Capítulo Once
A la mañana siguiente estaba realmente cabreado.
— ¿Dices que era una mujer? No. Era un hombre. Yo lo vi. Peleamos—gruñí.
—No me refiero al agresor. Fui a ver a Nora, como me pediste. Ella vio una mujer antes de encontrar a Vee. La vi en su mente. —dijo Rixon.
Había enviado a Rixon a cuidar de Nora mientras trataba de seguirle la pista al tipo que había agredido a Vee. No es que ella me importara, pero le importaba a Nora, y ella me importaba a mí. Además, seguíamos con el tema del fantasma que perseguía a mi chica.
— ¿Pudiste detallarla? ¿Sabes qué aspecto tenía? ¿Sabes si Dabria…?
Pero no era posible. Dabria estaba conmigo en ese momento.
—No pude detallarla plenamente, lo cual me hace pensar que en realidad fue un truco mental. Los recuerdos en la mente de Nora son un poco difusos. No recuerda ninguna característica relevante.
Pasé las manos por mi rostro, con un deje de frustración.
— ¿Has sabido algo de Chauncey?
—Nop. No hay nada en los registros de las llegadas a Coldwater en los últimos seis meses, tampoco en hoteles; lo cual me hace pensar, a cualquiera en realidad, que es posible que no esté usando su nombre. O puede que no se esté quedando en la ciudad.
Tenía que reconocer que el muy maldito era astuto. Si sabía de mis planes, se mantendría oculto hasta que fuese el momento indicado.
—Tengo que encontrarlo. No se puede esconder para siempre; nada puede mantenerlo oculto mucho tiempo—rugí entre dientes.
Rixon levantó las manos en un claro gesto que rezaba que no podía hacer nada. Y eso me enfurecía más. Tenía que descubrir dónde estaba, qué planes tenía. No podía simplemente basarme en intuiciones, tratar de adivinar cuál sería su siguiente paso.
— ¿Qué vas a hacer? —preguntó.
Suspiré de exasperación.
—No lo sé, hombre. No se me ocurre nada todavía.
—Lo más viable sería que esperaras a que él hiciera el próximo movimiento.
— ¡Siempre es él el que hace los movimientos, Rixon! Siempre el primero. Siempre el último. Me está enfureciendo el hecho de que cree que soy su marioneta. No hay un rastro. No hay ninguna mente que conozca. ¡No tengo nada! Y Dabria no planea decirme dónde se encuentra, porque no me contesta las llamadas. Está celosa de Nora.
— ¿Qué esperabas? La dejaste por una humana, y ahora que regresa por ti, ¿Qué crees? Vuelves a elegir a una humana por encima de ella.
—Pues tiene que superar eso.
—Lo estás aceptando.
—No estoy aceptando nada, hombre. Yo solo…
— ¿Estás enamorado de ella?
Me quedé en silencio un par de segundos, observándolo fijamente a la espera que dijera que estaba bromeando. Pero, al ver que enarcaba ambas cejas esperando mi respuesta, supe que era en serio lo que preguntaba.
—Por supuesto que no. ¿Amor? Eso no va conmigo, cariñito.
— ¿Entonces qué esperas de ella?
—Ya lo sabes: un cuerpo humano.
— ¿Y por qué no la has matado todavía?
Tenía que reconocer que Rixon tenía sus momentos en los que se volvía realmente insoportable. ¿Amor? ¿Por Nora? Ni hablar. Me atraía. Me volvía loco en ocasiones. Pero eso no era amor; ni de lejos. Aunque, tampoco era que sabía exactamente que era el amor. Estaba maldito. Jamás sabría lo que se siente; tal vez mi cuerpo, pero yo no. Sentía el contacto físico como a través de un cristal: mi cuerpo sentía, se calentaba o enfriaba, se hería. ¿Pero mi alma? ¿Mi esencia? ¿Lo que yo era realmente? No sentía absolutamente nada de eso. Me emocionaba internamente, pero eso no tenía nada que ver con lo físico. Mi verdadero yo sentía todo a un nivel puramente emocional, y era difícil que me emocionara a ese nivel.
Sólo una persona en la historia había sido capaz de hacer eso.
Había cambiado mi decisión de matarla la noche pasada, cuando Nora invadió de lleno gran parte de mi alma. Sin embargo, ya no estaba completamente seguro de esa decisión. Después de todo, ser humano era lo que había deseado desde que me expulsaron, ¿no?
—Sólo estoy esperando el momento adecuado—dije.
— ¿Qué sería cuál? ¿Luego de que te acuestes con ella y hagan cosas divertidas? Vamos hombre, acéptalo: si no la has matado, es porque realmente no quieres hacerlo. Fin. Estás permitiendo que esa chica te debilite.
De un solo golpe tiré a Rixon al suelo, dándole un puñetazo en la mandíbula. Se levantó al instante, aunque debía tenerla rota. ¿Ves lo que digo? No sintió el golpe físicamente, pero en sus ojos vaya que se veía la furia que eso le había causado. Intentó devolverme el golpe, pero fui más rápido y desvié la dirección de su brazo, llevándolo a su espalda y manteniéndolo allí unos segundos antes de soltar:
—No te atrevas a repetir que soy débil. Te mataré si vuelves a decirlo. No soy débil. No lo fui, y no lo seré. Lo que haga o deje de hacer con Nora no es de tu incumbencia.
Lo liberé y me di la vuelta para alejarme.
Vi la hora, y noté que ya era demasiado tarde para ir al instituto. Daba igual, la única razón que tenía para asistir era Nora, y podía espiarla sin que ella lo notara para cerciorarme de que estuviera bien. Lo cual no ayudaba a afirmar el hecho de que no me importaba. Maldita sea. No me entendía últimamente. ¿Me importaba la chica o no? Claro que me importaba; es decir ¿Y mi cuerpo humano? Pero venían de nuevo esas imágenes de Nora ensangrentada y se me revolvía el alma. ¿A esto era lo que llamaban "Sentirse confundido"? Porque si era así, era una verdadera mierda.
Decidí ir a jugar una partida de billar. Un par de chicas, trucos mentales y el humo del ambiente serían suficientes para despejar mi mente. Subí a la moto y aceleré todo lo que pude.
Al llegar, bajé directamente y le hice señas a un grupo que estaba comenzando las apuestas de billar para que me integraran, pero ya estaban listos. Maldición. Me acerqué a una mesa de póker y tomé asiento. Todos me miraron.
— ¿Sabes jugar? —preguntó uno de ellos, un tipo calvo.
—Reparte las cartas—me limité a decir.
Hizo el intento, pero otro de ellos, uno de pelo rojizo con un traje bastante formal lo detuvo.
—Aquí se juega con dinero. Si no tienes billetes, no entras—gruñó.
Rodé mis ojos, metí la mano en el bolsillo trasero de mis pantalones y saqué mi billetera. Puse diez billetes de cien dólares en la mesa.
— ¿Así es suficiente? ¿O tengo que sacar más? No entiendo esa necesidad de ver cuánto dinero tengo. Cuando juego, gano. Siempre.
—No quieras hacerte el gracioso. ¿Sabes quién es el mejor? Yo lo soy. No tienes nada que hacer contra mí.
Ya lo veremos Le sonreí, y puse mucha atención en destilar todo el peligro que representaba.
Diez minutos después y tenía siete mil dólares en el bolsillo. El tipo de traje estaba cabreado, y me miraba como si quisiera estrangularme. Venga, que lo hiciera, y lo destrozaría. Le sonreí cuando se levantó de la silla, con intenciones de saltarme encima. Pero algo peculiarmente atractivo lo detuvo. Dejé de respirar unos segundos. Era aquella pelirroja que tanto se parecía a Nora.
—Tengo un trato—dije, antes de que pudiera marcharse.
Se detuvo, y me miró, frunciendo el ceño.
— ¿Qué propones?
—Te doy una oportunidad para recuperar todo tu dinero.
—No me queda más para apostar.
—Yo no pido dinero a cambio.
— ¿Qué quieres?
Moví mi cabeza, señalando a la chica.
—A ella.
Su mirada iba de mí a su acompañante, y viceversa. ¿De verdad lo estaba pensando? Maldito idiota. ¿Apostar a una mujer? Que imbéciles eran los humanos. Pero claro, estábamos hablando del dinero.
—Hecho.
La pelirroja frunció el ceño y lo sujetó de un brazo.
—Oye, yo no soy un juguete que puedes apostar. —le dijo.
Volví a sonreír.
—Tú haces lo que yo te ordeno, ¿entiendes? —le susurró el del traje, pero de igual forma escuché.
La chica se limitó a asentir, agachando la mirada. Y allí perdió todo lo que por un momento comparé con Nora. Ella nunca se haría sumisa de un tipo. No lo había hecho conmigo, y estaba seguro de que no lo haría con nadie.
Barajearon las cartas, las repartieron, y quince minutos después la chica ya era toda mía. Sin embargo, luego de que el tipo del traje tirara la mesa y se fuera encabronado, me giré y le dije a la chica:
—Lárgate.
Ella mi miró sorprendida, parpadeando una y otra vez. Su expresión decía algo así como: ¿Qué no querías acostarte conmigo?
—Pero creí que nosotros…
Me levanté y guardé el dinero en mis pantalones.
—No hay un nosotros. Te confundí con una chica, pero no te pareces en nada a ella.
Y sin nada más que decir, me fui de allí.
