11
El sonido de un disparo retumbo por toda la casa. Le siguió un agudo grito de terror. Kagome se irguió sobresaltada en la cama. No había querido dormirse, solo cerrar los ojos un momento, pero acabo por rendirse al sueño. Se había metido en la cama solo porque tenía los pies fríos. Al despertar tan bruscamente, se sintió desorientada, como si prexistiera alguna pesadilla.
Un nuevo disparo estallo en la noche, esta vez seguido por el eco; no era un sueño. Volvió a oír un grito y enseguida los sonidos agudos de burlas femeninas. Después oyó un murmullo de voces que procedía de la sala. Una súbita orden impuso silencio.
¿Qué estaba ocurriendo? Kagome se echó hacia atrás los cabellos y salió de la cama. Se recogió el camisón para bajar de un salto el peldaño de la tarima. Por un momento le paso por la cabeza la idea de que por fin habían ido a recatarla, pero la desecho. No había urgencia en las voces que había oído, ni sorpresa; solo la mujer que había gritado presa del pánico.
Kagome llego a la puerta y la abrió justo cuando se produjo un tercer disparo. Como contrapunto oyó una voz quejosamente entrecortada por sollozos:
-No puedo, no puedo.
-Mantenla quita, por amor de Dios.
La suplicante advertencia procedía de Renkotsu. La respuesta fue un sollozo entre hipos cuando sonó otro disparo, y luego dos más rápidas sucesiones.
El aire de la sala estaba impregnado de olor acre de la pólvora y de humo, que persistía como una cortina de gris de muselina, arremolinándose alrededor de las bujías vacilantes de la arena, amortiguando la luz. Habían apartado la mesa para dejar el camini libre hacia la única pared descubierta, de la que habían quitado las colgaduras de las ventanas. La chica acadiana se hallaba de pie junto a esa pared, sola, vestida únicamente con una camisola y flaqueada por candelabros en los que ardían unas velas. Tenía la cara bañada de lágrimas y temblaba convulsivamente. En una mano sostenía un naipe; el yeso de la pared a su espalda estaba lleno de agujeros.
Al otro lado de la sala, junto a la mesa, se hallaban Renkotsu y Sesshomaru. Sobre la superficie de roble de la mesa había cinco pistolas. Eran todas de tamaño y estilos similares, con empuñaduras grabadas y largos cañones de plata cincelada con complicados dibujos. Renkotsu entrego una sexta pistola a Sesshomaru, que empezó a cargarla con movimientos rápidos y precisos.
Los otros hombres y las mujeres medio vestidas que se colgaban de ellos se hallaban cerca de la chimenea, fuera de la línea de fuego, todos estaban borrachos y se inclinaban los unos hacia los otros para hablar, articulando mal las palabras, y le lanzaba gritos de ánimo a la chica que sostenía la carta.
-Cambia la carta- dijo Sesshomaru, y dejo la pistola sobre la mesa junto a las otras.
Renkotsu, que llevaba el brazo izquierdo en cabestrillo, se acercó a la chica con el seis de diamante en la mano. Le arrebato el seis de corazones que esta aferraba con fuerza y lo sustituyo por el otro naipe. Luego levanto más el brazo de la chica, apartándolo de la cara y, tras haberla colocado de modo que corriera menos peligro, volvió a la mesa.
-Cuatro de seis- dijo con satisfacción-, pero todos han dado en la carta. ¡No ha estado mal, vive Dios!
Sesshomaru cogió la primera pistola. La chica acadiana se encogió y volvió la cara. Se llevó la mano libre a la boca y su rostro adquirió un tinte verdoso cuando el terror asomo a sus ojos.
Sesshomaru apunto y disparo. En el nuevo naipe apareció un agujero irregular que había borrado un diamante rojo. La acadiana chillo y se dobló por la cintura. Renkotsu aparto los ojos de ella. Su rostro expresaba resolución, a pesar de su palidez.
Kagome no pudo soportarlo más. Bruscamente descendió los últimos peldaños de la escalera con paso rápido.
-¿Qué les pasa a todos? ¿Es que no ven que esta chica esta aterrorizada?
Sin aguardar respuesta, Kagome recorrió la distancia que la separaba de la joven con zancadas resueltas, interponiendo su cuerpo entre los hombres y su blanco. Arrebato la carta de los dedos inertes y alargo el brazo durativamente para tocar el hombro a la chica, que estallo en lágrimas como un hilo al que han castigado.
-¡Oiga!- exclamo un hombre, hay apuesta en juego.
Kagome no contesto mientras conducía a la chica hasta la silla de un rincón.
-Ella tiene la carta- dijo una de las mujeres con voz felina-. A lo mejor le gustaría sostenerla.
La sugerencia fue aceptada, repetida y aplaudida. Kagome lanzo una rápida mirada a Sesshomaru. Este tenía la segunda pistola en la mano y su cara bronceada carecía de expresión.
La bebida ingerida esa noche los había vuelto inhumanos a todos. Estaban dispuestos, incluso ansiosos, a convertir a alguien en su juguete. No les importaba que se arriesgara una villa por su estúpida apuesta. Una ira que no había sentido jamás con tal intensidad se adueñó a Kagome. Al ver que vacilaba en complacerlos, las pullas se convirtieron en insultos. Kagome quiso devolvérselos, pero su orgullo se lo impidió. No se rebajaría a su mismo nivel. Lo único que le quedaba por hacer era desafiarlos con su coraje.
Con la cabeza bien alta, se separó de la chica acadiana y se volvió con una sonrisa de desprecio en su encantadora boca. Luego alzo en alto el seis de diamante con su único agujero.
La sorpresa hizo reinar el silencio. Lo rompió la voz de una mujer, que pregunto tranquilamente:
-Si ha cambiado la persona que sostiene el blanco, ¿cambiara también la recompensa?
Sesshomaru frunció el entrecejo. Renkotsu, miro a Kagome y a la chica acadiana, y luego, con una súbita duda que ensombrecía sus ojos castaño, a su jefe.
Fu en ese instante cuando Kagome comprendió plenamente el juego que había interrumpido. Las apuestas pretendía determinar finalmente quien pasaría la noche con la chica. Solo les habían proporcionado cinco mujeres, y los hombres era seis: Kyokotsu, Bankotsu, Naraku, Jakotsu, Renkotsu y, por supuesto Sesshomaru.
Que democrático por parte de Sesshomaru elegir aquel método para decidir la cuestión, en lugar de hacer valer su autoridad. ¿Cómo se había llegado a aquella situación? ¿Tanto había cambiado la suerte de Sesshomaru que había perdido todas sus mujeres? ¿Se había llegado al pinto en que la chica ahora temblaba en una silla, había perdido la camisola a manos de Renkotsu y, ¿en lugar de permitir que tuviera que exhibir su desnudez con su poca experiencia, Sesshomaru había propuesto una competición? ¿El hombre que mostrara ser el mejor tirador bajo aquella luz incierta y con unos reflejos embotados recibiera la camisola y la mujer que la llevaba? ¿Y ahora había ocupado el lugar de la chica, seria ella, como tan delicadamente le había señalado mujer, la recompensa? ¿Había llegado el momento en que dejaría de ser compañera de cama solo del príncipe para empezar a pasar de un hombre a otro?
El agrio interés de los hombres y mujeres congregados en torno a la chimenea y la importancia de la apuesta quedaban explicados. También se comprendía la angustia de la acadiana, puesto que ella era el premio además de pacer de blanco, semidesnuda, por unos tiradores borrachos. Muy bien. La situación, por extraña y absurda que fuera, no podía cambiarse. Lo mejor sería acabar cuanto antes.
Kagome se mantuvo erguida e inmóvil. La luz de los candelabros se reflejaba en sus cabellos, caían sobre sus facciones y dada un brillo desafiante a sus ojos. También se filtraba por la fina tela del camisón que la envolvía y delineaba su grácil silueta, formando un halo dorado que la hacía parecer entera y sin embrago tremendamente deseable.
Sesshomaru la miro con ojos sombríos. Apretó la mandíbula. Son prestar atención a la pregunta de Naraku ni a la tensión que súbitamente flotaba en el ambiente, dirigió la vista hacia la carta que sostenía Kagome, entornado los ojos para concentrarse en un diamante del naipe. El cañón cincelado de la pistola que sostenía centello cuando adopto la posición de un duelista y bajo el arma con pulso firme para apuntar.
El sonido del primer disparo resulto ensordecedor en la habitación cerrada. Kagome noto un sonido junto a su oído, como el de un insecto, y un tirón en la carta que sostenía, y luego le cayeron trozo de yeso en el cuello cuando la bala se incrusto en la pared. Kagome no llego a cerrar los ojos antes de que Sesshomaru dispara otra vez. Luego siguió disparando, utilizando las pistolas alineadas. Apuntaba cada vez desde un ángulo levemente distinto. Cuando el estampido del sexto disparo se extinguió, Sesshomaru se quedó quieto, rodeado por el humo gris azulado de la pólvora.
Lentamente bajo el brazo, pero no vario su tensa postura hasta que Renkotsu se acercó a Kagome y grito:
-¡Los seis!
Todos gritaron y pidieron vino para celebrarlo. Cuando se sirvió, brindaron por el valor de Kagome; luego, volviéndose al unísono, lanzaron los vasos sobre los rescoldos de la chimenea. Las mujeres empezaron a reír y chillar cuando los hombres las apretujaron groseramente, recorriendo sus cuerpos complacientes con sus manazas. Sesshomaru arrojo su vaso contra el fondo ennegrecido de la chimenea y luego giro sobre sus talones. Rodeo la mesa, se abrió paso por entre el grupo y camino hacia Kagome.
Fue entonces cuando Renkotsu, lanzando al aire la carta que le había cogido a Kagome, hablo con tono humorístico pero desafiante.
-¿Reclamas a ambas mujeres, Sesshomaru, o teniendo en cuenta que la que sostenía mi carta era menos firme que la tuya, me permitirás tirar de nuevo contra la segunda para que el ganador elija a la que quiera?
Los demás aguardaron la respuesta en silencio; el alboroto se apagó tan deprisa como se había iniciado. Sesshomaru se aproximó a Kagome y la cogió de la mano.
-No habrá más competiciones- replico con voz vibrante-. Antes he aceptado por mera justicia, ni más ni menos. Puedes decir que he preferido a Kagome a la otra, o bien que te cedo mis derechos sobre la otra, dado que las condiciones no eran las mismas. En cualquier caso, con esta mujer no se juega. Es mía.
Las palabras eran una despedida, una indicación de que se había acabado las diversiones por esa noche. Sin esperar respuesta ni nuevos argumentos, Sesshomaru se dirigió hacia las escaleras, llevándose a Kagome con él. Ella se dejó conducir unos cuantos metros, pero la ira en su interior por la insensibilidad que había rodeado aquel incidente, por la calma de Sesshomaru la había declarado suya y por la seguridad con que la escoltaba hacia el dormitorio. Kagome tiro de la mano y se soltó.
Sesshomaru volvió la cabeza bruscamente. Su mirada se posó un instante en las mejillas rojas de Kagome antes de mirarla a los ojos.
-¿Tiene alguna objeción que hacer? Como quiera, pero no ahora
-No se me ocurre un momento mejor- replico Kagome, alzando el mentón.
-¿Aunque eso signifique una distribución injusta de las mujeres? Ahora estamos igualados, como podrá observar, acuerdo al que se ha llegado sin derramamiento de sangre ni enfrentamientos, cosa que no podre garantizar si usted pretende desequilibrar la balanza. Otra vez.
-¿Otra vez?- repitió Kagome, hablando en voz baja, como el príncipe-. ¿Qué equilibrio existía cuando aterrorizaba a esa pobre chica, compitiendo por ella con Renkotsu?
-El terror de esa pobre chica se debía sobre todo al miedo de que ganara yo. Al ver que era la menos experimentada de todas, pensé que sería mejor entregársela a Renkotsu, lo que solo habría sido aceptado si se podía demostrar que había ganado con toda justicia. De no haber aparecido usted, yo podría haberme retractado de la apuesta en ese mismo momento, entregándosela a Renkotsu con desprecio ante la perspectiva de acostarme con una chica gimoteante y chillona.
Kagome sintió un repentino alivio en el pecho.-Usted…usted quería que se la quedara Renkotsu…-Podría intentar ocultar su asombro por mi pequeña muestra de compasión, por lo menos. ¿Vienes, o has decidido probar los deleites de la intimidad en compañía? Si pretende unirse a la orgia, tendré que reservar un sitio.
Kagome volvió la cabeza con renuencia, siguiendo el seco movimiento de la cabeza de Sesshomaru. Renkotsu estaba arrodillado ante la chica acadiana en un extremo de la habitación, hablándole en voz baja y secándole las lágrimas con la punta de los dedos, mientras los otros se habían tumbado con sus parejas en los sofás y sobre la mesa. Kagome aparto enseguida la mirada y, pasando por alto el gesto sarcástico del príncipe, le precedió escaleras arriba como si fuera una marioneta.
Una vez en la habitación, Kagome se dirigió al lavado, donde cogió uno de los cepillos de plata. Se inclinó hacia adelante y empezó a limpiarse el polvo de yeso de la masa sedosa de sus cabellos. Vio de reojo por el espejo que Sesshomaru se detenía junto a ella. Por un instante le pareció que el príncipe Sesshomaru se balanceaba, y se detuvo. Pero luego él se alejó, se quitó la guerrera desabrochada y la arrojo sobre una silla.
Sesshomaru hablo por encima del hombro.
-La ira contenida es enemiga del sueño, o de cualquier otra cosa que precise una mente tranquila. ¿Qué es lo que quiere decirme?
-¡Lo sabe de sobra!- la indulgencia de Sesshomaru la exasperaba más aún.
-Pero yo le ofrezco que disfrute arrojándome las palabras a la cara. ¿Ha perdido su rabia, o es que empieza a cansarse.
-Muy bien- replico Kagome, picada en su amor propio-. ¡No soy suya!
-¿Es la declaración pública lo que le molesta, o el miedo a que, si no es así ahora, lo sea muy pronto.
-¡ninguna de las dos cosas!- Kagome se giró despacio hacia él. Apretaba el cepillo con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos-. No soy un premio ni un juguete. Soy Kagome Higurashi, no tengo culpa alguna de hallarme aquí y soy mi propia dueña. El hecho de que me obligue a quedarme aquí con usted no cambia nada.
-¿No? Supongamos que hubiera cambiado de opinión, que independientemente de lo que me digiera usted o del resultado de nuestra búsqueda de Kikyo, no la dejare marchar. ¿Qué o quién podría quitármela? – No…no estará hablando en serio.
Sin que Kagome pudiera determinar si se trataba de una necesidad o de una manifestación absoluta confianza en sí mismo, Sesshomaru se acercó a una columna de la cama y se apoyó en ella.
-¿No' pero, aunque la pregunta sea retórica , que me respondería ¿usted?
Kagome lo miro fijamente.
-Eternamente prisionera, ¿es esa la amenaza?
-La descripción no es muy halagadora, pero es exacta.
-Nunca se saldrá con la suya. ¡No me preocupa! Su interés por mi se desvanecería enseguida sin encontrar a Kikyo.
-¿Quiere ponerme a prueba, querida mía? No se lo recomiendo. Ya debería saber cuál difícil me resulta resistirme cuando me arrojan un guante.
El tono burlón de Sesshomaru acicateo aún más a Kagome.
-Solo intenta asustarme.
-Y entonces, ¿Cómo es que necesito que me consuelen si he tenido tanto éxito?
-¡Es su orgullo herido, sin duda!- respecto Kagome-. ¿Esperaba que me arrojara en sus brazos en un sueño de dicha y gratitud?
-Hubiera sido una novedad.- Su actitud era pensativa.
-Si eso es lo que quiere, le sugiero que lo intente con una de las mujeres de ahí abajo. ¡El placer fingido que ellas le darán, comparado, es todo lo que conseguirá!
-¿Otro desafío?- dijo Sesshomaru; entronando los ojos hasta convertirlos en un destello azul.
Lo prudente hubiera sido negarlo, pero Kagome estaba ya cansada de todo aquello.
-¿Y qué? No puede trátame siempre como usted quiera. No consigo comprender por qué sigue intentándolo, así como no comprendo por qué quiere retenerme aquí.
-¿Por qué? Por la misma razón que un sacerdote lleva su camisa de crin pegada al cuerpo, para recordar unos votos incomodos hechos por lo mas exalto motivos.
-Disfruta siendo enigmático, ¿verdad?
-El significado está claro, si se molesta en buscarlo.
Kagome se volvió hacia el lavado y dejo el cepillo, consciente de que Sesshomaru la observaba con el regodeo de un lobo que tiene un conejo a la vista. Tenía todas las de ganar y lo sabía. Peor aún, los dos lo sabían. Nada le importaba tratarla como le viniese en gana.
Lo que resultaba asombroso, pensó Kagome, era la paciencia que hacia demostrado Sesshomaru hasta el momento. Si podía creerle capaz de las reacciones de un caballero, de un hombre de honor, habría de concluir por fuerza que era un sentimiento de culpa, mezclado con la confianza en su propia habilidad para encontrar a Kikyo, lo que le había impedido hasta entonces usar de coacciones físicas para sacarle información. Cierto, había utilizado un método de persuasión muy poco correcto, pero en realidad no había sido doloroso. ¿Sería posible que estuviera dispuesto a usar otra táctica para descubrir lo que quería saber, después de haber batido los alrededores sin resultado alguno? ¿Qué otra explicación podían tener si no sus palabras? Un leve crujido de la estructura de madera de la cama cuando Sesshomaru se irguió le advirtió que se acercaba a ella. La mano de Sesshomaru se puso con suave firmeza sobre su hombro y su brazo rodeado su esbelta cintura para atraerla hacia sí. El aspiro la fragancia a rosa de sus cabellos y su barba incipiente la rasco la sien cuando inclino la cabeza para besarle la piel sensitiva del cuello, justo detrás de la oreja.
-¡No! –exclamo Kagome, respirando con dificultad. Intento desasirse. Pero Sesshomaru la retuvo con firmeza.
-¿Po qué? Teme sucumbir a la tentación de la dicha después de todo?- susurro, respirando cálidamente sobre su mejilla.
Al echar la cabeza hacia atrás para mirarlo, los cabellos de Kagome se desparramaron sobre el brazo de Sesshomaru como una brillante cascada azabache.
-Se engaña a si mismo. Nada menos probable, sobre todo cuando no tengo más que recordar el propósito que lo mueve.
-¿Y es?- inquirió él, fijando la mirada en las tentadoras cuervas de su boca.
-No soy tan boba para creer que se siente atraído por mi persona. ¿Qué otra cosa puede querer, excepto…usar mis emociones para doblegar mi voluntad?
Una sonrisa se dibujó lentamente en el rostro de Sesshomaru.
-¿Con besos? Una idea interesante. Me pregunto si funcionara.
-No- mascullo Kagome-, no si puedo evitarlo.
-Pero ¿podrá? Esa es la cuestión. Sin apartar los ojos de los de Kagome, Sesshomaru inclino la cabeza para besarla. Su boca firme, cálida y dolorosamente suave, con aroma a vino. Kagome noto la expansión de sus sentidos y, aunque intento defenderse de aquella suave e insidiosa invasión, no pudo evitar la languidez que parecía derretirle los huesos, de modo que fue cediendo gradualmente, apoyada en él. Cuando Sesshomaru levanto la cabeza para mirarla, los ojos de Kagome eran luminosos y sus labios estaban entreabiertos.
Ella permaneció inmóvil unos instante; luego bajo la vista. Su voz era ronca cuando se obligó a hablar a pesar del nudo que tenía en la garganta.
-Tenga cuidado, o tal vez acabe dejando sus emociones desprotegidas al buscar las mías. Le aseguro que no dudaría en usar su propia arma contra usted, si eso ocurriera, y le ordenaría que renunciara a su búsqueda y regresara por donde vino.
-Hace bien en avisarme, pero no debería olvidar que corre el mismo riesgo que yo en ese caso.
-¿Riesgo?- la fuerza de los brazos de Sesshomaru en torno a ella era un apoyo seguro y absorbente del que podía acabar dependiendo con terrible facilidad.
-Si encadenara mi alma y me convirtiera en un cautivo voluntario es posible que sintiera una necesidad tan grande de usted como para obligarla a venirse conmigo.
Semejante perspectiva debería de haber sido causa de alarma para Kagome. Que no lo fuera resultaba muy perturbador. Sin embargo, no tuvo tiempo de reflexionar sobre ello.
Con un destello extraño y pensativo en sus ojos dorados, Sesshomaru volvió a besarla, explorando, saboreando su boca con tanta concentración, con una determinación tan férrea como cuando, apenas unos minutos antes, había levantado la primera pistola en la sala de abajo. Su deseo, dirigido por una viva inteligencia y una voluntad indomable, eran un ataque violento que ella no podía resistir. Kagome sintió que cedía ante ese ataque, relegaba su fuerza destructora y respondía con dulzura. Y en ese último instante de claridad, supo, supo con una sabiduría instintiva, que aquella respuesta era la mejor. La reacción de una mujer ante la fuerza de un hombre había sido siempre una suave rendición. Luchar contra él, sabiendo que era más fuerte, era llamar a la derrota, pero si ella se sometía con gracia, podía volverlo venerable a armas menos obvias.
Sesshomaru rodeo uno de los firmes senos de Kagome con la mano. El pulgar froto el suave hilo que cubría el pezón, y Kagome experimento un hormigueo en aquel lugar tan sensitivo. Sesshomaru la apretó más contra así, haciendo más ostensible el encendido deseo que sentía por ella. Kagome ya no se preguntaba cómo había pasado de la violenta resolución de resistirse a aquella aceptación. Apoyo la cabeza en el hombre de Sesshomaru, entregando dócilmente su cuerpo, y rozo brazo con la mano.
Con suavidad, Sesshomaru le volvió la cabeza y, tras un suspiro, le beso los parpados antes de levantarla en brazos con facilidad. Camino hacia la cama y la deposito sobre el alto colchón. Se deshizo de sus ropas con premura y se tumbó junto a ella, esbelto, dorado a la luz de las velas que había sobre la mesita. En su mirada había fuego. Sesshomaru levanto el camisón que llevaba Kagome pasando la mano por las suaves formas de su pierna y su cadera. Al llegar al fajín, soltó una pequeña imprecación, aunque no tardo más que unos segundos en desanudarlos. Después de pellizcar un enhiesto pezón, le saco el camisón por la cabeza.
Sesshomaru arrojo la prenda a un lado y se estiro junto a Kagome, la atrajo de nuevo hacia sí y rodo sobre la cama de modo que ella acabo encima, cada curva de su cuerpo apretaba contra el cuerpo de él. Había sorpresa en los ojos de Kagome cuando le miro. La firmeza de la boca de Sesshomaru se curvo en una sonrisa fugaz; luego él le paso los dedos por los cabellos para hacer que cayeran en torno suyo como una cortina reluciente. Cogió su rostro en una mano acostumbrada a empuñar espadas y atrajo su boca hacia la suya.
Kagome sentía el ritmo regular de su respiración, sus latidos y el leve picor del vello del pecho contra sus senos. El vientre de Sesshomaru era piano y firme y sus muslos fuertes y musculosos. Engullida por la sensación puramente táctil, Kagome pudo percibir que algo se aflojaba en su interior. En aquella postura no sería tan fácilmente dominada por el peso y la fuerza del príncipe, no se hallaba boca arriba y a su merced.
Las manos de Sesshomaru acariciaron su espalda hasta llegar a la curva de la cintura, que aferraron para apretar suavemente las caderas. Lejos de inhibirla, aquello acreció la excitación de Kagome, que notaba una plenitud que fluía hacia sus entrañas. Sesshomaru se movió lentamente hacia ella, manteniéndola apretada contra él. A pesar del frio que hacía en la habitación Kagome se sentía arder. Se apoyó en un codo y levanto una mano hacia el rostro de Sesshomaru para acariciar la comisura de su boca. Fue una sensación de increíble intimidad, una carencia más allá de todo lo concesible, y liego la invadió la vulnerabilidad cuando él aparto los muslos y, con un lento movimiento de sus caderas, la penetro.
Kagome contuvo la respiración, que después, cuando él empezó a adentrase en ella, se aceleró. Todo pensamiento consciente desapareció bajo la fuerza de aquel placer que no dejaba de acrecentarse. Kagome empezó a moverse al ritmo que le marcaba Sesshomaru, quería que llegara cada vez más adentro. Su cuerpo era una llama que la consumía, hasta que ya no quiso nada más a que aquella excitación enfebrecida, aquella copula incandescente. Su ser pareció disolver, fluir hacia el exterior y, aun así, ella siguió esforzándose, hallando en su empeño un deleite exquisito.
Los músculos de Kagome se crisparon. Una oscura oleada de frenético deseo la invadió, y respiro cada vez más ansiosamente.
Sesshomaru interrumpió sus movimientos.
-Dulce amor mío, déjame llevarte a la fuente que sacia siempre la sed- dijo con voz ronca y profunda.
Coloco sus manos sobre la espalda de Kagome y se impulsó hacia adelante, llevando a Kagome apretaba y temblorosa con él. Cuando Sesshomaru quedo encima de ella, lo miro con asombro expectante. Sesshomaru se hundió entonces en ella, penetrándola profundamente, y Kagome cerró los ojos, acomodándose a sus suaves movimientos. Flotaba a la deriva en la maravillosa liberación de un deleite eterno, y él seguía moviéndose en su interior. El placer borraba en ella toda conciencia de quien y que era. Se apretó contra él con alegría jadeante y voluptuosidad desenfrenada. Oyó la respiración entrecortada de Sesshomaru, los potentes latidos d su corazón y sintió el estremecimiento que recorrió todo su cuerpo. Y una vez más, se produjo la explosión carmesí. Fuertemente abrazados, dejaron que los inundara con su fuego líquido y vibrante. Se elevaron y flotaron bañados en su resplandor, unidos en el éxtasis indestructible.
Trascurrieron los minutos largos y silenciosos, Kagome yacía inmóvil, casi inconsciente. Sesshomaru cambio de posición para tenderse a su lado, pero dejo el brazo cruzado sobre ella con la mano sobre su seno y el rostro enterrado en su cabellera. La respiración de ambos fue aquietándose. La oscuridad abandono la mente de Kagome y, aunque le pareció que había pasado mucho tiempo, pero seguramente solo media hora, empezó a tener frio. El muslo esbelto de Sesshomaru le daba calor. Si se movía atraería sin duda su atención, pero si no lo hacía tendría que soportar un frio cada vez mayor.
Kagome se agito levemente, esperando que él la soltara. Sesshomaru no se movió. Su pecho subías y bajaba con un ritmo regular y sus pestañas plateadas permanecían quietas, cerradas sobre sus ojos. Estaba totalmente dormido.
Kagome ya no dudo que estaba borracho. No se lo imaginaba cayendo en un sueño tan profundo en ninguna otra circunstancia. Las noches anteriores había bastado el menor movimiento por su parte para que Sesshomaru se despertaba. Pero, si estaba ebrio, nada de lo que había hecho podía tenerse en cuanta, no podía ella interpretar el significado de sus reacciones. Su ternura, sus intentos de complacerla y la insinuación de su afecto no habían sido más que los impulsos de borracho. Este descubrimiento primero resulto desconcertante, y luego dio paso a una airada decepción.
Que estúpida era. No tenía más remedio que admitirlo, pues en algún recoveco de su interior se había sentido halagada porque Sesshomaru la había preferido a las demás mujeres. Sabía que no había sido cuestión de equilibrio en la cantidad. Podría habérselas apañado de modo que compartieran favores. Pero, en cambio, él la había llevado arriba y Kagome había permitido que se hecho desvirtuara su juicio. Todo su desafío y su insignificante resistencia eran inútiles, inútiles del todo. Había sido halagüeño para su vanidad que el hombre que la había raptado, que la había poseído para castigarla y decidido torturarla con habilidad diabólica y degradante, la hubiera elegido después, en un cambio tan súbito como rotundo, para hacerle el amor del modo más tierno. Debería de haber sabido que había una razón, debería de haber confiado en sus propios instintos cuando le decían que no estaba sobrio.
Se había adueñado de ella una ira terrible por la traición de su cuerpo. Sus reacciones ante Sesshomaru eran alarmante y desalentador. Pero no era eso todo. Había habido un momento, mientras él la abrazaba, en que Kagome había sentido algo que tenía incomodo perecido con el afecto. No es que estuviera enamorada del príncipe, claro está, pero aun así era imposible tener una relación tan íntima con un hombre sin sentir algo por él.
Experimentando un estremecimiento de repugnancia repentina por todo lo que había ocurrido en aquella alta cama con dosel y un ansia desesperada de alejarse de Sesshomaru, de estar sola, lejos de su alcance. Se apartó de él, deslizándose bajo su mano flácida. Miro alrededor en busca del camisón. Estaba entre dos almohadas, con una manga bajo la que sostenía la cabeza de Sesshomaru. Para retirarla sin despertar a Sesshomaru, aparto su almohada, la coloco a su lado y tiro del camisón suavemente. Sesshomaru se agito en sus sueños y Kagome se quedó inmóvil; pero él se limitó a volverse hacia ella y a echar el brazo sobre la almohada que había retirado.
Kagome aguardo, casi sin atreverse a respirar, hasta que Sesshomaru dejo de moverse, luego bajo de la cama con el camisón en la mano, y se lo puso cuando sus pies tocaron el frio suelo de madera.
Las silla de la habitación no eran cómodas; Kagome pasaría una mala noche si intentaba dormir sentada en una de ellas. Podía enroscarse sobra la alfombra frente a la chimenea, dándole la espalda a los rescoldos que aún quedaban, pero la alfombra era delgada y el suelo duro. Mientras permanecía de pie, ceñuda y con los brazos apretados en torno a si, recordó el catre del vestidor. Haría frio allí, donde no había penetrado el calor de un fuego en mucho tiempo. Necesitaba algo para cubrirse. Echo un vistazo al cubrecama y las sabanas arrugadas al pie de la cama, sopesando la posibilidad de que Sesshomaru despertara. Alejarse de él y dormir incómodamente o estar con él y sentir un calor reconfortante; debía elegir. ¡Maldito fuera aquel hombre que le ponía las cosas difíciles incluso dormido! Kagome decidió que se arriesgaría a coger una de las colchas. Y si quería tener alguna oportunidad con Sesshomaru de Rutania, era entonces o nunca.
Cogió la colcha para dirigirse al vestidor, pero se detuvo al posar la mirada sobre la figura desnuda del príncipe. En su estado, podía tardar horas en espabilarse lo suficiente como para notar el frio y cubrirse. Cogería una pulmonía en aquel frio húmedo.
Kagome apretó la boca con aire taciturno, dejo la colcha que sostenía y echo las sabanas y el resto de la ropa de cama por encima de Sesshomaru, estirándolo todo hasta su cuello haciendo los máximos esfuerzos para actuar con la mayor suavidad. Cuando termino tenía una sonrisa irónica. Era extraño, pero daba la impresión de que la menuda compañera de cama de Sesshomaru seguía con él. Observo un momento al príncipe, luego recogio la colcha, apago las velas de la mesita y se dirigió a la puerta oculta por el tapiz que conducía al vestidor.
El cuartucho eran tan húmedo y frio como había imaginado. También estaba oscuro, pues en aquella noche sin ninguna luz entraba por el ventanuco. Un polvo antiguo, que había removido con su entrada, invadió el aire, mezclándose con el olor a cuero enmohecido. Tumbaba en el catre y envuelta con la colcha como si esta fuera un caparazón, Kagome percibía los sonidos de la noche, tanto en el interior de la casa como fuera. El viento susurraba su quejido por los aleros y azotaba las ramas sin hojas de los árboles que se alzaban cerca de la ventana. También hacia que las paredes y las vigas crujían de vez en cuando para proporcionar un acompañamiento a los gemidos ahogados, gritos jadeantes y crujir de cuerdas de las camas que resonaban en los dormitorios. Sin embargo, aquellos sonidos no tenían nada de fantasmal. Los hombres de la escolta del príncipe se habían llevado a las mujeres a sus habitaciones y ahora retozaban, con los miembros tensos y enlazados. A Kagome se le ocurrió preguntarse si también habrían oído los mismos ruidos procedentes de la habitación que ella compartía con Sesshomaru, y si los habría iodo alguien. No le importaba en realidad, pero la idea provoco el rubor de sus mejillas en la oscuridad. Se arrebujo aún más y cerró los ojos, resulta a no prestar atención, a recibir el consuelo del dueño.
Un sonido crepitante se introdujo en un sueño irregular, convirtiéndose en parte de la pesadilla en que se veía envuelta. Una columna de llamas se elevaba hacía, el cielo y a ella obligaban a caminar hacia allí. Sintió miedo y curiosidad al mismo tiempo, ansia y desesperación. Oía el estruendo crepitar y olía el humo. Le picaban los ojos y se llenaron de lágrimas. Partícula de ceniza ardiente se introdujeron en su boca haciendo que se atragantara.
Se despertó tosiendo a causa del escozor del humo acre en sus pulmones y con los ojos llorosos. De al guarguar cercano procedía, en verdad, el crepitar ominoso de un incendio. Kagome se incorporó y miro hacia la puerta. A través de una rendija vio un resplandor anaranjado.
Salto de la cama y se abalanzo hacia la puerta. La abrió de un tirón y aparto el tapiz. La cama en la que antes había yacido ella se había convertido en una isla de fuego. Las llamas escarlatas y oro devoraban, saltarinas, serpenteantes, las colgaduras, ennegrecido el techo con su humo. Recorrían también la parte superior de la cabecera tallada y empezaban a avanzar sobre las sabanas, arrojando su brillante luz sobre la esquina en sombras de la habitación y rodeando con un halo la cabeza del hombre que estaba acostado bajo las sabanas tal como ella lo había dejado.
-¡Dios mío!- exclamo Kagome, y se arrojó sobre la cama para coger a Sesshomaru por el brazo y alejarlo de los caudalosos ríos de fuego, pero el príncipe era un peso muerto imposible de arrastrar. Un ascua cayó del dosel sobre el hombro de Sesshomaru, que no se inmutó.
Mordiéndose el labio inferior, Kagome fue hacia el aguamanil y cogió la jofaina medio llena de agua, arrojo su contenido sobre Sesshomaru y la cama. Una pequeña porción del fuego se extinguió con un siseo, pero las voraces llamas que envolvían las colgaduras no dejaban de aumentar. Necesitaba ayuda de inmediato.
Arrojo la jofaina a un lado, corrió hacia la puerta del dormitorio y la abrió. Cruzo el pasillo con unos cuantos pasos rápidos y aporreo la puerta de Naraku.
-¡Fuego!- grito-. ¡Fuego!
Al otro lado del pasillo se abrió una puerta y apareció Kyokotsu echándose los tirantes por encima de los hombros.
-¡Dios mío!-exclamo, al ver el resplandor de las llamas-. Ya me parecía a mí que olía a humo.
-¡Sesshomaru…! ¡No consiguió despertarlo!
Al cabo de unos segundos el pasillo estaba lleno de hombres que lanzaban juramentos y mujeres que chillaban. Todos los hombres corrieron hacia la habitación en la que yacía su jefe. Haciendo caso omiso del peligro que corrían, arrancaron las colgaduras de la cama y las patearon y golpearon para apagar las llamas, llenando el aire de cenizas y del olor a la ropa chamuscada. Bankotsu y Renkotsu alzaron a Sesshomaru y lo llevaron al extremo opuesto de la habitación, donde lo depositaron en el suelo. Cuando se apartaron, Sesshomaru despertó, abriendo los ojos con gran esfuerzo. Con las pupilas convertidas en cabezas de alfiler, miro a Kyokotsu y a Naraku que estaban de pie sobre el colchón envueltos en humo y partículas de cenizas resplandecientes, mientras daban manotazos al obstinado pedazo de dosel que seguía ardiendo. Resultaba difícil saber hasta qué punto comprendía la situación; en todo caso, la acepto.
-Menudo alboroto-dijo, arrastrando las palabras-. Al parecer el infierno no está mejor organizado que la tierra que con tanta exasperación adoramos. El alivio fue palpable en todos los que ocupaban la estancia. Jaken se arrodillo ante su amo con el rostro pálido bajo si tinte amarillo. Renkotsu dedico una tensa sonrisa a Bankotsu y a hermano Jakotsu, que estaban ocupados en arrancar de las paredes trozos de colgadura aun en llamas.
-Gracias a Dios- dijo Naraku. Kyokotsu gruño y bajo de la cama de un salto para acercarse al hombre tendido en el suelo.
-¿Qué pretendía?- pregunto el veterano a su príncipe-. ¿Intentaba prender fuego a la casa con todos nosotros dentro, o solo calentarse un poquito?
Sesshomaru cerró los ojos.
-No es necesario que gritar. Guardare mis disculpas para señor de la Chaise por los daños causados en su propiedad, pero hasta donde yo recuerdo, esta aventura no ha sido cosa mía.
-Le he visto beber tanto o más que anoche sin que le causara efecto alguno, ni siquiera un bostezo. ¿Cómo es que ha estado a punto de asarse?
-¿Te he decepcionado? Ya no tiene remedio, ni tampoco tengo respuesta a tu pregunta.
Kyokotsu frunció el ceño, luego apoyo súbitamente una rodilla en tierra y le levanto un parpado a Sesshomaru para mirar la pupila contraída en el brillante iris ambarino.
-Trabajan por separado, pero también juntos- observo Sesshomaru, y consiguió demostrarlo manteniendo ambos ojos abiertos al tiempo que arqueaba una ceja.
-Drogado- señalo Kyokotsu-. A primera vista con semillas adormidera.
Una risa silenciosa sacudió el cuerpo del príncipe.
-Decadente y debilitador. No creo que arroje si bebo algo, pero me gustaría poner a prueba esta teoría. Nada de alcohol, por supuesto.
-No habrá sido usted mismo- dijo Sesshomaru, cerrando los ojos-, es que he hecho algo mal. ¿Tal vez he sido demasiado generoso con el fruto de la vida?
Jaken se levantó y salió de la habitación. Kagome se quedó mirando la puerta por done había salido, cuyo umbral se iba llenando lentamente de mujeres pálidas con ojos llenos de curiosidad una vez desaparecido el miedo. La cuestión era quien había elegido ese procedimiento en lugar de administrarle veneno. Era ¿por qué había creído que la droga mezclada con el vino bastaría para matarlo, y al descubrir su error había recurrido a otros medios? ¿O se trataba de hacer creer que el incendio había sido accidente, con lo que la droga hubiera sido un secreto que el príncipe se habría llevado a la tumba?
Jakotsu, que se había recostado en la pared con un pie apoyado en ella, se aclaró la garganta.
-Estas sugiriendo que alguien ha entrado en esta casa, ha rociado la comida de Sesshomaru con opio, luego se ha ocultado hasta que él se durmió y ha subido corriendo hasta aquí para prenderle fuego a su cama? Imposible con todos nosotros en la casa. Admito que se han producido incidentes sospechosos en el pasado, pero no puedo creer que el causante de todos ellos se haya arriesgado a entrar en nuestro propio alojamiento. Además fijaos en que la vela de la mesita está cerca del borde. Tal vez no haya sido más que un accidente.
-¿Y la droga?- pregunto Kyokotsu.
-Solo tenemos tu palabra. ¿No podría ser que después del trajín de estos últimos días estuviera extenuado y el vino le haya producido un efecto desacostumbrado?
-¿Solo mi palabra?- aulló Kyokotsu, poniéndose en pie.
Sesshomaru alzo una mano sin abrir los ojos.
-Eran preguntas que debían hacerse.
-En cualquier caso- intervino Naraku-, lo que está claro es que quienquiera que sea venia de fuera. Hay cinco extraños en la casa esta noche, seis si contamos a Kagome. Además, hay que incluir a los criados de la Chaise, que están durmiendo en la cocina exterior. Luego están los que conducían los carromatos que llevaron los suministros a las cocinas…
-Y nosotros mismo- dijo Renkotsu, con un susurro apena audible.
Como si actuaran de mutuo acuerdo, todos volvieron la mirada hacia Bankotsu. Este se irguió con los puños apretados.
-Oídme bien…
-No se puede incluir a Kagome- le interrumpió Kyokotsu rápidamente, como si quisiera evitar la confrontación-. Ha sido ella la que ha dado la alarma y de no ser por eso tal vez no hubiéramos llegado a tiempo. Además, estando aquí con Sesshomaru corría tanto peligro como él.
-Eso es cierto- convino Naraku, y se volvió hacia Kagome-. Tal vez ella viera algo o a alguien.
-No…no he visto nada. Cuando…cuando me desperté ya había fuego.- Por alguna extraña razón, Kagome no se atrevió a confesar que no estaba en la habitación y mucho menos en la misma cama que Sesshomaru, para no tener que explicar los motivos.
Una de las mujeres soltó una risita ahogada.
-Debía de dormir profundamente. Me gustaría saber por qué.
Naraku miro en su dirección y luego, asistiendo de modo significativo, dijo a los otros:
-Esto no nos lleva a ninguna parte. Sugiero que aplacemos este examen post mortem hasta mañana.
Mientras hablaba, volvió Jaken con un vaso sobre una bandeja de plata. Se arrodillo junto a Sesshomaru y le sostuvo por los hombros mientras bebía. Apoyado en un codo, el príncipe alzo la vista.
-Prematuro, Naraku.
El hombre alto de cabellos negros se volvió con una sonrisa en los ojos rojos.
-Así es, gracia a Dios. ¿Qué vamos hacer contigo ahora?
-Dispusieron la cama de la habitación de Naraku para que el príncipe a propuesta del propio Naraku, que se pasaría el resto de la noche en uno de los sofás de abajo. La mujer que dormía con él protesto agriamente hasta que le pusieron una moneda de oro en la mano. Sesshomaru fue hasta la cama y se tumbó en ella sin ayuda, para contemplar con aire divertido a Kagome, que con aire nervioso y muy ruborizada no se unió a él hasta que los otros se marcharon.
-Según creo le debo la vida- dijo Sesshomaru cuando Kagome se sentó cautelosamente junto a él en la cama.
-No ha sido nada.
-Tal vez no sea nada para usted, pero yo lo valoro mucho.
-No quería decir…-empezó ella, frunciendo el entrecejo.
-Ya se lo que quería decir- la corto él-. Supongo que ahora tendré que buscar con que recompensarla.- No se moleste. Mi libertad bastara.
Mirándola fijamente con ojos brillantes y acuso por el efecto de la droga, Sesshomaru contesto:
-Cualquier cosa menos eso.
Espero que haya sido de su agrado.
Cada vez mas Estamos llegando al climax de la historia.
Les prometo que ha mas tardar en un mes, tendrán capítulo nuevo.
