Capitulo 10
Pronto Elena apareció delante de Damon. Iba con su albornoz. Damon tubo un escalofrío al pensar que mañana después de ducharse también se pondría aquel albornoz. Hacia un milenio que no tenía un escalofrío. Cada vez le sorprendía más lo que Elena provocaba en él. La observó serio. ¿A que esperaba? Aun que ya había visto gran parte de ella, se moría de ganas de verla con aquella lencería.
Elena tiró del cinturón y dejó caer el albornoz. Damon tragó saliva. Ese jodido sujetador y esa jodida tanga le quedaban mejor de lo que había podido imaginar.
- Gí…gírate. – le dijo, sin poder articular casi nada.
Ella se colocó bien el pelo haciéndose de rogar y se giró. Eso aun excitó más a Damon.
Se levantó, observando su espalda, las curvas de su cintura, el perfecto trasero desnudo solo adornado por ese pequeño hilo que se escondía por un sitio completamente envidiable. Le rodeó la cintura con un brazo y la apretó contra él. Elena apoyó su cabeza en el hombro de Damon. Damon besó su cuello, totalmente expuesto para él. Acarició con su mano el vientre de Elena, hasta subir hasta uno de sus pechos.
Esto está mal… Damon es el diablo en persona…
Se arqueó al sentir como los dedos de Damon acariciaban uno de los pezones. Gimió.
- Eso es… siente lo que te doy… - como esto sea otro jodido sueño no voy a poder aguantar otro despertar de ese modo. Pero tanto Damon como Elena sabían que eso era totalmente real.
Damon se separó un poco.
- Joder, que calor hace aquí. – se quitó la camiseta y pronto volvió a ponerse, ahora, en frente de Elena. La besó de nuevo como antes y la tumbó en el sofá. – No sabes lo duro que me tienes, Elena... – bajó su mano hasta el mojado tanga y la metió dentro.
Elena se tensó.
- No, cariño… - acarició sus labios con el pulgar – relájate… te va a gustar…
Y eso lo dijo mientras empezaba a tocar el punto más sensible y placentero que Elena tenía.
Elena arqueó su cuerpo ante Damon al sentir la primera fricción que hizo. Y eso que aun había ropa entre medio. Poca, pero la había.
Deseo saber cómo se siente a carne viva.
Damon apartó las copas del sujetador. Elena tenía vergüenza. Era la primera vez que se exponía con tan poca ropa delante de un hombre. Y Damon en tan solo cinco días la tenía maullando como una gata en celo. Deseosa, llena de lujuria… destrozando los tabúes. ¿Tabúes? Eso era lo que iba a pasar entre ellos, no tenía que pasar.
Pero… oh dios mío.
La lengua de Damon empezó a acariciar sus endurecidos pezones, sus dientes los tensaban aun más y la suavidad de sus labios era como el más caro de los camisones de seda. Sintió como Damon apartaba el hilo del tanga, como lo hacía a un lado y pasaba un dedo por el punto más prohibido del cuerpo de Elena. Damon fue el que gimió ahora.
Sentirla tan mojada, sentir su suave carne que resbala en mis manos, sentir como se estremece. Esto es lo más excitante que he vivido nunca, ostia. Quiero oír como grita mi nombre hasta caer rendida en el mayor orgasmo de su vida.
- Damon… - murmuró ella, ahora con los ojos entrecerrados.
- Shh… - dijo inclinándose en su cuello de nuevo – no sabes lo hermosa que te ves, Elena... – dijo su nombre con tanta sensualidad en su tono de voz que se le puso la piel de gallina – te voy a dar placer… mucho… - le mordió el cuello – así que relájate y disfruta…
En ese preciso instante Damon introdujo un dedo en el interior de Elena. Le dolió un poco, pero no le dio importancia. Ella volvió a sentir un gemido de Damon y como su pene se clavaba en su muslo, mientras la tocaba. La mano de Damon empezó a moverse, adentro, a fuera, en círculos… tan hábil que Elena sintió que no aguantaría mucho. Un segundo dedo fue a parar en el interior de su vagina. Gimió. Damon se relamió los labios, como si pudiera saborear los jadeos de Elena. Adoraba verla con esa expresión de 'quiero más, y solo tú puedes dármelo'.
Y solo yo puedo dártelo, nena… y no dudes en que lo voy a hacer.
- Dios mío… - gimió – es demasiado bueno…
Damon se dio cuenta de que sin querer había aumentado la velocidad de los movimientos de su mano. Y Elena sentía tanto placer que empezó a contraerse. Ahora Damon si pensó que moriría. Sentía las paredes de la vagina de Elena apretar sus dedos.
Como deberá sentirse cuando me meta ahí dentro será el infierno en directo. Los pantalones de Damon parecía que se iban a romper. No podía más… si Elena se corría, el también lo haría, sin que ella lo hubiera tocado, siquiera.
Dejó de tocar a Elena. Ella hizo una mueca en señal de desacuerdo. Damon se rió.
- Tranquila, tengo mucho más para ti… - dijo como el ronroneo de un gato.
Dios… que hombre. Observó a Damon, estaba de rodillas, delante de ella… sin camisa… y se estaba desabrochando el pantalón. ¡¿Qué?! ¡Se estaba desabrochando el pantalón! Esto había ido demasiado lejos. Pero antes de que Elena pudiera decir nada, Damon ya se los había quitado. Y no llevaba bóxers. Elena entreabrió la boca.
- Cierra esa boquita, que soy capaz de cometer una locura con lo duro que me tienes… - se inclinó y la beso, tan desesperadamente que hasta él se quedó sin aliento.
Elena tenía el punto de vista de que Damon era un hombre frió, sádico. Pero ahora, le parecía todo lo contrario. Era cariñoso, había buscado su placer y su cuerpo emanaba un calor sorprendente pero para sorprendente lo que tenía algo más abajo del ombligo. Que no hubiera hecho el amor con ninguno de sus ex novios, no significaba que no supiera cómo era la anatomía del sexo opuesto y mucho menos que no hubiera llegado a masturbar a alguno de ellos. Pero nunca había llegado a ver… semejante cosa. ¿Y Damon tenía la intención de meter eso dentro de ella? ¡Ja!... la tenía caliente, si… pero no lo dejaría… no.
Dios ¿Qué me hace esta mujer?
Damon la observó, de nuevo, desnuda, en el sofá de su propia casa. Ella lo miraba, de arriba abajo… y las simples miradas de inocencia lo provocaban muchísimo. ¿Qué es lo que le atraía tantísimo de Elena? Parecía un jodido desesperado por follar…
Ella era atractiva, mucho, pero no había para tanto ¿o sí?... Quería – necesitaba – poseerla ya y nunca había rogado por follar el cuerpo de una mujer, pero por hacerlo con ella, estaría más que dispuesto. Meterle los dedos había sido fantástico… imaginar cómo sería cuando metiera su duro pene…
Damon separó las piernas de Elena. Ella lo miró sería. El calentón se le había bajado al cero. Bueno, ver a Damon así, a ese dios griego, más caliente que la propia lava era una tentación demasiado grande que la excitaba de sobremanera. Pero no quería… no. No había perdido la virginidad con hombres con los que había estado durante años, ¿y la perdería con un hombre al que conocía a penas hacía cinco días? Ni hablar. Que Damon siguiera soñando…
- ¿Qué te pasa? – gruñó Damon, ya con las pupilas dilatadas del deseo.
Elena se levantó y Damon observó maravillado su trasero desnudo. Se sentía culpable, al menos el cincuenta por ciento, si ella no quería acostarse con Damon, ya ni siquiera tendría que haber aceptado el trato de Damon. No, cincuenta por ciento culpable no, totalmente culpable. Damon era un hombre como todos. Y quería mojar, y mojar, y mojar… Estaba comprobado que más de la mitad del cerebro masculino solo piensa en sexo. Así que no estaba nada dispuesta a perder su pureza con aquel – sexy, afrodisíaco y guapísimo – agente de no sé qué agencia secreta. Daba igual lo bueno que estuviera, y lo mucho que la haría disfrutar, ella se reservaba para el hombre de su vida, y Damon, no era ni mucho menos el hombre de su vida. – aun que si de sus sueños, literalmente. –
Se enrolló el albornoz en el cuerpo. Damon estaba alucinando.
- ¿Qué haces? - preguntó ahora.
- No quiero hacer el amor contigo. – le dijo seria.
