11. Dudas.
Bella se tumbó en la cama, suspiró lastimosa y antes de apagar la lamparilla de noche, miró el portarretratos que había debajo que no dejaba ver la foto por el reflejo de la luz.
Al tomarla sí que suspiró e incluso acarició el cristal. Se sentía tan mal y tan desesperanzada desde que se había despedido de Edward y su frialdad, que casi no pudo disimular al entrar en casa, sola, ante las preguntas insistentes de Charlie Swan:
-¿Y Edward?- preguntó aún aplastado en el sofá cuando Bella se asomó al salón para saludarle- ¿No viene contigo?
-No- farfulló- Me ha traído y se ha ido a casa.
Bajó el volumen de la televisión y se incorporó para mirarla por encima del respaldo. Bella dio un pasito hacia atrás y se cogió al colgante de corazón como si de un amuleto se tratara.
-¿Por qué? ¿Habéis discutido?
¿Por dónde empezar? ¿Por la parte de que la educación de Edward del siglo pasado le impedía discutir con ella y solamente mostrarse dolido y decepcionado? Porque eso era lo que había bajo su máscara de frialdad: dolor y decepción. ¡Pero él no lo entendía! Los Cullen chisporroteaban de felicidad porque el compromiso fuera oficial, probablemente porque ellos eran a pruebas de balas y no se inmutarían de la furia de Charlie Swan cuando le dijera lo del anillo de diamantes, las propiedades y el misterioso fideicomiso de los difuntos padres biológicos de Edward que siempre había asegurado no conocer al haberse quedado huérfano muy pequeño.
-No- volvió a farfullar mientras maquinaba pronto una mentira- Alice… no se encontraba muy bien y no quería molestar en la Mansión.
Charlie Swan se incorporó del todo, incluso apoyándose en el respaldo del sofá para mirar a su hija. La observó unos segundos, como si quisiera descubrir si mentía o no con su olfato policial, pero después decidió que la televisión se merecía su mayor atención, así que se volvió a sentar.
-Tu madre ha llamado…- añadió, ya de espaldas- medio centenar de veces. Está como loca con el viaje a Florida. ¿Estás segura de que quieres ir?- se volvió de nuevo, pero para mirarla de medio lado- En las noticias sólo hablan de asesinatos y desapariciones. Jacksonville debe ser el sitio más peligroso del planeta.
Ahogando una risita nerviosa - como si Forks realmente no fuera ese sitio peligroso con sus monstruos de la noche, vampiros, hombres lobos, neófitos y demás - se despidió diciendo que llamaría a su madre enseguida y así se encerró en su habitación. Una vez tras la puerta con la llave echada se dio cuenta de que no había cenado pero realmente tenía el estómago del revés, así que sólo tomó el teléfono para devolver la decena de llamadas perdidas que tenía de su madre cuando se dejaba el móvil en silencio dentro de la mochila y ella atacaba llamando a Charlie.
-Te va a encantar, Bella, cariño- repitió una y otra vez sin sentido tras las preguntas cordiales sobre el instituto, el tiempo o su alimentación - Llevo trabajando en tu cuarto toda la semana. Espero que te sientas cómoda. No vas a querer volver a la vieja habitación de casa de Charlie más- soltó una risita.
-No es necesario que te molestes, mamá- contestó Bella en un suspiro. Conocía tan bien a su madre que el "llevo trabajando toda la semana" significarían dos horas en las que no habría dejado de mirar el reloj, habría pintado la habitación de colores chillones que ella no escogería ni muerta, cuadros cantosos y estridentes o cojines para meditar que no usaría. Además, de ignorar el soborno que era comparar vivir con su padre- Sólo serán unos días, estaremos bien. Y vivir con papá no está tan mal. ¿Qué haría él sin mí? Dejarle solo seguro que es un delito: me denunciaría.
Estaremos. ¿Edward seguiría queriendo ir a Florida con ella? Sólo dijo que no iba a pisar el suelo de la casa, no dijo nada del aeropuerto o de la nueva casa de su madre…
Algo frío le atravesó de lado a lado pensando esa posibilidad.
Florida no existiría para ella si Edward no se subía en ese maldito avión.
Pero Renee no notó nada y siguió con su verborrea al otro lado del hilo telefónico:
-¿Qué tal van tus solicitudes para la Universidad? ¿Añadirías Florida, verdad?
-Aún no sé nada.
-¿Y Edward? ¿Ya le han aceptado en alguna?
-No, él tampoco.
-Oh, cariño, ¡estaríais tan bien aquí! Seguro que él no querrá estar tan lejos de su familia, ¡pero yo cuidaría de vosotros! Cuando venga seré tan buena anfitriona que estará encantado de asistir a la Universidad de Florida en vez de quedarse en el frío y húmedo estado de Washington.
No querrá estar tan lejos de su familia. No querrá estar tan lejos…
Comenzó a meterse en un bucle negativo en su habitación que daba vueltas y a punto estuvo de llorar. Carraspeó para mitigar el nudo de su garganta y rebatió para que dejase el tema:
-Mamá, Edward tiene sus planes.
-Que, según Charlie, incluyen la Universidad donde a ti te admitan, ¿no? ¿Y qué mejor que Florida?
Maldiciendo a su padre en silencio y mordiéndose la lengua para no soltar de golpe los puntos antes vampiro y ahora humano, el trato de asistir a Dartmouth si se casaba con él, anillo de 1900 y mudanza a Nueva Inglaterra, Bella suspiró para continuar:
-No lo sé, mamá. Y realmente hay tiempo para discutir eso. Las vacaciones son para disfrutarlas, siempre dices eso, ¿verdad? Así que en el tiempo que estemos ahí no quiero que molestes a Edward con que Florida es la mejor opción.
-Te prometo intentarlo al menos. ¿Ya te has comprado un bikini bonito?
Y prosiguiendo con los planes que estaba haciendo que se reducían a excursiones a diversas playas – que ella no pensaba pisar a menos que Edward y sus cicatrices estuvieran al lado -, terrazas en las que tomar el sol o tiendas que visitar, Bella se despidió hasta el día siguiente para tumbarse en la cama y para tomar ese portarretratos con su foto.
Edward le sonreía sentando en el prado, rodeado de la espesa vegetación de los bosques de la Península de Olympic, una de las raras tardes soleadas en las que habían podido hacer una de sus excursiones tras la batalla con los neófitos, en cuanto se levantaron las nieves, ahora que el bosque no era tan peligroso. Acarició la sonrisa y pensó que tardaría mucho tiempo en volver a verla, que cuando le dijo que sí debió haberle mirado sin pestañear si era la última oportunidad que sus ojos verdes destellaban felicidad, y que si hubiera sabido que se iba a entristecer tanto al casi lanzarle el anillo que debía de estar en su dedo, jamás le había dejado ponérselo.
Llevar esa joya sólo significaba algo y para lo que no había marcha atrás: la partida tenía fecha, hora y lugar. Que quizás se irían de viaje de luna de miel y ya jamás les volverían a ver. ¿Y que iba a hacer Edward sin los Cullen? Sin Emmett que no parecía cansarse jamás de sus bromas y de que se sonrojaran, de Carlisle con sus sabias charlas, del amor de Esme, de incluso Rosalie y Jasper que jamás les tocaban o… de Alice.
¿Qué iba a hacer ella sin Alice?
Si la hubiera convertido, si ella fuera ya vampiro… Edward no tendría que haber perdido nada.
¡Nada!
Una lágrima cayó a plomo sobre el cristal, sobre la sonrisa de Edward, así que la limpió con la manga de su jersey y se levantó a por su álbum de fotos, regalo de su madre en su último cumpleaños. Pasó varias hojas por alto y rescató de entre las más modernas, de las que sabía que él quería que exhibiera allí, las del Edward de antes, tapadas a cualquiera que pudiera ver sus retratos para que no se notara la notable diferencia, rebuscó la que quería y la sacó de su hueco. Así desmontó el portarretratos y la colocó delante de la que se lucía.
La foto del Baile de Graduación del año anterior.
Y así, abrazada al portarretratos y con el álbum a sus pies, se quedó dormida.
-¿Edward? ¿Puedo pasar?
Echándose hacia atrás en la cómoda silla de su escritorio, solamente soltó el lápiz sobre el libro que estudiaba como respuesta a Esme. Esa era la suerte de tener una madre con superpoderes vampíricos: le olía desde el otro lado de la puerta y con un pequeño movimiento no tenía ni que contestar.
Esme apareció en un abrir y cerrar de ojos en el centro de la habitación con una humeante taza en la mano.
-Es tarde. Deberías acostarte o te dormirás en clase, hijo.
-Aún me faltan algunas tareas.
-Seguro que pueden esperar a mañana. Con la mente despejada, estudiarás mucho mejor. - se volatilizó entonces delante de la cama para mullir las almohadas - Te he traído un chocolate: tómatelo antes de que se enfríe.
Obedeciendo, cerró el libro, lo colocó ordenadamente en la pila de los que tenía que guardar en su mochila al día siguiente y así apagó la lamparilla de escritorio para ir desperezándose hacia la cama, donde Esme esperaba sonriente como siempre. Le besó la frente, le acarició los cabellos, le tendió la taza, así se sentó a su lado y quiso sonreírle, pero ni siquiera le salió.
¿Para qué disimular? Había vuelto de casa de Bella lo suficientemente pronto para que todos adivinaran que el jefe Swan aún no sabía nada, y para colmo con el anillo en el bolsillo, que él sabía mejor que nadie que esencia desprendían el oro y los diamantes para el olfato vampírico. Alice preguntó qué había ido mal y por qué su visión había cambiado tan de pronto, pero estaba tan cansado, tan dolido y tan decepcionado, que sólo anunció con que se iría a estudiar después de cenar.
Dio un sorbo al chocolate y asintió con la cabeza como agradecimiento, a lo que Esme contestó acariciándole la espalda con su fría mano que traspasó la tela del pijama, para después besarle la frente y susurrar:
-Las veces que quieras, hijo- le besó de nuevo, incluso posando sus labios con su descarga eléctrica- Si quieres que hablemos de algo...
-No, ahora no tengo ganas de hablar.
-Como quieras- se levantó en un movimiento de vampiro, para aparecer en frente en un pestañeo- No te molestaré entonces. Que descanses.
Edward suspiró y miró con Esme caminaba casi deslizándose sobre su alfombra dorada y cuando estuvo a punto de llegar a la puerta con sus medidos movimientos humanos, tomó aire para detenerla. ¿Cuánto tiempo le quedaba de poder hablar con ella, o con alguien de su familia? No era momento para cerrarse en banda.
-Bella tiene dudas.
Esme me volatilizó a su lado, tocándole la espalda de nuevo.
-¿Sobre… la boda?
-No lo sé- suspiró, dejando la taza humeante sobre su mesilla- No se lo ha querido decir al jefe Swan. Tal vez piense que nos estemos precipitando. Siempre dice lo mismo: que somos muy jóvenes y…
-¿Se lo has preguntado?- le interrumpió. Edward respondió negando con la cabeza- Quizás deberíais hablarlo: es un paso muy importante para tomárselo a la ligera.
-Se debe de sentir presionada- añadió- La he presionado demasiado- se corrigió- Sabe que no voy a vivir con ella a menos que lo hagamos como se debe hacer, que ya he accedido a lo de…- carraspeó- no esperar al matrimonio, pero con esto…
-Sólo necesita tiempo, estoy segura- le sonrió tiempo- Tú lo tienes muy claro, la llevas esperando 90 años, nos has visto a Carlisle y a mí, a Emmett y a Rosalie o a Alice y a Jasper y sabes qué es lo que quieras, pero quizás deberías de ser un poco más comprensivo con Bella: sólo es una chica de 18 años.
Edward asintió ahora con la cabeza, volvió a tomar la taza y así dio un sorbo. Cerró los ojos mientras se impregnaba del dulce aroma del chocolate y así, en la oscuridad que le daban sus párpados revivió la escena del coche, cómo Bella parecía agónica y la velocidad a la que le lanzó el anillo a su mano, así que se batió para expulsar esas imágenes de su mente. Sabía que Bella no haría nada que dañara a Charlie, que le decepcionara como podía ser una boda, lo mismo que a Renee, así que se vio atrapado en sus gestos donde el dolido sólo era él, una y otra vez.
Si pudiera leerle la mente ahora como por la tarde…
Esme le volvió a acariciar la espalda sonriendo, aunque él estuviera absorto en sus propios pensamientos, le besó de nuevo la mejilla y así, en un movimiento grácil de vampiro sacó un saquito de terciopelo del bolsillo de su vestido para ponérselo delante. Cuando Edward abrió los ojos después de unos segundos, dio un saltito sorprendido para mirarla de hito en hito.
-Bella llevaba puesto el diamante en forma de corazón de tu madre y tarde o temprano se pondrá el anillo de compromiso, así que me gustaría que Bella tuviera algo mío- dijo, dulce.
Edward volvió a mirar el saquito sin pestañear, y la mano que la sujetaba como a Esme.
-Bella te adora, no tienes que darle nada material- rebatió- Además, es bastante difícil que Bella acepte cualquier tipo de obsequio.
-Quiero que se lo des tú- insistió moviendo el saquito- Y que tú lleves el otro.
La levantó para ponérsela a la altura de los ojos no quedándole más remedio a Edward que tomarlo y abrirlo. Aunque no le hacía falta. Sabía perfectamente qué contenía. Había sopesado durante bastante tiempo si darle el anillo de su madre biológica a Bella tuviera algún efecto negativo en Esme, ya que no quería dañar sus sentimientos, y ahí tenía la prueba. Sólo necesitó ejercer una mínima presión sobre el terciopelo para verter las dos alianzas doradas que contenía sobre la palma de su mano.
-Quiero que tú se lo pongas a Bella y Bella te lo ponga a ti y las llevéis siempre. Carlisle las mandó hacer cuando nos comprometimos por primera vez, ¿lo recuerdas? Y aunque nos hemos casado varias veces durante todo ese tiempo siempre las he guardando esperando que tú se las pudieras entregar a tu esposa, fuese cuando fuese. Me haría muy feliz y me sentiría aún más cerca de ti si me hicieras el favor de aceptarlas.
Edward acarició las alianzas con la yema de los dedos y casi se tele transportó cuando las vio por primera vez, allá por los años 20, eso no lo había perdido de su mente de vampiro. Carlisle se había enamorado de ella al instante y ese deseo fue correspondido cuando abrió los ojos al convertirse en vampiro, por lo que se casaron en cuanto pudo aprender a controlar su sed. Y aunque al principio Edward sintió celos de que Carlisle hubiera encontrado una pareja mientras él luchaba contra sus demonios internos, siempre había visto a Esme como su madre, y la había querido como tal.
-Os voy a echar tanto de menos, Esme- dijo sobrecogido- No puedo creer que esto- cerró el puño con las alianzas dentro- y las cuentas bancarias sean lo único que vaya a tener de vosotros.
-Oh, hijo- le abrazó maternal y amorosamente- Es no es así. Nosotros estaremos siempre contigo. Aquí- le tocó el pecho con su mano fría- en tu corazón que lata. Cada latido será por uno de nosotros, porque nosotros siempre pensaremos en ti. En ti y en Bella. Y cuidaremos de vosotros por muy lejos que estemos. Así que no quiero que te entristezcas, o me harás sentirme una madre horrible. Quiero que sonrías, que saques unas notas magníficas, que te acepten en Dartmouth, que seas muy feliz con Bella el día de tu boda y que tengas una vida dichosa. Porque sólo así seremos nosotros dichosos.
Edward se concentró controlando su respiración para poder mantener a raya el nudo de su garganta que subía por su barbilla directamente a los ojos. Debía comportarse como un hombre y los hombres no lloraban. No iba a ponerse a lloriquear como un bebé y acurrucarse en Esme para que le solucionara sus problemas por muy humano que fuese ahora porque él no era así. Así que obedeció, se recompuso como por la tarde cuando estuvo a punto de sucumbir a las lágrimas de nuevo, se sacudió y levantó la palma con las alianzas:
-Será un honor llevarlas.
Corría y corría por una calle empedrada mientras sentía que alguien la perseguía. Quería apretar más el paso, huir más aprisa, pero sólo notaba lo desbocado que iba su corazón o lo que le dolían las piernas del esfuerzo. Se detuvo apoyándose en uno de los muros que la flanqueaban y miró a un lado y al otro, pero excepto oscuridad no vio nada más.
-¿Bella?- preguntó una voz que retumbó contra las piedras.
No, una voz, no. La voz de Edward. Reconocería esa voz incluso bajo el agua o entre mil voces que gritaran desgarradas.
-¿Edward? ¿Dónde estás? No puedo verte.
Las piedras de los muros desaparecieron para convertirse en árboles plagados de musgo lo mismo que la calle bajo sus pies dejando paso a un suelo nevado. Sintió el mismo terror que tuvo la última vez que estuvo allí - en el bosque - sola cuando Victoria les perseguía y notó sus ojos carmesí mirándola entre la vegetación.
-Delante de ti, Bella.
Movió la cabeza de un lado al otro, notando cómo el frío le golpeaba contra la cara y sí, le vio. Encaramado en una de las ramas de los árboles, balanceándose como si nada. Cuando sus miradas coincidieron, le sonrió, se balanceó para dejarse descolgar y de un ágil salto, se plató a un par de pasos de ella.
Bella retrocedió, más asustada que nunca. No era ése el Edward que esperaba. Ni tenía los ojos verdes ni siquiera dorados, si no rojo sangre y no le sonría feliz. Tenía en su cara una extraña mueca que jamás le había visto y estiraba los brazos para tocarla de una manera que jamás había hecho antes: con los dedos flexionados como si fueran garras para aferrarla y no soltarla más. Además, simplemente iba con una camiseta de manga corta y unos pantalones vaqueros porque a él no le hacía falta protegerse de las inclemencias del tiempo.
-Estoy aquí, Bella.
Otra voz resonó en el bosque, que hizo que varios pájaros se asustaran de las copas de los árboles para que emprendieran un ruidoso vuelo, a su izquierda. Se volvió para mirar y ahora sí que vio a Edward, con sus ojos verdes, la punta de la nariz roja por el frío y con ropa de abrigo y guantes de cuero.
-¿Qué pasa? ¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué…- miró al de los ojos rojos para seguir hablando al de la ropa de abrigo- sois dos? ¿Dónde…- tragó saliva, horrorizada- estabas?
Pero el de los ojos verdes no habló y el otro se hizo portavoz de los dos:
-He ido a buscar algo que querías y por fin te lo voy a dar.
-¡No!- exclamó ella- ¡Esto no es real! ¡Tú ya no existes!
-Claro que sí existo, amor. Estoy en tu mente. Piensas constantemente en mí.
-¡No!- volvió a exclamar- ¡A ti ni siquiera te conozco! El otro Edward que yo conozco tiene los ojos dorados y no… - se volvió al de los ojos verdes, que inmóvil le sonreía- ¿No estás enfadado, verdad? Hablaré con Charlie, sólo que ahora…
Un ruido que cortó le aire le interrumpió haciendo que el otro Edward se volatilizara delante del de los ojos verdes para captar su atención y dijo:
-Eso no importa ya, amor- habló con una voz lenta y calculada- Ni siquiera hará falta que se lo digamos a Charlie. Te echará de menos durante semanas, meses y quizás años, pero aún es joven así que podrá volver a casarse y tener otros hijos.
-No quiero escucharte. Quiero hablar con él. Déjame hablar con él.
-No quieres hablar con él- contestó- Ni siquiera quieres que esté aquí. Estar con él no es lo que deseas. Deseas estar conmigo.
Sonrió, mostrando el brillo de sus dientes blancos, levantó una de sus cejas perfectas y tiró de ella con una de sus manos frías de mármol. Intentó luchar y zaparse, decirle que le soltara y que no le tocara, pero sólo obedeció para mostrarle lo que había a sus espaldas:
El otro Edward dejó de sonreír y estar inmóvil para correr hacia ambos mientras la llamaba, con los ojos dilatados por el terror, estirando los brazos para poder librarla de su cazador. Pero eso no llegó a ocurrir porque una ráfaga de aire le hizo volverse hacia atrás, tumbándole de golpe en la nieve bocabajo en un inmenso charco de sangre.
-¡No! ¡No!- exclamó batiéndose para salir de su sueño.
Se incorporó de golpe haciendo que algo que tenía en su regazo resbalara y fuera a parar al suelo junto con ruido de cristales que se rompían, y se quedó sentada en la cama, respirando agitada. Se pasó las manos temblorosas por la cara sudorosa e intentó apaciguar su respiración mientras tragaba saliva.
-Sólo era un sueño, Edward está bien- murmuró.
Resbaló por la cama hasta quedar a los pies y así apoyó la cabeza en la palma de sus manos. Se quedó así unos segundos, controló cada uno de los latidos de su corazón y sus expiraciones e inspiraciones y a punto estuvo de tumbarse de nuevo cuando le pareció percibir un ruido en la ventana.
Se incorporó de golpe casi sin pestañear pero más allá del cristal no había nada. Quizás esperó ver la sonrisa de Alice cargando con Edward, contarle la estúpida pesadilla que había tenido y darle las gracias a Alice por haber visto que necesitaba abrazarle, pero no. Así que se arrastró por la cama y se asomó.
Vio una sombra bajo la lluvia menuda de la noche en el jardín trasero de su casa y después algo que impactaba de nuevo contra el cristal. Una piedrecita. Abrió de golpe y sacó la cabeza.
-¿Qué… demonios…?
En ese mismo momento, se arrepintió. ¡Parecía nueva! ¿No le habían acechado los suficientes vampiros y criaturas nocturnas para actuar de una manera tan descabellada? Menos mal que la sombra se movió y le habló:
-Eh, Bells, hazte a un lado.
-¿Jake?
-No, soy el lobo feroz- se rió- Hazte a un lado, voy a saltar. Tenemos que hablar y Charlie nunca te deja los mensajes o te pasa el teléfono.
Se hizo dos pasos hacia atrás, pero aún así le pudo ver tomar impulso, apoyarse en la rama más baja por la que Alice trepaba y ayudaba a Edward a subir a la ventana, balancearse en ella como su fuera un gimnasta, apoyarse en la pared y resbalar hasta el alfeizar. Después de un salto limpio e impoluto, se deslizó dentro.
Desde que se había recuperado de las heridas de la batalla, contando la breve visita de San Valentín, semanas atrás en las que Charlie casi le tira la caja de bombones y la tarjeta a la cabeza por atreverse a pisar el suelo de su casa, poco más había sabido de Jake. ¿Y qué había pasado en todo ese tiempo? Pues que había crecido. Estaba segura de que ahora sí que era ya más alto que Edward, las facciones de su cara se habían endurecido, el pelo le había crecido considerablemente y seguía sin necesitar camiseta para campar por el bosque.
-Vaya- dijo el chico, dando una vuelta sobre sí mismo en la tenue luz del cuarto- ¿Así que es ésta tu habitación? Me la había imaginado más… femenina, no sé. Rosa y con doseles- se rió- Y con muñecas. ¿No guardas las muñecas de cuando eras niña?
-No, se quedaron en Phoenix, no creí que las fuera a nece…- batió la cabeza cuando se dio cuenta de la absurdez de la conversación, y cruzó los brazos- ¿Ese es el motivo de tu visita? ¿La decoración de mi habitación?
-A decir verdad, no- se rió- Es bueno verte de nuevo- le dio uno de sus codacitos de camaradería- Te he echado de menos.
-Y yo a ti. Siento que Charlie haya sido tan intransigente.
-No te preocupes. ¿Dormías?- señaló el gurruño que era su cama.
-Eh…- caminó hacia allí para hacer la manta a un lado y cerrar el álbum de fotos- Más o menos.
-Pero estás vestida- insistió Jake- ¿No deberías llevar al menos un pijama? ¿Eres de esa gente que duerme vestida?- hizo un gesto de repulsión- Eres una chica.
-Me he quedado dormida mientras…- se disculpó a la vez que se sonrojaba absurdamente- Tenía que estudiar y…
-Sí, sí, sí- le cortó Jacob divertido- ¿Qué te parece si vas a comprobar que Charlie está roncando y así hablamos tranquilos?
Bella asintió compulsivamente, le dijo que se quedara tras la puerta y antes de salir, cogió uno de sus pijamas del armario. La sensación de las veces que antes hacía un gesto así, cuando el Edward de antes era el que esperaba en su habitación le trajo al recuerdo la horrible pesadilla, así que casi no disimuló en el pasillo, cerró de golpe y escuchó la respiración de su padre desde su puerta. Así entró en el cuarto de baño, antes de cambiarse se dio una ducha rápida para relajarse y con su pijama volvió a la habitación.
Jacob estaba en medio de la estancia, mirándolo todo curioso. Fue hacia la cómoda de Bella, donde pasó el dedo por su joyero y un portarretratos con diversas fotografías: Bella de niña vestida de bailarina, su madre sonriendo con un sombrero de cowboy, Edward de un lado, Edward del otro, Edward y Alice, Edward, Alice y Bella, Edward y Bella abrazados, Bella y otros chicos y chicas que parecían sus compañeros de instituto; para detenerse en una tarjeta de San Valentín tras uno de los portarretratos junto a la que colgaba la pulsera con el lobo tallado.
-Oh, no los has tirado- dijo el chico.
-Claro que no.- contestó Bella- Gracias. Fue un detalle.
-He estado esperando tu invitación de boda, creí que mi regalo le animaría a hacerlo oficial ya que a los Cullen les va lo grande, pero como Charlie está tan bien de salud…- se volvió a reír.
Bella suspiró ruidosamente y se sentó a los pies de la cama.
-¿Qué pasa?- insistió Jacob.
-Aún no lo sabe. Hoy Edward me lo ha pedido oficialmente y toda su familia nos ha felicitado, pero no he podido decírselo a Charlie. Le he devuelto el anillo de compromiso y Edward se ha marchado muy enfadado.
-Pero… ¿por qué? ¿No estás segura de que casarte con él es lo que quieres?- preguntó el chico confuso.
Bella volvió a suspirar ruidosamente, ahora bajó la cabeza para meter el dedo por un agujerito de la manga desgastada de su pijama y no se movió hasta que sus hombros temblaron y Jake la oyó gimotear.
-Eh, Bells…- se agachó a su altura para levantarle la barbilla- Soy yo, Jake. Puedes contarme lo que sea, ¿de acuerdo?
Bella gimoteó unos segundos más y con lágrimas cruzando sus mejillas, dijo unos instantes después:
-No quiero que pierda a su familia. Esa boda sólo significa una cosa: que tendremos que separarnos de los Cullen. Y es todo por mi culpa. Si no hubiera luchado por su mortalidad y me hubiera convertido en vampiro…
-Vale- le interrumpió el chico incorporándose de golpe- Creo que puedes contarme cualquier cosa menos eso. Creía que ya habías superado esa parte y que ahora te chiflaba tu Cullen de ojos verdes y todos sus accesorios de humano. ¿Y qué pasa ahora? ¿Le va a volver a morder el médico, o qué? Eso rompería el trato, Bella. Ningún Cullen puede…
-¡No!- exclamó para detenerle- Nadie va a morder a nadie: ni a mi ni a Edward. Sólo que… hubiera sido más fácil si sólo… me hubiera tenido que sacrificar yo.
-Oh- suspiró el chico- Que típico de Bella. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Tienes que hacer a todo el mundo feliz mientras tú eres desgraciada. ¿Pues sabes qué? Ya llegas un poco tarde: todos luchamos por ti en la guerra contra los neófitos, así que por nuestro propio sacrificio deberías de ponerte el anillo de tu Cullen, que seguro que le ha valido un montón, y marcharte a una carísima Universidad conduciendo uno de sus deportivos. Al menos eso fue lo que me dijiste cuando me declaré. Y entonces lo parecías tener todo muy claro.
Bella pestañeó lentamente con sus ojos rojizos desde los que ya no brotaban lágrimas y miró a Jacob de hito en hito con su ataque de sinceridad. Ya lo estaba haciendo otra vez: ser una completa egoísta. Con Edward y ahora con Jacob, las personas más increíbles del mundo, de los que ni siquiera merecía su amistad.
-Lo siento- murmuró casi sin separar los labios.
-Dilo, Bella- la tomó de los hombros- Quiero oírlo: "jamás voy a volver a pensar que convertirme en una hedionda chupasangres es la solución".
-Bruto- le dio un codazo para que la soltara.
El chico se rió y se sentó a su lado:
-¿Este ataque de pánico tienen que ver con la visita que tuvieron los Cullen?- preguntó, sin más.
-¿Sabes lo de Tanya?- preguntó sorprendida.
-¿Una sanguijuela rubia? Perdón por lo de sanguijuela.
-No, es un mote tan apropiado como otro- replicó Bella.
-¿Quién era? Los chicos la vieron acercarse a la Mansión por el norte y después su rastro se unía al de los Cullen. ¿Es buena chica, verdad?
-Es parte de su familia de Denali. Vino para enterarse de lo de la batalla. No le gustan mucho los hombres lobos.
Jake hizo algo a un bufidito y se levantó de golpe.
-¿Traerá problemas? Explícamelo todo porque cuando entre en fase los chicos sabrán esta conversación y nuestro trato es con los Cullen no con su familia de dónde sea que esté eso.
-Sólo quería saber qué había pasado. Edward y Carlisle hablaron con ella y se marchó esta tarde. Parece ser que hay una regla inquebrantable para los vampiros que es no matar a los de su especie y más con ayuda de hombres lobo.
-Entonces bien por tu Cullen y el médico si se lo dejaron claro- le dio otro codacito.
Bella asintió y sonrió débilmente para volver a centrarse en el interesantísimo agujero de su pijama, así que Jacob suspiró para volver a pasar la vista por la decoración de Bella, pero como allá dónde miraba había recuerdos y fotos de Edward, se atrevió a preguntar:
-¿Hay algo más que te preocupe?
Bella dudó sin decir algo o volver a encerrarse en sí misma, pero lo sopesó. Jake era su amigo, y además un amigo íntimo. Tenía otros amigos en la escuela como Angela pero jamás podría hablar de sus verdaderas inquietudes así que lo intentó, para al menos, liberarse un poco.
-Es Alice.
-¿La pequeñaja? ¿Qué le pasa?
-No lo sé- volvió a suspirar- Creo que es algo que tiene que ver con nosotros, con Edward y conmigo. ¿Recuerdas cuando fui a verte a La Push y te dije que le pregunté por sus visiones de futuro? Desde ese momento Alice ha dejado de ser… Alice. Nos esquiva y nunca me cuenta nada cuando le pregunto. Ha dejado de ir al instituto y durante semanas estuvo tumbada en el sofá y ni siquiera se alimentaba.
Jacob frunció el ceño confuso, meneó la cabeza y como Bella volvió a suspirar, le acarició la espalda para reconfortarla sintiendo que poco más podía hacer. En el pueblo – y había llegado a la reserva – se decía que Alice Cullen estaba enferma pero también que el resto de los Cullen estaban en la Universidad cuando él sabía a ciencia cierta que era mentira, así que siempre consideró que era la tapadera que estarían utilizando para ir desapareciendo paulatinamente cuando Bella y Edward se marcharan sin llamar mucho la atención. Pero no si eso estaba haciendo daño a Bella, que claramente la adoraba.
-¿Y se lo has preguntado a… él? ¿A Edward?- añadió como si le diera vergüenza nombrarlo- Quizás sea cosa de vampiros, quién sabe.
Bella sólo negó con la cabeza y ahora jugueteó con un colgante que llevaba por fuera del pijama y evitando contacto visual. Realmente parecía abatida así que habló rápidamente:
-Olfatearé por ahí, a ver de qué me entero y te lo contaré. Pero seguro que no es nada importante de lo que tengas que preocuparte. Los vampiros son raros, además de oler mal, ya sabes- le guió un ojo jovial.
Intentó darle otro codacito de camaradería y como Bella no separó los labios más para seguir jugueteando con el colgante, echó un último vistazo a la habitación: a la estantería repleta de libros con más fotos, al escritorio donde estaba el ordenador encendido e incluso en el papel tapiz había otra foto de Edward, a la cama revuelta y la mesita con otra foto más… Le hizo gracia que cada mueble no pegara con el de al lado, que las mantas tampoco hicieran juego y que Bella no fuera cuidadosa con la ropa – que estaba esparcida por la silla y el suelo saliendo del armario abierto, además de llevar un pijama viejo y desgastado – como se suponía que debía de ser una chica, pero quizás ese era parte de su encanto. Se preguntó cómo sería la habitación de él, allá en la Mansión de cristal y si tendría fotos y cosas de Bella por todas partes, y respondiéndose a sí mismo que seguro que sí, deseó para él estar tan enamorado de alguien como estaban ellos dos.
-Si necesitas algo, ya sabes dónde estoy- se puso en pie.
Dio un respingo como si no recordara que estaba allí y le imitó, soltando el colgante para que cayera sobre su pecho.
-Gracias- dijo simplemente.
Jacob iba a darse la vuelta y volver hacia la ventana, pero la talla le llamó la atención, así que se acercó para cogerlo entre la yema de sus dedos.
-¿Una piedra preciosa?
-¿Cómo?- preguntó ella.
-Es un diamante- respondió- Si fuera un cristal y lo apretara, se rompería. Vaya. Charlie le comentó a Billy que estaba realmente preocupado por el dinero para tu Universidad. Con ese pedrusco ya podrías pagarla. Así que supongo que no ha sido un regalo familiar.
Bella se revolvió y tiró de la cadena para que el colgante resbalara de las manos de Jacob encerrándolo así en su puño. Primero pensó que menuda baratija y que sí, que tenía importancia porque era enorme, precioso y pesaría por lo menos cinco quilates, así que se arrepintió de haberle dicho a Edward que lo llevaría siempre si el dinero para sus estudios colgaba de su cuello. Pero después pensó que el colgante que Jacob le había regalado apenas lo llevó 24 horas para no herir los sentimientos de Edward y que quizás ahora le estaba hiriendo a él cuando era tan buen amigo.
-Es…- balbuceó- Era…- se corrigió-… de la madre de Edward y…
-¿De hace tropecientos años? Vaya- volvió a repetir- Con eso seguro que vale más.
-No bromees- le reprochó- Lo acepté porque pensé que no tenía valor económico. Ahora me siento mal. Debí devolvérselo junto con el anillo. No tiene sentido quedarte con el regalo de compromiso si no aceptas el anillo de compromiso y no se lo dices a nadie.
-¿Aún te sientes mal?- se echó a reír- Pues deberías ir ensayando, próxima señora Cullen. Comprará una isla solo para vosotros para pasar la luna de miel. Si yo tuviera su dinero y sus deportivos, también lo haría.
-A veces, no sólo se trata de dinero ni de deportivos- rebatió Bella- Ojalá Edward no tuviera ni lo uno ni lo otro. A veces pienso que es lo único que nos podría separar. Eso me hace sentir todavía más pequeña e insignificante a su lado.
-¿Eso jugaba a mi favor?- dio una risotada- ¿Por qué me lo dices ahora que me he retirado?
-No tiene gracia, Jacob. Desearía que pudiera cambiar todo eso por quedarse aquí con su familia, que esos Volturis no le hubieran sentenciado con tener que alejarse de los Cullen porque así Edward dejaría de estar triste, Alice volvería a ser Alice y yo sería feliz por todos. Y te aseguro que ese hueco no lo suple ningún diamante por mucho que pese.
-Por eso- dijo el chico con una sonrisa- eres como eres. Será mejor que me vaya antes de que Charlie descubra que he estado aquí.
Dio un par de pasos, de un salto se encaramó en el alfeizar y así se volvió estando en cuclillas.
-No te preocupes por nada, Bella. Estoy seguro que todo saldrá bien.
-Ven aquí- suspiró Bella.
Le siguió, Jacob dio un salto de nuevo hacia ella y se abrazaron.
-Ten cuidado- le susurró.
-¿Soy o no soy el lobo feroz?- bromeó.
Bella sonrió, negó y se sumergió en el abrazo. Segundos después, Jacob ya estaba de nuevo en el jardín trasero de la casa de los Swan.
