Nina despertó bruscamente cuando un grupo de mujeres entró en la habitación por la mañana temprano. Apenas había conseguido despertar antes de que abriesen las cortinas y la sacaran de la cama. De acuerdo con la costumbre, se retiraron las sábanas y fueron a desplegarlas fuera del dormitorio. Pero todos olvidaron el rito cuando una de las damas vio la cara de Nina y emitió una exclamación de sorpresa.
Nina volvió la espalda y escondió su rostro entre las manos, y por desgracia pareció que lloraba. Hubo muchas preguntas en voz alta, las mujeres deseaban saber qué le ocurría, pero Nina no estaba dispuesta a hablar ni a mirarlas.
Gabriel se hizo cargo de la situación y obligó a salir a las mujeres. Alguien puso la bata sobre los hombros de Nina, y por primera vez ella advirtió que había estado de pie completamente desnuda, protegida sólo por los largos cabellos. Se puso la bata, y después le entregaron el velo.
Nina hizo un breve gesto con la cabeza a Judith antes de ponerse el velo. En la habitación quedaron acompañándola sólo su madrastra y lady Gabriel. Aún no había indicios del esposo.
—¿Quiénes eran esas mujeres? —preguntó Nina.
—Fue culpa de tu esposo que no las conocieras durante el festín —contestó Judith—, pero no dudo de que muy pronto llegarás a conocerlas. Son las esposas y las hijas de los caballeros que sirven a tu marido. Incluso se les permitió seguir al ejército cuando sir Charioce no era más que un mercenario. Una situación muy particular. Seguramente no habrá sido fácil encontrarles alojamiento en cada ciudad. ¿No es así lady Gabriel?
—No sé nada de eso.
—No, por supuesto, no puedes saberlo —ronroneó Judith—. Olvido que no hace mucho que estás con sir Charioce.
Esa manifestación de hostilidad no era lo único que había molestado a Gabriel. La había deprimido mucho ver la sangre virginal en las sábanas, pues estaba segura de que Charioce no tocaría a su esposa.
—Nina, has faltado a la misa —observó Judith con gesto de desaprobación—. Pero no has sido la única. Tu padre aún duerme profundamente, y como tu marido está atendiendo sus asuntos y no dice una palabra a los invitados, debo suponer que la celebración de la boda ha concluido. Por lo tanto, no tiene sentido que permanezcamos aquí.
—Señora, estoy segura de que puedes marcharte, si te parece que es necesario —replicó altivamente Nina.
—¿No nos necesitan? —preguntó Judith, aunque lo hizo sólo por respeto a la cortesía.
Nina movió la cabeza.
—En ese caso, si puedo despertar a tu padre, nos marcharemos. ¿Deseas despedirte? No puedo asegurarte que él lo recordará pero…
—También en eso mi respuesta es negativa.
—Bien, querida, te deseamos muchas felicidades.
—Por supuesto, no dudo de qué es lo que deseáis —replicó Nina con voz neutra, antes de volverle la espalda. Despedida de ese modo, Judith se alejó.
—No te critico por la antipatía que demuestras hacia tu madrastra —comentó Gabriel—. No es una mujer agradable.
Nina no estaba de humor tampoco para conversar con Gabriel.
—Si tienes la amabilidad de enviar aquí a mi criada no será necesario que continúe molestándote. Tomaré un baño y ordenaré que me traigan una bandeja con alimentos, pues hoy permaneceré en este cuarto.
Gabriel apretó los labios.
—Como quieras —dijo secamente, y pensó que quizás muy pronto se vería libre de esa joven arrogante.
Nina acababa de terminar su baño cuando lady Grabriel regresó para informarle de que la escolta ya estaba preparada para acompañarla a Pershwick. Era una situación tan imprevista que Nina se sintió obligada a dudar.
—¿Estás segura de que debo regresar a Pershwwick? ¿Ahora mismo?
—Es el lugar mencionado por mi señor, que lo eligió porque tú lo conoces. No dudo de que él te suministrará el dinero que necesitas, y quizá designará a su propio mayordomo, pero no debes preocuparte de su conducta, por lo menos mientras no atraigas demasiado su atención. Supongo que eso es precisamente lo que deseas.
—¡En efecto! Es precisamente eso.
Nina se sintió desconcertada ante este golpe de suerte, y apresuró todo lo posible los preparativos.
Sir Kaisar y los hombres de armas de Nina serían la escolta. Kaisar se alarmó cuando le informaron de cuál era su primera obligación con la recién casada. Pero cuando vio que ella deseaba salir de Crewel se reservó sus dudas. Además, había oído decir que Charioce rara vez residía en Crewel, y por lo tanto supuso que el hombre no quería que su esposa permaneciera sola. En Pershwick podría residir con las personas a quien conocía.
Kaisar también se enteró de los planes de Charioce, una hazaña monumental: la captura de siete torres hostiles con un pequeño ejército. Le deseó suerte, pero sabía que no terminaría en poco tiempo la tarea. Dudaba de que su señora viera mucho al marido durante el resto del año.
Charioce se sentía irritado consigo mismo cuando descubrió que al atardecer entraba en Crewel estimulado por la absurda ansiedad de ver nuevamente a Nina.
No tenía muy claro lo que había sucedido la noche anterior. Su herida no era grave, pero no era muy halagador haberla recibido. En todo caso, sabía que hacía mucho tiempo que no se sentía intrigado por una mujer. Sin duda, la tensión había tenido mucho que ver con ese asunto, pero era mejor comprobarlo.
El disgusto ante su propia ansiedad infantil tuvo mucho que ver con su reacción cuando descubrió que Nina no estaba allí para esperarlo. Sencillamente, se volvió y regresó al sitio de Wroth. Procedió así en parte movido por el sentimiento de alivio. No castigó a Gabriel por haberse excedido en sus atribuciones. Charioce le había dicho únicamente que se proponía alejar a su esposa; no le había dicho que ella misma adoptase esa medida. Pero la ausencia de Nina era conveniente, pues más tarde o más temprano él se habría disgustado consigo mismo a causa de su absurdo deseo de verla. En todo caso, no deseaba que la mujer supiese que la deseaba. Charioce no olvidaba que era una joven sumamente rencorosa.
A varios kilómetros de distancia, en Axeford, donde sir Warren representaba provisionalmente a Charioce, su esposa, lady Roese, le explicaba que esa mañana se había sentido muy impresionada al ver la cara de Nina d'Ambert. Warren, que conocía los problemas de su señor en Pershwick, supuso acertadamente que la dama se había opuesto al matrimonio. Era natural sacar la conclusión de que si la joven había sido golpeada, el autor del castigo sería el padre.
Pero la esposa de Warren, que había estado de visita con su familia, nada sabía de las dificultades en Pershwick.
Tampoco sabía gran cosa de Charioce d'Ambert. Que su marido lo apreciara no significaba más que sir Charioce era un buen señor feudal. Nada decía acerca de su carácter. Ella sabía únicamente que sir Charioce tenía un temperamento vivo, y llegó a la conclusión de que había golpeado a su nueva esposa. A su juicio, lady Nina se había casado con un hombre cruel.
Por desgracia, sir Warren no aclaró el malentendido. Se limitó a emitir un gruñido cuando le hablaron del estado de lady Nina. Al día siguiente, su esposa le contó la historia a lady Bertha, que se encontraba en Axeford, y después la versión se difundió con rapidez.
Los siervos, quienes gustaban de murmurar, se limitaron a una sencilla división. Los hombres por el hombre y las mujeres por la mujer. Y sin que nadie lo advirtiera, esta discusión contribuyó mucho a conquistar la fidelidad de los habitantes de Kempston a su nuevo señor y a su esposa.
Lady Gabriel se enfureció cuando supo cuál era el tema de la murmuración general, no porque se calumniase a su amante, sino porque la mujer a quien se compadecía era lady Nina, y eso no ayudaría a Charioce a olvidarla. Incluso podía inducirlo a regresar a Crewel, aunque sólo fuera para obligar a callar a los chismosos.
De hecho, Charioce nada supo acerca de lo que se decía de él durante las semanas que siguieron a la boda. Las versiones que corrían no eran algo que sus hombres desearan incluir entre los temas de que solían informarle. Incluso Dias se esforzó por evitar mencionar el asunto, pues conocía muy bien su carácter.
En resumen, Charioce se preguntó por qué sus hombres actuaban de modo extraño, y callaban cuando él se acercaba e insultaban a sus respectivas mujeres. Y maldita sea, nunca había visto a tantas mujeres antipáticas. Todas las mujeres con quienes se cruzaba parecían irritadas.
Pero Charioce estaba preocupado por otras cosas, y no tenía tiempo para detenerse en las rarezas de sus hombres.
Sí su mente estaba absorta en muchas cosas. Pero con alarmante frecuencia se insinuaba en sus pensamientos la imagen de una forma menuda, de curvas suaves y suspiros murmurantes. Lady Nina, con quien se había casado recientemente, persistía en su recuerdo, al margen de que ella lo deseara o no.
