Capítulo 11: Pequeña heredera (James).

Muchas veces me preguntan por qué es que trataba y sigo tratando a mi prima Isabella Alexandrine con tanto cuidado y como si fuese especial. Vale, es especial, no solo porque se convertiría en la matriarca cuando la condesa muriese sino también porque era una niñita especial ya desde su más tierna infancia.

No sé, siempre ha sido una niña especial en ese sentido, era un auténtico bicho, siempre corriendo, siempre tan atenta con todos... y no era más que un comino y ya podías verla mediando en conflictos antes de que llegase la condesa; vale que sus soluciones de muy pequeña eran un poco... de eso, de cría, pero desde los 3 años ya te daba a veces soluciones que ni la mismísima condesa, y, vale, algunas eran un poco... de cría, pero eran efectivas y al menos te hacían reír y se te olvidaba que tenías un conflicto con otro 'primo' como ella nos llamaba a todos los de apariencia joven o medio joven de la casa.

Aunque también creo que cuenta el hecho de que durante años su madre y yo fuimos... íntimos...

(Salto espacio-temporal)

Rumanía, año 1611 dc.

Era raro, no es que me soliese pasear por los terrenos de la mansión, sin embargo, sabía que Victoria tenía una casa en ellos, así que esa mañana me había sorprendido yendo por allí cerca cuando me enteré de que llevaba unos meses sin pasar por la casa principal, lo que yo había estado fuera en una 'mini-campaña' contra una casa enemiga.

Se supone que no debería haberme pasado, no era un vampiro puro en el sentido de la palabra y por tanto era un poco inferior a ella, sin embargo, eso no impedía para que le tuviese un cierto cariño especial que era superior al cariño que tenía a otras damas de la casa.

Sin embargo, cuando llegué me di cuenta que algo no iba bien. Normalmente me habían dicho que había gente trabajando en los alrededores y que nada pasaba desapercibido a los oídos del mayordomo, sin embargo... esta vez parecía todo desierto.

Ding Dong... Llamé a la puerta y esperé a que me abriesen, no porque no hubiese podido pasar sino porque me parecía de mala educación irrumpir en una casa sin haber avisado primero de que me pasaría.

Entonces oí un grito rasgando el aire y me asusté por lo que mandé al garete el protocolo y entré en la casa por la puerta sin esperar a que me abriesen.

Aquello no estaba bien, olía a sangre y a algo que no sabía muy bien qué era pero que enloquecía mis sentidos con un tipo de frenesí.

"Disculpe señor." Me dijo de pronto el mayordomo apareciendo de la nada tras de mí y pillándome desprevenido. "¿Deseaba algo?"

"¿Dónde está Victoria?" Le dije cogiéndole por las solapas. "¿Por qué huele a su sangre?"

Con un solo golpe se había soltado y me había mandado a unos metros mientras se ajustaba la ropa.

"Me temo que la señora Victoria no podrá recibirle ahora mismo." Me dijo. "La señora no está en condiciones de recibir a nadie."

De nuevo oí gritar y luego un llanto agudo que me dejó helado.

"Pavel, ve a llevarle a María una palangana con el agua de la tetera, por favor." Le dijo el mayordomo al chico que no me había dado cuenta que estaba allí hasta entonces.

Intenté avanzar hacia el cuarto de donde había salido el grito y donde podía oír el llanto de una cría de algo.

"¿A dónde vas?" Me dijo sujetándome cuando fui a pasarle.

"Tengo que verla." Le dije soltándome. "Esto no me gusta un pelo."

"La señora ha..." Comenzó a decirme.

"Pierre, ha sido niña." Le dijo la vieja ama de llaves entrando y llevando un delantal sucio de sangre en la mano. "Oh, señorito James."

No me esperé más, le di un golpe al mayordomo y conseguí escaparme y me colé por la puerta donde salía el tal Pavel.

Entonces la ví por primera vez, estaba en el regazo de Victoria, mi Victoria.

Allí estaba Victoria, con un bulto envuelto en una tela clara y sonriendo mientras lo acunaba. Estaba radiante a pesar de estar llena de sudor y tener aún un ligero olor a sangre.

"¡James!" Me dio Victoria cuando se dio cuenta de mi presencia.

"Victoria, qué..." Le dije sintiendo que no podía hablar.

"Oh, James, ven..." Me pidió suavemente estirando una mano hacia mí. "Mírala... ¿no es preciosa?"

"Pero no sabía que..." Le dije dándome cuenta de todo. "Embarazada..."

"Lo he estado ocultando." Me dijo. "Es..."

"¿Quién es el...?" Le dije con la voz un poco temblorosa puesto que me dolía que no fuese mía.

"No lo sé." Me dijo. "Ha sido un regalo del cielo."

Mentía, lo sé, pero no podía quitarle razón, parecía un regalo del cielo. El primer nacimiento normal en siglos, el nacimiento de una nueva heredera del clan Valerius.

Entonces el bebé se despertó y bostezó.

"Es... ¿es una lamia?" Le pregunté.

"Sí." Me dijo sonriendo. "¿Quieres... quieres cogerla?" Me dijo.

"No creo que..." Le dije.

"Ven, estira los brazos..." Me dijo suavemente.

La verdad es que nunca pensé que sujetar a una cosa tan pequeña fuese algo tan especial, pero cuando abrió sus ojos y me miró... ejem, vale, eso fue especial.

"Tiene los ojos verdes." Le dije yo.

"Supongo que el padre o yo tendríamos los ojos verdes cuando nacimos." Me contestó.

Entonces ambos nos callamos. No se sabía quién era el padre, y al parecer, ella tampoco diría nada.

"¿Qué vas a hacer con la familia?" Le pregunté. "Sabes que querrán saber quién es el padre."

"No lo sabremos." Me dijo. "No voy a dejar que le persigan y lo cacen... además, todos se alegrarán por mí." Afirmó recuperando a la niña y besándole la cabeza suavemente.

"Sabes que esto no puede quedar así." Le dije levantándome. "Un embarazo sin estar casada, en la línea de la condesa..."

Iba a irme ya cuando me di cuenta que algo me sujetaba; apenas hacía fuerza, pero allí estaba, sujetándome un dedo con poca fuerza.

"Me parece que le gustas." Me dijo Victoria mientras me soltaba yo mismo sin hacer apenas fuerza.

"Es solo un bebé, apuesto a que ha sido un acto reflejo." Le dije.

(Salto espacio-temporal)

Palacio de la condesa Arianna Valerius, Rumania, año 1613 DC. (2 año)

"Ey, James." Me llamó Ben Al-din mientras estaba alimentándome un poco con la última presa que habían hecho. "¿No vas a ir a saludar a Victoria?"

"¿Acaso ha vuelto?" Le dije.

"Nuestra amada compañera es más afortunada de lo que parecía." Me dijo Jaques con ironía y sonriendo. "Le han perdonado porque la cría es una lámia."

Tal y como ella me había dicho, que pronto se olvidarían de que no había padre porque la niña había nacido lamia y eso era motivo de alegría puesto que era la primera lamia que nacía en siglos, desde su madre y esta era bastante mayor ya.

La verdad es que me alegraba volver a verla allí, sobre todo cuando la vi con una cosita preciosa tras ella, escondida tras las faldas de Victoria y mirándonos a todos los que íbamos con miedo.

"Vaya, así que esa es la famosa..." Dijo Jaques.

"Isabella Alexandrine Valerius." Nos dijo Victoria. "Vamos cariño, saluda a tus primos..."

La verdad es que no parecía muy cómoda que digamos, era como si le diésemos miedo.

"Me parece que nos tiene miedo." Le dijo Alastar.

"Es normal." Dije yo agachándome un poco intentando poner mi cabeza a la altura de la suya. "Es su primera visita a la casa ¿no?"

"Sí, hasta ahora ha vivido con nosotros en mi casa." Nos dijo Victoria.

Entonces no me extrañaba que nos tuviese miedo, los críos temían a lo desconocido; sin embargo, al cabo de unos segundos, la niña soltó las faldas de Victoria y nos miró.

"¿Les saludas ahora?" Le dijo Victoria suavemente cogiéndola en brazos y dándole un beso antes de volver a dejarla en el suelo.

Era curioso, porque era una niña que apenas parecía haber aprendido a caminar y se cogió un poco torpemente los bordes de la falda y estiró un poco hacia arriba para agacharse un poco y caerse de culo.

"Vaya por dios." Dije poniéndole la mano ante la cara para ofrecerle ayuda a levantarse mientras los otros parecían medio reírse un poco entre dientes puesto que la verdad es que era divertido ver la caída. "¿Te has hecho daño?"

Entonces sacudió la cabeza con fuerza mientras se levantaba sola como podía.

"No te ofendas, pero es que los desconocidos le dan miedo." Dijo Victoria suavemente y preocupándose un poco. "Me pregunto cómo reaccionará con la condesa... Y me da miedo dejarla sola porque si se echa a llorar me parece que no la va a poder calmar nadie..."

"¡Victoria!" Le dijo la condesa entrando por la puerta y yendo a abrazarla sonriendo mientras la pequeña se escondía tras de mís piernas.

"Esto... creo que no tiene mucho miedo a los extraños." Murmuré mientras los otros nos miraban.

"¿Y dónde está mi tataranieta?" Dijo la condesa.

"Esto..." Dije cuando me miraron a mí.

"Perdónela, señora..." Dijo Victoria. "Es que aún es muy pequeña... Isabella, sal cariño."

"Es... parece del montón." Dijo la condesa cuando la vio tras de mí. "Y qué pequeña... ¿no le das bien de comer?"

"Solo tiene dos años." Le dijo Victoria.

"¡Vaya, entonces está grande!" Dijo la condesa mientras la niña se cogía con más fuerza a mi pierna.

"Discúlpela." Le dijo su madre. "Es que aún está asustada de los desconocidos. Isabella..." Le dijo entonces.

La verdad es que la pequeña no parecía muy por la labor de salir a que la viese la condesa.

Entonces me agaché con cuidado y la cogí en brazos; no pesaba apenas, era más bien... como coger una hoja de papel.

"Vamos pequeña, esta señora es tu tatarabuela ¿no quiere que te de caramelos y te haga mimos?" Le dijo Shawn recordandome los cuentos de críos que le había visto leer.

Entonces la pequeña miró a la condesa; la verdad es que hasta a nosotros nos daba miedo, sobre todo porque sabíamos que al ser tan ancestral era peligrosa aunque su apariencia severa y recta también imponía bastante, con que a una niña tan pequeña...

"Isabella Alexandrine... mira lo que tengo por aquí." Le dijo la condesa sacándose un lazo de la manga. "Dime ¿te gusta?"

Desde luego estaba claro que la condesa era terrorífica pero sabía cómo tratar con los niños, al instante la pobre dejó de parecer tan aterrada y miró el lazo.

"Vamos, te lo pondré." Le dijo la condesa suavemente viniendo a cogerla.

Ya no me acordaba, pero la condesa podía ser como una abuela un poco rara con los niños si se lo proponía.

"¿Habéis visto que pequeña?" Dijo Alastar.

"Me cuesta creer que una cría así se vaya a poder convertir en una matriarca…" Dijo Bel Al-din.

"A mí no." Acabé diciéndoles yo.

La verdad es que había algo en esa niña que me hacía confiar en ella y en las posibilidades de que fuese una buena matriarca cuando la condesa estirase la pata o bien entrase en letargo.

De ahí cada uno se fue a su bola, y cuando Nina y otras chicas se llevaron a la pequeña a darle de cenar algo, vi que Victoria parecía que se iba a ir; lo que es más, la vi preocupada.

"Victoria, qué… ¿estás bien?" Le dije.

"Sí, sí, estoy… bien." Me dijo.

"Te conozco, te pasa algo." Afirmé.

"Es por Isabella…" Acabó reconociendo susurrando. "La condesa dice que le gustaría que se quedase aquí un tiempo… para instruirla un poco, pero… solo tiene 2 años, es muy pequeña aún." Me dijo preocupada.

"Debe haber un error." Le dije. "Es un bebé aún, lo justo que puede andar un poco."

"Sí, pero la condesa dice y tiene razón que tiene que ir acostumbrándose al contacto con todos…" Me dijo. "Señor… ¡Es muy duro… ella aún necesita estar conmigo!"

Con cuidado le puse una mano en el hombro y miré a otro lado, me hubiese gustado abrazarla, pero en aquella época no estaba bien hacerlo.

"Tranquila, nosotros cuidaremos de ella." Le dije suavemente.

(Salto espacio-temporal)

Palacio de la condesa Arianna Valerius, Rumania, año 1614 DC. (3 años)

"¡Isabella!" La llamé cuando una vez más estaba escondida de nosotros. "Otra vez te has jugado las lecciones." Le dije levantándole del suelo por el cuello de las ropas desde atrás mientras ella pataleaba por lo que la cogí mejor. "No deberías jugar así con la condesa."

"Es que... la abuelita no hace más que reñirme..." Me dijo.

"¿Otra vez has vuelto a desobedecerla y a escaparte?" Le pregunté suspirando.

"Quiero ir con mi madre." Afirmó suavemente. "¿Por qué no viene a verme?. ¿Ya no me quiere?"

La pobre... llevaba casi un año sin poder ver a su madre. Victoria había entrado en un letargo corto y estaba en su casa, y la pobre niña la echaba de menos, como es normal.

"Estoy seguro que no ha venido aún porque no ha podido." Le dije intentando calmarla un poco. "Sabes que pronto vendrá, va a ser tu cumpleaños ¿no?"

"Sí, claro." Dijo dándose cuenta y volviendo a ser feliz en parte. "¡Sí!"

"Bueno, pues ya está." Le dije. "No tienes por qué estar triste ya, vamos a volver, la condesa te estaba buscando ¿sabes?"

"No quiero... me da miedo..." Dijo ella. "Se enfadará cuando se entere de que he vuelto a irme..." La verdad es que la condesa podía dar miedo, pero a aquella niña la trataba bastante bien, comparado con como trataba al resto. Hasta había hecho llevar a una neófita que antes era cocinera para que le hiciese la comida a la peque.

"Veamos, vamos a hacer un trato ¿vale?" Le dije cuando se me ocurrió una idea. "Si me prometes que te portarás bien y harás caso a lo que te diga la condesa, luego te dejaré que vengas conmigo a ver cómo entrenan unos jóvenes ¿vale?"

"Sí." Dijo tras pensárselo un poco.

"Pero no quiero oír que has vuelto a escaparte de tus deberes ¿oyes?" Le dije levantando un dedo amenazadoramente en broma.

"Sí." Me dijo.

La verdad es que en aquella época era una niña realmente adorable, era pequeña, pero ya comenzaba a mostrar cualidades para el liderazgo de la familia, no como cabeza de familia militar aún pero... sí como conciliadora. Conocía ya a bastante gente en la familia, mujeres que ella llamaba primas en el caso de las más jóvenes aparentemente y tías en el de las más mayores físicamente.

Concretamente a mí me consideraba primo pero me solía llamar 'manito' (de hermanito), y debo reconocer que a mí se me caía la baba con ella.

(Salto espacio-temporal)

"¡Hermanito!" Me gritó Isabella corriendo hacia mí por el pasillo seguida de Alastar que le acompañaba supongo que tras las clases con la condesa. "Hermanito, ya he acabado por hoy. La 'abuelita' me ha dejado irme hasta mañana." Me dijo sonriendo.

"Hay que ver, que cariños." Me dijo Alastar divertido. "Me ha dicho algo de que hoy es una invitada a las sesiones de entrenamiento."

"¿Te has portado bien?" Le pregunté a la pequeña sonriéndole para que asintiese con fuerza. "Buena chica. Me temo Alastar que hoy la señorita es mi invitada en las sesiones de entrenamiento. Así que... voy a tener que buscarle una espada de juguete."

"¿Estás loco?" Me dijo. "Si te pillan te cortarán la cabeza."

"¡Ay, no!" Dijo Isabella abrazándose a mi cuello con fuerza.

"Tranquila, peque." Le dije sonriendo y dándole unas palmaditas suaves en la espalda para confortarla. "Es solo una forma de hablar. Además ¿tú crees que la condesa me haría eso?"

"No le dejaré." Me dijo. "Le diré que no lo haga. Eres bueno..." Afirmó haciendo aguantar la risa a Alastar.

"Hay que ver con la princesita." Dijo él mientras a ella la dejaba en el suelo para que fuese ha hacer un avioncito por el campo de entrenamiento mientras algunos tipos la miraban. "Me parece que ya sabemos a quién acabará eligiendo para casarse en un futuro ¿no?"

"No digas tonterías." Le dije. "Soy casi como un hermano para ella. Está sola y soy de los pocos que conoce desde el principio. Además, a ti también te tiene mucho aprecio, confía mucho en ti también ¿no?"

"Sí, eso es cierto." Me dijo cuando la vimos caerse al suelo sin tocarlo porque la recogió Corven.

"Con cuidado, primita." Le dijo él.

"Isabella, ven aquí, anda." Le dije suavemente para sacar unos guantes y unas telas para ponerme a enrollarle del tobillo al muslo de su piernecita de 3 años y pico y luego ponerle los guantes. "Si quieres jugar también te vas a proteger un poco, no queremos que te hagas daño ¿no?"

"No." Dijo.

"Muy bien." Le dije.

"A ver, todos juntos." Les llamó Alastar. "Fiiiirmes. Hay. Muy bien, como podéis ver, hoy tenemos un nuevo compañero, compañera más bien. Así que... quiero que todos tengáis cuidado con ella."

"Sí, no sea que la pisemos." Dijo alguien.

"Y que sepáis que el que le ponga un dedo encima se las verá con nosotros y luego con la condesa." Les avisé.

La verdad es que a la chica tampoco se le daba mal, le explicabas las cosas y lo cogía a la primera, eso sí, su espada pesaba ni lo que un pai pai.

"Bueno, y ahora pelea por parejas." Dijo Alastar. "James ¿te ocupas tú de la cría?" Me susurró.

"Desde luego." Le dije. "Apenas puede sujetar la espada."

La vi caerse al suelo al tropezarse con su falda y ni siquiera lloró, así que suspiré y corrí a su lado. Teníamos prohibido mostrarnos tal cual éramos ante ella, sin embargo, esto más que por protegerla era por evitar que huyese de su destino, solo que me daría cuenta más tarde, siglos después.

"Tienes que tener cuidado." Le dije alcanzándole su palo y devolviéndoselo mientras ella estaba de rodillas. "¿Te has hecho daño?"

"No." Me dijo. "Era la falda... es muy larga... me la he pisado..."

"Y te has puesto perdida." Afirmé atusándole un poco las ropas sin fuerza para no hacerle daño y quitarle el polvo que se le había quedado al caerse. "Como te vea la condesa..."

"Shhh... es un secreto." Me dijo haciéndome sonreír.

"Sí, cierto, es un secreto." Le dije imitando su gesto de silencio y cogiéndole el meñique para sellar nuestro trato.

La verdad es que entonces no me di cuenta o tal vez, no quisimos darnos cuenta; para nosotros, una mujer guerrera era algo realmente fuera de lugar, inconcebible; ni siquiera la condesa era de ese tipo, tampoco lo necesitaba, un solo golpe de la condesa con un palito era más letal que un mandoble de espada dado por cualquiera de nosotros. Nosotros no la habíamos visto pelear nunca, si alguna vez hubo que hacerlo nosotros los hombres nos habíamos ocupado.

Pero esta niña que apenas abultaba un comino... esta niña sería grande, una leyenda que devolvería al nombre Valerius todo su esplendor...

El hecho de que jugase con el palo como si fuese una espada me dio qué pensar, al final, le hice una espada de madera a medida para ella y ella misma desarrolló un método para evitar pisarse las faldas mientras entrenaba.

Con el tiempo, comenzaría a ser medianamente buena, no mejor que nosotros que nos dedicábamos a eso; sin embargo, el día en que ella se unió a los Vulturi, que se habían consolidado como nuestra realeza mientras que nosotros, los Valerius nos manteníamos al margen como siempre, fue especialmente triste.

"¿En serio vas a unirte a ellos?" Le dije.

"Será una oportunidad." Me dijo. "Hace tiempo que soy parte del mundo nocturno, sabré cuidarme sola."

"Ya, pero... aquí eres una princesa." Le dije. "¿Por qué querrías pasar a ser una simple peón a las órdenes de otros?"

"Es mi oportunidad." Me dijo. "James, tú siempre has sido como un hermano para mí, necesito que al menos tú me comprendas. Necesito que me reconozcan, aquí siempre seré una muñequita como las otras chicas, la princesa, vale, pero no puedo ser quien soy. Necesito sentirme viva, me preocupa nuestro mundo, quiero protegeros."

Protegernos, ella nos deseaba proteger a todos nosotros, típico de ella, pero juntándose con esa gente...

"No te preocupes por mí, James." Me dijo acariciándome la cara. "Yo siempre seré vuestra líder, pero... siento que uniéndome a ellos podré mejorar y protegeros mucho mejor."

"Cuídate, por favor." Le pedí rindiéndome mientras ella montaba a su caballo como un hombre y con las faldas anchas cayendo con gracia hasta sus gemelos.

Fue un segundo, era rápida, pero no tanto como nosotros, se situó a mi espalda y me dio un abrazo.

"Cuidaros." Me dijo antes de irse a caballo.

"¡Prométeme que me escribirás!" Le grité mientras se alejaba y recibiendo como respuesta un gesto de mano como asintiendo.

Las noticias no llegaron ese mes, tampoco ese año, sin embargo, llegaron; eran cartas breves, con dibujos de muchos sitios, algunos exóticos. Sin embargo, siempre nos alegraron, a todos.