XI. Aprender.

...

Aprender… a ser un equipo.

Aquella era una noche tranquila en Konoha, con alguna que otra ventisca fresca meciendo los árboles y con la luz de la luna colándose amenamente entre las cortinas de las casas. Un espectáculo precioso de admirar desde las alturas, en medio de un apacible silencio que invitaba a arrullarse eternamente y…. que es interrumpido de manera súbita por un grito alto y claro, proveniente de la casa Uzumaki.

Naruto y Hinata abrieron por completo los ojos ante el estruendo, la joven Hyuuga incluso activando de manera inconsciente su dōjutsu. Preparados para embestir contra lo que fuera en cualquier minuto… poco a poco relajando los músculos al darse cuenta de que no, no estaban sufriendo ningún ataque sorpresa.

El matrimonio se endereza con torpeza al comprender que quien lloraba con tal intensidad y sentimiento no era otro sino su bebé, aquel pequeño pedacito de vida que para bien -o para mal- había heredado los potentes pulmones de su padre… así como su tremendo apetito.

—Voy… voy al cuarto mientras… —balbuceó Hinata, acomodando distraídamente el tirante que se había deslizado por su hombro, mientras se frotaba los ojos con cansancio. Sin preocuparse en lo más mínimo por ordenar su cabello… si Ino la viese, le daría un infarto seguramente.

—… yo caliento el biberón. —completó Naruto, ya andando, aunque sintiera los párpados sumamente pesados. Soñando todavía con sostener un tazón enorme de ramen entre sus brazos… delicioso, delicioso ramen… ah~

—Naruto-kun…

—¿Mmm? —respondió el rubio, sin detener sus pasos y sin abrir los ojos. Casi saboreando aquel misterioso aderezo que percibían sus sentidos. Estaba tan cerca.

—Ese es el baño, cariño. —Informó la morena con suavidad, sin poder evitar sonreír con dulzura y diversión a pesar de que ella misma se sentía terriblemente agotada. Ojalá Boruto normalizara pronto sus horas de sueño… o sus padres acabarían hechos un verdadero desastre.

—¿Mmm? —cuestionó Naruto, abriendo los ojos de inmediato, encontrándose a un paso del lavamanos y no de la cocina, a donde se suponía tenía que ir—, oh… sí, sí. Ya veo. Yo… voy, voy, ¡voy a la cocina, por supuesto! —balbuceó el rubio, sonrojándose ante su propia estupidez y despabilándose del todo por la vergüenza. En serio, ¿cuántas veces se podía hacer el ridículo en esta vida?, al parecer, para él no había límites.

Hinata no se preocupó por contener la pequeña carcajada que abandonó sus labios, aun si esta se esfumó casi en seguida al escuchar el volumen del llanto de su hijo incrementar. Aquello fue suficiente apremiante como para apurarle a ir al encuentro con su bebé. La morena rápidamente levantó al rubiecito entre sus brazos, arrullándolo con ternura, cubriéndolo cuidadosamente con sus cobijas y acomodándose en la mecedora que Iruka-sensei les había regalado hace poco.

La joven mamá sonrió por la forma en que Boruto se acurrucó de inmediato contra su pecho, mirándole con aquellos enormes ojos azules, fruncidos en un silencioso y primitivo reproche. Hinata le susurró palabras dulces mientras acariciaba su pequeña cabeza y sus redondas mejillas, repasando con suavidad las marquitas que había heredado de Naruto y que tan bien le quedaban como accesorio.

Su hijo sería muy guapo.

—Shhh, no llores. Mamá está aquí, así que no hay por qué llorar, ¿verdad?

Le habló Hinata en un susurro. Sonriendo entusiasmada ante la manera en que el pequeño parecía responder a sus caricias. Cerrando con lentitud sus párpados, incluso aunque el biberón aun no hubiese llegado a sus labios, estando lo suficientemente cómodo y abrigado por las caricias maternas como para reparar en ello.

—¿Hinata?, aquí está… oh. ¿Tardé mucho? —preguntó Naruto en voz baja, sintiéndose torpe por llegar cuando Boruto ya había vuelto a dormir. La mamila pareciendo inútil entre sus dedos.

—No, no, estuvo bien… pero creo que él sólo quería un abrazo. —susurró Hinata, sonriéndole amenamente. Sintiendo lo mucho que los párpados le pesaban mientras susurraba… pensando que seguramente podría quedarse dormida así, sin ningún problema. Tan sólo con el agradable calorcito de su bebé llegando hasta su alma.

Naruto, a su lado, no se dio cuenta del momento en que su sonrisa se hizo tan amplia. Hinata se veía tan bonita así… con los colores de la noche bañando con suavidad su piel, su cabello... toda ella se veía preciosa en ese preciso instante.

—Hinata…

—¿Mmm? —contestó ella, abriendo los ojos con lentitud -y sí, cierta pereza, encontrándose a centímetros del rostro sonriente de su esposo. Lo que, cómo no, la hizo sonrojar igual que siempre.

Te amo.

Susurró Naruto, antes de besarla con suavidad. Hinata adquirió entonces colores más intensos que los de cualquier semáforo, reparando en que su aspecto en ese preciso instante seguramente dejaba mucho que desear. Pues lo más probable es que su cabello estuviese hecho un desastre y que aquellas sombras bajo sus ojos la hicieran ver muy poco atractiva, además de que su cuerpo todavía no se recuperaba del embarazo y… y, qué importaba, por todos los cielos.

—Yo también te amo, Naruto-kun. — respondió con suavidad. Atreviéndose a besar de vuelta a su joven esposo. Con lentitud, cuidando de no perturbar el sueño de su bebé... que sólo el cielo sabía cuánto costaba volverlo a dormir.

...

Aprender … a compartir.

...

—¡Mamá!, ¡Boruto, di maaa-má! —pidió Hinata de manera juguetona, decidida a que su pequeño se dirigiese a ella primero que a nadie más -incluso primero que a Naruto. El infante si bien le sonreía de manera dichosa, no hacía intento alguno por repetir el par de sílabas que pedía amablemente la mayor. Más bien se sentía especialmente curioso por aquella cosa extraña que sostenía la morena entre sus manos (una cámara) ... quería jugar con ella.

—¡No!, ¡Di papá!, ¡Papá! —interrumpió Naruto, a su vez, señalándose con gran euforia. Como se habrá de suponer, muy poco dispuesto a perder, ¡incluso si contra quien competía era Hinata, ¡de veras! El joven Uzumaki sonreía como si estuviese posando para alguna revista, emocionado como nunca ante los balbuceos de su primogénito. ¡Esta vez estaba seguro de que pasaría!, ¡lo sabía!, ¡lo sentía en las venas!

—Maaaa… mááá. —Gesticuló Hinata, empujando con disimulo al mayor, tratando de que el pequeño rubio centrará su atención en ella. Y en nadie más que en ella.

—Nooo, ¡papá!, ¡di papá! —continuó a su vez Naruto, tampoco dispuesto a ceder terreno... aunque, quién sabe si había terreno que ceder, en primer lugar.

—Aaaahhh. —pronunció por mucho el pequeño rubio.

Aplaudiendo de manera alegre, encantado por la atención recibida, aunque sin dignarse a decir más, por el momento. Por mucho que sus padres insistieron durante toda la tarde… y toda la semana… y todavía durante tres meses más. Declarando de manera amistosa que era uno y no el otro quien llevaba la ventaja en aquella inusual competición.

Hasta aquel día.

En que todo pareció detenerse en un instante.

—¿Él dijo…? —preguntó Naruto, sin darse cuenta de que había dejado caer su vaso favorito al piso -sí, el del aniversario de Ichiraku. Dividido entre la sorpresa… y el horror.

… él, dijo… —asintió Hinata. Más pálida que nunca.

—¡Genial! —gritó Kiba, por su parte. Alzando con entusiasmo a su sobrino no-oficial. —, ¡este niño será un genio!, ¿verdad Akamaru?

—¡Maru!, ¡Maru! —volvió a gritar con alegría el pequeño rubio, encantado con el canino, extendiendo sus manitas hacia el enorme perro que jadeaba y movía la cola con enorme felicidad.

En tanto, sus padres se miraron y se abrazaron con solemnidad, tratando de aceptar con total madurez que su hijo, su bebé… había regalado sus primeras palabras a un perro y no a alguno de ellos, como habría de esperarse.

La traición en carne viva.

Notas del capítulo:

¡Gente hermosa, preciosa, divina!, ¡ya vamos a cumplir un año juntos!

Y también, estamos a nada de llegar a los cien comentarios (cosa que nunca me había pasado, o sea que estoy muy feliz).

¡Gracias por leer!, ¡Gracias a quienes comentan!

¡Un saludo!, ¡Los amo mucho!