Warning: atención que aquí alcanzamos terreno explícito, si no te gusta, no lo leas.


La petite mort (caelestia fellatio, o la mejor mamada de tu vida)


El girasol es una planta de tallo grueso, alto y derecho, hojas pecioladas en forma de corazón, flores amarillas y fruto con muchas semillas negruzcas y comestibles (pipas).

A menudo simboliza el sol y el amor, la adoración, tener ojos solo para la persona amada. En la mitología griega, la ninfa Clytia se enamoró locamente del dios del Sol, Apolo, el cual no sentía lo mismo por ella. A Clytia se le partió el corazón y murió de pena, convirtiéndose en un girasol que seguía al sol allá donde fuera. No quería perder de vista a su amor, el sol, Apolo.


No se miran durante todo el trayecto y dejan un asiento libre entre ambos. Todo lo que pueden hacer es rezar para llegar ya, porque montárselo en la parte trasera de un taxi no está bien visto, por muchas ganas que tengan. Sherlock mueve la pierna, incapaz de controlar su TIC, y John apoya la frente contra el cristal congelado, a ver si así mejora un poco su situación. Tras lo que parecen milenios de recorrido llegan a su destino y John le tira un billete de veinte al taxista, sin importarle el cambio, saliendo del vehículo como si quemase. Se besan contra la puerta de la floristería, con hambre, incapaces de esperar. Bastante tiempo llevaban ya esperando.

-John. John –suplica el moreno, intentando contenerse-. Si sigues así no voy a poder abrir la puerta siquiera.

El rubio le hace caso milagrosamente y Sherlock se da la vuelta para hacer lo dicho, pero tenerle pegado a su espalda, mordiéndole el cuello y dejando deliberadamente que rozase la erección de sus pantalones contra su culo no mejora nada la situación. Siente que se le escapa todo el aire de los pulmones al notarlo.

Cierra tras ellos con un portazo, dejando el abrigo por los suelos sin importarle lo más mínimo. Sobra. Sobra todo. Entonces John le arrincona contra el mostrador, atacándose de nuevo a su cuello.

-No tienes ni idea –consiguió decir entre beso y beso, poniendo las manos en sus caderas, deslizándolas por debajo de la camisa y trazando círculos por su piel con los pulgares- de cómo me he sentido al verte con Víctor –Sherlock se veía incapaz de hablar, respirando difícilmente. Deslizó sus dedos por la trabilla del cinturón del médico, acercándole más, buscando más contacto. Le flaquearon las piernas al notar los labios en ese punto de su cuello y su cabeza dio vueltas al sentir las caderas de John contra las suyas. El rubio jadeó al notarle, profundizando el beso, moviéndose contra él. De repente se separó y Sherlock esbozó una queja, abriendo los ojos.

-A no ser que quieras acabar aquí mismo…

-No. Sí. Me da igual, lo que sea, solo sigue –interrumpió el moreno, con la voz ronca, desvariando. John sonrió ante sus ganas, regalándole un beso breve-.

-Deberíamos movernos a una cama.

-Llevo mucho tiempo esperand-huh –no pudo terminar. John le acalló con besos en el cuello, acercando la boca a su oreja.

-Tenemos toda la noche, Sherlock –susurró, con un tono que sugería toda clase de obscenidades, y el florista dejó escapar un suspiro, estremeciéndose. No era capaz de negarle absolutamente nada. A oscuras atravesaron el pasillo, sin dejar de tocarse ni de mirarse, de despeinarse, todo un torrente de manos y piernas y suspiros y cuerpos entrelazados, y al llegar a la habitación John le empujó suavemente contra la cama. Se entretuvo con la visión, disfrutando del espectáculo, mirándole con hambre. Decidió que le sobraba ropa.

Se sentó a horcajadas encima de él, rozándole intencionadamente, y Sherlock jadeó agarrando las sábanas con las manos.

-Ni te imaginas la de veces –susurró, con un movimiento de cadera continuado sobre él, mientras le desabotonaba poco a poco- que te he imaginado justo así –un botón. Dos botones-. La de veces que he gemido tu nombre en voz baja –continuó, esta vez inclinándose contra su oído. Sherlock abrió los ojos al oírle, aumentando la fricción con necesidad- rezando para que Mary no se diese cuenta –llegó al final de la camisa, dejando su pecho al descubierto, y usando la lengua para juguetear con sus pezones. Al notarlo Sherlock gimió más fuerte, levantando la cadera.

-J-John, como continúes…

El florista se arrepintió enseguida porque nada advertirle el médico le hizo caso y se separó, no queriendo terminar precipitadamente, y el florista le miró con súplica en los ojos.

John procedió a desvestirse con una lentitud pasmosa.

-A veces estabas conmigo en la ducha, Sherlock –murmuró, deshaciéndose de la camisa-. Me la jalabas con la boca… -presionó una mano contra su entrepierna, ocasionando un jadeo profundo por parte del moreno- y me corría bajo el agua –añadió, mientras deshacía la hebilla de su cinturón. Le quitó los pantalones con maestría, dejándole únicamente con los bóxers y contemplando su pecho, paseando sus manos por él, tomándose su tiempo, jugando. Empezó depositando suaves besos en la parte superior, entreteniéndose con sus pezones mientras bajaba poco a poco-. O en la encimera de la cocina… -continuó, con una sonrisa. Sherlock agarró las sábanas con más fuerza- O tal vez incluso venías a buscarme a mi consulta y lo hacíamos encima de la mesa –John llegó al elástico de los bóxers esbozando una sonrisa que no auguraba nada bueno y Sherlock gimió al notar su aliento caliente atravesar la tela, deshaciéndose ante la lenta tortura. Se los quitó con cuidado y lamió su miembro desde la base, entreteniéndose en la punta. El moreno jadeó ante el contacto, elevando la cadera instintivamente y soltando un gemido ronco cuando finalmente John lo tomó entre sus labios; llevó ambas manos a la cabellera del rubio, sujetándole, suplicándole más. Tiró de él al notar el familiar cosquilleo en la punta de los dedos, contrayéndose por completo, creyendo que se correría…, pero no, John no le dejó, una vez más, dejándole al borde del abismo. Separó su boca justo a tiempo y Sherlock pensó que se moría allí mismo, sintiéndose más frustrado que en toda su vida, anhelando el clímax con toda la fuerza de su ser.

-J-John… -gruñó a modo de protesta, dejando entrever una súplica escondida. El rubio chasqueó la lengua, poniéndole un dedo en los labios. "No va a ser tan fácil", articuló entre beso y beso, volviendo a subir poco a poco, lamiendo, mordiendo y succionando con ahínco, mapeando y conquistando la piel del moreno, quien se deshacía entre jadeos y enterraba las manos en su pelo, agarrándole con fuerza. Llegó al cuello de nuevo y bordeó su mandíbula hasta alcanzar su boca, proporcionándole otro beso de esos que quitan la respiración.

El cuerpo de Sherlock se arquea por completo al notar la posición estratégica de John, quien movía rítmicamente las caderas sin separarse del beso, haciendo rozar ambas erecciones sin tela de por medio.

-Joder. Joder. DiosSherlockjoder –suspira, murmura, grita, jadea, gime. Encajan a la perfección, el uno encima del otro, ardiendo, quemándose, colisionando. Con una mano masturba a ambos con ganas, febril, sus dedos enredándose entre su polla y la de Sherlock, dando sacudidas largas, profundas, rápidas, lentas, besándole hasta que le doliesen los labios, oh dios sí, demasiado contacto, dios mío, demasiado calor, joder, demasiado cerca, provocando no uno, sino miles de intensos orgasmos recorriéndole todo el cuerpo. Se corre, largo, el orgasmo más largo de toda su vida, estallándole en las manos y sobre el estómago de Sherlock, quien dejaba escapar palabras incoherentes, sin sentido, retorciéndose sobre las sábanas.

Ambos se dejan caer en el colchón, aún atrapados en el sopor del clímax, recuperando el aliento y el pulso. Sherlock saca un pañuelo de sabe dios dónde y le limpia suavemente, depositando besos con cariño, dejando atrás toda la pasión de momentos antes. Entierra la cabeza en ese hueco en su cuello que parece existir únicamente para él, ese lugar donde encaja como si estuviesen destinados a ese momento preciso de forma fatídica e inevitable, desde el principio de los tiempos. Suspira. John procesa lo que acaba de suceder y se le escapa una suave risa desde lo más profundo de su pecho, haciéndole vibrar con el movimiento. Sherlock le mira al sentirle, interrogante.

-Yo solo venía a por unas flores para mi cita… -murmuró el rubio, con una sonrisa, tumbándose de lado para estar frente a frente- … y al final acabaré follándome al florista.

Dicho florista le mira durante unos segundos, estupefacto ante la reflexión, hasta que ambos estallan en una suave risa. "Un final digno de cuento", murmura Sherlock mientras apoya la cabeza en el pecho de su amante. John juguetea con su pelo, trazando poemas infinitos con sus dedos, sintiendo cómo les vencía el cansancio poco a poco. Mientras se le cierran los párpados, notando el agradable peso del moreno encima de él, su respiración acompasada y sus manos entrelazadas, piensa que , que podría morir en paz en este instante.

Por primera vez en meses todo es como debería ser. Todo está bien.

Sherlock y John encajan, como piezas de un puzle destinado a ser en una simbiosis perfecta. De forma inevitable. De forma irremediable. En todos los universos, en todos los mundos, da igual en qué año o en qué época, desde el principio de los tiempos ambos están destinados a colisionar y atraerse como la luna a las mareas.

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Un rayo de sol se coló entre ambos cuerpos, golpeando con suavidad la cara del médico, quien abrió los ojos con pereza. ¿Desde cuándo tenía plantas colgando del tejado de su habitación? Ah, no, esta no es tu habitación. Una media sonrisa se esbozó en su cara mientras recordaba la noche anterior, enrojeciendo levemente. Se volteó hacia Sherlock, con cuidado para no despertarle, aprovechando para observarle detenidamente. Sus ojos cerrados, los pómulos, el arco de cupido de sus labios. Así, dormido, parecía esculpido en mármol. Una figura de Bernini con un corazón latente, un Apolo en carne y hueso. Sin poder contenerse recorrió con un dedo su clavícula, que sobresalía a causa de la postura, acariciando su pecho, y con una respiración profunda el florista abrió los ojos. Necesitó ubicarse una milésima de segundo, como si no terminase de creerse que a quien tenía delante era realmente John, pero una vez lo hizo en su cara floreció una sonrisa capaz de iluminar todas las tardes de invierno del mundo.

-Buenos días –murmuró el médico, sin apartar la mirada.

-Buenos días, John.

Se quedaron así un rato, sin ganas de moverse, rezando por quedarse en aquel instante eternamente y para siempre. Finalmente el rubio suspiró, pasándose ambas manos por la cara.

-¿Qué hora es?

-No lo sé. A juzgar por la luz la una, tal vez las dos.

-Con suerte llego al turno de tarde –respondió perezosamente, preparándose para incorporarse. Sherlock frunció el ceño y le detuvo, colocando una mano en su pecho.

-Sherlock…

El moreno hizo un puchero, arrimándose más a él.

-No tienes por qué ir. Te puedes quedar aquí –mientras hablaba hacía dibujos con sus dedos, componiendo partituras sobre su piel desnuda-. Conmigo… sé que quieres, John Watson, no pretendas ocultármelo –John cerró los ojos: aquello lo había susurrado en su oído, con una sonrisa, y su voz de barítono revolvió cosas en su interior para las que sin duda era muy pronto todavía-. ¿Voy a tener que convencerte? Te advierto que puedo ser muy persuasivo –le mordió la oreja. Entonces abrió los ojos bruscamente, conteniendo un gemido indecoroso provocado por el cadencioso movimiento de los finos dedos del violinista que se habían colado entre las sábanas para acariciar una erección que el médico ni siquiera recordaba tener apenas unos segundos antes.

-Ah, joder –el jadeo se escapó de su garganta, quitándole de golpe todo el sueño de recién despertado y reemplazándolo por una excitación creciente.

Sherlock continuó las caricias, haciendo música con sus manos, con la misma pasión y dedicación como acariciaba las cuerdas de su violín o podaba la flor más preciosa, y John sintió que se derretía allí mismo, deshaciéndose en jadeos ahogados y murmullos sin sentido. Ah joder Sherlocksíjoderdiosmío era todo lo que acertaba a salir de entre sus labios, entreabiertos al cielo en busca de aire porque joder, no sé qué coño estás haciendo con las manos pero joder es increíble. El mundo da vueltas a su alrededor y perdería el equilibrio si no fuese porque ya está tumbado.

Sherlock esboza una sonrisa casi depredadora y le mira, le observa, le examina. Estudia todas y cada una de sus reacciones, analizando la flexión de su voz y la tensión de su cuerpo, amoldando el movimiento de sus manos a él. A sus sentimientos. Con una precisión divina, deliciosa, perfecta. Y tiene todo el sentido del mundo porque es Sherlock, tiene que hacerlo todo a la perfección, tanto si es podar un bonsái, dibujar un herbario o darle la mejor mamada de su vida. Porque ahora no son sus manos sino su boca la que está alrededor de su polla, mirándole entre sus piernas con unos ojos que invitaban a perder el sentido y haciendo cosas con la lengua que hasta ese instante el rubio pensaba que eran imposibles o que como mínimo deberían estar prohibidas.

Esa mañana John se muere y revive siete veces, atraviesa los siete círculos del purgatorio y cuando cierra los ojos ve siete sistemas solares distintos. Porque Sherlock le está devolviendo lo de anoche multiplicado por mil, haciéndole aguantar lo que nunca antes había aguantado y gemir hasta rasgarse las cuerdas vocales. Cree correrse tantas veces que pierde la cuenta y cuando cree que por fin lo consigue el hijo de puta se lo impide, y vuelta a empezar. Y se lo está pasando bien. Se lo está pasando bien porque le encanta tener el control de la situación, decidir el cuándo y el cómo, el dónde, el segundo exacto, porque es Sherlock y Sherlock es así. Pero cuando llega el orgasmo llega con la fuerza de cien mareas, revolviéndole por dentro, llenándole, vaciándole, estremeciéndole de arriba abajo y dándole todo un nuevo sentido a la palabra orgasmo que va mucho más allá del de los diccionarios, del de la gente común. Sherlock sonríe, limpiándose la comisura de los labios, más rojos que nunca, y tendiéndose sobre él para depositar un beso en su pecho, en su cuello, en su mandíbula, en su boca. En la estrella de su hombro, recorriéndola con languidez, sin prisa, estudiándola como estudia absolutamente todos los rincones del cuerpo de John. Memoriza cada curva y cada tirón alrededor de la cicatriz, donde la carne se hunde por la herida de bala y resurge, la recorre con los dedos y con la mirada y con la lengua y con todo su ser. El médico cierra los ojos, sintiéndole en la superficie de su piel y puede que mucho más adentro, mucho más profundo, allí donde no había sentido nunca a nadie antes. Sherlock se entierra en sus huesos y se adhiere a su sangre, volviéndose parte de él de forma inevitable, formando parte de un todo.

Abre los ojos, le mira y sonríe.

Le observa, depositando suaves besos en forma de flor sobre su piel curtida, y sonríe.

Sonríe porque le quiere, sonríe porque la luna está enamorada de él y él está enamorado de la luna.


WOAHHH HOLA HOLA es la PRIMERA vez que escribo slash así EXPLÍCITO yo solita (como mucho hasta ahora lo había traducido y nada más) así que (porfi) no sabéis lo feliz que me harían y lo útiles que me serían las reviews Y SOBRE TODO SI HAY ALGO QUE MEJORAR ghgdffd. Lo he contrarrestado con un final muy fluff y muy boni.

No hay nada mejor que un polvo de reconciliación, ¿eh?

Me entristece informar de que solo queda un (1) capítulo (mystrade héhé) yyyyyyy el epílogo y c'est fini!

¡Hasta la semana que viene! (P.D.: Saray, me he reído mucho con tu comentario, jurao.)