LA VENDA SOBRE LOS OJOS

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Notas de las autoras:

Bueno chicas, nos atrasamos una semana más de lo esperado (se protege de los tomatazos) Muchas gracias por quienes nos han leído, y muchas gracias a quienes nos han dejado sus valiosos comentarios. Nos saltan las lágrimas de emoción cuando los leemos. Snif, snif. Estamos contentas con esta historia y en fin, creo que por fin hemos rebasado más de la mitad de la misma. Lo cual es bueno.

Sin más…

ADVERTENCIAS: AU, Angst, drama.


Capítulo 11:

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Yugi se encogió en el asiento de la sala de espera del hospital.

En Greenwich Village, se había abalanzado sobre Bakura para impedir que lastimara más a Atem. Bakura se había girado hacia él de manera violenta pero ni siquiera hizo amago de pegarle, se había quedado como paralizado al mirarlo. Yugi aprovechó ese momento para empujarlo fuera de la alcoba a la que había arrastrado a Atem. Bakura había aporreado la puerta, pidiéndole que abriera para que llamaran juntos a la ambulancia y explicaran lo que pasó. Pero Yugi no lo escuchó. Usó el móvil de Atem para llamar al 911; y luego se había quedado al lado de su hermano.

"No cierres los ojos" le había pedido Yugi con lágrimas en los ojos, y Atem no lo había hecho. No había dejado de pedirle perdón ni de decir que tenía que ir donde Seto. Su cabeza sangraba y su mirada estaba desenfocada, Yugi no se atrevió ni a moverlo ni a tocarlo.

Estaba muy asustado.

Se apartó con fuerza las lágrimas que se empecinaban en salir de su rostro porque no quería llamar la atención de las demás personas en la sala de espera ni de las enfermeras que deambulaban por ahí.

"Por favor, que se recupere, que no sea nada grave. Por favor". Rezó.

Esperaba que su hermano saliera por la puerta, invencible como siempre.

Aquel día no debió de haber sido así. Bakura era más que su amigo, era su familia. El día en que daba clases en el orfanato era el punto alto en la semana de Yugi. Bakura le había dado consejos, obsequios, palabras cariñosas y de estima; le había enseñado un par de cosas de la vida (pero no danza, porque Yugi tenía dos pies izquierdos). Ese día que le quiso mostrar el departamento donde vivirían los tres, fue como si la promesa que su hermano le había hecho, se hiciera realidad. Por supuesto que se apuntó a darle una sorpresa a Atem.

Bakura prometió qué a partir de ese día, debían empezar a ver ese departamento como su hogar. Y Yugi lo hizo, por unas horas, se vio viviendo ahí. No más orfanato, no más trabajadores sociales. Bakura lo prometió.

Cuando la policía llegó, Bakura ya no estaba en el departamento. No sabía a dónde había ido.

Una enfermera anunció el nombre de su hermano, Yugi no dudó en acercarse. Esperaba que le dijeran que su hermano estaba listo para irse a casa.

La enfermera lo barrió con la mirada. Yugi reconoció su gesto: lástima. Inspiraba eso cuando empezaba a contar la cruel historia de su orfandad. Ahora le daba pena a esta enfermera porque estaba en un hospital esperando por su hermano.

–¿Cómo está? –Preguntó, la voz le salió llena de titubeos nerviosos.

–Le están realizando una tomografía para determinar su estado. –Respondió la mujer sin ahondar realmente en nada.

–¿Puedo verlo?

–Por ahora no.

–¿Preguntó por mí? Querrá saber dónde estoy y también querrá saber si estoy bien.

–Yo le diré que lo estás esperando –repuso ella sin responderle realmente (de nuevo). –Necesitamos el número de seguro de tu hermano –Yugi negó, no se lo sabía. –¿Ya llamaste a tus padres?

–No… no tenemos. –Ella hizo un "oh" silencioso y luego miró más allá de Yugi hacia el mostrador de la recepcionista.

"Llamarán a servicios sociales" pensó Yugi. Se asustó ante la idea. No quería volver a St Joseph en ese momento. Reconoció que estaba en un verdadero problema por haberse escapado con Bakura del orfanato.

–Necesitamos un adulto aquí –le dijo la enfermera. –Otro familiar suyo. –Eso disparó las alarmas dentro de Yugi. Atem era un adulto, ¿para qué necesitaban de otro?

–Llamaré a alguien –dijo intentando sonar seguro inclusive asintió con fingida convicción.

La enfermera lo miró escéptica, pero lo dejó en paz por el momento.

Regresó a su mismo lugar.

Sacó el móvil de Atem, se lo había quedado tras llamar a la policía. Él no tenía uno propio. Yugi tardó unos segundos en decidirse, lo desbloqueó (por supuesto que sabía la contraseña, Atem le dejaba ver videos en él) y buscó entre los contactos a alguien que acudiera en su ayuda. Su hermano tenía pocos contactos y él no conocía a sus amistades. Pero la última llamada que Atem había hecho ese día fue a Seto.

Apretó el móvil en su mano y marcó. El teléfono apenas timbró una vez. Le sorprendió lo rápido que le respondió.

–Aún no he visto el video, he estado ocupado con una junta interna –le dijo de inmediato la voz al otro lado del teléfono. –Tampoco ha dado tiempo de cambiar el piso de mi oficina, pero para compensarte te invitaré a cenar a donde quieras. ¿Dónde estás? Mandaré a Roland por ti, ya veo que eso de venir por ti mismo te demora demasiado… –dijo la voz siguiendo una conversación con su hermano.

–Soy Yugi –le aclaró, para que no fuera a más. La voz enmudeció. –Mi hermano está en el hospital…

No pudo decirle mucho, ni tampoco hizo falta. Le dijo en qué hospital se encontraban y Seto le aseguró que iba para allá de inmediato. Yugi se guardó el móvil en la chaqueta y se quedó quieto de nuevo. Esperando.

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Seto Kaiba. Así se llamaba el amigo de su hermano, pero no fue hasta que lo vio entrando con largos pasos en la sala de urgencias, que lo reconoció. El Seto Kaiba de Atem, era el mismo Seto Kaiba que era CEO de Kaiba Corp. El Seto Kaiba famoso por inventar dispositivos virtuales y por ser un energúmeno. Todos en NY lo conocían, hasta los huérfanos de St Joseph.

Yugi fue de inmediato hacia él.

–¡Seto! –Lo llamó.

Su nombre lo detuvo de su andar. Seto se giró hacia él, y por un segundo lo miró confundido. Seguramente no sabía quién era él. Yugi se sintió cohibido de inmediato.

–Vine tan rápido como pude –dijo él y Yugi asintió. Lo había llamado hacia menos de media hora, así que en realidad se había dado prisa en aparecer.

–No me han dicho nada –le contó. No sabía nada más sobre su hermano, aunque tampoco se había animado a insistirle a las enfermeras.

–Espérame aquí –Seto le señaló los asientos de la sala de espera pero Yugi no pudo obedecerlo. Lo siguió, silencioso como una sombra hasta el mostrador. La recepcionista que estaba ahí enderezó de inmediato la vista cuando él se acercó. Debía ser su estatura, o tal vez su actitud. –Quiero informes sobre Atem Muto.

–¿Y usted es?

–Seto Kaiba, su prometido –respondió éste.

"¡¿Prometido?!" Repitió Yugi para sus adentros.

–Avisaré que usted se encuentra aquí –dijo la enfermera. –Por favor espere, el médico tratante de su paciente le informará sobre su estado.

Ambos no tuvieron más remedio que volver a tomar asiento entre las demás personas, que como ellos esperaban alguna noticia. Yugi se sentó a su lado, sin poder despegarle los ojos de encima. Seto hizo otro tanto. Acababan de enterarse de que el otro existía.

–¿Qué fue lo que pasó? –Le preguntó Seto.

En realidad, Yugi no le había dado ninguna explicación.

–Se golpeó la cabeza –respondió Yugi tan despacio que Seto apenas y lo escuchó, se inclinó sobre él para poder oírlo mejor. –Y su pierna… –Sintió de nuevo ese nudo en el estómago que le impedía respirar. Apretó los puños y los ojos por igual, estaba tratando de no llorar delante de aquel hombre.

–Yugi, tienes que serenarte –le dijo, pero no con un tono que le diera suficiente aliciente para que lo hiciera. –Explícame que sucedió… ¿Atem tuvo un accidente? –Yugi negó de inmediato.

Un médico salió anunciando el nombre de Atem, eso hizo que ambos se pusieran de pie y dejaran de lado lo demás.

–¿Seto Kaiba? –Preguntó el médico pero no necesitó confirmación. Él también sabía a quién tenía delante. –Su familiar presenta una contusión de grado moderado. –Empezó.

–¿Qué tan grave está?

–No puedo dar un pronóstico en este momento, todo dependerá de su evolución en las próximas horas. –El médico revisó sus notas antes de seguir, –los resultados de su TAC no muestran hemorragias ni hematomas intra craneanos. Esperamos la valoración de ortopedia, tiene una fractura unimaleolar del tobillo derecho. –Yugi notó que Seto se tensaba al escuchar eso. –Lo monitorearemos en el servicio de urgencias, lo ingresaremos tras valorarlo.

–Quiero verlo –exigió.

–Yo también –murmuró Yugi suavemente, tanto que ninguno de los dos lo escuchó.

–Sígame –le dijo el médico a Kaiba. Yugi lo sujetó del antebrazo para que lo llevara con él. –El niño no puede pasar –les aclaró el médico.

–Quédate aquí Yugi, –Seto era hosco hacia él. Tras darle esa orden se fue detrás del médico.

Yugi se quedó plantado donde estaba. Se sentía muy inútil.

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Los pacientes en la atiborrada sala de urgencias estaban sobre camillas, separados unos de otros tan sólo por cortinas. Kaiba vio a un médico vendándole la cabeza a un hombre, más allá un chico de la edad de Mokuba sollozaba sosteniendo su brazo, había una mujer a todas luces intoxicada, vomitando en un recipiente de acero inoxidable. El lugar apestaba a cloro, a formol y a humanidad. El médico le dijo que nadie había movido a Atem hasta que los paramédicos llegaron, lo cual fue sin duda lo mejor que se podía haber hecho.

–Está consciente, lo cual es un buen indicador –le explicó el médico. –Si le habla podrá escucharlo aunque no podrá responderle debido a los medicamentos que le hemos dado. Vamos a monitorearlo aquí en urgencias, si evoluciona bien lo daremos de alta en unas horas. –Sus palabras no prepararon a Seto para el estado en que lo halló.

Se le acercó horrorizado. Su cara estaba hinchada del lado derecho, un hematoma de un color casi negro le cubría parte de la frente, el pómulo, la sien, el párpado; otro médico estaba con Atem, zurciéndole la unión de la oreja con cuidado, la aguja entraba en la piel de Atem con facilidad, sacándole pequeñas gotas de sangre con cada punto; él no parecía enterarse de que lo cosían, su rostro no cambiaba del rictus amargo y párpados apretados que tenía.

"Se golpeó la cabeza" había balbuceado Yugi. Esto no era un simple golpe, a Atem lo habían apaleado.

–¿Terminaste? –Inquirió el médico que escoltaba a Kaiba.

–Un segundo –pidió el otro, anudando el hilo y cortándolo. –Listo –anunció.

–Les daremos un momento. –Ambos se apartaron cerrando las cortinas tras ellos para darles algo de privacidad.

–Atem –lo llamó, extendiendo una mano hacia él. Atem tenía un sensor en forma de clip en su dedo medio, entrelazó sus dedos con cuidado. Se inclinó sobre él, olía a antiséptico y a sangre. –Atem –volvió a hablarle. Le distinguía con claridad una línea en la cara rodeada de moretones. Le corría por la sien y el pómulo. Un golpe con un objeto duro. Las suturas sobre la oreja se debían a otro golpe, tenía un rastro de sangre seca en el cuello y el hombro donde le había escurrido. Solo lo cubría una delgada sábana. Seto le acarició la mano, no tenía marcas en los nudillos que indicaran que se había defendido. Atem era valiente, imprudente y bastante osado. No era fácil doblegarlo a pesar de su estatura, él ya lo había comprobado. –Te tomó desprevenido –murmuró Seto sin saber a quién se refería. Le pareció que Atem movía los ojos debajo de sus parpados. Se veía tan frágil. Seto quería que abriera los ojos y se mostrara tan arisco como siempre. –Yugi está aquí, los dos estamos contigo –añadió. Sintió que Atem le apretaba la mano. Kaiba lo vio despegar los labios pero no llegó a pronunciar ninguna palabra. Su agarre sobre la mano de Seto se aflojó.

Al pie de la cama estaba la historia clínica de Atem. Kaiba lo soltó un momento y se hizo con ella. No entendió la mayoría de lo que ahí se ponía, pero el encabezado rezaba: "Víctima de violencia doméstica".

Seto no comprendía.

Notó que Atem se encogía sobre la cama y respiraba rápidamente. Volcó su atención en él. Por un momento Atem abrió los ojos y lo miró.

–Yugi –lo llamó tratando de enderezarse. Inhaló hondo y se desmadejó inconsciente.

–¡Ayuda! –Gritó Seto, notando como Atem se ponía rígido. El médico de antes y una enfermera aparecieron de inmediato. Al médico le bastó darle una mirada a Atem.

–Tiene una convulsión.

Seto no sabía mucho de convulsiones. Era un genio, pero no uno que fijara su atención en los padecimientos de las personas. Atem no se arqueó ni se sacudió, sólo se puso rígido al tiempo que respiraba agitadamente.

Lo pusieron de lado, le inyectaron un medicamento de nombre ominoso. La sábana que lo cubría se deslizó exponiendo su cuerpo desnudo. Seto le vio la pierna hasta ese momento. Se la habían inmovilizado mediante un entablillado, vio su pie derecho hinchado al doble de su tamaño, completamente ennegrecido. Estaba roto. Atem estaba roto.

Seto se quedó petrificado sin poder hacer nada excepto mirar.

La convulsión le duró a Atem menos de un minuto pero cuando acabó algo había cambiado. La actitud del médico era de alarma; le revisó las pupilas, la enfermera le pinchó el pie sano. Atem no respondió. El monitor a su lado comenzó a pitar.

–¿Qué le está pasando? –Les preguntó Kaiba mientras otro médico acudía con velocidad.

Lo ignoraron.

Kaiba observó con desesperación creciente mientras intubaban a Atem, mientras se decían cosas incomprensibles entre los médicos y la enfermera.

–¡Salga de aquí! –Le pidió alguien más tirándole del brazo. Kaiba se zafó de su agarre.

–No me apartaré de su lado.

–Estorba, tiene que salir.

–No.

No se movió mientras revoloteaban en torno a Atem. Le metieron un tubo de goma por la boca para ayudarle a respirar y le inyectaron nuevos medicamentos en la endovenosa que tenía en el brazo.

El pitido del monitor cesó, la crisis había pasado por el momento.

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Las puertas de urgencias se abrieron.

Seto emergió. Había algo en él que llamaba mucho la atención. Cuando volvió a entrar en la sala de espera todos en ella voltearon a verlo. Yugi fue a su lado de inmediato.

Se veía ¿enojado?

Furioso lo describiría mejor.

–…incompetente –remató algo que venía diciendo, escupiendo aquel epíteto directo a la cara del médico.

–Las convulsiones son esperables en el caso de un traumatismo craneoencefálico –le explicó el médico con calma. Yugi se mordió los labios angustiado. –Su estado se ha agravado, lo ingresaremos de inmediato a terapia intensiva. El servicio de ortopedia lo valorará para inmovilizarle la pierna antes de su cirugía…

–No –negó Seto, tajantemente. –No quiero que lo ingresen ni que le toquen la pierna. En lo que a Atem respecta, ya terminaron con su trabajo. –El médico lo barrió con la mirada. –Me lo llevaré a otro hospital.

–Se encuentra muy grave, podría morir en el traslado.

–Usted me dijo que no habían encontrado daño en su cabeza, que lo darían de alta en unas horas y ahora me dice que se puede morir.

–Tuvo una crisis convulsiva, ha surgido alguna complicación dentro de su curso clínico, tenemos que ingresarlo para analizarlo bien.

–No saben lo que hacen.

–Le aseguro que sí. –El médico se veía nervioso bajo el escrutinio de Seto. –Tiene algo que no apareció en la tomografía, llamaremos al neurólogo… –Kaiba no despegó la boca para replicar, el médico perdía su tiempo, no iba a cambiar de opinión. –Tendrá que firmarnos los formatos de salida, donde asume la responsabilidad por lo que le ocurra.

El médico se apartó. Seto se giró y por poco y arrolló a Yugi quien seguía en su camino. Esperaba alguna explicación de lo que estaba pasando pero Seto no tenía tiempo. Sacó su móvil para hacer una llamada mientras deambulaba de un lado a otro. Yugi le captó algunas frases. Ordenó a alguien que le consiguiera el número de alguien llamado Hardy. Llamó a esta persona para pedirle el traslado de su prometido.

Dar órdenes, organizarlo todo… Seto disponía con una confianza envidiable.

–¿Está muy mal? –Preguntó Yugi en cuanto colgó.

–Sí –le dijo Seto y apretó los ojos desolado. Sus gestos de preocupación eran discretos pero estaban ahí. –Me dijeron que hiciste bien en no moverlo –añadió como tratando de darle alguna frase amable a Yugi.

–Tuvimos un curso en la escuela –le contó Yugi. –Nos enseñaron que cuando alguien se golpea la cabeza…

–¿Por qué sigues diciendo eso? –Inquirió Seto. Tenía una mirada tan fría… –¿Quién lo atacó? –Yugi se quedó mudo. –Atem vivía con ese imbécil. Fue Bakura, ¿cierto? –Yugi respiraba cada vez más rápido. –Dime en dónde está.

–No lo sé –replicó Yugi, las lágrimas que había luchado por contener se le desbordaron. –Escapó mientras esperábamos la ambulancia.

–Bien –fue todo lo que Kaiba dijo y se puso a hacer más llamadas.

Yugi se enjugó los ojos y fue a sentarse. Al cabo de un momento Kaiba vino a sentarse a su lado. Al menos, mientras estuvieran juntos nadie llamaría a servicios sociales.

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Se bajaron del helicóptero en el otro hospital. Yugi jamás había subido a un armatoste así. Fue tras su hermano. Durante el viaje se permitió llorar. Hicieron el viaje en compañía de un par de enfermeros que se dedicaron a mantener estable a Atem. A Yugi no le había pasado ni un segundo por la cabeza que Atem pudiera morir. Pero al verlo inconsciente e incapaz de siquiera respirar por sí mismo se percató de que eso era posible.

Se permitió llorar inconsolablemente sin que nadie le prestara atención, entre el ruido de los rotores y ocupados como estaban. Kaiba había permanecido estoico durante todo el viaje. Parecía una persona inamovible pero eso no confortó a Yugi en nada.

En cuanto aterrizaron, se llevaron a Atem de nuevo.

Kaiba tuvo que firmar papeles, muchos; igual que en el hospital anterior, autorizando que le hicieran muchas cosas a Atem. Los dejaron fuera de la sala de terapia intensiva.

La nueva sala de espera en la que se encontraban parecía el lounge de un hotel y no un hospital. Había una pantalla enorme que en ese momento estaba apagada. En lugar de butacas de acero inoxidable tenían enormes sillones; todo estaba decorado con calidez. Salvo por ellos dos, el lugar estaba vacío.

Kaiba no le decía nada, pero Yugi inclusive lo agradecía, si comenzaba a preguntarle por Bakura de nuevo era factible que se soltara a llorar. El móvil de Seto sonó y éste respondió de inmediato.

–No llegaré esta noche –le dijo a alguien. –Estoy en el hospital. –La persona al otro lado de la línea debió alarmarse mucho porque Seto se apresuró a tranquilizarla. –Estoy bien. Se trata de Atem… –Seto se levantó deambulando mientras hablaba. Yugi solo atinaba a mirarlo. –Sí, es grave. Tiene un traumatismo en la cabeza, convulsionó y ahora… lo están revisando.

Yugi lo vio pasarse una mano por la cara en signo de agotamiento.

–¡No! –Replicó ásperamente. –No hace falta que vengas, no necesito que me consueles y no puedes hacer nada por él. –Su brusquedad se cortó de cuajo, el propio Kaiba frenó sus pasos de golpe. –Tiene rota la pierna derecha –la voz se le quebró a Kaiba. –No sé, en verdad no lo sé.

Su mirada se quedó fija en Yugi el cual se encogió involuntariamente.

–Espera, espera un momento, ¡dame un momento! –Pidió Kaiba casi con desesperación yendo de un lado a otro. –Tienes razón, voy a necesitarte aquí.

Colgó. Se quedó parado, dándole la espalda a Yugi. Notó lo tenso que estaba, como si luchara por no desbordarse. Cuando volvió a encararlo se veía en perfecto control de sí mismo de nuevo.

–Debes tener hambre –le dijo a Yugi. –Dijeron que tardarían en analizarlo. Vamos.

Yugi se levantó temblando como una hoja. No había notado lo hambriento que estaba hasta que Seto lo mencionó. Sentía que vivía un día eterno que no se terminaba. ¿A qué hora había pasado todo? Como a eso de mediodía. El reloj en la cafetería marcaba un poco después de las nueve.

Seto pidió sándwiches y café para los dos. Yugi masticó el suyo sin tomarle sabor, sentía el pan como si fuera cartón. El café estaba caliente y lo confortó en algo. El miedo y la incertidumbre lo tenían agotado. Seto igual bebía de su taza de café pero no tocó la comida.

No se dijeron nada mientras comían, el centenar de preguntas que se abrían hecho el uno al otro de haberse conocido de otra manera, no tenía cabida en ese momento. Seto pagó por la cena desdeñando el "gracias" que Yugi le dio.

La terapia intensiva consistía en una serie de cubículos acristalados, aislados del exterior por puertas automáticas. Las persianas de tres de ellos estaban corridas indicando que estaban ocupados, pero en su mayoría estaba vacía.

Una doctora de piel oscura y semblante amable les aguardaba. Su actitud ominosa angustió a Yugi, se temió lo peor, se agarró del brazo de Seto y se lo apretó con fuerza. Seto volteó a mirarlo por un momento pero no se zafó de su agarre.

–Soy la doctora Helders, seré la adscrita encargada de Atem –les explicó.

–¿Intensivista? –Inquirió Seto.

–Neuróloga –replicó ella tendiéndoles la mano, primero a Seto, pero también a Yugi. –Pronto lo traerán, le están tomando una placa de dexa a su pierna. Su estado es grave pero lo hemos estabilizado. –El agarre de Yugi sobre Seto se aflojó pero no lo soltó.

–Convulsionó –le recordó Seto a la doctora.

–Las convulsiones son esperables en los casos de traumatismo –lo mismo había dicho el médico en el primer hospital pero Seto no lo mencionó. –Le hemos administrado un medicamento que evitará que tenga otras. Le hicimos una resonancia a Atem, es mucho más precisa que la tomografía para encontrar daños en su cabeza. Igual le hicimos una punción lumbar para confirmar la ausencia de hemorragia interna. Verán, –Helders comenzó a explicarles haciendo ademanes con las manos– el objeto con el que fue golpeado no penetró su cráneo pero lo fisuró. El problema es que su cerebro se inflamó debido al golpe, la presión en su cabeza aumentó gradualmente, esto es muy grave, la presión intracraneal alta daña los vasos sanguíneos y por lo tanto lesiona el cerebro. Por eso convulsionó y por eso empeoró su estado de conciencia al grado de no ser autónomo ni siquiera para respirar. Se dirigía a un paro cardíaco, corrieron un enorme riesgo al traerlo aquí en esas condiciones. –Yugi agradeció internamente que la doctora explicase todo de manera tan sencilla.

Kaiba asintió y Yugi hizo lo mismo imitándolo.

–¿Qué le harán ahora? –La doctora agarró un formulario que había dejado en uno de los sillones.

–Vamos a sedarlo y a mantenerlo intubado. Todo esto es necesario para darle apoyo vital avanzado. Pero para hacer eso, necesitamos que nos autorice el tratamiento. –Kaiba firmó sin dudarlo. –Le colocaremos una bomba de infusión de manitol, se trata de un medicamento que disminuye la presión dentro de la cabeza. Ya la administramos un bolo cuando llegó y continuaremos así, igual le daremos antiinflamatorios para evitar que sufra más daño. Por desgracia todo lo que le está pasando y los medicamentos que usaremos en él, mermaran su sistema inmune, igual le daremos antibióticos para prevenir una posible infección.

–¿Se repondrá? –Inquirió Kaiba.

–Si la presión en su cabeza no disminuye dentro de las siguientes seis horas, le haremos cirugía para descomprimir, pero esa es una opción de emergencia que deseo evitar en la medida de lo posible.

Seto se mostró conforme con los planes de la doctora Helders, pero Yugi tenía una pregunta enorme pugnando por salir.

–¿Qué pasará con su pierna? –Inquirió sin alzar la voz demasiado.

–La fractura que presenta no tiene desplazamiento. –Eso no era lo que Yugi quería saber exactamente y Helders intuyó por donde iba su duda. –En el formato de ingreso que llenaron vimos que su familiar se dedica a la danza. Tenemos un especialista en lesiones de bailarines, podemos involucrarlo si así lo desean. Sin embargo, debo recalcarles que Atem tiene daño cerebral, las repercusiones serán variables, por ahora no puedo decirles si volverá a bailar, tampoco puedo decirles cuando o cómo despertará.

La doctora Helders los dejó.

Kaiba se sentó, se veía meditabundo. Yugi se sentó a su lado pero no demasiado cerca y en definitiva esta vez no se animó a tocarlo.

–Atem empezó a bailar poco después de que yo nací. –Le dijo llamando la atención de Seto. Tenía unos ojos tan fríos. Yugi pasó saliva y siguió hablando. –Desde entonces no paró, nunca. Mañana tenía una audición.

–Para el dance theather workshop –completó Seto.

–Es la segunda vez que le ocurre.

–¿Qué cosa?

–Que no puede presentarse a una audición que le cambiaría la vida. Cuando intentó ingresar a Juilliard… nuestros padres se murieron poco antes de la fecha de la audición. Le dijeron que probara de nuevo el año siguiente pero no lo hizo. Estaba ocupado peleándose con servicios sociales para que no lo internaran en un orfanato y luchando por mí. Si no puede volver a bailar no sé lo que hará. Si no despierta no sé lo que yo haré…

Apretó los puños sobre su regazo y agachó la cabeza.

Kaiba le puso una mano sobre un hombro apretándoselo con demasiada fuerza. Pareciera que no tenía la mínima idea de cómo confortar a alguien.

–Todo va arreglarse, Atem no se dejará vencer.

Yugi hipó y dejó de llorar.

Un par de enfermeros entraron por el lado opuesto de terapia intensiva, llevaban a Atem en una camilla. Los dos se levantaron de su lugar para ver desde atrás del cristal como lo acomodaban en su cama, como lo conectaban a la bomba de infusión de medicamentos y al ventilador. Yugi quería estar con él y abrazarlo, jamás había sentido tantas ganas de eso en toda su vida.

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Yugi se quedó dormido en la sala de espera, muy a su pesar. Se sobresaltó al sentir una mano sobre su hombro.

Se topó con un chico de cabello alborotado y mirada seria.

–Eres el hermano de Atem –dijo el chico.

–Soy Yugi –se presentó torpemente, frotándose los ojos para espabilarse.

–Yo soy Mokuba, el hermano de Seto. –A Mokuba lo seguía un hombre trajeado con aspecto de mafioso, el cual permaneció apartado. Yugi le estrechó la mano a Mokuba. –¿Cómo está Atem? ¿Es cierto que le rompieron una pierna?

Yugi asintió esforzándose por no empezar a llorar. Con un Kaiba tachándolo de blandengue era más que suficiente.

–El tobillo –dijo Yugi en tono bajito.

–Lo lamento mucho. –Inesperadamente Mokuba lo abrazó, fue breve, acompañado de varias palmadas en la espalda. –¿Puedo pasar a verlo?

Yugi negó. Les habían explicado que el estado de Atem era tan grave que acercársele en ese momento podría causarle una infección. Tendrían que esperar a que estuviera más estable y retacado de antibióticos para acceder a él. Mokuba se paró desde atrás de la puerta de vidrio y desde ahí contempló a Atem. No dijo nada pero parecía preocupado y molesto.

–Mokuba. –Seto se acercó con sus pasos largos. Se había apartado de Yugi brevemente porque le habían llevado el presupuesto de lo que costaba tener a Atem en un sitio así.

Mokuba fue hacia su hermano, le dio un abrazo que tomó a Seto desprevenido. Yugi sintió envidia de ellos. Seto, le dio unas palmadas cariñosas en la cabeza a Mokuba antes de apartarse de él. Se pusieron a cuchichear por lo bajo unos momentos, Mokuba asintió varias veces, estaban poniéndose de acuerdo sobre algo… o alguien.

–Nos vamos a casa –le dijo Mokuba a Yugi. –Seto se quedará con Atem, nos llamará a mi móvil si hace falta.

Mokuba acompañó sus palabras tomando a Yugi de un brazo, pero no como Seto que parecía tener unas fuerzas terribles, sino con gentileza.

–Váyanse a descansar –les ordenó Seto, le gustaba tener la última palabra.

–Quiero estar con Atem –se empecinó Yugi. La doctora Helders dijo que las siguientes seis horas serían cruciales, si las cosas fueran al revés, Atem no abandonaría a Yugi por nada.

–Te llamaré para decirte si la presión en su cabeza disminuyó, lo prometo –le dijo Seto. –Por la mañana nos dejaran acercarnos a él, será duro y tienes que estar en plena forma para cuidarlo. Además, cuando despierte quiero decirle que te cuidé bien, así que haz el favor de no jorobar mis planes.

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El hombre de traje era el guardaespaldas de Mokuba, pero no era quien manejaba el auto. Aparte había un chofer. Cuando llegaron a una mansión que a Yugi le resultó gigantesca, un mayordomo los recibió para preguntarles qué querían cenar.

Mokuba le preguntó y Yugi dijo "pizza" por decir algo. De cualquier modo, Mokuba lo llevó a la cocina de su mansión. Era tan amplia como el comedor del orfanato, pero con un refrigerador mucho más grande. Mokuba sacó varios bocadillos mientras esperaban la pizza. Persuadió a Yugi de probar filete, papas a la francesa, algo de helado y también lasagna.

Mientras picoteaban esperando por la cena, Mokuba le fue haciendo preguntas y Yugi le fue respondiendo con la verdad. No le contó esa terrible historia en la que Bakura enloquecía y destrozaba a Atem. Sino la suya, la de Yugi. Le habló de St Joseph.

–Nosotros también estuvimos en un orfanato, aunque fue por poco tiempo, algo así como un año, pero yo no recuerdo nada, era muy pequeño –le dijo Mokuba.

–Seguramente me están buscando y se enfadarán mucho con Atem y con Bakura. De por sí no lo dejan verme demasiado y ahora…

–No te preocupes –lo animó Mokuba sirviéndose agua perrier con ademanes de hombre de mundo. –Mi hermano lo solucionará todo. Seto puede resolver cualquier problema, es la persona más confiable de la Tierra.

Si Mokuba lo decía, y viendo su actuar en el hospital… parecía ser cierto.

Cuando la pizza llegó Yugi apenas y pudo probarla de tan lleno que estaba. Mokuba le enseñó la habitación donde se hospedaría, que estaba al lado de la suya. Le prestó una de sus propias pijamas y lo instaló como a un invitado muy querido.

–Si quieres puedes ducharte –la habitación tenía su propio baño. –Tenemos netflix –Mokuba le indicó una pantalla enorme adosada a una de las paredes de la recámara, –y ya sabes dónde está la cocina por si quieres algo. Nos veremos por la mañana Yugi.

–Gracias –volvió a decir Yugi. Tuvo la certeza de que Seto cuidaría bien de Atem esa noche.

Se metió bajo las cobijas en cuanto Mokuba se fue. Se sentía miserable pero menos asustado, quizás cuando uno tiene el estómago lleno y amigos que te apoyen las preocupaciones parecen menos graves. Se preguntó dónde estaría Bakura. ¿Estaría pensando en Atem y en lo que le hizo? Yugi no podía sacárselo de la cabeza, pero tampoco pudo pensar tanto en ello pues el agotamiento lo venció.

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Kaiba había firmado autorizaciones, formatos de ingreso, órdenes de pago y acuerdos respecto a Atem; había leído todos, incluido el reglamento de terapia intensiva. No era política del hospital permitir que los familiares pernoctaran en la sala de espera, a menos que sus pacientes corrieran el riesgo de no sobrevivir la noche.

Nadie le dijo que tenía que irse.

El sillón en el que estaba sentado era cómodo pero todo su cuerpo estaba tenso. Con el paso del tiempo su padre desarrolló dolor crónico de espalda debido al estrés al que estaba sometido, consumía excedrina como si fueran caramelos, ni siquiera se las tragaba con agua, las masticaba porque decía que así hacían efecto más rápido. A Seto eso no le pasaba, era muy joven, testarudo y entrenaba todos los días, podía resistir la tensión. Esa noche ni siquiera sentía dolor de cabeza. Tampoco tenía sueño. Estaba inmóvil, presa de una lucidez agobiante.

Podía pedir que le llevaran su portátil y seguir trabajando, de todos modos, era imposible que se durmiera y así ocuparía su mente. Decidió que esa era la mejor opción pero no se movió para dar tales órdenes.

–Aún no he visto el video. –Apretó el móvil en su mano pero sus dedos se rehusaron a desbloquearlo y poner la imagen de Atem ante él.

Cuando Yugi le llamó… Si tan sólo la voz al otro lado de la línea hubiera sido la de Atem.

"Tampoco ha dado tiempo de cambiar el piso de mi oficina, pero para compensarte te invitaré a cenar a donde quieras. ¿Dónde estás? Mandaré a Roland por ti, ya veo que eso de venir por ti mismo te demora demasiado…"

Y Atem le habría dicho en dónde se encontraba y además habría aceptado su ofrecimiento de invitarle la cena.

–Me dejaría escoger en donde cenar. –Murmuró Kaiba, jugando con los dedos sobre la pantalla de su móvil, sin activarlo realmente.

Lo invitaría a ese sitio a dónde fue con Ishizu un par de noches atrás. La comida era excelente pero lo mejor de todo era que se trataba de un lugar pequeño y discreto. Se requería reservación pero Kaiba se las apañaría. Nunca en su vida le habían negado entrar en ningún restaurante, y siempre había una mesa disponible para él, esencialmente, porque era Seto Kaiba.

Cenarían juntos y Atem le hablaría acerca de Yugi. Atem había dicho que debió contarle todo acerca de sí mismo, que no le había hecho ningún bien a su paranoia. Lo había perdonado por su pelea en el Plaza, había dicho que festejarían juntos su admisión a The Workshop.

–Lo hubiera llevado a mi casa después de cenar– se dijo. –Habría puesto a Roland a su disposición para llevarlo a la audición. –Quizás Atem se habría negado a ello ó quizás estaría tan nervioso que habría aceptado.

"Somos más similares de lo que piensas, yo también soy huérfano".

–Eso explica tu interés en Mokuba. Tus preguntas acerca de la manera en que cuido de él, y también… cuando te traje a casa por primera vez… no te impresionó mi enorme mansión, ni mi dinero, lo que más te deslumbró de mí fue que tengo la tutela de mi hermano. Ahora lo sé; es por esto que te vendiste. Lo hiciste para ganar dinero para Yugi.

Pudo imaginarse a Atem bajando la mirada avergonzado. Cuánto detestaba que mencionaran el asunto de que se vendió. Pero Seto lo tomaría de la barbilla y lo instaría a mirarlo, quizás inclusive lo besaría para dejarle saber que eso ya no importaba.

–No te puedes morir Atem. Yo no me moriría dejando solo a Mokuba, mucho menos por culpa de un imbécil alevoso. Somos tan parecidos… si yo no me muero por algo así, tú tampoco. No te dejes vencer.

Él no creía ni en la suerte ni en el destino. Había luchado muy duro por llegar a la posición en la que estaba. Había vivido un infierno y sacrificado su infancia en aras de convertirse en el exitoso hombre de negocios que era. Y ahora se esforzaba en derrotar un enemigo invencible. Había llevado a Atem al mejor y más costoso hospital posible, se encargaría de Bakura eventualmente, pero hasta ahí llegaba su poder y su dinero.

Toda su determinación no podía hacer que Atem abriera los ojos.

Todo su dinero no podría hacer que Atem acudiera a su audición.

Se sintió furioso con él. Maldito imbécil. Si se hubiera subido al bentley cuando él se lo pidió, si se hubiera ido con él, quizás Bakura no habría tenido oportunidad de lastimarlo. Si le hubiera contado la razón por la cual se vendía… él le habría dado dinero para Yugi.

–¿Lo ves Atem? Estoy en una posición mucho más fuerte que la tuya. Tienes que confiar en mí, he cometido algunos errores pasados pero nada que no pueda arreglarse. Lo único que tienes que hacer es quedarte conmigo.

Se levantó del sillón y miró a Atem a través del cristal, o al menos lo que alcanzaba a mirar de él. Empequeñecido en la cama de terapia intensiva. No lo habían cubierto con nada más que una bata de hospital.

–¿Qué estoy pensando? Estás malherido, luchando por tu vida y yo… sermoneándote por que no consentiste a mis deseos.

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Era Febrero. Pegasus quería presentar a Herbie en una expo organizada por ellos. Quería que eso ocurriera en Junio. Ya había comenzado a gastar sumas exorbitantes de dinero para promover a su androide. Sacaba a Kaiba de sus casillas con sus planes hiperbólicos así que mejor se desentendió de los preparativos.

–Herbie no puede bailar –le aclaró por enésima vez. –No es la versión robótica de Atem, ya te lo dije, –le ladró a Pegasus por teléfono y luego colgó.

Estaba trabajando en la programación de Herbie. Preparaba un algoritmo estocástico para darle mayor complejidad a su conversación. El cerebro de Herbie generaba respuestas ramificadas como un árbol y las interconectaba para hablar. Pero eso no era algo deseable pues requería un proceso bastante largo (por eso Herbie hablaba haciendo pausas) y su lenguaje era demasiado formal y rebuscado. El nuevo algoritmo produciría menos respuestas (mediante probabilidad) y las uniría aleatoriamente. Eso le daría más naturalidad al lenguaje de Herbie; lo haría menos repetitivo y más veloz.

Se le fue la noción del tiempo. Cuando se percató de ello, ya era de noche. Masculló una maldición apartándose de su escritorio. Se sacó el móvil del bolsillo y marcó a la mansión.

–Hola Seto –lo saludó la voz de Atem. –Voy llegando.

–Yo sigo en la oficina.

–Eso quiere decir que tú traerás la cena.

–Bien.

–Pero que no sea de Delmonico's, su foie gras no está nada mal, pero por lo demás, si miras bien su menú, se limita a carne y ensalada. –Seto se rió porque Atem encontrara pretencioso el menú de Delmonico's.

–¿Qué se te antoja? –inquirió.

–Déjame preguntar a los chicos. –Kaiba escuchó que Atem preguntaba apartándose de la bocina, hubo un alboroto de fondo. Mokuba y Yugi lo bombardearon con sugerencias de comida rápida. No hubo consenso porque cuando Atem agarró la línea de nuevo fue para decirle: –Sorpréndenos.

–Delmonico's será.

–¡Seto! –Se carcajeó en grande. Le preguntó a Atem por su día mientras jugaba distraídamente con su argolla de casado, haciéndole girar en su dedo. –Te cuento cuando llegues –le respondió Atem.

–Hay que mandar a Mokuba y a Yugi temprano a la cama.

–Seguro lo lograremos si no los retas a jugar Mario Party. –Los cuatro eran unos viciosos cuando se trataba de juegos. –Por cierto, llamaron de la escuela. No olvides que el festival escolar es este viernes.

–Cada año Mokuba y yo derrotamos a las demás familias en todas las competencias que organizan.

–Eres despiadado inclusive cuando se trata de una carrera metido en un saco de patatas.

–Los Kaiba somos los mejores –presumió y Atem tarareó el coro de "we are the champions". Seto lo interrumpió. –Más les vale a Yugi y a ti que nuestra racha invicta no se rompa este año.

–Que miedo tenemos.

–Tengo que colgar –le dijo Kaiba. Tenía que bajar al laboratorio antes de irse.

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Abrió los ojos con una enorme sonrisa en la cara.

–Señor Kaiba –una enfermera estaba hablándole. Se había quedado dormido. Muy a su pesar. –Su prometido…

La realidad le cayó de golpe. Se levantó violentado, la enfermera dio un paso atrás.

–¿Funcionó? ¿El manitol funcionó? –Su cerebro saltó de su sueño idílico a ese continuum de lucidez en el que estaba antes de caer dormido.

–La doctora Helders dice que puede pasar a verlo. –Kaiba miró hacia la cama de Atem. Helders estaba con él.

Le hicieron ponerse una pijama quirúrgica para poder entrar en los cubículos de terapia intensiva. Cuando acabó de vestirse cual doctor House, la misma enfermera de antes lo escoltó hasta Atem. La puerta era semi automática. Hizo un sonido amortiguado al cerrarse tras Seto. El holter sonaba con breves pitidos al ritmo del corazón de Atem, el ventilador inhalaba y exhalaba con parsimonia.

–Buenos días señor Kaiba –le habló Helders, su voz sonó amortiguada debido al cubrebocas que usaba. Eran las tres de la madrugada. –La presión intracraneal ha disminuido. Continuaremos administrándole manitol.

–¿Se despertará? –Inquirió Kaiba soltando las palabras con un suspiro de alivio.

–Por ahora no, retiraremos la sedación en unas horas más. Le haremos una resonancia magnética por la mañana para valorar los daños. –"Los daños" repitió Kaiba para sus adentros. Tenía que reparar a Atem. De alguna manera, sin importar el costo. –Nuestro traumatólogo llegará por la mañana también.

Kaiba asintió. Ten esperanzas, pero no demasiadas.

–¿Puede escucharme? –Le preguntó a Helders.

–No –replicó ella llanamente. –Pero seguramente usted se sentirá mejor si habla con su prometido.

Helders se salió del cubículo sin previo aviso.

Kaiba inhaló hondo y se le escapó otro suspiro. Había mentido respecto a su relación con Atem porque un prometido tiene mucho más peso que un novio para tomar decisiones médicas.

No había sillas para acomodarse pues la terapia intensiva no estaba hecha para recibir visitas. Atem estaba conectado a cables y tubos, con su cara hinchada y amoratada. Su pierna rota atrajo irremediablemente la mirada de Kaiba. Le apoyó una mano enguantada sobre la rodilla, sin atreverse a tocarle más abajo donde los gruesos cardenales negros indicaban su lesión. Su mano subió poco a poco hasta tomarle la mano y apretársela.

Lo dejaron permanecer con Atem solamente quince minutos. A pesar de lo que Helders dijo, no le habló, se limitó a apretarle la mano.

Cuando salió y recuperó su móvil le mandó un mensaje a Mokuba.

"Dile a Yugi que todo marcha bien. La presión disminuyó pero sigue sedado".

Iba a añadir un: "Mokie, me dejaron estar con él un momento. Tengo miedo".

Pero borró eso último. No quería que Mokuba se preocupara por él.

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El especialista en lesiones dancísticas se apellidaba Malakhov, era un sujeto gigantesco de manos enormes. Llegó a eso de las siete de la mañana. Se presentó con Seto y anunció que se pondría a trabajar en Atem de inmediato.

No lo invitó a seguirlo pero de todos modos Seto se levantó de su asiento en la sala de espera. Volvió a ponerse el pijama quirúrgico y se unió a Malakhov y la enfermera de terapia intensiva.

Malakhov le descubrió la pierna a Atem, quien seguía inconsciente y se puso a trabajar bajo la atenta mirada de Seto.

Le quitó la férula que le sujetaba el tobillo a Atem. Seto se sintió tentado a apartar la mirada. Atem tenía el tobillo enorme y amoratado, la negrura del golpe le corría por todo el pie y abarcaba parte de la espinilla y la pantorrilla. Malakhov ya había revisado la placa que le tomaron a Atem, parecía saber muy bien dónde y qué se había roto exactamente.

–Le dieron cinco golpes con objeto contundente, la fractura se debe a los primeros. Vea esto –le indicó una línea sobre la pantorrilla de Atem. –Zafó la pierna, de lo contrario tendría una segunda fractura.

–Si se recupera de la lesión en la cabeza, ¿volverá a bailar? –Inquirió Seto.

–Desgraciadamente la gran mayoría de los bailarines es atendido como si de un individuo normal se tratara –le dijo a Seto mientras la enfermera le tendía una jeringa enorme con la cual se puso a drenarle la hinchazón a Atem. –Si usted no hubiera intervenido le hubieran enyesado sin disminuir el edema y la inflamación, le hubieran momificado la pierna sin ninguna sujeción –le dijo a Seto trabajando con manos ágiles. Atem frunció el ceño y se quejó levemente ante cada pinchazo.

Seto reparó en eso. Cuando convulsionó en urgencias, le habían pinchado el pie con una aguja para verificar sus reflejos y Atem no había reaccionado ante ese estímulo. Sus esperanzas de que despertara aumentaron.

–Mencionaron la posibilidad de hacerle cirugía –le contó Kaiba a Malakhov.

–Le habrían causado daños irreparables, lo hubieran dejado con las articulaciones rígidas, le hubieran atrofiado los músculos y mermado su control propioceptivo, unos perfectos incompetentes –se quejó en un tono que no le envidiaba nada al que Kaiba podía llegar a utilizar.

–¿Y usted que hará? –Las fracturas se enyesan, hasta ahí llegaba el conocimiento de Seto.

–Drenaje de la herida cada doce horas. Desinflamación con compresas de hielo cada hora. –Esa era su prescripción. –Cuando su estado de conciencia mejore, le pondremos un vendaje funcional que lo sujete bien pero sin comprimirlo. Aprovecharemos que por ahora permanecerá inmóvil. Lo mantendrán sedado hasta revisarlo mediante resonancia, mientras esté así lo dejaré sin inmovilizarlo. –Seto abrió la boca para decir algo que le preocupaba.

–Si realiza algún esfuerzo con la pierna…

–Eso no sucederá, lo cuidaremos muy bien. Ánimo, no piense lo peor que sólo conseguirá invocarlo.

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Mokuba y Yugi llegaron poco después. Yugi iba vestido con ropa de Mokuba, algo deportivo de Brooks Brothers que le venía grande.

Apenas y se habían saludado cuando en la sala de espera entraron cinco médicos, todos con sus batas blancas. Los encabezaba una mujer de cabello completamente blanco, maquillada cuidadosamente. La doctora Helders estaba entre ellos.

–¿Tienes alguna queja Kaiba? –Inquirió con una sonrisa amable.

–Hasta el momento ninguna –replicó Seto.

–Ya conoces a la doctora Helders y a Malakhov. –Le presentó a los otros dos, eran el traumatólogo y la internista.

–¿Y quién es ella? –Le cuchicheó Yugi a Mokuba.

–Carol Hardy, la directora del hospital –respondió su amigo. Eran muchos médicos para un solo paciente. –Mi hermano les donó anoche casi cien millones de dólares, ahora es parte de la mesa directiva del hospital.

Yugi ahogó una exclamación de asombro.

–Tenemos los resultados de la resonancia de Atem –explicó Helders. – Tiene un hematoma parietal, la sangre se acumuló en la aponeurosis epicraneal y el periostio, –sus colegas asintieron. –La contusión es de tercer grado, sin participación cavitaria. Nuestro manejo es conservador.

Usualmente los médicos comentarían el caso a puerta cerrada, pero Seto se había ocupado de que no pudieran dejarlo fuera.

–¿Por qué no le hicieron cirugía de descompresión a su ingreso? –Inquirió el traumatólogo.

–Porque el riesgo de que sufriera complicaciones serias que pondrían en peligro su recuperación era muy alto.

–¿Sepsis? –Inquirió Hardy. Helders asintió.

–Aun cuando la descompresión disminuye el daño secundario, no quise arriesgar así su vida.

Kaiba no era médico pero entendió lo que Helders decía como su fuera una partida de un juego. La cirugía podía despertar a Atem y además con menos daños cerebrales; pero hacerla implicaba apostar su vida. En vez de eso escogió ser cautelosa. Descomprimió el cerebro de Atem con el medicamento, pero ese proceso fue tan lento… cada minuto de presión incrementada lesionó más y más a Atem.

Si le hubieran pedido su parecer al respecto Seto no estaba seguro de lo que habría escogido.

–¿Se recuperará? –Inquirió Kaiba, la misma duda que Yugi tenía.

–Con terapia de rehabilitación volverá a ser funcional –respondió Helders.

–¿Funcional? –La palabra sonó muy despectiva en labios de Seto.

–No te inquietes –le pidió Carol Hardy. –Progresa favorablemente, nuestro pronóstico es bueno, aunque tendrás que posponer la boda –la actitud relajada de Hardy serenó a Seto. –No olviden invitarme.

El asunto del compromiso.

Esa mañana durante el desayuno, luego de saber que Atem estaba consciente, Yugi se había sentido con la disposición de preguntarle a Mokuba al respecto.

"¿Es cierto que nuestros hermanos van a casarse?" Inquirió desde atrás de una torre de waffles.

"Sí" replicó Mokuba con soltura.

"Atem no me dijo nada al respecto".

"Seto tampoco" le confió Mokuba. "Pensé en confrontarlo al respecto pero decidí dejarlo pasar, mi hermano es así, no suele decirme nada hasta que siente que tiene todo bajo control. Me enteré debido a una amiga que me reenvió esto…" En esa parte de su conversación Mokuba le había acercado su smartphone a Yugi para que viera el video. Seto Kaiba arrodillado ante Atem. Su hermano parecía bastante desconcertado ante la propuesta.

Yugi no comprendía. Su hermano y Bakura… Todo era muy confuso. Bakura había dicho que Seto compraba el amor de Atem; pero Yugi no creía que su hermano fuera capaz de algo así.

–Vamos a suspender el midazolam –dijo uno de los médicos.

–Lo van a despertar –dijo Seto capturando de inmediato la atención de Yugi. Le dirigió una mirada ansiosa a Seto. –Yugi quiere pasar a verlo.

–No se permiten menores en los cubículos.

–Yo asumiré la responsabilidad –replicó Seto, zanjando la cuestión.

Los médicos se pusieron de acuerdo sobre el curso a seguir, no eran las personas más optimistas salvo por Hardy, quien se despidió solamente de Seto, se dieron la mano como quien cierra un trato.

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Le habían cambiado el apoyo ventilatorio a Atem. Ya no estaba intubado, le dejaron únicamente las puntas nasales.

Se quejaba en suspiros doloridos.

Yugi estaba sentado en el borde de su cama, alentándolo en voz baja a despertarse. Le habían retirado la sedación y poco a poco ganaba conciencia. Le respondía con pequeños movimientos de la mano cuando Yugi le hablaba; y movía los ojos bajo los parpados cerrados.

Yugi le había pertenecido a Atem desde que tenía memoria. Había nacido muy pequeño (de hecho tuvo que pasar un tiempo en la incubadora después de nacer). Sus primeros años de vida los pasó en el consultorio del pediatra, si había la mínima bacteria o bicho pululando a su alrededor él iba a pescarla y a enfermarse. Atem conseguía convencerlo de hacer cualquier cosa cuando sus padres casi se daban por vencidos. Podía persuadirlo de tomarse la medicina, de dejarse sacar sangre, de no llorar cuando lo auscultaban, de dejarse inyectar. Cuando le dolía algo su madre lo acunaba largamente para calmarlo; pero Atem sólo tenía que levantarlo y dar una vuelta con él por la habitación para que Yugi se le quedara dormido sobre el hombro.

Cuando lo dejaban a cargo, Atem lo cuidaba como un experto. Le preparaba la comida, nunca se olvidaba del hilo dental cuando le ayudaba a lavarse los dientes y jugaba con él largas horas.

Yugi había aprendido a vivir sin sus padres pero aún le costaba horrores vivir sin Atem. Sus pesadillas (las que la psicóloga de St Joseph dijo que eran esperables y normales) no tenían por tema la muerte de sus padres sino la ausencia de su hermano. En ellas se veía a sí mismo buscándolo y llamándolo desesperadamente sin poder encontrarlo.

Yugi le acarició la muñeca a Atem, donde llevaba tatuado el ojo de Horus. Su madre era descendiente de egipcios, los había criado entre la comida y las historias de su cultura. Atem y Yugi adoraban esas historias.

–¿Recuerdas el cuento que nos contaba mamá cuando éramos pequeños? Existía un espíritu que vivía en un mundo sin luz. –Le empezó a narrar. –Este espíritu era muy fuerte y libre, podía hacer lo que él quisiera. Un día, decidió salir de la oscuridad en la que vivía. Buscó la luz por mucho tiempo vagando, vagando cada vez más lejos, a ciegas y solo. Se convirtió a sí mismo en un pájaro y voló por el firmamento. Pasó tanto tiempo y voló tanta distancia que estuvo a punto de perder las esperanzas. Hasta que un día él entendió que lo que buscaba no podía ser hallado porque no existía, así que, cómo podía ser lo que él quisiera, se convirtió a sí mismo en luz. Y fue así que surgió el sol por primera vez. Como nació de la oscuridad, el espíritu acabó añorándola y dejó que su luz declinara aterrizando en la tierra. Al día siguiente se elevó sobre el horizonte de nuevo y al atardecer descendió para volver a ocultarse. Él dijo: al amanecer me llamo Khepri, al mediodía Ra y al atardecer… Atem –dijo el nombre con cariño.

Su madre había escogido ese nombre para su hijo mayor. Pero Atem no sólo representaba al dios del sol. Atem significaba: el que existe en sí mismo. Un ser destinado a estar por siempre solo.

Eran hijos de una madre que en teoría era infértil. Atem fue una enorme sorpresa y pensaron que sería hijo único, de ahí su nombre. Cuando sus padres concibieron a Yugi, cinco años después, no salían de su asombro. Tenerlo fue todo un desafío para su madre. Su padre escogió su nombre, tenía un sentido del humor muy particular. Lo llamó Yugi, que quería decir "ganar el juego".

Pero Atem no solía llamarlo Yugi, sino Aibou. Significaba "compañero".

Yugi se agachó despacio para poder abrazarlo, un remedo de abrazo, mejor dicho. Sólo se atrevió a apoyarle la cabeza en el pecho, cuidando no aplastar ningún cable ni ninguna endovenosa.

–Tú eres mi sol –le dijo a Atem.

Yugi se sobresaltó al sentir que Atem se movía bajo él. Se apartó de inmediato de su pecho. Atem lo observaba con su ojo ileso, el otro estaba tan hinchado que no podía abrirlo pero lo miraba. Y eso era todo lo que le importaba a Yugi.

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CONTINUARÁ…