Nota inicial: en este capítulo, se hacen ciertas alusiones a la serie "The Night Manager" emitida por AMC. Aunque no considero que la información que desvelo sean grandes spoilers, si me parece necesario dar el aviso por si alguien aun no la ha visto y quiere hacerlo.
Ahora, el capítulo
Despertó como si no hubiese dormido en varios días, con la cabeza pesada, abatida, cansada. Le costó verificar si lo que había pasado el día anterior era sueño o realidad. Sin embargo, ahí estaban los mensajes. Se quedó casi una hora en la ducha, con los ojos cerrados, sintiendo el agua caer por su cuerpo, mientras se convencía de que había hecho lo correcto. Salió del baño, se vistió y tomó sus cosas. Se le hacía tarde para desayunar, por lo que pensó en irse directamente a la galería. Al bajar la escalera, en su mesa, desayunando y leyendo el periódico, Mycroft Holmes.
– Nos vamos de aquí. – le dijo con tranquilidad, pero denotando cierto apuro - Necesito que empaque, sólo lo necesario, más adelante enviaremos el total de sus pertenencias a su nueva residencia que…
-¿Puede ser claro? – Solicitó Adler, irritada – solo por esta vez.
Mycroft hizo una expresión de descontento, torneando sus ojos, sin embargo, intentó sacar su mejor tono de complacencia para explicar la situación a la mujer.
-Como le dije la última vez que nos vimos, su intervención en la casa de Benhima dio mejores resultados de los esperados. Hemos detenido varias operaciones que se llevaban con la máxima discreción posible, sin embargo, hay una que aun está en proceso.
-Lo del tráfico de armas – complementó Irene, con desaliento.
-Así es. Robert Rupert. Ayer, un cargamento suyo cruzó la frontera sirio-turca, todo apuntaba a que llevaba armas, sin embargo, nos equivocamos de contenedores. Hay otros embarques listos para salir en los próximos días y es vital que lo impidamos.
-No entiendo mi papel en esto… - dijo Adler, confundida.
-Creemos que la persona indicada para la intervención de esa carga es usted. Sólo tiene que seguir nuestras instrucciones y decirnos que contenedores son los que contienen armas. Control fronterizo hará el resto. Contamos con información de un agente encubierto, por lo que usted solo debe corroborar que no volvamos a equivocarnos. La enviaremos a Estambul y…
-Pero… si el conflicto estalla, y según usted, lo hará, será ahí. Justo en el lugar donde yo voy a estar – cuestionó Irene, aterrada.
Mycroft la miró a los ojos, intentó articular palabras para calmarla, sin embargo, no supo que decir, por lo que decidió continuar con su explicación.
-Nunca creí decir esto, pero usted es la mejor candidata para el trabajo.
-¿Y qué pasó con ese agente encubierto?
Mycroft sonrió.
-Es sólo un civil. Y ya falló una vez, no podemos…
-Pero… me está poniendo en la línea de fuego…
Mycroft clavó su mirada en la mujer que parecía iba a romperse en cualquier momento. Notó que se estaba preocupando por ella, cuando encima tenía otras preocupaciones.
-Pensé que ya lo estaba – dijo, arqueando una ceja y para dar por terminada la discusión añadió: - hemos perdido demasiado tiempo en esta charla absurda. Le explicaré los detalles en el avión. Necesito que empaque, señorita Adler… ¿O es que debo recordarle su situación para que lo haga?
Irene lo miró con desaliento. Se fue y guardó un par de cosas en una maleta y un bolso de mano.
En el auto camino al aeropuerto, luego de un largo silencio, Mycroft volvió a hablar para pedirle su teléfono encriptado. Un escalofrío recorrió su espalda. Recordó las palabras de Jim sobre el arma que Mycroft sostenía sobre su cabeza. Se lo entregó, no sin antes preguntar por qué.
-Presentó una falla los últimos días, perdimos la conexión. No pudimos registrar ningún contacto que haya podido establecer por ese medio. – explicó Mycroft, guardándose el aparato en el bolsillo de la chaqueta.
Irene asintió. Al llegar al aeropuerto, y antes de bajar del vehículo, Mycroft preguntó, con la mirada en el piso
-¿Alguien se contactó con usted mientras no podíamos monitorear su móvil?
Irene lo miró y entendió que era una trampa. Decidió salvar su pellejo y ser honesta.
-Jim Moriarty. Pero creo que al final estaba tan molesto que no dejó ningún mensaje para usted.
Mycroft levantó la cabeza por un momento y la observó detenidamente. No mentía. Quiso agradecer la honestidad, pero su desconfianza en ella se lo impedía.
Antes de subir al avión, Mycroft le entregó el teléfono.
-Estará habilitado cuando hayamos llegado a Turquía. No es necesario que me lo quede. – justificó.
El avión aterrizó en un aeródromo privado cerca de Öncüpinar, frontera sirio-turca.
-La información que el señor Pine logró recaudar está encriptada en uno de los servidores de nuestra gente, una vez que estemos allí, se conectará a la red wifi y podrá accesar a los documentos. – informó Mycroft, conduciendo a Irene por unas instalaciones aparentemente abandonadas.
-¿Y por qué no los pedimos simplemente? – cuestionó Irene
Mycroft sonrió compasivo
-Daré por hecho que esa pregunta no se hizo. Ellos no están muy contentos con nuestra presencia aquí, como uno de los nuestros ya falló, no confían en las habilidades de nuestros agentes.
-Ese es otro problema del que no me había hablado. – contestó Adler, molesta.
Los condujeron hasta una pequeña habitación donde descansaron y comieron. La actividad se llevó en silencio.
Luego de comer, llevaron a Mycroft e Irene hasta unas cabañas que estaban bastante cerca de la zona fronteriza. El lugar era totalmente diferente a lo que la mujer estaba acostumbrada; sucio, pequeño, casi a oscuras y tremendamente incómodo. Dejó sus pertenencias ahí y se subió a un automóvil que la conduciría a las instalaciones del control fronterizo. Observó con detención como cientos de inmigrantes se agrupaban al otro lado de las rejas que marcaban el límite entre ambos países. El chofer le recomendó que no bajase del auto, por lo que activó su wifi desde ahí. Esperó mientras encontraba la red y accedió con una clave que Mycroft le había entregado. Una vez conectada, entró a los archivos y comenzó la descarga. La señal era inestable, por lo que en un acto precipitado decidió bajar del vehículo y acercarse al recinto. Uno de los guardias la vio y se acercó a ella peligrosamente, cuando Adler lo notó, ya era demasiado tarde. Corrió al auto y cuando tenía la mano en la puerta, el hombre la sujetó, haciéndole lo que parecían ser apresuradas preguntas en turco. Obviamente, Irene no hablaba turco, por lo que intentó calmarse, explicándole que no le entendía. El guardia parecía más y más enojado.
De pronto, el chofer abrió la puerta y le disparó. Inconsciente, cayó al suelo.
-¡Rápido! ¡suba! ¡Ahora, ahora! – le gritó, poniendo el vehículo en marcha. Adler aun conmocionada subió rápidamente.
Irene estaba en shock, tenía una mano sobre su pecho y la otra en su boca, intentando contener sus sollozos desesperados. Sentía que le faltaba el aire y que no podría mantener el resto de calma que le quedaba por mucho tiempo. Se llevó ambas manos a la cara y apoyó sus codos en sus rodillas. Respiró profundo varias veces, intentando con todas sus fuerzas conseguir la calma. Entonces, comenzó a recuperarse. Cuando ya estaba en posición vertical, el hombre le preguntó:
-¿Supongo que descargó toda la información?
La mujer chequeó la descarga en su móvil y para su suerte, estaba completa.
-Ese hombre… el… el policía… ¿está muerto? – inquirió, sin poder hablar muy bien del todo aun.
-No lo sé. Esperemos que no.
Al llegar a las instalaciones que los acogían, tiró todo sobre la cama y se metió a la ducha. Cuando salió, conectó el móvil a su portátil y traspasó los datos que había sacado. Estudió la información. Notó que los contenedores que Pine había informado eran demasiado fáciles de rastrear. "Palos blancos" pensó, harta.
"TU ESPIA ES UN IDIOTA"
Envió a Mycroft y se tendió en la cama, esperando respuesta, sin embargo, se durmió.
Luego de algunas horas, sintió como golpeaban la puerta con fuerza. Por un momento pensó que era la gente de control fronterizo. Abrió con miedo, pero era Mycroft y dos personas más.
-Pensamos que había huido, señorita Adler – le dijo Holmes, molesto.
Irene estaba demasiado cansada para rebatir, por lo que sólo señaló la pantalla del ordenador y se sentó en la cama a chequear su móvil: 10 llamadas perdidas.
-La información provista por su agente – comenzó, rascándose la cabeza – es precisamente lo que la gente de Rupert quería que obtuviésemos. Palos blancos. Los contenedores con armas deben ser los otros.
-Hay 5 camiones más y sólo tenemos permiso para registrar 3 ¿jugaremos a la ruleta rusa? – preguntó Holmes, aun enojado.
-Claro que no. Es cuestión de verificar los códigos. Tenemos tres que no son. ¿Qué números aparecen en los manifiestos? Los dos del medio señalan la naturaleza del producto, por ende los que coincidan, no son. Luego vamos y buscamos por sentido común los últimos en los que se podría revisar que son…
-Medicinas e instrumentos médicos – señaló Mycroft, en un susurro.
Irene asintió. Los acompañantes de Mycroft se miraron entre si y salieron, para aparentemente hacer una llamada.
-Gracias por su trabajo, señorita Adler. – Comenzó a despedirse Mycroft – entiendo que quiera descansar. Tengo asuntos que atender en Londres, la necesito aquí ante cualquier eventualidad, estaré en contacto y…
-¿Me quedo aquí sola? – cuestionó Adler, poniéndose de pie, molesta - ¿Es mi castigo? ¿Por qué? ¿Por ver a Moriarty? ¿Por su hermano? ¿Por lo de "Inglaterra de rodillas"? dígame, ¡¿cuál de todas ellas merece tratarme como si fuese una criminal?!
-Es lo que usted es ¿no? – respondió el mayor de los Holmes, fríamente.
-Claro. Como si no hubiese salvado su trasero y el de su maravillosa Inglaterra durante todo este tiempo. – contestó sarcásticamente la mujer.
Mycroft bajó la cabeza y sonrió.
-Por cierto, ¿para qué es la foto del presidente de Francia?
Irene se puso pálida. Todo el cansancio se le fue de golpe, y entró en estado de alerta.
-Protección.
-¿De qué? ¿De mí?
-¿Tiene una mejor opción? Oh, dios, cuánta razón tenía Jim – dijo, metiendo las manos en los bolsillos de manera inconsciente.
Este movimiento, más la frase que lo acompañó hicieron reaccionar a Mycroft sacando un arma repentinamente, apuntando a la mujer. Adler se paralizó por un segundo y sacó las manos vacías de sus bolsillos.
-¿Sabe que más me dijo? – Inquirió con seguridad – esto. Justo esto. Que usted me estaba apuntando con un arma constantemente, y ahora mírenos, la representación perfecta de la metáfora.
Adler clavó sus ojos en los del hombre, sin una pizca de temor, y vio como de a poco, la mirada de Holmes cedía, volviéndose más y más suave, hasta llegar a ser conmovedora. Pero ella no cedería ni un centímetro. No esta vez.
Mycroft finalmente guardó el arma y dijo:
-Su residencia en Estambul aun no está lista – sonrió con nerviosismo – es por eso que aun no podemos trasladarla, Irene.
Y salió sin esperar respuesta.
Adler ordenó sus cosas y apagó el ordenador. Se sentó sobre la cama, abrazando sus rodillas. Tenía mucho en que pensar.
