11- ¿Y ahora qué?
2 de Enero.
-¿Se puede saber qué coño te pasa?-Preguntó Pepa en voz alta estando en el coche. Estaba sola, conduciendo, pero a través de los altavoces del coche hablaba y escuchaba a su sobrina, que parecía exagerarlo todo-. Vamos a comprar los regalos de reyes a Noah, ya está.
-Los regalos a Noah, juntas.
-Pues claro que juntas, Sara. A ver, divorciadas o no, somos sus madres.
-Ya, pero se empieza comprando regalos y al final…
Pepa dio un frenazo cuando el coche delantero marchó por la dirección contraria que marcaba el intermitente.
-¡Me cago en…!-Pitó-. ¡Aprende a conducir! De verdad, luego dicen que las tías conducimos mal.
-Tita, no me cambies de tema.
-¿Y a ti qué mosca te ha picado? Al principio insistías en que nos lleváramos bien, y ahora parece que quieres vernos separadas ¿Te decides?
-Joder tita, que no soy tonta. Contéstame sinceramente, ¿habéis vuelto?
-¿Quién?
-Silvia y tú, ¿quién va a ser?
Pepa soltó un bufido junto a una sonrisa de "¿qué me estás contando?". Negó con la cabeza.
-No, ¿a qué viene eso?
-Entonces os trajisteis un amante a casa porque lo de la otra noche yo no lo soñé.
Pepa suspiró apretando el volante, aunque al final acabó relajándose al saber que Sara lo sabía y no tenía que fingir más. Se paró en un semáforo.
-Nos escuchaste ¿verdad?
-Cómo para no escucharos, Silvia gime más que habla… -Pepa sonrió ante esta observación-. ¿Estáis juntas de nuevo o no?
-No, no estamos juntas.
-¿Entonces a qué jugáis?-Lo preguntó secamente, borde. Pepa frunció el ceño.
-Vas a conseguir que me ponga a la defensiva, ¿Quieres decirme de una puñetera vez qué te pasa?
-Que me preocupo por Noah, tita. Que la niña ya ha pasado bastante como para que sigáis jodiéndole la vida. Ya sois mayorcitas ¿no crees? Tanto dejarlo, volver a empezar, divorciaros… ¿y ahora qué? Os casáis de nuevo y en dos días un nuevo divorcio.
Pepa le regaló un silencio a Sara, quien se sintió fatal en cuanto pronunció aquellas últimas palabras. Le había dado un golpe bajo, pero es que no le parecía demasiado bien aquello que estaban haciendo. Si volvían, era para siempre. Nada de encuentros casuales para regalarse miradas frente a una hija ilusionada que al final descubre que sus madres no son nada.
Aún así hablar del divorcio de aquella manera fue un poco doloroso.
-Te has pasado, ¿no, Sarita?
La nombrada suspiró al micrófono y el semáforo se puso en verde. Pepa pisó suavemente el acelerador.
-Lo siento, es solo que me preocupa que no sepáis lo que queréis y dañéis a Noah sin querer.
-Estoy aparcando, Sarita. Ya hablamos en otro momento ¿vale?
-Vale, adiós.
-Chao, y por favor, lo de la otra noche…
-Silencio absoluto, ya lo sé.
Pepa apagó el motor del coche y suspiró apoyando la cabeza en el volante, aturdida por la conversación con Sara. Se quitó el cinturón y en cuanto salió del vehículo y miró hacia arriba, sonrió. Era su casa, bueno, ahora la casa de Silvia. Hacía mucho que no dejaba el coche en aquel aparcamiento y se sentía bien al hacer lo que antes era rutina. Por suerte sabía que hoy sería un día de esos que solía vivir con su pelirroja. Bueno, parecido. Desde nochevieja las tensiones entre ambas habían desaparecido. Solo cuando lo pensaban, Silvia se sentía culpable por haber actuado así, y Pepa se moría por dentro al ver que en el fondo hacían las cosas sin saber muy bien por qué. Y es que después de esa noche, hubo algún que otro beso furtivo, inesperado. De todas formas, Pepa tenía un remedio para el malestar de después: no pensar. Para ella, lo mejor era olvidarse y reunir las fuerzas necesarias para hablar con Silvia o, por lo menos, no caer en la tentación.
Subió los escalones y llamó a la puerta un par de veces, dejándolo todo atrás.
Silvia la abrió con el peine en la boca y los tacones en la mano. La sonrisa de ambas se hizo más amplia.
-Hola, pasa.
-¿Aún arreglándote?
-Arreglándome e investigando.
Pepa cerró la puerta tras de sí y frunció el ceño.
-¿Un nuevo caso?
Silvia soltó una carcajada. Aquello fue música para los oídos de la morena.
-No, investigo a tu hija. Ya me parecía a mí que se quejaba demasiado poco en la merienda.
-No te sigo.
-Espera, ven.
Silvia se sentó unos segundos en el sofá para ponerse los tacones y dejó el peine en la mesa. Se dirigió al cuarto de Noah y en cuanto entró, se subió en una silla ya colocada cerca del armario. Estiró el brazo hasta tocar la parte superior de él y sacó un trozo de bocadillo. Pepa sonrió alucinada.
-Qué fuerte.
-Y como esto, tres trozos más de bocadillo y, alucina, un trozo de manzana. Con eso de que la odia…
-¿Cómo llega ahí?
-Lo tirará desde abajo.
-Será todo lo traviesa que quieras, pero lista también es.
-Y que lo digas. Bueno, ya le echaremos la bronca después-Silvia colocó la silla en su sitio y salió de nuevo en busca del peine-. ¿La has dejado con mi padre?
-Sí, estaba como loca porque su abuelo iba a llevarla al parque.
Silvia sonrió y, peine en mano, se dirigió al baño. Durante todo este trayecto, Pepa iba detrás suya para poder hablar con ella.
Cuando Silvia entró al aseo y empezó a peinarse frente al espejo, la morena se apoyó en el marco de la puerta.
-No imaginas lo que hizo ayer-Anunció Pepa. Silvia la miró a través del cristal-. ¿Sabes el patio interior compartido que hay detrás de mi casa?
-Sí, ese que es para todos los vecinos.
-Ese. Pues está en el sótano, vamos, un par de pisos más abajo, y tu hija ha descubierto la gravedad. Desde la ventana de mi habitación tiró tres vasos de cristal, dos libros y, cuando entré en la habitación, la descubrí a punto de lanzar el bote de champú.
Silvia soltó una carcajada sonora.
-¿Y por qué hizo eso?
-Pues ni idea, pero el castigo se lo llevó. Sentada en el sofá sin hacer nada durante media hora.
Silvia dejó el peine en el lavabo.
-Pobre, con lo que le cuesta estarse quieta. Yo le levanto el castigo enseguida.
Pepa abrió la boca con una media sonrisa.
-Es decir, yo le castigo y le regaño para que vea que lo que hace no está bien, y tú le levantas el castigo así porque sí. ¡Con razón se porta tan mal! La estás malcriando ¿eh?
Silvia negó con la cabeza y salió del baño en busca de su bolso. Pepa llegó al salón y se sentó en el sofá.
-Es que hace pucheros y… me puede-Cuando encontró el bolso vio a Pepa sentada en el sofá y se puso las manos en las caderas-. Cuando quieras ¿eh?
Pepa puso cara de cansancio.
-¿Sabes el frío que hace? ¿No podemos ir después?
-No, no podemos ir después, que a estas alturas las jugueterías están abarrotadas y para cuando lleguemos está todo agotado.
-¿Cómo se van a agotar los juguetes?
-Pepa…-La llamó con el tonito que a la morena tanto le gustaba. Siempre la llamaba así cuando le ordenaba algo.
-Jo… es que no tengo ganas-Hizo pucheritos y la pelirroja suspiró.
-¿Podrías dejar de comportarte como tu hija y levantarte del sofá?-Silvia estaba empezando a perder la paciencia.
-¿Por qué conmigo no te valen los pucheritos?-Dijo levantándose resignada.
-Porque mi hija los hace mejor y sabe cómo manejarme.
Pepa sonrió pícaramente y se colocó frente a la puerta por la que deberían salir. Siempre que se le presentaba la oportunidad, decía cosas que ponían nerviosa a la pelirroja, pero es que esta se lo ponía en bandeja, todo había que decirlo.
-¿Y yo? ¿Yo no sé manejarte?
Silvia también sonrió, pero cerró los ojos con calma y negó con la cabeza, con la cual intentó pensar fríamente.
-No, Pepa, no sabes. Venga, aparta que nos tenemos que ir.
Pepa soltó un bufido, sonriendo.
-¿Y si te lo pido de otra manera?
-Pepa, por favor-No era una súplica, era más bien una orden.
La morena se acercó poco a poco a Silvia, la cual retrocedió un par de pasos pero finalmente se dejó sujetar por su ex mujer.
-Pepa, tenemos mucho que comprar y…
-Estás colorada.
La expresión de enfado desapareció y se tocó la mejilla. No estaba caliente, por lo que supo que no estaba sonrojada.
-¡Mentirosa!
-Pero te has puesto nerviosa. ¿Ves? He conseguido que cambies de tema.
-Eso no significa nada.
Pepa sonrió aún más ampliamente y llevó sus manos al trasero de su acompañante. La empujó hasta su propio cuerpo y con este acercamiento Silvia se tensó.
-¿Y ahora? ¿Reconoces que te controlo?
-Pepa…
La morena dejó un beso en los labios de Silvia, la cual se separó un poco sorprendida. De nada le sirvió separarse, puesto que en cuanto vio con claridad aquella hermosa cara, se acercó un poco más y besó sus labios. Tras ese beso llegó otro beso corto, y después otro, hasta que finalmente Pepa sujetó la cara de su ex mujer y se besaron tiernamente, dándose un beso largo y profundo.
-Acepta que te puedo manejar a mi antojo.
-No…
Las manos de Silvia se metieron bajo la cálida blusa de Pepa y acariciaron su espalda. La morena pasó al cuello de la chica y bajó su jersey, que tapaba aquella parte del cuerpo para esconder las marcas que aún se notaban.
Silvia se dejó besar mientras le desabrochaba el sujetador a Pepa bajo la blusa. Esto hizo que la morena sonriese y sujetara el jersey de la pelirroja dispuesta a quitárselo.
-Ahora no voy a poder parar-Le anunció tras darle un nuevo beso en los labios.
-Los juguetes no van a agotarse…
Este comentario le pareció tremendamente divertido a la morena ya que unos minutos antes había dicho todo lo contrario.
-¿Ves como consigo que hagas lo que yo quiera?
Le quitó el jersey y Silvia frunció el ceño. No le gustaba perder y, por orgullo, levantó el dedo índice muy decidida.
-Diez minutos ¿eh, Pepa?
-Diez minutos.
Pero en cuanto cayeron encima del sofá, ambas supieron que no cumplirían con su palabra.
Silvia, que estaba debajo de Pepa, le desabrochó el cinturón de los vaqueros con urgencia mientras la morena se quitaba la blusa. Tras deshacerse del pantalón, hicieron lo contrario con Silvia. Ella misma se bajaba los pantalones mientras que Pepa, besándole el cuello y la clavícula, le quitaba la blusa.
-Esto no puede volver a pasar-Dijo Silvia en voz alta mientras notaba como Pepa le desabrochaba el sujetador-. Ya no volveremos a caer.
-Va a ser difícil.
Los labios de la morena bajaron a uno de los pezones de Silvia, los cuales ya estaban más que duros. Dejando atrás preliminares y otros cariños que se solían dar, Pepa bajó la mano a la entrepierna de la pelirroja. La acarició por encima de las braguitas y Silvia cerró los ojos para disfrutar de aquel contacto.
-Hablo en serio…. Mmmm….
-No lo niego…-Subió los labios a su oreja-. Pero no vamos a poder, por lo menos yo.
-Pues…. Ahhhh… Se intenta.
Pepa le quitó por fin lo poco que le quedaba de ropa interior y continuó acariciándola, mojándose los dedos, notando como los gemidos de Silvia se hacían más intensos. La pelirroja esta vez no se quedó sumisa y se deshizo torpemente de las braguitas de Pepa, quien sonrió ante este gesto. La besó justo en el momento en que le introdujo uno de los dedos, para así notar el gemido en su boca, como tanto le gustaba.
Aún así la sonrisa triunfal se hizo más leve cuando descubrió la mano de Silvia acariciando su muslo y, finalmente, penetrándola.
Movimientos frenéticos de cadera, respiraciones agitadas de una, sonoros gemidos de otra, temblores, besos torpes, calor, sudor…
Tras el primer orgasmo Silvia se dejó caer en el sofá apartando la mano de la vagina de Pepa, pero esta no había terminado. Besó su vientre y fue bajando hasta llegar a la ingle.
-Pepa, eran diez minutos.
-Shhh-La mandó callar. Besó alrededor de su entrepierna y finalmente acarició con su lengua el clítoris muy suavemente.
-No, Pepa…. Mmmm, joder… -El movimiento con la lengua comenzó a ir cada vez más deprisa y Silvia se dio cuenta de lo difícil que era resistirse a eso-. Pepa…. Ahhhh, por favor…-Si paraba ahora quizás podrían acabar verdaderamente con todo. Ella se levantaría, se vestiría y se mentalizaría de que la próxima vez tenía que ser más fuerte. Pero para mentalizarse necesitaba pensar en frío, y con Pepa regalándole aquellas sensaciones, era más bien difícil. Pareció que Pepa había parado en el momento en que subió sus labios, pero colocó la mano de nuevo en el sexo de su ex mujer y la besó con fiereza mientras movía los dedos con rapidez.
Silvia rodeó el cuello de Pepa y se alzó un poco para que los dedos se pusieran justo donde ella quería. Le devolvió el beso con fuerza, mordiéndole el labio y dejando que las lenguas se enroscaran.
-¿Te digo una cosa?-Preguntó la morena-. Tú tampoco vas a poder controlarte.
4 de Enero.
Pepa se levantó de golpe de la cama y corrió hacia el baño. Se arrodilló frente al retrete y vomitó lo poco que había cenado esa noche. Cuando terminó tenía saltadas las lágrimas del esfuerzo, y tras beber un vaso de agua en la cocina, se tumbó en el sofá del salón con mal sabor de boca y la mano encima de la frente.
-¿Qué me pasa?-Se preguntó-. Puto invierno y putos nervios.
Sería eso, lo nervios. Los nervios y el invierno, que le obligaban a seguir soportando aquel resfriado que cogió y que, al contrario de Noah, aún no se le había pasado.
Sería eso…
Noah estaba en casa viendo la tele cuando escuchó un sonido proveniente de la cocina. Si no recordaba mal, su madre estaba en el baño, duchándose. Se encogió de hombros y salió del salón, donde descubrió que el pasillo de su casa era ahora mucho más largo y oscuro. Nunca tuvo miedo de la oscuridad, pero en ese momento las piernas le temblaban y la oscuridad no era a la que estaba acostumbrada. Era una oscuridad morada. Ya había aprendido los colores, y el negro de la noche era totalmente diferente a aquel color tan tétrico.
Estaba soñando, y lo sabía.
-Es un sueño…-Dijo la pequeña-. Es un sueño.
Quiso volver al salón donde el sueño era más claro, y hasta bonito, pero la puerta no estaba, solo podía seguir aquel largo pasillo hasta llegar a la cocina donde, sin saber cómo, sabía que le esperaba algo que la asustaría.
A medida que se acercaba, se iba asustando más y más, y notó como las primeras lágrimas salían de sus ojos. Paralizada por el miedo, se colocó de cuclillas con aquella flexibilidad infantil y se tapó los oídos, apretando los ojos muy fuerte.
-Quiero despertarme-Dijo-. Mamá… quiero despertarme.
Se escuchó un sonido dentro de la cocina. Un sonido no demasiado conocido para ella, pero sabía lo que era. Un llanto de un bebé hacía eco rebotando en las paredes.
Noah abrió los ojos inundados de lágrimas y se destapó los oídos. Se fue levantando poco a poco y, a pasos muy lentos, llegó finalmente a la cocina, donde el llanto de la criatura cesó y se convirtió en una risa.
Vio entonces una trona donde había sentado un bebé que la miraba sonriendo. No sabía muy bien si era niño o niña, tenía la cara difuminada, pero pudo ver como estiraba los brazos para que la niña lo cogiera en brazos. Noah frunció el ceño, no entendía el gesto del pequeño, no se había relacionado con muchos bebés. Se acercó a él dispuesta a tocarlo aunque fuera, a ver si así podía reconocer las formas de su cara, pero un nuevo sonido la distrajo. Ahora no estaba en la cocina, sino en el dormitorio. La habitación de su madre Silvia estaba repleta de manchas negras y rojas, de sangre. Vio al pequeño jugar con una pistola en el suelo y quiso acercarse para quitársela. No podía jugar con eso, estaba estrictamente prohibido. De hecho sus madres habían escondido las suyas para que ella no las tocase. En ese momento, el bebé levantó la mano, apuntándola con suma destreza. Y es que, el pequeño, se había transformado en una persona mayor, tapada con una gabardina negra y un sombrero. No podía verle la cara, pero le daba tanto miedo…
Se apoyó en la pared, asustada. Lo próximo ocurrió muy rápido. Vio sombras a su alrededor que se reían y lloraban. Se movían muy rápido y ella volvió a taparse los oídos y a llorar. Entonces llegó Silvia, le quitó la pistola a aquel personaje, el arma cayó al suelo y rodó hasta meterse bajo el armario y el cuerpo tapado con la gabardina se dejó ver. Era Pepa. Noah se destapó los oídos y miró a su madre asustada. Aún veía las manchas de sangre y podía notar la pistola apuntándole, su propia madre apuntándole. La respiración de la pequeña incrementó, notaba que se quedaba sin respiración y, cuando sus manitas se sujetaron el pecho, pudo ver como de nuevo aquel pequeño reía con la pistola en la mano y de nuevo apuntaba con ella en alto. Apuntaba a Silvia.
-No, por favor…-Susurró Noah al pequeño. Pero fue en vano. El niño apretó el gatillo y en ese momento vio a cámara lenta como la bala se acercaba a la pelirroja-. ¡No!
Se incorporó sudando.
Respiraba con dificultad y se alegraba un poco de aquella oscuridad, que era mucho menos tenebrosa que aquella con la que había soñado. Aún así estaba sola en su habitación, a oscuras, asustada por las sombras que dibujaba su propia imaginación.
Se bajó de la cama abrazada a Toni, su conejito, y llorando corrió a la habitación de su madre, descalza.
La puerta estaba entreabierta, eso significaba que podría entrar sin llamar. Se lo habían enseñado así.
-Ma…-Mamá…-La llamó apartándose las lágrimas.
Silvia entreabrió los ojos. Desde que fue madre, el sueño ligero era su aliado y podía notar a su hija en cuanto entraba por la puerta.
-Noah, cariño, ¿qué pasa?
-Tengo miedo…-Dijo frotándose los ojos.
-Mi amor, ven-Silvia encendió la lamparita y se molestó un poco por la luz, pero así pudo ver mejor a Noah, que aún lloriqueaba. La pelirroja se sentó, le limpió la cara y le dio un beso en la frente-. ¿Una pesadilla?
La niña asintió.
-¿Puedo dormir contigo?
Por primera vez, su madre se lo pensó. Solo con mirarla podía ver como su hija estaba creciendo. En un mes cumpliría los cuatro años, y aunque aún era muy pequeña, no debía acostumbrarla a buscar protección en otros cuando tenía miedo.
-Cariño, ya eres muy mayor.
Noah dobló los labios hacia abajo y dejó caer algunas lágrimas más. Silvia suspiró. Dios, cómo se parecía a Pepa…
-Pero…. Pero tengo miedo… Pofa, solo hoy. Pofa.
Silvia se frotó la cara y finalmente puso los ojos en blanco.
-Venga.
Noah sonrió y se subió a la cama de su madre, a quien besó tras secarse la cara. La pelirroja se culpó por la poca fuerza de voluntad que tenía y se prometió que la próxima vez que su hija tuviera una pesadilla, tendría que dormir en su habitación, como Pepa la obligaba.
5 de Enero.
Pepa
(*) -¡Ala! ¡Mira mamá!-Exclamó mi hija.
Estábamos en un parque cercano a comisaría. Por allí era muy común ver luces y un árbol gigante de navidad, el que parecía haber llamado la atención de Noah. Yo le sonreí cuando se giró señalándolo y me quedé mirándola un poco atontada. Casi cuatro años, cómo pasaba el tiempo. ¿Cinco años hacía que decidimos tener un hijo, juntas? ¿Cuatro, desde que tuvieron que salir disparadas al hospital? ¿Tres, desde que no era la mujer más feliz del mundo? ¿Dos, desde que crecieron las dudas, las mentiras…? Y siete meses desde que me despedí de ella, desde que nos separamos definitivamente. Seis meses y dieciocho días, para ser exactos. ¿En qué momento se deja de sentir? ¿Por qué se deja de querer?
Miré a Noah para volver a sonreír, porque era ella la que me daba la vida. Era mi hija, mi razón de existir, la que había conseguido que no hubiera caído en depresión, que no me hubiese vuelto loca. Porque sin Silvia estaba perdida. Si Noah no estuviera habría caído en picado y me habría estampado con el suelo con tanta fuerza que no habría vuelto a levantarme, pero estaba, y menos mal. Aún así, estos últimos meses, cuando mi hija no estaba en casa, no vivía. Daba vueltas en la cama por las noches, caminaba como un fantasma por la calle y hacía lo justo para sobrevivir, porque sabía que tres días después llegaría lo más importante de mi vida, a quien debía cuidar y no preocupar. Y llegaba con Silvia de la mano, y yo recibía dos alegrías. A Noah, que con solo darme un beso me hacía sonreír, y a mi pelirroja, a la que me limitaba a sonreír a falta del beso.
Pero de pronto, una noche, mi cuerpo no puede más y me acerco demasiado a ella, pero ella también se acerca a mí.
De pronto, toda mi rutina a solas desaparece, ya no sonrío a falta de besos, ahora beso a falta de sonrisas. Porque me faltaba la sonrisa aquella noche de diciembre. Tenía ganas de llorar, me sentía rota, y sin querer me dejé llevar por mis emociones.
Y es que de pronto la besé, ella me besó, yo la rodeé con mis brazos, ella me imitó, y sin comerlo ni beberlo nos encontrábamos haciendo el amor en la habitación de invitados del chalet de Sara.
-Noah-Llamé a mi hija, que se había entretenido con una piedra entre el césped. Ella me miró-. El bocata.
Se acercó dando saltitos hasta mí. Estaba preciosa. Hacía poco le habíamos cortado el pelo porque ya lo tenía muy largo. Volvía a tener aquella melenita corta que apenas le llegaba a los hombros. En su cabellera negra como el carbón llevaba un par de ganchillos azules que hacían juego con sus ojos y su vestido vaquero. Bajo el vestido llevaba una blusa de manga larga, blanca, al igual que sus leotardos. Y encima de todo, el abrigo marrón. Silvia siempre la abrigaba y la arreglaba muy bien, y es que hoy había salido de su casa. De hecho, hasta el día siete no volvía a estar conmigo, pero a ambas nos habían llamado de comisaría diciendo que no importaba traer a los niños. No supe cual era la noticia ya que, aunque Sabina se entretenía con Povedilla fuera de la sala de Briefing, mi hija no era tan buena y lo trastocaba todo. Dejé atendiendo a Silvia y yo me traje aquí a Noah. Siendo sincera, fue porque necesitaba aire. Hoy estaba bastante acalorada a pesar de que hacía un frío bastante considerable. ¿Tendría fiebre?
Yo, con el pequeño bocadillo de la merienda de Noah en la mano a medio comer, se lo tendí. Le dio un pequeño bocado y se dispuso a irse, pero la sujeté del gorro del abrigo.
-Más grande.
-Mami…
Suspiré. Cuando empezaba así…
-¿Qué?
-No quiero más.
-Sí quieres más, venga.
-¡No!-Negó volviendo al césped dando saltitos.
-Noah, te lo tienes que comer entero.
-No, no, no, no...-Dijo entre canturreos.
-¿Me enfado?
-¡Jo, mamá!
Definitivamente Silvia tenía razón. Cuando la niña fuese adolescente íbamos a discutir muchísimo, era muy respondona.
-A la de una…
-¡Mamá!
-A la de dos…
-¡Jo, vale!
Dando pasos muy fuertes en el suelo llegó a mi lado, se sentó en el banco y se cruzó de brazos. Cogió lo poco que le quedaba de bocadillo a regañadientes.
-¡Tonta!
Le pequé un golpecito en la cabeza. Ella me dio una patada con poca fuerza.
-Noah, ¿a mamá?
Infló los mofletes y le dio un bocado muy fuerte al bocadillo. Era su forma de demostrar su enfado e impotencia.
-Últimamente no te estás portando bien, y sabes que hoy vienen los reyes ¿verdad? Te van a traer carbón.
-¡Mentira!
Yo sonreí. Me hacía mucha gracia verla enfadada, era cuando más parecido le encontraba conmigo. Ahora, en cabezona había salido a Silvia. Sí, yo insisto en que los niños también se parecen a quien los cría, lleven su sangre o no.
-A ver, ¿qué pasa aquí?-Preguntó una voz a nuestra espalda.
Las dos dimos un respingo y vimos a Silvia detrás, sonriendo. Yo sonreí enseguida, de echo, noté ciertas mariposas en el estómago. Espera, ¿mariposas? Imposible…
-Tu hija, que está muy contestona.
-Ah, bueno, últimamente lo hace mucho-Rodeó el banco y se sentó al lado de Noah-. Pero tú sabes que eso no está bien ¿verdad?
La niña frunció el ceño y le dio un último bocado al bocadillo. Ya se lo había terminado entero, y no parecía dispuesta a contestar a su madre.
-¿Qué han dicho en la reunión?-Pregunté yo.
-¿Puedo ir a jugar?
La miramos a la vez. En cuanto escudaba reunión o comisaría, se aburría.
-Claro, pero quince minutos ¿eh? Que ya mismo oscurece-Le contesté yo. La vimos alejarse y se sentó en el césped, sacando uno de sus pequeños muñecos y hablando sola, con la imaginación. Era una de las cosas de las que más me alegraba en cuanto a la educación de mi hija. Habría sido más fácil, como hacían otras madres, el darle un videojuego y que se quedara calladita. Pero Silvia y yo nunca vimos eso bien y ahora los resultados eran espectaculares. Una niña con enorme imaginación, que era capaz de entretenerse sola durante horas y que, de mayor, podría llevarla a decantarse por el dibujo, la escritura o incluso la música-¿Y bien?-Le pregunté de nuevo a Silvia.
-Hay dos noticias, una buena y una mala.
-¿Por qué no habrá nunca dos noticias buenas?
Silvia rió y yo sonreí. Me encantaba escucharla.
-La mala es que el caso ha avanzado un poco y el 7 de enero tenemos que salir de la ciudad para meternos un poco más en el operativo.
Yo suspiré y me deslicé por el banco.
-No me jodas, Silvia…
-Esa es la mala. La buena es el lugar al que vamos a ir.
Me incorporé. Bueno, salíamos de Madrid, y a mí me encantaba salir de Madrid.
-¿Dónde?
-Adivina.
Estaba tan terriblemente ilusionada y le brillaban tanto los ojos que me puse nerviosa.
-¿Dónde?-Repetí.
-Nos vamos al Caribe.
Abrió los ojos desmesuradamente, pero antes de dejar salir mis emociones, me contuve.
-Estas…. estás de coña.
-No-Dijo con una sonrisa que iluminaba su cara. Silvia adoraba la playa, pero más la adoraba yo si era posible-. Nos vamos al Caribe, Pepa.
Entonces sonreí tanto como ella y pataleé un par de veces para no gritar en medio del parque.
-¡Nos vamos al caribe!
-¡Sí!
-¡Qué fuerte!
La abracé instintivamente y comenzamos a reír. Vale, que estaríamos en un operativo, pero los días antes siempre podríamos disfrutar, y por cojones estaríamos más de dos días. ¡Íbamos al Caribe! Me separé de ella un poco.
-Espera, ¿y Noah?
-Con mi padre.
-¿No viene tu padre?
-Él dirigirá desde aquí.
Volvía sonreír.
-¿Puedo decir una cosa que no te va a gustar?
-Lo vas a decir de todas formas.
-¡Sin suegro y sin niña! ¡Bendita suerte!
Silvia comenzó a reír y la apreté aún más. En el momento en que abrí los ojos durante el abrazo, pude ver a Noah mirándonos desde lejos, sonriendo. Recordé entonces las palabras de mi sobrina y me separé de mi ex mujer, la que aún sonreía llena de felicidad. Me alejé un poco incluso en el banco, aunque ella no se dio cuenta. Tan cerca de ella me encontraba nerviosa, algo que no solía pasarme a mí. Yo era la seductora, la segura. ¿Qué me pasaba?
-¡Mamá!-Nos llamó nuestra hija- ¿Me empujas en el columpio?
Silvia contestó por mí y se levantó en busca de Noah. Yo me quedé allí, atontada, mirándola, con mariposas en el estómago y las mejillas sonrojadas. Yo solo me sonrojaba cuando nos acostábamos y era por el calor. La vergüenza y la cobardía no podían conmigo, solo pudieron aquellos primeros días, cuando nos reencontramos, cuando noté que me estaba enamorando, en los primeros acercamientos, en el primer beso, en la primera vez…
Parpadeé unas cuantas veces para situarme pero no dejé de mirarla. Me encantaba verla sonriendo con Noah, con el pelo al viento, con su expresión tan tierna...
Me coloqué la mano en el pecho para notar latir mi corazón. Solo con esto supe la razón de estas últimas noches sin Silvia, de estas ganas de acostarme con ella, de besarla a todas horas. Ahora, al reconocérmelo a mí misma, todo lo que se había extinguido apareció de nuevo, como la soledad, la tristeza, las ganas de querer y no poder, la impotencia… Y es que las cosas malas habían desaparecido y con ellas se había ido el amor, pero ahora, precisamente ahora, descubría que no, que jamás se habían ido, ni lo uno, ni lo otro.
Aunque pasara cinco noches a la semana sin pasarlo mal al ver la cama vacía, los otros dos días de soledad seguían ahí. Aunque la tristeza tampoco aparecía ya, a veces dejaba verse y me agriaba el corazón. Y es que, lo malo, no se había ido, pero el amor tampoco. Yo estaba enamorada de Silvia. No es que me hubiese enamorado ahora, no. Yo no había dejado de amarla nunca, y ahora sabía que nunca lo haría. Después de divorciarnos, después de las peleas, de los malos momentos, seguía loca y perdidamente enamorada de esa mujer. Y aunque ya lo supe cuando no pude remediarlo aquel treinta de diciembre y me acosté con ella, ahora estaba en plenas facultades para aceptarlo. Solo había un problema… ¿Qué pasaba con ella? ¿Qué sentía? ¿Qué pensaba? Y había algo más, algo más que hizo que me sintiera fatal al saber que nos habíamos divorciado, y era la magia. Las mariposas, el cosquilleo había vuelto. Esa magia que perdimos, que nos esforzamos en buscar, que habríamos encontrado si nos hubiéramos dado el tiempo que aquel día en Barcelona me pidió. Porque yo lo había encontrado, yo lo sentía de nuevo. No solo amaba a Silvia, sino que además había vuelto la ilusión y ningún engaño ni duda iba a hacerla desaparecer.
-Pepa, nos vamos-Me llamó. Yo salí de mi aturdimiento. Miré a mi alrededor, ya caía la noche. Noche de reyes.
-Silvia, ¿puedo pedirte algo?-Le pregunté. Ahora la parte que pensaba en Silvia se paró un momento para pensar en Noah, que aún se estaba intentando abrochar el abrigo ella sola y no me gustaría quedarme a dormir en tu casa esta noche-Me miró un poco alarmada y me expliqué con rapidez-. Es por la niña. No quiero perderme su despertar la mañana de reyes.
Su sonrisa entonces apareció de nuevo, más tranquila, y asintió.
-Pero nada de tonterías, Pepa. Recuerda que se acabó.
Yo sonreí.
-Nada de tonterías, te lo prometo.
Noah corría de un lado a otro de la casa vestida con el pijama de color azul con nubes blancas. Su sonrisa no se había borrado desde que habían llegado, y estaba más nerviosa que de costumbre. Cuando soltó un par de zapatos bajo el árbol de navidad, corrió hasta la cocina, donde estaba Pepa preparando algo de comer. Su mochila, que traía un recambio de ropa y el pijama, estaba en el suelo, cerca de la puerta.
-¡Ya he puesto los zapatos!-Gritó con entusiasmo la pequeña.
-¿Sí? ¡Qué rápida! Pues esta noche los reyes te dejarán caramelos dentro de ellos, ya verás. Bueno, eso si has sido buena.
-¡Yo he sido muy buena!
-A ver si es verdad, porque si te traen carbón es que te has portado mal.
Noah comenzó a dar saltos y Pepa, solo de verla, ya estaba poniéndose nerviosa también.
-¿Qué vamos a comer?
-Puré con verduras.
Enseguida Noah dejó de saltar y miró con cara triste a su madre.
-Jo… Yo no quiero…
-Allá tú, pero si no comes ya sabes lo que pasa.
La niña suspiró dándose cuenta de que no tenía otra opción. Su madre, con la mirada, le señaló el cajón para que pusiera los cubiertos, y ella, acostumbrada a ayudar aunque fuera solo a eso y a recoger sus juguetes, cogió dos tenedores y los puso en la mesa.
-¿Y yo no ceno o qué?-Preguntó Silvia.
Llegaba recién duchada y con un pijama de rayas.
Pepa sonrió y su hija enseguida la imitó, cogiendo un tenedor más. La pequeña se sentó con dificultad en una de las sillas en las que cenaría y estiró el brazo para alcanzar el vaso de agua.
Silvia se acercó a su ex mujer y echó un vistazo a la comida. Metió el dedo en el puré y lo probó.
-Siento decirte que no echo de menos tu comida.
Pepa abrió la boca con fingida decepción y le mostró el cucharón de plástico.
-Que sepas que hago el mejor puré del mundo.
-Ya, salado.
-¡Y dale con la sal! Que tú hagas las comidas sosas es tu problema.
Silvia volteó los ojos y, con el ceño fruncido, levantó el dedo, amenazadora.
-Yo NO hago comidas sosas.
-Lo que tú digas… Venga, a cenar.
Silvia la empujó con la cadera.
-No me des la razón como a las tontas.
Pepa la empujó también.
-Incluso las tontas tienen más razón que tú.
Silvia metió la mano bajo el grifo y se la mojó un poco, lo suficiente como para salpicar a Pepa.
-¡Pero bueno!-Exclamó la morena.
Estaba dispuesta a seguir con la pelea pero escuchó una leve risa de Noah, que miraba divertida la escena. Ambas se giraron y la vieron sonreír. Así era más bonita si podía, y la cara de las dos madres cambió a una mirada cariñosa y tierna. Prácticamente se les caía la baba con la pequeña.
La cena transcurrió entre conversaciones simples, sonrisas y alguna que otra insistencia con Noah y las verduras, pero finalmente y a las diez y cuarto, habían mandado a la pequeña morenita a la cama.
Cuando la cocina estuvo recogida, Pepa y Silvia se dirigieron al salón. Y fue el simple gesto de encender la televisión y tirarse en el sofá el que las hizo sentir un escalofrío lleno de nostalgia.
Era como antes. Todo era como antes.
Antes de las discusiones, antes del divorcio, antes del cambio de vida… Aquello les producía unas cosquillas en el estómago tan agradables como preocupantes. Por primera vez en casi un año, estar juntas en la misma casa no suponía un malestar general, ni para ellas ni para la niña. Hacía mucho que no la veían sonreír así, con cosas absurdas. No podían creer que su hija, siendo tan pequeña y habiendo pasado tanto tiempo, siguiese disfrutando de ver juntas a sus madres.
Pero lo más extraño no era eso. Lo más extraño y a la vez conmovedor era que ninguna se sentía tensa en aquel momento. Que estaban disfrutando de una noche en familia, de una noche la una al lado de la otra.
Debían asegurarse de que su hija estaba dormida antes de poner los regalos, por lo que siguieron hablando de momentos simples, de cosas comunes mientras decidían qué ver. Finalmente decidieron poner unos videos que ninguna había tenido el valor de ver por el echo de estar solas, por miedo a sentirse más solas todavía.
En ellos aparecían momentos de sus vidas inolvidables, plasmados de DVD's que guardaban como un tesoro. Videos caseros que pensaban que jamás grabarían, que sería algo que ya nadie vería en un futuro.
-Y aquí está la mamá con su hija-Se escuchó la voz de Silvia, que en ese momento grababa. En la televisión podía verse como la cámara se acercaba a Pepa, que acunaba a la pequeña entre sus brazos, en la cama del hospital.
-Silvia, que estoy horrible.
-Estás preciosa, como siempre. Hola cosita, aquí está mamá haciéndote tu primer video.
-¿Primero?-La Pepa del video miró a la criatura-Cariño, ya vas a diferenciar entre tus dos madres. La que te tiene en brazos es la que no te dejará salir de casa hasta los treinta, y la pesada que graba es la que va a estar dando por culo con la cámara todo el día.
-¡Pepa! ¡No digas palabrotas delante suya!
-Bueno, vale, vale.
-Va, grábame tú con la niña.
-¿Es que ni en cama me vas a dejar?
-En cama nunca te dejo.
Ambas Pepas sonrieron, tanto la del vídeo como la que estaba sentada en el sofá. Miró a Silvia instintivamente, quién le sonrió levemente. La morena miró de nuevo a la pantalla cuando vio una expresión no demasiado agradable en la cara de Silvia.
La pelirroja salía de pie con la niña en brazos, sonriéndole.
-¡Cómo he cambiado!
-Sigues igual. Ni que no hubieras visto nunca el video…
-Nunca lo he visto-Contestó con seriedad-. Nunca después de… después del divorcio.
Era la primera vez que lo mencionaban una frente a la otra. Sus miradas se encontraron y Pepa se apoyó en la pared-. Me daba miedo.
La morena suspiró.
-Yo tampoco los he vuelto a ver. Ahí… ahí éramos muy felices.
-Sí…
Un profundo silencio las atrapó a las dos. Esta vez sí fue un silencio incómodo mezclado con gotitas de decepción y tristeza. Finalmente Pepa carraspeó la garganta.
-Venga, será mejor que terminemos cuanto antes de poner los regalos, mañana a las seis de la mañana Noah estará en nuestra habitación.
Silvia sonrió solo con imaginarse la escena.
-Vale, vamos.
Fue justo cuando se disponían a salir cuando Noah, con la manita en el estómago, salía de su habitación haciendo pucheros. Lo primero que pensaron las dos era que había tenido una pesadilla. Ella y sus miedos nocturnos…
-¿Qué pasa, mi amor?-Preguntó Pepa.
-Me duele la tripa…-Se quejó ella-. Y no puedo dormir, me da frío.
Silvia enseguida se arrodillo alarmada en el suelo y le tocó la frente y las manos. No parecía tener fiebre, y esto le extrañó. Miró a Pepa preocupada, pero para su sorpresa, esta sonreía.
-¿Te da frío así, de repente?-Noah asintió-. ¡Ay mi niña con los nervios!
La pelirroja suspiró. Es verdad, eran los nervios. Menos mal, se había asustado.
Como a cualquier niño, la noche de reyes era una de las mejores pero también de las peores. No podían dormir y los nervios les provocaban náuseas. Noah no iba a ser una excepción.
-¿Quieres que te acompañe a la cama y te cuente un cuento para que te duermas?-Preguntó Pepa muy decidida. Noah volvió a asentir y le tendió los brazos a su madre, quien la cogió en brazos. Si se mezclaban los nervios con el sueño, el resultado era una niña llorosa y sin fuerzas.
Bastó una mirada para que Pepa le dijera a Silvia que fuera colocando los regalos. La morena llevó a su hija a la cama, la arropó, y se sentó a su lado, en una silla. Cogió uno de los libros que había en la estantería y comenzó a leer. Noah, a medida que crecía, deseaba entender más y más, por lo que el cuento era ahora más difícil de leer ya que hacía muchísimas preguntas. Aún así, el sueño la iba venciendo, y tras bostezar por tercera vez, estiró el brazo para cerrar el libro que su madre tenía entre las manos.
-Mami…-Dijo entrecerrando los ojos-. Los reyes ya me han taído el pimer regalo de la lista.
-¿Sí?-Preguntó Pepa con una sonrisa tierna, acariciando el pelo de Noah.
-Si… A mí me gusta así, las tres juntas-Pepa sintió una punzada en el pecho-. Que mis mamás se quieran…-Murmuró con los ojos cerrados-. Que se quieran…
Pepa la miró durante unos segundos más. Cerró los ojos con un suspiro esperando olvidar aquellas últimas palabras de su hija y finalmente le dio un beso en la frente, antes de apagar la luz y entrecerrar la puerta.
Se dirigió a la habitación un poco pensativa y cuando llegó vio a Silvia salir del baño y sonreírle. Pepa le respondió también con una sonrisa, alejando aquel malestar solo con ver a la pelirroja con aquel aspecto, tan feliz. Las cosas iban avanzando a gran velocidad, aunque se quedaría ahí. Silvia había dicho que ya no podían seguir acostándose esporádicamente, sin haber elegido estar juntas o estar separadas.
-Espera, ¿dónde vas?-Preguntó Silvia cuando vio que Pepa se llevaba al almohada.
-Pues al sofá.
-Pero si al sofá me iba a yo-Aseguró con total normalidad Silvia.
-Nunca te has ido al sofá.
-Pues por eso mismo, siempre te toca a ti.
-No voy a dejar que te vayas, ya lo sabes. Venga, métete en la cama.
La pelirroja se cruzó de brazos.
-No.
-Silvia…
-No voy a dormir en la cama.
-¿Me quieres decir a qué viene esta repentina cabezonería por dormir en el sofá? ¿Tienes complejo de cojín?
Silvia suspiró.
-Pepa, por favor.
La morena hizo como que no la había escuchado y se giró dispuesta a salir de la habitación.
-Buenas noches.
-Pepa…-Silvia se acercó a ella. No podía dormir en la cama, no precisamente hoy-. Pepa, por favor-La más alta estaba cerrando la puerta tras de sí cuando finalmente la pelirroja explotó-. Si duermo en la cama no podré aguantarme.
El movimiento de la puerta cesó durante unos segundos y luego volvió a abrirse poco a poco. Pepa la miraba extrañada.
-¿A tu edad y ya con incontinencia?
-Pepa, sabes a lo que me refiero.
-No, te lo juro-Lo decía con total sinceridad. Bastante le estaba costando no empujarla hasta la cama y acariciarle de arriba a abajo como para ponerse a pensar en ese momento.
-Si duermo en la cama me acordaré de la otra noche. De los otros días y… y esta vez tú estás en casa-Se puso colorada-. Y si estás en casa no voy a poder aguantarme y… bueno, iré al salón, te besaré y… Y faltaré a mi propia palabra.
Pepa se acordó de su madre, de su padre y de todo lo que había hecho a esa mujer así. A la pobre le estaba costando la vida no pensar en Silvia, y ahora va la pelirroja y le suelta semejante bomba de relojería. Ya está, había confirmado que las tentaciones le perseguían.
Hubo un silencio que utilizaron las dos para pensar. Pensar en nada, porque nada les impedía mirarse.
-No puedes decirme esto ahora…-Dijo Pepa-. Ahora no.
-Ya lo sé, pero es que…
-Shhh-Le mandó silencio colocando un dedo en sus labios, los cual acarició-. ¿Tú sabes cómo deseo estos labios a todas horas? ¿Cómo quiero besarlos, morderlos? ¿Sabes lo que he tenido que luchar conmigo misma para no acercarme a ti y acariciarte la espalda, las caderas?-Se acercó más a ella y la sujetó de la cintura-. ¿Sabes lo que yo he tenido que aguantar para controlarme? Por ti, porque me controlo por ti, porque hay que seguir las normas. Y ahora me sueltas eso, ¿y sabes lo que te digo?-Silvia la miraba con la boca entreabierta, respirando porque tenía que respirar. Se le había olvidado hasta como mover su cuerpo. Ahora lo único que sabía hacer era mirar aquellos ojos que cada día la volvían más loca. Pepa se acercó más a su cara, simplemente para susurrar unas palabras-. Que a la mierda con las normas.
Una de las manos de la morena apretó la espalda de Silvia para que sus cuerpo se pegaran, la otra sujetó con fuerza su nunca para acercarla más y así poderla besar. Esta vez, al contrario que la última, todo fue mucho más tranquilo. Pepa no estaba acariciando ni besando a la chica con la que estaba "solo por sexo". Estaba besando a Silvia Castro, la mujer de la que estaba perdidamente enamorada.
El beso, por tanto, fue suave al principio. Besitos cortos a veces, algunos más profundos otras. Era todo tan tierno que no pudieron evitar abrazarse. Se pegaron todo lo posible, las manos de la pelirroja acariciaban la espalda de Pepa, esta a su vez rodeaba con un brazo el cuerpo entero de Silvia. Se estaban abrazando como si llevasen años sin verse. Se echaban tanto de menos… Y los nervios estaban a flor de piel, la magia había vuelto, y no solo para la morena. Silvia notaba las cosquillas, la alegría, las ganas de estar con su ex mujer aunque solo fuese para acariciarse las manos.
Poco a poco el deseo fue apareciendo, y cuando el beso se intensificó, empujaron la puerta hasta cerrarla por completo. No querían hacer ruido y esperaban que Noah llamase si se le ocurría entrar a media noche.
Silvia fue tirando del pijama de Pepa hasta llegar a la cama. La pelirroja cayó primero, pero al estar pegadas, Pepa cayó encima.
Las manos de ambas se deslizaban con suavidad por las prendas de la otra, desabrochando botones, apartando camisas, bajando pantalones. Allí, precisamente en esa cama, Silvia dejó de ser sumisa. Siempre solía empezar Pepa aunque luego la pelirroja continuase, pero esta vez sería al revés.
Silvia besó la clavícula de Pepa, los hombros y el cuello mientras se deshacía del sujetador de su amante. La morena, mientras se dejaba besar, desabrochó también el de su ex mujer, pero fue lo poco que puedo hacer cuando notó la lengua bajar muy lentamente, creando un camino desde la punta de su barbilla hasta uno de sus senos. Con muchísima suavidad acarició el pezón, prácticamente rozándolo, sin ejercer apenas presión, aunque esto a Pepa le encantaba. Empezaba a respirar un poco más fuerte y sus manos se enredaron en el pelo rojizo de Silvia quien, aún rozando el pecho de su ex mujer, bajó la mano y acarició la zona más íntima por encima de las braguitas. Cuando notó que ya estaba lo suficientemente mojada, apartó la prenda que estorbaba y bajó su boca hasta la entrepierna. Primero besó los muslos, después la ingle, Pepa ya comenzaba a mover lentamente las caderas para sentir mejor aquellos mínimos roces, y Silvia, para hacerla sufrir un poco, se limitó a darle un beso en el clítoris. Un único beso.
-Qué cabrona…-Murmuró Pepa con una sonrisa cuando vio que Silvia dejaba su sexo para besarla de nuevo en los labios-. No puedes dejarme así.
-Sí que puedo.
Los besos continuaron siendo cada vez más profundos. La boca no abarcaba tanto espacio como aquellos besos exigían y finalmente la pelirroja se rindió, introduciendo un dedo en la vagina de Pepa.
La noche prosiguió así, como otras tantas que habían tenido, como bastantes que les quedaban. No parecía haber diferencia entre el sexo de hace unos días con el de la noche de reyes, pero ambas sabían que la ternura había crecido y que ahora tenían que aguantarse algún que otro "te quiero" antes de decírselo a la otra al oído. Lo mejor era que tenían todo el tiempo del mundo para repetírselo ahora que iban al Caribe. Solo había un problema, y era aquello que estaba en plena ebullición en el vientre de Pepa. Aquello de lo que se daría cuenta al día siguiente, recibiéndolo como una sorpresa más el día de reyes.
6 de enero.
Habían tenido la suficiente sensatez como para ponerse el pijama después de todo. Noah, a las seis y media, pegó a la puerta tres veces y no dio ni un segundo de ventaja antes de abrirla.
-¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamá!-Se subió en la cama y comenzó a saltar-. ¡Vamos! ¡Vamos al salón! ¡Vamos!
Pepa soltó un quejido, se colocó bocabajo y se puso la almohada encima de la cabeza. Silvia abrió los ojos poco a poco y cuado vio a Noah sonrió.
-Va, va…-Murmuró la pelirroja-. Vamos, Pepa.
Pero la morena no estaba por la labor. Vale, la mañana de reyes le encantaba, pero había pasado mitad de la noche sintiendo a la preciosa mujer que tenía al lado por todo su cuerpo, y si su hija les hubiese despertado aunque fuese a las ocho no le importaría. Pero no, a las seis y media, ella a las seis y media.
-¡Venga mamá!-Se quejó la pequeña quitándole la almohada y golpeándole con ella-. ¡Vamos! ¡Vamos!
-Ay, Noah…-Dijo con pesadumbre.
Finalmente se levantó, bostezó, se estiró y tras frotarse los ojos se puso las zapatillas. Noah bajó de la cama y corrió hacia el salón. En aquel instante las miradas de ambas mujeres coincidieron y unas sonrisas pícaras anunciaron que todo estaba bien. Que hoy estaba todo bien. No había culpabilidad tras aquella noche, no había tristeza, soledad y, aunque les fuera difícil admitirlo, tampoco había muchas dudas. Algunos temores, pero dudas no. Pepa sabía que estaba enamorada de Silvia, que siempre lo había estado y que era la mujer con la que deseaba estar para toda la vida y mucho más. Silvia, aquella noche, también se había dado cuenta de que cada vez era más difícil resistirse a sus encantos, que quería estar con ella a todas horas, desayunar con ella, recoger la casa con ella, jugar con Noah las dos juntas, dormir en la misma cama, besarse, tocarse… Quererse…
No es que fueran a empezar de nuevo así, sin hablarlo, pero la conversación saldría pronto y mientras tenían que andarse con cuidado.
-¡Waaaaaaaa!-Se escuchó desde el salón-. ¡Mamá! ¡Mamá!
Silvia sonrió y salió corriendo de la habitación seguida por Pepa, que aún no tenía buena cara. No se encontraba muy bien, de hecho. Tenía el estómago revuelto, como siempre.
Cuando llegaron al salón vieron a su pequeña con los ojos brillantes mirando los paquetes. No había luz natural ya que a aquellas horas aún está oscuro, pero la sonrisa de su hija iluminaba toda la casa. La niña, con su pequeña bata azul y sus calcetines gruesos, se acercó a los regalos, y antes de abrirlos sonrió a sus madres.
-¡Ala, cuántos regalos!-Exclamó Silvia-. Venga, ábrelos, que yo también quiero verlos.
-Solo los que pongan tu nombre ¿eh? Que eso ya sí sabes cómo se escribe-Advirtió Pepa, que se sentó en la alfombra, dispuesta a ver el espectáculo desde primera plana.
Era cierto, la pequeña aún no sabía leer o escribir, pero su nombre era una excepción.
Con todos los nervios del mundo miró deprisa las letras que conocía y, tras asegurarse de cuáles eran los suyos, comenzó a abrirlos con velocidad.
-¿Los nombres?-Preguntó la pelirroja-. ¿Cómo sabes tú que aparecen más nombres?
Pepa se encogió de hombros y continuó mirando a su hija que, ilusionada, descubría el primer regalo. Un coche teledirigido.
-¡Wao! ¡Qué chulo! ¡Mira mamá!
-¿A ver, a ver?-Preguntó curiosa la morena. Mientras su hija descubría los otros paquetes, Pepa sacó el coche. Era de Montoya y Rita, sabían que a Noah le gustaban tanto las muñecas como los dinosaurios o cualquier otro juguete que, equivocándose, dicen que son "para niños y no para niñas".
-¡Una cocinita!-Volvió a gritar Noah-. ¡Una cocinita! ¡Una cocinita! ¡La que yo quería!
Pepa y Silvia volvieron a reír. Cada vez que la miraban la ilusión de la pequeña se les introducía en el cuerpo. Era una alegría verla tan feliz.
-Trae nevera-Observó la pelirroja mientras su hija se iba a por otro paquete. Antes de mirarlos bien, prefería abrirlos todos, pero así sus madres tenían tiempo te curiosearlos-. Los juguetes son cada vez más sofisticados ¿eh?
-Te dije que le encantaría-Aseguró Pepa-. Ya verás cuando abra el otro, ya verás.
-Mami, ¿qué pone aquí?-Preguntó la niña con curiosidad dándole una cajita pequeña.
Silvia le echó un vistazo y pronto frunció el ceño.
-Silvia-Leyó. Miró a Pepa-. Pone Silvia.
Pepa se volvió a encoger de hombros y se limitó a sonreír con cariño. La pelirroja negó con la cabeza y abrió el paquete, sonriendo a medida que lo abría. Era un reloj.
-Es precioso-Se limitó a decir. Noah sonrió inmensamente y corrió hacia otro paquete que no tenía su nombre, este un poco más grande. Con él en la mano fue hasta Pepa.
-¡Entonces este es tuyo!
Esta vez fue la morena la que se quedó un poco paralizada. Miró a Silvia preguntándole con la mirada y la pelirroja, imitándola, se encogió también de hombros.
Era un precioso marco con dos margaritas en la esquina superior derecha. Dentro había una foto familiar. Noah, con dos años, sonreía agarrada de las manos de sus madres. Pepa sonrió aún más, miró a Silvia, y solo moviendo los labios para que su hija no escuchase murmuró un "gracias" que Silvia respondió con una expresión alegre.
Noah continuó abriendo regalos. Tenía algún que otro más, pero la sorpresa general fue en el último. La caja más grande, la que estaba detrás del árbol, fue sacada por Pepa. Noah, sorprendiéndose por la magnitud de la caja, dejó que su madre la abriese. Entonces la niña empezó a dar saltitos y comenzó a chillar.
-¡Una bici! ¡Una bici, una bici, una bici!-Tiró del pijama de Silvia-. ¡Una bici mamá! ¡Los reyes me han traído una bici!
-¡Qué guay!-Exclamó la pelirroja-. ¡Y es de las grandes! ¡No es un triciclo!
-Claro, porque mi niña ya mismo cumple los cuatro años ¿verdad? Y eso ya es muy mayor.
-¡Sí! ¡Y voy a apender a montar en bici! ¡Porque ya soy mayor!
Pepa y Silvia se miraron y sonrieron al ver que su hija abría la caja con gran entusiasmo y decía palabras sin sentido por culpa de los nervios. La sonrisa desapareció cuando Noah, aún riendo, comenzó a toser hasta que llegó un momento en que tuvo que parar de saltar y colocarse la mano en el pecho. Ambas madres se acercaron.
-Eh, eh, eh, Noah. Tranquila ¿vale?-Dijo Pepa preocupada. La niña asintió intentando dejar de toser-. A ver, coge aire.
Noah obedeció y tosió un par de veces más. Finalmente dejó de hacerlo y se apretó un poco más el pecho. Le dolía mucho cuando dejaba de toser. Aún así nada pudo pararla, y unos segundos después de tragar saliva, siguió mirando sus regalos.
-Con calma, ¿vale mi vida?
-Sí. ¡Mira! ¡Es como si fuera de verdad!-Exclamó enseñándole la pistola de juguete bastante más grande que la otra. Ese era de Lucas, seguro.
Poco a poco la luz fue llegando, y cuando fueron las ocho de la mañana, Silvia decidió que era mejor desayunar y que luego siguieran con el disfrute de los regalos.
-No, voy a traer algo para desayunar que tengo encargado en la panadería-Aseguró Pepa levantándose de la alfombra.
-¿Qué es? ¿Qué es?-Preguntó impaciente Noah.
-Es una sorpresa-La morena le guiño el ojo-. Voy a vestirme.
Pepa fue hasta el dormitorio de Silvia, se quitó el pijama, se puso el sujetador y, cuando cogió el pantalón vaquero, se enganchó a la pata de la cama por un hilo suelto que tenía y se rajó.
-¡No me jodas!-Gritó la morena-. ¡Venga ya! ¡Mis vaqueros!
Silvia apareció por la puerta pocos segundos después.
-Las palabrotas, Pepa.
La morena, ahora sentada en la cama, le enseñó con carita de pena la raja en los pantalones.
-¿Y ahora qué?
-No desesperes-La tranquilizó Silvia acercándose al armario-. Creo recordar que tenías unos vaqueros aquí.
Pepa sonrió.
-¿En serio? Espera, ¿son los de los botones en el tobillo?-Silvia asintió abriendo los cajones-. ¡Los estuve buscando cuando me fui! ¿Están ahí?
Silvia finalmente sacó unos vaqueros largos y se los enseñó. Pepa suspiró aliviada y cuando se los puso, miró a Silvia.
-Me los diste para que les quitara una mancha que tú no podías quitar y al final los guardé aquí para una urgencia-Dijo la pelirroja-. Y ha servido. Te quedan geniales.
-Gracias, princesa.
Pepa le dio un leve beso en los labios y entonces el mundo se paró. Se miraron extrañadas, paralizadas y, ante todo sorprendidas. Le había llamado princesa y le había besado como un simple gesto de pareja. Como aquellos besos de despedida o de saludo que solían darse antes de que comenzara todo.
La nostalgia las inundó a ambas y las ganas de que todo volviera a ser como antes también. A Pepa, tras aceptar que estaba enamorada de ella, que jamás la había olvidado, le era más difícil contenerse, y aquello le había salido solo. Por otra parte, Silvia no se sentía culpable de nada, quizás un poco preocupada por Noah, por el qué dirán, pero no culpable. Necesitaba la estabilidad que no tenía sin Pepa.
-Voy… Voy a por el desayuno-Murmuró Pepa un tanto nerviosa.
-Sí, claro.
Se miraron unos segundos más y al final Pepa salió por la puerta. Silvia miró a la nada un momento y se sentó en la cama jugando con sus propias manos. Suspiró y, sin saber por qué, sonrió.
Pepa
(*) Felicidad. Hacía mucho que no podía meter esa palabra en mis conversaciones, pero ahora parecía no querer desaparecer de mi boca. Cuando salí de casa de Silvia me apoyé en la pared para tranquilizarme, tenía tantas ganas de gritar. Este último día había estado lleno de emoción. Por la noche habíamos hecho el amor como antes, como antes de pelearnos, de divorciarnos, como antes incluso de quedarme embarazada de Noah. Necesitábamos esa ternura, ambas. Al día siguiente habíamos amanecido en familia, y cuando hablo de familia no me refiero a personas que viven en una misma casa, no. Cuando empezaron los problemas entre Silvia y yo, aunque estuviéramos en la misma casa, aunque almorzáramos las tres juntas, aunque lleváramos a nuestra hija al colegio, no éramos una familia. Había incomodidad, soledad, pero ahora, después de tanto tiempo, había amanecido en la misma cama de la mujer a la que amo, mi hija había entrado feliz por la puerta a despertarnos, y las tres, como una familia feliz, nos habíamos acomodado en el salón disfrutando del último rastro de la navidad.
Yo estaba que no cabía en mí de felicidad y nervios, seguramente por eso tenía ganas de vomitar, pero no me importaba. Era cierto que el pequeño beso de despedida había sido sin querer, sin pensarlo, pero ver que no le parecía mal, que incluso lo aceptaba… Buf, me había alegrado tanto.
Decidí ir hacia la panadería de una vez ya que cualquiera que me viera pensaría que estaba loca ahí, apoyada en la pared y sonriendo como una idiota. ¡Pues a la mierda! Era tan feliz. ¡Y mañana al Caribe! Vale, vale, que lo primero es el trabajo, que estaremos en un operativo y que hay que estar atentos ante cualquier amenaza, pero joder ¡era el Caribe! Y tal y como iban las cosas con Silvia, quizás… quizás pudiéramos empezar de nuevo. Pero empezar, lo que se dice empezar. Nada de sexo esporádico –que tampoco me parecía mal-. Quería estar con ella, quería volver a ser una familia, yo lo necesitaba, Noah lo necesitaba y, con solo mirarla, podía ver que Silvia también lo necesitaba.
Compré el roscón de reyes encargado con sorpresa dentro. Todos los años, antes de que naciera Noah, el día de reyes desayunábamos un café con el roscón, era algo tradicional y casi todas las familias lo hacían ¿por qué no nosotras? Nunca encontrábamos la sorpresa y al final acabábamos comiéndonos tres trozos cada una para ver si nos tocaba el muñeco de la suerte. Llegaba un momento en que no podíamos más y al final mandábamos a la mierda el rosco, descubriendo la sorpresa en ese trozo que no nos habíamos comido.
Sonreí al saber que repetiríamos la escena, pero esta vez con Noah. Gracias al roscón, conseguiríamos que por una vez nuestra hija desayunara muy bien, porque con tal de encontrar la sorpresa, se comería tres trocitos o más.
Antes de subir las escaleras me metí la mano en el bolsillo para sacar las llaves y entonces rocé una especie de cartón con los dedos. Los bolsillos de ese pantalón estaban apretados y tuve que soltar el roscón en los escalones para utilizar ambas manos y sacar lo que descubrí que era un calendario.
-¿Y esto?-Me dije a mí misma.
Vi que ciertas fechas estaban señaladas y cuando le di la vuelta, al ver el dibujo de un perrito sobre un fondo azul, sonreí. Era mi calendario, mi calendario de menstruaciones.
-Ah, ya me acuerdo.
Con esos pantalones fui al ginecólogo la última vez para una revisión, seguramente me preguntaría la continuidad de mi periodo y preferí llevar el calendario –mi memoria para esas cosas es bastante mala-. Lo apuntaba todos los meses, y si se me olvidaba alguno, siempre estaba Silvia para recordármelo. Ya que estaba, miré la fecha de la última vez, para ver cuando me tocaría, ya que si me venía cuando estuviera en el Caribe… Vamos, menuda mala suerte.
A todo esto, ya ni recordaba cuando fue la última vez. La fecha señalada era el 10 de noviembre.
Fruncí el ceño ¿10 de noviembre? Bueno, se me habría olvidado, era normal. Pero… noviembre. Yo en noviembre ya estaba divorciada y en mi casa, de hecho, la visita al ginecólogo fue el 14 de noviembre y yo le di los pantalones a Silvia y… A ver, las cuentas no me salían. ¿Tan mala cabeza tengo? Me he pasado todo el mes de diciembre sin apuntar la menstruación. Mes y medio, porque enero también contaba ¿no? En diciembre tenía que haber una fecha, y sobre el 5 de enero me vendría otra vez. Entonces solo se me había olvidado apuntarla una vez. Pero no… Yo me acuerdo de haber sacado el calendario y haberlo escrito estando en la cocina, vamos, me acuerdo estupendamente. ¿Dónde cojones estaba la señal entonces? Yo no tenía otro almanaque y…
No, espera. Aquella vez estando en la cocina era noviembre, fue antes de ir al ginecólogo, ahora lo recuerdo. ¿Y en diciembre? ¿Cuándo me vino la regla? Y además, estábamos a 6 de enero, y a mi me tendría que venir el cinco. Bueno, un retraso de un día no es raro. ¿Un retraso?
Fue entonces cuando poco a poco mi alrededor se coloreó de gris y noté un gran peso sobre los hombros. Pero fue muy lento, mientras las hipótesis iban viajando por mi cabeza, asustándome cada vez más.
-Yo… yo no he tenido la menstruación en diciembre…-Murmuré-. Y tampoco… tampoco en enero. No es un retraso de un día, es un retraso de… -Las manos me temblaron y me la llevé a la boca-. Es un retraso de dos meses.
Las imágenes pasaron frente a mí como quien ve una película. Apuntando el día en noviembre, viendo llegar la navidad en diciembre, acostándome con mi ex mujer en enero… vomitando las mañanas… Mareándome por las tardes… Joder, acostándome con Aitor.
Las piernas me fallaron también y me tuve que sentar en los escalones.
-No puede ser…
¿Usamos protección? Es decir, Aitor y yo nos acostamos el diecisiete de noviembre, si no recuerdo mal. Me cago en mi puta madre, se me había olvidado. Estaba tan bien con Silvia que se me había olvidado aquella noche, y más estando borracha.
-No… No, por favor, no.
Me pasé las manos por la cara y me entraron ganas de llorar. Las náuseas, los cambios de humor, la sensibilidad… Ahora y aunque no quisiera todo empezaba a tener sentido. Justo ahora que tenía la oportunidad de volver a estar con Silvia, justo ahora que la felicidad volvía, que… que todo estaba bien, joder.
Me coloqué la mano en el vientre.
-No puede ser. No puede ser, no puede ser.
Mi mundo, de nuevo lleno de colores, había sido coloreado. Ya no de gris, no, esto era mucho peor. Estaba coloreado de negro. Del negro más oscuro que nadie haya visto jamás.
-¿Pepa?-Escuché detrás mía. No estaba llorando, pero tuve la necesidad de frotarme los ojos. Me giré poniendo la mejor sonrisa que pude. Era Silvia, que me miraba desde arriba-. ¿Qué haces ahí sentada?
Dudé.
-Pienso.
-Raro en ti-Bromeó con una sonrisa.
Su sonrisa… La más bonita, la que más me llenaba, esa que no había visto en meses. No podía borrársela, ahora no. Además… Había posibilidades de que todo fuese una falsa alarma ¿verdad? Al fin y al cabo un retraso puede tenerlo cualquiera, y me fue muy difícil quedarme embarazada de Noah, no podía ser que…
Me estaba auto convenciendo a mí misma. Era la única forma de no preocupar a Silvia.
-Muy graciosa, pelirroja-Me levanté y guardé el almanaque. Este día estaba siendo el más feliz desde que nos divorciamos, no iba a estropearlo. Por lo menos no iba a estropeárselo a ella o a mi hija, el mío ya estaba con nubarrones.
Subí las escaleras sonriendo, acercándome a la mujer de la que estaba enamorada, a la mujer a la que le regalaría mis ojos si los necesitase. Mientras más me acercaba, más me daba cuenta de que perderla significaría morir.
-¿Qué has traído?-Preguntó cuando me coloqué frente a ella. Le enseñé la bolsa y miró dentro, curiosa. Se le iluminó la cara-. ¡Roscón de reyes!
-Exacto. Pero no es para ti ¿eh? Nos lo vamos a comer Noah y yo.
Ella me dio un golpecito en el brazo y me miró a los ojos como con agradecimiento. Yo noté que los pulmones se me llenaban de aire, pero no parecía estar respirando. Me estaba empezando a ahogar con solo pensar en que lo que había descubierto podría ser cierto.
Silvia se giró y antes de que entrara a la casa la cogí de la muñeca, tiré de ella hacia mi y la besé.
No sé por qué lo hice, era como una disculpa o un "prepárate que va a tronar". Lo único que sé es que al separarnos me miró con las mejillas encendidas y una sonrisa ilusionada, como la de nuestra hija esa mañana. Yo no podía aguantarlo más, simplemente no podía. Lo mejor sería decirle lo del retraso, que mañana iba a ir al médico y que hiciera conmigo lo que quisiera si mi teoría era cierta. Pero también podía ser una falsa alarma y si así lo era, no tenía por qué enterarse de aquella noche con Aitor. ¿Qué podía hacer, joder?
-Tengo que decirte una cosa-Dijo ella sacándome de mis pensamientos. Me había quedado mirando a sus ojos. Me acarició la cara consiguiendo que sonriera-. Te quiero.
Sentí un escalofrío que fue desde los talones hasta la nuca. Me quería. Me quería y me lo decía ahora. ¿Qué coño le he hecho yo al mundo para que me pase esto a mí? ¿Y ahora qué? Le decía: "yo también te quiero. Por cierto, creo que estoy embarazada". No podía, simplemente no podía. Quería estar con ella, quería quererla y que me quisiera y si se lo decía todo iba a irse a la mierda. Primero debía verificar si era cierto, si estaba embarazada. Si era que no seguiríamos igual, incluso mejor. Volveríamos a ser una familia. Si era que sí… Si era que sí no tenía ni puta idea de lo que iba a hacer.
-Yo también te quiero.
Y volvimos a besarnos, teniendo que parar por si Noah nos veía. Mi vida iba a rumbo a curvas peligrosas, y lo peor es que no la sabía conducir.
6 de Enero.
En aquella pequeña habitación gris solo se escuchaban los golpecitos que Pepa hacía con el pie. Juan echó un vistazo al reloj: las seis de la tarde. La morena, mirando a la nada y con la uña del pulgar entre los dientes, sujetaba el trozo de algodón un poco manchado de sangre que antes había estado en su brazo. Tenía los ojos empañados y hacía esfuerzos por no llorar, y es que se estaba imaginando la repercusión que traería todo aquello.
Su médico y ahora buen amigo la miraba un tanto preocupado, pero también enfadado. No le parecía muy bien eso que había pasado entre Pepa y Aitor ya que el doctor le tenía mucho cariño a Silvia, pero en el fondo entendía a la morena. Eso sí, le parecía absurda aquella prueba.
-Insisto en que no sé lo que estamos haciendo-Dijo el hombre echando un vistazo al ordenador. El análisis rápido de sangre daría sus resultados en unos minutos-. Sabes bien cual es la respuesta.
-No me agobies ¿vale? Puede… puede ser cualquier cosa.
Juan negó con la cabeza.
-Dos meses sin menstruación, vómitos matutinos, cambios de humor, sexo sin precaución… Vamos Pepa, que ambos sabemos lo que va a decir el análisis.
Pepa, aún sin mirarle, negó con la cabeza. Las lágrimas iban a salir en cualquier momento.
-Como sea positivo mi vida se derrumba…-Murmuró. Miró al médico y comenzó a llorar levemente-. Que si estoy embarazada me muero, Juan. Que yo no sé vivir sin Silvia, que yo estos meses no he vivido que… que voy a perderla para siempre, joder.
Se escuchó un pitido y ambos miraron la pantallita del ordenador que mostraba con mayor claridad el color de la sangre. Pepa no quiso mirarlo.
-¿Hace falta que te lo diga?-Preguntó Juan-. Esto es absurdo.
Pepa empezaba a respirar agitadamente. Estaba muy nerviosa ya que sabía perfectamente lo que había dentro de ella. Lo notaba, ahora que sabía que podía estar, lo sentía como sintió a Noah.
-Es positivo-Dijo el médico-. Estás embarazada, y de mes y medio.
Pepa finalmente se derrumbó y lloró apoyada en la mesa, pensando en lo que iba a venir.
-No…-Murmuró-. Soy una mierda… ¡Soy gilipollas, joder, soy una puta gilipollas!
-Pepa…-Juan le acarició la espalda-. Tranquilízate.
-¡No puedo tranquilizarme!-Exclamó volviéndose a incorporar-. ¡Estoy embarazada! ¡Le voy a dar un hermanastro a Noah, un hijo a Aitor y un puñetero disgusto a Silvia! ¡Esto no es moco de pavo, coño!
-Tú misma te lo has buscado.
Estas simples palabras la hicieron dejar de gritar. Sí, había sido su culpa. Aunque estuviera borracha, aunque lo necesitara… Ella supo lo que estaba haciendo en el momento en que Silvia pasó por su cabeza, y no paró. Le daba tanta pena Aitor y sentiría tantísima vergüenza si parase de golpe.
Su corazón latía con tanta fuerza que parecía a punto de salírsele del pecho. Le escocía la boca del estómago y, sin exagerar, quería morirse. Quería que la tragara la tierra, quería desaparecer.
Sentada como estaba dobló la espalda hacia delante y, apoyada en los brazos, miró al suelo.
-¿Y ahora qué?-Susurró-. ¿Qué hago? ¿Qué les digo a todos? ¿Qué le digo a Silvia?
Juan suspiró y le acarició la mano.
-Aún… está la posibilidad del aborto.
Pepa, con los ojos inundados en lágrimas, levantó la mirada como si le hubieran dicho lo más horrible del mundo. Negó con la cabeza, eso era lo único que tenía claro.
-Eso no-Aseguró-. No podría. Yo… yo me lo he buscado ¿no? El bebé no tiene culpa.
-Exacto. Pepa, déjame decirte algo, mírame-Insistió cuando la morena volvió a negar con la cabeza. No paraba de secarse las lágrimas, pero seguían apareciendo-. Esto no va a hacer desaparecer el embarazo ni va a librarte de contárselo a Silvia pero… pero quizás te haga sentir mejor-Le acarició la tripa-. Tienes a una nueva Noah aquí dentro. Una Noah, un Javier o lo que quiera que sea. Yo tengo dos hijas, una de veintidós años y otra de veintiséis. Son la alegría de mi vida, Pepa. Ser padre es lo más maravilloso que he hecho nunca y no puedo imaginarme lo que será ser madre, pero tú sí. Ya lo eres, tienes una hija preciosa, la quieres, es la luz de tus ojos… Imagínate a quien tienes aquí dentro. Una nueva personita. Más amor que regalar.
Pepa se había quedado callada y comenzaba a hipar un poco por el llanto. Juan le ofreció un pañuelo y ella se secó los ojos.
-¿Adónde quieres llegar?-Preguntó la morena.
-A que si estás decidida a tener el niño, estarás decidida a cuidarlo. Ahora mismo es un problema pero dentro de siete u ocho meses la tormenta habrá pasado. Quizás no la tristeza, pero el agobio que tienes ahora sí. Silvia actuará de una forma u otra y se acabó, para bien o para mal. Y el niño nacerá a los nueve meses-Cogió la mano de Pepa y se la colocó en el vientre-. Es tu hijo.
Esas eran palabras mayores, y el médico lo sabía, por eso se lo dijo. Pepa, ante esto último, apretó los puños. Ya no lloraba, aunque seguía increíblemente agobiada. Un hijo. Su pequeño, su criatura… su sangre. Un hijo significaba muchas cosas y lo sabía bien por el hecho de estar criando a Noah. Un hijo eran vómitos matutinos, nervios al salir de cuentas, dolor en el parto, la sensación más grande al tenerlo en brazos. Un hijo le daba momentos como despertarse de madrugada, darle el biberón, escuchar su primera palabra, ver su primer paso. Reñirle, sonreírle, abrazarle, besarle, despertarse una mañana de domingo y que venga con una sonrisa que ilumina la casa a abrazarte. Imaginarlo en el fondo la alegraba pero… pero todo eso no era lo mismo sin Silvia. Aún recordaba los días en que Silvia traía a Noah con pocos meses y la ponía entre las dos en la cama de matrimonio. Veía a Silvia ilusionarse con la palabra "mamá" y recordaba con nostalgia aquel día en que, estando en la cocina, escuchó un chillido de la pelirroja que, al final, resultó ver los primeros pasos de Noah. Llegar a casa y verlas a las dos sentadas en la alfombra jugando con muñecas, ver a Silvia con Noah en brazos. Eso… eso no iba a repetirse.
Apretó la mano de Juan y asintió agradeciéndole aquellas palabras. Se levantó un poco más tranquila pero igualmente agobiada y abrazó a su amigo, que le dio cita para la próxima ecografía oficial. No tardó mucho en salir y llamar a su sobrina. Tenía que verla. Tenía que ver a alguien y contárselo.
….
La vio llegar con una sonrisa. Su sobrina llevaba un abrigo no muy grueso y un jersey de cuello alto debajo. También vestía vaqueros y unas zapatillas deportivas, iba muy casual. Pepa estaba sentada en el banco de aquel parquecito por el que solo se veían ancianos. Levantó la mirada en cuanto la notó cerca.
-Hey-Saludó sonriendo.
-Siéntate-Dijo cortante. En cuanto a esto, Sara obedeció un poco asustada.
-Vale… ¿Qué he hecho?
Pepa negó con la cabeza.
-Nada, la imbécil aquí soy yo.
La rubia frunció el ceño, extrañada. Se acercó más a la cara de su tía, que no le miraba.
-¿Has estado llorando?-Era fácil de ver, no solo por la hinchazón de los ojos, también por su color rojizo. Además, estaban empañados, volvía a querer llorar. Y es que cada vez que lo pensaba se deprimía, no podía evitarlo-. ¿Tita?-Preguntó de nuevo Sara un poco asustada cuando vio que Pepa se colocaba el puño frente a los labios y dejaba salir una lágrima-. ¿Qué ha pasado?
La morena no aguantó más y se abrazó a su sobrina, que la acogió con cariño entre sus brazos, aún asustada.
-Estoy embarazada-Soltó en mitad del llanto-. ¡Embarazada de Aitor!
Sara apretó las manos por inercia. No, no podía haber escuchado bien.
-¿Q…Qué?
-¡Me acosté con él! ¡Me acosté con él hace un par de meses y ahora estoy preñada!
No podía creérselo. Su sobrina sintió como si una piedra le hubiera golpeado la sien y se hubiera quedado un poco atontada. Todo vino a su cabeza, un montón de ideas, de personas, de lo que iba a traer aquello. Pero el rápido movimiento de los pensamientos frenó en Silvia.
Separó poco a poco a Pepa.
-No puede ser…
-¡Pues lo es!
Lloraba tanto que parecía que se iba a hogar. Comenzaba a respirar con velocidad y si se frotaba tanto los ojos acabaría haciéndose daño. Sara tuvo que desviar sus pensamientos de lo que vendría y se centró en Pepa.
-Tita…-Murmuró acariciándole la cara, pero la morena se apartó. Ella volvió a cogerla-. Tita, shhh… A ver… A ver, tú tranquilízate. Para pensar tienes que estar tranquila y…
-¡Ya he pensado! ¡He pensado en lo que voy a hacer, en lo que voy a decir y…! ¡He pensado en Silvia!
Sara, con solo verla, empezaba a agobiarse. Nunca había visto así a su tía, nunca. Seguramente porque esta sabía que no iba a perder a Silvia. La única vez que la vio mal fue en el tiroteo de la boda, pero incluso ahí estaba más serena, sabía que su pelirroja era fuerte, que esperaría hasta que llegara la ambulancia. Pero esto era diferente. Incluso después del divorcio sabía que podía encontrar esperanza solo con mirar en los ojos de Silvia. Ahora no. Tras esto todo cambiaría.
-Que me muero, Sara…-Susurró apoyada en sus manos-. Que estando divorciadas sé que en algún momento podría volver con ella pero tras esto es imposible y… y yo sin ella me muero. Que no soy nadie si no está a mi lado.
-Eh, eh, eh. En primer lugar no sabes cómo actuará, y en segundo lugar, si la pierdes… Tendrás que rehacer, Pepa.
La morena negó con la cabeza.
-No lo entiendes, no puedo rehacer. Ella es la persona con la que me toca vivir para siempre. Hemos empezado a formar una familia y eso… eso da la sensación de unión permanente. Quiero criar a nuestros hijos junto a ella, quiero pasarlo mal con la primera pareja de nuestros quinceañeros, quiero envejecer a su lado…
-Pero no puedes quedarte así de por vida.
-¡Es que Silvia es mi vida!
Se quedaron en silencio. Era una pelea de besugos, Pepa tenía ese pensamiento y Sara… Sara no tenía fuerzas para rebatir. Le asustaba tanto verla así…
Pepa, la fuerte, la valiente, la que no se derrumba. Esa Pepa estaba hundiéndose en su propio llanto, a punto de rendirse, a punto de ser una persona negativa como nunca había sido.
Pero no. No, ella era una mujer luchadora y aquello solo era el agobio del principio. Tras una noche de descanso las cosas se verían mejor. Ahora simplemente tendría que secarse las lágrimas, volver a casa, cenar, acostarse y mañana, en el mismísimo Caribe si hacía falta, contárselo todo a Silvia y quitarse, terminase bien o no, un peso de encima.
-¿Sabes…? ¿Sabes esa sensación de ver a quién más quieres leyendo, mirando a la nada o cocinando?-Preguntó cuando el llanto se hubo calmado. Ahora no estaba agobiada, solo triste y asustada. Seguía dejando caer algunas lágrimas-. Son pequeñas cosas que hacen tu vida más amena. Me encantaba verla llegar después de acostar a Noah y tirarse en el sofá, suspirando por lo cansada que estaba. Me gustaba… me gustaba verla comer espaguetis-Sonrió-. No sabe absorberlos, tiene que enroscarlos en el tenedor-Miró a su sobrina-. Me quedaba embobada mirándola en la comisaría, llevando carpetas e informes, hablando sola como ella hace cuando se concentra en algún caso. Si me la encontraba por los pasillos le daba un pequeño beso en los labios y siempre sonreía. Por las mañanas, al despertar, la descubría mirándome, sonriendo como una tonta. Ya sabes, son pequeñas cosas, detalles-Suspiró y agachó la cabeza-. Después del divorcio cogí una gran depresión, Sara. Pero yo soy la fuerte, la que remonta ¿No? Y me gustaba ver como todos cuidabais de Silvia y yo sufría al saber que lloraba por las noches. Porque yo también lloraba y era como… como un escozor en el pecho que te va desgastando por dentro. Y lo único que alegraba en esos malos momentos era Noah. Despertar temprano y verla dormidita en su cama. Que te cuente el día, que te abrace… Por eso me dolía tanto ir a recogerla a casa de Silvia, porque la dejaba sola, como yo había estado el resto de la semana-Volvió a mirarla. Lo que iba a decirle era secreto pero ya tampoco parecía importante esconderlo, por lo menos a su sobrina-. Pero remontamos, Sara. Nos necesitábamos y nos besamos una vez, dos, tres. Esa noche nos acostamos, ya lo sabes. Y no paró ahí. Estos últimos días han sido maravillosos. Hacíamos el amor siempre que estuviéramos solas y pensábamos que era solo sexo, solo necesidad…-Sara, que acariciaba el pelo de su tía, sonrió-. Pero esta mañana me ha dicho que me quería, y yo que la quería a ella…-Su boca se torció de nuevo, temblándole. Simplemente pensarlo la trastocaba-. Y… y ahora se… se va todo a la mierda, sobrina. He rozado el cielo de nuevo y… y ahora me hundo.
Sara la abrazó pensando en que era una pena que una relación en la que había tantísimo amor estuviese a punto de romperse para siempre. Y todo por un error.
El error no fue que Pepa se quedara embarazada y se pusiera de mal humor. El error no fue que Silvia y Pepa pasaran demasiado tiempo con David y Aitor. No fue tampoco esas pequeñas mentiras sobre los descansos, ni el beso con Aitor, ni el sueño con David, ni aquel nombre en mitad del sexo. Tampoco fue aquel beso de Silvia y David ni que Pepa se acostara con Aitor. Nada de eso era el error. Aquello lo había agrandado pero el error de verdad fue el exagerarlo todo. El error de verdad fue cometido en Barcelona, en el momento en que Silvia pidió un descanso y acabaron besándose bajo la lluvia. Si se hubieran tomado ese descanso se habrían echado tanto de menos como estando divorciadas, y antes de que ninguna cometiera una locura.
Todo habría cambiado si se hubiesen tomado aquel tiempo que necesitaban a gritos.
Y quizás por esa preciosa historia de amor que todos conocían y que se había roto de una manera absurda, Sara dijo algo que no solía decir:
-Si te rechaza no te rindas-La mirada de Pepa volvió a encontrarse con la de la rubia. ¿Su sobrina diciéndole aquello?-. Si ya no confía en ti, abrázale hasta que lo haga. Si no puede más y dice que está cansada, tú vas, la levantas y la animas. No puedes permitir que lo vuestro se evapore.
-¿Por qué me dices esto?-Preguntó. Sara solía estar bien centrada, consolándola por las pérdidas y riñéndola si se ponía demasiado pesada con Silvia. Pero ahora no. Ahora, si hacía falta, apoyaría a su tía para no separarse nunca de la pelirroja.
-Porque yo la he cagado mucho más que tú, hasta le fui infiel, y siendo consciente de ello. Tuve dudas grandísimas y estuve a punto de quedarme con Aitor, porque estaba enamorada de él, o eso creía. En cambio tú no dejas de pensar en su bien, no puedes olvidarla y de hará unos seis años hasta ahora ha sido la única persona de la que has estado enamorada-Suspiró-. Te admiro, tita. Por querer como quieres y por tener a alguien que te quiere tanto, porque ambas sabemos que Silvia está loca por ti.
-También lo estaba cuando nos divorciamos.
-Y miraos. Dice que te ama, ¿no lo ves? Aún después de todo seguís queriéndoos tanto. Y si después de esto ella se aleja de ti, tú ya tienes la certeza de que también te quiere. Y no la vas a dejar escapar, porque si la dejas… esta vez sí que se irá para siempre.
Pepa había dejado de llorar y se frotaba las mejillas con las manos, quitándose las lágrimas secas.
-Vas a luchar, ¿verdad? Por Silvia.
La morena asintió y se tocó el vientre. Por Silvia, por Noah y por quien estaba en camino, porque ahora no eran tres, sino cuatro, y tenía que empezar a hacerse a la idea. Lucharía por mantener a su familia unida y por ese amor que, desde lejos, se veía que era uno de los más grandes del mundo.
7 de Enero.
Aitor hablaba animadamente con Curtis sobre cualquier cosa que Pepa no llegaba a escuchar. Estaban apoyados en la cristalera desde donde se podían ver los aviones, a unos diez metros de donde estaba ella. Lo miraba pensando un poco en todo, pero sobretodo en el embarazo. Tenía un hijo suyo ahí dentro.
Se fijó mejor en él. Sería precioso, porque otra cosa no, pero Aitor era muy guapo. Si el carácter lo heredaba de su padre, sería lo más cabezón del mundo e iría de durito. Lucharía por lo que quisiera y, eso sí, sería una estupenda persona. Aitor era todo eso y más, entonces ¿por qué no le gustaba? Era muy atractivo, su sonrisa masculina encantaba a cualquiera y su personalidad era arrolladora. Un gran chaval. Y en cambio, estaba enamorada de la mujer más malhumorada, cuadriculada y paranoica de la tierra, no de él.
Suspiró y desvió la vista cuando vio a Gonzalo pasando lista. No tenía que darle más vueltas, ya lo había pasado bastante mal la noche anterior como para que siguiera martirizándose.
-Curtis y Aitor están allí-Murmuraba Montoya mirando el papel-. Pepa.
-Aquí-Anunció desde la mesa de la cafetería interior del aeropuerto. Las grandes maletas ya estaban facturadas y las estarían metiendo ahora en el avión.
-¿Y Silvia?
-Ha ido a por unos chicles para el despegue, ya sabes, para que no se le taponen los oídos.
Gonzalo sonrió y negó con la cabeza.
-Maniática…-Dijo. Esta vez fue Pepa la que sonrió, asintiendo.
-Y debilucha. A mí nunca se me han taponado.
Montoya rió.
-¿Sara?
-Aquí…-Dijo llegando del baño con la mano puesta en la frente y no muy buena cara-. Me duele la cabeza.
-¡Estás preñada!-Gritó de pronto Pepa haciendo que todos la miraran, ella frunció el ceño y negó la cabeza.
-Claro, es que a mí las pastillas anticonceptivas no me sirven de nada ¿verdad?-Ironizó-. Es que anoche a Lucas se le ocurrió hacer la cena.
Pepa y Gonzalo pusieron cara de asco.
-No me expliques más, mensaje captado-Aseguró la morena. La comida del marido de Sara no es que fuera muy buena, y demasiada suerte había tenido si no le había dado por vomitar.
-¡Me cago en…! ¡No tratéis así a mi maleta!-Gritó Curtis pegándose al cristal.
Sara y Gonzalo se alejaron también hacia la cristalera. Pepa no entendía aquella pasión que tenía la gente por ver sus propias maletas entrando en el avión y rió, girándose para ver como la pelirroja ya salía de la pequeña tienda mirando el móvil, preocupada. La morena suspiró y se levantó. Cuando llegó hasta ella, le arrebató el móvil.
-Noah está bien.
Silvia la miró un poco agobiada.
-Pepa, que la dejamos con fiebre, que yo estoy muy preocupada.
-La niña solo tenía unas décimas.
-Pero sabes que cuando está así es cuando se pone peor. El otro día se puso a toser mucho sin haber siquiera hecho esfuerzo, últimamente le da fiebre cada dos por tres… No sé, estoy un poco asustada.
Pepa la vio tan tensa que, tras asegurarse de que los compañeros seguían absortos pegados al cristal, le abrazó. Silvia sonrió levemente y le rodeó la espalda.
-No le va a pasar nada, es solo fiebre. Deberías preocuparte más por Rita, que ya sabes como se pone Noah cuando está enferma. Que si lloreras por aquí, que si berrinches por allá…
Se separaron y Silvia asintió. Sonrió con acordarse de los semejantes berrinches que su hija podía coger.
-¿Te acuerdas de aquel día en el supermercado?-Preguntó con una sonrisa más amplia-. Noah tenía dos años y quería una bolsa de chucherías.
Pepa miró hacia un punto fijo, pensando, entonces sonrió ampliamente y asintió.
-Y se tiró al suelo y empezó a patalear.
-¡Si!
-Y yo…-Comenzó a reírse-. Y yo le dije que si se portaba mal no iba a poder jugar.
Silvia reía también.
-Y la muy lista te dijo que en el supermercado no se puede jugar, que es aburrido. ¡Dios! ¿Recuerdas lo que hiciste? ¡Qué vergüenza!
-Jajajajaja, te cogí en brazos y te metí en el carro para que viera que sí se podía jugar.
-Dimos el espectáculo.
-Pero se levantó y nos siguió ¿no? Eso es lo que cuenta.
Continuaron riéndose con solo recordar la escena hasta que un suspiro profundo de Silvia las empezó a acallar poco a poco. Se miraron, ambas sonreían.
Lanzaron una nueva mirada a sus compañeros y Pepa decidió olvidar su embarazo durante unas horas. Ya se lo diría allí, en Barbados, con el olor a sal de la playa.
-Esos momentos hacen que no pueda olvidarte-Dijo la morena acariciándole la cara-. Los hecho de menos.
-Yo también-Contestó Silvia. Se habían dicho que se querían, se habían besado. Había sido como una declaración, solo que debían esconderse hasta saber qué iban a hacer y, sobretodo, Pepa tenía que controlarse antes de darse por completo y crear nuevos sueños con Silvia, porque aún tenía que ver la reacción de la pelirroja en cuanto a "la un tiempo fuimos una familia.
Pepa asintió y echó de nuevo una mirada a sus compañeros. Iba a darle solo un beso rápido, solo uno, lo necesitaba. Se acercó a ella pero escucharon como Gonzalo se disponía a pasar lista de nuevo. Ya tendrían tiempo.
…
Pepa.
(*) Yo no me aclaro, con nada. Primero con la hora y el día, esto del maldito cambio horario me traía de cabeza. Segundo, mi reacción tras llegar –después de innumerables horas en avión- a Barbados. Joder, era una isla preciosa, el agua estaba clara, la arena blanca y el tiempo magnífico, y yo estaba amargada en la habitación del hotel a las once y media de la noche sin saber qué hacer.
Pero es que en cuanto llegamos apenas tuvimos tiempo de ver nada. Fuimos a toda prisa al hotel y en una de las habitaciones instalamos ordenadores, GPS y un millón de trastos más. Recibimos una llamada de Don Lorenzo y nos mandaba por fax las fotos de los que se suponía que estaban rondando aquella isla. Datos, números y cierto protocolo que debíamos llevar a cabo. Siento decir que no me entere de NADA. Y recalco la palabra "nada", porque mientras hablaba el comisario yo estaba en la parra, como se dice por mi tierra. Vamos, embobá' perdía'. Durante el resto de la tarde estuvimos hablando con el personal del hotel, estudiando el edificio más a fondo y asegurándonos de que ningún miembro de la banda había coincidido en el mismo hotel que nosotros. La verdad, la mayoría de nosotros, mientras buscábamos entre las habitaciones y otros recintos, nos estábamos fijando en la sala de juegos, en el bar, en la piscina y en la discoteca que allí había. Esta misión era importante si nos habían metido en un hotel de tanto lujo.
Entre unas cosas y otras las dudas sobre lo que estaba creciendo dentro de mí eran más y más grandes, y tenía tanto miedo… Ahora estaba empezando a parecerme mal la idea de contárselo a Silvia, pero yo sabía que cuanto más esperara, peor. Joder, pero si en el aeropuerto me había mirado como antes, enamorada.
No podía decírselo, no podía.
Pero debía.
Ay… es que solo imaginarme su reacción era tan doloroso.
No, se lo iba a decir, porque yo no podía seguir así. En algún momento se iba a enterar, y mientras que ese momento llegaba yo lo estaba pasando mal.
Miré el reloj. Eran las doce menos veinte de la noche y todo me daba igual. Me encontraba con las manos en la cara, agobiada, perdida, y con ganas de pegarme un tiro. Silvia saldría de mi vida, y yo me iría apagando poco a poco. Pero no… iba a remontar, como que me llamaba Pepa Miranda que yo remontaba.
Me puse de pie y suspiré nerviosa. Iba a decírselo ahora, en mitad de la noche, así tendría la almohada para consultar todas las dudas que tuviera. O para llorar. Joder, la mujer que más quería iba a pasar una noche horrible y todo por mi culpa.
Salí de la habitación, caminé por el pasillo hasta llegar dos puertas más allá- No queríamos levantar sospechas si los asesinos andaban por ahí- y llamé. En cuanto lo hice me cagué en la madre que me parió, porque no había ni siquiera cogido aire antes de hacerlo. Había llamado por llamar, nerviosa, y ahora no tenía tiempo ni de prepararme el guión. La puerta se abrió (*)
Silvia salió con el bikini puesto y una etiqueta recién cortada en la boca. Abrió con la mano en el cuello, atándose bien la parte de arriba. Pepa se quedó sin habla al verla y Silvia sonrió un poco extrañada por verla tan seria.
-¿Qué… qué cojones haces con el bikini a estas horas?-Preguntó la morena.
-Es que es nuevo y no pude probármelo en la tienda. Me lo estaba probando para ver si podía ponérmelo mañana y sino ponerme el otro. ¿Qué haces aquí?
-Ponte ese, sin duda.
Estaba increíble. Silvia se puso muy delgada durante el divorcio, pero ahora había cogido unos cuantos kilos y estaba preciosa. Pepa, aunque hubiera hecho el amor con ella estos últimos días, debía reconocer que no se había fijado en su cuerpo desde lejos, y ese bikini le quedaba realmente bien. Era rojo con bordes negros y le hacía un pecho muy bonito.
-Entonces te gusta-Aseguró Silvia terminándoselo de atar y entrando para soltar la etiqueta en el escritorio. Volvió a apoyarse en la puerta.
-¿Qué si me gusta? Joder, yo venía con intención de decirte algo y ahora… es que no puedo hacer otra cosa que mirarte.
Pepa maldijo el traje de baño para sus adentros ya que ahora, definitivamente, no podía decírselo, ahora no. Quizás si Silvia le cerrara la puerta en las narices, fuera a su habitación y se diera una ducha fría, podría contárselo seriamente. Pero no, la pelirroja la miraba un tanto tímida, y fue el simple gesto de colocarse el pelo detrás de la oreja, lo que hizo que Pepa murmurara un "a la mierda" y se acercara para besarla.
Lo llevaba deseando desde que no pudo hacerlo en el aeropuerto, al igual que Silvia, que en cuanto Pepa se acercó le cogió la nuca para apretarse más contra ella.
La pelirroja se la estaba llevando a la cama con gran facilidad hasta que Pepa se separó un poco.
-Espera, espera. No vamos a desaprovechar que tengas el bikini puesto ¿no?-Silvia la miró cuestionándole con la mirada-. Vamos a darnos un bañito.
La cogió de la mano, salieron cerrando la puerta de la habitación y corrieron juntas, entre risas. En cada esquina, ambas se paraban un poco y echaban un vistazo para saber si estaban solas. Bajaron por las escaleras por las que no habría nadie y llegaron al patio de atrás, donde estaba la piscina. Estaba cerrado pero a los policías le habían dado la llave de todas las instalaciones del hotel por si había alguna persecución. Cogieron dos toallas del toallero y salieron al césped.
-Estás loca-Aseguró Silvia con una sonrisa-. Loca de remate, Pepa. Como nos pillen…
-¿Cómo nos pillen… quiénes? ¿Los nuestros? Están todos muy ocupados.
-¿Y los del hotel?
-Si es un tío se quedará mirando pero no dirá nada, no se va a perder el espectáculo-Silvia soltó una carcajada-. Y si es una chica… le pedimos que se una si está buena ¿no?
-¡Pepa!-Exclamó la pelirroja golpeándole el brazo-. Además, no tienes bikini.
Pepa estaba quitándose la ropa y se quitó el sujetador cuando su ex mujer dijo aquello.
-¿Para qué?
La morena se quitó lo que le quedaba de ropa interior y en seguida tiró del brazo de Silvia, pegándole a su cuerpo. Se besaron profundamente y se fueron acercando a la piscina donde, sin probarla siquiera, se tiraron, aún abrazadas.
-¡Está fría!-Dijo Silvia riendo.
-Pues yo no lo noto.
Las manos de la morena desabrocharon con facilidad la parte de arriba del traje de baño de la pelirroja.
-Vas un poco rápido ¿no crees?-bromeó.
-Yo ya estoy desnuda, exijo igualdad de derechos.
Silvia soltó una carcajada y se dio la vuelta. Pepa le rodeó por detrás y acarició su vientre mientras, con los dientes, le desabrochaba por completo la prenda, dejando que se perdiera en el agua. Aún de espaldas a ella, Silvia levantó los brazos hacia atrás y colocó sus manos en la nuca de Pepa, cerrando los ojos al notar el contacto de los labios de la morena sobre su cuello, y las manos de esta acariciando sus pezones, erectos tanto por el frío como por la calentura, a partes iguales.
Las manos de Pepa fueron bajando, escurriéndose con facilidad por el cuerpo mojado de su ex mujer. Le quitó la parte de abajo y en seguida Silvia se giró para besarla de nuevo. Pepa la sujetó del trasero y la alzó para que rodeara su cintura con las piernas. Lo bueno de estar en el agua era que no se cansaba al tenerla en brazos. Los besos eran apasionados unas veces y juguetones otras tantas. Se besaban enroscando sus lenguas durante largos segundos, teniendo que coger aire para seguir; después, se mordían los labios y sonreían a medida que se daban besos cortos. La mano de Silvia bajó deslizándose entre los dos cuerpos casi pegados y acarició la entrepierna de Pepa, que dio un respingo. Acercó su boca a la oreja de la morena.
-Hay una diferencia increíble entre tú y el agua. Estás irresistiblemente caliente.
-¿A qué viene tanta charla?-Soltó un suspiro y cerró los ojos-. Suelo ser yo la que te corta la respiración.
-Por eso he preferido atacar yo antes-Sonrió y le mordió el lóbulo-. Porque quiero verte sumisa antes de que me dejes sin fuerzas.
Pepa sonrió y volvió a besarla mientras le acariciaba los pechos. Comenzó a mover las caderas al notar los dedos de Silvia en su clítoris y se dejó llevar por el escalofrío que aquello le producía, estallando en un orgasmo silencioso, tembloroso.
En cuanto los espasmos terminaron, Pepa levantó aún más a Silvia hasta tener aquellos pechos a la altura de su boca. Mordió sus pezones y la pelirroja se abrazó más fuerte al cuello de su ex mujer. Pepa hizo auténticas virguerías con aquellos pechos antes de bajar al sexo de Silvia. Empezó acariciando su clítoris y abandonándolo, para introducir dos dedos dentro de la vagina. Silvia subía y bajaba, creando pequeñas ondas en el agua y gimiendo de tal manera que Pepa bajó la velocidad del vaivén, ya que quería que el orgasmo no llegara todavía, para seguir escuchando aquellos gritos de placer.
-Pepa…-Suplicó-. Por favor… ah…
-No…
Sacó los dedos y Silvia abrió los ojos con reproche. Fue solo para molestarla, porque enseguida volvió a introducirlos.
-Eres una… ah… cabrona.
Pepa sonrió.
-Me limito a disfrutar de lo que me gusta.
-Haciéndome… Mmmm…-Se mordió el labio inferior-. Haciéndome sufrir, jodida.
El ritmo volvió a subir, así como los gemidos de la pelirroja, que poco a poco iban calándose más en el interior de Pepa, la cual estaba empezando a jadear solo con escuchar aquella música y notar las caricias en el pecho que Silvia podía regalarle –que eran más bien leves, ya que la fuerza de la pelirroja estaba finalmente desaparecida.
La más baja se percató de esto y bajó su mano a la vagina de Pepa, acariciándola, penetrándola. Finalmente Silvia soltó un grito ahogado que se cortó en el momento en que llegó el orgasmo, para las dos. Temblaron juntas, se apretaron la una a la otra y acabaron a la vez, besándose suavemente, cansadas.
-Te quiero-Dijo Silvia-. Hacía tanto que quería decírtelo después de acostarnos. Te quiero.
Pepa se quedó abrazada a ella, con los ojos cerrados, sintiéndola junto a las gotas que resbalaban por su piel.
-Yo también te quiero. Mucho.
La pelirroja apretó los ojos y la rodeó con más fuerza.
-Te he echado tantísimo de menos…-Susurró, casi tenía ganas de llorar. Había tantas cosas que decir que no sabía por donde empezar, pero aquella noche solo le salía la verdad, y la verdad era esa-. Te amo.
Pepa abrió los ojos un poco. No, aquello estaba mal. ¿Cómo podía dejarle decir esas cosas sabiendo que después se llevaría la decepción más grande de su vida? Le temblaban las manos por impotencia, por nervios, por culpabilidad.
-Yo también te amo. Con toda mi vida, princesa. Yo sin ti no soy nada.
Aún así no podía guardárselo más. Cuando se separó un poco de ella, viéndola abrazada a su cuello, sonriéndole, mirándole a los ojos… Tuvo que decírselo. Tuvo que decírselo porque tenerlo guardado la mataba.
-Pero tengo que decirte una cosa-Pepa estaba muy seria, pero Silvia se lo tomó a broma y continuaba sonriendo.
-A ver, ¿qué has hecho ya?
Pepa suspiró y le apartó el pelo, que estaba pegado en su mejilla, colocándoselo tras la oreja.
-Estoy embarazada.
La sonrisa de Silvia despareció. Quizás no había escuchado bien. Las manos y piernas aflojaron la presión y se separó de Pepa, quedándose de nuevo de pie, frente a ella.
-¿Qué?
-Estoy embarazada. De Aitor.
Ojos abiertos.
Puños cerrados.
Manos temblando.
Corazón… roto.
Sintió como todo su alrededor se paraba, su propia respiración lo hizo durante unos segundos.
Comenzaba a tener frío ahora que medio cuerpo estaba fuera del agua, empapado. Casi pudo sentir como sus poros se encogían y sus ojos se esforzaban por no cerrarse de golpe y derrumbarse allí mismo. Miraba a la morena con expresión sorprendida, defraudada, dolorosa…
-¿Qué?-Repitió, pero tan bajo que Pepa supo que no lo preguntaba de nuevo. Lo decía para saber si estaba despierta, si aquello era verdad.
La morena tampoco sabía qué hacer y quizás por eso se quedaron unos segundos más mirándose. Silvia negó muy suavemente con la cabeza, sin apartar la vista de sus ojos.
-Sil…-Murmuró Pepa acercándose unos milímetros, tanteando el terreno. La pelirroja se alejó.
-No.
No esperó a que Silvia le dejara hablar. Se explicó a gran velocidad.
-Estaba muy mal ese día, me había dado cuenta de que no podía olvidarte y… y estaba muy borracha.-Intentó cogerle de la mano pero la pelirroja se alejó.
Silvia se pasó la mano por la cara, notando que ambas partes estaban heladas. Se dispuso a salir de la piscina bajo la atenta mirada de Pepa. Solo se escuchaba el murmullo del agua al chocar con el cuerpo de la mujer más baja. Cuando salió, se comenzó a secar con la toalla, ausente. Casi le parecía mentira. Había sido tan… tan increíble aquella caída. Porque estaba en lo más alto. Ese día estaba en lo más alto, parecía que ambas podían darse una nueva oportunidad, su intuición le decía que todo iría bien a partir de ahora y… y cayó. Desde lo más alto de su esperanza acabó cayendo, ya no al suelo, sino bajo tierra.
Pepa embarazada. Embarazada de Aitor. Le parecía tan irreal…
-¿No vas a decir nada?-Preguntó Pepa. Que se callara le ponía más nerviosa todavía. Se acercó a la escalera y antes de salir tragó saliva. Le escocía el estómago y en cuanto se envolvió en la toalla se dio cuenta de que Silvia no le miraba a los ojos. Se estaba atando la toalla con las manos temblorosas y los labios apretados. Iba a llorar antes o después-. ¿No vas a…? Joder, pégame, grítame, insúltame pero… di algo, princesa, por favor.
Fue entonces cuando Pepa descubrió que era capaz de ver el corazón de su ex mujer solo con adentrarse en su mirada. Silvia había levantado la cabeza y la había mirado con tal dolor que parecía más bien una mueca de odio. Pero no, la pelirroja no podía odiarle, no podía quererle, no podía sentir nada en ese momento. Solo que su abdomen se contraía aguantándose las lágrimas, aguantándose las ganas de chillar.
-No vuelvas a llamarme princesa-Ordenó. Pepa fue a replicar pero Silvia, que ya se había colocado las zapatillas, levantó una mano a la altura de su pecho para pararle-. No vuelvas a hablarme siquiera.
-Silvia, escúchame. Tenemos que hablarlo, esto no puede acabar así, es solo…
-¡Es que ya había acabado!-Gritó. Un silencio apareció entre las dos. Pepa apretaba los puños, ya no podía más. Silvia, en cambio, canalizó su tristeza. No quería volver a llorar por aquella mujer, por lo menos delante suya. Las lágrimas fueron transformadas en odio-. ¡Es que nunca nos deberíamos haber acostado! ¡No debí besarte, no debí pensar en que podríamos ser de nuevo una familia! ¡Porque tú no sabes tener una familia, Pepa! ¡Te arriesgaste, te salió mal y ahora intentas arreglarlo! ¡Y la vuelves a cagar!
-Silvia…-Susurró. Se estaba rompiendo. Cada palabra que le decía se clavaba en su pecho de una manera cada vez más dolorosa.
Como alguna vez fue Silvia en el momento del divorcio, Pepa se convirtió en una muñeca de porcelana. Frágil, rajándose poco a poco. Y pronto abandonada en una estantería llena de polvo.
-¡Ya no sé si creerte o no! ¡Dices que me quieres, que lo soy todo, que me echabas de menos! ¡¿Cómo coño puedes ser tan falsa?! ¡¿Así olvidas tú?! ¿¡Acostándote con otros!?
-No me… no me di cuenta, ya te dije que estaba borracha y…
-No me refiero a que te acostaras con Aitor o no-Su tono de voz bajó-. No se trata de eso. Se trata de la poca capacidad que tienes de razonar. Yo no puedo confiar en ti, Pepa. Ya no puedo. Por eso lo dejamos, por eso nos divorciamos.
-Pero has dicho que me querías.
Silvia negó con la cabeza.
-Ya ni estoy segura de eso. Me… me alteras con tus palabras, con tus movimientos. Y de la misma forma que tú pudiste acostarte con él, yo puedo acostarme contigo. No sé si hay amor, no sé si hay… algo.
-Yo sí sé que lo hay.
-Pero a mí me da igual lo que haya. No sé si hay amor o no, lo que sé es que me hace daño estar contigo. Y tampoco sé lo que tú sientes porque ya… ya no sé nada. Y siendo sincera… me importa una mierda lo que sientas o dejes de sentir.
Pepa se llevó por inercia la mano al pecho. Se le estaba desgarrando por momentos.
-Eso es muy egoísta.
-¡No me hables de egoísmo!-Volvía a gritar. Mejor gritar que llorar-. ¡Ya estoy harta de pensar en ti, de llorar por ti! ¡Ahora quiero pensar en mí y en Noah! ¡Porque la niña no tiene culpa de nada y le estamos cargando toda la mierda de nuestra relación! ¡No quiero saber de ti porque eso va a hacerme daño, tanto a mí como a ella! ¡No me mires, no me hables, no me toques!
Pepa había comenzado a llorar y Silvia se dio cuenta. Dejó de gritar. Le estaba diciendo cosas tan horribles… Y lo sabía, pero era la única manera. Si la tenía cerca le era imposible no quererla. La amaba y esa era la razón de su empeño por mantenerla alejada. La quería olvidar y esperaba que haciéndole daño fueran unas desconocidas para siempre. Que con esa palabras solo tuviera que verla en comisaría o cuando se llevaban a Noah a casa de la otra.
Pero mientras más daño le hacía a Pepa, más daño se hacía ella. Le estaban temblando las piernas y se dio cuenta de que era el momento de volver a la habitación. No podía llorar frente a ella.
-Nuestro único contacto será a través de Noah…-Murmuró la pelirroja. Se giró, no quería que Pepa viera aquella primera lágrima que caía por su mejilla-. No volveremos a ser amigas… Porque no puedo. Porque si somos amigas no podré separarme de ti.
-Sil…Silvia…-Titubeaba. No podía casi verla, tenía los ojos encharcados en lágrimas.
-Aléjate de mí para siempre.
Y salió del recinto de la piscina. Y no la paró, no gritó, no volvió a llamarla. Simplemente porque le era imposible. Pepa, que había estado llorando en silencio, soltó todo el aire que tenía contenido en el pecho. Tosió un par de veces, ahogada por la situación. Comprendió a su hija que, debido a la enfermedad, si se estresaba sentía eso pero el doble de fuerte. Las manos de Pepa temblaban, así como sus piernas. Tenía frío y estaba mareada. Las lágrimas no dejaban de salir y la sola acción de coger aire le dolía. Se dejó caer al césped donde, con la toalla sobre sus hombros, lloró, ya no solo de tristeza, sino llena de culpabilidad. Se sentía mala esposa, mala madre y mala amante. Aunque estuviera decidida a ir detrás de Silvia a partir de ahora, dispuesta a reconquistarla, en aquel momento se veía como la persona más desgraciada. No podía creer que aquellas palabras salieran de la boca de la persona que más amaba.
Silvia llegó al pasillo de la moqueta suave en la que se encontraban las escaleras por las que no pasaba nadie a aquellas horas y se pegó a la pared. Se secó las lágrimas y notó como estas estaban acumuladas en su lacrimal, pero no quería llorar. Aún así salió una, después otra. Fue silencioso, muy silencioso, y quizás por esto tan doloroso. Pudo escuchar el llanto de Pepa a su espalda y eso fue lo que más la marcó.
Eso y la noticia. Aún no se lo creía. A eso se refería aquella vez que, en fin de año, pensaba qué sería darle un hermano a Noah. Un hermano…
Le dolía la cabeza, no podía pensar en eso todavía. Ahora lo único que quería era llegar a su habitación, tirarse en la cama y llorar para soltarlo todo. Para que al día siguiente pudiera pensar en aquel niño en frío.
Eso si las piernas se lo permitían.
Caminó pegada a la pared hasta llegar a las escaleras. Las veía muy largas para su cuerpo dolorido, aunque no tuviese heridas físicas. Pero cuando lo psicológico duele, pasa al cuerpo.
En el momento en que quiso subir el primer escalón, vio a Aitor bajando con decisión. El chico no se fijó demasiado en su aspecto, solo en que llevaba la toalla tapándole, por lo que bajó diciendo lo que quería decir. Aquello que le habían mandado informar tras encontrar a "las otras dos" que habían desparecido.
-¿Qué haces a estas horas envuelta en una toalla? David ya ha llegado, está en la habitación 520 y…-Se paró al llegar abajo. Ya podía verle perfectamente la cara inundada de lágrimas, colorada-. ¿Qué pasa?
No supo como lo hizo. Apenas podía moverse y mucho menos pensar. Pero lo hizo, y solo ella sabe lo bien que le sentó.
Levantó la mano, la extendió y, con toda la fuerza que su cuerpo le permitió tener, le dio una bofetada sonora que ella misma sufrió en la palma de la mano. Pero ese dolor era leve, mucho más leve que el que sentía Aitor.
No dio explicaciones, el chico no se las pidió y aquel golpe le dio la fuerza suficiente para subir las escaleras a toda velocidad.
No iba a su habitación, no iba a la habitación de Sara y mucho menos iría a esperar a Pepa en la suya. Subió hasta el quinto piso y en cuanto vio la figura de David guardándose la tarjeta de la puerta ya abierta en el bolsillo, pronunció su nombre, el chico se giró… y ella lo besó.
No hubo palabras y mucho menos él le pidió explicaciones. No le importaba que llegara semidesnuda, que llegara llorando y que lo que hacía lo estuviera haciendo por simple desahogo, por impotencia. A él nada de eso le importaba porque en realidad no le importaba demasiado ella. Y Pepa lo sabía, por eso le tenía aquel odio. Pero Silvia no se dio cuenta cuando él dejó atrás su llanto para seguirle la corriente y caer encima de ella, en la cama. Silvia no pensó en que él se dejaba desnudar sin preguntarle si estaba bien. Ella no quiso preguntarse por qué la besaba sabiendo, como saben todos, que estaba enamorada de otra.
Aquella noche las vidas de ambas dieron un giro inesperado. Pepa, horriblemente triste, llegó acurrucada en el pecho de Aitor a la habitación de Sara, donde él le aconsejó que durmiera. Silvia, desesperada, se acostó con David sin sentir nada, solo por no pensar, por no sufrir.
En un momento se puede descubrir como el verdadero amor está por encima de todo y como el falso se refugia en absurdas excusas.
Él, que se sintió afortunado por ver a la chica que deseaba en sus brazos, que estaba mal y tuvo la suerte de que ella se desquitara de todo a su lado.
Él, que notó el corazón derretirse al verla arrodillada en la hierba, llorando. Que la abrazó para protegerla y la tapó mejor para no incomodarla. Que la llevó hacia alguien que podría ayudarle más que él, aunque deseara darle todo el cariño del mundo.
Y ellas, que estando con unos u otros no pudieron dormir esa noche, pensando en que el destino había sido muy cruel haciendo que se conocieran para luego tener que separarse.
