondeaba con fuerza. "Quería crecer, escalar posición en lo que era buena y ser reconocida por mi patria ya que, ¿qué persona que ama con profundidad su hogar no desea esto? ¿Concuerdas conmigo?"
"Perfectamente" repuso la joniana. Su voz había sonado clara y concisa, sus labios se habían adelantado a su mente, pero pese a no pensar siquiera en la respuesta que había dado, estaba segura de que no hubiera sido otra la que hubiera dicho.
Un suspiro puso pausa a aquella conversación que apenas estaba comenzando. Un suspiro casi irónico, como un: "ja, estaba segura que responderías eso" se escapó de la boca de Riven quién no hizo nada para contenerlo. Chasqueó la lengua mientras pensaba en cómo debía continuar cuando soltó de pronto:
"Por casualidad, ¿no te acuerdas de mí?"
"¿A qué te referís?"
"Nos hemos visto antes… mucho antes de nuestro cruce en la taberna de Ciudad Bandle, ¿no te acuerdas en serio?"
"Riven, creo que te confundes, nunca antes te había visto" replicó la joven con una desconfianza que iba creciendo en su pecho ante aquel giro inesperado de la conversación. Hubiera pensado que quería hablar de la razón por la cual se había regenerado de forma casi mágica y cómo no había muerto pese a la carencia de líquido alguno, pero ahora estaba muy intrigada.
"Pues bien, Irelia, te equivocas y mucho" anunció la aludida, con un valor inesperado que le había nacido una vez que se agolparon en su garganta todos sus deseos de contarle la verdad. "Yo ya te he visto antes"
La joniana abrió la boca para contestar algo pero la retuvo un brusco gesto que, pese a la oscuridad, pudo interpretar a la perfección: debía guardar silencio y esperar.
"Antes de empezar a hablar, necesito que me prometas algo"
"Bien, ¿qué cosa?" preguntó, cuya impaciencia iba en aumento debido a tanto misterio que flotaba en el aire.
"Promete que no dirás nada y me escucharás hasta que termine todo el relato."
"Lo prometo"
"¿Lo prometes en serio?"
"Lo prometo" reiteró, dando un puñetazo con fuerza sobre su pecho, justo donde se ubicaba su corazón. Aquel era un gesto de lealtad típico entre los guerreros, pero lo había hecho con tanto sobresalto y brutalidad excesiva que hizo que Riven diera un brinco en su lugar.
"Crecí en una casa humilde, no éramos pobres pero no nos alcanzaba para mucho más que para comer y para vestirnos. Decidí entrar en el ejército de muy joven, aún no contaba con dieciocho años, ya que no quería ser un peso para mis padres. Ahí recibía tres comidas al día, un techo donde dormir y la esperanza de crecer para que, en un futuro, mejorara mi calidad de vida."
Se tomó una pausa donde soltó otro suspiro, éste más melancólico que el anterior, como si recordara lo que aquellas palabras significaron en su momento: un sueño casi perfecto.
"Claro que la milicia no estaba teñida de rosa y no tardé mucho en comprobarlo. Aun así logré ganar el favor de mis superiores cuando notaron que tenía cualidades para prosperar. Y no quiero ser presumida, pero era una de las mejores en combate cuerpo a cuerpo y no había quien me superara en el manejo de la espada. Los elogios y recompensas que recibía me incitaban a ejercitarme aún más y más, creciendo así un intenso amor por mi patria. Ésta me había demostrado que cualquiera que tuviera iniciativa y un poco de capacidad podía crecer y era muy valorado. El último año mejoré de tal forma que me condecoraron con el título de sargento, pese a que sólo había participado en misiones sin mucha importancia…"
Se detuvo una vez más, conmovida por sus propias palabras, deseando saber qué pensaba Irelia al respecto mas ésta no tenía ninguna idea formada. Sólo su desconfianza crecía más y más y se encontraba al acecho de la conclusión que mantenía en vilo.
"… además de una magnífica arma, una espada curva de mucho grosor cuyo mango era tan grande que podía ser sostenida con ambas manos. Era gloriosa" masculló, recordando la antigua gloria de aquella herramienta. Luego continuó: "Después de semejante obsequio, me mandaron a la guerra."
Ante la palabra guerra el cuerpo de Irelia se estremeció de tal forma abrupta que, pese a la oscuridad, Riven pudo notarlo. Ésta era una muchacha joven, ¿cuántas guerras ocurrieron en el poco lapso de tiempo entre sus dieciocho años hasta su edad actual? Sólo una y no fue precisamente una guerra.
La narradora supo interpretarla ya que, luego de inspirar aire con fuerza y de infundirse todo el valor posible, disipó sus dudas por completo:
"Irelia, la primera vez que nos vimos fue durante la batalla de El Placidium. Hacía dos meses que había llegado a Jonia para relevar un pelotón que había sido destruido casi en su totalidad."
Cerró los ojos y contó los segundos, esperando que su oyente asimilara lo que acababa de revelarle pero no dejando que pensara mucho tiempo, ya que temía que rompiera su promesa. La joniana se sorprendió a si misma al conservar su temple ante semejante primicia que venía presintiendo antes de que la verdad cayera con todo su aplomo. No había pasado mucho tiempo con ella, pero sentía tanta simpatía y se sentía hasta cierto punto comprendida, que el dolor tardó en llegarle, como aquellas heridas que son tan profundas y letales que casi ni se sienten, sino que llevan su tiempo para asimilarlas.
"Cuando fuimos enviados allí no habíamos recibido información alguna del estado en que se encontraba la guerra..." un ligero gruñido sarcástico proveniente de Irelia le interrumpió pero continuó inmutable. "Sólo sabíamos de la alianza que había pactado Noxus con Zaun, pero tampoco sabíamos cuáles eran sus métodos… esperábamos encontrarnos con otro ejército cuando, en realidad, nos cruzamos con varios científicos que contribuían con letales y corrosivas toxinas que utilizaban para acabar y neutralizar al enemigo."
El cuerpo de la joniana se estremeció aún más, al igual que su arma que comenzó a vibrar con mucha intensidad. Ya podía sentir la profundidad de la herida y cómo la ira iba naciendo para asentarse en su pecho y cómo se iba esparciendo por el resto de su cuerpo.
"Durante el combate de El Placidium los zaunitas arrojaron bombas en el campo de batalla, afectando tanto noxianos como jonios. Ahí fue cuando, dentro mío, di un vuelco de tal magnitud que me separé de la pelea." Tragó saliva y presionó sus puños con fuerza: "había pasado gran parte de mi vida entrenando para combatir como un guerrero, para enfrentarme con enemigos y pelear hasta la victoria o la muerte… pero aquello era un exterminio masivo. Descubrí que la supuesta guerra diplomática se había vuelto un aniquilación y ya no importaba hacia quién iba dirigido sino que su objetivo principal, conquistar Jonia, se cumpliera cueste lo que cueste aunque ello significara que pereciera miles de personas inocentes… y allí apareciste."
Bajó su mirada, la cual había permanecido en el techo, y clavó sus ojos en los de su oyente, esperando vislumbrar algo en su mirada a pesar de la penetrante oscuridad. Aun así creyó ver relampaguear ira en su fisonomía y en la mueca de su rostro.
"Me había separado lo mejor que pude de mis compañeros, deseando volver al campamento para discutir severamente con algún oficial o teniente cuando de pronto te destacaste del resto de los jonios al avanzar de forma inexorable mientras asesinabas a todo el pelotón. Como me había separado justo a tiempo logré escapar de ti, volver al campamento y de ahí zarpar en uno de los barcos que huía con los pocos sobrevivientes. Mas, cuando llegamos al puerto de Noxus, me escabullí como pude y escapé de la ciudad, donde no volví." Explicó, apretando sus manos la una con la otra. "Ese día perdí muchos amigos, compañeros y subordinados, varios muertos por el deseo de poder y otros por tus manos." Concluyó, dejando que su voz se extinguiera de forma paulatina.
El silencio volvió a establecerse en el ambiente, aunque a diferencia con el anterior, éste estaba cargado de tal tensión nerviosa que lo volvía incómodo e insoportable. La una observaba la reacción de la bomba que acababa de arrojar mientras que la otra presionaba sus puños con fuerza tratando de contener la ira que apenas se manifestaba en la vibración constante de su cuerpo y de su arma.
"Te reconocí en el primer momento en que te vi en la taberna, pese a que me había embriagado con Teemo; te temí pero comprobé que sos una mujer muy bondadosa con un poder muy grande…" se sinceró, abrazándose a sí misma. "… Lamento mucho todo lo que provocó mi nación, puedo asegurarte que la mayoría de los noxianos que estaban allí no tenían noción siquiera de la razón por la cual invadían Jonia y menos sentían deseos de asesinar y acabar con la vida de tantas familias. Yo misma me sentí defraudada, decepcionada y enfurecida por mi patria aunque entiendo que no se compara en lo más mínimo con lo que sentiste y aún sientes" suspiró con resignación. Luego, con una pequeña carcajada sarcástica, agregó: "Ja, Teemo temía que me asesinaras aquí en el desierto pero después de lo que hiciste por mí sentí que tenía que contarte toda la verdad. Sos increíble, pese a que eso me cueste la vida."
Irelia inspiró mucho aire y lo exhaló con lentitud, buscando la forma de serenarse. Sus músculos se reprimían con violencia e impotencia mientras ella se mantenía sentada en su lugar, usando todo el poder de su voluntad para relajar su mente y los latidos de su corazón. Invocó la imagen de Karma y recordó sus ejercicios de abstracción para alejar sus pensamientos de allí lo más lejos posible. Debido a esta acción, el extraño llamado que durante tantos días la había estado instigando se reiteró con más fuerza aún que antes, rugiendo para que avanzara al encuentro de algo o alguien.
Se levantó de golpe al tomar una resolución. Riven tembló pensando que se acercaba su final pero contempló atónita cómo la joniana tomaba su alforja, la cargaba sobre su hombro, y salía de la tienda sin decir palabra alguna. Al principio no reaccionó, pero luego de digerirlo salió ella también y gritó:
"¿Conque así va a terminar todo?"
"En un momento me preguntaste si me arrepentía de algo… pues bien, me arrepiento de haberte salvado, quizás así hubieras sentido en carne propia lo que sufrió Jonia al ser atacada de forma tan vil y sin sentido alguno." Replicó sin detenerse ni voltearse siquiera. "Salvé a mi patria, no vale la pena que acabe con una exiliada y mucho menos con una noxiana."
La ira hablaba por ella, quizás en otra situación habría analizado un poco mejor sus palabras, pero considerando el cúmulo de rabia que ardía en su cuerpo aquello era sólo una mínima pizca de los sentimientos que la embargaban. Realmente se estaba conteniendo.
No se dio vuelta ni una sola vez y continuó su andar de forma inexorable. Para distraerse de la impotencia que aún hacia mella en su ser concentró toda su voluntad en aquel llamado que sentía, logrando una abstracción completa. Prácticamente no sentía el paso del tiempo, ni el cansancio, ni la necesidad de comer o beber. Así los días fueron pasando de forma casi imperceptible, avanzando sin desviarse un ápice del camino que una extraña fuerza le trazaba en su mente.
Atravesó ciudades abandonadas, múltiples caravanas, cientos de construcciones milenarias y desconocidas, tiendas dedicadas al mercado negro sin siquiera detenerse ni cambiar la expresión neutra de su rostro. Se entregaba por completo a un estado similar al del sueño ligero: sentía como si estuviera durmiendo pero tenía noción de todo lo que transcurría a su alrededor, aunque no podía interactuar con nada.
Continuó de esta forma durante ocho días. Ocho días en los cuales su cuerpo no había ingerido nada pero que se mantenía en perfectas condiciones. Al cabo de este lapso de tiempo, metros antes de llegar al epicentro de aquel llamado que había estado instándola durante tantos días, recuperó la completa noción de su ser, como si por fin se hubiera despertado de su larga siesta. Estiró sus músculos y observó a su alrededor: era pleno mediodía y el sol ardía con mucha intensidad, aunque casi ni lo sentía. En un punto de aquella extensa y desolada planicie de arena un elemento desconocido sobresalía. Sin dudarlo, se acercó hasta él.
Se sorprendió al comprobar que se trataba de una gigantesca y gruesa espada cuya hoja dentada estaba clavada en la tierra. Su color era de un carmesí intenso y el mango parecía hecho de cuero negro, aunque los materiales que la componían le resultaban completamente ajenos, como si fueran aún más raros que los de la hélice creada por su padre.
Dio un par de vueltas alrededor de la espada, pensando cómo pudo llegar hasta allí cuando notó que su propia arma vibraba de una forma muy intensa, provocando que su propio cuerpo se estremeciera también. Era una señal extraña, solía reaccionar así sólo ante situaciones de peligro o adrenalina, pero ahí no había nadie. Sólo esa rara herramienta. Decidió ignorar esa sensación y, haciendo uso de su fuerza, tomó la espada por el mango y la sacó de la arena.
En cuanto la alzó al cielo, el arma comenzó a emitir la misma onda expansiva que había sentido Irelia desde hace días pero con un poder mucho mayor, el cual se esparció varios kilómetros alrededor y comenzó a arrasar con las dunas y con los restos de las ciudades que se encontraban cerca. La joniana gritó, sintiendo una fuerte agonía que entumecía sus brazos, que lastimaba todo su cuerpo y al final atrapaba su mente, arraigando en su ser como si miles de agujas se clavaran al mismo tiempo sobre su carne. Su visión se nubló de repente y sus oídos emitieron un constante pitido que le aturdió aún más que el terrible dolor que parecía profundizar en lo más hondo de su interior, abarcando desde su organismo hasta sus pensamientos y, especialmente, su voluntad.
No supo cuánto tiempo estuvo padeciendo aquella tortura mas ésta terminó disipándose. Con lentitud, pero poco a poco fue recuperando su normal audición y sus ojos volvieron a captar la luz, mostrándole que el sol principiaba a ocultarse. Aquella sensación de las miles de agujas perforándola fue desapareciendo con parsimonia, como si gruesas raíces fueran arrancadas de su ser. Sin embargo, había perdido el control de su propio cuerpo. No podía moverse, no podía hablar, sólo se había caído de rodillas sobre la arena, consumida el espasmo de tanto dolor. La espada en sus manos había cesado también con aquellas ondas expansivas, pero vibraba de forma tal que parecía que no sólo palpitaba como un gigantesco corazón entre sus manos, sino que se sentía como si todo un ser vivo residiera en su interior.
No estaba muy lejos de la verdad ya que una extraña y penetrante voz de ultratumba gruñó en sus oídos:
"Un placer volver a verte, hija mía."
Y bueno... últimamente me está gustando esto de dejar en suspenso los capítulos, le pone un picante que me agrada mucho y confío que deja en vilo al lector.
Luego de mucho, pero mucho esfuerzo para poder subirlo (mi wifi es un asco) les hago llegar acá la siguiente parte! Les adelanto que todo este arco de Shurima durará dos partes más, por lo menos, aunque la cuarta veremos si es oficial o no... todo depende de como concentre todo el resto en la tercera parte.
Espero que les haya gustado! No duden en dejar su review para criticarme o halagar mi belleza c: Nos vemos y gracias por leer!
