Disclaimer: Está demás decir que ningún personaje de Percy Jackson me pertenece. Sólo una historia para entretenimiento, sin fines de lucro.
Summary: Una misión simple hace surgir asuntos complicados. Quizá Percy no sea el héroe invencible que el creyó. Los dioses están más metidos en su vida de lo que él cree.
Cronología: Después de "La batalla del Laberinto" y antes de "El último héroe del Olimpo" (Percy Jackson y los dioses del Olimpo).
XI
No corra, no grite, no empuje.
Amaba viajar.
La incipiente sensación de la adrenalina por lo desconocido ligada a cada nuevo viaje, le fascinaba. Conocer un sitio nuevo, como abrir un libro único y lleno de rincones misteriosos e historias que conocer, desentrañar. Si alguien se lo preguntaba, juraría querer dejarse ir la vida en ello. Tal vez, si ella no fuese una semidiosa, acosada por engendros del inframundo a cada paso, podría hacerlo. Y, si aquel viaje no fuese cortesía de un dios olímpico en medio de uno de esos ataques, sin duda, lo aceptaría.
Era una pena que Hermes, siendo un dios viajero, no les garantizará la satisfacción completa del servicio.
Su estómago se contrajo, provocándole nauseas. El muro se estrelló contra ella sin previo aviso. Tras de sí, el revuelo cortesía de los lestrigones, fue sustituido por el eco de sus pies y una tímida tonada de música ambiental lejana. Inundando su visión, la luz fluorescente le mostró su destino. Sobre su cabeza, una infinidad de escaleras se extendía hasta fuera de su campo visual. Sujetó la barandilla con fuerza para equilibrarse y descubrir la puerta al frente, aun oscilando. El rojo del letrero luminoso de SALIDA, zumbaba ligeramente.
– ¿Están todos bien? –saltó Thalía, incorporándose tambaleante. Al parecer no era la única desorientada por el torbellino espacio-tiempo.
– Define bien –gruñó Nico, recuperando su espada escalones abajo.
– ¿Dónde estamos? –susurró Percy, como si acabara de despertar de una siesta, sin mostrar intenciones de levantarse.
– En el cubo de escaleras de un edificio bastante alto –soltó Annabeth, como si fuera lo más natural del mundo.
– A salvo –agregó Thalía.
Annabeth asintió, empujando lentamente la puerta por la que momentos antes, salieron disparados. A través de su delgada línea visual, sus ojos se llenaron de blanco y una ventisca de aire acondicionado le despertó. Se agazapó cuando una figura pasó por delante de la puerta, despreocupadamente, y descubrió a un turista admirando un objeto a unos metros.
– Es un museo –dijo Annabeth de vuelta, cerrando la puerta, como si se respondiera a sí misma una interrogante.
– ¿Qué dices?
– Estamos en un museo –repitió más alto, optimista, volviéndose con Thalía y el resto, bastante aturdidos para vitorear.
– ¡Claro! De todos los lugares a los que necesitamos llegar, un hospital, el Empire State, la quinta avenida, el Campamento Mestizo… ¿un museo? –Bramó Thalía – ¿Bromeas Hermes?
– No creo que un hospital nos fuera de mucha ayuda –balbuceó distraído Nico.
– Cómo digas –masculló Thalía, dirigiéndose a cruzar la puerta por segunda ocasión –Tenemos que movernos.
La luz diurna inundaba ya el edificio. Un collage de portadas de revistas en orden cronológico plagaba el muro contiguo a la puerta. Al centro del salón, una montaña de chatarra de acero maltrecho, se presentaba como un objeto de curiosidad. Bajo la pieza, una inscripción rezaba que aquel pedazo de metal solía ser la vieja antena en una de las desaparecidas Torres Gemelas. Cuando su vista se detuvo sobre la triple altura del vestíbulo central, y lo que debía ser la fachada acristalada del edificio, su mente hizo clic.
– El Newseum, en Washington.
– ¿Eh? –gesticuló apenas Percy, junto a ella.
– ¿D.C.? –cuestionó Thalía, enarcando las cejas.
– Papá me prometió venir este verano, pero…–Annabeth se detuvo ante la idea.
– Menos de cuatro horas, ¿no? –agregó la hija de Zeus, desviando el tema.
– Si pisas hasta el fondo, incluso tres –sugirió Nico.
– Entonces conseguiré un buen auto –aseguró Thalía, antes de continuar hacía el vestíbulo.
El resto de los turistas apenas y repararon en ellos, confundiéndoles con miembros rezagados de una excursión estudiantil. Cuando se detuvieron a esperar su elevador, la pregunta salió tan pronto llegó a su mente.
– ¿Qué era lo que hablaban con Hermes? –inquirió Annabeth, de pronto.
Percibió la tensión asaltando el cuerpo de Thalía y Nico, el nerviosismo en el intercambio de miradas.
– Será mejor comer algo primero –murmuró seca Thalía, mientras entraban al elevador. Su estómago volvió a encogerse, como si fuese víctima de un segundo viaje de salto. A su lado, Percy se abrazaba a sí mismo, presionando sus labios en una línea, sosteniendo una batalla interna. Con el reflejo de él reproduciéndose contra el suyo en el espejo del elevador, la diferencia de tonalidad entre la piel de Annabeth y la grisácea de Percy, era más notable que nunca.
Eres la única que lo entendería.
Sacudió su cabeza, en un fallido intento de alejar esa imagen de su cabeza. Las manos frías sobre su piel, la punta de su daga picando las costillas del hijo del mar.
Ya no quiero sentir más dolor.
La ola de desesperación golpeándola de nuevo se disipó cuando las puertas se abrieron frente a ella. El vestíbulo estaba casi vacío. Unas cuantas miradas curiosas giraron hacia ellos. Al salir del elevador, entendió que no los observaban a ellos. Lo veían a él. Quizá su apariencia encajaría mejor en una sala de emergencias, que allí. Percy se tambaleó antes de dejarse caer sobre una banca cercana, con la mirada perdida.
– Quince minutos –zanjó Thalía, adoptando nuevamente su voz autoritaria –tomamos un bocado y salimos de aquí.
– Creo que dejamos la comida en Illinois… –reparó Annabeth.
– Nico y yo buscaremos algo de comida, esperen aquí…
No discutió cuando ellos se alejaron dando zancadas. Sólo un escalofrío le recorrió al notarlos en la lejanía, intercambiar palabras, demasiado tensos para disimularlo. Su instinto no se equivocaba al decirle que algo ocurría entre ellos. A su lado, Percy parecía ignorar el ritmo de acontecimientos a su alrededor. Y no le culpaba.
– ¿Estás bien? –se arrepintió de preguntarlo apenas lo dijo. La respuesta era obvia. –Oye, creo que es buen momento para usar el regalo de tu padre.
Desde algún punto del limbo del dolor, Percy negó con pesar.
– ¿Percy?
– Eso es lo que quería decirme –murmuró.
– Nos quedan tres o cuatro horas, no tienes por qué soportarlo más –terció ella. Percy bajo su cabeza, ocultando su rostro.
– La morfina que me dieron en Kansas, era para cuatro días –confesó Percy.
– ¿Entonces por qué…
No era una operación complicada. Salieron temprano de Kansas un miércoles. Cuatro días. Él debía tener ahora mismo aún una última dosis de reserva. En teoría.
– Yo no… era demasiado y… –ahogó sus palabras en un murmullo incomprensible.
Las agotó. Usó premeditadamente grandes dosis de una droga mortal en un intento de aliviar el dolor infrahumano. Ahora se castigaba a sí mismo por no resistir la tortura sin ella. Porque ni agonizante, Percy se permitía un poco de autocompasión.
– Esa cosa está matándote, no esperaba que lo soportaras sin ayuda –reparó Annabeth, en un hilo de voz.
Alzó la cabeza, sólo para devolverle una mirada lúgubre.
– Debe ser así.
Negó aturdida, sin ser capaz de creer lo que él le decía. ¿Qué era lo que volvía cada vez más complicado siquiera razonar con él?
– Sacrificarte no es un deber.
– Annabeth: somos semidioses –espetó él, arrastrando con amargura sus palabras –nacimos para ello.
Estrechó los ojos sobre él, mientras se hundía más en la banca.
– ¿Por eso vas por allí sin cuidado arriesgando tu vida cada que puedes? –Rabió Annabeth, antes siquiera, de que su mente hilara por completo la idea – ¿Crees que eso es lo único para lo que sirven nuestras vidas?
Dolió incluso decirlo. La cabeza le palpitaba por la rabia, dimensionando la aberrante idea que Percy excusaba. Luego de los últimos meses, observando impotente, al hijo de Poseidón retar a la muerte en innecesarios actos de heroísmo vacío, comprendió la convicción que lo movía a hacerlo. No se culpó por entenderlo hasta ahora: el nuevo concepto de su existencia como semidiós era simplemente, un disparate. Turbio y pesimista, pero aún así, una tontería bastante seria que estaba cerca de matarle, si no se daban prisa. Lo escudriñó a través de su vista empañada, descubriéndole tensando su mandíbula con fuerza, ese nuevo hábito suyo que algún día terminaría dislocándole la quijada.
Un sándwich kamikaze la devolvió a la realidad, descubriendo a Thalía y a Nico de vuelta.
– No vuelvo a dejarlos a ustedes dos solos –sentenció Thalía, observándoles a cada uno como si siguiera un juego de tenis –Sándwiches fríos, era todo lo que tenían.
Annabeth tomó el pequeño paquete que había aterrizado en sus piernas, intentando limpiar sus lágrimas torpemente.
– Cerrarán en veinte minutos –musitó Nico, vigilando la entrada donde algunos turistas comenzaban a retirarse.
– Ya no estaremos aquí para entonces –aseguró Thalía con la boca llena.
– ¿Encontraste algún auto? –preguntó Annabeth, deshaciéndose de la envoltura del emparedado.
– Ninguno que me guste –titubeó la cazadora sorbiendo sonoramente su soda –Cuando termine la semana, mi fotografía estará en los 10 más buscados ladrones de autos.
– Eso es discutible –sospesó Nico.
– ¿Dudas de mi habilidad de ladrona?
– Cabaña once –zanjó Nico.
– No es justo, esas sabandijas hurtadoras lo traen en la sangre –defendió Thalía –Si no vas a comerlo, será mío –agregó, señalando el sándwich que Percy seguía sin tocar.
Annabeth se mordió el labio clavando su vista sobre el suyo. Ahora sabía que por lo que respecta a su propia sobrevivencia, a Percy había dejado de importarle desde hace mucho tiempo. Casi un suicidio. Pilló a Nico lanzando una mirada furtiva a Percy, como quien ve a un condenado.
– Hay que terminar de comer en el camino –propuso Annabeth.
– Lo que digas –acordó Thalía, echándose a andar rumbo a la salida.
A través del ventanal del atrio de la entrada, la avenida se congestionaba del flujo de autos vespertino. Imaginó todas aquellas personas regresando a casa luego de un largo día de trabajo. Los esperaría una cena caliente y una noche tranquila. Así, cada día, por el resto de sus vidas. ¿Era eso realmente mejor que vivir al límite, luchando por sobrevivir día tras día? ¿Era aquello lo que Percy desearía, en lugar de estar junto a ellos enrolado en una misión? Giro hacia él para verlo arrastrar los pies tras de Thalía, ocultando bajo su rostro perlado de sudor cualquier queja.
– Lo siento señorita, pero esta entrada ya ha sido cerrada –anunció el vigilante en la puerta –encontrarán otra salida al fondo, cruzando el vestíbulo, a la derecha de las escaleras.
– De acuerdo –bramó Thalía con falso agradecimiento en su voz. Giró hacia ellos rodando los ojos, regresando –Tonterías –bufó pasando junto a ella.
Se perdieron al entrar a un par de salas más, hasta que encontraron otra sección de escaleras.
– Debe estar por allí –señaló Annabeth, adelantándose. Viró a la derecha, antes de frenarse en seco. Olía aire fresco, y azufre.
– Es una broma ¿no? –musitó Thalía, deteniéndose tras su amiga.
– Una muy real –añadió Nico, antes de ser acallado por el rugido.
– Corran –murmuró Annabeth, volviendo sobre sus pasos.
– ¿Annabeth?
– ¡Corran!
Sus pies reaccionaron de inmediato. El vibrar bajo sus pies, y los estrepitosos rugidos tras ellos, era su única referencia confiable. Primer piso, derecha, vuelta, subir. Segundo piso, vuelta derecha, y cientos de revistas viejas volando a su paso. Cuando volvió a sentir su cuerpo, estaba por llegar al tercer piso.
– ¿Annabeth? –intentó Thalía.
– Tengo un plan –salvó ella.
– Eso quise creer cuando te vi encerrarnos hasta el fondo de este lugar –comentó la cazadora.
– Las escaleras de emergencia, ¿no? –intentó Nico. Annabeth le asintió, casi con una sonrisa. Ese chico era listo.
En algún punto muy cercano a ellos, la quimera rugió. Annabeth decidió en ese momento que, con tres cabezas –león, cabra y dragón- más el complemento escupe fuego, esa era la criatura mitológica que más detestaba. Quizá solo por debajo de las arañas. Subieron pitando un piso más, hasta llegar a una amplia sala de exposición de periódicos centenarios.
–Necesitamos una distracción…
Antes que pudiera terminar de vociferar su plan, la cola de la quimera colisionó contra Nico, lanzándole como un muñeco de trapo hacía el ventanal. El cristal se estalló, tragándose al hijo de Hades en el acto.
– ¡NICO!
Thalía rugió llamándole, lanzándose hacia él. Una llamarada la regresó de vuelta atrás, donde Percy lograba apenas defenderse. Realizaba un esfuerzo inhumano sólo para sostener su espada en alto. Sus estocadas eran lentas y débiles, sin ninguna posibilidad de ganar. Pero era obvio que él ya lo sabía. Intentaba salvarlos.
Darles tiempo.
Otra llamarada activó la alarma contra incendios. Las sirenas chillaron estrepitosamente. Sobre ellos, una tubería explotó, empujando con la presión a la quimera rumbo a las escaleras, fuera de su vista. Exhausto, Percy lo observó alejarse mientras caía sobre sus rodillas. A su derecha, Thalía gritaba sobre el ventanal roto extendiendo su brazo hacia abajo. Annabeth corrió hacia ellos, encontrando al chico unos metros abajo, sujeto de los paneles de la fachada del edificio. Notó con horror las manos sangrantes de Nico aferrándose a la orilla del ventanal roto.
– ¡Toma mi mano! –le ordenó Thalía.
– Dijiste que no volviera a tocarte.
– Dioses, ¡sólo tómala!
Nico extendió su brazo con un gesto de dolor.
– No me sueltes –le advirtió Thalía.
– No pensaba hacerlo.
Lo jaló en un sorprendente arranque de fuerza hacia arriba, desplomándose junto a ellas. Sus manos dejaron una huella de sangre sobre el mármol y con un hilillo rojo corriendo por su oreja, pero además de ello, lucía intacto.
– ¿Estás bien? –consultó Thalía mientras le ayudaba a ponerse en pie.
– Eso creo.
Ella asintió. Un rugido del cubo de las escaleras las estremeció.
– Tenemos problemas –les recordó Annabeth.
– ¿Dónde está Percy? –inquirió Nico, preparando su espada.
Giraron hacia atrás. La sala estaba destruida y las luces parpadeaban. Chispazos de electricidad saltaban desde el techo, pero no había rastro de él. Thalía desplegó a su Egida y cargó hacia las escaleras, seguido por Nico y Annabeth. Evadía con dificultad las embestidas de la quimera. La temperatura se había elevado tanto que comenzaba a sofocar el ambiente. Thalía arrojó un impulso eléctrico que se interpuso entre las garras de la criatura y Percy. La quimera giró hacia ellos, reparando en su presencia.
– ¿Qué pasa? ¿No te gustan los rayos? –alegó Thalía. Las tres cabezas soltaron un rugido antes de responder escupiendo fuego. Se arrojaron al suelo justo antes de que las llamas llegaran. El calor era tan abrasador que hacia que la piel latiera dolorosamente. Otro quejido agudo llamó su atención. Se incorporaron para encontrar a Percy lanzándose nuevamente contra ella.
– ¿Qué demonios cree que hace? –masculló Thalía.
– Comprarnos tiempo –murmuró Annabeth.
– No podrá contra esa cosa solo –dijo Nico.
– ¡Salgan de aquí! –Percy giró un par de segundos para advertirles, antes que una de las garras lo arrojara contra un muro. Escucharon sus huesos impactar en un sonido sordo, dando de bruces en el descanso de las escaleras del piso inferior. Thalía rugió frustrada, lanzando otro rayo.
– ¡Percy! –Annabeth corrió tras él, dejando a Nico y Thalía encargarse. Se deslizó bajo la criatura y descendió por las escaleras hasta alcanzarlo.
– ¿Percy?
Se había incorporado sobre sus rodillas y presionaba sus manos en su garganta. Un pillido salía de su boca y sus labios lucían azules. Le había golpeado justo en el pecho y luchaba por respirar.
– Tranquilo…
Lo arrastró hacia la sala de exhibición de ese piso, lejos del peligro, sentándolo tras la puerta.
– Tranquilizate –le repitió, aunque no sabía si se lo decía a él o a sí misma. – El golpe te sofocó, sólo respira.
Sus ojos estaban desorbitados por el horror. Suponiendo que Percy no conocía la sensación de ahogarse, debía de estar desesperado. Su pecho comenzó a convulsionar y se lanzó hacia un lado, vomitando en rojo. Un piso sobre ellos, Nico gritó llamando a Thalía. El aire se sentía frío y cargado de electricidad. Un escalofrío le recorrió la espalda. La pelea se debía estar congestionando de sombras y rayos.
– Arriba…
Su voz salió ronca y profunda.
– Thalía y Nico se encargarán –le aseguró Annabeth. O al menos, ese era el trato. Percy no estaba en condiciones, y sólo lograría desgastarse.
– Ayud…
– No podemos ayudarles –mas concretamente, él no podía. Percy lanzó un graznido que debió ser un rugido de frustración, haciéndose un ovillo en el suelo. Su respiración seguía pillando, y temblaba demasiado para su gusto. Sin pensarlo, ella hundió su mano en su cabello, acariciándolo.
– Sólo respira lentamente –le murmuró –Ya pasará.
El edificio se estremeció bajo una explosión, y enseguida, se hundió en silencio. La electricidad falló, y el crepúsculo apagándose en el horizonte, era lo único que les iluminaba. La respiración de Percy ahora era escandalosa. Annabeth afinó su oído intentando averiguar el destino de sus amigos.
– Iré a echar un vistazo. No te muevas –le susurró, depositando un corto beso en su cabeza antes de salir. La respiración de Percy pareció alentarse luego, pero no se quedó para averiguarlo. Deseó que él no estuviera lo suficientemente consciente para recordar ese detalle después. Cerró las puertas de la sala tras ella. El vestíbulo estaba oscuro. No por falta de luz. El aire se había teñido de tinta negra, pululando hacía el resto del edificio.
El murmullo de sus voces la ayudo a encontrarlos. La oscura figura de Nico se encontraba inclinada sobre lo que debía ser Thalía. El acero estigio de su espada les brindaba un fulgor rojizo, bañando sus rostros en escarlata, en medio del mar de tinta oscura. El débil parloteo se detuvo cuando los ojos de Annabeth conectaron sobre el hijo de Hades, sorprendiéndole con una sonrisa en el rostro.
– ¿Qué ocurrió? –murmuró Annabeth, acercándose a ellos.
– ¡Nico hizo cabum! –balbuceó Thalía, intentando incorporarse.
– ¿Eso es bueno o malo? –reparó Annabeth.
– ¿Regresar al Tártaro a esa quimera? –espeto Nico, ayudando a Thalía a incorporarse – Dímelo tú.
– Nico di Angelo, tus manos… –murmuró la cazadora, de pronto, perdiéndose en el contacto de sus manos.
– No es nada –alegó, ocultando sus manos teñidas de rojo.
– Chicos, necesitamos movernos –recordó Annabeth.
Thalía asintió, pegando un salto torpe al ponerse de pie.
– ¿Dónde está Percy? –cuestionó, notando de pronto su ausencia.
Annabeth tragó saliva.
– Sofocado, en el piso de abajo, nada grave.
Sintió la mirada de Thalía desviarse inevitablemente hacia Nico.
– ¿Qué hora es?
– Nueve y quince –respondió Annabeth, intentando interceptar la mirada de Thalía –¿Qué hay con eso?
Los observó asentir entre sí.
– ¿Qué hora era cuando nos atacaron en Utah?
– ¿Las dracaenas? Alrededor de las once, pero, Thalía ¿qué tiene que ver esto con…
– No nos queda mucho tiempo –soltó, echándose a correr a las escaleras –Vayan por Percy, buscaré un auto, los veo en el vestíbulo.
– ¡Thalía!
La cazadora detuvo su marcha para volverse con su amiga.
– Dime algo Annabeth –susurró Thalía, sosteniendo el aliento –¿Qué tanto deseas salvar la vida de Percy?
– Yo…
¿Realmente Thalía estaba preguntándolo? El simple acto de presencia en esa misión, en contra de la naturaleza de las búsquedas, debía bastar. Ella lo sabía. Todos, en realidad. Incluso, a pesar de ser un cabezota, Percy lo sabía también. ¿Qué más daba esa pregunta ahora?
– Lo sabes –soltó Annabeth –Sabes que es lo único que quiero…
Thalía asintió.
– Entonces, no lo olvides –le devolvió, antes de desaparecer de su vista.
–.–
De vuelta a la entrada principal, apenas y notó lo desolado que se encontraba. Quizá se preguntaría que había pasado con aquel vigilante o el resto del personal del museo, pero su mente estaba bastante ocupada encontrando la forma de hilar la pregunta de Thalía. Se recordó tirar el brazo de Percy, ayudándole a saltar sobre los trozos de cristal que se conservaban pegados al marco de la puerta de acceso, ahora rota. En el otro flaco, Nico se arrastraba como podía, empujando a Percy a caminar. No es que el hijo de Hades luciera particularmente bien, ya que en este punto, todos parecían necesitar una buena dosis de néctar; pero al menos era capaz de poner un pie frente al otro sin amenazar con desvanecerse.
Las farolas de un sedán la cegaron por un instante. Dentro del Mercedes Coupe platinado, Thalía le devolvió una mirada severa.
– Les dije que conseguiría un buen auto.
Luego de empujar a Percy dentro, el resto de Washington se desvaneció en una lluvia de luces pasando a su lado.
– ¿Cómo está? –insistió Thalía, echándole un vistazo por el retrovisor. Annabeth se giró a su lado, en el asiento trasero, hacía Percy.
–Estable –se arriesgó a definir. La cazadora le devolvió una mirada nerviosa, cómo si la respuesta fuese irrelevante, envolviendo con fuerza el volante con sus manos.
– Annabeth: él no lo logrará –sentenció al fin Thalía.
Sacudió la cabeza, helándose por completo.
– Él puede…
– Plazos. Eso era lo que hablábamos con Hermes –soltó Thalía.
– ¿Qué quieres decir con plazos?
– Nosotros…–se detuvo un momento, como si la referencia de Nico y ella, le incomodara –teníamos una teoría. Pero necesitábamos consultarla primero. Y Hermes es el dios de los viajes, sabe de tiempos, ciclos…y plazos.
Annabeth volvió su vista hacia Percy. Las piezas parecían unirse en varios escenarios posibles, ninguno de ellos, favorecedor para el hijo de Poseidón.
– ¿Dices que…él tiene el tiempo contado? –pronunció Annabeth, temerosa de la respuesta.
Escuchó a su amiga suspirar, antes de continuar.
– Artemisa me lo advirtió: esto no es una búsqueda. –Sentenció Thalía –Es una cacería. Los licántropos en Las Vegas, las dracaenas en Utah, las empusas en Kansas y luego esto. Somos sus presas…
– …y lo quieren a él –añadió Annabeth –Es por ello que las empusas lo buscaban.
– Y por qué todas las dracaenas se fueron contra él esa noche –repuso Thalía –Siempre fue su objetivo. La misión no era una trampa para los Tres Grandes, sino para sus hijos. En especial para él.
– La profecía –recordó Annabeth – ¿Lo sabías y no lo mencionaste?
– Creí que lo lograríamos…
– ¡Y lo haremos! –Rugió Annabeth – ¿Cuál es la diferencia?
– ¡Que ningún Olímpico puede salvarle! –bramó Thalía de vuelta –¡Esa es la jodida diferencia!
Y allí, sentada en la parte trasera de un sedán camino al Olimpo, su mundo se derrumbó. De pronto le pareció estúpida la simple idea del pie de Thalía pisando a fondo el acelerador. No tenía más sentido darse prisa. Todas las escalas, las evasiones y la carrera contra reloj que vivían desde su salida del hospital St. Luke, eran inútiles.
– Pero nosotros sí –rompió Nico el silencio.
– ¿Qué quieres decir? –cuestionó Annabeth.
Nico observó a Thalía, rígida como una roca frente al volante, antes de girar con ella.
– Cuando Percy salvó a Thalía, en el río, fue cuando lo notamos –terció, incómodo, como si confesara un secreto mutuo –La vegetación cerca de donde cayó Percy moría. Y no solo eso. Todo a su alrededor parece consumirse.
– Nico, no creo…
– Vamos Annabeth, también lo has notado –insistió Nico –Estar cerca de él es…angustiante.
Mordió su labio al escucharle. Claro que lo sentía. Pero eso no era particular a esa última semana, sino a los últimos meses. Era como estar frente a otra persona, cómo si Percy se hubiese desvanecido y alguien más reclamara su cuerpo.
– Así fue cómo lo descubrimos –continuó Nico –No es veneno.
– Percy está muriendo –espetó Annabeth, cómo si verlo agonizar no fuera suficiente para creerlo –¿Y dices que lo que lo mata no es un veneno?
Nico negó severamente.
– Es una esquirla –confirmó Nico –De la espada de la dracaena. Y podemos sacarla.
Volvió a negar por instinto. Por primera vez, la hija de Atenea se encontraba sobrecargada por el caudal de información que recibía.
– Lo vi. Cuando la dracaena lo atacó –añadió Nico –está allí.
– Entonces un olímpico podría…
– No llegaremos al Olimpo a tiempo –cortó Thalía, volviendo a la conversación –Plazos, Annabeth. Cualquier mortal moriría en menos de 24 horas con esa cosa dentro. Un semidiós, con suerte, una semana. Y a Percy se le está acabando la suerte.
– ¿Están pidiéndome que yo…que lo haga? –reparó Annabeth, disipando su mente.
Thalía suspiró sonoramente.
– ¿Qué tanto deseas salvar la vida de Percy Jackson? –repitió.
– No pueden hacerme esto.
– Eres la más indicada –insistió Thalía –Podrás encontrarla, serás cuidadosa y, él…él confía en ti.
Aspiró profundamente, intentando volver en sí. El tiempo de Percy se terminaba. Salvarlo, ahora, estaba en sus manos. No más en un destino a horas de allí, confiando su vida a la caprichosa benevolencia divina, sino en el acto de decidir reabrir su piel. Una ironía, considerando que la última vez que estuvo tan cerca de verle morir, buscaba desesperadamente la forma de cerrar dicha herida.
– No puedo –clamó Annabeth con pánico, mientras observaba su daga.
– Tienes que hacerlo –rugió frustrada Thalía al volante.
– El alma de un héroe, una hoja maldita habrá de segar –citó de la profecía Annabeth.
Nico la observó con pánico.
– Es del inframundo. Tienes que abrirlo con un objeto del inframundo también –el chico le extendió su espada de acero estigio. –Úsala.
Annabeth la observó, atónita, y la tomó mecánicamente. Sus manos temblaban, mientras observaba con horror a Percy y trazaba mentalmente lo que debía hacer para salvarle la vida. Descubrió con una lentitud ceremonial el abdomen del hijo del mar. Ignoró la preocupante palidez de su torso, y el relieve de sus costillas marcadas contra su piel, señal de la cantidad impresionante de peso que había perdido en tan pocos días.
– Percy –su respiración se volvió entre cortada –Perdóname.
Deslizó la hoja de acero, que abrió la piel de Percy sin resistencia. Él soltó un rugido de dolor tan escalofriante que la tentó a detenerse. Pero tenía que continuar. Abrió una cavidad lo suficientemente grande para que su mano pudiese entrar. Annabeth tomó entre sus manos el rostro bañado en sudor de Percy.
– Tienes que ser fuerte, sesos de alga –su voz se quebró mientras él asintió, apenas consiente.
Entonces, fuera de todo pronóstico, ella le besó.
Fue un beso duro, asfixiado en un arrebato de pánico. Su mano penetró en el cuerpo de Percy a la par de su lengua dentro de su boca. Él ahogo un grito que el beso contuvo y sus manos apresaron con una fuerza inhumana su cintura. Los dedos de Annabeth se movieron tímidos dentro de las entrañas del hijo de Poseidón, mientras percibía su sangre brotar estrepitosamente. Sentía la desesperación de Percy en sus labios, besándole con urgencia, obligándole a hacerle olvidar el infernal dolor que su mano dentro de él, le provocaba. La punta de sus dedos alcanzó a tocar una esquirla fría que le quemó, y forzó a sus dedos a tomarla con fuerza y jalarla fuera.
Percy arqueó su espada al sentir como ella luchaba por extirparle con agonizante lentitud, aquel pedazo de materia maldita. Le abrazó mientras él refugiaba su rostro en la curva de su cuello y soltaba un último alarido antes de que la mano de Annabeth saliera por completo dentro de sí.
– Está hecho, todo terminó –murmuró Annabeth en su rostro, aun abrazándole.
– Ahora sí que puedo morir en paz –soltó Percy mientras cerraba sus ojos.
–Ni lo pienses –le amenazó en un susurro con una sonrisa –Si mueres, será sólo por mi mano, si alguna vez, se te ocurre meterte conmigo.
Percy asintió con una media sonrisa, antes de caer inconsciente. Annabeth le observó, petrificada, y comprobó su pulso. Era peligrosamente débil. La esquirla ya no le mataba, ahora era su mortal pérdida de sangre. Rasgó su blusa e improvisó un vendaje torpe mientras contenía con presión la hemorragia.
– Thalía, ¿cuánto tardamos en llegar a Nueva York?
– ¿Con este tráfico? –Espetó ella mirándole por el retrovisor – al menos un par de horas más.
Annabeth le devolvió la mirada llena de pánico.
– Percy no tiene un par de horas.
Nico giró hacia el asiento trasero, que parecía ahora más una escena de un crimen.
– Dudo que siquiera tenga una.
– Nico –dijo Thalía, aferrándose al volante mientras aceleraba –si un día me hieren, hazme el favor de mantener tu maldito cronómetro de la muerte en silencio.
Lamento la tardanza, y espero que haya valido la pena. Ha sido uno de los capítulos más complicados de la historia, y con este puñado de semidioses histéricos que ordenar, un trabajo demandante en mi vida mortal y el resto de cotidianidades, se complicó dedicarle tiempo.
Y, sí, eso es todo. Por ahora. ¿Percabeth? ¿Thalico? Drama y discreción. Honestamente, cuando comencé esta historia, nunca pensé que comenzaría a tornarse un tanto oscura. Pero las cosas se han dado así. Este último par de capítulos, no más preguntas. Sólo respuestas. Ya respondí algunas, falta cerrar los cabos sueltos.
Pero eso ya nos lo contará Percy, el próximo capítulo. Espero que hayan disfrutado (?) este capítulo. Y no sean tímidos, dejen por allí su marca, mensaje, señal de existencia en el recuadro de abajo ;).
¡Hasta la próxima!
Bethap
