EliSabbath: sobre la edad de Inuyasha, lo digo en el primer capítulo, casi al principio, fíjate. Cuando se conocieron, Kagome tenía catorce. Desdeñando el hecho de que ella se acostó con él voluntariamente, legalmente se pueden tener relaciones con hombres adultos sin permiso parental desde los catorce. A partir de los 16, una se puede casar con permiso parental. Sobre la arena, he estado en muchos lagos y, en algunos de ellos, había arena colocada artificialmente para emular un poco lo que es la playa. Me he dado esa licencia aquí. Lo del helado, aquí hay helados que son puro hielo con algún sabor (tipo Calippo) y otros más cremosos con menos carga de hielo (tipo Magnum o Maxibom). Las demás preguntas acerca de cambiarse, quizás porque es mi manía. Yo me ducharía para quitarme la arena que se pega por todas partes y me cambiaría porque también se adhiere al bañador. Pero, vamos, que no es algo a lo que haya que darle muchas vueltas.


Capítulo 10:

No te cases con él. — le pidió de nuevo — Te amo, Kagome.

Estaba hecha un lío. El problema era que estaba en una carrera a contrarreloj para decidirse de una maldita vez. Era el día de su boda, estaba en la iglesia, con su vestido de novia y sola frente a un espejo. Ya no se veía como la novia que había deseado ser antes de que Inuyasha regresara a su vida. El reflejo en el espejo había cambiado por completo aunque pareciera el mismo. Ya no era la persona que fue, ya no…ya no… ¡Ya no quería casarse!

Agarró la cola del vestido y caminó con cuidado de no pisarlo hacia una cómoda silla forrada con terciopelo. Se dejó caer sobre ella sin ninguna delicadeza, apoyó el codo en el reposabrazos y la frente sobre la palma de su mano. ¿Cómo podía encontrarse así en el que iba a ser el día más importante de su vida? Había oído hablar de los miedos y las famosas dudas de los novios en el gran día, pero dudaba que sus miedos fueran los corrientes. Ya no estaba segura de nada. ¿Qué le diría su madre?

El camino de vuelta a casa fue silencioso. No se atrevía a hablar otra vez con Inuyasha después de lo sucedido y había pasado toda la tarde haciendo malabares para evitarlo. Hicieron el amor, le fue infiel a su prometido e Inuyasha decía que la amaba. ¿Por qué estaba el mundo al revés? Todo sería tan sumamente sencillo si Inuyasha continuara siendo el cabrón sin sentimientos que ella conoció seis años atrás.

¡Kaede!

Setsu la soltó y salió corriendo hacia Kaede en cuanto la vio sentada en el porche tomando té helado. La anciana se levantó y lo recibió encantada. Sin embargo, al mirar a los adultos y ver las caras tan largas que llevaban, les lanzó una mirada inquisidora. Sabía que algo había sucedido; era demasiado perspicaz.

¿Qué tal en el lago?

¡Muy bien! — exclamó el niño — ¿Sabes? Houjo ha venido.

¿Ah, sí?

Bien, Kaede ya sabía una de las razones de su pésimo estado de humor. Las otras dos no pensaba permitir que las supiera. Era demasiado vergonzoso.

La cena ya está lista.

Kaede cogió a Setsu de la mano para guiarlo dentro de la casa sin más reclamos. Cuando ella misma iba a seguirlos, Inuyasha agarró su muñeca impidiéndole avanzar.

¡Déjame en paz! — exclamó, sacudiéndose.

Tenemos que hablar.

¡No quiero! — le gritó en esa ocasión.

Y ocurrió la cosa más inesperada de todas: Inuyasha la abofeteó. No fue una bofetada fuerte, nada especialmente doloroso. Había controlado a la perfección su fuerza. Solo pretendía que ella dejara de gritarle, que espabilara.

Contrólate. — le espetó — Ven a mi coche.

Lo siguió obedientemente, más sumisa de lo que estaba dispuesta a admitir. Se sentaron en el interior y cerraron las puertas. Entonces, ambos se embarcaron en un tenso silencioso. Ninguno de los dos sabía por dónde empezar, pero, teniendo en cuenta que era él quien quería hablar, Kagome se negó a ser la primera. Segundos después de tomar esa decisión, Inuyasha tomaba su mano.

¡No! — la apartó como si quemara — ¡No me toques!

No decías eso antes…

Era muy poco elegante por su parte sacar a relucir aquel desliz en las duchas. Porque solo fue un desliz, ¿no?

¿Qué quieres?

No puedes casarte con él, Kagome. — insistió — Ese hombre no te quiere y tú a él tampoco. ¡Míralo! — exclamó — Ni siquiera le importa que estuvieras a solas conmigo…

Eso es porque confía en mí.

Evidentemente, se ha equivocado en eso.

Gritó ofendidísima a pesar de saber que tenía razón.

Tampoco quiere a nuestro hijo. ¡Despierta, Kagome! — la agarró y la sacudió — Un ciego vería lo que tú eres incapaz de ver.

¡No sabes nada!

Después de gritarse, los dos fruncieron el ceño y se lanzaron miradas desesperadas que desembocaron en un largo suspiro de frustración. Se dejaron caer en sus asientos, recostados, y estuvieron en silencio durante unos minutos. Ninguno de los dos dijo nada, solo meditaron en silencio sobre la misma cuestión. Algo estaba sucediendo entre ellos quisiera admitirlo o no.

Abre la guantera. — dijo Inuyasha de repente.

¿Por qué?

¿A qué venía aquello en ese momento?

Tú solo hazlo.

Obedeció, consternada. Al abrir la guantera, lanzó una exclamación ahogada por su propia emoción cuando vio lo que contenía. Conocía muy bien ese objeto… ¡Era suyo! Lo recordaba como si todavía lo tuviera en la cómoda de su dormitorio. Había abierto esa caja y escuchado su melodía cientos de veces, puede que hasta miles. Estaba tal y como la recordaba. La misma forma, el mismo tamaño, la misma decoración. ¿Estaría la fotografía con su madre ahí adentro? ¿Seguiría sonando la misma melodía?

Cogió con manos temblorosas la cajita de madera y acarició la suave superficie. Una vez fue muy especial para ella, más que ninguna otra cosa. De forma automática, le dio cuerda con la manivela que tenía en la parte posterior. A continuación, levantó la tapa y empezó a sonar la suave y armoniosa melodía que había tatareado desde su más tierna infancia. La misma melodía que le tatareó a su propio hijo para dormirlo cuando era un bebé. La misma melodía que aún tatareaba inconscientemente cuando estaba trabajando. Hacía años que no la oía, que tenía que conformarse con el recuerdo.

Mi caja de música…

En el fondo vio la fotografía. Ella tenía seis años y su madre apenas acababa de cumplir los veintiséis. Sus padres se casaron con veinte años. Su madre llevaba el cabello castaño rizado suelto, enmarcando su rostro. Tenía los mismos ojos verdes que ella recordaba y sonreía mostrando toda su dentadura. Ella también sonreía, pero le faltaban algunos dientes de leche. Su cabello le llegaba hasta los hombros y le habían recogido la melena en dos coletas con unos lazos rosas.

Mamá…

No había encontrado el momento adecuado para dártelo hasta hoy. — le explicó Inuyasha — Te dije que tu madre te añoraba. No era ninguna mentira…

Su madre la echaba de menos. Había enviado a Inuyasha con esa caja de música para decirle que podía volver a casa cuando quisiera. Abrazó la caja contra su pecho y lloró entre los brazos de Inuyasha sin darse cuenta de lo que hacía.

Seguro que su madre sabría qué hacer. Su primer impulso había sido coger un avión y volver a casa, pero tenía responsabilidades. Tenía un hijo y una boda por delante. Una boda que no estaba segura de querer celebrar. Cada vez estaba más indecisa.

— ¿Qué tal estás, niña?

Compuso una fingida sonrisa cuando Kaede entró y trató de parecer lo más normal posible.

— ¿Qué haces ahí sentada? — le regañó — Se te va a arrugar el vestido.

Era verdad. Llevaba cuidando cada detalle del día de su boda minuciosamente desde hacía meses, y, de repente, se encontraba sentada destrozando su vestido. ¿En qué estaba pensando? Se levantó con la ayuda de Kaede y se puso delante del espejo para intentar alisar toda posible arruga.

— No estás bien, niña.

No, no lo estaba. Cada vez sentía más y más ganas de salir huyendo de allí. ¿Cómo soportaría ver a Inuyasha estando casada con otro hombre? ¿Por qué tuvo que volver a entrar en su vida? No paraba de recordar el momento en que se conocieron seis años atrás. La dejó fascinada. No obstante, era peor todavía recordar el último mes juntos. Fue más intenso, más profundo. Se le había metido bajo la piel.

— No sé qué hacer, Kaede. — se retorció las manos — Tengo demasiadas dudas… Yo… ya no quiero casarme…

— Creo que deberías hablar con el novio. — la guio hacia la puerta — Seguro que eso disipa tus temores.

En eso tenía toda la razón. Se agarró el vestido y caminó hacia la otra punta del corredor, donde sabía que se encontraba Houjo preparándose para la boda. La puerta estaba entreabierta cuando llegó. Había más gente con él; probablemente, serían los testigos. Se dispuso a llamar para entrar, pero la conversación llamó su atención.

— ¿Y qué vas a hacer con el crío?

Reconocía esa voz. Se trataba del primo de Houjo.

— Ahora que está el padre, todo será más sencillo.

¿Qué sería más sencillo? ¿Se refería a ganarse a su hijo?

— ¿Qué piensas hacer? — insistió — Ese tío los dejó tirados una vez. ¿Por qué iba a ocuparse en esta ocasión?

Inuyasha jamás abandonaría a Setsu. Eso era algo de lo que jamás dudaría.

— No lo hará. Quiere al niño y también la quiere a ella.

¿Acaso Houjo era capaz de ver eso que ella era incapaz de ver en Inuyasha? ¿Era verdad que la amaba?

No te cases con él. — le pidió de nuevo — Te amo, Kagome.

Él se lo dijo. ¿Por qué iba a ser mentira? Todavía les quedaba mucho por conocer el uno del otro, pero Inuyasha nunca fue un mentiroso. Siempre iba con la verdad por delante. Cuando era una niña, no le ocultó en ningún momento sus intenciones. Ese no fue el verdadero problema. Lo que sucedió fue que ella era demasiado ingenua, lo suficiente como para convencerse a sí misma de que él cambiaría de opinión.

— Conseguiré que se lo lleve a la ciudad con él. Inuyasha entiende lo que está pasando y terminará aceptando si no quiere atenerse a las consecuencias. Kagome terminará olvidándose del crío… con el tiempo…

Le hirvió la sangre en las venas al escuchar esas terribles palabras del hombre con el que iba a casarse. ¡Inuyasha tenía razón! ¡Todos tenían razón! Houjo no quería a Setsu y nunca lo querría. No había hecho el menor esfuerzo por ser amigos porque tenía planeado deshacerse de él en cuanto se casaran. ¿Cómo pudo estar tan ciega? ¿Tan desesperada estaba porque alguien la quisiera? ¿Deseaba tanto un marido que había puesto a la venta a su hijo? Si esa era la impresión que había dado, lo desmentiría inmediatamente. ¡Nadie la separaría de su hijo!

Aunque unas gruesas lágrimas de pura rabia amenazaron con rodar por sus mejillas, encontró las fuerzas necesarias para retenerlas. Hinchó el pecho para coger aire y abrió la puerta. Ninguno de los dos hombres se percató de su presencia.

— Nunca me han gustado los niños… — se quejó — y mucho menos los que no son míos.

Se iba a enterar.

— ¡Houjo!

Houjo palideció frente al espejo al ver su reflejo enfundado en un vestido de novia tras él. Cometió la estupidez de intentar disimular.

— ¡No puedo ver tu vestido, Kagome!

No se libraría tan fácilmente.

— Quiero que me digas qué es exactamente lo que piensas de mi hijo.

Se volvió con una mano aún sujetando la corbata que estaba anudando mientras su primo daba un paso atrás, reculando. No tardó demasiado en salir corriendo de la habitación, donde los dejó solos. Ella no pensaba moverse del sitio hasta saberlo absolutamente todo.

— Esperaba que no lo descubrieras nunca. — admitió — No quería hacerte daño. — se terminó de anudar la corbata — ¿En serio creías que iba a aceptar al hijo de otro hombre?

Sí, en serio lo creyó. Creyó que la amaba lo suficiente, que no culparía a un niño de su pasado.

— Cualquier otro hombre se habría puesto furioso por la intromisión de tu querido Inuyasha, pero yo vi la oportunidad. Es un hombre rico y tiene medios para darle a su hijo muchas más cosas que su madre.

— Yo jamás permitiría que se lo llevara…

— Mi plan era que Inuyasha reclamara su paternidad legalmente. Casualmente, yo no tendría dinero para pagar un buen abogado que te ayudara porque, en ese momento, habría problemas financieros en el banco…

Lo tenía todo planeado, pero no era un buen plan porque Inuyasha jamás reclamaría su paternidad para robarle a su hijo. ¡Nunca!

— ¿Por qué te ibas a casar conmigo? — continuó a pesar de la decepción — Si odiabas a mi hijo, no entiendo que…

— Imagen. — se puso la chaqueta del traje mientras hablaba — Un día de estos seré el director del bando y me conviene tener una esposa bonita que no me cuestione. Al fin y al cabo, todos sabemos que no eres muy lista.

En eso tenía razón. Si hubiera sido inteligente, lo habría visto todo desde el principio. Sin embargo, él tampoco era muy inteligente. Se seguía vistiendo como si creyera que la boda iba a seguir adelante después de aquello.

— Me temo que tú eres mucho más estúpido que yo. — le recriminó — No habrá boda.

— ¿Y qué vas a hacer? ¿Ser la amante del hombre que te abandonó?

Por fin Houjo empezaba a sentir el miedo. La humillación pública hundiría su preciosísima imagen, y ella estaba deseosa de darle su digno merecido. Lamentaría haberla utilizado mucho más de lo que podía imaginar.

— Te quedarás con la duda.

Cogió la cola de su vestido y se dio la vuelta para salir.

— ¡No puedes dejarme en el altar! — gritó a su espalda.

No le escuchó o, al menos, hizo como que no le escuchaba y continuó avanzando para salir. Justo entonces, Houjo agarró su brazo, clavando los dedos en su carne, e intentó retenerla haciendo uso de la violencia. ¿Con quién se creía que estaba tratando? Atrapaba gallinas desde los seis años; había montado sobre un cerdo; sabía montar a caballo; había ayudado a construir un granero cuando tenía once años; había recorrido medio continente con un hijo en el vientre. ¿Acaso creía que podía intimidarla?

Se volvió con la furia dibujada en el rostro y se arrancó el velo del cabello para luego tirarlo al suelo. Houjo se encogió un poco al ver su determinación y estuvo a punto de recular, pero fue lo bastante idiota como para no hacerlo. Entonces, hizo algo que se moría de ganas por hacer: cerró el puño y le dio un puñetazo con los nudillos en la nariz. Adivinó que se le había roto tan rápido como sus nudillos tocaron su carne. Después, le dio un rodillazo en la entrepierna y salió de la habitación aprovechando que estaba en el suelo gimiendo de dolor.

Tenía que suspender la boda, buscar a Kaede y a su hijo y marcharse de allí.

— No quiero que se case, papá.

— Yo tampoco.

No pensaba entrar en esa iglesia a ver como la única mujer que había amado en toda su vida se casaba con otro. En realidad, se merecía que le sucediera algo así, no le cabía ni la menor duda. No obstante, ella no se merecía casarse con un capullo que haría de su vida un infierno. Houjo no quería a Setsu, ni a ella. No comprendía por qué se casaba con Kagome, pero no era por amor ni por asomo.

— ¿Tú quieres a mamá?

Sabía muy bien lo que quería Setsu. Quería exactamente lo mismo, pero había sido castigado al fin por todo el mal que causó en el pasado. ¿A cuántas mujeres utilizó para pasar un buen rato? Kagome fue una de muchas aunque resultó ser muy especial para él. Tan especial que se la arrebataron para compensar todas sus maldades.

— Más que a mi vida…

— ¿Y por qué no te casas tú con ella? — se quejó.

— Porque ella no me quiere a mí. No puedo obligarla… mucho menos después de todo el daño que le causé… — le peinó el cabello con los dedos con cariño — Cuando seas más mayor, lo comprenderás, y me odiarás por abandonarla…

— No, no te odiaré porque has vuelto. Has vuelto para salvarla…

Y no lo había conseguido. Si estaba en su coche frente a la iglesia donde ella iba a casarse con un capullo, significaba que no la había salvado. Consultó la hora en el reloj de su coche y masculló una maldición.

— Tienes que ir entrando. Tu madre esperará verte allí.

— ¡No quiero ir! — gritó en esa ocasión.

En ese momento le pareció que era igualito que su madre. Los dos tenían un carácter tremendo y eran increíblemente testarudos. Cuando fuera mayor, estaba seguro de que volvería locas a todas las mujeres. Por el momento, tendría que conformarse con su madre, que no era poco. Abrió los seguros del coche, dispuesto a llevarlo a rastras si era necesario. Entonces, al mirar hacia la iglesia, ante su atónita mirada, se alzó una escena que lo dejó de piedra.

Kagome y Kaede cogidas de la mano salían corriendo de la iglesia. Kagome no llevaba puesto el velo de la prueba y tenía su bonito recogido de peluquería destrozado. Corría con su vestido de novia, sin importarle que se rompiera o se ensuciara. A su lado, su hijo contemplaba con el mismo asombro a su madre, para confirmarle que no era el único que estaba viendo aquella escena. La tenue luz de la esperanza empezó a visualizarse dentro de él, y el corazón le latió con fuerza contra su pecho. Kagome le hacía sentirse vivo. Ella y solo ella.

Cuando las dos mujeres se detuvieron en la acera sin saber a dónde ir, hizo sonar el claxon del coche. Kaede corrió hacia él, pero Kagome no se movió del sitio. Solo lo miró de lejos con indecisión. Salió del coche tras ordenar a Setsu que él no lo hiciera e hizo sitio para que entrara la anciana Kaede.

— ¿Kagome?

La mujer agachó la cabeza. Parecía hecha pedazos. ¿Qué le había hecho el cerdo de Houjo Akitoki? ¡Lo mataría!

— Ya no hay boda… — musitó.

Ponerse a saltar de alegría habría sido muy poco elegante. Por esa razón, intentó pensar en unas palabras de consuelo, pero no se le ocurrió absolutamente nada. ¿Consuelo? Tendrían que abrir una botella de champán y celebrarlo como mínimo. Kagome no era realmente consciente de lo que acababa de quitarse de encima o, tal vez, sí lo era, y por eso estaba tan destrozada.

Estaba a punto de caminar hacia ella cuando se escucharon gritos procedentes del interior de la iglesia. Houjo salió a la puerta sosteniendo un pañuelo ensangrentado contra su nariz. ¿Kagome le hizo aquello? Estaba gratamente impresionado.

— Ayúdame… — le suplicó.

Claro que lo haría. La agarró y tiró de ella para llevarla hacia su coche. Kaede había dejado la puerta de atrás abierta para que entrara. La ayudó a meterse con su vestido y cerró la puerta tras ella. Le daba tiempo a meterse en su coche, arrancar y dejar atrás al niño pijo, pero quería decirle unas cuantas cosas. Ya nadie le impedía decirle lo que pensaba de él.

— ¡Kagome!

Se interpuso en su camino, entre él y la puerta del coche.

— ¡Apártate! — le gritó.

Se metió las manos en los bolsillos con toda la calma del mundo y sonrió. Era muy ridículo que un hombre perdiera el control de esa forma. Sentía vergüenza ajena.

— Déjala en paz. — le advirtió.

— ¡Tú la abandonaste! — lo señaló — ¡No tienes ningún derecho a reclamarla!

No alteró sus nervios ni un poquito.

— Lo primero, no me señales. — apartó su dedo de un manotazo — Lo segundo, tienes razón. — admitió — Lo tercero, tú pierdes.

Houjo perdió el control por completo al escucharlo. Gruñó como un animal y se tiró de cabeza contra él para hacerle un placaje. Se limitó a apartaste y observar divertido cómo se empotraba contra su coche. Houjo cayó al suelo dolorido y gritando improperios por un golpe que él mismo se dio mientras que él tuvo que hacer apego de toda su fuerza de voluntad para retener las ganas de reírse a carcajadas. ¡Menudo esperpento! — pensó — Kagome necesita un hombre de verdad, no una nenita.

Entonces, cuando le vio agarrar la puerta, recordó que no había echado el seguro. Lo agarró por detrás de su traje barato y lo lanzó por los aires, lejos de la puerta. Al alzar la vista, vio que los invitados de la boda se habían congregado en la puerta de la iglesia para disfrutar del espectáculo.

— Estás dando un buen espectáculo a tus comensales.

— ¡Nunca olvidaré esta humillación, Kagome!

Ese chico era idiota.

— ¿Ves por qué no se casa contigo, idiota? — le recriminó — Es evidente que ella no te importa. Solo te importa tu asquerosa imagen. — señaló con la cabeza hacia la puerta de la iglesia — Tu padre no te quita ojo de encima… Debe sentirse muy avergonzado de ti.

El gran banquero, el director del banco, lanzaba una mirada reprobatoria a su hijo. Había tenido el placer de hablar con ese hombre y era muy diferente a su hijo. Los dos eran dos mundos aparte. Si solo Houjo se hubiera parecido un poco más a su padre, habría estado de acuerdo con la boda. Por desgracia, Houjo era un capullo integral.

— No vuelvas a acercarte a Kagome, ni a mi hijo.

Con esas palabras, entró en su coche y arrancó. No apartó la mirada del espejo retrovisor, desde el que veía a Kagome, en todo el camino. Ella estaba desolada, hecha polvo y nadie se atrevía a decirle nada. Hasta Setsu se había percatado de la tensión que había en el interior del automóvil. Es por ello que el viaje de vuelta a casa transcurrió silencioso y lúgubre.

No se detuvo hasta estar frente a la casa y nadie salió hasta que Kaede rompió el hielo.

— Setsu, ¿te apetece que preparemos comida a la plancha?

Así era como más le gustaba la comida a su hijo, lo aprendió en el último mes.

— ¡Sí!

Kaede le guiñó el ojo antes de entrar en la casa. Tiempo después de que ambos entraran en la casa, abrió la puerta de atrás para ayudar a Kagome. Ella no salió inmediatamente, se quedó pensativa, retorciéndose las manos sobre la falda blanca. En ese momento, se planteó decir algo, algo que no la molestara, pero la tarea era difícil. Kagome debía estar tremendamente irascible después de haber dejado a su novio en el altar.

Estaba cediendo en su intento de ayudarla cuando ella tomó su mano y empezó a salir. Se inclinó para agarrar la cola del vestido y ayudarla. Una vez que estuvo fuera, cerró el coche y la siguió hacia la casa. En lugar de entrar, se sentó en el sofá del porche como una niña pequeña. Preocupado por aquel estado de conmoción, se apoyó en la barandilla, esperando a que dijera algo si es que había algo que decir.

— Tenías razón…

Se agitó al escucharla. No esperaba que lo reconociera y él no planeaba echárselo en cara.

— Preferiría no haberla tenido para ahorrarte este mal trago.

Kagome echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el asiento.

— Houjo planeaba convencerte de alguna manera para que reclamaras la paternidad de Setsu y me lo quitaras. Así, te lo llevarías y no tendría que ocuparse de él…

— Nunca te haría algo así.

— Lo sé. — coincidió — Pero Houjo no lo sabía.

Houjo era un estúpido si pensaba que él le causaría tanto dolor a Kagome intencionadamente.

— No me quería a mí tampoco… –— añadió — Sus palabras textuales fueron que necesitaba una chica bonita y poco lista para su imagen pública cuando fuera director del banco.

Bonita y poco lista. ¡Menudo hijo de puta! Lo único cierto en aquella frase era que Kagome era bonita. ¡Pero no tenía un pelo de tonta! ¿Cómo se atrevía a tratarla de estúpida? El único estúpido que había allí era Houjo Akitoki. Había planeado una auténtica estupidez. Casarse por imagen… En el fondo, él fue igual de estúpido una vez. Al fin y al cabo, estuvo a punto de casarse con Kikio Tama por imagen y por mucho dinero.

— Lo siento, Kagome.

No se le ocurría qué más decirle.

— ¿Eso es todo? — lo miró con los ojos inyectados en lágrimas — ¿No vas a recriminarme nada? ¿No vas a echarme en cara que tenías razón?

Tenía la voz quebrada por el llanto que estaba conteniendo con todas sus fuerzas.

— No. No te mereces eso…

— ¡Sí que lo merezco! — por fin perdió el control — ¡Odiaba a mi hijo! — se tapó la cara con las manos — ¿Cómo pude hacerle algo así a Setsu?

Rompió la distancia entre los dos y se sentó en el sofá junto a ella. Antes de que tuviera tiempo de hacer el más mínimo movimiento, Kagome se movió y se aferró a su camisa. Inmediatamente, sintió la humedad de sus lágrimas atravesando el tejido hasta su piel. En un acto reflejo, la estrechó entre sus brazos mientras le daba espacio para llorar. No había nada que decir en ese momento. Lo único que necesitaba Kagome era llorar y desahogarse.

Una hora después, comían en el jardín trasero. Kagome se había cambiado su vestido de novia por un sencillo vestido de tirantes lila y llevaba el pelo suelto. Le pareció que así estaba mucho más hermosa. Setsu se puso un chándal en lugar de su traje y Kaede llevaba uno de sus habituales vestidos con estampados de flores. Comieron carne y verduras a la brasa y bebieron té helado. Para el postre, Kaede sacó una tarrina enorme de helado del congelador y se sirvieron raciones en unos cuencos. Para entonces, Kagome estaba mucho más animada.

Se fijó en que Kagome no le quitaba el ojo de encima a Setsu durante toda la comida, como si estuviera esperando encontrar alguna secuela de su trato con Houjo. Para el postre, ya se debía sentir aliviada de ver que su hijo era el mismo de siempre. Mientras que Kaede descansaba y Setsu jugaba en el jardín, ellos fregaron. Él enjabonaba y enjuagaba y Kagome secaba y guardaba en la alacena. La tarea estaba siendo silenciosa hasta que a Kagome se le deslizó de las manos un plato que cayó al suelo. Se agachó para recogerlo con manos temblorosas. A sabiendas de que no se encontraba bien, también se acuclilló y le acarició los brazos desnudos con ternura.

— Kagome…

Kagome tembló violentamente a causa de su contacto. Justo cuando iba a levantarla, se levantó ella sola de golpe y lo abrazó.

— ¡Inuyasha!

En menos de un minuto se estaban besando como si el mundo se estuviera haciendo añicos su alrededor, como si no hubiera un mañana. Desde la ventana, y sin que ellos lo supieran, Kaede y Setsu los observaban con una sonrisa.

Continuará…