Capitulo 11:
Ginny se humedeció los labios, muy nerviosa, y tomó aire antes de hablar.
—Está bien.
—Quítate la parte de abajo.
—¿Yo?
—Sí, tú.
—Pero…
—Si lo hago yo, no podré evitar tocarte. Y aún no estoy listo para hacerlo.
—A mí me parece que sí lo estás.
Él se echó a reír, aliviando un poco la tensión.
—Más que listo. Y ahora haz lo que te digo, princesa.
—No sé si debería… Se supone que una princesa no recibe órdenes.
—Eres mi princesa… por ahora. Y eso significa que puedes acatar mis órdenes.
—En caso de que quiera hacerlo.
—Creía que habíamos zanjado esa parte.
Ella sonrió y se quitó la parte inferior del biquini. Extrañamente, no se sentía tímida ni cohibida por estar completamente desnuda ante él, sino impaciente por ver la reacción que le provocaba.
No quedó decepcionada. Una especie de jadeo ronco retumbó en el pecho de Harry. Sus ojos se entornaron, pero sus pupilas se dilataron por la excitación y su cuerpo se puso aún más rígido como si estuviera haciendo un esfuerzo supremo por no tocarla.
Ella se estremeció ante su intenso escrutinio, sintiéndose muy mojada entre los muslos. Tenía los pezones tan duros que le escocían con el suave roce del aire. Al final no fue él quien se movió, sino ella. Sus pies la acercaron a Potter como si tuvieran voluntad propia.
—Detente —ordenó él.
—No puedo —dijo ella, dando otro pasó.
Potter soltó otra especie de rugido y la agarró por los hombros, tiró frenéticamente de ella y tomó posesión de su boca con una fuerza incontenible. Sus lenguas se enzarzaron en un duelo salvaje donde la inexperiencia de Ginny no suponía el menor obstáculo.
En realidad, había practicado unas cuantas veces en su propia mano, pero a él no parecía importarle aquella agresividad descontrolada. De hecho, parecía gustarle mucho, a juzgar por su creciente arrebato.
A ella también le gustaba, y sobre todo le encantaba el roce de sus pechos desnudos contra su torso. Era una sensación tan increíble que perdió la concentración en el beso, pero Harry siguió besándola con una pasión desenfrenada y la obligaba a amoldar sus labios, y ella lo hizo de manera inconsciente mientras usaba sus cuerpos para explorar nuevos placeres. ¿Cómo había podido pasarse veintisiete años sin sentir algo parecido?
¿Cómo?
La respuesta era más inquietante que satisfactoria. Porque ningún otro hombre en su vida había sido Harry. Por eso lo estaba haciendo ahora, se recordó a sí misma. Y estaba dispuesta a disfrutarlo al máximo.
Intentó frotarse contra el bulto de Potter, pero él apartó los labios y la besó en la frente.
—Tranquila, princesa… Todo llegará.
—Harry, por favor…
—Sé lo que necesitas… ¿Confías en mí?
—Sí —respondió instintivamente, aunque su cerebro pudiera pensar lo contrario.
—Entonces espera un poco.
—No quiero esperar… —no podía reconocerse a sí misma, suplicando y jadeando de aquella manera.
—Pero vas a hacerlo.
Ella lo miró y vio el deseo que ardía en sus ojos verdes. Respiró hondo y aceptó.
—De acuerdo.
Él asintió y retrocedió unos centímetros, lo suficiente para romper el contado corporal.
—Respira para mí, princesa.
Fue entonces cuando ella se dio cuenta de que estaba jadeando y tuvo que concentrarse en respirar normalmente, de manera que su nivel de excitación, tan intensa que casi resultaba dolorosa, empezó a decrecer ligeramente. No se apagó su deseo, ni mucho menos, pero fue más consciente del ventilador que giraba sobre sus cabezas y del ruido que hacían los surtidores del jacuzzi.
Miró a su alrededor y vio el lujoso spa con otros ojos. El jacuzzi estaba en una esquina, y en la otra había una piscina de agua cristalina que conectaba con el exterior. Lina había abierto la mampara cuando se desconectó la alarma, de manera que podía oírse la bonita fuente que se levantaba en el jardín y la cascada artificial que caía en la piscina.
—Si quieres que me calme un poco, deberíamos ir a la piscina en vez de al jacuzzi —dijo.
La sonrisa de Harry fue tan sexy que desbarató cualquier intento por tranquilizarse.
—Buena idea, preciosa.
—¿Vas a quitarte los pantalones?
—Después de que te hayas metido en el agua.
Ella hizo un mohín con los labios y él se echó a reír.
—¿Sabes lo adorable que estás cuando pones esa cara?
Ella sacudió la cabeza. Nunca hacía mohines, ¿y, de verdad creía él que era adorable? Su sonrisa parecía confirmárselo, desde luego.
—¿Quieres que me meta en el agua?
—Sí.
—Pero tú vas a acompañarme, ¿verdad? —no tenía el menor deseo de «calmarse» sola.
—Pues claro, princesa. ¿Dónde estaría si no la diversión?
—De acuerdo —se giró y caminó hacia los escalones que descendían al agua. Un rato antes había metido la mano para comprobar la temperatura y sabía que era deliciosa, pero en esos momentos le provocó un escalofrío en su piel sobrecalentada. Aun así, se obligó a bajar los escalones hasta que el sonido de la tela deslizándose contra la piel la hizo detenerse y girarse para mirar a Potter.
Se había quitado los pantalones y también los calzoncillos, y su enorme miembro apuntaba erecto hacia su estómago. ¿Parecía más grande que aquella mañana?
Ginny tragó saliva. Sí, lo parecía. Potter empezó a caminar hacia ella y Ginny casi se quedó sin respiración. Su cuerpo era una autentica obra de arte. Absolutamente perfecto.
—Me estás mirando como si quisieras devorarme —dijo él.
—Tul vez sea eso lo que quiera.
—No digas esas cosas… O me darás ideas para lo que no estás preparada.
—¿Quién dice que no esté preparada?
Potter gimió.
—Por favor, princesa… cállate aunque sólo sea un minuto.
Ella obedeció y se sumergió completamente en el agua para nadar hasta el extremo de la parte interior de la piscina. No era muy larga, pero sí lo suficiente para ofrecerle a Potter una imagen de su cuerpo en movimiento.
Una parte de ella quería llevarlo hasta el límite. Estaba desesperada por consumar su relación… su trato, más bien. Era un trato, no una relación, y más le valdría recordarlo, por doloroso que fuera.
Unas fuertes manos la agarraron por la cintura y tiraron de ella hacia atrás.
—No se puede provocar a un halcón sin atenerse a las consecuencias…
—¿Qué consecuencias? —preguntó ella con voz ahogada.
—Los halcones son aves de presa.
—Creo que… quiero ser tu presa, querido Harry.
El cuerpo de Potter se estremeció.
—Di eso otra vez.
—¿Qué quiero ser tu presa?
—Lo que me has llamado.
—¿Harry?
Él le gruñó al oído.
—Querido —repitió ella.
—Me gusta —parecía confuso, e incluso molesto por la admisión.
—A mí también me gusta —afirmó ella, echando la cabeza hacia atrás y apoyándola en su hombro.
Él le dio la vuelta para encararla.
—Nunca he deseado tanto a una mujer como te deseo a ti.
Volvía a parecer molesto, y Ginny no quiso hacer ningún comentario sobre su sorprendente declaración. Pero las palabras salieron de su boca sin poder evitarlo.
—Ojalá me hubieras deseado tanto hace ocho años…
—Te deseaba.
—No es cierto. Te fuiste.
—En aquella ocasión no tenías nada para chantajearme. Bueno… sí lo tenías, pero no lo sabías.
Sus palabras aturdieron a Ginny. ¿La estaba tocando sólo por el trato que habían hecho? Era lo que le estaba insinuando… Y también decía que podría haberlo chantajeado ocho años antes.
Entonces supo de qué estaba hablando. Ocho años atrás se había quedado tan conmocionada por la traición de Potter que no se había parado a pensar que él también estaba traicionando a su padre. Al tocarla de aquella manera tan íntima estaba infringiendo gravemente su ética profesional.
Había tardado un par de años en hablar del tema con Luna y volcar en ella sus penas. Su amiga le había asegurado que para Harry no sólo había sido un trabajo, porque un hombre como él nunca pondría en compromiso a una persona virgen e inocente para cumplir con su deber, y mucho menos si su deber era protegerla.
Aquella certeza la había ayudado a recuperar un poco de confianza en sí misma. No lo bastante para abrirse lo suficiente a otro hombre, pero algo era algo.
Miró el rostro de Harry e intentó leer su expresión, sin éxito. Era obvio que la deseaba, y mucho, pero también había dejado claro que no intentaría saciar ese deseo si no fuera por el trato. Ginny ya lo sabía, y sin embargo se negaba a aceptarlo. Se había convencido a sí misma de que, a pesar de lo que Potter dijera, existía algo entre ellos que los superaba a ambos. Pero, por alguna razón, esas palabras le afectaban en ese momento como nunca le habían afectado.
Tal vez porque Potter las estaba diciendo a pesar de lo que habían hecho y de la prueba palpable de su excitación.
Tal vez porque finalmente estaba reconociendo que la deseaba y al mismo tiempo dejándole claro que sólo lo hacía por un pacto…
Fuera como fuera, no podía huir de la horrible verdad. Pero tampoco podía afrontarla. No importaba que creyera estar preparada. No importaban los principios que estuviera dispuesta a sacrificar. Por mucho que deseara a Harry, en aquel instante supo que no lo deseaba como resultado de un trato.
Tal vez nunca pudiera superar lo que sentía por él, pero si no podía tenerlo porque él la deseara do verdad… prefería no tenerlo de ninguna manera.
Se apartó de él sin la menor dificultad, ya que Potter no se lo esperaba, y se impulsó hacia atrás hasta llegar a los escalones.
—Esto ha sido una equivocación. Podemos irnos esta tarde como estaba previsto. Iré a Washington y me reuniré con mi padre.
El dolor era insoportable, pero no iba a derrumbarse emocionalmente como había hecho con diecinueve años. Al menos Harry no le había mentido. Solo había mentido ella a sí misma.
—¿De qué demonios estás hablando? —le preguntó él. ¿Y se puede saber adónde vas?
—Voy a mi habitación a vestirme y a hacer el equipaje.
—¿Qué? —exclamó él, prácticamente gritando—. ¿Por qué?
—No quiero chantajearte para que tengas sexo conmigo.
—No es lo que estabas diciendo hace unos minutos.
—Creía… —¿podría explicarse y salir de allí dignamente? Tenía que intentarlo, porque su orgullo no le permitiría lo contrario—. Creía que tú me deseaba.
—Y te deseo, maldita sea.
—¿Te has dado cuenta de que maldices mucho cuando estás enfadado?
—¿Y eso qué narices tiene que ver?
—Um… nada. Sólo era una observación.
—No intentes cambiar de tema. ¿De qué tienes miedo, princesa? Te dije que no te haría daño.
—No se trata de eso —dijo, luchando contra el deseo de volver a sus brazos.
—Entonces, ¿de qué se trata? —entornó la mirada amenazadoramente—. ¿Es una venganza por lo de hace ocho años?
—No, claro que no.
—Entonces, ¿por qué estás ahí y yo estoy aquí? —Su cuerpo se puso en tensión, preparado para ponerse en movimiento—. ¡Al cuerno! —exclamó, y se lanzó hacia ella.
Ginny sólo pudo dar un paso atrás antes de que él la hubiera agarrado fuertemente por la cintura.
Tiró de ella hacia él y volvió a sumergirla en el agua.
—Y ahora explícalo. Hazlo de un modo claro y concreto para que no haya lugar a malentendidos.
Vaya… Estaba realmente furioso, más de lo que nunca lo había visto, Y sin embargo Ginny no temía por su persona. La agarraba con fuerza, pero sin hacerle daño.
—Iré a Washington… no tienes que acostarte conmigo para conseguir que colabore de buen grado.
—¿Y si quiero hacer el amor contigo de todas formas?
—No quieres hacerlo. Sólo lo has dicho porque te sentías chantajeado.
—También he dicho que te deseo más de lo que nunca he deseado a otra mujer.
—Me deseabas hace ocho años y no hiciste nada porque yo no te obligué a hacerlo.
—¡Ginny!
—¿Qué? Eso es lo que has dicho.
—Ya sé lo que he dicho.
—Ya… ya puedes soltarme —quería apartarse de él antes de suplicarle que le hiciera el amor y acabar odiándose a sí misma.
Él bajó la cabeza hasta que sus frentes se tocaron y suspiró.
—No, nena. No puedo soltarte.
—¿Por qué no?
—Porque necesito hacer el amor contigo.
—Pero has dicho que…
—Ya sé lo que he dicho —repitió él—. Hace ocho años tuve la fortaleza necesaria para marcharme sin acabar lo que empezamos. Tal vez pudiera volver a tenerla ahora si no fuera por el trato, o tal vez no. Lo único que sé es que hemos llegado demasiado lejos para dar media vuelta… a menos que de verdad no quieras hacerlo.
Ella echó la cabeza hacia atrás para poder mirarlo a los ojos.
—Entonces… ¿esto no es por el trato? ¿Me deseas de verdad? ¿Aun sabiendo que iré a Washington contigo, pase lo que pase?
—Sí.
—¿Y no me guardarás rencor durante tres días?
—No te guardaría rencor ni durante una semana, pero creo que será mejor si respetamos el plan original.
Ginny no necesitó preguntarle por qué. Creía saber el motivo y estaba tristemente de acuerdo. Tenía la dolorosa sospecha de que cuanto más tiempo pasaran juntos mayor y más prolongado sería el deseo. Si Potter era brutalmente sincero, ella también podía serlo, al menos consigo misma. No sólo se trataba de superar una fijación sexual que podría durarle el resto de su vida, sino de compartir algo que nunca podría volver a sentir con el único hombre que le había llegado al corazón. Tal vez volviera a enamorarse algún día, pero nunca sería como en ese momento. El vínculo que compartían era demasiado especial, y así lo sentía ella sin importar lo que él sintiera… o no sintiera.
—Tres días —dijo Ginny.
—Tres días —corroboró él.
Entonces la besó y un caudal de emociones avivó las chispas de pasión que él había prendido antes, hasta que todas sus células estuvieron ardiendo de deseo febril.
El roce de sus cuerpos desnudos en el agua era increíble. Ella se contoneo contra él, descubriendo un montón de zonas erógenas mientras Potter le recorría el cuerpo con las manos, abrasándole la piel con su tacto.
No se dio cuenta de que se estaban moviendo hasta que sintió el agua de la cascada sobre ella. Habían salido a la zona exterior de la piscina, pero a Ginny no le importaba. Le resultaba maravillosamente natural… sin contar con el muro de tres metros que rodeaba el jardín y que el vecino más próximo estaba a medio kilómetro. De modo que podía relajarse, al menos mentalmente, y abandonarse a las sensaciones que Potter le provocaba. Todo su cuerpo gritaba de placer y deseo, y esa vez nada podría calmarla.
Él la desplazó por el agua, sin despegar los labios de los suyos, hasta que alcanzaron los escalones exteriores. Entonces la levantó en brazos y la sacó de la piscina.
—¿Adónde vamos?
Potter asintió hacia una tumbona de hierro forjado bajo un dosel romano, en medio de la hierba esmeralda.
—Oh —murmuró ella.
Él le sonrió con una expresión cálida e indulgente, pero ella tuvo cuidado de no sacar conclusiones erróneas. No iba a volver a engañarse a sí misma.
Potter la posó con cuidado sobre los cojines y le cubrió el cuerpo con el suyo.
—¿Te he dicho lo preciosa y sexy que eres, princesa?
—Creo que lo has mencionado alguna vez —respondió ella con la voz cargada de deseo.
—Mereces que te lo mencione más de una vez —dijo él, besándola por el cuello y los pechos.
—Gracias… Tú eres el hombre más sexy que he conocido.
—Me alegra oírlo —murmuró, antes de atraparle un pezón entre los labios y empezar a lamerlo con avidez.
Ella intentó tocarlo, pero él le agarró las manos y las puso sobre el cabecero de la tumbona.
—No te muevas, princesa.
—Pero quiero tocarte…
—Accediste a dejar el control en mis manos.
—Ahí dentro. Ahora estamos fuera.
—Quiero que le agarres a la barra. ¿Lo harás por mí?
Ella no podía negarle nada, y tampoco quería hacerlo.
—Sí.
Si las caricias de Potter le habían parecido intensas, no podían compararse con lo que estaba a punto de experimentar. Potter le acarició, lamió, mordisqueó y estimuló hasta el último palmo de su piel, dejándola temblorosa, jadeante y a punto de explotar. Entonces le separó las piernas con suavidad y se inclinó para llevar la lengua hasta la parte más íntima de su ser.
Ginny alcanzó el clímax en cuestión de segundos y enseguida empezó a gestar otro, La lengua de Potter le proporcionaba un placer incesante mientras su dedo exploraba el interior de su sexo. Sintió una presión punzante y un poco de dolor, pero el placer barría cualquier otra sensación. Entonces Potter introdujo un segundo dedo y los presionó hacia el interior, hasta tocar la barrera virginal.
Un segundo orgasmo estalló en su interior en menos de un minuto. Potter presionó un poco más y un dolor agudo se mezcló con la explosión de euforia y placer.
Cuando retiró los dedos los tenía manchados de sangre. Ginny la vio a través de la neblina que empañaba sus ojos y supo lo que significaba. Potter había roto su última burrera y la había reclamado como suya, como ningún otro hombre había podido hacer.
Una parle de ella que ni siquiera sabía que existía experimentó una alegría salvaje.
Potter se movió hacia arriba hasta cubrirla con su cuerpo. Apretó su miembro endurecido contra el sexo de Ginny, pero en vez de penetrarla empezó a frotarle el clítoris con toda su erección.
—¿Qué… cómo… qué…? —balbuceó ella. No podía articular una frase coherente, pero sabía que no era así como debía hacerse.
Salvo que la sensación era maravillosa, y él también parecía estar disfrutando. Su rostro estaba contraído en una mueca de éxtasis mientras sus embestidas iban ganando en fuerza y velocidad. El cuerpo de Ginny llevaba tanto tiempo esperándolo que empezó a buscar un nuevo orgasmo, y cuando éste llegó, oyó cómo Potter gritaba y sintió algo cálido y húmedo salpicándole el vientre.
Todo fue tan intenso que Ginny sintió que iba a desmayarse, pero se aferró a los restos de conciencia para no perderse ni un momento de placer.
Harry dijo algo contra su sien que ella no logró entender.
—¿Qué? —le preguntó en voz baja y aturdida.
Por un instante pareció que a Potter le invadía el pánico, pero enseguida adoptó su expresión de siempre y negó con la cabeza.
—Nada.
—Si tú lo dices…
—Quiero hacerlo otra vez.
—Menos mal que tenemos tres días.
Una sombra cruzó fugazmente los rasgos de Potter, antes de asentir.
—Sí.