Porque me gustas
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Tomando las palabras de Rubí como una ley absoluta, Amatista se alejó de Perla tanto como podía. La esquivaba cada vez que la veía cerca, incluso cuando no había forma en que hablaran de cosas personales; era la menos participativa de la clase, además de la primera en entrar y salir del aula, sin mencionar que obligó a Rubí a esperarle afuera cuando tenía tiempo libre para que Perla no tuviese siquiera la oportunidad de pedirle quedarse, ¿Cabe decir que bloqueó su número telefónico?
Así fue como pasaron dos largas y estresantes semanas. Y, apenas para entonces, Amatista dejó de enojarse cada vez que veía a la pelirroja. Finalmente, Perla pareció desistir de hablar con ella por el momento; quizá esperaría a que fuese Amatista quien hiciera el primer movimiento. Eso era lo más sabio pues, cuando algo se le metía en la cabeza a Amatista, era muy difícil hacerla cambiar de parecer.
Y como si su situación con Perla no fuese suficiente, al final del jueves, Peridot se presentó frente a ella en su hora de salida. Le dio un tedioso discurso con unas enormes y largas disculpas incluidas que Amatista terminó aceptando para que la dejara ir, dando su palabra de pensar en si volver a tomar la amistad que habían perdido. Rubí la golpeó por mentir.
Para la tarde del viernes, y con los parciales a la vuelta de la esquina, Rubí decidió desestresarse de su trabajo como guardaespaldas de su mejor amiga saliendo con sus compañeros de clase, según ella irían a estudiar en grupo y luego por unos tragos pero Amatista era una veterana en el tema y sabía que, si es que Rubí volvía esa noche, no lo haría por su propio pie, ni consciente. Ella, por otro lado, no tenía ganas de salir a ningún lado. Así que, mientras su amiga salía a beber hasta perder la noción de la existencia, se quedaría en casa, quizá viendo alguna serie hasta quedarse dormida abrazando el bol de palomitas y así evitar estudiar por lo que restaba del día; el verdadero estudio empezaría el día siguiente. O eso se decía para autoconvencerse que no lo dejaría para última hora como cada temporada de exámenes.
Rubí se despidió a las cinco treinta de la tarde y, unos minutos después de irse, la puerta fue azotada por estridentes golpes. Amatista se acercó, queriendo saber qué clase de bestia se azotaba contra su pobre puerta sin consideración alguna; apenas abrió, el cañón de una escopeta le apuntó al rostro y, de no ser porque lo reconoció, se habría orinado en los pantaloncillos.
—¿Vidalia?— Amatista desvió la mirada del arma para ver a su amiga, a quien apenas y reconoció; sin tanto maquillaje no lucía igual.
—¡Tú, pequeño insecto!— se escuchaba molesta —Te mandé a disculparte hace más de cinco meses y no te has vuelto a aparecer en mi casa, ni llamado o dado cualquier otra señal de vida, sucio animal rastrero. ¿Qué has estado esperando? ¡Me has tenido preocupada!— la escuchó cargar sin despegar la mira de ella y, por primera vez desde que Vidalia hacía eso al enojarse, temió que estuviera realmente cargada y a punto de dispararle.
—Vid, lo lamento...—
—¿Lamentarlo? No, no, no. Lamentarlo habría sido recordar que seguía esperando saber de ti, pero estoy segura que ni siquiera cruzó por tu pequeño cerebro. Así que no, no lo lamentas. No todavía—. Súbitamente apretó el gatillo cuando desvió la mira al techo de la peliblanca. Palidecieron por igual al darse cuenta que el arma no hizo aquel típico sonido hueco al no tener qué disparar, al que estaban tan acostumbradas cuando la amenaza terminaba; en su lugar, el techo de Amatista obtuvo un enorme agujero.
—¡¿Qu-Qué demonios estás pensando trayendo a Betsy cargada aquí?!—
—¡¿Y cómo demonios iba a saber que está cargada?!—
—¡Porque es tu puta escopeta!— Vidalia entreabrió los labios, dispuesta a replicar, pero se quedó sin ningún argumento valido. —¡Joder! Si hubieses apuntado mal, Sour Cream se quedaría con el inútil de su padre— la rubia asintió, bajando el cañón donde no pudiese dañar a nadie.
Amatista se hizo a un lado para darle paso a Vidalia, como si nada realmente grave hubiese pasado; la rubia dejó la escopeta recargada contra la pared luego de sacarle las municiones restantes. Ambas fueron a la cocina, donde prepararon café y la mayor sacó de su bolsa un bote lleno de galletas de mantequilla recién horneadas.
—En serio lamento no haber ido antes, han pasado demasiadas cosas. Olvidé que no te había dicho cómo terminó todo— Amatista inició la sana conversación, con la boca llena de galleta y escupiendo pequeñas migajas a la mesa.
Sin necesidad de pedirlo, Amatista comenzó a relatar los acontecimientos de los últimos meses; desde la partida de Perla hasta su actual puesto como maestra. Le contó sobre Rubí y su novia Zafiro, y todo lo que sabía de ellas, fuera mucho o poco; habló sobre Rose, Greg y Steven; habló sobre su terrible reencuentro familiar; habló sobre sus recientes conversaciones con Peridot y, al final, su actual actitud con Perla. Para cuando pasaron las tres horas que duró el relato, Vidalia parecía incapaz de cambiar su expresión de sorpresa.
—¡Wow!— Fue lo primero que logró articular luego de un minuto de silencio —Casi me haces sentir culpable de dispararte— Bebió el último y frío trago de café para luego lanzarse a estrujar a Amatista en un fuerte y no solicitado abrazo. La menor no lo rechazó, por el contrario, pudo sentir un par de lágrimas resbalar por sus mejillas debido al calor dado por su mejor amiga luego de tanto tiempo necesitandolo.
Al final Vidalia rompió la tensión que se estaba creando con un mal chiste al cual Amatista respondió con otro peor. Ambas comenzaron a decir terribles chistes por igual y, cuando se quedaron sin material, decidieron hacer un maratón de películas de terror aprovechando que, el ahora prometido de Vidalia, cuidaría al pequeño Sour Cream el resto de la noche.
Mientras la rubia buscaba las películas en internet, Amatista se encargaba de hacer las palomitas.
—Amatista— Vidalia la llamó cuando terminó la última tanda de palomitas —Te llaman— la rubia le dio el celular que había dejado en la sala, con tres llamadas perdidas de un número desconocido. Cuando volvió a llamar contestó.
—¿Amatista?— era una voz desconocida.
—¿Sí?— respondió, dudosa.
—Tu amiga se desmayó en el bar, no deja de pedir una y otra vez que te llame para recogerla—
—¡Oh! Ok, iré por ella. ¿En dónde están?— la chica al otro lado de la linea le dio el nombre del bar que estaba a unas cuantas cuadras de distancia. —¿Podrías cuidarla un poco más? Llegaré en unos minutos— la chica hizo un sonido afirmativo y luego colgó. —Vid, lo lamento, tendremos que posponer nuestra noche— su amiga la miró fijamente, esperando que le dijese qué ocurría —Al parece Rubí se desmayó en un bar, debo traerla y darle la reprimenda de su vida— Vidalia suspiró y asintió, resignada.
Amatista corrió por un abrigo a su habitación mientras Vidalia recogía sus cosas y volvía a ocultar la escopeta donde la había llevado: un viejo estuche de guitarra. Ambas bajaron por el ascensor mientras programaban su "noche de chicas" para el siguiente fin de semana. En la salida se separaron, tomando caminos opuestos. Mientras cruzaba las calles, con el frío calándole el cuerpo, fue pesando cómo regañar a Rubí, dónde hacerlo y qué tan molesta parecer; quizá la sobornaría con decirle a Zafiro, aún no lo sabía.
Cuando entró al viejo bar que tenía más de medio año sin ir, el bullicio de adentro la tomó por sorpresa. Parecía estar más lleno de lo usual; por las aglomeraciones de personas frente a los televisores, suponía que había algún juego esa noche. Buscó a Rubí con la mirada por todo el bar, pero no lograba verla en ningún sitio. Se acercó a la barra para preguntar si no le habían visto, ¿Qué tan difícil sería reconocer a una chica desmayada con el cabello más tupido de la ciudad?
Se fue a la esquina menos engentada, al lado de una chica de extraño cabello rosado, quién al parecer también se había quedado dormida. Trató de llamar al cantinero, lista para pedir ayuda.
—¡Amy!— la extraña al lado suyo pareció reaccionar de pronto y se lanzó a abrazarla. —Me alegra que vinieras— Amatista se desconcertó al reconocer a la extraña como Perla. ¿Qué demonios hacía ahí?
—¿Eres Amatista?— reconoció la voz de la desconocida del teléfono y, cuando volteó a verla, se petrificó al ver a Rose frente a ella. Tardó varios segundos en asimilar que sólo se trataba de una chica demasiado parecida a su difunta prima. Al no poder responder con palabras, asintió. —Un gusto, supongo. Comenzó a llorar de la nada mientras pedía que te llamara una y otra vez— La chica le entregó un elegante bolso —No sé qué esté pasando, pero sea lo que sea, parece bastante arrepentida para mí— con esa frase se despidió de ella y desapareció entre la gente.
Cuando Amatista finalmente entendió que por quién había ido era Perla, se cuestionó varias veces si irse de ahí o ayudarla a llegar a casa. Pensó seriamente en abandonarla pero, cuando la vio en aquel deplorable estado todo sentimiento de enojo o molestia, desapareció de su mente. Sacudió su cabeza, esperando en vano recuperar esas emociones; por eso no quería acercarse a la pelirroja, sabía que su defensa caería tanto que sería prácticamente imposible recuperarla. Después de todo, no se puede permanecer molesto con alguien que quieres durante mucho tiempo. Suspiró, resignada a cuidar de Perla hasta que estuviera sana y salva; y eso sólo sería cuando estuviera siquiera medianamente sobria.
Cruzó el bolso por su pecho y se quitó el abrigo para ponérselo a la ahora pelirosa, no quería que se resfriara. La hizo rodearle el cuello con el brazo y salieron del bar; el frío le caló intensamente esta vez. Le preguntó por su departamento sabiendo que era imposible que siguiera viviendo con Peridot luego de aquella discusión que escuchó sin querer, pero la pelirosa sólo podía musitar balbuceos; irían al propio entonces. Avanzaron dos cuadras entre tropezones hasta que, de la nada, Perla se desmayó, Amatista decidió de cargarla. Por suerte no era tan pesada.
—Me siento mareada— un par de minutos más tarde pareció recuperar el conocimiento.
—No vomites sobre mí— Perla enterró el rostro en la parte trasera de su hombro, asintiendo levemente con la cabeza —¿Por qué bebiste tanto?— le preguntó sin pensar, pues no sabía en qué punto de su distanciamiento le había perdido el asco al alcohol.
—Porque estoy molesta—por el rabillo del ojo la vio hacer un puchero —Estoy molesta conmigo, hice enojar a mi chica— arrastró la lengua en casi toda la oración pero, aún así, la menor le entendió perfectamente. Su corazón se partió un poco más, de ser posible.
—¿Tú chica?— preguntó sin pensarlo demasiado, se sintió una masoquista al querer saber más.
—sí... se enojó de la nada y... y no me ha dirigido la palabra en días— habló entre pausas cuando su lengua se trababa demasiado, Amatista suspiró cuando al fin llegaron frente al edificio. Cuando entraron al elevador finalmente pudo ponerla un momento en el suelo y el silencio fue roto de nuevo—Bueno, no de la nada, fue mi culpa... Fui una idiota. No supe hacer las cosas bien... y todo salió mal por pedir ayuda a la persona incorrecta— Amatista apenas y entendió toda la oración, Perla calló de nuevo. Llegaron a su piso y, con maniobras aprendidas en borracheras propias, logró abrir la puerta de entrada sin dejar caer a la ebria en su espalda.
Dio unos pasos hasta el sofá y lanzó a Perla sobre éste, cual costal de papas. Volvió en sus pasos para cerrar la puerta de entrada y, cuando volvió a ver a la mayor, ésta ya se había acomodado en una posición que la siempre perfecta y recatada Perla sobria habría reprochado. Amatista se rió quedamente por un momento, luego su semblante triste volvió; no sabía si Perla ya había superado lo ocurrido con Peridot o si estaba hablando de la rubia, fuese cual fuese el caso, eso no cambiaba el hecho de que le dolía. Le dolía ver a su querida Perla en ese estado por culpa de alguien que, por lo que había entendido, no la valoraba lo suficiente. Odiaba a aquella chica sin necesidad de conocerla, incluso se atrevía a apostar que era la desconocida parecida a su prima; parecía su tipo. Fuera quien fuera, era una estúpida y suertuda que seguramente se había enojado por alguna tontería.
—¿Por qué lloras?— Perla volvió a despertar de la nada, viéndola en uno de sus peores momentos del mes.
—N-No estoy llorando— se secó rápidamente todo rastro de llanto antes de que ocurriera, cuando aún tenía las lágrimas en los ojos.
—No lo hagas, estoy segura que te ves linda con una sonrisa— arrastraba la lengua aún y, por la sonrisa que le dedicaba, Amatista supo que ni siquiera era consciente de con quién hablaba en realidad. Tal vez por eso no le tomaba importancia al cómo le estaba destrozando el corazón.
Cuando la vio volver a acomodarse en el sofá y hacerse un ovillo temblante, supo que tenía frío y fue a su habitación por una manta. Tomó la más limpia que encontró y volvió al sillón dónde dejó a la pelirosa pero, cuando la buscó con la mirada, ya no la encontró ahí. Volteó en todas direcciones, pues aún lucía demasiado ebria como para hacer cualquier movimiento coherente. Cientos de preocupantes escenarios aparecieron en su mente en sólo un par de segundos, pero se esfumaron cuando escuchó el agua de su regadera. Corrió a su bañó y ahí la encontró sentada bajo el agua, empapada.
—Soy la peor— dijo de la nada —Nunca he podido demostrarle todo lo que siento apropiadamente y la dejé cuando más me necesitaba... Debe estar pasándola realmente mal y no puedo hacer nada para apoyarla, no me deja acercarme... ignora todo rastro de mi existencia y no parece querer dejarme volver a ella— se escuchaba un poco mejor. —¿Acaso está lloviendo?— O quizá no tanto. Levantó la mirada, parpadeando rápidamente cuando las gotas le caían en el rostro, luego centró su mirada en los bordes de su camisa y comenzó a exprimirla sin éxito alguno.
—No creo que eso vaya a funcionar—.
—Lo sé, es imposible con esta ¡Estúpida lluvia!— le gritó a la regadera a la par que otras tantas maldiciones. Volvió a guardar silencio un momento, al parecer centró su atención en otros pensamientos, y luego volvió a hablar más tranquila —¿Cómo puedo recuperarla?— volteó a ver a la peliblanca, con un brillo en sus azulados ojos, como esperando que tuviera la respuesta a su situación, pero luego de unos segundos en los que Amatista no le respondió, desvió la mirada al suelo.
Harta de verla en tan deplorable estado, Amatista tomó la toalla colgante en el perchero del baño y cerró la llave de paso. Se agachó para rodearla con la toalla y ayudarla a ponerse de pie. La hizo quitarse los arruinados zapatos antes de salir del baño y la guió a su habitación, la dejó sentada en la orilla de la cama mientras buscaba ropa para cambiarle la mojada.
—No hay cómo, ¿Verdad?. Ella es... La persona más increíble que conozco, ella puede vivir perfectamente bien sin mí, no me necesita en su vida. No como yo la necesito en la mía— suspiró desanimada.
—Vamos, no creo que sea la gran cosa— dijo sin pensar.
—¡Lo es! Ella es... ¡Wow! ¿Y yo? Sólo soy una aburrida ingeniera aero... ¡Aeroespiral!— exclamó —Joder, ella es demasiado—, Amatista no pudo evitar estrujar las prendas entre sus dedos al escucharla.
Cuando por fin volteó a verla, no pudo evitar olvidar un segundo la tristeza con lo graciosa que se veía intentando quitarse el pantalón tan torpemente. Dejó la ropa a su lado y le ayudó sin mucho esfuerzo, sólo lo jaló; luego, con un intenso sonrojo en las mejillas, le quitó la camisa, le quitó los tirantes del sostén antes de ponerle el camisón que había sacado para ella y, cuando se lo puso, terminó por desabrocharle el sostén. Perla gateó hasta la almohada y, con varias replicas se quitó la última prenda mojada que le quedaba encima. Luego se arropó y se quedó totalmente quieta, parecía al fin haber caído dormida.
Se acercó a ella para verificarlo, pero se encontró con sus adormilados ojos azules, parecían negarse a cerrarse.
—¿Puedo pedirte un extraño favor, extraña?— preguntó, Amatista dio un ruido en respuesta para que continuase —¿Puedes recostarte conmigo hasta que me duerma?— los parpados de la menor se abrieron a más no poder, pero aún así asintió.
Se acurrucó a un lado suyo y la vio cerrar los ojos una vez más. Pasó un minuto hasta que pensó que por fin se había dormido, viéndola fijamente, se veía demasiado pacifica. Miró su cabello una vez más, pensando que, si lo había pintado ebria, se llevaría una gran sorpresa al día siguiente. Incapaz de controlarse del todo, comenzó a acariciarlo, era tan sedoso como siempre lo imaginó; descendió sus dedos hasta su mejilla, aún estaba sonrojada, aunque ya no tanto comparadas a cuando llegó. Su pulgar fue a parar a sus labios, los acarició, pensando en que ya le pertenecían a alguien. Se sintió celosa.
Su mente divagó entre muchos pensamientos y recuerdos hasta que, con la almohada llena de lágrimas, cayó tan profundamente dormida como Perla.
Por si no ha quedado claro, Perla es ingeniera aeroespacial, pero no pudo pronunciarlo xD Pobrecita :B
En fin, me ha tomado tiempo debido a cuestiones familiares imprevistas que me arrebataron la inspiración entre muchas otras cosas. Espero que disfruten el capitulo tanto como yo, realmente me ha ayudado escribirlo.
Disclaimer: Los personajes de Steven Universe no me pertenecen, son de Rebecca Sugar. Yo sólo me dedico a amarlos y explotarlos en fanfics.
Hasta pronto.
