El mundo y los personajes de Digimon no me pertenecen. Esta historia nació para fines de entretenimiento y no busco lucrar con ella.
Personajes:
Taiyo Yagami. Hijo de Taichi y Ayane. Nueve años
Saori Ishida. Hija de Sora y Yamato. Nueve años.
Yoshiro Ishida. Hijo de Sora y Yamato. Cinco años.
Yuko Izumi.Hija de Koushiro y Tomoyo. Recién cumplidos nueve años.
Kevin Ryouta Washington. Hijo de Mimi y Michael. Nueve años.
Kazuma y Makoto Kido. Hijos de Jou Kido y Mariko Inoue. Once años.
Daiki Motomiya. Hijo de Daisuke y Mitsuko. Doce años.
Reiko Ichijouji. Hija de Miyako y Ken. Trece años.
Ozamu Ichijouji. Hija de Miyako y Ken. Diez años.
Yusei Ichijouji. Hijo de Miyako y Ken. Ocho meses.
Hoshi Hida. Hija de Iori y Ume. Once años.
Koichi y Tsubasa Takaishi. Hijos de Hikari y Takeru. Doce años.
Digimon Adventure:
Alfa y Omega
Parte III
El llamado de la luz
.
3 de Agosto de 2027
.
Mariko Kido despertó, sobresaltada. Asustada. Inquieta.
Un frío inconcebible se había arremolinado a su alrededor y sentía que se habían congelado hasta sus huesos. Tiritaba. Temblaba. Se estremecía sobre la cama. El cabello, que apenas le llegaba a los hombros, lucía ligeramente despeinado.
Todo estaba en penumbras en su habitación.
A tientas, buscó primero, el cuerpo de Kazuma. Su hijo había estado durmiendo tranquilamente desde el día anterior. Demasiado tranquilo, para su gusto. Y ella no había podido separarse de él, no había querido, tampoco. Nerviosa al encontrar que nadie estaba a su lado frunció el ceño, y encendió la luz del velador.
La luz le dañó los ojos, como si estos hubiesen estado mucho tiempo a oscuras y recién ahora fuesen capaces de recriminarla. Se cubrió con las manos durante unos segundos, cuando escuchó algo.
Fuera del dormitorio, podía escuchar el goteo incesante de la canilla. Una canilla que había quedado mal cerrada.
— ¿Kazuma? — No gritó, pero supuso que su hijo debería estar cerca… y la escucharía.
Cuanta razón tenía.
La puerta de la entrada al dormitorio se desvaneció y la figura de su hijo quedó bajo el umbral de la puerta. O quien ella creyó que era su hijo.
Kazuma Kido tenía la cabeza gacha, y ella sólo era capaz de ver sus cabellos azules, aunque juraría que habían perdido el color natural y se habían vuelto grises, apagados.
— ¿Hijo, estás bien?
El jovencito no levantó la vista y caminó, lentamente hacia el interior del dormitorio. Con él, el frío aumento. Mariko sintió que un escalofrío le azotaba el cuerpo cuando Kazuma levantó la mirada y fijó sus ojos en ella.
Esos orbes negros la miraban sin verla.
No había vida en esos ojos.
Ella se estremeció, nuevamente, y vio que su hijo sonreía. Una mueca terrorífica le cubrió los labios mientras se volvía hacia la computadora que ellos le habían obsequiado en su cumpleaños.
Mariko siquiera se había dado cuenta que retenía el aire hasta que lo soltó, y el vaho de su respiración le hizo notar cuanto se había helado el ambiente. Kazuma la ignoraba, arrastrando sus pies hacia la computadora, como si caminar le costase un esfuerzo terrible…
Mariko puso un pie en el suelo, sintiendo algo húmedo en los dedos. Le costó un instante comprender que todo el suelo estaba inundado…
Kazuma se volvió hacia ella, pero seguía sin existir más que vacío en su mirada…
— Despídete de tu hijo — Susurró, con una voz de ultratumba que la hizo estremecer.
Lo demás sucedió muy rápido…
Mariko Inoue sintió que algo hacia presión en su pecho cuando vio que las sombras se arremolinaban alrededor de Kazuma, furiosas, tormentosas… y luego, se dirigían hacia ella.
No tuvo tiempo siquiera de gritar.
.
.
Iori Hida suspiró, mientras bebía otro poco de café. Llevaba conduciendo más horas de las que le gustaría, todo debido a un pequeño desmayo de Ume Shimizu, su mujer. Ella insistía en que todo estaba bien, pero Iori sabía que las cosas sólo estaban empezando a empeorar.
Suspiró, profundamente, cuando su hija, Upamon, Diatirimon y Armadillomon regresaron.
— ¿Cómo está? — Quiso saber la muchacha, mientras miraba hacia la puerta cerrada donde Ume estaba siendo atendida.
Por suerte, habían encontrado una pequeña salita de primeros auxilios en el camino. Iori estaba preocupado por lo sucedido. Ume era una mujer muy fuerte, y era poco frecuente que sufriera episodios de ese tipo.
Eso, por una parte. Por otro lado, su hija necesitaba ir al Digimundo. Según lo que había hablado con Koushiro, los niños estaban a punto de entrar al mundo digital. Y había transcurrido más de media hora de aquella plática.
Esperaba que Hoshi pudiese llegar a tiempo.
No estaba convencido del plan. No del todo, al menos, pero estaba seguro de que era lo correcto. Y él, como un respetable defensor de la justicia, sabía que lo correcto era lo mejor. Para él, para Hoshi, para los digimons. Sí, se conocía y sabía que, probablemente, se preocuparía enormemente por la luz de sus ojos, pero Hoshi necesitaba su apoyo.
Él se lo daría.
Entonces, como respuesta a sus pensamientos anteriores, la puerta de madera sin pintar se abrió a sus espaldas.
— ¿Señor Hida? — Dudó el médico. Se había presentado como Touya, había olvidado el apellido — Necesito intercambiar unas palabras con usted.
El abogado frunció el ceño, pero asintió. Caminaron unos pocos metros, alejándose, a lo largo de uno de los pasillos de la pequeña clínica, alejándose de la salita, de Ume y de Hoshi. Iori supuso que de las tres cosas.
— ¿Qué sucede, doctor?
El doctor tenía el cabello negro, desordenado. Cuando se lo revolvió con una de sus manos, Iori se preguntó si era un tic nervioso.
— Su esposa está embarazada — Susurró el médico. Iori sintió que algo se removía inquieto bajo sus pies.
¿El motivo? En el pasado, Ume y él habían tenido que recurrir a diversos métodos para concebir. Tenían problemas de fertilidad que habían impedido que pudiese tener un hijo, por mucho que lo hubiesen intentado. Intentaron diversos métodos, algunos de los cuales ni siquiera recordaba…
Hoshi había sido, para ellos, su milagro personal.
Y ahora, quizás, de nuevo tendrían otro milagro.
Sin poder contenerse, sonrió. La sonrisa le iluminó las facciones y se reflejó en sus ojos verdes. Sin embargo, algo en el semblante del médico empañó su felicidad.
— ¿Hay algún problema con el embarazo? — El médico suspiró, pesadamente — Dígame, ¿Está bien Ume? ¿Hay algún problema con mi hijo?
— Esperaba que usted me respondiese eso, señor Hida. — Iori quedó atónito — Su mujer ha comenzado a llorar desconsoladamente cuando le di la noticia.
Y eso lo dejó aun más perplejo — Ella y yo siempre quisimos tener otro hijo — Susurró para si mismo. Sus ojos buscaron los del médico — ¿Ella está bien?
— Su salud es buena
— Quiero hablar con ella...
— Una cosa antes, señor Hida, ¿Su esposa padece alguna dolencia o enfermedad? — Iori negó con la cabeza — ¿Alergias a algún medicamento? — Otra negativa — Entonces le recetaré algunos calmantes. En su estado, no debería estar tan nerviosa. No es bueno para el bebé.
— Quiero hablar con ella — Repitió, Iori, nervioso. Algo no estaba bien en el cuadro maravilloso que se había pintado en su mente.
— Adelante... Procure tranquilizarla — Pero el abogado se había encaminado hacia donde su esposa lo aguardaba.
.
Ume Shimizu sollozó nuevamente mientras rememoraba las palabras del doctor. Sus ojos no dejaban de derramar lágrimas de rabia mientras su mente intentaba procesar las palabras dichas…
Se estremeció cuando sintió la puerta abrirse. Sus ojos buscaron la figura del doctor, pero, desolada, sólo comprobó que se trataba de Iori.
— Ume, cariño, ¿Qué pasa? — La dulce voz con la que él le hablaba la hizo sentir la peor mujer sobre la tierra. Le asqueó que se sentara a su lado y tomase sus manos con delicadeza.
Gestos de cariño que ella no merecía.
— Iori — Sollozó, antes de apartar las manos para hundir su cara en ellas. Hacia tiempo que su error le estaba cobrando factura, pero nunca imaginó tanto… — Lo siento. Lo siento.
El abogado le acarició el cabello oscuro, con ternura.
— No tienes nada que sentir, cariño. Deberías estar feliz… Estoy feliz, y deseo que también lo estés.
— No lo entiendes, no lo entiendes — Ume lloró, con desesperación. Todo su cuerpo se estremecía y Iori trataba de contenerla, porque le daba la sensación de que, en cualquier momento se rompería.
Había arruinado su vida, la de su hija y la de su marido. Ahora ya no había vuelta atrás. Ella había intentado… había intentado solventar su error, pagarlo, pero había sido inútil. Y ahora ese error, ese pecado, le quitaba lo que más amaba en el mundo.
— ¿Qué sucede, Ume? — Iori preguntó, ahora inquieto — Dime, así, puedo ayudarte.
— Te fui infiel, Iori — Logró decir, entre lágrimas y sollozos. El feto en su vientre se removió, recordándole su presencia. Ella sabía que estaba embarazada. De hecho, tenía cuatro meses de embarazo. Debido a su contextura delgada, apenas se le notaba el vientre. — Este no es tu hijo.
.
.
Mitsuko Takaishi no era de las mujeres que se quedan atrás.
Esa mañana, cuando Daisuke había comentado que tenía una reunión con los digidestinados, lo había dejado correr. Generalmente, ella no se metía en asuntos oficiales del digimundo, aunque no le gustaba estar desinformada. Era cierto que su estado de ánimo era cambiante y quizás su cuerpo recién comenzaba a notar los cambios, pero eso no era lo único importante.
Sin embargo, la cosa fue diferente cuando Daisuke llamó a Daiki y pidió expresamente hablar con su hijo.
Eso la excluyó totalmente. En especial, cuando el niño se marchó de la casa y la dejó atrás.
Y eso la llevaba de nuevo a que ella no era de las que se quedaban atrás.
Y mucho menos si su hijo y su esposo estaban involucrados. Sin olvidar a sus primos, sobrinos y conocidos, que seguramente también tenían que ver en todo eso.
No se quedaría al margen.
No, y nada, ni nadie, iba a cambiar eso. Ni siquiera Daisuke "yo-se-lo-que-te-conviene" Motomiya.
Por eso mismo, se encontró así misma azotando furiosamente la puerta de la casa de los Izumi. Su marido no podía dejarla fuera por el simple hecho de que estaba embarazada. Ella había esperado ilusionada por otro hijo, sí, pero el hecho de que Daiki se embarcase en una aventura digimundiana (como ella solía llamarla) no le hacia daño. Ella quería estar para cuando su hijo la necesitase.
Tomoyo Fujiwara Izumi le abrió la puerta de la casa, por lo que la castaña se tragó su enojo, su enfado, su molestia y cruzó el umbral de la morada luego de un breve saludo.
Sus ojos azules detectaron, inmediatamente, a su amado esposo. Y, en el acto, ella lo apuntó amenazante con su dedo índice.
— Tu — Su voz, siempre amable y dulce, con un claro matiz de diversión había sido reemplazado por irritación pura — ¡Ahora mismo vas a decirme que está sucediendo Daisuke Motomiya o dormirás afuera, con los perros! ¡Ya verás todo lo que te espera si…!
Se deleitó con la mirada aterrada en los ojos castaños que adoraba. Oh, si, la venganza es dulce.
Y en cualquier caso, aun tenía que conseguir los perros.
.
.
De algún modo, al abrir los ojos, los niños estaban ya en el digimundo.
La sensación de atravesar la puerta digital fue como un tirón, pensó Yuko, mientras intentaba liberarse del peso qué le incomodaba. Alguien había caído sobre su espalda. Debajo de ella, reconoció los cabellos castaños de Taiyo, quién se quejó al tener qué soportar a los qué habían caído encima de él. Uno a uno intentaron levantarse.
Daiki, quién había quedado debajo de todos los demás, soltó un suspiro. Nunca había sentido tantos manotazos o patadas en su vida (y eso que estaba en el equipo de futbol). Saori Ishida, quién había caído justo encima de Kevin fue la primera en notar algo imprevisto cuando se levanto.
— ¡Yoshiro! — Exclamo, con angustia. Exaltada, miró a su hermano menor, cuyos ojos rubí lucían inquietos. A él no le gustaba qué su hermana le gritara.
— ¿Como...?
— Oh, no. — La voz de Yuko sonó, con tristeza. Lentamente, los niños se pusieron de pie, junto a los digimons, reconociendo el terreno.
Sí alguien les hubiese dicho qué ese lugar formaba parte del digimundo, no lo habrían creído.
Donde antes hubo verde, un verde lleno de vida, ahora sólo se podía distinguir el gris. La tierra cubierta de cenizas demostraba cual había sido la causa de qué toda aquella vida se hubiese extinguido.
Fuego. Mucho, fuego.
— Esto es tan triste — Susurró la mayor de los Ishida, mientras aferraba la mano de su hermano pequeño entre las suyas. Yoshiro miró todo a su alrededor y los ojos se le llenaron de lágrimas.
— ¿Como crecerán los digimons? - Dudó, con inocencia. Nadie tuvo palabras para contestarle al pequeño. Aquello era imposible de saber. Kevin, sin embargo, sonrió cuando se puso al lado de Yoshiro.
— Con nuestra ayuda, todo se arreglara.
— ¿Tú crees?
— Sí — Murmuro el hijo de Mimí y sonrió — Ya lo verás...
Daiki y Reiko intercambiaron una mirada.
Sin embargo, los ojos azules seguían viendo incomodidad en los ojos de su mejor amigo. Se mordió el labio, cuando Daiki se giró para encarar a los niños.
El hijo de Daisuke y Mitsuko se sacudió la ropa, haciendo qué las cenizas volvieran a caer en el suelo. Entonces, notó qué su ropa había cambiado. Reconocía la campera, azul oscura con arabescos naranjas en la parte inferior, simulando fuego. Llevaba pantalones largos y una remera negra lisa bajo la chaqueta. Estaba seguro de qué no se había vestido así. Entonces, les dirigió una mirada más atenta a sus compañeros.
Taiyo llevaba sobre su cabeza unos googles redondos qué bien podrían hacer sido los suyos —aunque lo cierto es qué Daiki los había utilizado más por preferencia de su padre qué suya— pero su atuendo no había cambiado.
Con Izumi Ishida, ambos Ishida, y Washington también había sucedido lo mismo. Llevaban el mismo atuendo qué había visto en el mundo real.
Yuko llevaba el cabello sujeto en una coleta roja pequeña pues su pelo no era largo.
Y Yoshiro llevaba un gorro blanco sobre su cabeza.
Saori llevaba una mochila colgada en su espalda mientras Yuko tenía un bolso qué le colgaba de uno de los hombros.
Y Reiko... Daiki hizo el esfuerzo por mirar a su mejor amiga. Reiko tenía también el mismo atuendo, aunque Daiki pensó qué los colores de su falda era más claros. El cabello azul caía libremente y su fiel boina seguía intacta. Apartó la vista, como sí doliese mirarla.
Al parecer quién tenía más cambios de vestuario era él.
— ¿Qué sucede, Daiki? — Dudo Chibimon. El chico le resto importancia a sus pensamientos, sacudiendo la cabeza — ¿Qué vamos a hacer ahora, entonces? — Daiki miró a sus compañeros, decidiendo sí el debía hacerse cargo o no de la situación.
Decidió qué primero hallaría Tsubasa. Ese rubio le debía unas cuantas explicaciones. Para su sorpresa, Taiyo abrió la boca para hablar en el mismo momento qué él, por lo qué le cedió la palabra al hijo de Taichi.
Taiyo miraba ya fijamente a Daiki. Nunca se había visto tan parecido a su padre — Koichi nos dijo que nos encontraríamos en donde jugamos futbol.
El hijo de Daisuke examinó la expresión del pequeño de cabellos alborotados.
Taiyo nunca le había parecido tan serio como en ese momento. Estaba seguro que él era uno de los que más querían al digimundo. De hecho, por el trabajo de su padre, era uno de los que más tiempo pasaba en ese lugar.
— ¿Sabes donde es, exactamente?
— Sí
— Entonces, andando. Tenemos que reunirnos todos. — Determinó.
— Y encontrar a Piximon, Gennai y los demás — Acordó Saori, mientras se aferraba a la mano del pequeño Yoshiro.
Ella se prometió así misma que no dejaría que nada malo le sucediera a su hermano menor. Yoshiro presionó fuerte su mano, sin dejar de mirar hacia todos lados. Sus ojos rubí habían comenzado a registrar la desolación…
… Saori suspiró. ¿Por qué su hermanito no había podido quedarse a salvo?
— ¡Miren! — Se sorprendió Yuko Izumi, y se volvió para mostrarles su digivice, que se había encendido — Está mostrando a los demás. Estoy segura.
Daiki sonrió, y miró su propio digivice. — Bien, en marcha. No debemos quedarnos mucho tiempo aquí — Murmuró. Y Reiko pensó que su voz de mando habría enorgullecido a Daisuke…
No es como si hiciera demasiada falta. Daiki siempre había enorgullecido a Daisuke.
.
.
Koichi caminaba de un lado a otro, esperando.
Una parte de él, una pequeña parte de él, le indicaba que lo que estaba haciendo era lo correcto. Salamon, inmóvil junto a los pies de Tsubasa, quien a su vez, se encontraba sentado en una de las sillas que encontraron en la casa que parecía pertenecer a Piximon, lo miraba con atención. Tokomon y Piximon, no muy lejos del rubio, estaban intentando no hacer demasiado ruido. Fuera de su escondite podían escuchar sonidos extraños.
Parecía una lucha.
Piximon, sin embargo, tenía serias dudas al respecto. De vez en cuando, se acercaba a una de las ventanas y miraba en la lejanía, esperando. Según ella, y Koichi tenía que considerar la posibilidad como muy acertada, era una trampa. Algo quería que ellos se unieran a la lucha…
Pero Piximon había discutido, había convencido a Koichi y ahora estaban allí…
Y esperaban.
— Espero que nada les suceda… — Susurró Tokomon, quien se posó en la cabeza de su rubio compañero, para variar la postura.
— No seas tan optimista, Tokomon — Pidió Salamon, rodando los ojos mientras se estiraba — Además, recuerda que aquí el tiempo es diferente al del mundo real. Se han desequilibrado los tiempos, nuevamente — Todos los presentes fruncieron el ceño. Eso nunca era buena señal — En el mundo real quizás sólo pasaron segundos o minutos. No lo sabemos.
— Y no pudimos saber donde está Gennai — Musitó Tsubasa, hablando por vez primera. Sus ojos azules se dirigieron a Gatomon, que miraba hacia el exterior en el más absoluto de los silencios — Ni a Patamon.
El digimon felino le envió una mirada de advertencia al hijo menor de su compañera. Su inquietud por Patamon, quien, en teoría, había acudido a su encuentro en la Ciudad del Inicio no necesitaba sumar más ansiedad a la que tenía.
Koichi suspiró.
— Tampoco sirve que pienses así, hermano — Susurró el castaño, mientras detenía su andar. Sospechaba que estaba poniéndolos nerviosos a todos, pero eso, a él, lo tranquilizaba. — Todo estará bien
El rubio no levantó la mirada.
Enterró su rostro en las palmas de sus manos — Tenías razón, Koichi. No sé hacer funcionar el emblema… — Volvió a decir. — Quizás, ni siquiera lo merezco…
Se sentía impotente. Él había insistido en ir al Digimundo, pese a todo lo sucedido. Él había arrastrado a su hermano consigo, a los demás niños… y ahora Patamon no aparecía.
Eso lo hacia sentirse mal.
Koichi suspiró, pesadamente. Sí, ahora tenía que ayudar a Tsubasa, el portador de la Luz. — Escúchame, Tsubasa Takaishi, deja de decir idioteces. El emblema es tuyo, lo has demostrado desde siempre. Punto final. Te pertenece porque refleja tu luz. No seas estúpido.
Salamon sonrió, mirando a su compañero.
Koichi podía ser dulce e irritante a la vez, y ni siquiera se daba cuenta. Acababa de decirle cosas hermosas a su hermano, pero siempre procurando que no se notase su orgullo de hermano mayor.
— No ha servido de nada — Refunfuñó el rubio, mientras rebuscaba el emblema entre sus bolsillos. Seguía sin brillar.
— El emblema, pi, no refleja más que tu corazón, pi. Necesitas creer en tu fuerza.
Tsubasa intentaba creer en todas las palabras que le decían.
Lo intentaba, de verdad. Y, por mucho que le doliera, sabía exactamente que quizás fuese su propia culpa que el emblema no respondiese. ¡No podía recordar que era lo que lo había activado la vez pasada! ¿Miedo? ¿Angustia? ¿Tristeza?
No, pensó de inmediato, había sido la paz que le brindó su familia. Koichi.
— ¡Ya lo tengo! — El rubio se levantó de un salto, espantando a todos los presentes. Sus ojos refulgían con euforia mientras avanzaba a grandes zancadas hacia su mellizo, que lo miraba como si tuviese una cabeza extra. El rubio extendió en alto el emblema blanco puro, un emblema que parecía querer darle más de un dolor de cabeza. — Tómalo, Koichi.
Los ojos cobrizos mostraron toda la confusión que sentía — ¿Disculpa?
— Este emblema, el emblema de la luz, necesita a su compañero.
— Tsubasa, tu eres…
— Lo soy. No he dicho lo contrario — La confiada sonrisa de Tsubasa no dejaba de sorprender a su mellizo.
Minutos atrás, el rubio no hacia otra cosa que lamentarse. Koichi suspiró, y levantó su mano, para tocar el emblema.
La sensación de calidez se extendió, desde la punta de sus dedos, hacia su brazo, su hombro… y el resto de su cuerpo. Era increíble. Cerró los ojos cuando una intensa luz se encendió en el emblema y, parpadeó cuando Tsubasa apartó el medallón de su mano y seguía brillando.
Koichi frunció el ceño — No comprendo — Detestaba sentirse confundido. Tsubasa se rió.
— Yo soy la luz, sí — Musitó el rubio, con una sonrisa digna de su padre. Optimista, llena de bondad pero, a la vez, divertida — Pero tú, eres parte de ello. Eres parte de la luz, porque eres la esperanza.
Y, como si aquellas palabras hubiese surtido un efecto rápido, Koichi sintió que la calidez regresaba a la palma de su mano.
Era una sensación nueva, pero conocida, cálida y vibrante.
Había conseguido su emblema y este resplandecía ahora en su mano derecha, con una luz dorada.
Blanco y oro bañaban la estancia.
— ¿El emblema de papá? — Susurró el castaño, atónito, estupefacto — ¿Cómo…?
— El emblema de la esperanza es tuyo en este tiempo, Koichi — Musitó Salamon, quien se había acercado a su compañero en silencioso sigilo. Sus ojos celestes contemplaban con atención la brillante etiqueta. — Siempre ha estado contigo
— Mi emblema… — Susurró, mirando el símbolo de la esperanza brillando como oro.
Tsubasa sonrió ampliamente — Siempre ha estado contigo, Koichi — Susurró, y los ojos azules reflejaban toda la luz que desprendía su emblema. Ahora lo comprendía todo.
Si el era el heredero de la Luz, y la Luz había despertado, es porque su hermano le había devuelto la Esperanza. El emblema de la Esperanza siempre había estado con su hermano.
— Al menos, ya tenemos dos emblemas — Susurró Gatomon, mirando fijamente hacia la ventana. ¿Dónde estaba Patamon?
Koichi miró fijamente el emblema color amarillo dorado qué pendía desde su mano. Reconocía el signo de la esperanza, por supuesto. El símbolo qué siempre había representado a su padre. Seguía sin comprender como había hecho Tsubasa para hacer aparecer ese emblema. Miró el emblema y a su hermano. Luego de nuevo el emblema y otra vez a su hermano.
— ¿Como es qué ha aparecido?
Piximon fue la qué respondió. Golpeandolo primero y explicandose después.
— Son sus corazones, pi. ¿No lo entienden? Los corazones crean los emblemas, pi. Es el mismo problema qué tuvieron sus padres, pi. Se preocuparon demasiado en hallarlos primero y luego en usarlos qué se olvidaron de comprenderlos, pi.
— Tiene sentido — Murmuro el castaño, admirando el emblema de la esperanza — Aunque no comprendo. ¿Por qué los emblemas toman una forma? ¿Quién elije la cualidad qué representan? ¿Por qué a Tsubasa le tocó ser la luz? ¿Y porque soy yo la esperanza?
El rostro de Piximon se volvió pensativo.
— Es una pregunta interesante. Varias preguntas interesantes, pi.
— No suelo hacerlas de otro tipo. — Koichi sonrió divertido mientras veía cavilar a Piximon.
— Los emblemas no son los objetos simples qué parecen. Tienen vida. Una vida propia... — Intervino Gatomon, cambiando de posición por vez primera — Las personas qué nacen tienen luz en su interior. Y oscuridad también.
— Cosas buenas y cosas malas — Acotó Tsubasa.
— Pero los niños... Especialmente los niños, son más libres y puros de corazón. Es difícil encontrar a bebés cuyo corazón esté corrupto y por eso los emblemas los eligen al nacer. Cuando se hablo con sus padres, se les dijo qué todos tenían algo en común. Los emblemas. Los emblemas qué residían en su interior se reflejaban en sus latidos.
— Pero, ¿por qué toman una forma determinada?
— No lo se. No tengo todas las respuestas.
Pero antes de obtener una buena respuesta, o al menos recriminar acerca de esa última afirmación, los digivices comenzaron a sonar, con elocuencia.
Tsubasa lo levantó en alto y vio algunos puntos amarillos en la pantalla oscura.
— Nuestro compañero de aventura, ha llegado. — Afirmó, mostrandole el aparato digital a Koichi.
— Vamos por ellos. — Esperaba que Taiyo guiara a los demás al lugar que le había indicado.
.
.
Kazuma iba a la deriva.
Nunca había ido a la deriva. Siempre había contado con personas qué lo ayudaban. Su padre y su madre, por descontado. Ellos nunca hubiesen permitido qué el pierda el camino. Su admirable padre y su cariñosa madre. Tampoco su amiga Hoshi. Su mejor amiga. Y antes de ellos, Kazuma siempre había tenido a Makoto. Pero ellos no estaban allí, de modo qué no podían ayudarlo a volver a casa.
¡Cuanto había perdido al perder a su gemelo!
Makoto no había sido sólo su hermano, sino su amigo, su confidente. Su compañero de aventuras. A quién confesaba sus temores y quién lo hacia participe de los suyos.
Siempre, con sus padres o su hermano, había sabido interpretar los signos y obrar correctamente.
En ese lugar, flotaba. Su cuerpo había perdido el peso y su sangre, el calor. No sabía sí eso era bueno pesr no tenía las fuerzas necesarias para decidirlo. Lo único qué sabía es qué se había abandonado. Le pareció qué fue cobarde. Pero él sí se consideraba un cobarde...
¿Por qué tan inquieto, hermano?
Ladeó el rostro y vio qué su hermano iba a la deriva, justo como él.
Flotaban en el agua, un agua fría qué comenzaba a calar hondo en sus huesos.
Makoto no sonreía.
— ¿Estoy muerto, Mako? — Quiso saber, quedamente. Su hermano sonrió, aunque no fue alentador.
— La muerte es sencilla, Kazuma. La vida es más difícil, ¿cierto?
— Sí.
— ¿Temes a la muerte?
Makoto le sostenía la mirada. Sus negros ojos resultaban ávidos y codiciosos. Kazuma no respondió. Se veía incapaz de hacerlo.
— No temas a la muerte. De hecho, no te preocupes por ella. Aquí, la muerte es irrelevante. Mírame a mí.
Kazuma lo miró.
Su hermano era de la misma estatura qué él. Su cabello era más desordenado y crispado mientras el suyo era perfectamente lacio. Sus ojos tenían la misma forma aunque los gruesos lentes poseían distinto armazón. Sus facciones eran similares, en demasía. Era como contemplarse al espejo. Siempre había sido como contemplarse al espejo. Excepto, qué esa vez, no le gustaba lo qué veía. El cabello pútrido, de aspecto desvaído. La piel enfermiza, los ojos vacíos.
Nada de eso formaba parte de su gemelo, en el pasado.
— Tú no eres Makoto — Comprendió, repentinamente.
— No lo soy — Rió quedamente el ser qué ocupaba el cuerpo de su hermano. — Lamento haberte ilusionado — De no hacer visto las pequeñas olas qué causaba, Kazuma no habría notado qué temblaba. — La muerte de los humanos es irremediable. Tu hermano, sin embargo, fue muy útil en el pasado, por eso, pensé en darle algo qué hacer a su cuerpo cuando quedó vacío.
Se estremeció, violentamente.
Ya no iba a la deriva. Kazuma sintió qué todo su ser se congelaba con esas palabras y qué el agua se aquietaba a su alrededor. Entonces, notó qué estaba recostado sobre arena húmeda. Las olas lo habían llevado hacia la costa. Igual qué a Makoto. O lo qué sea qué ocupara su cuerpo.
— ¿No puedo salvarlo? — Quiso saber Kazuma.
— ¿Salvarlo? Tu hermano ya no puede ser salvado. — se rió, de nuevo. Está vez había diversión palpable en su voz — Deberías preocuparte por tu propia salvación. Bienvenido a tu nuevo hogar, elegido de la oscuridad.
Kazuma jadeó cuando sintió qué las olas volvía a arremeter contra su cuerpo. Atacándolo. Sí. Eso era. Atacándolo. Una densa niebla lo rodeo, y llegó más allá, cubriéndolo todo...
Y cuando lo cubrió la oscuridad, comenzó la pesadilla.
.
.
Gabumon y Agumon acercaron, con infinito esfuerzo la piedra tallada que Gennai les había encomendado ir a buscar a una de las piedras sagradas.
Según el guía de los digimons, se trataba del último fragmento de una antiquísima profecía que se hallaba esparcida por todos los puntos sagrados del digimundo.
— ¿De verdad crees que esto signifique algo, Gennai? — Dudó Tentomon, examinando los caracteres que, ilegibles, poblaban la roca.
— Es todo lo que tenemos, por ahora — Informó el aludido. Las piedras sagradas habían comenzado a emitir vibraciones desde el día primero, cuando los elegidos registraron anomalías — Agumon, Gabumon, unan ese fragmento a los otros.
Los digimons obedecieron en el acto.
Una luz dorada cubrió todas las ranuras que antes había separado la piedra y la unieron en una sola.
Ahora, observó Tentomon, volando junto a Biyomon, era una sola roca aun más grande. En su conjunto, todos los fragmentos de rocosos conformaban una roca aun más grande, arqueada en la parte superior. Los símbolos eran casi indistinguibles en la piedra donde habían sido tallados, pero, pensaron los dos digimons al unísono, destellaron en cuanto estuvieron ocupando un mismo espacio.
Gennai se acercó a examinar los caracteres…
Era una profecía, tal y como había supuesto.
Miró a los digimons que los acompañaban. En su mayoría, los rostros eran ansiosos. Suspiró levemente, y se dirigió a Hawkmon y Tentomon en exclusivo.
— Traten de contactarse con los elegidos. Tenemos que comunicarles sobre esto — Miró a los demás — Sí lo desean, pueden ir a donde Piximon. Los niños elegidos los necesitaran.
Bastó solo un instante para que todos se pusieran en acción. Tentomon y Hawkmon fueron los únicos que se quedaron.
Gennai volvió los ojos a la profecía. Lentamente, comenzó a hilvanar hilos y no le tomó mucho tiempo encontrarle sentido a lo escrito.
Cuando reine la oscuridad fiera sobre la luz, dará inicio una nueva era de caos. Vida y muerte. Existencia y nada. Pasado y futuro. Las llamas harán arder con furia los reinos y el agua cubrirá al mundo entero. Los dos universos caerán. Uno con otro se destruirán. No quedará, en el fin, un sólo rayo de luz o algún resquicio de oscuridad. — Se sorprendió, por supuesto, ya que las palabras eran duras.
No quedará, en el fin, ni un solo rayo de luz o algún resquicio de la oscuridad…
Destrucción total.
El momento de esa profecía había llegado, y duras pruebas les aguardaban a los niños elegidos del digimundo, porque ellos serían los portadores de la luz. Y detrás de la luz siempre hay oscuridad… Porque la luz y la oscuridad representan el equilibrio.
Equilibrio perdido.
Todos ellos, cada uno ocupando un sitio dentro de la luz, demostraría su valía… Demostraría su poder, el poder de su fe y la fuerza de su corazón. Sólo de esa forma, arrasarían con la maldad que se acrecentaba y devolverían el equilibrio al mundo.
A los mundos.
Mirando hacia el horizonte, Gennai solo podía desear que todo saliera bien.
.
.
N/A: Bueno, ahora sí, en el próximo sólo lo que ocurre en el Digimundo y mayoritariamente con los pequeños, que no la está pasando nada bien. Ah, la profecía está basada en otra profecía de digimon, por si parece familiar :P
Ahora viene lo emocionante, o eso quiero creer :)
No pude evitarlo, tenía que hablar de los demás que no participaron en el capítulo anterior, sí. XD Creo que, poco a poco se está alargando más de lo que pense esta especie de introducción, por si hay alguna o cualquier duda, pregunten ^^
Gracias a todos los que leen la historia, y a los que se interesaron en ella y la siguen...
.
.
Saludos ^^
