UN MOMENTO PARA SER VALIENTE

11. El camino de la vergüenza

Sue tarda casi cinco patéticos minutos en alcanzar su varita y en deshacer el encantamiento. Está furiosa. Ella no había hecho nada, absolutamente nada, para ganarse aquello.

Tampoco era justo culpar a Padma. Pero a cada instante la idea se hacía más y más atractiva. Aprieta los labios y abre la puerta del baño.

Nota el pelo húmedo, que va calándole la pechera de la túnica. Se siente sucia e insultada.

—¿Sue? ¿Qué te ha pasado?

Lo ve sin verlo. Es Stephen, al que ha estado evitando desde que el sábado. Lo ignora, apretando el paso hacia la maldita águila.

—¡Sue! —exclama agarrándola y obligando a que lo mire.

—¿Qué, Stephen? ¿Qué, en nombre de Merlín, quieres decirme?

No se plantea que está pagando con él su frustración. Solo quiere llegar a su cuarto y darse un buen baño. Intentar olvidarlo.

Él la mira un poco sorprendido de su arrebato. Se encoge un poco impresionado de hombros y la suelta.

—Estás mojada —intenta explicarse.

—Qué genio —repone Sue retomando su camino.

Él la sigue.

—¿Qué es el destino?

Sue se detiene frente al águila y la mira con cara de pocos amigos. Por supuesto. La adivinanza.

—Una chorrada —le espeta. Por supuesto, el águila no se mueve. Está tan enfadada que no puede pensar con claridad.

—Es la consecuencia a todas nuestras acciones —dice Stephen sin inmutarse—. Y hablando de acciones, Sue…

El águila se echa a un lado para que la traspasen.

—Sue, ¿podemos hablar? Quizá en otro momento, no sé…

—Déjalo estar, Stephen —responde sin pensar que, quizá, pueda estar hiriendo sus sentimientos. O de que pueda querer decir algo importante.

Sube por las escaleras que llevan a los dormitorios cuando vuelve a llamarla.

—¡Me gustas, Sue! —le grita en medio de la Sala Común. Delante de todo el mundo. Siente como sus piernas se anclan en el suelo. Quiere salir corriendo y olvidar, de una vez por todas, aquella mierda de día—. ¡Eres lista y guapa! Y siempre sonríes. Llevo queriéndotelo decir desde siempre… ¡me gustas!

Sue no quiere escucharlo. Niega con la cabeza y termina de subir las escaleras. El corazón le bombea con fuerza contra el pecho.

¿No podía haberlo dejado estar?

Se encierra en el baño y cierra la puerta por dentro, con un encantamiento. Deja su mochila tirada de cualquier en el suelo y desliza su túnica por sus hombros. Se mira en uno de los grandes espejos y suspira.

Stephen dijo que era guapa. Se declaró delante de todos por una chica bajita, con la cara plana, los ojos rasgados y el pelo demasiado lacio. Se había declarado por ella, y su única respuesta había sido huir de él.

Pobre Stephen. Iba a tener que pedirle perdón.

Pero no en ese momento. Se siente demasiado mal consigo misma como para pensar en él. Con cansancio se quita la corbata y desabrocha los botones de su camisa.

Ha sido un día muy largo.


Continuará.