CAPÍTULO 11.

En Casa.


1.

Estaba oscuro y frio. Era difícil describir aquel lugar de otra manera. Él estaba usando sus sentidos para guiarse, y hasta el momento le estaba funcionando, sus peleas habían sido triunfos, pero en aquella ocasión tenía delante justo al que esperaba como rival.

Miró a la enorme criatura unos segundos -tanto como su limitada visión se lo permitió-, luego cerró los ojos y se puso en guardia. El ruido de los otros animales era muy alto, era imposible no pensar que lo estaban haciendo a propósito para fastidiarlo.

Zoro sonrió ante aquella idea.

Seguramente al llegar recién a ese país en ruinas, la estrategia de aquellas criaturas habría resultado, en incluso le habría costado más tiempo perdido en recuperación y atención médica, pero a aquellas alturas el ruido del derredor no significaba nada para él.

La enorme bestia arremetió contra él a una velocidad imposible, y con agiles y elegantes ataques comenzó a ganar terreno sobre él, a empujarlo, a hacerlo retroceder... Zoro dio un paso atrás, sólo uno basto para que su orgullo saltara con rabia. Haciendo uso de toda su fuerza hizo retroceder al animal, el cual embistió nuevamente y finalmente el muchacho encontró el punto ciego que necesitaba.

Cuando todo pasó y la neblina comenzó a disiparse, finalmente abrió el ojo sano. Había pasado algo en su ataque que no había experimentado antes. Enfundó sus katanas pensando en ello y en lo útil que le sería un maestro en esos momentos.

2.

Al principio era aburrido pasar el tiempo a solas en aquella enorme mansión, le había costado aceptar aquello, aceptar que la verdadera razón para seguir al peliverde a todas partes, gritar todo el tiempo de manera escandalosa y comportarse como una niña pequeña era por el simple hecho de que no toleraba la soledad.

Le costó trabajo aceptar que Zoro era más fuerte como para no tener que preocuparse por que anduviera solo por la isla, incluso después de eso le seguía, convencida de que de otro modo no sería capaz de volver al castillo, pero finalmente se dio cuenta que aunque le constara trabajo en ocasiones, siempre llegaba a su destino.

Darse cuenta que ya no era requerida por el espadachín la deprimió un poco al principio, al punto de por varios días ni siquiera había estado con ánimos de salir de la cama, o incluso comer.

Los pensamientos autodestructivos la invadían a cada segundo. Se mudó de habitación porque sentía que debía estar enfadada con Zoro por no preocuparse por ella, pero luego se sintió extraordinariamente deprimida y molesta consigo misma por esperar alguna atención especial por parte del moreno.

Esos fueron días oscuros y lúgubres en su cabeza, pero comenzó a refugiarse en la lectura, después de todo el Shishibukai tenía una amplia y variada biblioteca.

Poco a poco comenzó a sentirse más animada. Comenzó a comer un poco más y a pasearse por la mansión mientras estaba sola. Descubrió una curiosa paz en la soledad, con las voces negativas de su cabeza apagadas encontró un nuevo sentido a sus propios pensamientos.

Lentamente sus mañanas comenzaron a ocuparse de nuevo en cosas que ella disfrutaba, no sólo la lectura, el dibujo de ropa, la idea de crear y armar cosas, la estética de la decoración...

Todo se volvió más agradable y llevadero, al punto que se dio cuenta que no necesitaba a alguien a parte de sí misma para estar feliz.

Una noche Zoro había entrado a su habitación y se había recostado en la cama con ella.

"— ¿Estas mejor?

— Sí.

— Me alegro."

Aquella simple conversación fue todo lo que obtuvo del espadachín, y aunque no fue gran cosa le sentó bien darse cuenta que sus atenciones no habían caído en saco roto.

Se recostó en la silla del dueño de la casa a continuar la lectura, pensando en los pocos días que había pasado con el shishibukai durante la convalecencia de Zoro. Recordar como aquel hombre había estado en vela, al pie de la cama del otro, atento, expectante, angustiado...

Era difícil de creer que dos hombres tan directos no fueran capaces de sincerarse el uno con el otro respecto a sus sentimientos, no podía evitar preguntarse qué cosa tan horrible les había ocurrido a cada uno de ellos para que les resultara tan aterrador aceptar el amor, aun cuando este les estaba gritando en la cara.

Tiempo atrás se había propuesto hacer algo para ayudarlos, pero ahora, por algún motivo todas las ideas que había tenido le parecían demasiado ridículas e infantiles, inclusive tontas.

Al final había decidido que una posición neutral era lo más prudente, pues desconocía la causa de los miedos de cada uno, no podía menesteres así como así por terreno minado. Ambos le importaban demasiado como para arriesgarse a cometer algún error que en lugar de unirlos acabara por separarlos.

Suspiró largo y tendido, resignada.

— ¿Te encuentras bien?

Ella levantó la mirada y se encontró con la expresión preocupada del peliverde. Sonrió.

— Nada que nos pueda quitar el sueño.

— Excelente, porque preparé la comida.

La chica frunció el ceño, pero le siguió cuando le hizo un ademan. Afuera había un enorme jabalí asándose, y ella rió.

3.

Se recargó en el balcón y sintió la brisa marina en su cara con los ojos cerrados, y por un momento en todo aquel tiempo pudo imaginarse en el Suny, con sus nakama. « Espero que estén bien. » No podía evitar no sentirse preocupado, aunque en el fondo sabía que todos debían estarse esforzando para que las cosas resultaran de la mejor manera. El nuevo mundo los esperaba, y tenían que estar listos para enfrentarlo.

Una ventisca helada le produjo un escalofrió que le erizó la piel, estremeciéndolo. Abrió los ojos y vio una balsa llegar. Su expresión de asombro fue inmediata, al igual que la incertidumbre que lo invadió.

Tomó sus katanas a toda velocidad y salió rumbo a la playa, bajando de un saltó por el balcón, temiendo perderse en aquel momento.

4.

La mente de Mihawk había estado demasiado dispersa tras retirarse de la compañía de Sir Crocodaille, su conversación -inútil e innecesaria- había terminado quitándole la tranquilidad que aquellos polvos y distracciones le habían dado por un momento.

¿Por qué insistía en que lo que lo ataba de aquel modo al peliverde era sólo una obsesión? Era en realidad algo más simple de lo que parecía, y al mismo tiempo era realmente apabullante, aquellas noches de compartir el lecho con alguien en varias ocasiones la imagen del joven había cruzado por su mente, ocasiones poco apropiadas en las que había tenido que trastabillar para no decir el nombre equivocado.

Una voz en su cabeza no dejaba de repetirle que aquello no era sano, la misma voz que no paraba de recordarle la sugerencia de su amante: "— Entonces tómalo y ya." Cómo si aquello realmente fuera a hacer que las cosas desaparecieran mágicamente.

Además, ya antes había concluido que el muchacho le importaba... quizá de haberlo hecho en un inicio las cosas no habrían llegado a ese punto... y qué punto era ese... realmente no tenía idea.

Al desembarcar en Kurainaga lo primero que hizo fue levantar la vista hacia su mansión, y lo primero que vio fue al peliverde. De un segundo a otro el joven iba a paso rápido hacía él.

"— Tómalo y ya."

Su cuerpo se tensó, su espalda se irguió y su expresión se endureció, pues de otro modo podría mostrar esa turbación que le llenaba los sentidos y que él mismo no era capaz de comprender, no obstante comenzó a caminar hacía su castillo.

— ¡Mihawk! — la voz del muchacho le erizó la piel, pero simplemente dejo de andar y se cruzó de brazos, expectante.

5.

Zoro corrió, sin apartar la mirada del mayor, temiendo perderlo en un parpadeo.

Miró al shishibukai andar con ese porte y esa elegancia que tanto le gustaban, como un pavorreal en todo su esplendor.

— ¡Mihawk! — No pudo más, se detuvo a unos seis metros a la expectativa. El shishibukai también paró, se miraron uno al otro por varios segundos, mientras el menor recuperaba un poco el aliento. Finalmente suspiró y sonrió —. Bienvenido a casa.

Mihawk no fue capaz de ocultar la sorpresa. Esperaba muchas cosas al volver a ver al muchacho, cosas como reclamos o acusaciones, una pelea, rencor, reproche... esperaba cualquier cosa, menos aquello. Sin darse cuenta su mirada se suavizo, sus labios se curvaron y toda la tensión que sentía desapareció.

— Estoy en casa.

Continuará...