CAPÍTULO 11
—La sugerencia de hoy son las crepes con beicon y sirope de arce.
Letty esperó a que la pareja se decidiera, tomó nota de la comanda, y sonrió mientras les rellenaba las tazas de café.
—Se lo traigo en unos minutos. Mientras tanto, si quieren consultar la prensa o las revistas…
A continuación, se guardó el cuadernillo en el bolsillo delantero del delantal y entró en la cocina.
—¿Sólo eso? —le preguntó Greg, el cocinero, refiriéndose a la única petición que habían tenido de momento.
—Si lo sé, me quedo en la cama… —añadió.
—Ahí es donde me tendría que haber quedado yo —contestó Letty, masajeándose la zona lumbar.
Le quedaban cinco horas de trabajo de pie y ya le dolían las piernas. El inesperado ejercicio del día anterior, tanto fuera como dentro de la cama, la habían dejado agotada, pero por si no hubiera sido suficiente, se había pasado la noche en blanco reviviendo la velada erótica y había tenido que hacerse cinco kilómetros andando para ir a trabajar.
—Ya se ve —comentó Greg, cascando un par de huevos—. Una cita potente la de anoche, ¿eh?
Aquellas palabras de su compañero hicieron que Letty tuviera una visión de lo más vívida de un par de escenas de la noche anterior. Greg la miró con ojos curiosos al ver que se sonrojaba.
—Así que la pequeña Letty ha vuelto a la vida por fin… —se rio.
—Vete a la porra, Greg —contestó Letty en tono divertido, mientras salía de la cocina para encontrarse con que el protagonista de las tórridas escenas estaba entrando por la puerta.
¿Qué demonios hacía allí, y sobre todo, por qué tenía que estar tan sumamente guapo?
—Hola, Letty —la saludó con aire inocente.
Letty sintió una descarga eléctrica por todo el cuerpo.
—Hola —le dijo tomando una carta, y dirigiéndose hacia una mesa. «Habrá venido a desayunar, tranquila…» se dijo.
—No he venido a desayunar —anunció Dom , como si le hubiera leído el pensamiento.
—¿Y a qué has venido? —le preguntó Letty, con la respiración entrecortada.
—A devolverte tu bici.
—¡Ah, claro! La bici… —recordó Letty con cierta pena—. Gracias.
—Además, tenemos que hablar.
—¿De qué? —se asustó Letty al ver cómo la miraba.
Dom le acarició el cuello.
—Venga, Letty , que los dos sabemos que no eres tan inocente —le contestó.
—¡Quítale las manos de encima a mi camarera, Toretto ! —gritó Phil.
Letty dio un paso atrás, sintiendo lava entre los muslos. Dom levantó la mirada, le guiñó un ojo y se giró hacia su jefe.
—Yo pongo las manos donde me da la gana, Trevellian.
Cuando Letty estaba preguntándose cómo iba a hacer para impedir una pelea, Phil se rio y le dio un amigable abrazo a Dom en el hombro.
—Cuánto tiempo sin verte, ermitaño —lo saludó.
Al ver cómo sonreía Phil, Letty se dio cuenta de que aquellos dos hombres no solo se conocían, sino que se tenían un gran afecto. Dom abrazó a su amigo brevemente.
—Tengo que hablar con Letty , así que vamos a ir a tu despacho —anunció—. Y se va a tomar el resto del día libre.
«¿Cómo?»
—Espera un momento… —objetó Phil irritado—. Ya te dije que Letty no…
—A ver, que Letty está aquí, ¿eh? —intervino la aludida.
Aquel comentario hizo que ambos la miraran.
—Y no me gusta que hablen de mí en mi presencia, como si no estuviera delante —añadió poniéndole un dedo a Dom en el hombro.
— ¿Y tú qué te crees? ¿Qué va a ser esto de presentarte aquí como si fueras el dueño del café y de decirme lo que voy a hacer o a dejar de hacer? —le espetó enfadada.
—Tú no eres mi jefe, así que tú no decides cuándo termino mi turno, ¿entendido?
Phil le dio un toquecito en el hombro.
—Letty…
—¿Qué? —le espetó Letty girándose bruscamente hacia él.
Phil carraspeó nervioso.
—El café es suyo.
—¿Eh…? ¿Cómo…? —dijo Letty palideciendo.
—Dom es mi jefe —le aclaró Phil—, así que también es el tuyo.
Letty se giró de nuevo hacia Dom , abrió la boca y la volvió a cerrar. Un recuerdo muy sórdido se apoderó de su mente.
Su padre, con la cara colorada y los pantalones y los calzoncillos bajados, agarrando a su secretaria de las caderas por detrás mientras se movía dentro de ella.
—Pero… No, no puede ser… Yo no he podido… Yo tengo mis normas—los recuerdos, los sonidos, e incluso el olor del sexo furtivo y sórdido, lo invadían todo.
Era como si hubiera entrado en el despacho de su padre hacía diez minutos en lugar de hacía diez años y Letty no tuvo más remedio que taparse la boca con las manos.
— Voy a vomitar.
—Así que no te habías acostado con ella, ¿eh? —se enfadó Phil—. Eres un hijo de…
Dom no prestó atención al enfado de su amigo. Solo tenía ojos para Letty , que corría hacia el baño como alma que lleva el diablo. Por lo visto, había calculado mal el alcance de la situación.
