CAPITULO 11
Smith & Wollensky – 21,25
Candy paseó la vista por el bullicioso restaurante de carnes de la Tercera Avenida y sus mesas atiborradas. El setenta por ciento de esas mesas estaban ocupadas por grupos de hombres, el diez por ciento por grupos de mujeres y el veinte por ciento por una mezcla de hombres y mujeres.
El restaurante estaba lleno a rebosar, principalmente por profesionales que trabajaban en el centro y habían ido allí a una cena de negocios o social antes de marcharse a sus casas; sin embargo a nadie parecía incomodarle la multitud. Por el contrario, todos lo estaban pasando en grande, riendo y llenándose los carrillos.
Tuvieron suerte de que les dieran una mesa, en parte porque el lugar estaba lleno y en parte porque ninguno de los dos estaban vestidos apropiadamente. Mientras la mayoría de los comensales llevaban traje o chaquetas formales, Candy vestía unos desgastados pantalones caqui y Terry una camiseta deportiva y jeans.
Afortunadamente él conocía al maître y éste lo envió directo a una mesa de arriba. Antes de que ella se hubiera sentado, Terry ya había confirmado que le gustaba el pescado y el marisco y pedido un entrante que combinaba ambas cosas. Cuando llegó el plato, él le ordenó comerse por lo menos la mitad, con dos panecillos, antes de beber el primer trago de merlot. Por norma ella no se tomaba bien que la mangonearan, pero no presentó batalla. Terry tenía razón. Ya se sentía mareada; si bebía vino con el estómago vacío, caería desplomada al instante.
Llegaron los platos principales, grandes trozos de carne todavía chirriando, junto con tres platos de guarnición: picadillo de verduras salteadas, espinacas con crema y espárragos. La cantidad era como para alimentar a un ejército, y Candy se sentía muy apta para la tarea.
Se zambulló con gusto.
–Esto es fabuloso –proclamó unos minutos después, tragando otro bocado del filet mignon, y pasándolo con merlot– O bien los restaurantes de Nueva York están aún mejor de lo que recuerdo, o no me había dado cuenta del hambre que tenía.
Se elevó una comisura de la boca de Terry.
–Tal vez ambas cosas.
–Supongo que comes aquí a menudo.
–Todos los miércoles a las ocho en punto de la noche, Albert, Anthony y yo venimos aquí a ponernos al tanto de los asuntos de trabajo mientras cenamos. Ésta es nuestra mesa habitual. Es un arreglo fabuloso, nada de teléfonos móviles sonando, nada de reuniones ni distracciones. Hacemos el doble de trabajo. También comemos nuestra ración semana de carne roja.
–Eso tiene toda la cara de una combinación ganadora –comentó Candy. Estuvo un instante en silencio, moviendo de aquí allá la comida en su plato– Por cierto, gracias.
–¿Porqué?
–Por la cena. Y por cogerme antes de que me rompiera el cráneo en el suelo del hospital.
–De nada en ambas cosas –repuso él. Reanudó su ataque al solomillo con entusiasmo– He de reconocer que he brincado para aceptar muchas cenas, pero mi representación del caballero de brillante armadura fue un estreno. Me alegra que mis reflejos fueran rápidos.
–Muy rápidos. En cuanto al estreno, no temas. Hay dos mesas ahí a cuyas ocupantes les encantaría ayudarte a practicar y perfeccionar tus reflejos.
Candy no pudo creer que hubiera dicho eso. Tenía que ser el vino que la hacía hablar.
Terry frunció el ceño, perplejo.
–No te entiendo.
–Las mujeres que están detrás de nosotros –explicó ella, haciendo un gesto con la copa– Hay una mesa de cuatro a mi derecha, y una mesa de seis a mi izquierda. Desde que nos sentamos no han parado de babear hablando de ti, y de mirar boquiabiertas sin disimulo desde que nos trajeron el entrante.
–Me halaga que lo hayas notado.
–No hay motivo. No son sutiles precisamente. Creo que el camarero ha estado a punto de tropezarse en sus lenguas. – Curvó los labios– Supongo que eso demuestra que Annie tiene razón. Debes de ser sensacional, como para encender chispas.
La expresión de Terry continuó impasible.
–Si ese es el criterio, entonces tú eres una beldad incendiaria.
–¿Eh? –pestañeó ella.
–Un tercio de los hombres de esta sala están desnudándote con los ojos. Otro tercio están tratando de decidir si tu sujetador se abrocha por delante o por detrás. Y el otro tercio ya está fantaseando con las posturas que más te gustan en la cama y calculando cuándo podrían llevarte allí.
Dicho eso, Terry cogió calmadamente otro panecillo. Candy sintió burbujear la risa en la garganta. No pudo evitarlo. Las imágenes descritas por Terry no tenían precio. En cuanto a lo que dijo, bueno, tenía que ser lo más escandaloso que le habían dicho en toda su vida.
–Eres todo un cínico, ¿eh?
–No. Todo un realista.
–¿Has condenado a todos los hombres presentes aquí? Supongo que habrá unas cuantas excepciones.
–No, a no ser que sean gays o estén muertos.
Candy movió la cabeza, asombrada.
–¿Cómo debo reaccionar a eso? ¿Debo darte las gracias?
Terry detuvo la mano sobre su copa de vino.
–No lo sé. ¿Cómo reaccionas normalmente cuando un hombre te dice que eres hermosa y sexy?
–No creo que quieras saberlo.
–Ponme a prueba.
Debatiéndose entre si hacer eso y soltarle la verdad o no, ella tomo otro trago de merlot. Estaba bebiendo demasiado y demasiado rápido, lo sabía. Pero sólo era su segunda, y última, copa. No tenía la menor intención de agarrar una borrachera. Pero el delgado hilo que le tensaba todo el interior estaba a punto de romperse. Ese día había sido sencillamente excesivo. Y si no encontraba la manera de aliviar la tensión, de relajarse, quedaría hecha polvo.
–Con calma –susurró Terry, como si le hubiera leído los pensamientos– Bebe más agua y menos vino.
–¿Por qué? –Arqueó una ceja– ¿Tienes miedo de que te lleve a mi hotel y me aproveche de ti?
Apareció nuevamente esa sonrisa sesgada. Y maldicion si Annie no tenía razón. Era sensacional, y mucho. Y muy terrenal. En cuanto a ser su tipo, ¿cuál era su tipo en todo caso? Pues sí que había bebido demasiado vino. Era el momento de beber agua. Cogió la copa.
–Interesante idea –comentó él– Curiosísima, también. Pero no tremendamente realista.
Candy alzó el mentón, descubriendo que esa evaluación le producía una irracional molestia.
–Vamos, ¿y eso por qué?
Él apoyó los codos en la mesa y se inclinó, acercando la cara hasta que ella pudo verle las pintitas verdes de sus ojos azules.
–Primero, porque los caballeros de brillante armadura no se aprovechan de mujeres que están borrachas y en el último extremo de su resistencia. Segundo, porque Albert me cortaría la cabeza si te tocara. Y tercero, porque me parece que tienes muchísima más experiencia con empresas que la que tienes con hombres. ¿Me equivoco?
Candy sintió subir los colores a sus mejillas.
–Depende de lo que quieras decir con experiencia. Me he tropezado con los mejores. –Y a todos les has dado calabazas.
No hubo respuesta.
–Parece que es hora de cambiar el tema –dijo él.
–No, no –repuso ella negando con la cabeza– No mientras no te deje las cosas claras.
–¿Acerca de…?
–De cualquier conclusión a la que hayas llegado. Es una de dos. O has decidido que soy una reina de hielo o que soy una feminista furiosa a la que le gusta castrar a los hombres. Para que conste, no soy ninguna de esas dos cosas.
–Y para que conste, no he pensado que lo seas.
Candy apartó la copa de agua y se cogió firmemente las manos delante de ella. –No tengo la costumbre de hablar de mí, y ni siquiera sé por qué lo estoy haciendo ahora, aparte de que acabo de conocer a mi padre y tú eres la persona más cercana a él del mundo. Así que tal vez se debe a que me importa lo que pienses de mí. O tal vez se debe a que tú te abriste conmigo en el avión, y no creo que tengas la costumbre de hacer eso tampoco. O igual se debe a que estoy agotada y un poco borracha. No importa. Te lo resumiré. –Acercó más la cara a él– Cuando uno es niña, ser superinteligente significa estar sola. Entrar en la universidad a los dieciséis años, cuando estás tan poco preparada como una escolar de enseñanza media, también significa estar sola. Entrar en la fuerza laboral a los veinte y pasarse la mitad del día diciendo no y la otra mitad luchando por ascender debido a que eres inteligente y calificada, no por ser guapa, significa estar sola. Y conocer de tanto en tanto a un hombre en el que ves un atisbo de promesa de que es diferente, y luego descubres que se siente amenazado por tu cerebro y tu ambición, significa estar sola también. Así que no, no tengo mucha experiencia con hombres. Francamente, no vale la pena.
Asombrada vio que Terry asentía, pensativo.
–Sí, supongo que no.
–No pareces sorprendido.
–No lo estoy. Los hombres son seres simples. A la mayoría los impulsa el sexo o el poder. A veces ambas cosas. Se sienten amenazados por las mujeres a las que no pueden dominar o eclipsar. Contigo, eso raya en lo imposible. Así que se dan media vuelta.
A Candy no le gustó nada cómo la dejaba esa explicación. Pero sabía que él sólo quería hacer una observación, o tal vez incluso un cumplido. Además, estaba más impresionada por su conocimiento de la psique masculina y por su sinceridad al respecto. Era raro encontrar un hombre que reconociera la verdad acerca de su propio sexo, y mucho más a uno que
estuviera dispuesto a decirlo. Por último, la divertía la conclusión que él había sacado.
–Buen análisis –elogió– Una corrección. Cuando dije que no vale la pena, no quise decir para ellos, sino para mí.
–Lo sé, pero vale en los dos sentidos.
–Supongo que sí. –Apoyó el mentón en la mano– Noté que no te incluías en el «ellos», así que dime, ¿en qué categoría entras tú? ¿Te impulsa el sexo o el poder?
Él se encogió de hombros.
–Varía. A veces el sexo, a veces el poder. Pero soy más afortunado que la mayoría. Tengo un ego sano. Por lo tanto no pierdo el tiempo intentando demostrar que valgo.
Candy volvió a echarse a reír.
–¿Tienes una idea de lo arrogante que pareces?
–¿Por qué? Acabas de decir que eres guapa e inteligente. Yo no te acusé de arrogancia. Simplemente enumerabas realidades, y te quedaste bastante corta, por cierto. Pero realidades de todas maneras. Yo simplemente hago lo mismo respecto a mí. Realidad: siento impulsos, y fuertes, por muchas cosas, el sexo y el poder entre ellas. Soy un hombre normal, sólo que uno excepcionalmente seguro que da la casualidad es más complejo que la mayoría.
–¿Alguna otra cosa?
–¿Cualidades, quieres decir? Pues claro. Soy inteligente, fuerte y perseverante. También sé ser encantador, atento y divertido. Eso depende de la persona con quien esté.
–O de si estás en la cama o fuera de la cama con ella.
–¿He dicho eso? –preguntó él con una oscura ceja arqueada.
–No tenías para qué.
–Ah, o sea que ahora me juzgas tú. ¿O no vale la reciprocidad aquí?
Ella no pudo refutar eso. –Tienes razón. Te pido perdón.
–Perdonada. –Miró la copa de ella, ya vacía– Nada de bajativo para ti. Pero aquí hacen un postre delicioso. Una cesta de chocolate llena de mousse de chocolate blanco, bañada en salsa de frambuesas. Es decir, si te gusta el chocolate.
–¿A quién en su sano juicio no le gusta? –Se echó atrás en la silla, suspirando– Pero estoy a punto de reventar.
–Por este postre vale la pena reventar. Nos repartiremos uno. –Hizo una seña al camarero– ¿Te apetece un café? –le pregunto mientras se acercaba el camarero–. Y, sí, lo recuerdo, descafeinado.
–Me encantaría.
Terry pidió el postre de chocolate y dos cafés, descafeinado para ella, normal para él. Cuando llegó el postre estuvieron un largo rato en silencio, saboreándolo. Terry tenía razón. Por esa pecaminosa e increíble cesta de chocolate valía la pena reventar.
–Mmm… fabuloso –musitó, tragando otro bocado.
–Mejor que eso.
Terry la había estado mirando por encima del borde de la taza, con una expresión enigmática en la cara.
–¿Tienes algo metido en la cabeza?
–En realidad, sí, desde que salimos del hospital. –Dejó la taza en la mesa– Me gustaría saber qué te hizo cambiar de decisión.
Ella ni siquiera fingió no entender.
–¿Sobre la tipificación tisular o sobre el trasplante?
–Las dos cosas.
–Creo que sabes la respuesta.
–Conocer a Albert.
–No sólo conocerlo. Hablar con él, ver lo mucho que me parezco a él. La simpatía, el respeto que me inspiró, por mucho que yo tratara de mantenerme al margen. Venga ya, suelta el te lo dije, si de eso se trata. Tenías razón. Infravaloré lo mucho que me afectaría esta experiencia. No podía, no puedo, volverle la espalda.
La sorprendió un poco el fervor con que habló. Pero claro, estaba sorprendida de muchas de las cosas que había dicho esa noche.
–No se trata de tener razón –contestó Terry, entrelazando los dedos sobre la mesa– Se trata de darte las gracias. Estoy muy agradecido. –Decidió dar sinceridad por sinceridad– Escucha, Candy, no soy el hijo de puta manipulador que pensaste que era cuando veníamos en el avión. –Esbozó otra de sus sonrisas sesgadas al ver el destello de sorpresa que pasó por los ojos de ella– No eres la única que es perspicaz. Yo soy bastante bueno para leer la mente. Claro que percibí lo que pensabas. Estabas equivocada. Sí, deseo que sigas adelante con lo del trasplante, por si se hace necesario. No creo que haya ningún secreto de eso. Pero en cuanto al resto, todo lo que te dije de Albert es cierto. Es un fuera de serie. Creo que eso lo viste tú misma hoy.
–Sí. Está peleando arduo para recuperarse. Tiene que saber lo dura que es la batalla.
–Lo sabe. Pero Albert ha sido un luchador toda su vida.
Después de un breve titubeo, ella continuó: –Tal vez yo pueda ofrecerle un incentivo. Y no me refiero a mi riñón. Eso es algo totalmente distinto.
–Quieres abrir la puerta a un tipo de relación.
Ella lo miró interrogante: –¿Crees que eso sería importante para él?
–¿Importante? –rió él, irónico– Creo que eso lo haría bajarse de un salto de esa cama y dar una fiesta.
–Eso va un poco por el lado optimista. Me conformaría con que él hiciera un brusco giro hacia la mejoría.
–Secundo eso.
–¿O sea que no encuentras tonta la idea?
–Lo único tonto sería que le dieras la espalda a la oportunidad de llegar a conocerlo.–Apretó las mandíbulas y endureció el tono– Pero claro, mi perspectiva es diferente de la tuya. Tú ves lo mucho que esto va a joder tu vida y la de tu familia. Yo veo la suerte que tienes. Y, francamente, por mucho que sea lo que sacrifiques, me cuesta tenerte compasión.
Candy comprendió que debería sentirse ofendida por la dureza de ese comentario, pero se sorprendió contemplando en qué se basaba. Había demasiada emoción detrás de esas palabras, demasiado sentimiento personal. Repasó mentalmente lo que él le contara durante el vuelo. Terry dijo que le debía todo a Albert. ¿Cómo sería esa vida de la que Albert lo rescató?
–Bueno, te has enfadado –conjeturó Terry después de un largo silencio– No te enfades. No soy indiferente a lo que estás pasando. Toda esta situación te llegó de la manera más inesperada. Pero hasta ahí llega mi compasión.
–No estoy enfadada. Y no esperaba que me compadecieras. En realidad, estaba pensando.
–¿En…?
–En ti. En tu cariño por Albert. En lo fuerte que es. En todo el tiempo que lo conoces. En el avión dijiste que habías tenido padres adoptivos.
–Cuando no estaba viviendo en la calle, sí.
–Esos padres adoptivos… ¿era mala la situación con ellos?
–¿Con cuál de todos?
Ella pestañeó. –¿Con cuántas familias viviste?
–Con cinco. A cuatro de ellas prefiero olvidarlas. La quinta era la pareja con la que estaba viviendo cuando conocí a Albert. Eran personas decentes; mayores y sin hijos. De verdad querían hacer algo por mí, pero no sabían cómo. Lo intentaron. No era culpa de ellos que yo estuviera demasiado insensibilizado para captarlo.
Todo eso lo dijo en un tono objetivo, tranquilo, pero Candy tuvo la impresión de estar situada en el centro de una tormenta.
–¿Me he pasado de la raya?
–Noo –repuso él. Bebió otro trago de café– Ya te lo dije, mi pasado forma parte de otra vida. No me molesta hablar de él. Pregunta lo que quieras.
–Las otras cuatro familias… ¿fueron crueles contigo?
–Los malos tratos variaban, entre sólo fastidiar y maltrato emocional. Ah, en la cuarta había maltrato físico también. Por desgracia, ésa fue la familia con la que estuve más tiempo, y durante los llamados años de formación. Salí de ahí con muchas cicatrices, algunas físicas, algunas mentales, y mucha rabia. Me convertí en el clásico niño de la calle. Me gané tres arrestos juveniles y participé en más reyertas de borrachos que las que podría recordar. En lo único que no fui tan estúpido para liarme fue con drogas.
Repentinamente Candy se sintió absolutamente sobria.
–¿Y tus padres biológicos?
–¿Qué quieres saber de ellos?
–¿Murieron?
–Mi madre murió, finalmente. Al menos eso fue lo que me dijeron. Nunca llegamos a conocernos. ¿Y mi padre? Sé tanto como tú. Nunca lo vi siquiera.
–Desapareció cuando supo que tu madre estaba embarazada –dedujo ella en voz baja.
–Ah, mucho antes que eso. Yo fui el producto de un ligue de fin de semana en Grandchester*, Rhode Island. Mis padres eran chicos universitarios que andaban divirtiéndose. Mi padre, Richard o algo así, no le dijo su verdadero apellido a mi madre, era un chico rico mimado en busca de acción. La encontró. Mi madre continuó con el embarazo. Incluso le envió recado a Richard, una de esas cosas de un amigo de un amigo de un amigo, en que el último conocía a Richard, y su verdadero apellido. El plan quedó en nada. Richard se la quitó de encima a toda prisa. Así que ella me tuvo, me dejó en una grada de una iglesia de Nueva York y luego se pasó el resto de sus días entrando y saliendo de establecimientos de rehabilitación, porque se drogaba y emborrachaba de miedo, hasta que se murió. Fin de la historia.
A Candy no la engañó la falta de emoción con que hizo el relato. Nadie sale de una vida así sin un bagaje emocional.
–O sea que nunca te enteraste de quién fue tu padre.
–Ni me interesa.
–Comprendo por qué.
No se molestó en señalarle que ella había dicho esas mismas palabras el día anterior, cuando él la puso frente a la identidad de Albert. Porque no pudo. Las circunstancias de su concepción eran absolutamente distintas de las de Terry. En su caso, Albert había donado semen en una transacción honrada e impersonal. En el caso de Terry, ese chico Richard había «donado» su semen en una relación sexual imprudente, irresponsable, para luego darle la espalda a las consecuencias sin siquiera dar su apellido. Un canalla.
–Y el apellido Grandchester, no es una coincidencia, entonces.
–No, no. Yo necesitaba un apellido, puesto que no sabía el de mi padre y no tenía ningún deseo de llevar el de mi madre. Por lo tanto elegí uno, optando por el del lugar donde fui concebido. Bastante ingenioso, ¿eh?
–Ingenioso, sí. Pero qué cosa más terrible tener que elegirlo uno. –No logró salir con ningún comentario gracioso para restarle importancia; en eso no– No me extraña que me consideres una lagarta desagradecida por sentirme ambivalente respecto a mi situación.
–No te considero una lagarta desagradecida. Quieres proteger a tu familia. Eso lo entiendo. Pero yo quiero proteger la mía, Albert. Tal vez ahora puedas comprender totalmente por qué.
–Lo entiendo.
De pronto Candy se sorprendió preguntándose si Terry estaría resentido con ella. ¿Cómo podría no estarlo? Ahí estaba ella, valseando en la vida de Albert cuando él había sido una constante en ella durante casi veinte años.
–Alegra esa cara –le dijo Terry, con una sonrisa tensa– Resulté bastante bien. Arrogante, creo que me llamaste.
Ella se relajó un poco. –Eso dije, ¿no?
–Mmm, también me llamaste sensacional.
–No –corrigió ella, cogiendo el guante– Dije que debías de ser sensacional. Era una suposición, no una afirmación ni tampoco una opinión personal.
–¿Estás segura de que no eres abogada? –rió él.
–Segurísima. Los abogados son auténticos tiburones –añadió con un guiño.
–En cuanto opuesto a asesoras empresariales, que son gatitas recién nacidas.
–Lo somos, sí. Aunque insistimos en conservar las uñas, por si acaso.
–Eso lo tendré presente. –La miró con esa sexy sonrisa sesgada–. No me gustaría que me arañaran
Apareció el camarero junto a la mesa, con las manos cogidas a la espalda y mirando a Terry expectante. –¿Se le va a ofrecer otra cosa esta noche, señor Grandchester?
Terry echó una rápida mirada a su reloj y pestañeó sorprendido. –Son casi las once y media. ¿Cómo ha ocurrido esto? Gracias, no, sólo la cuenta.
–Muy bien, señor. –El camarero se alejó a toda prisa.
–No era mi intención tenerte en pie hasta tan tarde –dijo Terry a Candy, con expresión compungida– Has tenido un día horroroso. Necesitas dormir un poco.
–Tú también.
–Y dormiré. Primero te llevaré al gastes saliva –se apresuró a decir, interrumpiendo la protesta que ya comenzaba ella, diciendo que era perfectamente capaz de coger un taxi y volver sola– Le di mi palabra a Albert. Además, quiero ir. –Se aclaró la garganta– En todo caso, después de eso pasaré por Andrew's. Después me iré a casa.
Candy enarcó las cejas.
–Creía que era yo la adicta al trabajo.
–Sólo quiero coger unos papeles para llevárselos a Albert mañana. A él le gusta simular que está feliz dejándonos a cargo a Anthony y a mí, pero no le creas. Jamás está feliz cuando no está al mando.
Eso trajo un pensamiento.
–Terry, eso me lo recuerda, ¿por qué Albert hizo esa petición antes de que nos marcháramos? ¿Por qué quiere que esté yo ahí cuando hablen de Andrew's?
Terry se encogió de hombros.
–Ni idea. Pero la mente de Albert trabaja las veinticuatro horas del día. Debe de querer tu opinión en algo. No olvides que él conoce tu fama profesional. Tal vez desea hurgarte el cerebro sobre cómo hacer más fáciles las cosas al personal mientras él está incapacitado. Tal vez quiere enviar todo el equipo directivo a Auburn para que les des un curso de puesta
al día. No lo sé. Pero mañana lo sabremos.
CONTINUARA...
*Ciudad ficticia. El personaje "real" de la historia tiene un apellido de una ciudad como lo cuenta la historia.
