Gracias a Bea1258, Moony Stark, untouchrk, Macka, Isabel y lalalavane por sus reviews.


CAPÍTULO X

.

A decir verdad, Rin nunca había prestado mucha atención a los esclavos.

Sabía que existían desde que tenía uso de razón, por supuesto; había visto a muchos acompañando a las personas importantes a la que su padre recibía en Palacio. Sin embargo, jamás le habían llamado la atención. Prefería trepar por los árboles de los jardines con Sousuke o, cuando estaba especialmente aburrido, incordiar a su hermana. Se conformaba con saber que eran humanos, pero no personas; eran seres que habían perdido el derecho a que se les tratase como iguales.

La primera vez que había pensado en ellos seriamente había sido cuando Sousuke se peleó con el hijo de una de las criadas, al que la mujer había llevado a Palacio aquel día porque no tenía con quien dejarlo. El desconocido tuvo las de perder, pero Rin supo que a su amigo le pasaba algo más que los cardenales que empezaban a aparecer en su pálida piel. Efectivamente, cuando Sousuke le explicó el motivo, el joven Príncipe comprendió que no hubiese podido evitar pegar al otro niño.

Había dicho que Sousuke era hijo de una esclava. Rin comprendió que a su amigo le molestase; decir que la madre de Sousuke –a la que ninguno de los dos conocía– era una víbora hubiese sido infinitamente menos insultante. En aquel momento, Rin había lamentado no poder echar una mano a su amigo en la pelea.

No volvió a pensar en ellos hasta mucho más tarde, cuando fue testigo de la paliza –porque no encontraba otra palabra– que recibió un esclavo que había tenido la mala suerte de encontrarse en las inmediaciones del lugar donde había desaparecido el pequeño de los Mikoshiba. Todo lo que pudo pensar, mientras sostenía la mano de su hermana y Sousuke sujetaba los hombros de ambos para evitar que interviniesen, fue que ese hombre gritaba como una persona, sangraba como una persona y suplicaba como una persona. Recordaba las huellas del esclavo sobre la arena que se acumulaba en uno de los jardines manchadas de sangre. Aquella noche, Gou se quedó dormida con él, después de horas llorando y sin lograr calmarse.

Su opinión respecto al tema había cambiado sustancialmente, pero Rin no había tenido muchos más motivos para darle vueltas al asunto en los años posteriores. Había aprendido un poco más acerca del tema en las últimas lunas gracias a Haruka, pero no había pensado mucho en ello. No quería.

En ese momento, sabiendo a ciencia cierta que él era una de esas personas, temía el momento en que su mente se cansara de huir de la cuestión. Casi agradecía los ratos en los que el dolor de su brazo se hacía tan insoportable que borraba todo pensamiento racional de su mente; cualquier cosa era mejor que enfrentarse a la realidad de haberse convertido en algo que siempre le había producido una extraña mezcla entre repugnancia y lástima.

Afortunadamente, periódicamente tenía algo que lo obligaba a salir del remolino de horror e incredulidad que era su mente. Dos veces al día, la jaula recibía comida y agua: unos cuantos mendrugos de pan duro y dos cántaros de barro que ni por asomo eran suficientes para las cerca de cincuenta personas que había allí hacinadas. Y ver cómo se pegaban por la comida, cómo no existía un mínimo de compasión que interfiriese con el deseo egoísta de sobrevivir, era demasiado impactante para Rin.

En las dos primeras ocasiones, el joven no había conseguido comer, demasiado afectado por la ausencia de humanidad de esa jaula.

A la tercera, le había parecido que en algún lugar de su aturdida mente Sousuke resoplaba con exasperación y se metía con él por dejar que ese lado romántico suyo le impidiese alimentarse.

Rin también había olvidado la solidaridad. A veces lograba comer y a veces no, pero procuraba no mirar a los demás cuando sí conseguía algo que llevarse a la boca. Cuando tenía el estómago algo más lleno el remordimiento se lo aguijoneaba al fijarse en las caras famélicas que parecían mirarlo con resentimiento, pero en cuanto su cuerpo se vaciaba de nuevo expulsaba todos los pensamientos que lo distrajesen de su objetivo.

En ocasiones le parecía oír a Haruka con tanta claridad que era como si el joven estuviese a su lado, cogiendo su mano igual que lo había hecho aquella noche en Rith, y casi podía oír la mezcla entre afecto y exasperación de su voz:

"No se puede ser generoso y sobrevivir al mismo tiempo", le había dicho.

Entonces, Rin había rebatido tal afirmación. Siempre se podía ayudar, siempre era mejor la satisfacción de saber que se estaba haciendo algo bien.

Ahora, sin embargo, no podía sino odiar que el joven estuviese en lo cierto.

.

Sousuke opinaba que las palabras de ánimo de Kisumi cuando terminaban sus clases particulares eran exageraciones, pero incluso él podía darse cuenta de que sus duelos ya no eran tan tediosos para el joven. Ahora parecían un juego, y en ocasiones incluso se asemejaban a algo real.

Desde que descubriesen que Rin no estaba en Lonaria, sin embargo, el joven sentía que se había estancado. Atacaba con rabia y sin atino, y pese a que Kisumi no había tardado en señalar lo obvio no era tan sencillo corregirlo. Sousuke había estado tan convencido de que encontrarían a su amigo que ahora no sabía qué hacer además de descargar su rabia de una forma que en teoría no era completamente destructiva.

Suspiró tras salir de la espaciosa habitación que habían utilizado para entrenar; lo bueno de estar en un castillo desierto era que nadie les molestaba. Sin embargo, en lugar de dirigirse a su dormitorio, Sousuke vagó por pasillos al azar hasta que salió a uno de los patios.

Habían pasado dos días desde que llegasen al castillo. Y, pese a que ya sabían que el pasadizo desembocaba al oeste de Lonaria y gracias a Hana habían conseguido averiguar hacia dónde se dirigía la Condesa, se pondrían en marcha por la mañana. Habían de ser cautos, pues sospechaban que la mujer estaba reuniendo hombres de más partes de Atia para luchar contra ellos. Gou también estaba trabajando en ello, y al parecer su amigo titiritero tendría un papel importante en el asunto.

Una serie de sonidos rítmicos, secos, captó la atención de Sousuke. El joven se pegó al muro del castillo y caminó hacia el lugar del que provenía el sonido.

Descubrió a Haruka en un hueco en el que no había árboles ni arbustos; la incipiente oscuridad del crepúsculo hizo que al principio Sousuke confundiese sus movimientos con un extraño baile. Unos segundos más tarde, sin embargo, observó un espantajo que parecía construido por el propio Haruka clavado en el suelo, con haces de paja que abultaban lo que de lejos parecía una figura más o menos humana. El joven lanzaba sus cuchillos desde una distancia considerable, sacando más puñales de entre los pliegues de su ropa a tal velocidad que a Sousuke le costó darse cuenta de que las dagas no nacían en sus dedos instantáneamente.

Se mordió el labio, comprendiendo de nuevo que no era él el único preocupado.

A Sousuke, Haruka le gustaba en ese momento lo mismo que le había gustado cuando Rin se lo había presentado, lo cual era bastante poco. Sin embargo, no había podido ignorar lo apagado que estaba desde que los hombres de la Condesa se llevasen al Príncipe; técnicamente, no había hecho nada fuera de lo común –o lo que Sousuke consideraba común, de acuerdo a sus observaciones–, pero había algo en la forma en que se movía que se había vuelto perezoso, casi desganado. Incluso ahora, mientras lo veía apuñalar al espantapájaros, Sousuke se daba cuenta de que Haruka no estaba poniendo toda su atención.

Y, pese a que no terminaba de comprenderlo, creía saber dónde estaba el interés que faltaba en esa tarea.

Incluso a pesar de que la luz moría en el horizonte, Haruka no dejaba de acertar en su objetivo; cuando gastaba todos sus cuchillos se acercaba al muñeco a recuperarlos, y empezaba de nuevo. No falló ni una vez. Sousuke recordó al hombre al que había matado sin despeinarse cuando éste amenazó a Rin y se estremeció; había de admitir que no le agradaría que su ya desastrosa relación con él empeorase hasta llegar a ese punto.

Se mordió el labio antes de decidirse a anunciar su presencia. Había pospuesto ese momento varios días, pero pese a que supondría tener que tragarse su orgullo era preferible a sentir que estaba huyendo.

Haruka se había vuelto a quedar sin armas cuando Sousuke carraspeó. Se detuvo en seco y miró alrededor hasta que lo localizó; sus ojos se entornaron hasta que apenas quedaron dos rendijas azules entre sus párpados.

—¿Qué haces aquí? —la hostilidad en su voz era evidente.

Sousuke suspiró y avanzó un poco. Agradeció que Haruka se hubiese olvidado momentáneamente de sus cuchillos.

—Um… Quería hablar contigo.

En cuanto oyó esas palabras, Haruka se acercó a su juguete de entrenamiento para recuperar sus armas.

—Habla —murmuró, y Sousuke descubrió que le resultaba más fácil concretar lo que quería decir en palabras sin esa mirada azul que parecía eternamente enfadada clavada en él.

—Tenías razón en lo que dijiste antes de que nos fuéramos de aquí —Haruka no se volvió; Sousuke tomó aire, sabiendo que aun sin mirarlo directamente hablar iba a ser bastante difícil—. Mira, de todo lo que Rin podría haber hecho cuando se libró de ser Sultán, sigo sin entender por qué decidió estar con alguien como tú. Si de mí dependiera… —quiso continuar, pero recordar lo mucho que había herido a Rin con esas palabras se lo impidió. Tragó saliva—. Pero no es asunto mío.

Haruka se giró hacia él cuando desenterró la última daga de su muñeco. No parecía enfadado, pero tampoco contento. Aunque era difícil hacer una apuesta cuando se trataba de él, Sousuke creyó ver cansancio en su mirada.

—¿Y?

Sousuke se mordió el labio.

—Lo que pasó con la Condesa… —empezó, pero no necesitó preocuparse por completar la oración.

—Lo hizo Rin, no tú —lo interrumpió Haruka con brusquedad—. No hace falta que tú lo excuses.

El joven retrocedió un paso, alarmado por el rencor que contenía la voz de Haruka.

—Vale —murmuró finalmente—. Sólo quería decirlo.

Se giró y echó a andar de vuelta al castillo, pero la voz de Haruka lo hizo detenerse.

—Que quieras ser amable no va a conseguir que Rin vuelva—le espetó.

Sousuke no respondió. Lo sabía de sobra. Igual que sabía que debería haberse mordido la lengua aquel día.

Pero no había nada más que pudiese hacer en ese momento.

.

Rin no tenía la menor idea de la geografía de Atia. Todo lo que sabía era que había montañas, el día siempre parecía apagado y nunca dejaba de hacer frío.

Sólo supo que la ciudad que coronaba una colina desgastada era Apona porque escuchó a una mujer comentarlo; sin embargo, no comprendió la intranquilidad que se extendió entre todos los que estaban encerrados en la jaula hasta que hubieron atravesado la muralla.

El carro se dirigió hacia un edificio que imponía, no por su altura, sino por su extensión. Entró por una cancela de metal a un patio empedrado que por un momento recordó al Príncipe a su jardín favorito de Palacio, al menos hasta que vio la cantidad de hombres armados que salieron a recibirlos.

No hubo ningún tipo de aviso: los esclavos más cercanos a la puerta de la jaula intentaron apartarse, pero no pudieron hacer nada para evitar que los cogieran. Los arrastraron hasta el interior del edificio mientras uno de los hombres que había atrapado a Rin dejaba al resto encerrados y comentando lo ocurrido.

—¡Callaos! —ordenó, y el murmullo que había nacido en la jaula se apagó de golpe.

Rin, sin embargo, seguía escuchando una de las palabras que había oído. Se repetía una y otra vez, tan rápido que parecía un continuo que le taladraba los tímpanos. Abrió la boca, intentando desmentirlo, pero si algo le habían enseñado los últimos días era que eso no cambiaría lo que estaba a punto de ocurrir.

Apenas registró que alguien se acercaba a su custodio y comentaba que todo estaría listo para esa misma tarde.

El Príncipe quiso gritar. Por el destino que le aguardaba, por el miedo que tenía, por la cruel ironía que suponía ese macabro deseo de los Dioses. Porque en el fondo sabía que debería haber previsto que pasaría, pero tampoco hubiera cambiado nada que fuese consciente de lo que le esperaba.

Quizá fue una suerte que lo cogiesen en la siguiente tanda. Se resistió y trató de liberarse, ignorando el incesante dolor de su brazo roto, pero la falta de alimento y el frío que parecía haberse instalado en sus huesos desordenaba sus movimientos, haciendo inútiles sus intentos por escapar. Las amenazas del tipo que lo arrastraba no surtieron efecto, pero la mano que le tiró del pelo, obligándolo a echar la cabeza hacia atrás, y las palabras susurradas en su oído ayudaron a que, por unos instantes, Rin lograse pensar con claridad.

Da igual lo que haga. Ya soy un esclavo.

Pero el terror que lo invadió cuando llegaron a una habitación inusualmente caliente no entendía que su función ahí era inexistente. Vagamente Rin se percató de algunos esclavos también intentaban liberarse; en cambio, sí oyó, con una escalofriante claridad, los gritos de otros. Pero no podía hacer nada, así que clavó la mirada en la chimenea, concentrándose en las llamas que lamían la madera y caldeaban la estancia. El hombre que lo sujetaba debía de estar sorprendido por tal cambio en su comportamiento, razonó.

Recordó cuando Haruka y los demás lo habían hecho pasar por un esclavo. Se había quejado de lo incómodos que eran los grilletes.

Su visión se emborronó. De buen gusto cambiaría lo que le esperaba por unos grilletes.

En menos de un segundo, todo su mundo se volvió blanco. No había nada, sólo un grito agónico con olor a quemado que Rin no reconoció como suyo, el sello al rojo vivo abriendo su espalda mientras dos pares de manos lo retenían para que dejara de moverse.

Cuando la sorpresa inicial se evaporó, sin embargo, Rin perdió toda voluntad para seguir resistiéndose; no fue el dolor lo que le impidió mantenerse en pie, sino un agotamiento que no tenía que ver tanto con el ardor que seguía extendiéndose desde su espalda como con el significado del hierro al rojo vivo que había dejado una impresión eterna en su piel. De todas formas, pensó, no muy seguro de si seguía consciente, ya no importaba.

Lo dejaron en una habitación junto al resto de esclavos que también habían sido marcados. Rin se dejó caer junto a la pared más lejana de la puerta y cerró los ojos, por una vez dando la bienvenida a la tortura que suponía el dolor de sus lesiones.

Era mejor que resignarse a la realidad, que aceptar que había dejado de ser dueño de sí mismo.

.

Resultó curioso que Haruka fuese el que durmió mejor la noche anterior a su partida.

Makoto no consiguió pegar ojo; no comprendía por qué estaba tan nervioso, pero cada vez que cerraba los ojos su corazón latía tan fuerte que era como intentar dormir en una taberna. De modo que pasó las horas muertas mirando al techo, preguntándose qué encontrarían en Apona. Le había sorprendido que todos sus hombres estuviesen de acuerdo en acompañar a la Sultana, sobre todo ahora que sabían que Rin no estaba con la Condesa, pero no podía separar el grupo, y sabía que tarde o temprano sería la hermana del Príncipe la que diese con él, así que había tenido que ceder aunque no le hiciese gracia.

Miró a Haruka, que de vez en cuando murmuraba palabras incomprensibles en sueños. Era consciente de que no había sido la promesa de recuperar a Rin lo que lo había impulsado a aceptar seguir a la Sultana hasta Apona. Desde que los hombres de la Condesa capturasen al Príncipe, su amigo tenía un interés inusual en cualquier cosa que supusiera un conflicto. Makoto deseaba de todo corazón que su frustración no se tornase imprudencia cuando llegase el momento.

Lo despertó cuando los primeros rayos de sol se colaron en la habitación; mientras se vestían y recogían sus cosas de la habitación, sin poder quitarse de encima la sensación de que ya habían vivido eso antes, Haruka se comunicó mediante gruñidos y miradas fulminantes. No recordó las ventajas del lenguaje verbal hasta que salieron al patio, donde la mayoría de los hombres de la Sultana ya estaban preparados.

Se reunieron con los suyos para asegurarse de que todo estuviese preparado. Makoto dejó la tarea en manos de Kisumi; él estaba demasiado cansado. Se apoyó en su dromedario, lamentando no haber podido dormir.

Advirtió la mirada de Haruka clavada en él con una eficacia perfeccionada a lo largo de los años.

—Estoy bien —le aseguró, girándose para verlo acariciar el cuello de su montura—. ¿Tú no estás nervioso?

Haruka se encogió de hombros.

—Cuanto antes quitemos a la Condesa de en medio, antes encontraremos a Rin —murmuró sencillamente.

—¿Y después? —Makoto no se dio cuenta del error que había cometido hasta que el mal estuvo hecho; siempre que se enfrentaban a algo difícil solían obligarse a pensar en lo que ocurriría tras ello, en no dejar que en su cabeza un solo suceso representase el fin de todo. Pero teniendo en cuenta lo que sabía, había sido una mala idea.

—Lo pensaré entonces —decidió Haruka tras unos segundos en silencio, optando por la solución más sencilla. Centrarse en el presente siempre había sido la forma que el joven tenía de huir.

.

Asuka sabía que, a estas alturas, el Príncipe no sería de utilidad.

Sabía que cuando la Sultana tuviese Apona rodeada, un chantaje sólo serviría para posponer lo inevitable un poco más. Que la muchacha cedería a lo que ella pidiese sólo para reducir la ciudad a escombros en cuanto tuviese a su hermano a salvo.

No es que Asuka hubiese depositado todas sus esperanzas en el joven; los refuerzos ya estaban en camino y llegarían antes que las tropas de la Sultana. Pero tenerlo a su merced era un punto a su favor, así que cuando lo descubrió encadenado a los otros esclavos para ser subastado no dudó en ordenar a uno de sus soldados que lo comprase.

El joven no la vio, sin embargo; fue conducido directamente al castillo mientras Asuka terminaba su paseo, tratando de elucubrar cómo el Príncipe había terminado volviendo a ella. No era muy difícil imaginarlo, pero no resultaba de ser irónico.

Cuando regresó al castillo, se tomó su tiempo. Se dio un baño, se maquilló y se puso un vestido que le gustaba bastante. Su situación era exactamente la misma que antes de tener al Príncipe, pero saber que ahora podía hacer literalmente lo que quisiera con él sin que fuese ilegal la puso de un buen humor que no había saboreado desde hacía varias lunas.

Mientras se arreglaba el pelo, descubrió, gracias al soldado que había llevado al Príncipe al castillo, que el joven no había opuesto la menor resistencia. No fue ninguna sorpresa. Eran los hombres más orgullosos quienes más se hundían al ser marcados; Asuka lo había visto en más de una ocasión.

Se tomó su tiempo para dirigirse a la habitación que había asignado al Príncipe. No estaba en las mazmorras, sino en una de las torres más altas; lo cual no impedía que fuese una celda de la que el joven no podría escapar por mucho que lo intentase. Asuka no quería correr más riesgos a ese respecto; demasiado estúpida había sido al llevarlo a la subasta y darle la oportunidad de huir.

Cuando entró en la estancia, pese a que no había ningún mueble para distraerla –era una habitación completamente vacía, salvo por el caldero destinado a que el Príncipe hiciera sus necesidades–, le costó localizar al joven. Y, cuando lo vio, fue difícil reconocerlo: estaba sentado en la esquina opuesta al caldero, sucio, con la mirada perdida y completamente inmóvil. No dio muestras de haberse percatado de la presencia de la Condesa hasta que ella carraspeó.

—Alteza —llamó; el Príncipe dio un respingo y la miró, y para su satisfacción su rostro se transformó en una máscara de terror—. Me alegro de volver a veros —comentó sin disimular la burla impresa en su voz.

—¿Cómo…? —empezó el Príncipe

—Os vi, me agradasteis y os compré. Como se suele hacer con cualquier esclavo —respondió Asuka con calma—. Quizá os interese saber que habéis sido de los esclavos más baratos que he adquirido; supongo que vuestro brazo lesionado os ha hecho perder valor.

El joven la fulminó con la mirada, un destello de su antiguo orgullo retornando sin remedio.

—¿Y qué vais a hacer conmigo?

Asuka se encogió de hombros.

—Para empezar, asegurarme de que no volváis a escapar. Aún no sé cuán útil seréis, pero por si acaso os mantendré conmigo —el Príncipe entornó los ojos—. No os quejéis. No tenéis derecho a quejaros. Ahora me pertenecéis.

Pese a que era evidente que el joven no estaba ni por asomo en buena forma –no sólo por tener un brazo inútil; Asuka sabía por experiencia que los esclavos siempre llegaban en malas condiciones y por lo general desnutridos–, la mujer temió por un instante que el Príncipe se abalanzase sobre ella. No dudaba que, de haber estado en pleno uso de sus facultades, la habría atacado.

—La esclavitud… —empezó, pero incluso él parecía saber que en ese momento eran palabras vacías.

Asuka enarcó una ceja, invitándolo a continuar; cuando no lo hizo, ella decidió ponerlo al día:

—Ahora que me acuerdo; conocí a vuestra hermana hace poco. Una niñita encantadora, pero con demasiados pájaros en la cabeza, si queréis mi opinión —el Príncipe palideció—. Me consta que está con vuestro amante, y sospecho que lo traerá aquí. Será precioso.

Quiso poner los ojos en blanco ante la estupefacción del Príncipe. ¿De verdad creía que Asuka no tenía medios para saber lo que ocurría en su propio castillo?

—No podéis —murmuró el Príncipe—. No tenéis nada que hacer; estáis en un callejón sin salida.

Lo dijo en voz baja, sin emoción, como si no le importara. Probablemente no le importase. Ya no.

Asuka sonrió.

—En realidad, ahora es cuando más hay que hacer, Alteza. Desde aquí probablemente veáis bastante bien lo que ocurrirá cuando vuestra hermana llegue a Apona.

El Príncipe no dijo nada. De hecho, ni siquiera la miró. Asuka salió en silencio, dejándolo a solas con sus pensamientos.

Mentiría si dijera que informarlo no había sido tanto un acto de cortesía como un medio para sentirse mejor, aunque sólo fuese por comparación.