Un barco de pasajeros cruzaba las puertas del sol. Tres figuras observaban aquella estructura desde la baranda, junto con el resto de la multitud. Una vigilaba a las personas en el puerto, la otra sonreía relajada, y el último se maravillaba ante la imponente vista.

-Quita el aliento, ¿verdad?-le dijo Fortune a Victor.

-¿Ya habías estado aquí, capitana?

-Solo pasado, nunca desembarcado. Y mientras estemos aquí, no me llames capitana.

-¿Y como la... como te llamo?

-No es como deberías llamarme tú. Es como debería llamarte yo, "jefe".-le dijo la pelirroja.-Pero mientras te acostumbres, hay algunas cosas que debemos hacer tras desembarcar.

-Hablando de eso... no estoy seguro de poder de hacer lo que me pides.

-Piensa en ello como en una actuación de teatro.

-No me preocupa tener que hacerlo. Lo que me preocupa es fastidiarlo.

Fortune le observó divertida.

-Es más fácil de lo que parece. Créeme.-se acercó a Katarina.

-¿Porqué eres así con él?-le preguntó la noxiana, aprovechando que Victor no prestaba atención.

-¿Así cómo?

-Desde que te lo encontraste y lo alistaste, lo tienes muy consentido. ¿Porqué?

-... ¿Sinceramente?

-Si es posible.

-... Es una mezcla de que creo que le debo algo, y que me da pena.

-Anda ya. Lo primero, lo entiendo. Lo segundo...

-¿Te has fijado como habla con la gente? ¿Cómo es? Si fuera un tirillas de metro cincuenta, y no un armario de dos, ya se lo habrían comido vivo nada más bajar del barco. Y me da lástima que alguien así se pueda echar a perder.

-¿Alguien así?

Miss Fortune le observó. Aunque ahora vestía camisa, Victor aún llevaba el pecho algo descubierto.

-Lo digo por su talento como médico. ¿Estás segura de que encontrarás a tu contacto allí?-cambió de tema.

-Lo haré. Quizás se haya movido de sitio. Pero de haber sido descubierto, me habría enterado.

-¿Incluso estando exiliada?

Katarina le fulminó con la mirada.

-¡Solo era una pregunta!-contestó alzando las manos.-Yo me encargaré del resto, con Victor.


Victor quedó fascinado por las calles empedradas, y los edificios de materiales rocosos y ladrillo. Pero lo que más le fascinaba, era la limpieza de las calles, y lo bien que olía el aire. La gente vestía ropas mucho más elegantes y conservadoras que en Bilgewater. Y pensar que ambos lugares solo quedaban a 13 días en barco el uno del otro.

-Céntrate.-le dijo Miss Fortune, chasqueando los dedos frente a sus ojos.

-Lo siento. Es que esto es...

-Intoxicante, ¿verdad?-estiró el brazo hacía arriba para pellizcarle la mejilla.-Eres como un niño pequeño. Un niño pequeño que llama demasiado la atención. Serénate, y sígueme. Tenemos que comprar.

-¿Comprar? ¿No deberíamos primero buscar un hotel, o...?

-Una pareja piltoveriana, llamará menos la atención que dos harapientos de Bilgewater, entrando a un hotel de lujo.

-Tanto como harapientos...

-Así es como lo ven ellos. Vamos.

Ascendiendo por las rampas de las puertas del sol, había decenas de tiendas vendiendo golosinas para los turistas, y una calle para aquellos que fueran a asentarse más permanentemente nada más llegar. Incluía desde restaurantes, a una oficina de alquiler de casas. Pero lo que más abundaba, eran las tiendas de ropa. Y de esas, solo dos de alta costura.

Miss Fortune, en ese momento, podía justificar tener gustos caros.

-Disculpe, caballero.

El sastre debió reconocer el acento de Bilgewater, porque suspiró fastidiado antes de ver a su clienta.

-¿En que puedo... ayudarle?

Fortune sabía que significaba esa cara. Se había quedado encandilado con su belleza. Pero tenía prisa.

-Mi prometido y yo acabamos de llegar, y nos gustaría integrarnos en la hermosa cultura de su bella ciudad por completo. Así que, ¿podría ayudarnos a vestirnos adecuadamente?

El hombre pareció sentirse desilusionado, y luego amenazado, al ver a Victor. Pero tras echarle otra mirada a la figura de Miss Fortune, se relajó.

-Encantado, miss...

-Fortune.-le guiñó un ojo.


Katarina aún llevaba el parche. Puede que se viese raro, pero incluso con el pelo teñido, estaba segura de que cualquiera la reconocería por la cicatriz de su ojo. Así que cuando bajó hasta Zaun, y llegó a la entrada de "La Tasca Brillante", no paraba de vigilar, por si alguien la miraba.

El aire aún apestaba, y los pulmones le picaban. Pero por fortuna, el aire en el interior solía estar más limpio que en el exterior. Por raro que pareciese.

Hizo lo acostumbrado cada vez que iba allí. Pasó al lado del tipo sentado leyendo el periódico, y le entrgó una bolsa de monedas, antes de sentarse en la mesa tras él, dándole la espalda.

-Me alegra haberte encontrado tan rápido. Temía tener que buscar por toda la ciudad.

-¿Qué quieres, K? Las últimas noticias eran que ya no...

-No son asuntos de Noxus. Y de quienes sean, tampoco importa.

-Nunca lo hizo.

Pidió algo de beber cuando se acercó la camarera, y prosiguió la conversación.

-Weichstark. Habla.

-Te creía de otros gustos.

-¿Qué?

-Nada. Se corre el rumor de que anda muy cabreado. Alguien se ha cargado todo su negocio de contrabando a través de Bilgewater, y anda buscando socios que le provean de rutas seguras y buena tripulación, a cambio de una buena tacada.

-¿Fecha y lugar?

-Él reparte las invitaciones. Pero no sé que decirte. Si lo que quieres es llamar su atención...

-Otra persona se encargará de eso. Yo solo necesito informarle del como.

-El lugar de siempre. El transportador hexdraúlico oculto tras las puertas del sol. Los guardianes siguen sin sospechar de su existencia. Ya sabes: saca la mercancía, muestrala, y espera.

-Lo mismo de siempre.-sonrió.-Solo que esta vez no se trata de un soborno.

Katarina se puso de pie. El hombre sentado tras ella ya no estaba. No le importó. Solo esperaba que Victor y Sarah hubieran llegado a la dirección que les había dado.


La moda del Piltover era siempre formal, pero de colores vivos. Aquel vestido granate de cuello alto, y el pelo recogido, se veían bien en Miss Fortune. En Victor, aquel traje azul se veía un poco ridículo, con lo apretado que le quedaba.

-Aún puede arreglarse. El sastre tendrá lo que le pediste listo en poco tiempo. Me aseguré de ello.

-Espero que sea así. Me siento un poco... ¡oh!

Victor se sorprendió cuando el botones prácticamente le arrancó las maletas y las bolsas de las manos, poco después de registrarse en el vestíbulo del hotel. Las paredes de granito blanco parecían recubiertas por adornos de oro. Hasta los elevadores parecían chapados en este. Cuando entraron en uno, Victor pareció estar a punto de caerse.

-Vaya...

-Puedes abrazarte a mi si te da miedo.

-¿Qué?

-Nada.-negó con la cabeza.

Cuando por fin abrieron la puerta de la habitación, ambos quedaron fascinados en esta ocasión. Victor por no reconocer muchos de los elementos en su interior, y Miss Fortune por el lujo. Estaba tan contenta, que cuando el joven botones, siendo casi un niño, extendió la mano para que le entregase la propina, ella le dio una moneda de oro, y un beso en la mejilla, que quedó marcado por su pintalabios.

-¿Ahora?-preguntó Victor, sentándose en el sofá frente a la chimenea, con una espectacular vista de la avenida sideral en el ventanal lateral.

-¿Ahora? Nos relajamos hasta que llegue Katarina.-dijo cerrando la puerta de la habitación, y abriendo la del bar junto a dicha chimenea.-Uuuuh... ¿Bebes?

-Nunca lo he probado.-le dio como única respuesta, antes de observar sus ropas nuevamente.-Me tiran y me aprietan más cuando me siento.

-Bueno, si tanto de molestan.-le dijo Fortune, sosteniendo dos copas y una botella de vino en una mano, y deshaciéndose el moño con la otra, haciendo que sus mechones cayeran en cascada.-Puedes quitártelas.

-... ¿Ein?

Victor entendía lo que sugería. O al menos CREÍA que lo entendía. Porque le parecía muy extraño, y le pilló de sorpresa. Y no tenía claro si bromeaba, o le hablaba en serio. Pero viendo lo salido de la nada que fue, optó por pensar lo primero.

Miss Fortune, viendo la cara que se le había quedado, pensó que no lo entendía.

-Que mono eres.-dijo sentándose a su lado.

Fueron interrumpidos por el golpeteo de unos nudillos contra un cristal. Tras el ventanal, Katarina permanecía de pie sobre el alféizar, mirando hacia atrás, vigilando los tejados cercanos. Por si alguien que no debería la observaba. No vio a nadie.

-¿Pero que...?-Miss Fortune se acercó a abrirle la ventana.-¿Cómo has llegado aquí arriba?

-Como lo hago siempre.-dijo dejándose caer dentro.-Y tampoco creo que los dueños del hotel dejen entrar a gente tal que así.

-Dije que éramos tres personas. Dudo que se hubieran preocupado de eso.-cerró la ventana.-Bueno. ¿Tienes lo que te pedí?

-Sí. No hace falta mucho para llamar su atención, por lo que he oído. Todas las noches, a las 21:00, en el interior de un transportador hexdraúlico de lujo, cuya existencia resulta ajena a los guardianes y a los clanes, se hace una especie de muestra de proveedores y vendedores. De cualquier negocio visto mal por los ojos de las autoridades aquí, y algunas veces, de asta Zaun. Primero baja para recoger a la mayoría de mayoristas y minoristas de Zaun, y luego suben para recoger a los posibles compradores de Piltover. Las ventas se hacen durante la siguiente bajada, y la siguiente subida, por los compradores de Zaun, y vendedores de Piltover, que puedan venir.

-Se lo tienen muy bien montado para una ciudad que se vanagloria tanto de su seguridad.-comentó Fortune, recostándose en el sofá.

-Oh, Piltover es seguro. Aquí apenas se producen muertes violentas. Pero cuando justo debajo de ti tienes a un agujero de trapicheos como Zaun, las cucarachas tienden a colarse.

-Esto me lo pone mucho más fácil de lo que esperaba.-dijo frotándose la barbilla con los dedos.-Pero por ahora, no hay nada más que hacer. Así que relajémonos un poco.


Ezreal corría escalones arriba de la comisaría central de Piltover, donde los guardianes de Piltover mantenían sus dependencias. Aún llevaba con él la bolsa que contenía los rollos que robó de aquel navío en Bilgewater. Los entregaría en la academia para que pudiesen hacerse cargo de ellos adecuadamente, y no para beneficio monetario. Pero antes, tenía que asegurarse de que se supiese quienes eran los responsables.

Pasó corriendo de la recepción. Sabia perfectamente donde estaba el despacho de Caitlyn. El único motivo por el que los demás guardianes que le vieron entrar corriendo no lo detuvieron, fue porque ya lo conocían. Con lo estricta que era la sheriff de Piltover, sus compañeros se preguntaban como era tan permisiva con algunas personas. Concretamente, Ezreal, Jayce, y...

-Eih, Ez...-saludó Vi, cargando con un tipo amoratonado, y probablemente con algunos huesos rotos, en dirección a las jaulas de la comisaría.

-Hola, Vi.-se detuvo de golpe al tenerla de frente, temeroso de que lo golpease si no la saludaba.

-¿Cómo tú por aquí? ¿Has vuelto a...?

-No. No. Es por otra cosa.-dijo mostrándole el contenido de la bolsa, casi con orgullo.-Unos tipos con los que tuve un mal encontronazo en mi último viaje. Suplidores para el mercado negro, imagino.

-Ya. Se llevan cosas viejas de sitios que no les pertenecen. ¿Y si diferencian de ti en que...?

-¡Eih! Todo lo que cojo prestado, o lo devuelvo, o lo dono a la academia. De todas formas, necesito hablar esto primero con Caitlyn.

-Mala suerte. Justo acaba de salir.

-Tsk. ¿Sabes adonde ha ido?

-Le pidió a Jayce que le hiciera unas cuantas modificaciones en el rifle. Ha ido a su taller. Pero, eih. Con lo que sea que necesites una mano, puedo echártela yo.

-No, gracias.

Ezreal escuchó gemir de dolor al matón sobre el hombro de Vi.

-¿Porqué no?

-¿Porqué a ella se le da mejor encontrar a la gente, y a ti darle palizas?-dijo dando un paso atrás.

Vi se quedó mirándolo fijamente unos segundos, con Ezreal pensando en cuanto tardaría en intentar exprimirle la cabeza con esas enormes manazas metálicas

-Bueh. En eso tienes razón. Bueno. Pues suerte en lo que sea que busques.-dijo pasando de largo a Ezreal, que suspiró aliviado cuando la tuvo lo suficientemente lejos.


Jayce fue siempre el héroe de Piltover. Aunque más que el héroe, el rostro. Porque su personalidad, dejaba mucho que desear respecto a la fachada de hombre humilde y amable que muchos tenían sobre él. Era arrogante respecto a sus habilidades como inventor. Y tan inteligente, que tenía problemas relacionándose con gente por debajo de su nivel intelectual.

Solo había un puñado de personas a las que consideraba iguales. Y de todas ellas, ninguna tan atractiva como Caitlyn. Por eso, cuando le trajo aquel plano detallado de su rifle y de todos sus elementos, junto con los cambios específicos que necesitaba, se esmeró tanto como en su primer proyecto. Aquella arma ya era una obra de arte en si. Pero tal como la dejó él...

No podía esperar más por ver su cara de asombro, y escuchar las subsiguientes alabanzas.

-Oh. Muy bien. Exactamente tal y como te pedí.-dijo Caitlyn, apuntando con el rifle, y comprobando su peso.-Gracias.

-... ¿Ya?-preguntó Jayce.

-¿Ya que? ¿Ya te he pagado, no?

-Sí. Pero me esperaba más alabanzas, y mayor sorpresa por mi genio y mi talento.

-Tu genio y talento ya los conozco de sobra. No hay nada que me sorprenda de él. Estaba claro que ibas a darme exactamente lo que te pedía. Nada más, y nada menos.

Para una vez que Jayce pensaba elogiar a alguien más, diciéndole que jamás lo habría conseguido de no ser por lo exactas que fueron sus especificaciones, va y le arruina el momento.

-Ambos sabremos que cualquier otro que no fuera yo, habría dejado las mirillas desviadas al tratar de lidiar con tantos tipos de disparo y de munición en un rifle así. En manos de cualquier otro, habría sido un desastre.

-No lo niego.

Por fin algo parecido al reconocimiento de sus méritos.

-Pero claro. Nadie es tan obsesivo como tú.-le miró Caitlyn con una expresión fría.

-¿Obsesivo? ¡Ja! Mira quien fue a hablar.

Caitlyn pensó en retarle a que continuase, para ver si retiraba sus palabras, o se amedentraba. Pero luego recordó con quien trataba.

-Habla la mujer que se pasa la mayor parte de las madrugadas vigilando las calles con la mira telescópica de su rifle. Y sí. Me lo ha contado Vi.

-Ni era un secreto, ni me ofende. Porque mientras algunos nos molestamos en mantener la ciudad segura, otros se ponen a provocar a criminales aumentados.

-¿Provocar? Perdona. Ellos son los que me atacan a mi.

-Todos esos talleres clandestinos asaltados, dicen lo contrario.

Jayce enmudeció, y parpadeó perplejo.

-¿Cómo te has enterado de eso?

-Nada le pasa desapercibido a la Dama Gris.

-Bueno. Quizás no me seria necesario hacer todo eso, que aclaro, hago sin necesidad ni obligación alguna, si otras personas fueran guardianes más capaces, e hiciesen su trabajo como se debe, atrapando a un criminal huido en múltiples ocasiones.

Caitlyn apretó la empuñadura de su rifle, mientras Jayce apretaba el mango de su martillo hextech, aún apoyado contra la pared.

-No soy yo la que ha puesto a decenas de personas en peligro sin necesidad.

-Yo no cometo esa clase de errores.

De no ser por la interrupción de Ezreal, quizás hubieran acabado la conversación a golpes. Más cuando el rubio abrió de golpe la puerta del taller, se preguntó porque apartaron la mirada el uno del otro tan deprisa.

-Hola. Lamento venir así, pero hay algo urgente que necesito hablar con Caitlyn.

-Ya era hora. Cuanto antes te la lleves de aquí, mejor.-comentó Jayce.

Caitlyn solo le miró seria. Sin un ápice de enfado en su rostro. Solo su acostumbrada frialdad.

-Supongo que será importante.-le dijo a Ezreal.