Más respuestas a las preguntas de la princesa, aunque no todas, pero suficientes por el momento.

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El grupo caminó durante dos días más cuando Vefamil, quien volaba, divisó un lugar ya conocido, el rancho Lon Lon. Se desviaron un poco para llegar ahí, aunque cuando llamaron en la entrada principal el único que estaba era Tarian, el padre de Marian, quien les dijo que su hija había salido de visita a la Villa Kakariko el día anterior. Zelda agradeció y luego propuso ir hacia aquel lugar, pues aunque no parecía tan importante, en realidad quería que por lo menos un humano fuese partícipe de aquella odisea y no se le ocurría mejor persona que Marian, quien le había ayudado a levantar la maldición que existía sobre la Fortaleza Olvidada.

De esa forma partieron hacia el poblado, a buen ritmo de caminata, por lo que llegaron al siguiente día. El lugar tenía mucha más vida que la última vez que habían estado ahí. La mayoría de los arreglos en casas y edificioas había finalizado, todo se encontraba mucho más limpio y el ambiente era en general más alegre. Zelda y los niños recorrían Kakariko, buscando a Marian con la vista, sin poder encontrarla. Algunos pobladores los saludaban, pues no era difícil de reconocerlos, pero Zelda no tenía suficiente confianza con ninguno como para preguntar tan casualmente por Marian.

-Eres la princesa de Hyrule, tú solo pregunta y ya -dijo Vefamil, quien caminaba con sus alas en la nuca.

-No me parece lo más educado -respondió ella-, mejor vamos con don Smith y él podría saber algo.

La princesa recordó de inmediato dónde estaba la casa del herrero y se dirigió hacia allá, al llegar tocó la puerta con cierta delicadeza, pero nadie abrió.

-Así será difícil que te escuche, yo hago esto -Buruki se adelantó y golpeó la puerta en repetidas ocasiones hasta que finalmente se abrió. Don Smith, quien había subido de mal humor al haber sido interrumpido en su labor de forja, cambió su semblante a uno de alegría al ver a Zelda y a los niños, y de inmediato los invitó a pasar.

-Me da gusto ver que están con bien, los veo fortalecidos con respecto a la última vez que estuvieron aquí -les dijo él.

-A nosotros también nos da gusto verlo -respondió Zelda-, y también ver que el pueblo tiene mucha vida.

-Eso es porque más gente ha regresado -dijo don Smith y procedió a explicar-. Quienes estábamos en la cueva, no somos los únicos pobladores de Kakariko. Otros huyeron hacia los límites de Hyrule o se escondieron en otras regiones, pero esa gente poco a poco ha estado regresando a este lugar; lo mismo sucederá con quienes vivían en la ciudadela del Castillo, algunos están aquí.

-Es nuestro siguiente destino, aunque antes debo ir a un lugar cercano a ese -indicó la princesa-. He venido aquí no solo a ver cómo está todo, sino que busco a Marian, su padre me ha dicho que se encuentra aquí.

-Aquí está, sí, y a esta hora seguramente debe estar con Alina. Ve hacia la salida este del pueblo, al extremo contrario de donde está el río. Ahí hay un campo de margaritas, es probable que las encuentres ahí.

Zelda pidió a los niños que se quedaran en esa caa y fue a buscar a Marian. Ellos lo hicieron y de inmediato, cuando ella marchó, don Smith preguntó:

-¿Acaso esa espada es la legendaria...?

-Lo es, la obtuvo en el Templo del Bosque -afirmó Buruki.

-Esa chica está llegando más lejos de lo que ella misma cree. Durante mucho tiempo traté con caballeros y muchos de ellos hablaban de la legendaria Espada Maestra, y según las leyendas que contaban entre ellos, las personas que en toda la historia de Hyrule habían logrado empuñarla, podían contarse con los dedos de una mano. Que ella la tenga ahora es algo muy especial.

Zelda se dirigió hacia donde don Smith le había dicho y encontró sin problemas aquel campo de margaritas. Sobre él se encontraban Marian y Alina sentadas, charlando y sonriendo. Advirtieron que alguien se acercaba y la reconocieron, se levantaron de inmediato y fueron a saludarla de forma efusiva, especialmente Marian.

-Me alegra mucho que estés bien -afirmó la granjera mientras abrazaba a la princesa.

-Sabía que no demorarías en regresar -dijo Alina.

-A mí también me da gusto verlas, y más en el estado en que se encuentra Kakariko.

-Todo es gracias a ti -sonrió Marian.- Hyrule está volviendo a la normalidad gracias a ti.

-No es solo gracias a mí -respondió Zelda-, todo Hyrule debe unirse para regresar la prosperidad a esta tierra... los humanos también. Ninguna raza debe estar apartada de otras, debemos estar todos juntos, es por eso que vengo a pedirte que me acompañes al Castillo de Hyrule. Ayúdame Marian, necesito a todo Hyrule detrás de mí para seguir adelante.

-Pero... ¿yo qué puedo hacer? No soy fuerte ni sé pelear como tú -respondió Marian, sorprendida.

-No es necesario que pelees. Una gerudo, una zora, un kokiri, un goron y un rito han viajado conmigo, han arriesgado mucho para que la paz y el bienestar regrese a sus pueblos. Lo único que necesito es que los humanos también se sientan, nos sintamos, parte de esta tierra.

-El enlace entre todos nosotros y la liberación de Hyrule... esa serías tú, Marian -le dijo Alina, perspicaz pero seria.

-No podría negarme, luego de todo lo que has hecho -aceptó Marian. Luego Zelda miró a Alina y le dijo:

-Te prometo que la cuidaré, no le pasará nada.

-Más vale que así sea -sonrió la rubia y luego abrazó a Marian, quien conrrespondió por algunos segundos. Luego se despidieron y Alina quedó en ese campo de flores mientras la princesa y la granjera regresaban a Kakariko. Marian comentó que había dejado en el rancho Lon Lon aquel disco de batalla que habían obtenido en la Fortaleza Olvidada, pero Zelda le recordó que no la llevaba consigo para pelear.

Cuando llegaron a la casa de don Smith, Romis, Vefamil y Gonirik ya estaban comiendo, por lo que Zelda los reprendió.

-Chicos, no tenemos mucho tiempo para esto y además se estan aprovechando de la amabilidad de don Smith.

-Es lo que les dije, pero no escucharon -suspiró Buruki.

-Es que teníamos hambre, hermana -respondió Romis con su boca aún repleta de alimento.

-No es lo mismo comer en una mesa que mientras se viaja -aseguró Vefamil.

Zelda y Marian entonces se sentaron a esperar a que los chicos terminaran de comer, mientras la princesa se disculpaba con don Smith por las molestias. Para él no representó ninguna incomodidad y disfrutaba de la compañía de aquellos que habían ayudado a Kakariko y a la gente de Hyrule. Lamentaba no poder ayudar más a Zelda, pero teniendo ella la Espada Maestra y el Escudo Espejo, realmente no tenía ya nada que hacer. Cuando los niños terminaron de comer, lo único que el hombre hizo fue desearle suerte a la princesa y pedirles a todos que se cuidaran.

-Ayuda a la princesa en lo que puedas, Marian. Tú nos representas a todos -pidió él a la granjera y ella asintió con decisión.

De esa forma, el grupo, que ahora era de siete, partió hacia el noroeste, pues Zelda recordaba que el Templo del Tiempo, o al menos las ruinas de este, se encontraban cerca del Castillo de Hyrule, en las afueras de la ciudadela contigua a este. Caminaron entonces cerca de dos días, durante los cuales, los niños contaban a Marian las aventuras que habían vivido, con lujo de detalles y mucho entusiasmo. Además la joven granjera sabía muchos más trucos de cocina que cualquiera de ellos y pudieron comer mejor que en otras ocasiones.

-Esto sí que fue un manjar. Marian, eres la mejor -le decía Vefamil durante el mediodía dos noches después de que habían salido de Kakariko.

-Nunca se me dio la cocina, por eso mejor era camarera en el Valle Girasol -aceptó Zelda.

-Cuando regresemos a la Aldea Rito, les invitaré un super banquete, mejor que ninguno que hayan comido -afirmó Vefamil

-Eso dijiste la última vez... -se quejó Gonirik.

-Pero es que cuando regresemos, seguramente ya estará todo muy bien, las frutas habrán crecido, todo será más sano y habrá comida abundante.

Todos escuchaban divertidos aquella conversación, cuando Buruki creyó escuchar algo y sacó su cimitarra, alertando así a los demás. La joven gerudo aseguró que algo se acercaba y segundos después un fétido olor comenzó a ser percibido por el grupo, acto seguido fueron acercándose cuatro figuras con un paso irregular, pero firme. Eran moblins, sosteniendo sus lanzas, mostrando sus dientes y babeando. Zelda se colocó en guardia y sacó la Espada Maestra, aunque luego recordó lo que le sucedió a su espada ropera la última vez que había atacado a un moblin. Los monstruos se acercaban y Marian remembró cuán difícil había sido en la Fortaleza Olvidada, acabar con ellos, y ahora eran cuatro. Zelda vio a Vefamil sacar su arco y tomar las flechas de luz, pero le pidió no usarlas a menos que no hubiera otra salida, no quería desperdiciarlas. La princesa estaba dubitativa en cómo atacar a esas malolientes bestias cuando sintió que algo la llamaba a usar su espada, no podía decir con claridad si era una voz o un presentimiento, pero la animó a atacar.

Entonces Zelda tomó con firmeza la Espada Maestra y se adelantó para atacar al moblin que parecía llegar más rápido. Este atacó, pero ella bloqueó fácilmente con su escudo y luego le arrancó la cabeza de un tajo. De inmediato revisó la hoja para ver si la sustancia pegajosa estaba adherida a ella, pero a diferencia de lo sucedido con su ropera, esa viscosidad resbalaba de la hoja sagrada en lugar de quedarse pegada a ella. Así, la princesa tomó mayor confianza, y haciendo uso de su escudo, espada y magia, acabó con aquellos monstruos en un dos por tres, sin dejar que Marian o los niños se movieran. Todos quedaron sorprendidos por la habilidad de la joven hyliana, aunque también por la decisión con la que había matado a esos monstruos.

-Nunca seas nuestra enemiga por favor, Zelda -sonrió Marian, para sacar del trance de sorpresa a los niños.

-Solo atacaría de esta forma a esos monstruos, yo lo sé -afirmó Buruki y se acercó a la princesa para cerciorarse de que estaba bien. La rubia sonrió y su rostro volvió a ser el de siempre.

-No podía dejar que esas cosas se acercaran a ustedes -afirmó Zelda-. Mi deber es protegerlos pase lo que pase.

Al seguir caminando en dirección de donde habían venido los moblins, el olor y el ambiente se hacían más desagradables y la figura del Castillo de Hyrule comenzaba a verse en el horizonte, el aire parecía más denso y hasta una neblina apareció poco a poco. Sin darse cuenta, pronto estaban pisando un camino de piedra que era la entrada a la ciudadela del castillo, o más bien sus ruinas. Había algunas alimañas por ahí, monstruos de menor tamaño que los moblins, que no representaron problema, porque la mayoría huyeron o fueron destruidos rápidamente por el grupo. Zelda guardó la Espada Maestra y llamó con la voz para ver si alguien respondía, pero nadie lo hizo. Siguieron el camino de piedra hasta llegar a una fuente de agua circular, en lo que anteriormente era la plaza principal del pueblo. La princesa cerró los ojos y empezó a recordar entonces cómo era ese lugar diez años atrás. Cuando había visitado la ciudadela, principalmente con su madre, esa plaza siempre estaba llena de vida, con personas comprando o charlando, con artistas demostrando sus actos y niños jugando y corriendo.

Esos recuerdos le causaron a Zelda un dolor en su corazón, pero también fue capaz de saber hacia qué dirección se encontraba el Templo del Tiempo. Pidió a los niños y a Marian que la siguieran, y caminó hacia el oeste de esa plaza, pasando popr escombros de viviendas y comercios hasta llegar a lo que solía ser un enorme jardín, en el cual no había ya flores, sino simplemente plantas silvestres. Cubierto por aquella vegetación se encontraban las ruinas del templo.

-Como dije, este lugar está totalmente destruido -se lamentó Zelda.- No sirvió de nada venir...

-Que los muros y vitrales hayan sido derribados, no quiere decir que este lugar no cumpla con su propósito -dijo alguien, una voz juvenil que se escuchó detrás de ellos. Todos voltearon y vieron a un joven ataviado con una túnica larga, azul marino y con un cabello castaño también muy largo.

-Tú eres... Olambe te mencionó tu nombre es... ¿era? -preguntó Zelda un poco avergonzada por haberse olvidado de ello.

-No es de buena educación preguntar por un nombre si antes no te has presentado, joven guerrera -dijo él y Zelda casi se sintió reprendida.

-¡Claro, claro! -afirmó la princesa y luego hizo una pequeña reverencia-. Mi nombre es Zelda y soy la princesa de Hyrule.

-Él se llama Kail, eso dijo Olambe -recordó Dalome.

-Es mi nombre -afirmó él, sin dejar de ver a Zelda. Sus ojos, tranquilos y entrecerrados eran lo único que no lucía jovial en él.- Por otro lado, no sé si creer que en realidad eres la pequeña Zelda, quien continuamente estaba escondida detrás del vestido de la reina. Incluso es difícil de creer que, aun si alguien de la Familia Real sobrevivió a lo sucedido hace diez años, volvería a Hyrule.

Zelda entonces enseñó la insignia de la Trifuerza en la parte posterior de su mano y cómo el triángulo de la sabiduaría brillaba en contraste con los otros dos. La princesa, seria e incluso enfadada, procedió a preguntar:

-¿Tú participaste en el ataque al Castillo?

-Pequeña princesa, yo odio pelear, y odio las costumbres sheikah de honor que llevan directamente a la muerte. Por eso juré quedarme aquí para siempre, custodiando el Templo del Tiempo. La respuesta que buscas es no, yo no participé en tal ataque.

-El Gran Árbol Deku me dijo que debía venir al Templo del Tiempo, que aquí probablemente encontraría respuestas -afirmó la princesa.

-Se refería a esa leyenda, ¿verdad? Pues en todos mis años aquí nunca he visto que algo se manifieste en este lugar, y soy mucho más viejo de lo que aparento, no tanto como Olambe o Impa -el sheikah habló con la verdad, pero la mirada de Zelda demostraba que ella no había ido hacia allí solo para una negativa, así que finalmente él decidió llevarla al templo, que, aunque estaba destruido, aún tenía una parte todavía en pie y hacia ahí fueron ambos. Había una puerta de madera, grande y vieja, pero aún completa. Dentro se encontraba un altar con tres inscripciones y atrás de este, una roca de forma cuadrada.

-Esta es la roca del tiempo y solía ser una puerta sellada que delimitaba el portal hacia el Reino Sagrado -explicó Kail ante la presencia no solo de Zelda, sino de todo el grupo.- Cuando el Héroe del Tiempo y la Princesa del Destino, junto a los sabios, sellaron a Ganondorf dentro del Reino Sagrado, la puerta perdió su propósito, sobre todo porque la Trifuerza había sido separada en tres partes. Anteriormente, para abrirla, era necesario todo un ritual que incluía a las piedras espirituales de Hyrule y uno de los tesoros de la Familia Real: la Ocarina del Tiempo. Ahora es sencillo abrirla, solo debes tocar esta melodía.

Kail sacó de entre su túnica una pequeña flauta plateada y la colocó en su boca para tocar una canción. Las notas, mayormente graves, resonaron en el lugar aun en ruinas y el cual se estremeció cuando, al momento de que las notas cesaron, la roca pareció partirse en dos y develó una entrada hacia la única cámara del templo que todavía estaba totalmente completa, sin destrucción.

-No te mentiré pequeña princesa, yo he entrado ahí varias veces y nunca he visto nada, ni escuchado, ni olido, ni sentido. Es simplemente un cuarto oscuro, pero si quieres entrar, adelante, solo no te asustes cuando la puerta se cierre, yo la abriré cuando me lo pidas -explicó el sheikah. Zelda entonces caminó hacia el interior, y como la puerta realmente no era muy grande, poca luz pasaba, por lo tanto la oscuridad era cada vez más notable. Cuando finalmente entró a una habitación circular, escuchó la puerta cerrarse y quedó en la peumbra total.

La princesa hizo entonces brillar su Trifuerza de la Sabiduría y gracias a ello pudo ver -aunque no sin dificultad- que efectivamente ese cuarto estaba prácticamente vacío. Dio algunos pasos, tocó las paredes, y cuando, tras unos minutos, se resignó a no encontrar nada, decidió regresar, pero fue entonces detenida por una voz.

-¿Eres una princesa de sangre hyliana? -preguntó.

-Soy... ¡Mi nombre es Zelda y soy la princesa de Hyrule! Sí tengo sangre hyliana -respondió ella, algo dubitativa y nerviosa.

-La nueva heredera se parece mucho a la Princesa del Destino -dijo la voz, tranquila, elocuente y femenina.

-¿Ustedes son las diosas creadoras de Hyrule? -preguntó Zelda con cierta cautela.

-No somos las tres diosas, sino su escencia, lo que ha quedado en Hyrule ligada a ellas. Sé lo que ellas saben y ellas saben lo que yo sé, pero no estás hablando directamente con ellas ni tampoco tengo su poder.

-Pero... ¿entonces eres capaz de responder a mis preguntas, verdad? -cuestionó la princesa.

-Si las diosas lo saben, yo lo sé, y como eres la heredera de la sangre de la diosa Hylia, accederé a responderte -afirmó la voz.

-Eso es perfecto -sonrió Zelda-, entonces quisiera saber por qué las diosas detuvieron la inundación de Hyrule.

-Cuando la inundación estaba cerca de completarse, las diosas tuvieron una visión del futuro, al menos de uno de los posibles futuros, y en ella vieron que la destrucción de Hyrule sería inevitable si seguían con ese plan. Según esa premonición, Ganondorf regresaría y, a pesar del surgimiento de un nuevo héroe, sería capaz de juntar los fragmentos de la Trifuerza. El rey Daphnes Nohansen lograría adelantarse y tocar, antes que Ganondorf, la Trifuerza y así pedir como deseo un futuro para la princesa de ese tiempo, el joven héroe y quienes los acompañaran a buscar una nueva tierra; sin embargo, el Hyrule que conocemos desaparecería para siempre. Es por eso que las diosas decidieron revertir la inundación y apostaron todo a la fuerza de Hyrule, su rey y sus protectores.

-Y al final... la apuesta salió bien... ¿o no?

-No del todo princesa -dijo aquella voz-. El sacrificio de los sheikah marcó el futuro que hoy vive esta tierra.

-La princesa... -recordó Zelda de pronto-, ¿cómo es que ella supo del hechizo de sacrificio?

-Alguien se lo dijo, pero a pesar del poder de las diosas, ellas no son omnipotentes ni pueden ver absolutamente todo, por lo que no saben quién lo hizo -respondió la voz ante la decepción de la princesa.

-Tengo otra pregunta -dijo ella-. ¿Qué sucedió con el héroe y por qué nunca ha vuelto a aparecer?

-El Héroe no es una figura que tenga que ser igual al anterior, puede venir en diferenes formas, por ejemplo, tú -dijo la voz mientras Zelda bajaba la mirada y sonreía levemente.- El hecho es que, aunque en ocasiones el Héroe ha sido un elegido por el destino, esto no necesariamente tiene que ser así. En cuanto al Héroe del Tiempo y su repentina desaparición, fue obra de la Princesa del Destino. El Héroe del Tiempo inició sus andanzas aún siendo un niño, por lo que, cuando obtuvo la Espada Maestra y entró al Reino Sagrado, él todavía era muy joven como para poder ser llamado "heroe", así que la espada lo selló durante siete años. Cuando despertó, había pasado de niño a joven y emprendió entonces su aventura para salvar a esta tierra. Así lo hizo, con ayuda de la Ocarina del Tiempo, una reliquia mágica que finalmente devolvió a la Princesa del Destino. Ella quiso regresarle al héroe los siete años que él había perdido, por lo que lo envió al pasado, creando así una bifurcación temporal, en la cual Ganondorf nunca pudo entrar al Reino Sagrado. A causa de esto, esta época se quedó sin héroe y fue por ello que la Trifuerza del Valor se separó en fragmentos que se esparcieron por todo Hyrule.

-Ya veo... todo a causa de la princesa... -lamentó Zelda.

-Ella fue una joven con arrojo y temple, para la Princesa del Destino no fue nada fácil liderar a Hyrule durante esa época.

-No la juzgo en absoluto -aseguró Zelda-, de hecho, cuando pienso en ella, mi corazón se llena de angustia... pero ahora sé que debo ser más fuerte que nunca. Es mi deber, como lo fue de ella, como lo ha sido de todos los gobernantes de Hyrule. Tengo que proteger a esta tierra.

-La sangre de la diosa Hylia corre por tus venas, debes honrarla, princesa -dijo aquella voz y luego desapareció por completo. Zelda la llamó algunas veces más, pero nadie respondió. La princesa entonces volvió por donde entró, todavía utilizando el brillo de su mano como si fuese una linterna, llegó a la puerta y llamó con su voz y golpeó con sus manos. Kail pudo escucharla y tocó la canción para que la joven pudiera salir.

Cuando salió, Zelda fue abordada con preguntas, pero sintió que todo le daba vueltas y pudo haber caído al suelo si Buruki y Vefamil no se hubieran apresurado a sostenerla. La sentaron en el empedrado suelo de ese lugar, apoyando su espalda contra uno de los fragmentos de muro que todavía quedaban por ahí y trataron de despertarla. Kail fue a traer un poco de agua y con ello pudieron hacer que la princesa abriera los ojos, luego de unos minutos.

-Me siento sin energía... -musitó ella.

-¿Qué sucedió ahí adentro? -preguntó Buruki.

-Pude hablar... no exactamente con ellas, bueno, más o menos, pero sí me dijeron lo que quería saber.

-Parece que usaste tu magia por largo tiempo -indicó Kail, señalando el brillo que aún provenía de la mano de Zelda. La joven disipó el uso de la Trifuerza y pudo recuperar un poco de energía. El sheikah se imaginó que la comunicación que la princesa había entablado había requerido el uso de la Trifuerza de la Sabiduría y por ello, sin ella, él jamás había podido escuchar algo. Él no sabía que además habría necesitado ser heredero de la sangre de la diosa Hylia.

Una vez que Zelda descansó lo suficiente, se incorporó y luego agradeció a Kail. Aún estaba un poco cansada, pero sabía que debía continuar. Se lamentó no haber preguntado a aquella voz, acerca de la ubicación del último fragmento de la Trifuerza del Valor, pero imaginó que pudiera estar en las ruinas del Templo del Tiempo.

-Pequeña princesa, es mejor que sigas descansando, no encontrarás nada en el templo, te lo aseguro -afimró el sheikah. Cuando Zelda y los niños voltearon a verlo, él mostró su mano derecha, abriendo su puño y ahí estaba una piedra dorada, un fragmento, una parte de la Trifuerza del Valor.

-¿En serio es...?

-Siempre pensé que estaría más seguri conmigo, pero si has podido hablar con las diosas, creo que tal vez es bueno que lo tengas -dijo él y extendió su mano para que la joven pudiera tomar el fragmento. Así lo hizo ella, viendo con curiosidad ese pedazo que completaría el legendario triángulo. Zelda cogió el fragmento y lo colocó en su mano, con lo que este comenzó a brillar intensamente, y no solo eso, sino que también parecía resonar. La hyliana sacó la bolsita donde tenía los otros siete fragmentos y, cuando la abrió, pudo observar que estos también estaban titilando.

-Esta vez sí podrás armarla completa -indicó Dalome, recordando que, en el bosque, ello no había sido posible.

-Estoy algo nerviosa en realidad -dijo ella al momento de poner los fragmentos en el suelo. Con sus manos temblorosas fue armando la figura triangular, como un rompecabezas. Las piezas encajaban perfectamente y cuando todas fueron acomodadas correctamente, de ellas surgió un brillo intenso, cegador, que obligó a todos a cerrar los ojos por unos instantes. La primera en abrirlos de nuevo fue Zelda y cuando los demás pudieron volver a ver, la princesa tenía sus manos juntas y, flotando sobre ellas, estaba un triángulo dorado. La reliquia empezó entonces a resonar con la mano de la princesa y tras unos segundos pasó a formar parte de la marca que Zelda tenía ahí, solamente el triángulo superior de la Trifuerza no brillaba, indicando que tenía dos de las tres partes.

-Jamás pensé ver algo así -dijo Buruki con una expresión de sorpresa, compartida por el resto de los niños e incluso Kail, quien se acercó a la princesa para ver su marca más de cerca.

-Se dice que la Trifuerza del Valor dará a quien la tenga la fuerza de voluntad suficiente como para soportar la corrupción, malignidad y perversión de las fuerzas de la oscuridad, pero supongo que tendrá más efectos todavía -explicó Kail.

-Estoy lista, es hora de ir al Castillo de Hyrule -afirmó Zelda, quien de pronto se había recuperado de su cansancio. Miró un momento a Kail, confirmó que el sheikah no iba a acompañarla, pero respetó su decisión y le aseguró que volvería. Él le deseó suerte y la llamó por su nombre, sin decirle "pequeña", por primera vez.