¡Hola! Comienza la cuenta regresiva para el último episodio de Soul of Gold... a pesar de todo, lo extrañaré u.u
Este capítulo, es un poco corto y de transición, saben que me gusta ir lento y torturarlas XD... ok no, pero es necesario para el desarrollo de la historia.
Sin más espero que disfruten de la lectura.
Athena estaba en brazos del Emperador. La totalidad de su ejército postrado, venerando sus pies. Kanon observó desde su lugar de privilegio con una sonrisa fingida, como el resto de los soldados lo idolatraban a la par de Poseidón. Julián exhibía el frágil cuerpo de Saori como un trofeo invaluable, creyendo que con Athena en su poder, él por fin ganaría la Guerra contra la Diosa y se haría con el dominio de la Tierra.
Iba a dejar que se regodee por el momento, que siga sosteniendo su dogma con fe ciega. Que él, Kanon, tenía otros planes para ellos. Santos y Generales se matarían entre ellos, mientras Athena pierde la vida en el Soporte Principal, ya una vez Athena muerta y Nike y el Escudo en su poder, destruir a Poseidón le sería fácil.
Dioses, Santos, Marinas… hermano. Todos sabrían el poderío del que contaba, todos se rendirían a sus pies, sumisos.
Claro que pensó en él. Su gemelo. Su paradigma en la vida. Aquel al que alguna vez idolatró como un Dios más, aquel cuyo poder era el único al que consideraba superior al suyo, nadie más lo era, nadie más llevaba la perfección en el cosmos como así lo hizo Saga. Pero él – maldito él – ya no estaba para hundirse junto a Athena, mientras su ambición cumplía su cauce y él, el renegado y maldito gemelo menor, se alzaba con el poder del mundo indigno donde alguna vez habitaron en amor y armonía con Saga. Tan lejos en el tiempo que los recuerdos de esos días no eran más que pinceladas en un lienzo blanco.
Saga ya no estaba, pero Athena sí y el resto de la Orden. El Santuario dejaría su majestuosidad hundido en su supremacía.
Posó sus ojos cerúleos en el joven General de Kraken. Tan sólo un niño. Cargando consigo el poder de destruir todo, si así lo quisiese. Había algo en él que le fascinaba, tal vez sea esa devoción a sus propias convicciones. Dispuesto a morir por ellas, no por un Dios, no por alguien, sino por sus razones, su voluntad y su valor; causa y justicia.
Sonrió al tiempo que algo dentro de él se removía con extrañeza y cierta añoranza. ¿Cómo no sentirla? Si su alma vibraba entusiasta al sentir el gélido cosmos.
Pronto recordó los enigmáticos ojos amatistas del Santo de Acuario, su rostro, su olor y su fuerza, su fragilidad…debilidad. Su inusitado calor ancestral, el tacto suave de la piel, la nieve de Siberia y el azufre de la isla Kanon. Sensaciones que estaban ahí, aunque él no las haya vivido.
«¿Así que era él?... debo admitirlo, tienes un gusto exquisito… Defteros»
No iba a permitir que el amor de antaño de su antecesor estropeara sus planes, llevaría su voluntad hasta el final, aunque ese amor le destruyera desde adentro. Nada ya podría lastimarlo en ese plano, no después de transigir su propio dolor y soledad. El abandono y odio, reflejo del magno Saga.
Aun así le inquietaba la presencia del francés. No había tenido tiempo para plantearse el porqué de su aparición. Pero sea lo que sea, debía eliminarlo, no importaba de quien se tratara. Debía desaparecer.
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Inconsciente. Milo había caído en un sueño profundo después de… de lo que acababan de hacer. Dégel lo observaba desde su posición a un lado de la cama, el rostro ya no reflejaba aflicción, la fiebre ya no era problema, al menos por el momento. Ahora el problema era otro y uno de mayor magnitud.
Le dolía el cuerpo, no habían sido especialmente cuidadosos, por el contrario, habían mantenido la batalla hasta las últimas consecuencias buscando darle explicación a lo inexplicable. Sucumbiendo a un duelo sin vencedor. Sólo vencidos…
Se apartó del lecho, saliendo en silencio del Templo, descendiendo por las demás Casas, todas vacías. Sabía que sus compañeros se hallaban en la Sala del Patriarca y que pronto irían a buscarlos. Pero necesitaba aclarar un poco su mente, ya no quería cometer un error más.
Aioria había sido enviado en busca de los dos ausentes. Todos habían sentido sus cosmos bastante perturbados e intensos, al parecer habían tenido una batalla, pero el León temía, que hubiera más.
—¿Milo? ¿Dégel?—Silencio.
Caminó por los pasillos harto conocidos del Templo de su mejor amigo, una especie de enrarecida electricidad emanaba desde las paredes de la habitación del griego. Aioria tragó saliva antes de decidirse a ingresar, temía realmente por lo que hallaría, pero en cuanto abrió la puerta, sólo halló a Milo descansando en la cama, aparentemente dormido. Estaba desnudo. Al menos lo que alcanzaba a ver de su cuerpo.
No le pareció raro verlo así, lo que si le desconcertaba eran las estelas de cosmos rojizos, marca indeleble de su aguijón, así como restos de escarchas en paredes y piso. El ambiente estaba helado, pero también se apreciaba el apagado fuego anterior. Se acercó a la cama, notando enseguida marcas en el torso y cuello de Milo, marcas inconfundibles. Habían sido hechas con mordidas, con arañazos.
Su propio cuerpo tembló al imaginarse lo que acaba de suceder.
—Eres un inconsciente… son un par de estúpidos—maldijo.
Calló al notar que su amigo comenzaba a dar señales de estar despertando.
Milo abrió sus ojos con dificultad. Le dolía el cuerpo como si hubiera recibido la paliza de su vida. Con la vista aún nublada, enfocó la presencia de alguien a su lado, sintiendo enseguida el cosmos – algo alto – de Aioria. No recordaba nada.
—Aioria…—la imagen de Athena siendo llevada por el General de Poseidón golpeó su cráneo como mazazo—¡Athena!
Sacó las sabanas pegajosas que cubrían su cuerpo e intentó incorporarse, fracasando. Cayó de rodillas al suelo, mientras maldecía a sus tambaleantes piernas. La fiebre consumía sus fuerzas con tal voracidad que temía morir sin poder hacer nada.
—¿Dónde se encuentra Dégel?—preguntó el castaño reuniendo toda la paciencia que no era mucha.
—No lo sé y no me interesa, por su culpa Athena ahora está en peligro—escupió con total asco—. Se quedó de pie, no hizo nada para evitarlo, todo por…
Silenció y sus ojos se abrieron tanto que parecían desorbitarse, agrandando sus pupilas, el rostro que había recuperado su color, de repente palideció mortalmente. Las náuseas arremetieron en su interior a la par de imágenes que no podía llegar a saber si eran ciertas o producto de la fiebre y el delirio. Rogaba por que fuera esto último.
—El viejo maestro ha dado la orden de reunirnos en la Sala del Patriarca, tomará medidas para rescatar a Athena—Aioria evitaba delatar su propio asco a las reacciones de Milo.
—No me interesa si son órdenes o no del viejo maestro, iré personalmente a patearles el trasero a esos miserables y luego me encargaré de hacer lo mismo con Dégel.
—Milo…
—¡No! No insistas Aioria, iré digan lo que digan, si he de morirme por esta mugrosa fiebre, que al menos valga la pena.
—Sólo iba a decirte que te pusieras unos pantalones...
Milo observó su cuerpo con cierto rubor en el rostro y dolor en el corazón. Si estaba desnudo no podía decir otra cosa que… ni siquiera podía llegar a darle voz a sus pensamientos. Y aunque Aioria no dijo nada, también lo pensó así.
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Limpió una lágrima, luego dos, luego dejó que corrieran con libertad. Nadie las notaria igualmente, camufladas con la lluvia reinante.
Frente suyo estaba la raída – producto del paso del tiempo – lapida de Kardia. Era tan surreal ver la suya a un lado de ésta y unos metros más allá, la de Defteros.
La intensa lluvia formaba pequeños aludes de lodo que arrastraban malezas y piedras en su paso. Pero su mugre seguía junto a él, abrazando y pudriendo todo en su interior. Se sentía tan fatal, inútil y débil. Esa era la palabra perfecta; Débil.
Cobarde. Él era todo lo que no debía ser.
—¿Qué debo hacer?
Claro que no le responderían. Y es que la misma pregunta hasta ofendía. Estaba claro que debía afrontar las consecuencias de sus actos, dejar de huir y buscar consuelo en brazos ajenos. Respuestas obvias, insustanciales.
El nombre de Kardia tallado en la piedra parecía tener ojos propios que lo observaban inquisidor, cuestionándole su accionar y juzgándolo por interponer al hombre sobre el Santo. Kardia no había sido un hombre común, su mayor y único objetivo como guerrero de Athena había sido enfrentarse a un oponente poderoso que le haga despertar el fuego en su interior, que le haga llevar su cosmos hasta el límite y superar ese límite. Ese era su objetivo como protector de Sasha, brindarle a través de su sacrificio, la oportunidad de un futuro mejor, Kardia era un guerrero noble, algo que Dégel admiraba y admiraría hasta el fin de sus días. Era aquel temperamento férreo ante la vida, su forma particular de enfrentar su enfermedad y la estrafalaria manera de querer tan sincera que poseía, lo que había terminado enamorando su corazón. En algún punto, había olvidado todo lo que amaba de ese griego.
Y Milo era exactamente igual, con la única diferencia de que Milo sí profesaba su lealtad incondicional como doctrina incorruptible.
Sonrió al descubrir que él era el más Escorpión de los Acuarianos; tan dominado por las pasiones. Apasionado. Sí.
Frotó su rosto con sus manos empapadas y volvió a perder la vista en la piedra vieja, preguntándose si ese trozo de mármol era lo único que quedaba de la memoria del antiguo Santo de Escorpio. Si acaso alguien lo recordaba, si alguien había preguntado por él alguna vez. Por su aspecto, su actitud, sus hazañas. Si alguna voz perdida en el tiempo susurró su nombre con respeto, con admiración y porque no, temor.
¿Alguien lo habrá hecho?
No, no porque él le había arrebatado esa posibilidad. Convencido como estaba de ser el único culpable del olvido de Kardia, de que el antiguo Santo de Escorpio no tuviera más hazaña que sobrevivir hasta sus dieciocho años una fiebre mortal. Y era su culpa, porque su propósito, su deber, su misión, terminó fracasando. Porque su poder no fue el suficiente. Porque su debilidad, aquella que demostró ante su maestro, fue causante de su retraso, retraso que costó la vida y memoria de un Santo que él consideraba excepcional. Nunca había dudado que Kardia terminaría por hacer algo maravilloso con su técnica, que sería recordado por su tenacidad y fuerza, pero nada de eso pasó.
Y era su culpa. Como era el peligro que ahora Athena padecía.
Athena en toda su benevolencia y amor, había arriesgado su vida para salvar la de otro. Había conseguido enviarlo a esa época con el fin de poder ayudar a retrasar la muerte de Milo, mientras encontraban alguna solución casi milagrosa.
Y él y su debilidad la habían cagado.
—Perdóname por aquella vez que te maldije por haberme dejado solo. Que maldije mi infortunio al perderte… perdóname por no dejar descansar tu alma, por aferrarte al cuerpo de Milo… Kardia perdona mi egoísmo al desear la fiebre para hallarte… Milo no merece algo así, tú no mereces que siga lastimándote y si pudiera escucharte, estoy seguro que me dirías que Defteros tampoco lo merece, no merece recibir sólo mi anhelo… tal vez sea aquí, donde cumpla nuestra promesa y pueda al fin darte un final… dejarte descansar…
Suspiró elevando su rostro al cielo, dejando que el agua lavase su rostro, preparándose para afrontar lo que vendría, como lo que es; un Santo de Athena. No pasó mucho tiempo, cuando sintió la voz de Aioria llamándolo por cosmos, indicándole que aguardaban por él en la Sala del Patriarca.
Cuando ingresó a la gran Sala, todos ya estaban allí, incluso Milo. Dedicándole una mirada indescifrable de odio, pero también había dolor oculto en sus turquesinas irises. Cerró sus ojos un momento antes de convertir su rostro en una barrera impenetrable de indiferencia, quería comenzar a actuar como se supone que debe ser. Y a pesar de que la mirada de Milo comenzaba a lacerar poco a poco su coraza, no se iba a permitir flaquear en ese momento.
Milo lo vio ingresar, conteniendo para sí, una tenue sonrisa, claro que cargada de sarcasmo. Los vagos intentos por demostrar impavidez en Dégel le parecían infantiles. Era tal el dolor que emanaba su cosmos, que a pesar de llevar una máscara seria en el rostro, las lágrimas de sangre eran demasiado visibles. Debía – quería – hablar con él, los recuerdos de su fortuito encuentro, le trastornaban la consciencia y necesitaba liberarlos para ir en pos de su Diosa.
Pero temía, claro que tenía, aunque lo ocultara con maestría, sentía genuino terror al destapar todos los recuerdos. De rememorar con creces el tacto y sabor de su piel, el volumen de sus gemidos y comprobar que había tenido sexo con otro hombre que no era Camus.
Dégel no era Camus… o dicho correctamente; Camus no era Dégel.
No prestaba atención a las órdenes que estaba dando Dohko desde Cinco Picos, a él poco le importaba, sólo estaba aguardando que terminara para marcharse hasta los dominios del Dios de los Mares, destruirlo y regresar con Athena, aun si con ello él perdía la vida. Idea que no sonaba tan mal después de todo.
—Aioria, Mu serán acompañados por los Santos de Bronce hasta el Templo de Poseidón, los demás no deberán moverse del Santuario.
—¡Espere un momento maestro!—gritó Milo de repente—No pienso quedarme de brazos cruzados aquí, mientras Seiya y los demás se arriesgan, ellos vienen de una dura batalla—inconscientemente posó sus ojos en Shun—es nuestro deber como Santos de Oro ir.
—Milo, es posible que también ataquen el Santuario, después de todo con Athena indefensa y en su poder, destruir la Tierra les será más fácil, comenzando seguramente por el Santuario.
—A pesar de ser una orden suya Maestro, no lo obedeceré, partiré también hacia el Santuario de Poseidón.
El silencio se prolongó por unos segundos tensos. Todos conocían la obstinación de Milo y la manía de saltarse las reglas cuando él consideraba que la situación lo ameritaba, por lo que tratar de convencerlo para que se quedase era algo prácticamente imposible.
—De acuerdo—se resignó el anciano—irás en lugar de Mu.
—Ya también iré.
Todas las miradas se posaron de inmediato en el Santo de Acuario, que mantenía su semblante serio, refugiando su vista tras los lentes.
—Dégel…
—Dohko—le interrumpió—, sé que buscas la mejor forma de llevar esta Guerra y que también seguramente posees la suficiente sapiencia para hacerlo, pero el que Athena esté en peligro se debe a mi propio descuido, mi error, por eso te pido que me permitas ir con Milo y los demás Santos hacia el fondo del Mar.
Una vez más el anciano tuvo que resignar su voluntad, porque sabía que sería en vano retener a Dégel en el Santuario, cuando sólo buscaba enmendar su error. Le preocupaba su vida, de todos, a él había que mantenerlo con vida en esta Guerra que no le concernía, pero que había sido involucrado tristemente por los caprichos de Dioses mezquinos.
Era increíble que el destino lo ubicara frente a Poseidón una vez más. Esperaba que no terminara como la primera.
—Sólo te voy a pedir que no mueras Dégel, allá, en el pasado, nos harás falta todavía.
El acuariano esbozó una tenue sonrisa mientras asentía con convicción, no pensaba morir hasta cumplir con las promesas que tenía.
—Haré mi mejor esfuerzo—observó a sus compañeros antes de seguir hablando—.La entrada a la Atlantis, según sé, está en Bluegard.
—No amigo mío, aquella entrada está sellada y será imposible penetrarla, deberán ir más al norte, en las heladas Tierras de Asgard existe un remanso en el mar, al que se lo conoce como el estanque oscuro, sus remolinos son violentos y profundos, allí se halla la entrada a los dominios del Emperador, tengan cuidado y por favor salven a Athena.
Milo observó con determinación al francés, viendo con satisfacción, como su mirada era devuelta por otra igual de decidida. Estaba claro en ese lenguaje sin voz, que se darían una tregua por Athena, luego terminarían con el destino que los tenía unido de una forma casi irreversible.
En la Guerra y el amor, todo se vale... veremos.
Me pareció bueno incluir un poco a Asgard en la historia. Recodando en el anime que los bronceados se arrojaban a un estanque. Si soy sincera tuve que buscar en el manga, cómo habían llegado al Mundo submarino. Perdón, es que hace muchos años que no lo leía, y necesitaba una ayudita refresca memoria. Pero en cuanto vi-recordé que lo hacían siguiendo el rastro de thetys desde los cinco picos, pues me pareció mucho embrollo para incluirlo aquí. Mejor nos vamos a Asgard y de paso le damos un poco de protagonismo a los Dioses Guerreros XD
Espero haya sido de su agrado. Será hasta el próximo capítulo.
Gracias por leer.
