La vida en Hogwarts fue un episodio muy agradable. Por ello todo transcurrió con normalidad durante los cursos siguientes. Iban a clase, se quejaban de los exámenes, aprendían y se iban formando como magos. Minerva y Mina se hicieron muy buenas amigas, aunque la última no hablara mucho con sus compañeros, y se hubiera convertido en un ser más bien retraído. Jake alegraba sus vidas con chistes y bromas y Hagrid se dedicó en cuerpo y alma a su pasatiempo más amado: los animales mágicos. Aprendía con avidez, y se pasaba el día manoseando su ejemplar de "Animales Fantásticos y Dónde Encontrarlos".

Mina seguía viéndose con Charlus y hablaban de vez en cuando. Casi siempre estaba con Jake en los recreos y pronto sus lazos se hicieron inseparables a pesar de estar en casas distintas. Mina le había cogido mucho cariño, y él parecía feliz de ello.

Cada curso que avanzaba la dificultad se volvía mayor. Sobre todo para Mina. Ella era una estudiante normal, casi rozando la mediocridad. Lo único que se le daba bien era Defensa Contra las Artes Oscuras, sobre todo los duelos de magia. Tenía la facultad de pensar rápido, por lo que podía salir airosa de casi todos los combates con la varita. Y eso casi siempre impresionaba a Jake.
Llego el quinto curso y los exámenes del T.I.M.O. (Título Indispensable de Magia Ordinaria).

Además de eso, y revolucionando las hormonas juveniles de los estudiantes, los romances estaban a la orden del día. Casi todos los alumnos de quinto curso de Hogwarts tenían pareja. Casi todos salvo Mina, que cada vez tenía menos contacto con su grupo de amigos

Adelgazaba paulatinamente, con alarmante rapidez, y sus ojos azules, se hundían en las cuencas, con las amoratadas ojeras dándole el aspecto de una enferma. Su pelo negro largo estaba desordenado y le llegaba a la altura casi de la cintura. No se arreglaba para los demás, intentaba estar sola la mayor parte del tiempo y solo se preocupaba por el horario que tenía al día siguiente. Jake intentaba hablar con ella, pero Mina siempre le respondía en tono cortante para evitar estar con el chico de aspecto desgarbado pero atractivo. Jake comenzaba a sentir algo por la joven y aquel comportamiento de ella le desconcertaba y le entristecía.

Las chicas lo perseguían y acosaban, pero solo tenía ojos para la joven de negros cabellos, a pesar de que esta no le correspondiera, ignorando tarjetas, filtros de amor, o los clásicos bombones en forma de corazón.

Muchos chicos de Gryffindor la llamaban "la difícil" pero lo cierto es que no querían tener contacto con ella de ningún tipo, ni siquiera una relación amistosa.

Un oscuro secreto la impedía llevar una vida normal. Y como siempre, tenía que ver con Tom. Aquel incidente ocurrido en la cámara había hecho crecer en Mina el miedo a todo lo relacionado con él. Durante los tres años que siguieron, la joven no se acercó ni le habló, y él parecía ignorarla. Por fin la chica hacía caso de los consejos de Matt. Cada Navidad, cuando volvía a la posada a la casa de los Potter, Matt le preguntaba por su relación con el heredero de Slytherin y siempre quedaba satisfecho al ver el pavor que reflejaban los ojos de la joven al pronunciar su nombre. Sin embargo, a pesar de la confianza que la unía a Matt, jamás le contó el incidente con el basilisco.

El carácter de la joven era asustadizo y la mayoría de los profesores no se explicaban cual podría haber sido el origen de aquel nuevo comportamiento. Solo cuando Mina estaba al lado del profesor Dumbledore se sentía segura y podía llevar a cabo los conjuros que le enseñaba con total soltura.
Cuando el quinto curso dio comienzo, las clases de Defensa contra las Artes Oscuras se volvieron mixtas y las casas se mezclaron. Aquello alarmó a Mina mientras contemplaba a las casas de Gryffindor y Slytherin juntas en una sala. Lo peor de aquello fue cuando vislumbró entre el grupo plateado y esmeralda la esbelta silueta de un joven de quince años, de pelo oscuro y ojos verdes, que sonreía con algo de sorna a sus camaradas.

Minerva vio como Mina ahogaba un grito y comenzaba a temblar de pies a cabeza, como si le hubieran echado una maldición de piernas de gelatina. Cuando vio cual era el origen de aquella reacción, frunció el ceño y miró a Jake, preocupada.

Los ojos verdosos de Tom se posaron un momento sobre los de Mina. Esbozó una sonrisa, pero no parecía haberlo hecho con tono de escarnio. Era dulce y gentil, invitaba a la confianza. Y eso desconcertó plenamente a la joven, que se excusó de la clase para ir corriendo al baño de las chicas
Cuando llego allí se internó en uno de los retretes y se sentó en él para llorar largo y tendido. No podía entender por que se comportaba así con ella. Soportar aquella fría amabilidad le estaba destrozando por dentro, fruto de la matanza y la denigración de otras personas, como había ocurrido cinco años atrás, en la Bahía Negra.

De repente, unos sonoros sollozos la sacaron de sus cavilaciones. Contuvo la respiración, atenta, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Otra chica lloraba a su lado.

–Oye, ¿estás bien? –preguntó Mina susurrando. La otra persona enmudeció asustada y luego, con tono arrogante y voz chillona contestó:

–¡Por supuesto que estoy bien! ¡Métete en tus asuntos, niña!

Mina no la escuchó. Siguió hablando con la desconocida, que volvía a llorar con amargos gemidos.

–Me llamo Mina. Mina Vans... También estaba llorando. ¿Tú por qué lloras? –La confundió el tono infantil de la pregunta. Como cuando era pequeña y preguntaba a los compañeros "¿quieres ser mi amigo?"

–¡No es asunto tuyo! –replicó tras un quejido lastimero.

Mina se hartó de hablarle a la pared y salió del inodoro, para llamar a la puerta del siguiente retrete, el cual se abrió y apareció la sonrojada cara de una niña con gafas y pelo negro, recogido en dos coletas, las cuales hicieron que Mina evocara su etapa en el orfanato una vez más.

–¿Cuál es tu problema? Déjame llorar tranquila.

–Yo sólo quería... –se excusó Mina. Hizo una pausa. ¿Qué quería? ¿Qué buscaba? ¿Comprensión?

–¡Que te largues! –La niña con gafas chilló a Mina con su aguda voz de soprano. Se levantó y la empujó, furiosa. Mina resbaló y tropezó hacia atrás.

Y al hacerlo, se oyó un crujido por todo el baño. Las chicas observaron desconcertadas que el lavabo del cuarto se estaba moviendo, descomponiendo en varias pilas de piedra las cuales dejaban entrever un cilíndrico agujero en el suelo.

La llorona dio un paso atrás, desconfiada y mientras lo hacía, se escuchó por la galería un sonoro y prolongado siseo.

Una escamada y gigantesca figura salió del pozo, majestuosa e imponente. Sus húmedas escamas relucían sutilmente bajo el tenue haz de luz amarillenta. Las chicas lo observaban cautelosas, sin saber qué hacer. El feo reptil levantó lentamente su majestuosa cabeza para mirar fijamente a los ojos de la chica con gafas. La pobre chiquilla no tuvo tiempo ni de gritar. Cayó al suelo como un rígido peso muerto. Mina se acerco a su cuerpo, con un funesto presentimiento en el alma. Se arrodilló junto a la niña, que permanecía con los ojos abiertos de par en par, y le tomó el pulso, sabiendo que era inútil.

Su cuerpo ya estaba frío, y por mucho que intentó reanimarla, sabía desde el principio que no tenía opciones. Estaba muerta. Otra vez aquel miedo, aquella sensación de angustia y asfixia. Se mareó, y apenas pudo ponerse de pie e inclinarse sobre el inodoro, para vomitar violentamente lo poco que había ingerido aquella mañana. Allí estaba de nuevo el basilisco. Y lo que desconcertó más a Mina; allí estaba Tom, en el marco de la puerta, apoyado sobre un hombro y con los brazos cruzados, luciendo una tímida sonrisa.

–No me des las gracias. –Siseó una orden a la serpiente y ésta regresó de nuevo al agujero mientras el lavabo se recomponía por completo, sin dejar huella de la violenta transformación. Como si nada hubiera pasado.

Mina ni siquiera podía intentar creer que era un sueño. Las sensaciones, demasiado realistas, demasiado a flor de piel... En su corazón sentía una rabia tal que la incitaba a coger su varita y torturarlo hasta morir. Pero el miedo y la moral eran mayores.

–Ahora no te molestará más –declaró Tom con una brillante sonrisa–. Fue una maleducada contigo y merecía pagar por ello.

–Has matado a una pobre alumna...–escupió Mina, con ira en sus palabras.

–Te estaba molestando. Y te prometí que te protegería de los estorbos. –Frunció el ceño como si no comprendiera la reacción de Mina, acercándose lentamente a ella. Aquello hizo saltar el detonante.

Mina cogió su varita con una destreza inesperada y puso su punta en la yugular del joven, mientras lo empujaba contra la pared, con los ojos inyectados en sangre.

–Mereces morir –susurró sin perder la calma que aún conservaba, aunque a duras penas podía lograrlo.

–Adelante, hazlo. Tú descubriste aquel día cómo hacerlo. Olvidé como se pronunciaba y si tú la repites, me será mejor y más fácil memorizarla para un futuro.-dijo Tom con una gélida sonrisa.

–¿De qué demonios hablas?

–Oficialmente no existe maldición capaz de matar a nadie. Pero tú mataste al snaker Ferguson aquella noche... Y he olvidado las palabras que pronunciaste –dijo sonriendo, pronunciando lentamente cada sílaba, como si se dirigiera a un discapacitado mental.

–Me estabas protegiendo... Para que te las dijera...¡Estás loco, Tom! –Presionó con más fuerza la punta de la varita en el cuello del chico. Su brazo temblaba de ira, pero su férrea determinación no se vino abajo.

Tom, sin temer siquiera su muerte inminente, le acarició la fría mejilla con ternura.

–No, Mina. Te protejo porque eres importante para mí...

–¡Eso no implica matar a los demás! –gimió Mina a punto de perder la compostura.

–Te hicieron daño. No dejaré que te lo vuelvan a hacer. –Con delicadeza, apartó la varita de Mina de su cuello y se aproximó a ella, con una sonrisa macabra–. Reúnete conmigo esta noche en la cámara. Quiero que sepas lo que realmente siento por ti.

Deslizó la mano a la parte más estrecha de la espalda de la joven y la apretó contra su cuerpo de acero.

Mina seguía con los ojos desorbitados y no pudo pensar el movimiento que haría seguidamente. Su vista se nubló, las imágenes de desdibujaban y cayó al suelo inconsciente, deslizándose como una hoja cae al suelo en otoño, atrapada entre corrientes de aire.

Aquel desmayo sirvió a Mina para no acabar siendo la principal sospechosa del asesinato de Myrtle, la chica llorona de Ravenclaw. Pasó toda la noche en la enfermería con espasmos y convulsiones, con la sonrisa macabra de Tom grabada a fuego en sus párpados. Aún así, pudo salir de la cama a media noche cuando vio la figura de un hombre en el marco de la puerta de la enfermería. La imagen de Tom se recortaba en la penumbra. Ella distinguió el brillo de su blanca dentadura al sonreír, y trató de huir con sus piernas de mantequilla, pero el joven la atrapó delicadamente por la cintura y la atrajo hacia sí.

–Tranquila, no te haré daño. Ya sabes que eres intocable.

–¿Por qué me haces esto, Tom? ¿Por qué... Por qué matas... Sientes placer? –gimió Mina, angustiada al ver un matiz rojizo en los ojos del chico.

–Protejo mi mayor tesoro. Y tú eres mi mayor tesoro... –declaró con voz monótona, como un escolar recita de memoria la tabla de multiplicar. Cogió en volandas, sin esfuerzo, a la chica, que iba descalza, con un camisón de muselina blanca como única prenda y sin varita. Así llegaron hasta la entrada de la cámara en el baño de las chicas y así entraron en la gigantesca caverna, presidida por el rostro de Salazar Slytherin, con la boca abierta en forma de o.

–¿Y el Basilisco? –preguntó Mina con voz ronca.

–Duerme ahora. Está cansado y también necesita dormir, como nosotros. Tiene 1000 años... ¿No es maravilloso? –inquirió con entusiasmo.

Tom depositó a Mina en el frío suelo de piedra y se sentó a su lado, contemplándola como un depredador que vigila a su presa, con una mezcla de deseo y curiosidad.
Ella aparto la mirada, temerosa y alisándose nerviosamente su pelo rebelde. No quería mirar a la cara a un asesino, a pesar de que ella había asesinado por accidente. Había despertado de su engaño. Tom ya no era un inocente niño, era... Era un monstruo.

–Déjame salir de aquí –suplicó ella a punto de llorar, deseando que su ruego sonara como una orden –. No quiero volver a verte más en mi vida. Tenían razón... Eres peligroso. Y me has amargado la vida... –rumió.

–Te amo, Mina –dijo Tom con voz cortante.

Aquellas palabras dejaron helada a la joven. No tembló. No se asustó. Pero sí sintió lástima, de oír en aquél instante aquello que había deseado durante siglos.

–Estás enfermo –dijo ella con repugnancia.

–Te amo, y sé que tú también me quieres. Lo sé porque te he observado todos estos años, ayudado por Nagini. –La voz de Tom había adquirido un punto cálido, nostálgico. Sorprendió a Mina que lo observaba intensamente, a punto de perder el resuello.

–¿Pensabas que pasaba de ti? No, mi amor. Llevo espiándote todos los días de mi vida. Me llamas en sueños, suspiras por mí en la orilla del lago. Me quieres. Y me he dado cuenta de que no puedo estar sin ti ni un momento...

–¡Basta! ¡Déjame! –Mina intentó golpearle con el puño en la cara. Pero Tom fue mas rápido y paro el golpe agarrándola de las dos muñecas.

La inmovilizo poniéndose encima de ella y la tumbó, aún con las convulsiones de la joven, que luchaba por su liberación.

–Mírame, Mina... ¡Mírame! –instó Tom. Ella, temerosa, obedeció y detuvo su intento de escape. Se calmó paulatinamente y dejó que Tom la abrazara, acunándola levemente.

–Te amo, Mina Vans. –La arrulló.

Finalmente sucedió. Demasiado lento y demasiado rápido. Rudo pero dulce. Apremiante. Tom aproximó su rostro al de la chica y la besó dulcemente. Pero algo sucedió en su interior
Algo se estaba introduciendo en ella. Un grito, un suspiro... Un pedazo de ser.

Seguidamente, el alarido.