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El 22 de marzo los enemigos de reúnen y dan una última avanzada hacía Lórien en el tercer intento de atacar la ciudad. Son diezmados y cazados, ocultándose en las montañas donde el frio y la nieve haría lo suyo.
El espectro de Dol Guldur ha sido disminuido y ahora sus tropas rodean la fortaleza impidiendo que cualquier cosa entre o salga, esperando un milagro. El aire ha cambiado y sus hombres pueden estar en su perímetro sin enfermar, las arañas han sido destruidas y los nidos quemados, los pocos sobrevivientes se mueven hacía las tierras pardas del sur.
Se habían hecho las ceremonias oficiales y enviados a los fallecidos a casa donde serían eventualmente enterrados en sus criptas familiares. Erisë había sido enviado a casa, con Nubia. Donde descansarían juntos para toda la eternidad. Lo había llenado de honores, le había salvado la vida. Le había cuidado a su hija. Le había vuelto a dar algo en que creer.
Pero a pesar de todo, los ánimos y la esperanza de sus hombres han crecido, la batalla ganada, los mensajeros de tierras lejanas informando de las batallas, el eco de que el rey de los hombres volvía al trono de Gondor y sobre todo… que la princesa había vuelto. Él no podía tener emociones más contradictorias. Al atardecer desde que Lumya se había ido, el hijo menor de Gilwën había llegado con dos guardias, asustados y preocupado, el chico le informo de los recuerdos y el estado de Elensil en aquellos días, ella había tenido episodios de malestar donde había estado recordando su pasado. Se había desfallecido más de una vez y no había sabido reaccionar de otra manera que alejándose de todos.
Incapaz de perderla una vez más había enviado a tres guardias detrás de ella, con las ordenes de protegerla y darle su espacio, pero ahora, sabiendo que su estado era delicado, la quería consigo, quería conocerla, cuidarla, dejarle con él. No quería perderle una vez más.
— Me gustaría hablar con ella- le dijo él chico, y observó por el refilón como Gilwën le miraba casi con espanto, como si aún no pudiera comprender como su hijo había llegado hasta allí sin morir en el intento.
— Ella ha viajado al Norte, muy lejos de casa.- le comenta y observa en el mapa donde ahora debería estar. Su corazón se apretó en un puño, y respira todo lo normal que puede.
— Lo sé, ella me hablo de su hogar.- sonrió un poco.- estaba muy asustada. No creo que sea el momento en que este sola.
— ¿Y quieres ir tú?- le pregunta Gilwën.- no niego que hayas entablado amistad, hijo. Pero ese lugar es sumamente peligroso.
— Y ella está casi sola…
— Ella es una cazadora. Ella sabe defenderse…- levanta una mano y hace callar a Gilwën.
— No puedo… creo que ella necesita unos días sola. Lo sé. Cuando la amenaza atenué enviare a más hombres, y tu irás con ellos.- el chico parece querer refutar, pero Gilwën le hace sombra y lo saca antes de que pudiera siquiera despedirse.
Él podía comprender el temor de Gilwën para con su hijo que jamás había sido entrenado para soportar un ataque. Comprender porque su amigo lo protegía casi como si fuera de cristal, él habría hecho lo mismo pero sus dos hijos eran guerreros, y sabían protegerse.
Y con esa única esperanza… es lo que le mantenía en pie día a día.
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Las estrellas a penas se ven entre las nubes que viajan rápidamente hacia el norte. No se ha movido de aquella rama desde que ha llegado…. Podría fundirse con el árbol y las cosas seguirían igual. Todo seguiría igual; las redes con los faroles, los cacharros, los utensilios que su padre había colgado allí y no se había atrevido a mover, el rio a algunos metros más allá, el claro con sus verdes pastos que ahora su yegua disfrutaba agradada. Nada ha cambiado pero ya nada es lo mismo.
Deja que sus lágrimas caigan de sus mejillas y su pecho se atrofia por el dolor.
Ya no hay pena en su alma, hay dolor, dolor y desolación. Un dolor que le destruye, que le abruma aletargándole los miembros. Un dolor que le hace revivir cada gran momento allí y hacérselo tan amargo.
— Ada…
25 de Marzo. 3019. Tercera edad del sol.
Fue mientras impartía nuevas órdenes cuando Orodruin estallo por última vez. La tierra se movió, los árboles crujieron. Y a su suroeste Dol Guldur comenzó a desmoronarse mientras la oscura figura del Espectro chillaba y se retorcía sobre la torre. Chillidos que le helaron el cuerpo pero le reconfortaron el alma. Una señal. Una buena señal.
Fue en aquel momento en que lo comprendió y su corazón renació de las cenizas. Fue en aquel momento mientras el espectro desaparecía y las nubes comenzaban a esparcirse y el sol les iluminaba el rostro y el alma que comprendió que el anillo había sido destruido. Que de alguna manera, de alguna forma el anillo mágico de Sauron había caído al magma de donde fue forjado y destruido.
El aire se sano notablemente y los árboles parecieron alzarse vigorosos como si no hubieran podido exhalar en años.
Gilwën llego a su lado con una sonrisa enorme con la vista fija hacía el sur.
Las cosas comenzaban a calmarse, y con él las esperanzas.
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Estaba sentada sobre la rama cuando la tierra se estremeció. Los pájaros se exaltaron al mismo tiempo y ella se asustó por un segundo al creer que podría ser un terremoto. Su yegua dio algunos brincos asustados pero luego se tranquilizó y se movió de un lado a otro.
Pudo ver más allá, entre el bosque, a los tres guardias que le cuidaban hablar y moverse entre ellos hasta que uno sube con agilidad hasta la rama más alta de un pino y les habla acaloradamente.
Es uno de los pocos momentos en que siente algo de curiosidad, por lo que sube su vigoroso roble. Sube hasta la copa donde se abraza del tronco y mira hacia el Sur.
Allá a lo lejos, nubes rojas suben hasta el cielo mientras un gruñido tan lejano estremece la tierra, los primeros rayos del sol comienzan a iluminar las puntas de los árboles y cuando Cruac aparece cerca este mueve las alas nerviosamente.
— ¿Qué ocurre?- le pregunta a lo que el cuervo suelta algo parecido a una risa encantada.
— El poder oscuro ha caído. El señor de los males ha sido destruido.
Una felicidad que no podía creer que estuviera en si le inunda, una tranquilidad que le ayuda a su pecho contraído y le hace sonreír por un momento.
Baja hasta las raíces y acomoda una de los farolillos que ha caído. Se sienta un segundo y observa hacía el lugar donde él siempre se sentaba.
— ¿Lo has escuchado Ada? Lo han destruido. Lo han hecho.
Y sonríe cuando una brisa limpia le acaricia el rostro y levanta las hojas del suelo. Porque el fallecimiento de su Ada no fue en vano, no fue completamente en vano.
27 de marzo. 3019. Tercera edad del sol.
Su Halcón le informa de las noticias que se expanden por toda la tierra media.
El rey de los humanos había vuelto a ocupar su trono en Minas Thirith y había movido su ejército para facilitarles las cosas a los pequeños héroes.
Elessar. Se sentía muy orgulloso por aquel humano, un verdadero amigo de los elfos. Y con él, Legolas, su hijo estaba vivo. Su hijo a quien le tenía tanto que hablar y por quien había temido tanto en su viaje tan lejos del hogar.
— Noticias desde Ereborn- informa Gilwën mientras entra en su tienda.- Bard II y Thorin pie de hierro lograron expulsar al enemigo del valle. Nuestros hombres están impidiendo que entre en el bosque por cualquier brecha.- asiente agradado por la noticia, lamentablemente solo había podido disponer de unos pocos elfos para la ayuda de Ereborn y los hombres del lago, Dol Guldur eran su prioridad y se alegraba que hubieran logrado romper el sitio.- Pero lamentablemente el rey Dáin II y Brand han caído en la Batalla del valle. Noticias de las que no teníamos idea hasta que se ha abierto la montaña.
Lo toma por sorpresa, había aprendido a convivir de alguna manera con aquellos enanos aunque sus tratos eran meramente cordiales. Pero aun así, sabía que habían sido soberanos justos y de gran querer, guerreros en toda regla.
— Unas noticias muy tristes.- lo piensa unos momentos, no se veían mayor agitación por aquellos lares- Envía a Fenöri de vuelta al norte, me imagino que podrá ayudar a limpiar cualquier incursión en el interior.
— Ya lo he hecho- le informa Gilwën con una sonrisa, se sienta frente suyo y le mira con atención.- Lord Celeborn llegara mañana.
— Lo sé.
— ¿Ya lo has pensado?
— Sí.- deja sus pergamino de lado y mira el rostro preocupado de su amigo- Estamos demasiado lejos de nuestro hogar. Y es por ello que el enemigo contamino el bosque porque nuestros ojos fueron incapaces de ver lo que ocurría tan al sur. Creo que es una sabia decisión.
— Lo sé. Es un elfo justo, creo que tendrá en cuenta tu petición.
Él asiente agradecido por sus palabras.
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Es el quinto intento de cazar algo. Y a penas si ha logrado asustar a un par de perdices que han salido al vuelo tan rápido como ella levantado su arco.
No podía concentrarse. Su cuerpo estaba débil, lo sabía. Había comido muy poco los últimos días desde que su Ada se había marchado y no había podido comer nada desde que había llegado hasta ese día en que el estómago le había gruñido molesto como nunca.
Tal vez en la pesca le iría mejor. Por lo menos así ella no tendría que moverse hacía la presa sino todo lo contrario.
Entro en su claro y mientras se acercaba a su roble para ver sus cañas de pescar, sintió el olor antes de que sus ojos lo vieran, y su estómago alego de alivio.
En el pequeño fuego que había hecho antes de irse se asaba un pez. Levemente condimentado.
Observó hacía el lugar donde se encontraban los guardias donde solo se lograba ver pastando a los caballos, y mientras desmenuzada el pez, sonrió un poco.
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1 de Abril. 3019. Tercera Edad de Sol.
Llegan a reino con un gran recibimiento de parte del pueblo. Hay luces, música, banquetes y danzas. Y un bienestar que hacía muchos años no invadía estas tierras se siente en cada rostro de sus hombres y mujeres mientras proclaman y alaban a los caídos y los héroes.
Había recibido a los Lores de Lórien pocos días después de que las noticias de que el anillo único había sido destruido, y solo el poder del anillo Nenya, el anillo diamante otorgado a la Dama Blanca fue capaz de destruir toda piedra maldita como lo era la fortaleza de Dol Guldur. Ese mismo día había enviado sus tropas de vuelta al hogar, y establecido un nuevo pacto con Lord Celeborn con quien tendría un nuevo encuentro y nuevos tratos serian pensados.
Habían demorado un par de días más en llegar, ya que, informado de los últimos pasos realizado por el enemigo se le había notificado que los beórnidas, habían establecido un fuerte contingente de hombres para detener las avanzadas de orcos y huargos que bajaron desde la montaña con la intención de introducirse en el bosque cerca de La Carroca. Siempre habían tenido buena amistad con Beorn y sus hombres. Eran un pueblo amistoso con ellos y su forma de vida bastante agradable a sus costumbres, por lo que le agradeció su oportuna ayuda y que serían recompensados por ello. Beorn, como siempre, simplemente parecía agradado por ayudar de alguna manera.
Fue por ello del recibimiento del pueblo. Su ansiedad se estaba manifestando en su presurosa marcha y en la incapacidad de poder tomarse las cosas con calma como bien le había dicho Gilwën cuando Beorn les había invitado cordialmente a pasar un tiempo en su hogar. Se había negado demandando un compromiso mayor, hasta que el humano le había tomado por sorpresa.
— ¿Sus hombres se están moviendo hacia el oeste del bosque?- él le mira con sorpresa.
— No, ¿Has visto alguno de mis hombres cerca?
— Algunos parientes tienen una pequeña villa hacía norte del Anduin. Han mantenido comercio con un joven señor elfo que ha vivido en el bosque por largo tiempo. Pero uno de mis compañeros ha estado haciendo guardia este último tiempo y solo ha visto a su hija solitaria. No es nuestro problema, pero me parece muy extraño que esté viviendo sola.
La implicación de que sea Lumya lo deja temporalmente confuso, como si no supiera que decir o hacer. Gilwën ha tomado la palabra y ha dejado claro que tomarían algún partido sobre ello.
Pero el pensamiento de Lumya sola lo está castigando notablemente.
Al día siguiente de su llegada no soporto más y marcha al oeste.
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De pronto estar en su hogar la ahoga.
Toma su arco y sus flechas, y se introduce en el bosque mientras escucha a los guardias moverse. Pero ellos no conocen su bosque, no conocen su hogar y los pierde con rapidez.
Corre, sube y baja. Salta y se balancea sobre las ramas.
Se cuelga en lo alto de un árbol y se mueve al compás de la rama. Y las lágrimas le inundan una vez más.
Esto no parece su hogar. Esto parece una maldición. A veces despierta en la noche y lo busca. A veces se queda mirando el horizonte esperando que vuelva, y no lo hace, nunca lo hace. Y se odia, y maldice, y quiere volver el tiempo. Quiere una caricia, una mirada, una enseñanza, un abrazo.
¿Por qué se ha ido? ¿Por qué? No lo aguanta, no lo soporta. Quiere… quiere largarse ¿Pero dónde? ¿Al reino…? No, no quiere. No sabe que sentir por ello. No siente nada o siente rabia. Siente odio, y nunca creyó que lo haría. Siente malestar por toda esa gente a la que un principio quiso ¡Y aun lo hace! Pero no puede.
Quiere a su ada y no esta.
¿Y el rey? ¿Y su hermano? Puede recordar a Legolas, puede recordar a su hermanito quien había sido su mayor héroe de toda su infancia. Puede ver a su padre siempre allí cuidándole, dejando sus deberes como rey para tenerle en brazos por unos minutos. Pero no puede… no quiere. No sabe cómo actuar.
Su mente está lejana… como si su cuerpo y pensamientos no fueran en la misma dirección… y aunque le preocupa, no hace nada por ello.
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Gilwën le alcanza al medio día y está enojado, aunque a él personalmente no le importa.
Ha esperado demasiado, y no quiere hacerlo aún más.
Sabe que van en buena dirección cuando al llegar la medianoche, una figura les hace detenerse.
Un viaje desde oeste al reino podía durar cuatro o cinco días. Pero las cosas en su bosque están cambiando. Parecía que la maleza moría y sus árboles crecían vigorosos como nunca. Los antiguos caminos parecían más vistosos y eso le había ayudado notablemente en su ida.
— Mis señores- hablan uno de los guardias que había enviado para proteger a su hija.
— ¿Cómo está?
— Mi señor, nosotros… bueno, lamentamos no haber estado a las expectativas de su confianza.- aquello le hace mirar detenidamente al guerrero con preocupación.
— ¿Qué quieres decir?- le pregunta mientras este les lleva por un sendero.
— Hubo unos días en que acepto notablemente los suministros que le dábamos. Pero luego simplemente los alejaba.
— ¿No está comiendo?
— Ha hecho el intento de cazar y pescar, pero sus intentos no han dado buenos resultados.
— ¿Cuánto falta para llegar?
— Es en aquel claro, mi señor.- le dice el guardia mientras apunta hacia adelante.
Le ordena a Gilwën que se quede allí mientras él entra en el claro.
Lo primero que siente es una gran carga de paz en aquel lugar. Es un gran claro iluminado por la luna. Se ven una gran cantidad de luciérnagas moverse de un lado a otro, algunas mariposas nocturnas y el ruido de las aves al dormir. Los pastizales le llegan a la cintura de verdes y castaños.
Y allí, en el centro. Aquel enorme roble del que Erisë se había sentido tan orgulloso al llamarlo hogar. Enorme, de ancho tronco y de unos quince metros de alto con vigorosas raíces que se alzaban sobre la tierra y ramas robustas.
Se veía un hilillo de humo salir de entre las raíces y algunos grandes bultos que colgaban de las ramas más altas.
Se acerca con cuidado y la ve, ya que esta recostada contra una raíz a pocos metros del fuego. Acurrucada sobre un rustico colchón de paja, y una manta.
Su corazón se acelera y se retuerce de emoción. Respira con fuerza para que no ahogarse de la emoción de verla. Esta desmejorada y bastante. Más delgada y su cabello, ese cabello rubio ceniza parecía apagado, ya sin brillo. Como si la luz de los Valar se apagara de ella.
Sube sobre la raíz con cuidado de no despertarle.
La ve temblar un poco y removerse dentro del sueño, el malestar le hace recordar sus extrañezas por lo que se quita la capa y se la tiende con cuidado. Le acaricia una mejilla y su Lumya sonríe, una sonrisa cariñosa dentro de un sueño. Se acurruca aún más y sus sueños de calman. No quiere despertarla.
Se sienta un poco más allá y la observa. Y su corazón de hincha de felicidad porque cuanto tiempo no había esperado verla, cuantas noches había suplicado que su hija apareciera, una súplica que se apagaba día a día, años tras año. Y allí estaba. Y sabía que era ella, porque sus ojos ya no estaban velados por su barrera al distanciamiento que había adoptado con los años. Porque, porque sabía desde que la había visto que aquella niña tenía algo, algo hermoso, que la conocía. Que era suya. Que era su hija, su Lumya, su hojita.
Y agradece a los Dioses por esta bendición, le agradece a Erisë que la haya salvado y le haya dado un hogar.
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Despierta extrañamente tranquila, como si su cuerpo no quisiera despertar con su mente.
Su corazón sufre un salto de emoción cuando ve una figura sentada a unos metros de ella. Pero dura muy poco cuando nota el cabello rubio largo que cae por su espalda y las ricas ropas de colores azules.
Se endereza de golpe y no quiere mirarlo. Nota como su capa de desliza por su cuerpo, y lo acaricia suavemente por la suavidad de la tela.
— Elensil- le llama y ella no le mira.
No quiere hacerlo. No sabe que hacer o que decir.
— ¿Cuándo ha llegado?- pregunta mientras se medió levanta y toma su capa para doblarla.
— Media noche.
— ¿Y que hace aquí?
El señor elfo no le responde. El silencio se extiende y la curiosidad puede con ella.
Lo mira, y su pecho se siente raro porque ya no le ve como un gran señor, o un rey. No lo ve como alguien ajeno a ella, porque no lo es. Su rostro no ha cambiado nada desde sus recuerdos, solo se ha hecho más firme y serio. Parece que pocas veces sonríe de corazón, como si su energía interior no estuviera completa.
Usa sus ricos ropajes, de telas que jamás en su vida había sentido, no lleva ninguna tiara ni corona, pero en su pecho se ve un pequeño camafeo. No se necesita llevar joyas, solo con su presencia era bastante intimidatorio. Era obviamente un rey.
Desvía su mirada a lo que mira, en sus manos tiene un largo paquete, cuidadosamente envuelto. Tiene una mirada triste y cuando le tiende el paquete, sus ojos brillan levemente.
— Es la espada de Erisë- le informa. Y su corazón se cierra en un puño y le cuesta respirar. Mira asombrado a elfo.- se quedó profundamente enterrada en la araña que asesino. Creo que te gustaría tenerla.
Toma con cuidado la espada y se sienta un poco más allá. Su ada tenía tres espadas. Anar, Isil y Elen. Sol, el fuerte; Luna, la delicada y Estrella, la bella.
Había dejado a "Elen" en aquel roble, una espada con hermosas incrustaciones de perlas y ónix, levemente curva, una espada que era más bien decorativa que practica. Su padre la había sepultado bajo las raíces del roble hacía muchos años atrás. Y allí se quedaría.
"Isil" y "Anar" se las había llevado al reino. La Delicada "Isil", era su espada, la espada que toda su vida su padre le intento enseñar. Eran una espada de empuñadura fina, y larga, muy larga de angosta hoja. En las manos de su padre jamás había visto una espada tan letal y rápida, en las suya, era solamente una delicada espada. Y "Anar" La Fuerte. Había visto a su padre utilizarla hasta de hacha. Un filo que nunca se había mellado, era bastante pesada para ella, pero a su ada le encantaba. Y la manejaba muy bien. La Fuerte podía traspasar la coraza de una araña sin problema alguno, es por ello que siempre la llevaba consigo.
Por lo que cuando abrió el paquete con cuidado y La Delicada estaba allí, levemente torcida, le temblaron las manos y le escocieron los ojos, esta no era una espada para la guerra, ¿Por qué no había llevado a la Fuerte?. Trazo con cuidado las fisuras y la hoja torcida. Había sido limpiada prolijamente.
— ¿Cómo él…
Su voz se contrae y toma su espada contra ella.
— Me salvo la vida.
Es como un latigazo de malestar que le hace marearse. Lo mira asombrada. Y por un momento se asusta de sus propios pensamientos y se aleja de él. Un tumulto de pensamientos oscuros le invade lo que le asusta de manera horrenda.
— Lumya…
Su nombre en los labios de su verdadero padre es una mano invisible en su pecho que le aprieta y necesita alejarse.
— No quiero ser Lumya- le dice dándole la espalda, dejando la espada con cuidado allí donde su Ada siempre se había sentado.
— Vuelve conmigo.
— No puedo- respira hondo- no quiero. Yo necesito tiempo.
— Dame una oportunidad. Sé que ha pasado mucho, sé que las cosas deben ser difíciles pero déjame…
— No puedo… por favor. Vallase.
— Elensil- su nombre, su nombre ni siquiera suena real ahora.- no puedo dejarte aquí. Es peligroso.
— La guerra ha terminado, ¿No?
— Hemos ganado sí, pero eso no significa que el bosque este fuera de peligro.
— Se defenderme…
— Los guardias me han dicho que ha errado mucho últimamente.
Ella le mira sorprendida y molesta. Sabe que no ha tenido sus mejores días de caza, pero eso es problema suyo; y mucho menos de los guardias.
— No iré a ningún lugar, este sigue siendo mi hogar. Por favor, vallase. Y llévese a sus guardias.
— No puedo dejarte sola.
— ¡He estado sola mucho tiempo! Sola con mí ada. Las cosas estaban bien hasta que ustedes llegaron.- se arrepiente en el momento en que lo dice. Puede ver el dolor en el rostro como si acabara de pegarle una cachetada.- por favor, vallase.
Se va de allí. Toma su alforja y se aleja corriendo hasta adentrarse en el bosque. Arrepentida por sus palabras, pero confusa como nunca. ¿Qué hacía? ¿Qué debía hacer?
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Ve a la chica perderse en el bosque tan rápido que a los guardias les cuesta unos segundos ponerse en movimiento para seguirla.
Pero no se enfoca en Elensil, si no en su amigo.
Lo ve de espaldas, pero sabe por sus hombros caídos y por la manera en que se sujeta en el árbol que las cosas no habían salido como esperaba.
No se acerca. Porque sabe que necesita su espacio, su momento.
Porque es su rey, pero también es padre. Un padre que ha sufrido demasiado.
Anar = Sol = La Fuerte
Elen = Estrella = La Bella
Isil = Luna = La Delicada
Yo - Yo Fire; Se nos fue Erisë pero ahora descansa en paz :) Ahora se nos viene el drama con Thranduil, y pronto tendremos a Legolas de regreso :D
Pueden seguirme en Face: Vindictia Black está recién empezando pero va a ver de todo un poco :D
