hola aki sta lo nuevo
recuerdn de ke nada me pertenece
Capitulo 11
Soñolienta. Se sentía soñolienta de un modo casi absurdo. Pero aquella no era la sensación de bienestar, de relajación, que había ido a buscar al campo. Cada vez que salía en coche rumbo a la pequeña granja, lo hacía con la intención de que Bella Cullen escapara durante un rato de la princesa Bella. El tiempo era precioso. Si hubiera querido echarse la siesta, habría podido pasar la tarde del domingo en sus habitaciones.
Bella bebió un poco más de café del termo. Estaba fuerte, como a ella le gustaba. El sol brillaba con fuerza, las abejas zumbaban. Sin embargo, ella no parecía tener energía suficiente para pasear, como era su intención. Quizá si cerraba los ojos un ratito... De todos modos, apenas podía sujetar el termo de café. Quizá si se acostaba sobre las rocas y cerraba los ojos...
Pero entonces el sol dejó de brillar. Hacía frío, como si las nubes hubieran cubierto el cielo y amenazaran lluvia. Bella no sentía el dulce olor de la hierba, de las flores caldeadas por el sol. Solo olía a humedad y a moho. Sentía dolores... Dolores en todo el cuerpo y, sin embargo, parecía tener los sentidos embotados. Oía voces, pero en realidad no lograba escucharlas. Murmullos, zumbidos, pero no de abejas. Hombres.
«Harán el canje por la princesa. No tendrán elección». Susurros, solo susurros.
«Las huellas han sido borradas. Dormirá hasta mañana. Ve a ver cómo está».
Y ella tenía miedo, un miedo espantoso, paralizante. Tenía que despertarse. Tenía que despertarse y...
- Bella...
Bella se asustó y, dejando escapar un grito amortiguado, se incorporó antes de que unas manos fuertes se cerraran sobre sus brazos.
- ¡No! ¡No me toques!
- Tranquila -Edward la sujetó con firmeza, haciéndola sentarse de nuevo. Estaba helada y tenía los ojos vidriosos. Pensando a toda velocidad, Edward decidió que, si no se calmaba enseguida, la llevaría al palacio y llamaría al doctor Franco-. Tranquilízate.
- Pensaba que... -ella se apresuró a mirar a su alrededor: el jardín, el sol, las abejas. Sintiendo que el corazón le latía demasiado aprisa, se reclinó en la silla y respiró hondo-. Debía de estar soñando.
Él escudriñó su rostro, buscando signos de turbación. Pero, al parecer, Bella no se permitía semejante lujo.
- No te habría despertado, pero parecía que estabas teniendo una pesadilla.
Edward la soltó y se sentó en otra silla, junto a ella. Había permanecido allí, bajo la wisteria, observándola dormir, durante cinco minutos, quizá diez. Su rostro le había parecido lleno de serenidad. De él había desaparecido momentáneamente la expresión de recelo que casi siempre percibía en ella.
Había querido mirarla, tan solo mirarla. No tenía sentido negárselo a sí mismo. Cuando la miraba despacio, podía recordarla como era años atrás: una muchacha feliz, confiada, inocentemente sensual. Podía recordarla como la había sentido entre sus brazos: una mujer turbadora, apasionada, generosa. Y, mientras la miraba, se había dado cuenta de que deseaba abrazarla otra vez. Y de que no era solo eso lo que deseaba.
Por lo demás, era consciente de que el deseo que sentía por ella interfería en su objetividad. Y sabía que un poli no era nada si perdía la objetividad. Pero él ya no era un poli. ¿No había renunciado a su placa, entre otras razones, porque la lucha constante por mantener la distancia, por no involucrarse, se le había hecho insoportable? Había deseado algo diferente para su vida. Pero no había contado con que ese algo fuera una princesa.
Edward se recostó en la silla y aguardó hasta que notó que la respiración de Bella se aquietaba. Por el bien de Bella, sería mejor que recordar las normas que habían regido su vida durante sus años en el cuerpo de policía.
- Cuéntame tu sueño -dijo sencillamente.
- No hay mucho que contar. Es muy confuso.
Él sacó un cigarrillo.
- Cuéntamelo, de todos modos.
Ella le lanzó una mirada que a Edward le pareció resentida y exasperada. Pero prefería aquello a su indiferencia.
- Pensaba que estabas aquí en calidad de guardaespaldas, no de psicoanalista.
- Yo sirvo para muchas cosas -encendió el cigarrillo, mirándola por encima de la llama-. ¿Y tú?
- Yo no, creo -ella se levantó. Edward se había dado cuenta de que, cuando estaba nerviosa, le resultaba casi imposible permanecer sentada. Bella arrancó un racimo de wisterias y se lo pasó distraídamente por la mejilla. Otra costumbre que Edward había notado-. No transcurría aquí. Pero sí en un sitio tranquilo. Había hierba. Podía olerla, muy fuerte y muy dulce. Yo estaba soñolienta, pero no quería dormirme. Era una sensación muy molesta, porque estaba sola y quería disfrutar de la soledad -acompañó aquellas palabras de una mirada desafiante. Edward se limitó a asentir y se recostó en la silla. Bella pensó que insultarlo no serviría de nada, y se prendió el racimo de wisteria en el pelo-. Bebía café para intentar mantenerme despierta.
La mirada de Edward se hizo más aguda, pero Bella no lo notó.
- ¿De dónde sacabas el café?
- ¿De dónde? -ella frunció el ceño. La parecía una pregunta absurda, teniendo en cuenta que le estaba contando un sueño-. Tenía un termo. Un termo grande y rojo, con el asa de la tapa rota. Pero el café no me servía de nada y al final me quedaba dormida. Recuerdo que el sol pegaba muy fuerte y que oía a las abejas, igual que ahora. Pero luego... -Edward vio que sus dedos se crispaban antes de que metiera las manos en los bolsillos-. Ya no estaba en el mismo sitio, sino en un lugar oscuro y un poco húmedo. Olía a moho. Y se oían voces.
Él se puso tenso, pero su voz sonó tranquila.
- ¿De quién?
- No lo sé. En realidad, no las oía. Era más bien como si las sintiera. Y tenía miedo -dándose la vuelta, cruzó los brazos alrededor del cuerpo-. Tenía miedo, no podía despertarme y ya está, fin del sueño.
- ¿Era un sueño -murmuró él -, o un recuerdo?
Ella se giró bruscamente. Sus ojos habían recuperado su viveza y sus puños se habían cerrado dentro de los bolsillos.
- No lo sé. ¿Cómo iba a saberlo? ¿Crees que puedo chasquear los dedos y decir «ah, claro, ahora lo recuerdo»? -golpeó con el pie las pequeñas piedras blancas que formaban el borde del camino-. Paseo con Emmett por el jardín y lo único que se me ocurre sobre él es: «qué hombre tan encantador» . ¡Maldita sea! ¿Es eso lo que debo pensar de mi propio hermano?
- Es un hombre encantador, Bella.
-No te pongas paternalista conmigo -dijo ella con los dientes apretados-. No te atrevas a ponerte paternalista conmigo.
Edward sonrió porque, lo supiera ella o no, en ese momento estaba comportándose como toda una princesa. Su actitud emanaba autoridad y soberbia, o cual resultaba en cierto modo admirable y gracioso para un hombre que había conocido a muchos miembros de la nobleza. Pero, a pesar de todo, Edward se levantó y habló con suavidad.
- ¿Quién dice que puedas chasquear los dedos y recordar, Bella? Nadie te está presionando, excepto tú misma.
- Es tanta amabilidad lo que me hace que me sienta presionada.
- No te preocupes -dijo él, encogiéndose de hombros-. No seré amable contigo.
- Cuento con ello -ella se detuvo un momento y lo miró con el ceño fruncido-. Una vez me dijiste que era una egoísta. ¿Por qué lo dijiste?
Sin pensárselo dos veces, él pasó un dedo entre las cejas de Bella, donde se había formado aquella arruga de enojo.
- Quizá la palabra sea «ensimismada». Pero puede que, en este momento, tengas derecho a estarlo.
- No sé si lo prefiero. También dijiste que era una niña mimada.
- Sí -él bajó la mano, de modo que quedaron cara a cara, sin tocarse.
- Eso me niego a aceptarlo.
- Lo lamento.
Ella achicó los ojos.
- ¿Lamentas haberlo dicho?
- No, lamento que te niegues a aceptar lo que eres.
- Eres un hombre rudo, Edward Masen. Rudo y con la cabeza muy dura.
- Es cierto -dijo él, y se balanceó sobre los talones-. También dije que eras terca.
Ella alzó la barbilla.
- Eso lo acepto -dijo fríamente-. Pero tú no tienes derecho a decírmelo.
Él le hizo una reverencia muy lenta, muy burlona. Lo cual no le resultó difícil, pues ella había decidido hacer el papel de princesa, dejándole a él el de mendigo.
- Le ruego me perdone, Alteza.
La ira brilló en los ojos de Bella. De pronto, sintió ganas de arañarle la cara. Pero su buena educación se lo impidió, y al instante comprendió que era mejor así.
- Te estás burlando de mí.
- Añadiremos «astuta» a la lista.
Asombrada porque su ira creciera tan rápidamente, Bella dio otro paso hacia él.
- Parece que hoy te empeñas en insultarme. ¿Por qué lo haces?
Había en ella algo irresistible cuando se ponía altanera, furiosa, gélida. Edward tomó su cara con una mano y la sujetó con firmeza. Ella se quedó boquiabierta.
- Porque hace que pienses en mí. Me importa un bledo lo que pienses, Bella, mientras pienses en mí.
- Pues ya tienes lo que querías -dijo ella con frialdad-. Pienso en ti, pero lo que pienso no es bueno.
Él sonrió lentamente. Bella sintió que se le secaba la garganta y que la piel se le encendía.
- Tú piensa en mí -repitió él-. No extenderé una alfombra de pétalos de rosa cuando te lleve a la cama. No habrá violines, ni sábanas de seda. Solo estaremos tú y yo.
Ella no retrocedió. Estaba paralizada, pero no sabía si era por perplejidad o por excitación. Quizá fuera solo por orgullo. Eso, al menos, esperaba.
-Ahora eres tú el que parece necesitar un psicoanalista. Puede que haya perdido la memoria, Edward, pero estoy segura de que era yo quien elegía a mis amantes.
- Lo mismo digo.
Ella se sintió aturdida. ¿Asustada? No... Sí. Cuando él volvió a hablar, comprendió que ya había tomado una decisión. Y sintió que, de nuevo, la elección no dependía de ella.
- Quítame las manos de encima -dijo en voz baja, con una pizca de arrogancia que intentaba disfrazar el miedo que sentía.
Él la apretó un poco más contra sí.
- ¿Eso es una orden, princesa?
Bella podía haber llevado un manto de armiño y una corona.
- Tómatelo como quieras. Necesitas mi permiso para tocarme, Edward. Un hombre como tú conoce bien las normas.
- Pero los americanos no estamos tan sujetos al protocolo como los europeos, Bella -sus labios vacilaron sobre los de ella, sin llegar a tocarlos-. Quiero tocarte, así que te toco. Te deseo y te tendré... cuando los dos estemos listos.
A Bella se le nublaron los ojos, las rodillas le flaquearon. De nuevo vio solamente oscuridad a su alrededor, y una cara indistinta que se acercaba a la suya. Aquella cara olía a vino rancio. Sintió que su miedo se redoblada, inundando su sangre como una droga narcotizante. De pronto, se apartó de Edward, tambaleándose.
- ¡No me toques! ¡No! Relâchez-moi, salaud...
Sorprendido por su grito desesperado, Edward la soltó, pero al instante siguiente la agarró de nuevo, viendo que se tambaleaba hacia delante.
- Bella -la llevó hasta una silla y la obligó a sentarse con la cabeza agachada entre las rodillas. Habló con voz suave y apaciguadora, mientras para sus adentros maldecía su falta de delicadeza-. Respira hondo y relájate. Lo siento. Créeme, yo nunca intentaría forzarte.
No lo haría. No, Edward no lo haría. Bella cerró los ojos con fuerza y procuró aclarar su mente, librarse de su aturdimiento.
- No -viendo que intentaba desasirse, Edward la soltó. Bella levantó la mirada hacia él. Todavía estaba muy pálida, pero sus ojos tenían una mirada oscura e intensa. Parecían espantados-. No eras tú -logró decir-. No eras tú. Solo estaba recordando... creo... -exhalando un suspiro de frustración, cerró los ojos de nuevo y procuró recuperar el aplomo-. Era otra persona. Por un instante, he creído que eme estaba abrazando otra persona. Un hombre. No podía ver su cara. Estaba oscuro, o quizá sea que mi mente no me deja ver su rostro. Pero me abrazaba y yo sabía, sabía que iba a violarme. Estaba borracho -tomó a Edward de la mano, apretándosela con fuerza-. Olía a vino. Todavía puedo sentir ese olor. Tenía las manos bastas y era muy fuerte, pero había bebido demasiado -tragó saliva. Edward notó que temblaba. Ella le soltó la mano y se sentó muy erguida-. Yo tenía un cuchillo. No sé de dónde lo había sacado. Tenía un cuchillo en la mano. Y creo que lo mataba -se miró la mano. No le temblaba. Volviéndola, se miró la palma. Era blanca y suave-. Creo que lo apuñalaba con el cuchillo -dijo con calma-. Y me manchaba las manos de sangre.
- Bella... -Edward quiso tenderle los brazos, pero al final desistió-. Cuéntame qué más recuerdas.
Ella lo miró fijamente. Tenía la misma cara que en el hospital. Pálida y desencajada.
- Nada. Solo recuerdo el forcejeo y los olores. No sé si lo maté. No recuerdo antes ni después del forcejeo -cruzó las manos sobre el regazo y miró más allá de él-. Tampoco recuerdo si ese hombre me violó.
Edward sintió ganas de maldecir otra vez y se contuvo a duras penas. Todo cuanto Bella le contaba lo hacía sentirse zafio y cruel por haberse hecho el duro con ella unos minutos antes.
- No te agredieron sexualmente -le dijo en tono seco-. Los médicos te hicieron un reconocimiento exhaustivo.
Bella se sintió tan aliviada que estuvo a punto de echarse a llorar. Pero procuró contenerse.
- Sin embargo, los médicos no pueden decirme si maté a un hombre o no.
- No. Eso solo puedes saberlo tú... cuando estés lista para ello.
Bella se limitó a asentir y luego lo miró fijamente de nuevo con gran esfuerzo.
- ¿Alguna vez has matado a alguien?
Él sacó otro cigarrillo y lo encendió con violencia apenas contenida.
- Sí.
- ¿Tú... en tu trabajo...? ¿Fue en defensa propia?
- Sí.
- Cuando uno se ve obligado a hacerlo, no siente remordimientos, ¿verdad?
Edward podía mentirle, podía ponérselo fácil. Y le dieron ganas de hacerlo. Al mirarla, vio que sus ojos tenían una expresión angustiada. Por su culpa le había sobrevenido un recuerdo. Un recuerdo sombrío, espantoso. ¿Debía sentirse responsable por ello? ¿Y no había elegido ya, de todos modos, aceptar la responsabilidad?
Sí, podía mentirle, pero ella acabaría descubriendo la verdad, y entonces le resultaría mucho más amarga. Si, había elegido la responsabilidad.
- Siempre se sienten remordimientos -dijo secamente y se levantó, tomándola de las manos-. Pero podrás vivir con ellos, Bella.
Ella ya lo sabía. Lo sabía incluso antes de preguntárselo, antes de que él respondiera.
- ¿Tú tienes muchos?
- Bastantes. Por eso decidí que ya no podía seguir así-
- Así que te compraste una granja.
- Sí -tiró el cigarrillo-. Me compré una granja. Y puede que el año que viene plante algo.
- me gustaría verla -Bella notó su mirada rápida, levemente sarcástica, y de pronto se sintió estúpida-. Quizá algún día.
Edward deseó que así fuera, y se sintió estúpido.
- Claro, algún día.
Atravesaron los jardines con las manos unidas, de vuelta a los blanquísimos muros del palacio.
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