SEGUNDA PARTE

Este mundo es
mirar las flores
sobre el infierno

—Issa Kobayashi


10:

Un mundo de gente pequeña

En un rincón, alejadas de la sacerdotisa que se quedó para atenderles y a penas iluminadas por el brillo de las velas, Kagome se aferraba a un abrazo que Sango respondía con la misma fuerza. Sus rostros se mantenían ocultos en el espacio entre sus cuellos y hombros. No dejaron ni un solo centímetro de separación visible porque necesitaban el contacto mutuo, sentir la respiración de la otra para apaciguarse aunque fuera un poco.

Miroku también quería acompañarlas de esa forma, tuvo el intenso deseo de ser protegido por alguien más —cederle muchas cosas a alguien más— desde que fue traído del mundo de la inconsciencia al de la realidad por los sollozos que se le escapaban a Sango. La chica apretaba los labios al mismo tiempo que acariciaba el rostro de su amiga, quien se encontraba recostada en su regazo, con la mirada perdida en el techo y la boca balbuceando palabras apenas audibles.

Basta… Suficiente de esto —Kagome susurró con un tono grave, luego su voz cambió a uno más agudo y desesperado, a diferencia del anterior que le hizo sonar molesta—. Tonta. ¡Tonta! Le dije que esperaría. ¡Y no! Yo no…

Después hubo un gemido, como el de un bebé que le grita al mundo antes de que ocurra un desastre, un mal presagio a mitad de la noche. El sonido le heló la sangre, mientras que la espalda de Sango tembló más fuerte.

El muchacho gateó hacia sus amigas y, con la mano izquierda, acomodó el kimono que se le había resbalado del hombro a Sango, un nuevo atuendo idéntico al arruinado. Ella dio un respingo por el contacto y, cuando volteó para verle, se topó con un rostro enrojecido y sucio por las lágrimas.

—Miroku… —ella balbuceó, con las defensas destrozadas. Estaba agotada, y su despeinado cabello olía a tela quemada.

Con la sensación de que le hubiesen vaciado el pecho y rellenado con piedras, él buscó su mano temblorosa —como la suya— y la apretó. Estaba bien el llorar, desesperarse y dejar de forzarse en ser fuerte, porque ella hizo lo que pudo. Sango entendió el mensaje transmitido sólo con el contacto de su piel, pues movió la cabeza. Aun así, se limpió las lágrimas con una de sus mangas.

Miroku tenía la mano izquierda ocupada, por lo que tuvo que usar la derecha, hecha un puño firme, para tocar la frente de Kagome, secar su sudor con el dorso.

—Está bien, estamos aquí. No tienes de qué preocuparte —susurró con un tono casi paternal palabras que bien podrían ser mentiras, pero no quería que ella lo supiera, ninguna de las dos.

Su trabajo como el mayor era el cuidarlas, aunque no supiese cómo y la seguridad que emanaba en ese momento no tuviese en qué sustentarse, además de esperanzas vacías.

Kagome se tranquilizó al escuchar a un conocido que no mostraba el mismo temor del que ella misma estaba huyendo. Sus quejidos pararon después de parpadear repetidamente, mostrando un rostro que era más suyo cuando les reconoció. La chica se levantó con apuración hacia Sango, recorrió su rostro con los dedos, buscando alguna herida visible.

Cuánta confusión mostró al no encontrar ningún tipo de quemadura parecida a la suya, la que era bastante evidente por el agujero de la tela. Las reacciones siguientes —la preocupación y el alivio— pusieron en segundo plano sus preguntas. La rodeó con sus brazos y ambas no se soltaron aún en ese momento.

La anciana que se presentó con el título de «líder de las sacerdotisas del Palacio Antiguo» se acercó a Miroku cuando terminó con sus atenciones hacia Rin, quien continuaba en un estado de somnolencia que iba y venía. La muchacha despertaba con un jadeo ruidoso, como si a veces le costara hacerse de oxígeno. Luego, cuando conseguía llenar sus pulmones, volvía a dormirse.

—Al igual que ustedes, su cuerpo está cambiando —Kaede respondió a la pregunta que él jamás hizo, pero la curiosidad en sus ojos debió ser muy obvia—. Ella tiene que aprender a respirar de nuevo —la mujer terminó su vendado tras colocar un rosario alrededor de su mano—. Ya está sellado, pero ten mucho cuidado. Es muy peligroso.

Miroku observó con detenimiento el origen de ese ruido que antes sólo él escuchaba y aprendió a asociar con una advertencia. Ahora era más tenue que la ráfaga que le embotaba la cabeza, aunque más difícil de ignorar; cualquiera podría darse cuenta si guardaban silencio en la habitación. Él no se atrevió a ver qué era lo que había aparecido en su cuerpo porque aquel inmenso dolor le impidió el hacer cualquier otra cosa más que encogerse, pero esa sensación de succión le dejó la misma conclusión de la sacerdotisa.

Tuvo tanto miedo cuando cayó de rodillas y, por un instante, su mano absorbió la tierra sobre la que se apoyó, dejando un agujero que ocultó con su pierna sin contar con una razón precisa de su terror y vergüenza.

Kaede se puso de pie, de forma que los cuatro jóvenes que se encontraban ahí pudiesen ver su rostro sereno.

—¿Qué quieren saber? —les dijo, animándoles a hablar, aunque sólo consiguió que se le quedaran viendo sin decir nada.

Miroku notó veneno en la mirada de Sango, tan capaz de insultar a la anciana si ésta les hubiese mostrado prepotencia y desagrado. Estaba preparada para sacar las uñas si le daban un sólo motivo más.

Para evitar más conflictos que añadir a la lista, él tomó la palabra primero: —¿Qué nos hicieron? —habló, aunque la pregunta que parpadeaba en su cerebro era otra.

«¿Qué es esto que tengo en mi mano?»

—Si preguntan si les dimos esas habilidades, no es así. Ustedes nacieron con eso. Es sólo que era necesario el liberarlo completamente. Díganme, ¿alguna vez sintieron algo raro en ustedes? ¿Tuvieron el sentimiento de que podían hacer cosas que los demás no, o vieron criaturas extrañas?

—No. Nunca —Sango se apresuró a contestarle a la mujer.

Kaede frunció el ceño. Resultó un tanto evidente su desconfianza en la afirmación de la muchacha, algo que le dio a la castaña la excusa perfecta para mantenerse a la defensiva.

—Si eso es verdad, entonces es bastante extraño —Kaede dijo, cediendo un poco en pro de una comunicación menos violenta—. Podría encontrarle una explicación porque al fin y al cabo su naturaleza se ha alterado de muchas formas, pero siguen siendo manifestaciones de lo que son.

Kagome se separó un poco de su amiga para levantar la cabeza y soltar aquello que comenzó a rondar en la mente de todos desde la primera manifestación anormal dentro de ese campo de energía.

—¿Y qué somos?

La voz enronquecida caló muy hundo en los involucrados porque significaba dudar de su propio origen, ese que dieron por sentado desde el día de su nacimiento. La posibilidad de que Kaede les dijera que no eran humanos, puede que tampoco hijos de sus padres, sino una variante de los niños que eran cambiados por las hadas en algunas leyendas extranjeras… La catarata de dudas lastimó a las chicas. Con mucha atención, escucharon a la anciana.

—Aquí se les llama simplemente «guerreros» porque eso es lo que les han puesto a hacer: pelear —después de su vaga respuesta, Kaede vio en dirección a otra parte de la habitación—. Tú entiendes, ¿verdad?

En ese momento, Rin se encontraba en uno de sus estados de conciencia. Con las piernas atraídas hacia su pequeño pecho y la mano sobre su garganta, la chica asintió lentamente.

—Un poco —articuló todavía con la respiración dificultosa, lo que le hacía sonar como si tuviera asma—. La gente suele hablar de ellos, pero es como un cuento. Eran seis personas que podían hacer muchas cosas, así que se les consideraban los más poderosos. Aparecieron hace cientos de años.

La sacerdotisa interrumpió su narración más apropiada a una historia de ficción para continuar con las explicaciones.

—Puede que hasta miles. No hay información para saberlo, sólo los rumores de humanos y yōkai que hacían cosas únicas en su tipo. Después de que ellos morían, aparecían otros con las mismas habilidades.

—¿Una reencarnación? —Kagome indagó, motivada por la ausencia de una explicación acerca de niños colocados en hogares sustitutos.

Algo que no les exentaba de ser alguien diferente a lo que habían creído toda su vida.

—No exactamente —Kaede negó. Cerró su ojo bueno por unos segundos, tratando de alcanzar las palabras apropiadas, capaces de darle sentido al montón de hechos y acciones incomprensibles—. En una reencarnación, lo que persiste es el alma. En su caso, lo que importa es algo más que llevan adentro… Le dicen «esencia». Ella es quien se mueve por donde quiera, incluso puede cruzar a su mundo para elegir a los huéspedes, independientemente de su raza. Por esa razón son ustedes los que están aquí.

Miroku vio atentamente a la mujer que se encontraba a unos pasos de distancia, a las sombras y luces en su rostro arrugado causadas por el parpadear de las velas. Los años lograron arquear su espalda, pero no le robaron la seguridad en su postura, tan digna pese a confiar plenamente que algo sin vidapudiera tomar una decisión, como si tuviera conciencia.

Fue natural el que Sango, una persona más acostumbrada a las acciones que a las creencias ciegas, lo tomara como un intento para librarse de responsabilidades.

—Qué extraño. Pensé que fue porque ustedes nos secuestraron.

Kaede agachó la cabeza e inclinó el cuerpo hasta donde le permitió la rigidez de sus huesos en una reverencia imprevista.

—Lo lamento —se disculpó—. Sé que esas no son las formas más amables para traerlos, pero la desesperación movió al daimyō a hacerlo. Los necesita.

—Una situación muy grave si se tiene que recurrir a esto —Sango continuó con sus respuestas filosas. También se le notó incómoda por la reverencia que duró más de lo necesario.

—Es una que sobrepasa a gente tan pequeña como tú y como yo.

La sacerdotisa volvió a estar erguida en el momento que respondió y, siendo la persona que la tenía más cerca, Miroku fue quien mejor pudo apreciar sus emociones, de las cuales destacaban una especie de melancolía y el cansancio del desesperado. Sí, eso debían ser sus captores: un grupo de gente desesperada.

—¿Una guerra? —él profirió, haciendo que todas las miradas recayeran en su persona.

¿Qué situación era tan grave como para actuar bajo una moral cuestionable? Miroku unió la información que se les dio y tomó la conclusión más simple. ¿Para qué otra razón ellos buscarían a sus «guerreros»?

Kaede dio una pequeña sonrisa que le hizo verse de cualquier forma menos feliz. Fue más como un acto reflejo de los músculos de su rostro.

—Ojalá sólo fuera eso.

La creciente incomodidad no llegó a un punto alto, fue interrumpida por un escándalo en el pasillo causado por pisadas fuertes y varias personas que hablaban al mismo tiempo, una de ellas más demandante que el resto.

—¿Dónde están? —se le escuchó decir a través de las finas paredes de madera. Su silueta se reflejó en una de las puertas corredizas.

Cuando obtuvo la información que pedía, un hombre de mediana edad entró a su habitación. No era tan alto como su sombra alargada le hacía parecer, pero sí fuerte, con las manos y la mirada de un soldado.

La sacerdotisa volvió a inclinarse y sólo dejó esa pose hasta que el recién llegado le hizo una seña con la mano, evitando el contacto visual lo más que pudo. Eso era lo que les situaba en lugares diferentes, mientras que su actitud y atuendo le reveló como el líder de todos.

Ese debía ser el daimyō.

—Mi señor, debería dejarlos descansar. Todo esto ha sido muy agotador para ellos —Kaede abogó por ellos.

El hombre no mostró la misma preocupación de la anciana. A lo mucho, le dedicó un vistazo a Miroku porque, de los cuatro, era quien se veía más lastimado. Irónicamente, no fue a causa del extraño ritual, sino a los golpes de los guardias que les persiguieron en el parque.

—Las heridas van a cerrarse rápido, ¿verdad?

—No son graves. Mañana habrán sanado, pero sólo si duermen de forma adecuada.

—Bien —el daimyō lanzó, más persuadido por las palabras de la sacerdotisa que por su propia voluntad. Luego recorrió brevemente el sitio y arrugó la frente a causa de otra cosa que no le agradó—. Faltan dos. El yōrō y el hanyō.

—Están en las celdas —Kaede contestó—. Kusumi-sama ordenó que los tuviéramos ahí hasta que se mostraran menos violentos.

El hombre soltó un resoplido.

—Hay formas más rápidas —él señaló, con un brillo malicioso en la mirada que no le pasó desapercibido a Miroku—. Al menos en esta ocasión son más humanos que yōkai, eso debe servirles como alivio a esos que sólo se han dedicado a molestarse.

El muchacho le sumó otra característica desagradable al líder de los palacios cuando, antes de retirarse, volteara en dirección a sus amigas y soltara un «son bonitas» que debía ser un halago en otras condiciones, no en esa; no saliendo de los labios de un hombre con caminar soberbio y que ni siquiera se dignaba a mirarles a los ojos.

Esa era la forma de referirse a una pintura de procedencia desconocida o, en su caso, una espada.

Habiendo abandonado el lugar, Kaede no tardó en seguirle, llevándose sus vendajes de seda y dejando un jarrón con agua para cuando tuvieran sed.

—Hoy descansarán aquí. Mañana les mostrarán sus habitaciones —ella les dio sus últimas instrucciones—. No intenten hacer alguna locura porque obtendrán más problemas que soluciones.

—¿Una amenaza? —en esa ocasión, Miroku fue quien mostró la desconfianza y el desafío.

—Un consejo —le corrigió—. Buenas noches.

Las manos arrugas deslizaron la puerta y, a través del papel, le vieron sacar algo de su manga y pegarlo en la superficie. No hacía falta el ir a comprobar que se trataba de un ofuda, pero de igual forma Miroku se acercó, encontrándose incapaz de tocarla. Una fuerza le repelía, haciéndoles imposible el dar el último paso necesario para salir.

«...»

¿Cómo podrían dormir? ¿Cómo podrían hacerlo sabiendo sobre la existencia de algo oculto bajo su piel? Sango no lo creía posible, no con el temor que le hacía revivir ese intenso calor abrasador que creyó la mataría, que quemó su ropa e hirió a Kagome —¿Cómo era siquiera posible? ¿Qué clase de persona normal es capaz de derretir tela con el simple tacto?—. No lo lograría estando sola.

Atrapados en la misma situación desastrosa, sus amigos se sentían igual. No emitieron palabra alguna, sólo se acercaron en silencio, olvidando por esa noche las reglas morales que dictaban una separación de sexos. Sango terminó acostada con la espalda contra la pared del fondo, y Kagome en medio de ella y Miroku, quien debió elegir el sitio más cercano a la puerta para vigilar si alguien llegaba.

Se sentía mal por Rin, atrapada con sus unos pensamientos que no tenía con quién compartir, pero esto era algo sólo suyo, algo que no podrían arrebatarles. De alguna forma, imitaron aquellas veces en las que dormían en la casa de uno de los tres, un evento que no se había repetido en muchos años hasta ese momento, en un lugar desconocido y peligroso.

Las situaciones y oportunidades se retorcieron para formar resultados extravagantes, antinaturales.

—¿Qué vamos a hacer a partir de ahora? —en susurros, Sango le preguntó al único que siempre contaba con una respuesta. Su cerebro se encontraba bajo la niebla del agotamiento, por lo que le era imposible el pensar. A lo único que podía recurrir en ese estado eran las órdenes e ideas ajenas.

Miroku se volteó, mostrando los opacos ojos azules en lugar de su nuca. Se recostó de lado para verla mejor.

—Sólo podemos seguir sus órdenes sin poner resistencia —declaró, con un tono en la voz que hablaba sobre derrota. Se talló el rostro por el cansancio y la amarga resignación—. Nadie quiere hacerlo, pero es lo más inteligente en esta situación. Cerraremos la boca y escucharemos todo aquello que digan para aprender qué es lo que quieren realmente y también qué podemos hacer con… esto.

Kagome soltó un sonido desde la garganta adolorida que funcionó como un «sí». Sango estaba tan molesta porque eso fuera lo único a lo que pudiesen llegar, y quería llorar porque sabía que las acciones precipitadas no servirían de ninguna forma. Qué triste, y ella que sentía el impulso revoloteando muy dentro de gritar, soltar pataletas y berridos hasta que le fuera la voz.

Pero Kuwashima ya no era una niña. Tenía que aprender a escuchar y hablar, como los adultos.

—Le dije a la sacerdotisa que ninguno de nosotros se sintió de esa forma, pero fue una mentira, ¿verdad?

A través de las partes fragmentadas causadas por el cabello de Kagome que cubría parte del rostro de Miroku, ella notó que el muchacho bajó la mirada, seguramente fue para ver su mano derecha. ¿Aún le dolía?

—Los susurros del viento —su amiga deslizó las palabras en su boca, con los ojos marrones brillando por los recuerdos—. Siempre fueron tu sexto sentido, y ahora suenas como brisa.

—Sólo fui yo. Ustedes nunca…

Sango detuvo los balbuceos de Miroku. Teniendo en cuenta lo dicho y visto, los pensamientos cayeron desde lo alto y ella corría por alcanzar aquellos que cupieran en sus brazos. Tal vez se trataban de conclusiones apresuradas sin suficientes fundamentos, ¿pero y si…?

—Una vez, cuando tenía unos cuatro años, asusté a mi padre —Sango comenzó, con los ojos entrecerrados. Sentía que así era más fácil el acceder a las memorias distantes—. Estaba en la sala, viendo a través de la ventana que da al jardín y comencé a gritar de la nada, también lloré.

«Nunca te vi tan asustada», su padre contó esa historia en algunas ocasiones con el propósito de animar a Kohaku y decirle que todos tenían miedo en algún momento, o hasta abochornarla un poco. Él y su hermano soltaban carcajadas, ella también se les unía cuando se le pasaba la vergüenza.

Ya no sentía como si pudiera reírse si llegaba una próxima vez.

—Él dijo que mencioné a un supuesto monstruo que quería entrar. No paré hasta que aseguró la ventana —el clima no se sentía frío y aun así su cuerpo vibró por la anécdota familiar que cambió en una historia de terror—. ¿Y si eso fue verdad?

Miroku sacudió la cabeza y se dejó caer de espaldas contra el piso. La fuerza de sus brazos le abandonó, sólo se quedó acostado.

—No me sorprendería si fuera así. Ya todo puede ser real.

Lo sabía, y eso daba miedo.

—Kagome. ¿Te sientes mal? —ella le preguntó a su amiga cuando se cubrió el rostro con las manos.

—Aún me duele la cabeza —Kagome musitó. Acto seguido tomó una bocanada de aire y mostró de nuevo el rostro cenizo—. Voy a estar bien —dijo, intentando convencerlos a ella y a sí misma—. Al menos estamos juntos. No puedo imaginar cómo me sentiría de estar sola en este lugar.

El intento de sonrisa de su amiga fue casi igual de patética que enternecedora. Sango tocó su cabeza con la suya. El pequeño golpecito funcionó como llamada y el contacto de sus mejillas como fortaleza.

—Tienes razón —ella se afianzó a lo más seguro. Si no lo hiciera, sería una estúpida—. Nos mantendremos en el papel que ellos quieran ponernos hasta que sepamos cómo salir de aquí.

—Duerman. Yo voy a hacer guardia —Miroku mostró intenciones de dar un último impulso para levantarse.

—También tienes que descansar —estando más cerca de él, Kagome lo detuvo con un empujón suave.

—Recuerda tus propias heridas —Sango la apoyó con una mirada que logró disuadirlo sin mucho esfuerzo. La fatiga era más poderosa y, al final, ninguno de los tres pudieron contra ella.

Kaede no le mintió al daimyō porque a la mañana siguiente, cuando la mujer regresó para despertarlos, el rostro de Miroku estaba libre de moretones y rasguños, y los dedos marcados en el brazo de Kagome a penas se notaban.

No. Ellos se alejaron del concepto de «humanos», quizá también el de «personas».


NOTA:

—Como habrán notado, pasé de poner «yourou» a «yōrō», lo mismo con «daimyō» y otras labras. Lo haré porque, además de verse más estético, lo siento más cercano al japonés. Un punto más técnico, pero no está de más el mencionarlo.


¡Sí! We did it, we did it. ¡Sí! Lo hicimos~ *Insértese esa canción de Dora la exploradora* (?). Hola de nuevo, mis queridas criaturas del internet. Por fin he regresado con una actualización más que necesaria con unas breves explicaciones sobre algunas preguntas. Ciertamente, siento que el capítulo ha sido muy breve, pero tampoco es bueno el llegar con una biblia de descripciones, por más que quiera. Debo aprender a controlarme.

¡Agradecimientos somnolientos para ley, Alinha y Yumi! Espero que algunas de sus dudas se hayan resulto de forma gratificante (la palabra del día). Gracias por pasarte por este fic lento y puede que hasta confuso. Mi corazón les recibirá con amor.

Me despido porque mis referencias sobre programas infantiles me dicen que ya es necesario que me duerma. Dulces sueños a ustedes también, dulces lectores. Los quiero~ Ahora, a por los vampiros. Let's go!