VEINTICUATRO

La misma canción que Yuri había bailado aquel día, la primera vez que había ganado una medalla de oro en un campeonato mundial sonaba ahora en medio del jardín de Yutopia en medio del cual, los familiares y amigos de los dos los miraban danzar el uno en los brazos del otro como lo habían hecho ya por muchos años.

Aquel día, la familia Katsuki estaba celebrando no solamente el cumpleaños número veinticuatro de Yuri, aquel día frío de noviembre, era también una celebración del amor, de ese amor que los había unido a él y a Victor desde el primer momento en el que sus ojos se habían encontrado.

Todo el mundo sonreía y suspiraba al verlos danzar. Los dos estaban perdidos en su mundo particular mientras los padres de Yuri se sostenían de la mano y la maestra Minako bebía un sorbo de su copa de champaña mientras le agradecía al universo en silencio que aquel pequeño niño que ella había amado desde que Hiroko lo había puesto en sus brazos, fuera ahora un hombre amado, un hombre joven en la plenitud de su vida que cumplía sueños paso a paso de la mano de aquel otro hombre que siempre había sido parte de todo aquello que Yuri había deseado. Los dos eran felices, eso era claro para todo el mundo.

Todas las personas que habían sido parte de sus vidas estaban ahí, incluso Yakov, el viejo entrenador de Victor miraba a los dos patinadores con un dejo de nostalgia dulce que llenaba sus facciones generalmente hoscas de una ternura que lucía algo extraña en él. Phichit Chulanont quien prácticamente había documentado aquel día por medio de miles de fotografías y videos, grababa ahora el baile enamorado en el que dos de los patinadores más famosos e importantes de la historia del deporte compartían después de haber intercambiado votos matrimoniales aquella misma tarde.

Y es que aunque la noticia de la inminente unión de los en matrimonio había causado un revuelo alrededor del mundo, quienes habían estado cerca de Yuri y Victor, cerca de su desarrollo como atletas y como dos hombres descubriendo el amor, sabían que aquel era el paso lógico, no el final de aquella historia sino simplemente otro hermoso principio.

Yuri y Victor habían decidido tomarse un descanso de un año para poder tener una boda de ensueño y poder dedicar sus vidas el uno al otro, solo al otro, al amado de su corazón. En aquel instante, mientras las claras estrellas del invierno cuidaban su danza que era más bien un trato musical con la eternidad, los dos miraban en los ojos del otro aquella promesa de recorrer el mundo de la mano no como un par de deportistas de élite sino como un nuevo matrimonio que quería alejarse de los reflectores por un rato.

Sí, Phichit ya les había advertido que con la cantidad de admiradores que tenían los dos, aquella mágica escapada que los dos planeaban tener sería imposible pero Yuri y Victor querían poner a prueba aquella sentencia. La verdad era que en aquel momento los dos simplemente querían esconderse en el viento del invierno, en alguna sombra de la noche, en un segundo en el que los demás tuvieran los ojos cerrados de modo que ellos pudieran desvanecerse y desaparecer un rato de la vista de todo el mundo.

Claro, se habían casado ya, pero el hecho de que su nombre era ahora un nombre compuesto, alteraba apenas el hecho de que se amaban de un modo profundo e infinito. Eran esposos ahora, pero también eran más que eso.

Eran más que los niños aquellos que se habían encontrado con un sueño enorme sobre la pista de hielo, aquellos niños que una vez habían tenido solamente siete años y miles de sueños por cumplir.

También eran más que los tímidos adolescentes que se habían lanzado a la aventura del amor sin miedo pero también con calma y después con arrojo y con pasión hasta perderse el uno en el otro como aquella noche fría en Canadá cuando los dos se habían entregado el uno al otro en un intercambio de alocados besos y caricias justamente en el cumpleaños número dieciocho de Yuri.

Y es que los años habían pasado, pero su amor no.

A los trece años, Victor había conocido al amor de su vida.

A los dieciocho lo había besado. A los veintisiete le había pedido a ese amor que se casara con él justamente después de que Yuri se convirtiera en el pentacampeón mundial de patinaje artístico. Y en aquel momento, pocos días antes de cumplir veintiocho aquel amor bailaba seguro y sonriente entre sus brazos. No había temor en los ojos de Yuri, en aquel instante no había lugar alguno para la oscuridad ni para el miedo que por tantos años había acosado al chico de los ojos marrones. Los años seguirían su curso y Victor sabía que todo el amor que hacia latir a su corazón de forma alocada estaría ahí en su alma hasta que él y Yuri no tuvieran más años para contar y aquella certeza los protegía a los dos del miedo, de la incertidumbre, de todo aquello que los alejara de su felicidad.

— ¿Crees que exista el amor en la eternidad? — susurró Victor atrayendo la hermosa mirada marrón de Yuri hacia sus ojos.

—El amor es la eternidad, Vitya…— dijo Yuri de forma sencilla, de esa forma suave y dulce en el que solía hacer las grandes declaraciones de su vida.

— ¿Yo soy tu amor? — preguntó Victor de forma juguetona haciendo que los labios de Yuri se curvaran en una sonrisa alegre que inmediatamente hizo que Victor lo besara sin poder contenerse causando una algarabía a su alrededor.

—Tú eres mi eternidad…— dijo Yuri cuando los labios de Victor se separaron de los suyos como si no quisieran hacerlo de verdad.

—Y tú la mía…— dijo Victor acariciando las mejillas sonrojadas de su amado, esas suaves mejillas que a pesar de los años, seguían encendiéndose incluso con la más sutil de sus caricias.

— ¿Vamos a estar juntos mucho años? —preguntó Yuri sintiendo la imperiosa necesidad de preguntar aquello aunque él más que nadie sabía la respuesta a aquella pregunta.

—Al menos los cincuenta siguientes sí— dijo Victor riendo alegremente—. O quizá sean cien, ¿qué opinas acerca de cien, mi Yuri?

—Que sean mil— dijo el pelinegro descansando su cabeza sobre el hombro de su amado quien lo pegó a su cuerpo rodeándolo con sus brazos, deseando poder irse de una vez con él para poder dejar rastro de todas las promesas que Victor le había hecho aquella tarde sobre su piel.

—Serán mil entonces, mi Yuri— dijo Victor rindiéndose ante el muchacho de los ojos color marrón como se había rendido ya mil veces antes sobre la pista de hielo y entre los brazos de aquel hermoso muchacho que vivía en cada parte de su ser—. Por cierto, feliz cumpleaños mi amor…

—Sigues siendo mi mejor regalo de cumpleaños ¿sabes? — dijo Yuri con el alma inundada de recuerdos de aquel primer encuentro.

—Espero que digas lo mismo cuando los años pasen y yo empiece a quedarme calvo…— dijo Victor haciendo reír a su esposo.

—Te amaré incluso más cuando eso pase, Victor Nikiforov— dijo Yuri volviendo a mirarlo a los ojos una vez más—. Te amaré mucho más porque has sido mi pasado, eres mi presente y serás mi futuro de forma permanente…

—Te amo, Yuri Katsuki— dijo Victor conmovido hasta la raíz—. Serás mi futuro permanente también…

Los dos sonrieron y siguieron danzando en medio del corro de personas amadas que los protegían a los dos del frío nocturno aunque bien era cierto que, en medio de un sentimiento enorme que había unido a dos vidas desde hacía años, el frío era apenas importante.

Porque hay años de sol, años de sombra, años de nieve, años de lluvia y años de sequía pero sin importar el clima, sin importar el clima de los años, estos irían y vendrían llenos de amor y estrellas dentro de los corazones de aquellos dos hombres que seguirían escribiendo su historia sobre la pista de hielo y más allá de ella...

FIN.