Capítulo XI

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Sus labios eran tan exigentes como los recordaba y la boca de Helena, luchaba constantemente por ser la que liderara en aquel beso. Mis manos se presionaban contra su cintura, consciente de la precaria prenda que vestía e imaginando la ropa intima de color rojo, que se adivinaba ligeramente. La escuché suspirar y su cuerpo se pegó más al mío, como si buscara comprobar si mi propio cuerpo estaba sufriendo algún cambio que me delatara.

El ruido de la puerta de cristal tras nosotros, me llevó a romper el beso. Ambos miramos en esa dirección.

—Lo siento —dijo Morgana, de pie en la puerta, con medio cuerpo dentro de la casa.

Helena liberó sus brazos de mi cuello y yo la fui soltando poco a poco.

—Vine, porque vi luz… pero… ustedes sigan… —titubeo y arrugó un poco el ceño—a lo… ¿suyo?

Arrugó el ceño, luego de decir aquello, como si se reprochara sus propias palabras. Mi perra se acercó hasta ella y la olfateo. Morgana la miro, pero no se movió.

—Niña… —le dije, soltando a Helena y avanzando los pasos que me separaban de Morgana—échate.

Le ordené a mi mascota, que obedeció. Morgana se inclinó levemente, como si quisiera acariciar a mi 'niña', pero se detuvo en el camino. Me miró, sosteniendo sus ojos en los míos, sólo una fracción de segundo.

—Lamento mucho la interrupción —miró a Helena. Lo cierto es que no parecía la misma mujer autoritaria a la que me había acostumbrado.

—¿Sentir qué? —preguntó Helena, acercándose con una sonrisa— Bill y yo sólo jugábamos un poco.

Aquella definición de nuestro beso, me gustó bastante poco, pero no dejé que mi expresión me delatara. Me incliné, para acariciar la cabeza de mi mascota.

—¿Descansaste algo? —preguntó Helena a su amiga.

—Sí… venía por agua… —respondió ésta, algo dubitativa. Casi podría asegurar que estaba mirándome.

—Bien, pues yo sí que me voy a la cama —dijo Helena, y ante aquella aseveración, una corriente eléctrica me recorrió la espalda.

—Enseguida voy —aceptó Morgana. Yo me mantuve como un oyente en todo aquello.

—Buenas noches Bill —jugueteo con mi nombre, en esos mismos labios que acababa de besar.

—Buenas noches —le dije, girándome hacía ella desde mi posición, sin mirarla directamente.

Lo siguiente, fue el silencio. Aunque una parte de mí era consciente de la presencia de Morgana a mi espalda.

—¿Ya no te dan miedo los perros? —le pregunté sin mirarla.

—Bueno… no los que tienen boca pequeña —respondió con sinceridad, sacándome una pequeña sonrisa.

—Eso quiere decir, que mientras no te hagan demasiado daño, estará bien ¿no? —me puse en pie y la observé.

Morgana sonrió. No era una sonrisa amplia, ni reluciente. No era una sonrisa estridente y alegre, que llenara toda la estancia, pero noté, como aquella sonrisa se instaló en algún punto de mi memoria, rebuscando en mis recuerdos.

—Voy por agua —dijo, indicando el interior de la casa.

—Claro —acepté, viendo como se metía dentro de la casa, sin demasiada seguridad.

Me apoyé en el umbral de aquella puerta de cristal y la observe. Llevaba puesta la ropa de deporte. Miré al suelo, pensando en que bajo ella, debía de llevar aquel pijama de seda, del que sólo había visto el color. Gris perla.

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Me estaba cepillando el cabello, frente al enorme espejo que había en la habitación, que Helena y yo ocupábamos. Nos habíamos levantado temprano y aunque ella rezongó varios minutos, como era habitual, luego de levantarse, la ducha le había ayudado.

La observaba, a través del cristal, mientras iba de un lado a otro, escogiendo la ropa y los zapatos. Yo continuaba cepillándome el cabello, lentamente.

—Creo que tendremos que pasarnos por el departamento hoy —me dijo, mientras rebuscaba en su maleta, ya que no había sacado nada de ellas, un cinturón que le sirviera para el pantalón que llevaba puesto.

—Sí.

Dije sin más, observándola, sin poder dejar de pensar en la escena que había visualizado durante la noche, al ir por un vaso de agua. Ella y Bill, besándose con tanto ahínco, que no estaba segura de que se pudiese estar más pegados.

—Creo que escogí mal algunas cosas —continuaba hablando, mientras rebuscaba en su maleta.

—Puede… —por más que quisiera, no podía ignorar que aquella cercanía de ambos, me había desconcertado. No estaba segura de si debía decirle algo a Helena, normalmente la habría reprendido, pero ahora, extrañamente, no me sentía en posición de hacerlo.

—Y tú deberías ir por algunas cosas también —continuaba hablando, mientras yo la observaba escoger un cinturón, que no le iba mal, pero que ella desdeñó, tirando dentro de la maleta. Mirándome fijamente, sin darme tiempo a evadir su mirada. Por un instante tuve la sensación de que podría adivinar todos mis pensamientos— ¿crees que tengamos problemas para salir hoy?

Preguntó finalmente y le solté las palabras de forma desfallecida.

— No lo sé.

Arrugó el ceño y se acercó al espejo, me moví ligeramente, para que ella observara su cabello y maquillaje, asegurándose de que estuviesen en su lugar.

— Iré a hablar con Tom —me aclaró—, harías bien en bajar también.

Volvió a mirarme. Yo asentí.

¿Por qué me sentía tan pequeña hoy?

Helena me sonrió, poniendo ambas manos en mis hombros, dándome un caluroso apretón.

—Ánimo, lo peor que puede pasar es que salgamos en las revistas —se encogió de hombros.

—Sí…

Me observó un poco más.

—Dale color a esas mejillas, parece que estuvieses agarrándote una gripe, de lo ojerosa que te ves —me instó— te espero abajo.

Asentí con un gesto, siguiéndola con la mirada, hasta que los contoneos de su cadera, se perdieron del otro lado de la puerta. Luego de eso, respiré profundamente, intentando volver a la Morgana segura, que necesitaba plantarse sobre un par de tacones y enfrentarse al mundo, porque nadie lo iba a hacer por mí.

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Viajábamos en el coche de Tom, de camino a un sitio en el que podríamos bailar. Los Ángeles era una ciudad pensada para la diversión, pero así como muchos otros lugares, estaba delimitada por las clases sociales, que siempre eran marcadas por el dinero. Helena y yo solíamos ir al mismo club, desde que lo habíamos descubierto hacía cerca de tres años, pero esta noche y para evitar que la prensa nos persiguiera dentro del recinto, Tom y Bill nos llevaban a otro lugar.

El orden dentro del coche era el mismo, Tom conducía, Bill lo acompañaba, tras de él iba yo y a mi lado Helena. Lo único que había cambiado, desde hacía algunos días, eran las amenas conversaciones que solían tener Bill y mi amiga. Yo suponía a qué se debía, o bien intentaban ocultarnos algo a Tom y a mí, o simplemente estaban tomando una distancia de seguridad. Cualquiera de las dos cosas, me tenía sin cuidado. En mi cabeza, lo único que ahora daba vueltas, era la conversación que había tenido esta misma tarde con Alex y en la que él, luego de un pequeño rodeo, me preguntó si podía acompañarnos esta noche. El corazón se me había disparado en el pecho y con todo el disimulo que pude, le dije que no había problema, por mi parte.

Así que esta noche, me había arreglado especialmente pensando en él. Había descolgado el vestido violeta que Helena había puesto en mi maleta, me había montado en unos tacones impresionantes y me había le había permitido a mi amiga, que me pusiese una máscara de pestañas de fantasía, que me dejaba pequeños brillos plateados. Todo para impresionarlo.

—Nos detendremos frente a la entrada —habló entonces Tom, sacándome de mis cavilaciones— las chicas bajan y nos esperan en la puerta, aparcamos y nos reunimos.

Había sido muy conciso, por lo que sospeché que ya tenían cierta experiencia en esto de tratar con la prensa.

Helena y yo, hicimos justamente lo que él nos dijo. Entrando en el club, sólo cuando ellos se acercaron, evitando todo tipo de contacto físico, más allá de un pequeño toque en el hombro o en la espalda, para indicarnos el camino. No pude evitar la sensación de rigidez, de plasticidad que había en todo esto. En otro momento y con otras personas, quizás, me habría resultado completamente normal, pero al ver a Tom y a Bill en su casa, con la simplicidad con la que llevaban la vida, me resultó extraño.

Georg y Gustav nos esperaban dentro, habían salido un par de horas antes, para cenar por ahí, algún suculento manjar de proteínas animales, que en casa de los chicos no estaba permitido, para luego reunirse con nosotros en el club. Todo parecía indicar que sería una buena noche.

—¿Le avisaste a Guillermo dónde estaríamos? —le pregunté a Helena, que iba junto a mí, tras los chicos, que avanzaban hacía la mesa que tendríamos asignada toda la noche.

—Sí, dijo que me llamaría cuando estuviese en la puerta.

—¿Y escucharás el teléfono? —había tenido que alzar un poco más la voz, debido a la música. Ella me respondió, pero no le escuché—¡Habla más alto!

Helena rió.

—¡Las vibraciones no sólo sirven para el placer personal! —me gritó. Y noté como se me subía el color a las mejillas, cuando Tom se dio la vuelta y rió al igual que mi amiga. Bajé la mirada de inmediato.

Mierda. Sabía que no debía entrar a esa tienda con ella.

—Voy por un trago —hablé, sin preocuparme por si alguien me escuchaba o no.

Así que caminé sola hasta la barra y me quedé esperando a que me atendieran, meditando en qué podía pedir, que tuviese suficiente alcohol, como para olvidar lo que acababa de suceder, pero no tanto, como para borrarme la memoria completa.

—¿Qué pedirás? —escuché la voz de Bill junto a mí, lo miré y casi se me suben los colores de nuevo, de sólo pensar que él también hubiese escuchado el comentario de Helena.

—¿Algo fuerte, pero no? —fue mi comprensible respuesta. Él soltó una risa que me obligó a mirarlo.

—¿Qué pedirás tú? —quise saber.

—No lo sé aún, pero nada que tenga vodka o tequila —aclaró, y comprendí inmediatamente porque lo decía.

Ambos reímos con cierta complicidad. Creo que era la primera vez que lo hacíamos.

—¿Qué les sirvo? —escuché la voz del barman.

Ambos nos miramos, la primera en hablar fui yo.

—Un margarita azul —que diablos, sólo tenía que medir la cantidad, nadie se había embriagado con un margarita ¿no?

Miré entonces a Bill, que fijo sus ojos juguetones en los míos, como si quisiera adivinar lo que yo pensaba.

—Otro —contestó.

—Dos margaritas azules —repitió y se alejó.

Ni Bill, ni yo dijimos nada, sólo sonreímos con la misma complicidad de antes.

—¿Vienen aquí a menudo? —le pregunté, mientras esperábamos, por comenzar alguna conversación.

—Más de lo que deberíamos y menos de lo que quisiéramos —dijo con simplicidad.

Entonces lo observé de reojo, para luego desviar la mirada hacía el barman, que aún estaba preparando nuestros cocteles. Bill parecía una persona muy difícil de conocer, pero a la vez, tan simple en sus necesidades, en sus inquietudes. La música, sus perros, sus amigos, que era como estar en medio de un océano tormentoso, pero dentro de un barco que nada mancillaría.

—¿Tú sales mucho? —me preguntó entonces.

Lo observé.

—Más de lo que quisiera y menos de lo que debería —sonreí ligeramente, para luego encogerme de hombros—, Helena es muy inquieta… muy, muy inquieta…

Él desvió la mirada.

Nuestros margaritas se encontraron, de pronto, frente a nosotros.

—Dos margaritas azules, que los disfruten —nos dijo el barman.

Tomé mi copa y me giré para mirar la mesa en la que estaban los demás, comprobando que aún no llegaba Alex.

—¿Esperas a alguien? —me preguntó Bill.

—¿Eh?... No, bueno, sí… —me dieron deseos de resoplar, por lo estúpida de mi respuesta— Alex, mi jefe, dijo que vendría.

Intenté parecer lo más imparcial posible, a pesar de mi mal comienzo en la explicación.

—Mmm… —fue su respuesta, un sonido hecho con una entonación particular, que yo no me sentía capaz de interpretar— ¿vamos con los demás? —preguntó.

—Claro.

Me senté todo lo alejada que pude de Tom, para no tener que mirarlo, luego del comentario de Helena, pero por las risas que había en el grupo, ninguno reparaba en ello, así que me sentí un poco más relajada.

—¿Y yo qué? —dijo Helena, cuando vio mi margarita.

—En la barra hay más —respondí altiva.

—Vengativa —me acusó, y la altivez se me escapó, a través de la sonrisa que me arrancó.

Nunca podía estar demasiado tiempo enfadada con Helena, ella sabía exactamente como cambiar eso en mí.

Suspiró resignada.

—Me serviré yo misma —se puso en pie.

—¿Vas por algo de beber? —le preguntó Tom, poniéndose de pie también.

—Sí.

—Te acompaño.

De ese modo, ambos salieron en dirección a la barra. Y mientras mi mirada los seguía, sin demasiado interés, me encontré con la figura de Alex, que se acercaba de la mano de una rubia exquisita. Inmediatamente noté una dolorosa punzada en el estómago, que en cuanto pude reaccionar, acallé bebiéndome, completamente, el contenido de mi copa.

Si lo que pretendía, era ponerme celosa. Lo había conseguido.

—Hola —saludó, en cuanto se encontró junto a nosotros.

La respuesta de los que estaban alrededor de la mesa fue consecuente. Mi respuesta se perdió en mi garganta. Las presentaciones le siguieron al saludo, y cuando me tocó sonreír a Alice, que era el nombre de la chica, noté como los músculos de mi rostro no lograban extenderse. Así que sólo pude mostrar una sonrisa rígida.

Se sentaron junto a nosotros y comenzaron a hablar del lugar y de lo bien que estaba. Yo no podía articular palabra. Sí que era una idiota de lo peor, si pensaba que Alex vendría, esta noche, por mí.

—¿Quieres bailar? —escuché a Bill junto a mí. Lo miré, asintiendo luego de un instante, en el que de un modo que no comprendía, supe que podía contar con él.

Mi mano fue a parar junto con la suya, mientras nos movíamos hacía la pista de baile. La luz era focalizada, por lo que se adquiría cierta intimidad, a pesar de estar unas parejas junto a otras. Yo casi no levantaba la mirada.

—¿Eh? —me habló Bill, llamando mi atención. La música exigía mucha más energía de la que estaba desplegando y era evidente que el baile no tenía mi atención.

—Lo siento... —dije con la voz apagada, intentando moverme con algo más de ánimo.

Pero luego de intentarlo y de sentir que los ojos me quemaban, de los deseos que tenía de llorar, comencé a buscar a Helena con la mirada, encontrándola feliz y sonriente junto a los demás. Las lágrimas comenzaban a juguetear en mis ojos, así que miré a Bill que me observó atentamente, comprendiendo de inmediato.

—¿Podemos salir de aquí? —le pregunté directamente.

"La regla es; Lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas. Siempre que así lo quieras"

Continuará…

Bueno… otro capítulo más, que ha estado más enfocado en Morgana y en sus propios problemas emocionales. Después de todo es duro enamorarse de alguien que no te quiere, por mucho que tengas en frente a alguien de quien podrías enamorarte, los sentimientos no te dejan verlo completamente.

Les dejo un beso enorme y muchas gracias por leer y acompañarme.

Siempre en amor.

Anyara