¡Hola! Hoy no es un buen día pero aquí vamos :/


Hermione ya había sido castigada una vez, luego de preguntarle a Snape, qué le hacía gracia. Y justo en ese entonces, la había re- castigado todo el invierno, por haber estado espiándolo. ¿Qué diablos tenía ella en mente?

Estaba segura de que eso iba a terminar costándole toda la vida y todos los puntos que hubiese ganado durante toda su estancia en Hogwarts.

Solo bastaba con decir que estaba en problemas.

El primer día de castigo y allí entre sus cuadernos, llevaba la libreta para las anotaciones. Quizá ocurría algo extraordinario que debiese anotar.

Quién sabía.

Caminó con pesadez, luego del desayuno. Era fin de semana, sábado a las ocho en punto. Podía utilizar ese tiempo para estudiar, pero estaba castigada.

— Empiece por aquellos calderos, a limpiarlos. Son del viernes, así que asumo que estará bien pegado lo que sea que el señor Longbottom haya "tratado" de preparar.

¿Por qué tenía que ser tan mala persona? ¿Tan imposible de tratar de manera educada, respetuosa, sin sentir deseos de matarlo?

Se sentó en una de las mesas, había una gran cantidad de calderos esperándola. Un enorme cepillo para restregar, un enorme cubo de jabón y el resto, solo una gran cantidad de paciencia.

Y mientras estaba sentada allí, Snape estaba sentado unos puestos más lejos. Leía un par de ensayos, mientras ella trataba de alcanzar el caldero más alto.

Como fuera, había fallado estrepitosamente y el más alto de ellos había caído sobre su cabeza. La había embarrado de algo viscoso, pegajoso. Con un olor a goma quemada.

Había soltado un chillido y Snape había alzado la vista.

Y pensó ella, escuchar una especie de siseo. Parecía que alguien estaba a punto de reírse y de pronto, eso fue lo que escuchó. Una risa estridente.

¡Victoria! ¡Severus Snape se había reído! Aunque resultaba ser de una forma un tanto dolorosa y asquerosa, pero había conseguido que se riera.

Se quitó el caldero lo más rápido que pudo y limpiándose los ojos con ambas manos, derramando aquella sustancia morada y viscosa, lo señaló. Donde creía que estaba, claro.

— ¡Se rió! ¡Yo gané!— exclamó y trató de ver en su dirección. Aquella goma estaba pegada por todas partes y le imposibilitaba un poco la visión. Aunque veía una masa negra frente a ella. Quizá Snape estaba allí, riéndose a carcajadas.

— ¿De qué demonios está hablando, señorita Granger?

¡De que se estaba riendo! Estaba hablando de que un enorme caldero había caído sobre su cabeza, de forma dolorosa y había terminado llena de una sustancia gomosa y púrpura, cuyo olor ya comenzaba a marearla.

— ¡Usted se río! ¡Oigo risas!

— Yo no me he reído y será mejor que no se mueva, quién sabe qué diablos puede haber en el caldero de Longbottom y podría ser perjudicial.

¡Claro que se había reído! Caminó torpemente, parecía una momia, con los brazos estirados. Tratando de tocarlo.

— Profesor, usted se rió en cuanto el caldero cayó sobre mi cabeza.

— ¿Reírme? El único que se rió fue Draco, cuando pasaba. Ahora quédese quieta, ya ha pasado mucho con ese líquido encima suyo. Es mejor llevarla a la enfermería.

Suspiró, frustrada. ¿Por qué no se reía con nada? Ni siquiera lo había planificado y ni eso lo hacía reír. ¡Había sido un accidente y no le había causado gracia en absoluto! ¿Es que tenía que cortarse en dos para que se riera?

Reprimió un escalofrío con ese pensamiento.

Severus sostenía el brazo que estaba más "limpio", aquella masa viscosa chorreaba por todas partes mientras caminaban en dirección a la enfermería.

O él caminaba, Hermione trastabillaba.

Al llegar, Promfey fue la primera en alarmarse. Lanzando improperios hacia Snape y la forma en que dirigía sus clases, descuidadamente y sin protección alguna. Severus solo ladeaba la cabeza con tedio y en cuanto se volteaba, la imitaba.

Hasta a Hermione eso le parecía gracioso. De una forma maleducada, pero graciosa.

— ¿Ya ve en los problemas que me mete? Espero que esto no tenga consecuencias. — dijo mientras Hermione estaba sentada en una camilla y mágicamente, un par de paños se frotaban en toda su piel, quitándole aquella masa viscosa.

— ¡No es mi culpa! Usted apiló mal todos esos calderos y me cayeron encima. ¡Al menos podría haberlos organizado mejor!

— ¡Usted es torpe! ¡Y supongo que es un buen castigo por espiarme!

La miró, mientras ella suspiraba y se rascaba la piel. Una y otra vez. Curiosas ronchas del tamaño de verrugas, comenzaron a salir sobre su piel. Hinchadas, llenas de pus.

— ¡Ay no! Estoy horrible. ¡Parezco un enorme dragón enfermo!

— Ahora ya podrá hacer reír a todos. Ya que quiere dárselas de comediante.

¡Muy bien, imposible hacerlo reír!