Capítulo Once: Una Moto Para Mí.

Viernes. 02:30.

Hacía un calor insoportable. El aire acondicionado y los ventiladores de techo no abastecían lo suficiente para sofocar los efectos del clima a los que estaba sometido el departamento de mi tía. El sol apuntaba directo a los ventanales de color azul calentando los muebles que nos servían de camillas cuando el cansancio por las prácticas nos ganaba la partida.

Mi tía se había pasado la mayor parte del día cocinando para nosotros, ya que le habíamos dado a entender que no nos iríamos de allí hasta bien entrada la noche. El almuerzo consistía, por lo que mi olfato indicaba, en carne con vino, un tipo de comida que había aprendido a hacer de un chef latinoamericano cuando viajó a ese continente. Ella era una mujer de mundo.

—La comida estará lista pronto –dijo mi tía sacando la cabeza por el marco de la puerta—. Dejen los instrumentos y siéntense ya.

A pesar de no tener hijos, mi tía, Narumi, era una mujer realmente autoritaria y bastante maternal sin perder su aire de obediencia y respeto, si es que se le puede llamar así a como es. Pero bueno, el caso es que cuando la comida salió en bandejas hacia la mesa no dudamos un segundo al dejar los instrumentos en los cojines y saltar directo a los platos vacíos. La música es hermosa, pero requiere un sacrificio horrendo.

—Tengo que irme –dijo Sakura tras consultar la hora en su celular—. Mi madre me pidió que no me quedara más allá de las dos y ya son las dos y media.

— ¿Pero vendrás en la noche, verdad? –pregunté preocupado—. No es por se egoísta ni nada, pero no puedo darle a los tonos con los brazos así y necesitamos practicar.

—Claro que sí, tranquilo Naru…

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Yo también decidí salir un rato para aclarar la mente y desahogarme un poco. Mi frustración al no poder tocar con los brazos lastimados me tenía bastante mal y había estado a punto de rendirme varias veces, pero en esas ocasiones recordaba lo que Gaara me había dicho el día anterior : "Tú escribiste esa canción para él…" Y era cierto, lo había hecho. La situación entre los dos era la que había inspirado a mi cerebro de la manera perfecta.

Cerca de la casa de mis tíos estaba construido un parque en el que yo solía jugar cuando el único amigo que tenía era Gaara. Ahora, después de haber dejado el tercer grado hace ocho años no era más que un espacio de tierra seca con fierros oxidados por decoración. Me senté en uno de los columpios viejos, considerando que fuese el de la derecha, mi favorito. Mecido por el viento y con inquietante chirrido del hierro oxidado rozando contra más hierro oxidado contemplé idiotizado la pantalla de mi celular cuando un nombre conocido para mí cobró vida en el cuadro a color enmarcado por plástico rojo.

—Aló… –fue lo único que dije, no tenía valor para más

— ¿Dónde estás? –me preguntó Sasuke riendo un poco

—En casa de mi tía –mentí, aunque no era del todo falso, había estado allí hace unos momentos—. ¿Por qué? ¿Pasó algo?

—Quería pedirte un favor –me dijo—. Siguen en pie las clases de guitarra ¿verdad?

—Si, claro.

—Perfecto, entonces… -titubeó un poco, como si estuviese nervioso—. ¿Puedes venir a la tienda de instrumentos Tsuki?

—Estaré allí en diez minutos.

Regresé corriendo al departamento para encontrarme con que Gaara y Hinata habían salido en mi ausencia, cosa que me impresionó pero también alivió, así no tendría que explicarles a donde iba. Toqué la puerta de la habitación de Narumi, pero me abrió Zac, mi tío.

— ¿Puedes prestarme la moto? –pedí con tono suplicante—. Por favor.

—Pero si la compré para ti, muchacho, ¿Acaso tu padre lo mencionó?

—Para nada. ¿Puedo cogerla?

—Las llaves están en la mesa de la sala y el casco en el garaje.

Saltando de felicidad agarré las llaves, me puse el casco cuando llegué al garaje y descubrí la moto. Era un sueño: una Yamaha de carreras negra con mi nombre pintado en naranja. Mis tíos a veces se pasaban con sus regalos, pero este era el mejor de todos los que me habían dado. Encendí moto y salí disparado a la calle principal. Sasuke no me vería llegar en autobús nunca.

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Me estacioné frente a la tienda. TenTen estaba afuera barriendo la acera, pero dejó caer la escoba cuando vio reflejado en el cristal mi rostro sonriente que antes había estado cubierto por un casco de visera negra.

— ¿Es tuya? –Preguntó a pesar de estar mirando directamente al grabado con mi nombre—. ¿Quién te la dio?

—Es un regalo de Zac –dije feliz—. ¿Y Sasuke?

—Esperándote adentro… es realmente un principiante si me dejas opinar, casi escoge una guitarra para zurdos; realmente deprimente.

—No te preocupes, ya estoy aquí.

Al entrar lo encontré sentado junto al mostrados mirando atentamente un video de Ayumi Hamasaki; era una de sus cantantes favoritas solo por que era bonita, la voz le importaba un comino. Después de todo no de deja de ser hombre solo por estar enamorado de alguien de tu mismo sexo.

Me acerqué lo suficiente como para escuchar el leve susurro que salía de sus labios al ritmo de la canción. Al menos disimulaba su obsesión cantando alguna de sus piezas más increíbles.

—Se te caerán los ojos si sigues mirando así –dijo a sus espaldas conteniendo la risa—. ¿Para que me necesitas?

— ¿No saludas? –Me preguntó con el ceño fruncido—. Bueno, no importa; necesito que me ayudes a escoger una buena guitarra.

(Sé que no viene al caso, ¿Pero recuerdan el libro que compré con Gaara?; no lo he abierto aún.) Siguiendo con lo que pasaba en la tienda, le pedí a Sasuke que me acompañara al reservado para clientes especiales. Si yo iba a enseñarle debía conseguir una guitarra que se ajustara a mis más altas exigencias. Es por eso que las mías son hechas a medida; nadie más que yo puede tocarlas.

Después de ojear algunos ejemplares de los buenos encontré la indicada. Una Telecaster de las más caras con diseño personalizado de dragones chinos. Era hermosa, pero no más que las mías, que por cierto, pronto serían tres.

— ¿Cuánto estás dispuesto a pagar? –Pregunté consultando el precio—. El precio el alto.

—Si la cantidad de dinero que mencionas hará que pases más tiempo conmigo, soy capaz de pagar lo que sea –me dijo causando que me sonrojara—. Mi padre me dio permiso de endeudarme con más de seis mil dólares ¿Será suficiente?

—Si, es más, te sobrará para comprar cuerdas nuevas, una caja de vitelas y la correa para el hombro.

—Sólo me falta el amplificador y el cable.

—Usaremos los míos, por eso no te preocupes.

Cuando ya estuvimos listos saqué la cabeza por la puerta del apartado y llamé a TenTen en voz baja. Le dimos lo que íbamos a comprar y esperamos en el mostrador un buen rato hasta que el padre de mi amiga salió con nuestro pedido envuelto perfectamente.

—El estuche es cortesía de la casa para mi mejor cliente –dijo el señor refiriéndose a mí—. Átala bien al soporte de la moto y no se caerá.

—Las noticias vuelan muy rápido últimamente –dije estirando los brazos para recibir la guitarra. Los vendajes se asomaron por debajo de las mangas y se mancharon de sangre enseguida—. Me accidenté –añadí ante la mirada horrorizada del padre de TenTen—. Pero ya estoy bien.

—Eso espero muchacho, ahora márchense.

Cuando salimos le pedí a Sasuke que usara el casco en mi lugar. Era mejor que yo me rompiera la cabeza a que lo hiciera él. Después de asegurar la guitarra arranqué en dirección al templo Uchiha. A esa hora no había nadie, puesto que Itachi estudiaba en la mañana y los padres de Sasuke trabajaban hasta la noche. Otra vez estaríamos solos, pero yo no tenía mucho tiempo, debía volver a ensayar.

Al llegar subimos directo a la habitación del Uchiha, la cual, a pesar de no haber entrado allí más de tres o cuatro veces me era familiar en todos sus sentidos. Es más, cuando miré para la cama, recordé la vez que Sasuke me había besado antes de que su hermano entrara a interrumpir. En esa ocasión me había asustado mucho, pero ahora era como si fuese algo mucho más que natural.

Me puse cómodo, acostado de medio lado en un sillón que antes no estaba allí mientras que Sasuke contemplaba su nueva adquisición con los ojos encendidos. Ahora me preguntaba como le enseñaría a tocar si yo a duras penas podía mover los brazos para poder usar mi propia guitarra, pero de todas maneras encontraría la manera de hacerlo.

— ¿Estás nervioso? –me preguntó—. ¿Por la presentación de mañana?

—Un poco, tal vez casi nada –respondí vagamente—. Nunca he tenido problemas al presentarme ante la gente, ya estoy acostumbrado.

— ¿Cómo es eso?

Y le conté de las innumerables veces en las que mi padre me había hecho tocar el piano frente a sus alumnos en los intermedios de las conferencias que dictaba en la universidad. Desde que tengo memoria mis dos padres me habían presentado ante el mundo evitando así que el llamado miedo escénico naciera en mí. Eso es algo que les agradezco de verdad puesto que me ha servido muchas veces.

Me había quedado perdido en mis recuerdos cuando lo sentí sentarse junto a mí y acercar su rostro peligrosamente al mío. Sus ojos negros eran un espejo perfecto, en los que mis nervios y sonrojo se reflejaban con alarmante claridad. Su aliento mezclado con el mío era el incentivo perfecto para obligar a mi cuerpo a desear el suyo. No acostumbro a tomar la iniciativa, pero las ganas de besarlo se habían apoderado de mi cuerpo y lo demostré cuando fundí mis labios con los suyos, cosa que lo impresionó de sobre manera, pero lo manejó bien. El era un experto en ese tipo de cosas.

— ¿Tienes que irte pronto?

—Para nada –respondí besándolo de nuevo—. Puedo quedarme un rato más.

Eso lo animó mucho, tanto que se puso salvaje. Me quitó la chaqueta de un tirón y con gran astucia me había acorralado entre el respaldo del sillón y su cuerpo. Y esta vez, en lugar de saltar a mis labios como acostumbraba a hacer, se las agarró con mi cuello. Lo besó y recorrió hasta eso no le fue suficiente. Lo mordió incontables veces haciéndome suspirar, pero yo me contenía.

—No te cohíbas –susurró agitado—. Nadie más que yo puede oírte.

Ese comentario me puso la piel de gallina, pero lo que más me asustó fue cuando se quitó la camisa de botones frente a mí. Luego, después de haber dejado al descubierto su fornido pecho blanco me quitó la camiseta, quedándonos sólo en pantalón, que para gran coincidencia eran negros los dos.

Se sentó sobre mí y mientras rozaba su pecho con el mío yo recorría su espalda con los dedos. Muchas veces había soñado con un encuentro como ese y ahora que estaba a punto de realizarse el miedo me invadía y me dejaba a cada paso que daba. En ese punto ya había dejado de comprender las reacciones de mi cuerpo y sólo me dejaba llevar. Total, era con Sasuke con quién yo quería estar y no con nadie más.

El estar parcialmente desnudos lo cansó al poco tiempo, ya que con gran atrevimiento bajó las manos hasta mi pantalón, me quitó el cinturón y abrió el cierre dejando entre ver mis bóxers de color azul. Es un pervertido y estoy más que seguro de que internamente debe estar jactándose de eso ahora mismo.

—Acuéstate –dijo

Y yo como ovejita buena obedecí, lo que pasa es que no puedo decirle que no. Ahora, acostado boca arriba con él sobre mí los nervios se apoderaron de mi cuerpo paralizándolo en el acto, ya no podía moverme. Él lo notó, puesto que sonrió maliciosamente y aprovechando mi reacción decidió empeorarme las cosas rozando su entrepierna con la mía. Al parecer estaba dispuesto a llegar mucho más allá que la última vez.

— ¿Qué vas a hacerme? –pregunté temeroso de la respuesta

—Algo que va a gustarte mucho.

Y tras pronunciar esas palabras comenzó a moverse frenéticamente sobre mí, simulando embestidas perfectas sobre la ropa. Ahora no era sólo yo el que suspiraba, sino que éramos los dos. La excitación del momento nos había hecho perder la razón dejando paso sólo al deseo y la lujuria. Quería ir más allá, pero esa vez no se podría, o al menos ninguno de los dos estaba listo todavía.

Lentamente aminoró la velocidad hasta que se detuvo por completo, me besó tentadoramente y descansó en mis labios sin separar los suyos un milímetro. No quería dejarme ir, yo no estaba dispuesto a marcharme. Las gotas de sudor había perlado la piel de su frente haciéndolo mucho más atractivo de lo que era; levanté la mano y enredé mis dedos en su cabello que despedía un delicioso olor.

—Te amo –susurré en su oído—. Te amo demasiado…

—Yo también.

No sé por qué, pero en ese momento el sueño nos invadió a los dos, y así, abrazados uno sobre el otro, nos quedamos dormidos. Nadie nos molestaría, de eso estábamos más que seguros.