Capítulo XI
El florecer del amor
Kagome se quedo inmóvil, observando entre los árboles el lugar por el que InuYasha se había perdido, aún mantenía la sensación suave de sus labios acariciándola, sin comprender que era lo que había sucedido, estaba como extraviada en la emoción, en aquella sensación de perdida que le agobiaba el ama, como si ya hubiera tenido que desprenderse de él antes. Se puso de pie y quiso seguirlo, aún tenía el tacto de sus dedos sobre los brazos, despegándola de él, y la mirada dorada mirándola duramente como si hubiera cometido un error al besarla.
-Déjalo solo… el bosque es su mejor amigo…- escuchó Kagome una voz añosa que le habló desde atrás, se giró, para comprobar que se trataba de Kaede.
-Tú… ¿nos viste?...- dijo casi en un susurro.
-Sí, y no te sonrojes niña, es muy normal…- continuó diciendo la mujer, mientras que buscaba un buen lugar para acomodar sus viejos huesos.
Kagome se le quedó mirando, sintiendo el calor disminuir paulatinamente de su rostro, sabía que se había sonrojado furiosamente cuando Kaede le confirmo haber visto aquel beso que de inocente no tenía demasiado, sabía perfectamente que se habían besado con una pasión que aún la mareaba. Decidió sentarse junto a la anciana, no sin antes mirar una vez más en el dirección que había tomado InuYasha.
-¿Hace cuanto que lo conoces?...- preguntó Kagome con cautela en cuanto tomo su lugar junto a la anciana, que le ofreció un jarro de arcilla, para compartir el contenido de una jarra algo más grande que traía en una de sus manos.
-Muchísimos años…- respondió la mujer, con aquella voz tranquila que poseía.
El silencio volvió a hacerse entre ambas, mientras que Kaede vaciaba un poco del humeante líquido en el jarro de Kagome, que deseaba preguntar muchas cosas sobre InuYasha, sin saber por donde comenzar.
-Cuando era solo una niña, se me acercaba al verme jugar sola en el riachuelo que tenemos cerca – dijo de pronto Kaede haciendo una pausa al beber de su propio jarro – al principio me asustó un poco, por que aunque como puedes ver nuestra aldea esta formada por seres de diferentes clanes, en aquel entonces no éramos tantos y nos protegíamos unos a otros, los extraños no siempre eran buenos.
-Comprendo…- fue todo lo que Kagome dijo, intentando no interrumpir el relato. Kaede asintió observándola por un instante, para luego continuar.
-Siempre ha sido un ser solitario, observa el comportamiento de otros desde la distancia, pocas veces recibe algo que no se haya ganado por sí mismo, y es increíblemente testarudo…- Kaede parecía conocerlo tanto, que Kagome por un instante no pudo evitar sentir una punzada de celos, alguna vez ella había sido una mujer joven e InuYasha la conocía hacía tantos años, que sucedía si él se mantenía aún joven y ella había envejecido, no pudo evitar pensar en que eso mismo podía sucederle a ellos, en treinta años más ella ya tendría el cabello cano y él aún estaría en la plenitud de su madurez.
-Tú nunca… bueno tú…- titubeo ante la pregunta y se quedó luego en silencio sin poder formularla.
-¿Si alguna vez me enamoré de él?… - dijo sin preámbulos la mujer - de cierta forma creo que sí, o tal vez solo fuera admiración… lo vi convertirse en un hermoso macho adolescente cuando yo ya era una mujer adulta, pero él siempre me ha visto como la niña a la que conoció en el riachuelo, y luego como la matriarca de esta aldea – confesó con una sonrisa marcada en el rostro que a Kagome sorprendió por su sinceridad, pero prefirió cambiar el rumbo de la conversación, lo que acababa de concluir le había causado un dolor profundo que no supo interpretar.
-¿Qué es Kameru?...- preguntó, sabiendo que quizás no encontraría respuesta tampoco en Kaede.
-Señor – fue la escueta respuesta.
-¿El es el señor de esta aldea?...- continuó sin darse por vencida, mostrando a la anciana su temperamento inquieto, por lo que ella enfocó sus ojos castaños.
-Tienes la sabiduría de los siglos en tus ojos, la respuesta la obtendrás cuando deba ser… cuando él te la dé… - Kagome asintió con suavidad, como acatando lo dicho por la anciana, a pesar de sus inquietudes, sus palabras finalizaron el tema.
A pesar de que no todas sus dudas obtuvieron una respuesta, Kagome guardo silencio e intentó asimilar lo que Kaede intentaba decirle, por alguna razón siempre se había sentido más adulta que el resto de las sacerdotisas que asistían al templo, su modo de ver la vida la diferenciaba de las demás, y justamente aquello era lo que le había otorgado el honor de proteger a los de su clan, aunque sabía que el costo sería muy alto.
Cerca de una hora más tarde, Kagome que había estado compartiendo un poco más de Kaede que la había instruido en el modo de vida de aquella aldea, le explicó que las aldeas mixtas no eran bien vistas en demasiados lugares y que ellos estaban siendo amenazados por el señor que ahora poseía aquellas tierras, que solo podían protegerse de él a través del poder espiritual que Kaede emanaba y que los hacía invisibles para el resto.
-Observa con atención el sobre la colina…- se refería la anciana al lugar por el que ella e InuYasha habían llegado. Kagome se concentró y pudo ver con bastante dificultad, una suave película transparente que tenía un suave movimiento ondulante parecido al del agua en un río.
-Pero nosotros pudimos entrar…- comentó Kagome sin poder creer que Kaede a pesar de estar conversando ahora con ella, su concentración estuviera igualmente puesta en aquel campo de protección.
-Pude percibir la energía de InuYasha, y la tuya…- explicó – debo decir que la energía protectora que posees me desconcertó un poco.
-Yo no puedo hacer lo que tú…- aclaró Kagome con devoción, sabía perfectamente que para alcanzar aquel nivel de concentración debía de trabajar muchísimo.
-Eres capaz de más de lo que adviertes de ti misma… pero como dije antes… todo a su tiempo…- concluyó, mientras que una de las mujeres le hacía un gesto desde la distancia – ya esta lista tu choza.
-¿Mi choza?...- pregunto algo extraviada Kagome.
-Sí niña¿no pretenderás dormir bajo este árbol?... – consultó risueña, notando como Kagome se giró para mirar, sin advertirlo siquiera, hacía la espesura del bosque, que ahora que ya era de noche, se hacía más oscuro e impenetrable – no te preocupes por él… el bosque es su lugar…
Kagome se volvió hacía Kaede, repitiendo en su mente lo que acababa de decir, "el bosque es su lugar", pero ella había conocido a InuYasha metido en antros de diversión, sin embargo al verlo en medio de la naturaleza pudo concluir que era parte de ella, y se le llenó el corazón de un extraño sentimiento de orgullo, pero igualmente de desolación de saberlo caminando por un sendero muy diferente al propio.
Avanzó en dirección a la choza que tal como Kaede le había dicho se le había asignado, dejando tras de ella un suave aroma a flores, tal como InuYasha pudo percibirlo desde la copa del árbol que se encontraba a poco metros de las mujeres. Cuando Kagome finalmente entro a cubierto Kaede que no se había movido de aquel lugar, habló.
-Tu necesidad de ella se esta acentuando…- dijo sin mirarlo siquiera, sabiendo que él podría escucharla aunque estuviera susurrando.
-Eso no te importa – respondió molesto, intentando no volver a mirara la choza en la que ahora estaba Kagome.
-Puede que ella sea tu destino…- continuó Kaede, ignorando la nota de mal humor en la voz de InuYasha.
-Ella es una sacerdotisa, maldita sea Kaede – dijo con indignación y algo de nerviosismo.
-Puede que la leyenda se este repitiendo…- susurró esta vez Kaede, sin dejar de mirar en la dirección que había tomado Kagome.
-¿Leyenda?...- consultó con algo de curiosidad InuYasha.
El silencio se hizo entre ambos, Kaede parecía evaluar el continuar hablando, sabía que había cosas que debían de caer por su propio peso, el conocimiento se le había sido entregado a través de los años, a los sacerdotes que pertenecían a la estirpe, sus pensamientos fueron interrumpidos por una ansiosa voz que ahora le hablaba desde más cerca.
-¿Qué leyenda?...- le consultó con curiosidad, acuclillado ahora e la hierba junto a ella.
-Veo que he abierto tu curiosidad…- se burlo ella, recordando el modo en que lo hacía desde niña.
-Mira mocosa, no te burles de mí…- le dijo con impaciencia.
-Te recuerdo que tenemos casi la misma edad, y en ese caso el que parece un mocoso eres tú – aclaró ella con solemnidad.
-Ya deja eso...- dijo sabiendo que ella tenía razón – ahora háblame de la leyenda.
-La leyenda dice que el amor eterno entre una sacerdotisa y un hanyou, se unirá cuando deban proteger la Perla de Shikkon – dijo sin más preámbulos la mujer.
InuYasha se quedó en silencio por un instante, analizando las palabras de Kaede, sentía que el corazón remartillaba en el pecho ante la sola idea de aquel amor eterno del que hablaba la anciana, pero entonces comprendió que estaba como un tonto enamorado aferrándose a historias viejas y que probablemente n tuvieran nada de reales.
-Son solo tonterías…- dijo de pronto, poniéndose de pie, con la clara idea de irse de ahí.
-Hay un templo en lo más apartado de estas tierras, un lugar que no llegó a ser tocado por la mano del hombre y sus combates, un pozo y la base de la leyenda…- dijo sin más Kaede.
El se quedó con la vista fija en ella, una parte de él ansiaba creerle, la otra se negaba a guardar la más mínima esperanza.
-La famosa perla ni siquiera existe… - dijo de pronto con la voz cargada de molestia ante la sola idea de haber creído por unos momentos – ni siquiera sé por que estoy escuchando todo esto – se dispuso a volver a su árbol.
-Porque tú alma sabe que puede ser verdad…- fue todo lo que dijo Kaede, e InuYasha ya no quiso oponerse.
Kaede sabía que la perla estaba en algún lugar, podía sentir su poder, y él crecimiento del mal a su alrededor, ese era el destino de la joya, atraer el mal, que solo puede ser vencido por la fuerza del amor, un amor que mantiene viva a las almas.
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El día siguiente transcurrió de forma normal, Kagome pudo ver que los hombres ya no estaban el la aldea cuando ella se levantó, las mujeres ya estaban en sus labores, pero este día parecía un poco más ajetreado que el resto, un grupo de niños jugaba custodiado por una muchacha joven que estaba haciendo las veces de niñera.
-Buenos días señora…- escuchó Kagome desde atrás la voz suave de Ayame.
-Buenos días Ayame…- respondió con una sonrisa, sabía bien que su aspecto no debía de ser muy agradable, se había trenzado el pelo, para que no se notara demasiado despeinado y aún vestía las prendas que le entregaran el día anterior, pero al parecer no tenían pensado pasarle más.
-Acércate y desayunaremos con los ancianos – pidió la mujer junto a ella, mientras que hacía algunas señas a otras que se acercaron con prestancia, por lo que Kagome pudo deducir de las palabras que Ayame les dijo, arreglarían su choza.
-Me gustaría ayudar en algo… no quiero estar sin hacer nada…- dijo Kagome, mientras que avanzaban hacía un pequeño fogón que parecía tener horas encendido.
-Oh, señora, hoy en particular tenemos mucho que hacer…- fue la respuesta entusiasta que recibió.
-Soy Kagome, no lo olvides… ¿qué sucede hoy?...- preguntó ante el regocijo particular que mostraba la mujer.
-Es una noche muy especial, hoy celebramos la luna llena… - dijo casi con jubilo Háyanme, y Kagome sintió que un escalofríos le recorría la espalda al recordar lo que a ella le estaba esperando para esta noche junto a ese youkai lobo que la había secuestrado. Se sorprendió del poco tiempo que llevaba en este mundo y de que parecía mucho más.
-¿Tú eres una youkai lobo verdad?...- consultó Kagome con delicadeza, buscando ser cautelosa.
-Se me nota demasiado…- dijo Ayame como si fuera alguna especia de secreto que no debía de revelar.
-Oh bueno, digamos que tu alegría ante los eventos de esta noche, te delatan más que tu aspecto…- intentó suavizar e pesar de la muchacha – además no es nada malo, aquí hay muchos seres de diferentes clanes.
Ayame se silencio por un momento y luego le mostró una hermosa sonrisa a Kagome.
-Lo sé, pero los de mi raza no se caracterizan por ser demasiado civilizados…- respondió ella sin más – hemos llegado, Kagome…
Al escuchar su nombre pronunciado con afecto en la mujer, Kagome compendió que acababa de formarse un lazo entre ambas, ella sabía bien a lo que se estaba refiriendo Ayame, pero ella misma era la prueba más clara de que con un poco de esfuerzo todos los seres podían vivir juntos y en armonía, que las diferencias eran únicamente externas, la base de nuestro interior es la misma.
Así vio transcurrir su día, entre aprender formas diversas de cocinar las patatas que los hombres traían desde el campo, acompañándolas de un guiso de carne animal, y de un exquisito licor de Fraya que la misma Ayame se encargó de preparar.
-Debes tener cuidado con él Kagome, el dulce y engañador…- le dijo Ayame cuando Kagome se llevaba el segundo vaso a los labios, los vasos eran de arcilla al igual que el resto de su vajilla, pero los que se utilizaban para el licor de Fraya, eran más pequeños, podías vaciarlos de un trago largo.
-No me siento mareada – sonrió Kagome.
-Prueba dos más y luego conversamos…- se rió de buena gana Ayame al ver los ojos chispeantes de Kamui.
Kagome optó por acatar las palabras de Ayame y dejó el licor de Fraya, ara centrarse en las bolas de patatas rellenas con el guiso que ahora estaba preparando las mujeres. Observó a su alrededor, más veces de las que recordaba, no había vuelto a ver a InuYasha desde que desapareciera en medio del bosque la noche anterior, por un instante llegó a pensar que tal vez la había dejado abandonada ahí en la aldea, un sentimiento de dolor se alojó por un instante en su corazón, pero lo vio desaparecer casi de inmediato cuando de entre los árboles acompañado de otros hombres, apareció InuYasha, cargando con una canasto lleno de peces de algún río cercano. Sus miradas se cruzaron por un instante, en el que todo alrededor pareció más hermoso, el trabajo en los campos había terminado más temprano y todos estaban ahora abocados a la celebración que comenzaría en un par de horas.
-Kagome, ven sígueme…- le dijo Ayame desde un costado, y ella enfocó los ojos esmeralda de la muchacha, asintiendo por inercia. Luego se giró hacía InuYasha nuevamente, pero este le estaba dando la espalda preocupada de su labor junto a los demás hombres.
Vio que la llevaba a la choza que le habían entregado la noche anterior, como su alojamiento privado por el tiempo que pasara en la aldea, las mujeres que la tarde anterior estuvieran con ella mientras la bañaban y ayudaban a vestir estaban nuevamente ahí.
-¿Qué sucede?...- consultó curiosa Kagome.
-Debes prepararte para la celebración… todas lo haremos – respondió Ayame, azuzando luego con palabras a las mujeres que ya tenían un baño tibio preparado para Kagome, esta vez, cubierto con flores silvestres que llenaban el lugar de un exquisito aroma.
Sintió la mano de Ayame posarse en su espalda y empujar de ella en dirección a la bañera, sosteniendo entre sus anos un hermoso vestido de una tela delgada hecho de varias capas de ella, del tono de las hojas al caer de los árboles en otoño.
-Vamos Kagome, esta noche debes estar hermosa…- dijo la muchacha - Kamui riere kome valetiu otu Kameru…
-¿Qué les haz dicho?...- se inquietó Kagome, al notar que hablaban de ella e InuYasha.
-Que debes estar hermosa para Kameru – respondió - ¿no quieres estarlo?...- preguntó entonces Ayame con cierta inquietud, Kagome guardo silencio por un instante, imaginando el rostro de InuYasha al verla ataviada con aquel hermoso vestido que ahora sostenía la muchacha entre sus manos.
-Sí…- respondió sintiendo un júbilo inquietante en todo el cuerpo, como si algo en ella estuviera despertando, y entonces recordó la segunda noche que bailo en Midoriko, esa noche ansió bailar solo para él, a pesar de no conocerlo, a pesar de que era irracional, ella lo deseo, y esta noche lo haría… bailaría para InuYasha… el gozo se instaló ahora en su corazón, sabiendo que estaba desafiando todas las leyes de una sacerdotisa, quizás fuera el licor de Fraya, pero se sentía libre…solo esperaba que el efecto le durara lo suficiente como para llevar a cabo su anhelo…
"Entre la tempestad ansiosa de mi corazón,
Se abre paso la vigilia de mil noches,
Esperando posar entre tus brazos mi alma
Y beber de tu anhelo el mío, cargado de deseo y soledad,
Saciarme de la inquietante sensación de poseer la dicha de tu espíritu,
Complementarme a ti, adherirte a mi piel,
Convertirte en parte de mi esencia,
Para ser un solo suspiro de vida"
Anyara
Continuará…
A continuación vendrá un momento romántico que espero que nos llene el alma de aquello que tanto anhelamos… amor puro y entregado, amor en toda su extensión, espero poder dejar pronto el próximo capítulo y en tanto este les haya aclarado algunas cosillas… besitos mucho y gracias por leer… y acompañarme…
Siempre en amor…
Anyara
