Esas cosas que pasan cuando esa noche hay luna llena
Nishinoya Yuu, un alumno de segundo año que usualmente aconsejaba a Hinata cada vez que este se ponía nervioso, le tocó el hombro. Hinata se sobresaltó tanto que casi tira todo su almuerzo al suelo. Nishinoya le sonrió consolador y le palmeó la espalda.
—¡Arriba ese ánimo Shouyou! —Exclamó volviéndolo a palmear, cada vez con más fuerza. Hinata intentó fingir una sonrisa, por lo visto fue tan forzada y mala que Nishinoya frunció el ceño preocupado. — ¿Qué es lo que te ocurre? —Preguntó llevándose el vaso a los labios. El pelirrojo paseó su vista por la mesa, Kageyama parecía muy interesado en lo que Tanaka, también de segundo año, estaba diciéndole.
—Na...nada.
Nishinoya frunció más el entrecejo.
—Luces preocupado, como si hoy hubiese un partido importante o algo.
Hinata se mordió la lengua, nunca le había preguntado a Kageyama quienes sabían su secreto y él no quería meter la pata…de nuevo. Daichi, de tercero, se inclinó un poco en su silla y le susurró algo en el oído a Noya.
— ¿Qué? —Preguntó sintiéndose un poco perseguido.
— ¿Estas preocupado por Kageyama?
— ¡¿Qué?! ¡Por supuesto que no! —Gritó. Toda la mesa volteó a mirarlo, avergonzado, Hinata bajó la cabeza y revolvió la comida.
Tobio volteó a ver que le pasaba.
— ¿Qué tanto gritas?
— ¡Nada!
Kageyama suspiró, se puso de pie y lo arrastró junto con él. Hinata protestó durante todo el procedimiento, pero cerró la boca cuando el más alto lo aventó contra una pared del pasillo que daba a la salida del comedor. Se veía molesto y hoy era noche de luna llena, mejor no provocarlo.
— ¡Esta bien! —Exclamó el niño lobo. Hinata suspiró, confuso.
— ¿Qué está bien?
—Todo este asunto está bien, no es mi primera luna llena y los profesores van a saber manejarlo... —Respondió soltando su túnica. El pelirrojo parpadeó, repitiendo las palabras en su cerebro. — ¡Así que cambia esa expresión de preocupación y sufrimiento! —Agregó avergonzado, con las mejillas coloradas e intentando que sus ojos no se encontraran.
Hinata estaba casi tan sonrojado como él, jugueteaba con sus manos, no sabiendo donde meterlas ni como acomodarlas.
Silencio incómodo.
—Kageyama…
— ¿Qué?
—Suerte esta noche.
