Capítulo X: El Maestro de Armas

Aira y Yuki-san miraban de hito en hito a Lerín-san que era la última que había seguido con el relato. Al ver que ni ella ni Patri continuaban con la historia rompieron el silencio.

–¿Y? –clamaron las dos a la vez.

–¿Cómo sigue la historia? –les apremió Yuki-san–. No podéis dejarla a la mitad.

–Bueno... el resto lo sabéis –se excusó la tímida Lerín-san–. Nosotras volvimos y explicamos todo esto al Consejo.

–Sí, sí –dijo impaciente Yuki-san–. ¡Pero Longi no volvió hasta pasado un montonazo!

Las chicas se quedaron mirando al alto shinigami que permanecía recostado en un sofá. Las miró con cara de circunstancia.

–¿Qué? –preguntó él ante las airadas miradas de sus compañeras– ¿qué pasa?

–¡No te hagas de rogar, mamonazo! –exclamó Yuki al tiempo que le incorporaba asiéndole del kimono–. ¿Qué te pasó después¿Dónde estuviste?

–Pero si es una chorrada –se defendió el joven.

–Pues si es una chorrada no te importará contárnoslo –repuso Aira.

–Venga, Longi-san, no es que sea algo demasiado... –dijo Lerín-san.

Al momento se arrepintió de haber dicho aquello pues todas las miradas recayeron en ella.

–¡Ajá! Así que la señorita Lerín sabe lo que pasó –afirmó Yuki a la vez que proyectaba un dedo acusador hacia la interpelada.

–No, no es eso... Bueno, sí... pero... –comenzó a balbucear Lerín-san.

–¡Eh, dejadla en paz! –salió en su defensa Longinus–. Ella no tiene...

La súbita aparición de Patri en el campo visual de Longinus provocó que no terminara la frase. De hecho, habría que concretar que la súbita aparición y posterior estrangulación por parte de la joven shinigami fueron las causas.

–¡Así que se lo cuentas a ella y a mí no¡Eres lo puto peor!

Yuki-san y Aira consiguieron separarles para que la cosa no fuera a más. Ambas shinigamis volvieron al ataque para que Longinus continuara la historia, mientras detrás de ellas Patri seguía rezongando amenazas.

–Vamos, tonto, si no pasa porque nos lo cuentes –intentó Yuki-san.

–Además, puede ser importante para la misión –refutó Aira.

–Mira que lo dudo... –dijo Longinus.

–¡Nunca se sabe! –exclamó vehementemente Aira–. Quizá haya una pista sobre las reliquias...

Longinus lanzó un bufido que pilló de sorpresa a las impacientes shinigamis. Pilló tan de sorpresa a Aira, que ésta reculó del susto.

–¡Está bien! Si no os lo cuento no vais a parar¿verdad?

Yuki-san asintió con energía mientras Lerín-san corría a socorrer a Aira.

–A ver... ¿por dónde íbamos?

–¡El espejo te tragó! –exclamó Yuki-san agitando con energía los brazos.

–Vale. A ver... Todo se volvió negro... –comenzó Longinus a relatar.

Tres meses atrás

Todo se volvió negro. Antes de que la oscuridad se lo tragase pudo ver cómo sus valientes compañeras lanzaban su ataque. Suspiró y el hecho de pensar que ellas y su hermano estarían a salvo le consoló. Se había sacrificado por ellos y todo había salido bien. Longinus detuvo el curso de estos pensamientos en ese punto. Punto en el cual se dio cuenta de que aún estaba pensando. Si aquel agujero que le había tragado le había matado... ¿no debería estar volviendo al mundo de los humanos para volver a nacer?

Pero ese no era el caso. Estaba rodeado de oscuridad, y nada más. Parecía estar sobre tierra firme, pero no podía distinguir el suelo sobre el que pisaba. Avanzó un paso llamando a sus compañeras. Vaya, así que también podía hablar. Estaba claro que estaba de todo menos muerto. Intentó avanzar con los brazos extendidos para evitar obstáculos. Al cabo de muchos pasos le pareció un ejercicio estúpido ya que parecía no palpar nada. Debía encontrarse en una inmensa cámara. Aunque no percibía eco alguno. Aquello era muy raro y empezaba a ponerse nervioso.

–¡Por Dios¿Hay alguien aquí? –gritó cuando la desesperación empezó a apoderarse de él.

"¿En qué demonios estoy pensando?", se reprochó a sí mismo, "Si hay alguien aquí ¿de verdad quiero saberlo¡Vete tú a saber qué clase de criaturas viven aquí!". Entonces un escalofrío le recorrió la columna. "No puede ser", se dijo, "No puedo estar en Hueco Mundo". Entonces reparó en que en el lugar donde los Hollows moraban deberían tener al menos algún tipo de luz. No, aquello era extraño. La atmósfera no era opresiva como debería ser en Hueco Mundo. Aquello era algo... distinto.

Continuó avanzando a oscuras, sin ningún rumbo. Hacía rato que su vista tenía que haberse acostumbrado a la oscuridad, pero era como si una especie de neblina lo cubriera todo. De repente escuchó un crujido.

–¿Hay alguien ahí? –gritó mientras se giraba hacia donde lo había oído.

No recibió respuesta alguna. Sólo silencio. Trató de avanzar en aquella dirección, pero al rato se dio por vencido. No sabía qué dirección había tomado. En ese momento escuchó un nuevo crujido, esta vez a su espalda. Rápidamente se giró y... cayó al suelo de inmediato. El susto que le había dado encontrarse con un par de luces rojas con forma de ojos justo delante suyo le hizo perder completamente el equilibrio. Gritó una maldición y trató de alejarse a rastras de aquella aparición, mientras aquellas luces comenzaron a moverse erráticamente en su dirección. Finalmente, Longinus dio un salto y se apartó de las extrañas luminiscencias, y consiguió salir corriendo en... alguna dirección. Instantes después notó que algo no marchaba como era debido. Si bien el hecho de que la supuesta línea del horizonte empezó a desaparecer de su campo visual era una buena pista; el dolor en su frente, y posteriormente en su nuca, le avisaron que acababa de colisionar con algo duro y que se había precipitado al suelo al momento del impacto. Y en contra de todo pronóstico, la oscuridad se hizo, si cabe, un poco más oscura.

Un dolor incesante en la parte posterior de su cabeza le recordó lo duro que puede llegar a estar un suelo. Se dijo a sí mismo que nunca más huiría a ciegas de cualquier cosa que le persiguiese. Maldita sea, si ni siquiera sabía de qué había huido. Es más... ahora que volvía a ordenar sus pensamientos¿no se había quedo inconsciente al golpearse con aquella pared?

Rápidamente se incorporó... para volver a caer sobre el lecho al recibir el impacto de algo duro. Cabría explicar que más bien fue un pequeño techo de madera lo que recibió el impacto de la cabeza de Longinus, pero aún así el techo recibió después una serie de patadas como reprimenda por haber estado ahí en el momento de su despertar. Y es que nunca se sabe cuándo es buen momento para dejar de ser un techo de madera.

Tras aquel cómico despertar, aunque a Longinus se le antojaba menos divertido, el joven consiguió levantarse del lecho donde había estado descansando. Miró a su alrededor y pudo distinguir en la oscuridad que se encontraba en una pequeña habitación rectangular.

–Espero que hayas podido descansar bien –dijo una voz áspera desde un punto que Longinus identificó como la entrada de la habitación.

–Sí, muy bien –afirmó el joven–. Una suite de lujo, vaya. Si no fuera por el pequeño inconveniente de tener una cama con techo bajo le pondría cinco estrellas al alojamiento.

–¿Cinco estrellas? –replicó la voz– ¿Qué significa eso?

Longinus se quedó callado intentando vislumbrar la figura de su interlocutor.

–Ya sabes. Un hotel bueno de verdad siempre se lleva cinco estrellas...

–¿Un hotel?

Longinus empezaba a desesperarse. ¿Pero qué clase de idiota haría semejantes preguntas?

–Tendrás que disculparme, muchacho –se disculpó la voz–. Llevo demasiado tiempo aquí como para entender de lo que estás hablando.

–Joder, pues como no lleves siglos no sé cómo no sabes lo que es un hotel...

–Siglos¿eh? Puede que sí –aquella áspera voz parecía adquirir un tono melancólico–. Ya no recuerdo cuándo perdí la noción del tiempo en esta dimensión...

–¿Dimensión? –le interrumpió Longinus–. ¿Qué dimensión¿De qué me estás hablando?

–Ya sabes, esta especie de purgatorio que hay al otro lado del espejo.

–No entiendo¿quieres decir que esto no es Hueco Mundo?

–Claro que no, muchacho. Esto es el otro lado. Es el reflejo de la realidad. Aquí la vida es muerte, y la luz es oscuridad.

–Para el carro –dijo aturdido el joven shinigami–. ¿Quieres decir que he atravesado ese espejo y que ahora estoy al otro lado?

–Efectivamente. Aunque no es un espejo –rectificó la voz–, sino más bien una bandeja.

–¿Una bandeja¡Me estás liando! –exclamó Longinus llevándose las manos a la cabeza. Necesitaba concentrarse–. ¿Hay alguna manera de salir de aquí?

–Si la hubiera ya habría salido.

Longinus se desesperó. Estaba encerrado en aquella dimensión oscura con un lunático que no sabía ni lo que era un hotel. ¿Podían ir peor las cosas?

–Aunque...

–¿Aunque? –repitió Longinus dando un paso al frente.

–No, es imposible. Olvídalo.

–¡Por favor, di lo que sea! En este momento me agarraría a un clavo ardiendo.

El interlocutor pareció dudar unos instantes.

–Existe la posibilidad de que usando una inmensa cantidad de energía espiritual se pueda abrir una brecha entre ambas dimensiones y poder atravesarla al otro lado.

–¡Claro¡Hay que rasgar el velo entre dimensiones! –Longinus sabía que había leído en algún sitio aquella disparatada afirmación, pero no se paró a pensar lo que decía–. ¿Cómo lo hacemos?

–Bueno, supongo que si focalizamos nuestro poder en una dirección concreta, si es realmente una fuerza lo suficientemente grande, podríamos abrir un agujero...

–Genial¿y cómo lo hacemos? –dijo entusiasmado Longinus.

–¿Has alcanzado el bankai? –interrogó la voz.

Longinus no respondió. En aquel momento se le antojó extraña la pregunta. ¿Qué estaba haciendo¿Debía revelar esa información a un perfecto desconocido del que ni siquiera había visto su cara? Como si aquel ser hubiera escuchado sus pensamientos dijo:

–Perdona, soy un maleducado. Tanto tiempo sin tener contacto humano no ha acabado sólo con mi voz, sino también con mis modales.

De repente un destello cegó a Longinus. Al momento de abrir los ojos de nuevo, percibió que la estancia estaba tenuemente iluminada. El dueño de la voz estaba en la entrada de la habitación y en una de sus manos había aparecido una pequeña esfera luminosa. Llevaba unas ropas tan raídas que apenas se podía decir que fueran harapos, pero por un momento, habría jurado que un segundo antes portaba el atuendo de un capitán. El aspecto demacrado se extendía hasta su rostro, que estaba marcada de arrugas, coronado de un pelo cano y bastante corto. Un nuevo destello iluminó el cuerpo del hombre y sus ropas se convirtieron en un traje de ejecutivo de color azul.

–Pero¿qué demonios? –exclamó Longinus.

–Me puedes llamar el Maestro de Armas. Encantado de conocerte, Longinus.

Longinus permaneció mirándole impresionado.

–Có... ¿cómo sabes mi nombre?

–Lo he leído en tu mente. Al igual que he visto cómo vestían los hombres de mi edad en tus tiempos.

Longinus volvió a mirar el traje de ejecutivo.

–Ya, bueno... muy... elegante –alcanzó a decir el joven–. Así que...

–Así que leo la mente.

–Genial... pues ¿sales de mi mente ya o espero sentado?

El hombre le lanzó una afable sonrisa.

–Disculpa. Si te tranquiliza te puedo decir que los pensamientos no son fáciles de leer, pues no aparecen como imágenes o letras... así que es bastante complicado de interpretar lo que piensas. Sólo me hago una idea aproximada.

–Sí... me tranquiliza mucho –mintió el joven.

Miró a su alrededor. Aquello era una completa locura, estaba encerrado en una dimensión alejada de la mano de cualquier dios y con un tipo vestido como un gángster de película. Al menos esperaba que ella estuviera bien. Que se hubiera puesto a salvo...

–Bueno, mientras dejas de pensar en esa chica...

Longinus dio un respingo.

–Deberíamos comenzar por tu entrenamiento –continuó el anciano.

–¿Entrenamiento?

–Para que alcances el shikai (1).

–¿El shikai¿Cómo has supuesto que yo aún no he alcanzado el...?

Longinus se detuvo al ver al Maestro de Armas llevarse el dedo índice a la cabeza. Claro, el maldito leía la mente.

El tiempo pasaba lentamente. O quizá simplemente no pasaba.

El principal problema con el que se encontraba Longinus a la hora de usar su shikai no era la falta de comunicación con el espíritu de su zanpakutou; de hecho se llevaba muy bien con León de Fuego. El problema era el poder desmesurado que despertaba sólo con invocar el poder de su shikai. Las llamas eran tan poderosas que le era imposible dominarlas. Ya había recibido un entrenamiento especial antes de alcanzar el grado de shinigami, pero aquel poder oculto estaba a otro nivel.

Desde luego no llegaba a comprender de dónde provenía aquella fuerza. Hasta el momento le había bastado con usar su fuerte: la pelea cuerpo a cuerpo. Por eso había dejado de lado el dominio de aquella fuerza descomunal, de aquella afinidad con el elemento fuego.

Había estado bastante tiempo discutiendo con León de Fuego sobre aquello, pero el espíritu encarnado de su espada parecía también desconocer la fuente de ese poder. Simplemente, aquel espíritu con cuerpo humanoide y cabeza de león, se sentía a gusto conviviendo con aquella energía.

El Maestro de Armas era bastante exigente con el entrenamiento, así que apenas dejaba descansar a su nuevo pupilo. Con tanto entrenar, Longinus apenas había conseguido averiguar nada de él, tan sólo que le gustaba que le llamasen por aquel extraño seudónimo. Aún así, tras tanto tiempo teniéndole como único contacto humano en aquella dimensión, empezó a cogerle cariño.

Y así fue como, tras largas jornadas de intensas prácticas, Longinus consiguió sentir el poder. Primero empezó a sentir la fluidez del fuego, cómo se desplazaba de su interior al exterior; cómo recorría su espada lamiendo las hojas metálicas con su ardiente aliento. Y al final, siendo consciente de aquella fuente aparentemente ilimitada de poder, consiguió descubrir la manera de dominarla. El truco no era tratar de hacerse con el poder, sino fluir con él. Era tan básico que se sentía estúpido por no haberse dado cuenta antes.

–Estás preparado –dijo solemnemente el Maestro de Armas.

Ambos se prepararon. Estaban a punto de usar sus poderes combinados para poder escapar de aquella dimensión mazmorra que era el otro lado del espejo. A la orden del Maestro, Longinus empezó a invocar su shikai. Notó cómo el poder explotaba en su interior y comenzaba a salir de su cuerpo en forma de llamas. Las llamas se apoderaron de su zanpakutou y vio cómo ésta se alargaba hasta cobrar la forma de una lanza. El Maestro invocó su bankai y una extraña luz de color verdoso le envolvió. El Maestro volvió a gritar una orden y Longinus lanzó las llamas hacia delante. Al instante las llamas se unieron al torrente de luz verde y un gran destello les cegó momentáneamente. Longinus creyó que la luz la había provocado el choque de energías, pero al abrir los ojos comprendió de dónde procedía. Era la luz del día. En el punto donde ambas energías se habían unido, ahora había una abertura en medio de la oscuridad que daba a un prado.

–¡Vamos! –gritó Longinus.

El joven corrió sin pensárselo dos veces hacia la luz, pero al escuchar a su espalda un gruñido no pudo evitar girarse para ver qué pasaba. El Maestro de Armas estaba inmovilizado. Unos seres descarnados y de ojos rojos le habían cercado y aprovechando que el anciano había agotado sus fuerzas en aquel ataque.

–¡Maestro de Armas!

El Maestro alzó la vista y con una melancólica sonrisa le dijo a su pupilo:

–Lo siento, Longinus, he llegado al límite. Tienes que huir.

Longinus escuchaba incrédulo las palabras de su maestro.

–Pero ¿qué dices? –dijo avanzando a socorrer a su maestro.

–¡No¡retrocede! –le gritó– ¡Estaba reservando este ataque para poder huir¡No podría volver a usar tanta energía!

El Maestro hablaba con dificultad mientras lanzaba ataques a las decenas de seres que se le iban acercando. Aquel enjambre de seres parecía aumentar por momentos.

–La puerta se está cerrando¡Vete! –gritó el Maestro.

Longinus se giró para mirar la abertura. Efectivamente, se estaba haciendo cada vez más pequeña. Volvió a mirar a su Maestro. Pero él ya no estaba. En el lugar que había ocupado ahora se alzaba una pequeña montaña hecha de aquellos cuerpos amorfos y oscuros.

–¡Maestro!

Entre lágrimas Longinus dio un paso atrás, en dirección a la salida. No quedaba más alternativa, si no huía por aquella brecha entre dimensiones, posiblemente se quedaría encerrado allí para siempre y no volvería a ver nunca jamás a su adorada Lerín-san. Aún así, su último acto antes de abandonar aquel siniestro lugar fue lanzar una ráfaga de fuego sobre aquellas abominaciones. Luego dio un saltó y atravesó el umbral dimensional.

Cuando cayó al otro lado, sobre la hierba, la intensa luz le cegó. Se restregó los ojos mientras se incorporaba y consiguió ver cómo la abertura se cerraba. Después de esto permaneció largo tiempo mirando allí donde la brecha se había sellado, dejando manar lágrimas desconsoladas por el que había sido brevemente su mentor.

Momento actual

–Y allí me encontraron los de Operaciones Especiales –concluyó Longinus.

–Parece ser que la brecha dimensional provocó algunas fluctuaciones sospechosas de espiritiones, y por eso fueron a investigar los de la doce, que fueron los que le encontraron –le apoyó Lerín-san.

–Vaya historia... –dijo Yuki-san, que no sabía qué decir–. Yo... lo siento por lo de tu maestro.

–Bueno... así es la vida¿no? –dijo el shinigami impidiendo que las lágrimas volvieran a aflorar en sus ojos.

–¿Y después de eso? –preguntó Aira– ¿Volviste sin más?

–Ah, esa parte –sonrió Longinus–. En realidad tuve que pasar una semana de interrogatorios. No os imagináis lo pesados que pueden ser los de la segunda división. En serio, no entiendo como mi colega Azatodeth a acabado ahí.

–Ya sabes lo mucho que le gusta eso de ser ninja –bromeó Lerín-san.

–Será eso... El caso es que cuando el Consejo determinó que mi historia podía ser cierta...

–¿Ser cierta¿Y cómo iban a saber si les mentías o no? –se extrañó Aira.

–Pues resulta que mi mentor no era un cualquiera.

–¿Qué dices¿El Maestro de Armas era de la Sociedad de Almas?

–Ya te digo –afirmó Longinus enorgulleciéndose–. Ni más ni menos que uno de los Primeros.

Las shinigamis se le quedaron mirando.

–¿De los primeros qué? –preguntó Patri.

–Venga ya, Longi, eso no hay quién se lo trague –se quejó Aira–. ¿Uno de los Primeros¡Eso es imposible!

–Pero... ¿quiénes son esos Primeros? –insistió Patri.

–Te lo digo en serio –dijo Longinus–. Yo estaba flipando cuando me lo dijeron. ¡Pero si hasta vi un cuadro en el que salía él!

–Esto... ¿me estáis ignorando? –empezó a enfadarse Patri.

–Tranquila, Patri –dijo Aira–. Con el término de los Primeros nos referimos a los primeros capitanes que gobernaron en la Sociedad de Almas, hace ya ni se sabe cuántos miles de años. Por eso digo que es imposible, para que eso ocurriera ¡ese hombre tendría que haber estado ahí encerrado siglos!

–Ya te dije que cuando le conocí casi no entendía las cosas de las que le hablaba –se defendió Longinus–. Y sobre lo del tiempo... cuando salí estaba convencido de que había pasado casi un año encerrado en aquella dimensión, pero en realidad apenas estuve siquiera un mes. En ese sitio parecía no pasar el tiempo.

Aira lanzó un bufido.

–No me convence eso –dijo airada–. Pero, bueno, si tú lo dices...

–En serio, es tal y como os cuento.

–¿Y cómo supieron que era uno de esos Primeros? –preguntó Patri.

–Durante los interrogatorios me pidieron hacer un retrato de mi maestro. Entonces, alguien se dio cuenta del parecido con uno de las pinturas en las que se representaban a los Primeros. ¡Y ahí estaba! Y unido al hecho de que leía la mente, fueron sumar dos y dos.

–Guau¡vaya historia, Longi! –volvió a exclamar Yuki-san.

–Luego de eso estuve otra semana que prefiero borrar de mi memoria –dijo Longinus con aprehensión.

–¿Por? –se interesó Aira.

–Le estuvieron examinando en la duodécima división.

Todos sintieron un escalofrío. Ser examinado por la división doce no es que fuera una experiencia que nadie quisiera pasar.

–Cuando terminaron conmigo me trasladaron a la cuarta para sanarme...

–Y allí es donde le volví a ver y me lo contó todo.

La mente de Longinus viajó a aquel momento en el que Lerín-san, olvidándose de todo su puritano pudor, había lanzado un grito y se había abalanzado sobre él para darle un fuerte abrazo. Aunque aún estaba dolorido por los exámenes a los que había sido sometido, prefirió no quejarse; aquello era el paraíso.

Lerín-san miró a Longinus, y como leyendo sus pensamientos, sus mejillas se sonrosaron.

Patri se plantó delante de Longinus y mirando hacia otro lado dijo:

–Yo... siento haberte gritado antes –mientras decía esto notó cómo sus propias mejillas empezaban a calentarse–. No sabía todo eso...

–No pasa nada –le sonrió Longinus.

–Bueno, chicos, siento cortar el rollo pero... ¿No deberíamos irnos a dormir ya? –dijo Aira.

–¡Ahivá, mira qué hora es! –exclamó Patri mirando un reloj.

–Creo que mi habitación es un poco pequeña para dormir todos –apuntó Longinus.

–¡No te preocupes por eso, Longi-kun! –exclamó Yuki-san desde el umbral de la puerta– ¡He traído los futones!

–Vaya¿cuándo te es escabullido, Yuki? –preguntó Aira.

–Cuando terminabais de discutir sobre... –Yuki-san reflexionó– ¡Oye, que yo no me he escabullido!

Yuki-san le lanzó una almohada a Aira, que le impactó en plena cara. Así comenzó una pequeña pelea de almohadas de la que Longinus salió vencedor gracias al abuso de su fuerza física. Tras esto, ya agotados, decidieron echarse a dormir.

–Acostaros, yo haré guardia –dijo Longinus solemne.

–¿Eh, guardia? –se extrañó Patri.

–Después de lo de anoche no podemos bajar la guardia. Puede que vuelvan a intentar robar.

–Está bien –accedió Aira–. Pero no puedes estar toda la noche. Nos iremos turnando.

–Me parece bien –dijo alegremente Longinus–. Por eso me pido la primera guardia.


(1) Liberación inicial. Primer nivel de liberación del poder de la zanpakutou en el que se muestra la verdadera apariciencia de la misma.