CAPÍTULO 10

Poco después del mediodía, Shaoran se despertó al oír que llamaban de nuevo a la puerta. No podía creer que justamente el día en que había decidido dormir hasta tarde, no pudieran dejarlo tranquilo. Después de ponerse los pantalones con dificultad, alargó la mano para coger su camisa y empezó aponérsela mientras cruzaba la habitación. Ya había logrado meter un brazo en una de las mangas cuando Mayu gritó:

—¡Dese prisa, joven Shaoran! ¡Se me ha perdido!

—¿Que se te ha perdido? —Acelerando el paso, Shaoran se lanzó hacia la puerta con la camisa enrollada alrededor de un codo. Abrió la puerta de par en par y le dirigió una mirada de incredulidad a su ama de llaves— ¿Dónde se te ha perdido?

—Si lo supiera, no se me habría perdido, ¿no cree?

Pasando por alto este comentario sarcástico, Shaoran salió al pasillo.

Mayu corría junto a él para dirigirse a la habitación de los niños.

—Cuando la llevé a la planta baja, cerré todas las puertas con llave. Si salió, tuvo que hacerlo por una ventana. —Soltó un chillido de angustia y se llevó los nudillos de una mano a la boca—Yo la estaba vigilando, señor. Se lo juro por lo más sagrado.

Shaoran se detuvo en el rellano, agarró la barandilla y se inclinó para echar un vistazo en el recibidor.

—He removido cielo y tierra para encontrarla. Y, aunque no me guste reconocerlo, no creo que esté en casa.

Con el pulso empezando a martillearle las sienes como un mazo, Shaoran se dirigió a las escaleras. Sakura podría estar deambulando sola por el bosque en aquel estado. La imaginó trepando a un árbol y cayéndose. O tropezando con una raíz. Miles de accidentes de todo tipo podrían acaecerle. Bajando los escalones de tres en tres, gritó por encima del hombro.

—Cálmate, Mayu. No es tan catastrófico que haya salido. Ella conoce muy bien la zona. Es muy probable que haya ido a casa de sus padres.

Shaoran corrió por toda la casa intentando abrir las puertas. Todas estaban cerradas con llave, tal y como Mayu le había dicho.

—No creo que hayas comprobado si todas las ventanas tienen el cerrojo echado.

Mayu frunció los labios.

—No, no se me ocurrió hacerlo. Lo siento, señor. Nunca habría imaginado que ella intentaría salir por una ventana. Pero suelo echar todos los cerrojos.

—No perdemos nada con revisar todos los cerrojos.

Tras llamar a gritos a los criados, Mayu organizó un equipo eficiente para que los ayudara a recorrer toda la casa. Unos pocos minutos después, Shaoran volvió a encontrarse con ella en el recibidor.

—El cerrojo de la ventana del salón estaba descorrido. Es posible que haya salido por ahí. —Al ver la expresión de angustia en el rostro del ama de llaves, suavizó su tono de voz y la cogió firmemente por los hombros— Mayu, tranquilízate. Seguro que está bien. Iré a vestirme para ir a casa de los Kinomoto. No hay duda de que la encontraré allí.

Ella asintió con la cabeza y se sonó la nariz.

—Sólo le pido a Dios que no le haya pasado nada.

—Estoy seguro de que no le ha pasado nada. Ella ha estado deambulando por el bosque desde hace muchos años sin que le haya ocurrido nada. La única razón por la que ahora no permito que lo haga es su embarazo. Deja ya de preocuparte. La traeré a casa en menos que canta un gallo. ¡Vas a ver!

.

.

.

Sakura no estaba en casa de los Kinomoto. Y, lo que era aún más sorprendente para Shaoran, ninguno de sus padres pareció alarmarse cuando él apareció en el umbral de la puerta buscando a su esposa. Nadeshiko sugirió a Shaoran que la encontraría en el bosque. Pero no era necesario que fuese a buscarla. Sakura tenía la costumbre de deambular, le recordó ella, y así era desde hacía muchos años. Regresaría a casa hacia el atardecer, ya fuese a la de Shaoran o a la de los Kinomoto. Si optaba por esta última, sus padres le aseguraron a Shaoran que le enviarían un recado para que fuese a recogerla.

Preocupado aún, a pesar de las palabras tranquilizadoras de los Kinomoto, Shaoran la buscó en el bosque antes de regresar a casa. Pero era como buscar una aguja en un pajar. Al final, no tuvo más remedio que regresar a la mansión y quedarse allí esperando. Si al anochecer aún no había aparecido, organizaría un grupo de búsqueda.

Aquella chica de largo cabello color miel y grandes ojos esmeraldas, en un tiempo increíblemente corto había logrado colarse en su corazón, y se había vuelto más importante para él de lo que querría reconocer. Por más que lo intentase, no podría estar tranquilo hasta que estuviese en casa de nuevo. Era verdad que ella había deambulado por las colinas la mayor parte de su vida. Pero eso era antes de que su estado fuese tan delicado. La indiferencia de su madre le parecía completamente increíble. Una mujer embarazada podía sufrir multitud de percances. La sola idea de que ella se hiciera daño lo perturbaba.

Se dirigió directamente a la mansión. En el instante mismo en que entró en el recibidor, Mayu se inclinó sobre la barandilla del primer piso y le gritó.

—Ya está aquí. Sana y salva.

Tal fue el alivio que sintió Shaoran, que empezaron a temblarle las piernas. Necesitaba un poco de tiempo para recobrar la compostura, así que se apoyó en las puertas talladas de la entrada. Enseguida, alzó la vista hacia el rostro sonriente de Mayu.

—¿Dónde estaba?

—No tengo idea. Estábamos buscándola por toda la casa y, de repente, allí estaba.

Sakura apareció de repente en el rellano. Al echarle un vistazo, Shaoran no tardó en notar las reveladoras manchas de tierra que había en su vestido azul pálido y en sus medias blancas. Con el pelo tan enmarañado como de costumbre, la chica bajó la vista para mirarlo con sus enormes ojos verdes. La expresión de su rostro era inexplicablemente solemne. Shaoran supuso que ella comprendía, aunque fuese de manera vaga, que había hecho algo malo y que podría haberse buscado problemas. Para que supiera que no pasaba nada malo y que no estaba enfadado, sonrió y le guiñó un ojo. Si bien les había dado un tremendo susto a todos, ella en realidad no tenía la culpa; imputarle la responsabilidad era totalmente absurdo.

Unos minutos más tarde, Shaoran y su ama de llaves se reunieron en el estudio. Entre los dos esbozaron algunas medidas preventivas que podían adoptar para hacer desistir a Sakura de que volviese a salir secretamente; o mejor, para impedirle que lo hiciera.

Shaoran se fue a dormir aquella noche con la certeza de que Sakura no corría peligro. Se prometió a sí mismo que a partir del día siguiente reservaría una o dos horas todas las tardes para pasar un poco de tiempo con ella. No tenía ni la menor idea de para qué. ¿Cómo se podía entretener a una chica que era débil mental?

Mayu parecía creer que era importante que Sakura y él se conociesen mejor y, con este fin, Shaoran estaba dispuesto a sacrificar un poco de su tiempo. Lo que menos quería era que Sakura viviera con miedo en su nuevo hogar. Si podía disipar sus miedos pasando una o dos horas con ella todos los días, valía la pena hacer el esfuerzo.

.

.

.

El plan de Shaoran resultó ser un poco más difícil de llevar a cabo de lo que esperaba. Reorganizó sus actividades para sacar tiempo para ella al día siguiente, pero cuando llegó a casa, no encontró a Sakura por ninguna parte.

—¿Cómo que ha desaparecido? —le preguntó a Mayu.

—Bueno, pues... —Las lágrimas que el ama de llaves estaba a punto de derramar hicieron brillar sus ojos— Pasó exactamente lo mismo que ayer, señor. Desapareció en un abrir y cerrar de ojos.

—¿Habéis mirado las ventanas?

—Sí. Ya las hemos mirado. Ningún cerrojo está descorrido.

—Entonces tiene que estar en alguna parte de la casa.

—Eso sería lo lógico. Pero no está en ningún lado. Hemos buscado hasta en el último rincón de la casa, señor. Es como si... —Se interrumpió y se llevó las manos a la cara— Es como si se hubiera esfumado en el aire.

—Venga, Mayu. Nadie se esfuma en el aire. O bien ha encontrado un escondrijo en algún lugar de la casa, o está saliendo por una de las ventanas de arriba.

—¡Dios santo! ¡Se puede romper el cuello!—Mayu dio un grito ahogado y se persignó

—De ahora en adelante, todas las ventanas del primer y del segundo piso también deben permanecer cerradas con cerrojo. Nos ocuparemos de ello enseguida. Luego, reuniré unos hombres para que me ayuden a peinar el bosque. Es probable que ella esté deambulando por allí fuera, más feliz que una perdiz y completamente ajena al miedo que nos está causando.

Diez minutos más tarde, Shaoran estaba revisando los cerrojos de las ventanas del salón de baile, situado en el segundo piso, cuando sintió una presencia detrás de él. Con un hormigueo recorriendo todo su cuerpo, echó un vistazo por encima de su hombro y vio a Sakura junto a la puerta abierta. Al igual que el día anterior, su vestido estaba cubierto de tierra y sus mejillas llenas de polvo. Puesto que Shaoran sabía que no era posible que se hubiese ensuciado tanto dentro de la casa, sólo le quedaba suponer que la muchacha había salido por una de las ventanas del primer piso o del segundo. Pensar en ello hizo que se le acelerara el pulso. Mientras se encontraba haciendo algunos arreglos en el techo, él había aprendido, a base de cometer errores, lo traicioneras que podían ser algunas de aquellas tejas. Un paso en falso era todo lo que se requería. Tenía ganas de sellar todas las ventanas con clavos a lo largo de los travesaños inferiores.

—Sakura —dijo con voz débil— Cariño, ¿dónde has estado?

Al oír esta pregunta, ella dio un paso atrás.

—No tengas miedo. No estoy enfadado contigo. Sólo estoy preocupado. Sé que has ido al bosque y, si saliste por una de estas ventanas, te has podido caer.

Ella dio otro paso atrás.

Moviéndose despacio, Shaoran trató de salvar la distancia que lo separaba de Sakura. No alcanzó a dar más de unos cuantos pasos antes de que la chica saliera corriendo.

—¡Sakura! Vuelve. No te haré daño.

Sus palabras se perdieron en el aire. Shaoran dejó escapar un suspiro de desaliento y se frotó el puente de la nariz. ¿No se suponía que debía pasar algún tiempo con ella? Pero ¿cómo iba a lograr semejante hazaña? ¿Atándola a una silla, tal vez? Se dirigió directamente a la habitación de los niños. Mayu, que estaba reprendiendo a Sakura y comprobando que no tuviese ninguna herida, no advirtió que había entrado en el cuarto.

—¡Ay, chiquilla, no puedes seguir desapareciendo de esa manera! Mi viejo corazón no lo soportaría. ¿Qué hiciste? ¿Saliste por una de las ventanas de arriba? ¡Que Dios nos ampare! Podrías romperte el cuello. ¿Acaso no lo entiendes?

Shaoran se acercó a la mesa donde Sakura se encontraba. La examinó con todo cuidado, empezando por el pelo, que parecía tener trozos de telarañas adheridos, y terminando por las medias blancas, que estaban manchadas de tierra. Tierra grisácea. No roja. Casi toda la tierra en los alrededores era arcilla de color marrón rojizo.

—Mayu, ¿hay algún lugar dentro de la casa que pueda estar lleno de telarañas y polvo?

—Sólo el ático, y usted sabe muy bien que siempre está cerrado. Yo tengo la única llave, y no se la he dado a nadie desde que usted compró la nueva caja fuerte, después de que Shilon se marchara.

Shaoran frunció el ceño.

—Si hubiera salido de casa, la tierra que cubre su vestido sería rojiza. —Tocó una de las manchas de sus rodillas— Esto más bien parece polvo.

—¿Polvo?

—Quiero que mañana la vigiles atentamente —le ordenó al ama de llaves— Quiero saber adónde va cuando vuelva a escabullirse. Y entretanto, cuando yo esté trabajando en las caballerizas, vigilaré el exterior de la casa, para ver si logro pillarla saliendo a hurtadillas por una ventana.

Miró hacia su esposa de nuevo y estudió la situación.

Dado que a Sakura se le había permitido deambular a voluntad cuando vivía en casa de sus padres, era posible que le pareciese que su vida en la mansión era demasiado aburrida en comparación con lo anterior, y estaba en lo cierto. Era preciso organizar las cosas de tal manera que ella pudiese dar un paseo todos los días. Dejó escapar un suspiro de resignación. Si necesitaba pasear todos los días, él era el candidato con mayor obligación para llevar a cabo esta tarea. Sakura era responsabilidad suya, y de nadie más.

Ahora que había decidido convertirla en residente permanente de la mansión Li, no podría evitar que se presentaran situaciones en las que tendría que quedarse a solas con ella. Aunque fuese un matrimonio sólo de nombre, la realidad era que estaban casados; y, aunque su papel como tal no abarcara toda la extensión de la palabra, él era su esposo. Lo indicado sería ejercer un poco de dominio de sí mismo, pensó con determinación. Si aún no sabía controlarse, tendría que aprender.

Cuando, de manera inesperada, Shaoran cogió a Sakura de la mano y la levantó de la silla, ella se llevó una enorme sorpresa. E inmediatamente después de la sorpresa, llegó el miedo.

En el pasado, a Sakura le había tocado padecer una buena tanda de palizas. Castigos que su padre le imponía en el estudio la mayoría de las veces, y siempre con su asentador de navajas de afeitar, aquel horrible látigo improvisado. Ella sabía por experiencia que el escozor sólo duraba un rato y que los moretones desaparecían unos pocos días después. Pero esto era cuando su padre la castigaba. Shaoran Li era más grande que él y mucho más fuerte.

Mientras él la llevaba al pasillo, la muchacha escrutaba su mente con desesperación, tratando de encontrar una manera de decirle que ella no había salido a hurtadillas. Arrastrándola detrás de él, Shaoran caminaba con pasos enérgicos y rápidos que hacían que a ella se le helara la sangre. Sakura esperaba que la llevara a su estudio, como solía hacer su padre. Sin embargo, cuando llegaron a la planta baja, él se dirigió directamente a la puerta principal. Cogiéndola de la muñeca, abrió la puerta y la llevó hasta el porche.

De repente, con una expresión resuelta en su rostro, el hombre esbozó una sonrisa y bajó con ella las escaleras principales, doblando a la derecha al llegar al camino. Tras rodear la casa, llegaron a un hermoso jardín.

El aflojó el paso para que Sakura caminara a su lado, como si quisiese que disfrutara del paseo. Sakura sólo podía pensar en la paliza que le esperaba. Lanzó una mirada furtiva a su rostro y vio la brisa jugar con su pelo reluciente, agitándolo hasta formar ociosas ondas que caían sobre su frente amplia. Como si hubiera sentido que ella lo estaba mirando, él se volvió y la sorprendió observándolo. La chica enseguida apartó la mirada. Luego, se sobresaltó cuando él rozó dulcemente su mejilla para apartar un mechón de pelo de sus ojos.

Sus miradas se cruzaron. Sakura no podía apartar la mirada de sus brillantes ojos color ámbar, por nada del mundo.

—¿Te gustan las rosas, Sakura?

¿Las rosas? La estaba llevando a algún sitio para darle una paliza, ¿y esperaba que admirara las rosas? Centró toda su atención en la sonrisa de Shaoran, con la que enseñaba sus dientes blancos. No parecía estar enfadado ni lo más mínimo, y esto la asustó más que cualquier otra cosa. Un hombre tenía que ser completamente insensible para causarle dolor a otra persona sin estar furioso con ella.

Shaoran se dirigió directamente a las edificaciones anexas.

—Tengo entendido que te gustan los animales.

Dado que la agarraba de la mano, la joven no tuvo más remedio que entrar tras él en aquel pasillo. Sus ojos se acostumbraron enseguida a la oscuridad, y miró nerviosamente alrededor de ella. Colgados de clavos grandes, había toda clase de accesorios de montar y utensilios para el cuidado y la limpieza de los caballos. Echó un vistazo rápido y vio varias tiras de piel.

Su peor temor pareció hacerse realidad cuando Shaoran le soltó la mano y se dirigió a la pared para coger algo de uno de los clavos. Cuando se volvió hacia ella, Sakura pudo ver un lazo de piel colgando de su puño. Volvió a mirarle a la cara y vio que él aún estaba sonriendo con una expresión extrañamente tierna en sus ojos. Si tenía la intención de castigarla, de lo cual estaba casi segura, ¿cómo podía sonreírle de esa manera?

Clavó sus asustados ojos en los hombros de Shaoran: los anchos y musculosos hombros que le impedían ver la pared que se encontraba detrás de él. Sin previo aviso, él alzó la mano que sujetaba la tira de piel. Sakura alcanzó a ver la tira acercándose a su cara y reaccionó de una manera instintiva: se inclinó hacia adelante y rodeó su cintura con los brazos para proteger a su bebé.

Shaoran se asustó tanto al ver a Sakura inclinarse, que todo lo que pudo hacer fue quedarse mirándola. Iba a llevarla al otro extremo de la caballeriza. Rosy, una de sus yeguas, había dado a luz una potranca hacía unos pocos días. Shaoran creyó que a Sakura le encantaría verla.

—Sakura, ¿qué te sucede?

No alzó la vista cuando Shaoran la llamó. A juzgar por la manera en que se rodeaba la cintura con los brazos, creyó que podría tener un fuerte dolor. Miles de posibilidades cruzaron por su mente. ¿Se habría hecho daño mientras paseaba por el bosque?

Tuvo la horrible visión de Sakura abortando en las caballerizas. Recordó todas las historias que había oído acerca de mujeres que durante el aborto morían desangradas. La idea de que Sakura muriese lo atravesó... ¡Dios santo! Dejó caer el bozal que acababa de coger, la agarró con fuerza de sus delgados hombros e intentó, sin éxito, hacer que se irguiera.

Estaba temblando horriblemente. Shaoran dirigió una mirada de impotencia hacia la casa, deseando que Mayu estuviera con ellos. Cuando de dolencias femeninas se trataba, especialmente aquellas relacionadas con el embarazo, no sabía qué hacer. ¿Debía llevarla en brazos a la casa? ¿Debía procurar que se acostara un rato en la cama?

—¡Jesús!

Se inclinó hacia un lado e intentó inútilmente apartarle los rebeldes mechones de pelo para poder verle la cara. Finalmente, decidió ponerse de rodillas para poder mirarla a los ojos.

—Sakura, cariño, ¿te duele algo?

Su terrible palidez reveló a Shaoran que estaba muerta de miedo. Temiendo ver sangre en la tela de color rosa, miró con gran preocupación la falda del vestido, que le llegaba hasta las rodillas. Nada. Era un buen indicio, ¿o no? No había hemorragia. Pero a lo mejor aún no estaba sangrando profusamente.

—Cariño, ¿dónde te duele? ¿Puedes enseñarme dónde?

Sus ojos verdes, lo miraron desde su carita acongojada de dolor. Acariciando su pelo hacia atrás, le sostuvo las mejillas entre sus manos.

—Sakura, ¿te has hecho daño? Enséñame dónde, cariño. ¿Aquí? —Dejó caer una mano para tocarle la cintura— ¿Te duele mucho?

Ella hizo un movimiento para hacerse a un lado y evitar que la tocase. Luego, se quedó paralizada, mirando fijamente algo que se encontraba en el suelo. El siguió su mirada y vio el bozal desechado. Su cerebro no estableció relación alguna entre ese objeto y su miedo, hasta que ella volvió a mirar su mano.

Su mano vacía.

Sólo entonces Shaoran lo comprendió todo. Durante un horrible momento, se le hizo un nudo fuerte en el estómago. Reconstruyendo lo sucedido a cámara lenta, se vio a sí mismo haciéndola levantarse de la silla en que se encontraba, inmediatamente después de que Mayu la reprendiera por haber desaparecido. Luego, salieron de la casa. Atravesaron el jardín. Entraron en las caballerizas. Cuando él se volvió hacia ella con el bozal en la mano, su única intención era indicarle el camino hacia la cuadra de Rosy. Pero Sakura pensó, sin duda, que él quería golpearla.

La furia... estalló dentro de la cabeza de Shaoran en cegadores tonos rojos. Si Fujitaka Kinomoto estuviese cerca de él en aquel momento, lo habría matado. Cerró sus trémulos puños.

Tranquilo. Tenía que estar tranquilo. Con este fin, tomó aire, pero sin poder contener el temblor que recorría todo su cuerpo. Al exhalar el aire, el rostro de ella se abrió paso entre la nube de su ira. Quería desesperadamente borrar aquella expresión de su rostro, y trató de pensar en una manera —cualquiera que fuese— de tranquilizarla.

Un dibujo... o una acción. Los actos hablaban más fuerte que las palabras. Todo lo que tenía que hacer era pensar en una manera de parecer inofensivo.

Vagamente consciente de sus movimientos, o de la decisión que los impulsaba, Shaoran dobló una pierna bajo su cuerpo y se sentó sin ceremonia en el suelo. Fue la mejor idea que se le ocurrió. Esperaba que ella se sintiese menos amenazada si él adoptaba una posición en la que no demostrara ninguna superioridad física. Aunque en realidad esto no le daba a ella mucha ventaja.

Después de trabajar con caballos durante casi toda su vida, había aprendido a moverse más rápido que la mayoría de las personas, habilidad que le había salvado el pellejo en más de una ocasión. Si la chica decidía huir, él lograría levantarse antes de que ella pudiera siquiera dar media vuelta.

Algo frío y húmedo le estaba calando una de las piernas del pantalón. No quería pensar en qué clase de porquería se había sentado, de modo que centró toda su atención en Sakura. Ella no parecía capaz de correr. Las piernas le temblaban tanto, que a él le extrañaba que sus rodillas no chocaran entre sí.

Sin lograr pensar en ninguna otra cosa que pudiese disipar sus temores, Shaoran hizo la valiente tentativa de sonreír. Una horrible y artificial sonrisa de oreja a oreja fue todo lo que pudo conseguir.

A través de los enredados mechones de cabello, ella se quedó mirándolo sorprendida, como si él se hubiese vuelto loco. Y a lo mejor era así. ¿Un joven de alta clase, sentado sobre excremento de caballo y sonriendo como si le gustase? Esto debería ser más que suficiente para hacer que lo ingresaran en un manicomio.

A pesar de que sus piernas aún no parecían capaces de sostenerla, ella logró dar un paso hacia atrás. Luego, dio media vuelta y salió de las caballerizas corriendo. Shaoran la siguió con la mirada, y sintió un gran alivio cuando vio que se dirigía a la casa.

Como era su costumbre cuando nada parecía salirle bien en la vida, Shaoran quiso frotarse la cara con las manos. Se detuvo en el último instante. La palma de su mano estaba embadurnada de algo marrón. La olió con mucha cautela. Luego, a pesar de sí mismo, soltó una risotada.

—¿Señor?

La asombrada voz masculina salió de algún lugar detrás de Shaoran. Al mirar por encima de su hombro, vio a Subaru, el jefe de los mozos de cuadra, en la entrada del cobertizo donde se guardaban los arreos.

—Sí, Subaru. Dime.

—¿Se encuentra usted bien?

Esta pregunta hizo que Shaoran empezara a reírse de nuevo, pero esta vez más fuerte. Cuando sus carcajadas finalmente se apagaron, Subaru volvió a hablar.

—¿Qué está haciendo usted ahí sentado?

—En realidad no estoy muy seguro. Me pareció una buena idea hace un rato, pero ahora...

—¿Necesita ayuda?

Shaoran suspiró.

—De hecho, creo que voy a necesitar toda la ayuda que pueda conseguir.

.

.

.

CONTINUARÁ

.

.

.