Bilbo estaba revisando el nuevo pedido de provisiones que había llegado de Dale. Cogió varios tomates, revisándolos uno a uno y suspiro ligeramente. No eran como los tomates que solía plantar en la Comarca, donde había conseguido durante cinco años el premio a los mejores tomates, ni eran como los tomates que plantaba en el jardín/terraza que tenía en Erebor, pero no estaban mal. Aún así hizo una nota mental de hablar del tema con el Rey Bard la próxima vez que fuera a visitar la ciudad. Quizás podría dar algún que otro consejo. Mîmo, el enano encargado de supervisar la comida que entraba en el reino le miró expectante. Bilbo dejó el tomate en la caja y le sonrió con una de sus sonrisas amables y cálidas que tan desconcertantes eran para los Enanos.

'Están bien. Por favor, lleva la fruta a Bombur y dile que iré a hablar con él para su preparación. Lo demás que se coloque en las despensas, gracias.'

Mîmo hizo una leve inclinación de cabeza en forma de respuesta y se fue a dar órdenes a los enanos a su cargo. Antes de que se llevasen el barril de manzanas Bilbo cogió una y le dio un mordisco. Hoy no había tenido segundo desayuno. Había estado muy ocupado organizando todo lo necesario para la gran fiesta de cumpleaños de Kili y, cuando por fin había tenido tiempo para él, sus obligaciones de Consorte le había llamado. Había tenido que aprobar el calendario para el mes que viene del mercado de Erebor y esto le había llevado unas dos horas, pues los jefes de los distintos comercios no se ponían de acuerdo sobre qué días era mejor sacar unos productos u otros. Por suerte Fili había estado allí para traducir lo que los enanos decían en un lenguaje que Bilbo entendiese y ayudarle a llegar a un acuerdo. Cuando por fin pensaba que podría ir a tomar una de las tartaletas de manzana que había hecho la tarde anterior le avisaron de que las provisiones habían llegado. En resumen, no había tenido segundo desayuno y eso no se gustaba lo más mínimo.

Cuando estaba a punto de irse a buscar a Bofur para ver si podía tomar el té con él, un enano de la guardia se le acercó.

'Mi señor, el rey reclama su presencia en la sala del trono.'

'¿He dicho sus motivos?' Una pregunta absurda, bien lo sabía Bilbo, pues Thorin no era de dar explicaciones a la ligera. Aún así Bilbo lo preguntó.

'No, mi señor, pero el vigía ha visto un grupo no muy numeroso de jinetes a caballo dirigirse hacía aquí. Por la forma de montar no parecen Hombres.'

"Elfos". Fue lo primero que pensó Bilbo, pues era lo que le quería dejar ver el guardia. Bilbo empezaba a cansarse de que cada vez que viniese un elfo a Erebor tuviese que ir a hacer de intermediario. No era porque no le gustasen los elfos, pues todos conocían como adoraba y admiraba esa raza, era porque le gustaría darles la bienvenida sin tener que estar atento a cada palabra o gesto del poderoso Rey bajo la Montaña.

'Muchas gracias por avisarme.' Dijo Bilbo cordialmente. Y se dirigió a la sala del trono.

Había vivido unos cuantos años en Erebor como para haberse acostumbrado a la magnitud y esplendor de la ciudad de los Enanos pero, por muchos años que pasasen, nunca se acostumbraría a la sala del trono. No podía dejar de sentirse increíblemente pequeño mientras recorría el pasillo que daba al trono. Las gigantes estatuas de los anteriores reyes le miraban y Bilbo sentía como le juzgaban desde tu estancia de roca. Otra cosa a la que tampoco se acostumbraría era a ver a Thorin en su trono vestido de rey con su corona y toda su real vestimenta. Era una imagen digna de dejar a alguien sin aliento. Thorin era la viva imagen de lo que un rey enano debía ser. Fuerte, orgulloso, poderoso, con una mirada penetrante y con ese aire real que da la cuna. Nadie podía decir que estaba sentado en un sitio que no le correspondía. Y era en momentos como esos en los que Bilbo se sentía aún más pequeño y recordaba que era tan solo un Hobbit. Él no había nacido para codearse con reyes y grandes señores, su lugar no era vivir en una montaña y tener las responsabilidades de un gran señor. Él había nacido para vivir con la hierba a sus pies y el sol en la cara mientras disfrutaba de los placeres de la vida. Y era en momentos como el que estaba viviendo ahora, en los que se planteaba si no debería volver a la tierra que le vio nacer, si todo esto no le quedaba muy grande.

Bilbo pensaba eso cada vez que recorría ese pasillo y veía a su esposo sentado en el gran trono de mármol verde con la roca de hebras de oro cayendo cual cascada sobre su cabeza, y cada vez que los ojos de Thorin se podaban en él y una pequeña sonrisa, que casi pasaba inadvertida bajo la barba, adornaba su cara, Bilbo se olvidaba de todas sus dudas. Estaba donde debía estar.

'¿Qué sucede?' Dijo Bilbo acercándose a él. Thorin estaba rodeado de parte de su consejo y Balin, este último sonrió a Bilbo mientras se acercaba. Thorin hizo un gesto con la mano para que se quitasen de en medio.

'Tu invitado se acerca.' Dijo Thorin con voz grave.

Bilbo no tardó mucho en adivinar a quién se refería. Elrond. Una sonrisa sincera y llena de emoción apareció en su cara. Hacía mucho que no veía a su amigo.

'El señor Elrond no llegará hasta dentro de unos minutos, quizás el Consorte quiere cambiarse de ropa antes de recibirle.' Dijo Tuin, uno de los consejeros de Thorin. Tuin admiraba y respetaba a Bilbo como cualquier otro enano que viviese en Erebor, pero no entraba en su cabeza que el Consorte del Rey se pasease vestido con unos simples pantalones que no le cubrían los tobillos y una camisa remangada con un chaleco. No era una vestimenta real. El Consorte, aún siendo de otra raza, debía ir vestido con lo mejor que le Reino pudiera ofrecer. Así había sido siempre y así es como tendría que ser, lo contrario era mostrar que el Rey no era lo suficientemente poderoso como para agasajar a su pareja, aún menos a de preocuparse por su pueblo.

'Gracias, Señor Tuin, estoy bien.' Dijo Bilbo de una forma que no daba lugar a disputas. No le gustaba nada la forma en la que le miraba continuamente ese enano. Sabía que era alguien sabio y necesario en el consejo de Thorin, pero no sabía porque le molestaba que siempre le mirase como si no estuviera haciendo bien las cosas, como si no fuese digno del sitio que ocupaba. 'Aunque estaría bien que mandase traer mi corona.'

Tuin asintió y fue a dar la orden. Thorin se levantó y se acercó a Bilbo, alejándose un poco de los demás y dejando que Balin acabase de solucionar el problema del que habían estado hablando minutos antes con su consejo.

'Gracias.' Le dijo cogiéndole de las manos.

'No tienes que dármelas. Que no me guste llevarla puesta no quiere decir que no sepa que debo hacerlo en momentos como este. Además, me la regalaste tu. Es una pieza preciosa de joyería. Demasiado bonita para alguien como yo.'

La pieza de la que hablaba era la corona que Thorin había mandado hacer cuando se desposó con su hobbit. Era una corona que más recordaba a las que los elfos se solían poner para decorar sus frentes que a la de los reyes enanos. Aún así era robusta, de oro, sencilla y ligera; no era una corona llena de piedras preciosas ni elaborados diseños, pues Thorin pensaba que ninguna de las dos cosas iba con los gustos de su hobit, y precisamente su sencillez y los pequeños detalles que la adornaban: como los finales en pico que formaban su silueta o las pequeñas flores de plata que estaban talladas junto a los motivos geométricos tan propios de los enanos era lo que la hacía una obra maestra. No se podía duda de que había sido hecha exclusivamente para Bilbo, pues le quedaba perfecta en su pequeña cabeza y el color del oro, más apagado que el oro puro, estaba en perfecta sincronía con el color de su pelo. A Bilbo le gustó nada más verla, pues no se podía negar la belleza de la pequeña corona, aunque solo se la ponía en eventos formales, dado que no pensaba que fuese con su forma de vestir y, a decir verdad, era un tanto incómodo ir con ella todo el rato.

'No es lo suficientemente bonita para ti, mizimel.'

Bilbo se sonrojó. Nunca se acostumbraría a que Thorin le mirase así, con esos ojos que parecían que estaban mirando el tesoro más hermoso del mundo.

Fili y Kili no tardaron en entrar corriendo. Habían estado practicando con Dwalin y habían venido lo antes posible.

'Vosotros dos.' Dijo Bilbo soltando las manos de Thorin y mirando a los dos herederos. '¿No podíais haberos bañado antes?'

'El guardia dijo que era urgente.' Dijo Fili.

'Hemos venido en cuento nos lo dijo.' Acabó Kili.

'El Señor Elrond no estará aquí hasta dentro de un rato. Más os vale ir a cambiaros y asearos un poco.' Las palabras de Bilbo sonaban como las de una madre regañando a sus hijos por manchar el suelo con el barro de la calle. Fili y Kili se miraron. 'Vamos. Rápido.'

'Si, Bilbo.' Dijeron los dos y se fueron corriendo.

Thorin levantó ligeramente los labios en lo que podía considerarse una sonrisa. '¿Tu no pero ellos si?'

'No es lo mismo.' Dijo Bilbo con su voz de Bolsón. 'Yo estoy vestido de forma completamente aceptable, ellos no. A las visitas no se las recibe oliendo a huargo.'

No pasó mucho hasta que anunciaron la llegada de Elrond en Erebor y este recorrió el gran pasillo con su pequeño séquito. A su lado iban sus dos hijos, Elladan y Elrohir, tan parecidos que era difícil saber cual era cada uno, y detrás de él dos de sus guardias.

'Nos volvemos a encontrar, Thorin, hijo de Thrain, Rey Bajo la Montaña, y he de decir que me alegra que así sea. Muchas décadas han pasado desde la última vez que estuve bajo estos techos y, auque el reino de tus antepasados siempre ha sido digno de elogio, he de decir que no recordaba Erebor tan hermosa. '

Thorin inclinó la cabeza en señal de respeto. 'Es un honor tenerte como invitado, Elrond, Señor de Rivendell, y espero que tu y los tuyos disfrutéis de nuestra hospitalidad y comodidades durante el tiempo que dure vuestra visita.' Hacía mucho que un rey de Erebor daba la bienvenida a un Elfo con tan grandes palabras. Ese fue un detalle que no pasó desapercibido ni por enanos ni por elfos.

Elrond hizo un gesto con la mano y uno de los guardias suyos se acercó portando un cofre y lo abrió. Dentro estaba una exquisita colección de cubertería de plata con una vajilla a juego. Más tarde, cuando Bilbo inspeccionó los regalos, se dio cuenta que en dicha vajilla estaban dibujadas las Montañas de los Reinos de los Enanos.

'Me he tomado la libertad de traer esto como obsequio y muestra de agradecimiento ante la invitación al cumpleaños de vuestro sobrino.' Esto último lo dijo mirando a Kili. 'Espero que tenga lugar en vuestra mesa personal.'

Elrond no había olvidado como la compañía de Thorin le había roto alguno de sus platos y robado parte de sus copas y cubiertos, esta era la forma en la que Elrond le recordaba al rey que no era idiota. Thorin tampoco se había olvidado y encontró el gesto del elfo inteligente a la par que divertido. "Maldición", pensó para si mismo, pues Elrond estaba empezando a caerle no tan mal como quería pensar.

'No es a mi a quien debéis dar las gracias por la invitación.' Dijo Thorin mirando a Bilbo. Sabía que este quería dar la bienvenida a Elrond, aunque no podía hacerlo hasta que ambos hubiesen acabado con las formalidades propias de su rango. Bilbo le miró preguntándole con la mirada si ya podían hablar de forma cordial y Thorin asintió.

'No he olvidado gracias a quién me hallo hoy aquí.' Y Elrond miró al hobbit con una ligera sonrisa en la cara, pues estaba empezando a ver lo que Mithrandir veía en la raza de los hobbits, y sobretodo lo que le mago veía en Bilbo Bolsón.

No pasó mucho tiempo hasta que Elrond se encontró en los que serían sus aposentos durante los próximos días. Había llegado una semana antes del evento y pensaba aprovechar el tiempo del que disponía con su nuevo amigo e investigando Erebor, pues no todos los días un Enano dejaba las puertas abierta de su casa a un Elfo. Elrond sabía que su caso era una excepción y sabía que tenía dicho privilegio gracias a Bilbo, aún así estaba intrigado por el Rey Enano. Era cierto que en todos sus largos años de vida o había tenido gran relación con la gente de su pueblo, pues era bien sabido que los Elfos y los Enanos no se llevaban bien, aún así había algo en ellos que intrigaba a Elrond, que le hacía querer conocer más de su secreta cultural. Había visitado Erebor siglos atrás, pero por aquel entonces lo había hecho como el invitado de un joven Thrór y solo le había sido posible visitar las grandes salas. Fue en un tiempo cuando los Hombre, Elfos y Enanos tenían trato entre ellos y había paz. Mucho había sucedido desde entonces. Elrond nunca había sido alguien cercano al reino de debajo la Montaña, pero no había dejado de preocuparse y saber qué sucedía. Sabía de la enfermedad que había en el linaje de Durin, y tenía que reconocer que estaba seguro de que Thorin caería en ella, pues estaba destinado a ello. Lo que no podría haber previsto nunca con su profunda mirada de Elfo y su don de la premonición era el papel que iba a jugar el pequeño hobbit en toda esta historia.

La gran mayoría veía al hobbit al lado del rey y se preguntaban qué hacía una criatura como aquella al lado del rey enano más poderoso de la Tierra Media. Le veían como a alguien demasiado pequeño como para darle importancia, pues no era un gran guerrero ni un experto curador. Pero Elrond veía mucho más. Veía a alguien más fuerte de carácter que muchos de los Elfos u Hombre que había conocido a lo largo de su larga vida. Veía una criatura bondadosa y cariñosa capaz de hacer entrar en razón al más terco de los enanos. Veía a alguien que no era el más hermoso ni el más fuerte ni el más poderoso, pero sin embargo alguien con el suficiente valor de plantar cara no solo a un dragón, sino a todo aquel que se le pusiera por delante. Bilbo Bolsón era una criatura extraordinaria, y Elrond no quería dejar pasar la oportunidad de conocerle en profundidad.

Unos golpes en su puerta le hicieron salir de sus pensamientos.

'Adelante.' Dijo dejando la ropa que había traído en el hermoso armario de roble que había en su habitación.

Bilbo entró. 'Venía a comprobar que todo es de tu agrado. Y a ver si necesitabas algo.'

'Todo esta bien.' Dijo el elfo. 'Gracias.'

'Me alegro. También venía para invitarte a tomar el té, si te apetece. Imagino que estarás cansado del viaje y sé que esta noche tenemos una cena más formal, pero si quieres te puedo invitar a un té con tarta, si es de tu gusto.'

Elrond miró al hobbit durante unos segundos sin decir nada, y justo cuando Bilbo pensaba que su invitación no era de su agrado, este habló.

'Acepto la invitación con mucho gusto.'

Los guardias se sorprendieron al ver al elfo dirigirse a las puertas que separaban el Ala Real del resto del palacio, pero al ver que el hobbit iba con el se apresuraron a abrir las puertas, no sin antes mirarse entre ellos sorprendidos.

'Buenas tardes.' Dijo Bilbo con una sonrisa.

El elfo no dijo nada, simplemente siguió al hobbit.

'Tengo entendido que los Hobbits aprecian el hogar y su confort por encima de muchas cosas. No debió ser fácil cambiar tu agujero hobbit por esto.'

'La verdad es que no.' Dijo Bilbo sorprendiéndose a si mismo. No solía ser tan sincero sobre sus sentimientos de vivir en Erebor, pero había algo en el elfo que hacía que Bilbo se sintiese capaz de abrirle su corazón. 'No fue nada fácil. No me entiendas mal, Erebor es precioso, pero no deja de ser una montaña. Y todo es tan grande, los techos son tan altos. Bueno, imagino que no son tan altos para ti, pero para mi son muy altos.' Bilbo se paró delante de una puerta de madera labrada con escritos con runas. 'Por eso estoy tan agradecido del regalo de Thorin por nuestra boda. Puede parecer una tontería, pero a mi me hace sentir que estoy en casa. Que por mucha locura que suceda durante el día tengo un sitio de paz en el que poder refugiarme.' Y dicho esto abrió la gran puerta y Elrond entró en una estancia como nunca había visto antes, pues dentro de la Montaña Solitaria, en la parte más escondida donde los adornos y las arquitectura eran el esplendor de la cultura del Enano, se escondía un agujero hobbit. Era una estancia sin igual, pues una vez dentro nadie podría advertir que no se hallaba en la Comarca, de no ser porque la puerta no era redonda, el techo era más alto y no había tanta luz natural como en las estancias principales de Bolsón Cerrado. Era, sin lugar a dudas, un pequeño trozo de hogar, como Bilbo lo llamaba.