Cuando se separaron en dos equipos, el trío dinámico ya tenía claro que debían estar preparados ante cualquier situación, por eso, cuando en el radar vieron un punto bastante cercano a dónde se encontraban, ya tenían armas en mano.
Yuki se los había advertido. Encontrar refugiados antes de que llegara el enemigo, aunque lo más seguro era que ya habían llegado algunos. Quizás pocos, quizás muchos.
Y claro, era como un juego, en el que debían reconocer qué puntos eran los enemigos y cuáles eran inofensivos. En ese punto, ya habían exterminado a una cazadora, si es que se podía llamar así, pues la criatura a la que se enfrentaron no era nada similar a los anteriores. Sin embargo, los dos adultos decidieron hacer caso a las advertencias del rubio y creer que era otro distractor. Al final, esa táctica resultó bastante bien y fue menos tiempo perdido para seguir con la misión. Gracias a eso, encontraron una celda escondida entre la tierra de un valle, con cuatro personas dentro.
Pensaron que debía ser un buen escondite, puesto que no recordaban hacer pasado por ese valle alguna vez, cuando planeaban liberar a Kyoichi de la maldición.
-Llamaré a las tropas para que los vengan a buscar -avisó Arthur-. Ustedes traten de abrir la cerradura.
El platinado se alejó, mientras dejaba a los otros dos con su labor. Éstos voltearon a ver a los primeros refugiados que encontraron; dos mecánicos, aparentemente, un biker no identificado, y en sus brazos dormía un niño.
Mientras se encargaban de la cerradura, el estruendo de una explosión los hizo voltear. La nube de humo les indicaba dónde ocurrió.
El dispositivo radar vibró en el suelo.
-Encárgate de la cerradura -dijo Kyoichi, revisando el objeto, mientras Koei volvía a su trabajo.
En el radar, había un punto palpitante. Ese debía ser el lugar donde estalló la bomba.
Al segundo, oyeron un estruendo tras otro. Un ataque.
Arthur regresó con ellos, al momento en que la nave hacía acto de presencia sobre ellos.
-¡No puedo abrirla! -se quejó el ninja.
-Tiene que haber una manera -dijo el platinado, examinando la cerradura, pero era imposible.
No tenía abertura a la vista, parecía que se abría de una forma especial, pero no conocían ningún método que no fuera arriesgado.
La nave comenzaba a acercarse a la tierra.
-¡Chicos, ayuda! -voltearon al oír la voz de Ayumu, quien cayó al suelo por el cansancio-. Kakeru... lobo... bombas... -jadeó.
Koei corrió hacia el niño, para luego cargarlo en sus brazos y regresar con los otros dos.
-¡A la mierda el mundo! -maldijo Kyoichi, antes de clavar con fuerza el kunai en la cerradura, causando la explosión de la misma.
Eso extrañó a todos. No sufrieron daño alguno, ni el terceto ni los refugiados. Al menos pudo abrir la celda.
-¿Qué hiciste? -preguntó Koei, anonadado. El rubio se encogió de hombros.
Acto seguido, ambos rubios abrieron la celda, al mismo tiempo en que llegaban las tropas de rescate.
-¡Nosotros nos encargaremos del resto, ustedes deben ayudar a su equipo! -ordenó el comandante.
Dicho ésto, el trío se marchó con Ayumu de vuelta al lugar de la conmoción.
Mientras tanto, Kakeru corría por el bosque con una bomba en la mano. Durante el pequeño enfrentamiento, había logrado hacerle cortes a la criatura, pero las heridas se regeneraban rápidamente, y de esa forma, y otras más, había perdido los sables.
Corría lo más rápido que podía con una pierna rota y un tobillo lesionado, esquivando las bolas de fuego púrpura que la criatura oscura expulsaba por su boca.
Una vez que estuvo a una distancia considerable, activó la bomba y la lanzó en dirección a ella, aprovechando el estruendo para escapar, aunque fuera sólo por unos segundos.
Se preguntarán dónde diablos se encontraba Hosuke. Pues... el búho parlante había ido en busca de los tortolitos; aunque su intención no era dejar al peliazul solo, era en parte, lo mejor que podía hacer por él. ¿Qué podía hacer un búho, además de buscar ayuda?
Al niño sólo le quedaba una bomba, y lamentablemente ningún ataque detenía a la criatura. Justo en ese momento, cayó al suelo, y el dolor de sus lesiones le impedía levantarse, dándole ventaja a la criatura para acercarse con sus peores intenciones. Por su boca, entre sus gigantes colmillos, se asomaba la ola púrpura del fuego; le daba la impresión de que sonreía con malicia, aunque si se tratara de un ser más humano, estaba seguro de que así sería.
El mutante alzó su mano oscura, exhibiendo así sus garras, a la vez que una esfera púrpura crecía en la palma de ésta.
Kakeru cerró los ojos cuando la misma se dirigía hacia su persona con tal rapidez para mandarlo a volar hasta matarlo, pero escuchó los alaridos lastimeros y se obligó a abrirlos, para ver cómo la criatura se agitaba tratando de quitar la molestia de uno de sus ojos. Alcanzó a ver una cuerda y supo enseguida de quién se trataba.
-¡Vaya, qué buena puntería! -volteó a ver a Koei.
Resultó que todos, como siempre, habían llegado justo a tiempo para salvarlo. Kyoichi jalaba de la cuerda con tal fuerza que la criatura parecía su títere, y no le importaba ver la cantidad de sangre que desprendía de su ojo.
En ese momento, llegaron los tres que faltaban. Makoto saltó de la rama de un árbol para disparar una flecha a la nuca del ser, lo que le hizo caer acostado al suelo. Kyoichi tiró con fuerza de la cuerda para arrancar el ojo de la criatura, el cual desapareció en medio de un humo negro, y la dueña del mismo se levantó dificultosamente, rugiendo de agonía, para luego dirigir su puño hacia el trío, el cual esquivaron cuando se enterró en el suelo. Gracias a eso, Arthur aprovechó para cercenarle la extremidad con su espada.
La criatura agitó el brazo por el dolor, salpicando sangre por todos lados.
-Koei -el ninja miró a Kyoichi-. Coge a Kakeru y llévalo al primer refugio.
-¿Qué?
-Lo más probable es que las tropas sigan ahí, y Kakeru no puede pelear en ese estado.
-Ve con ellos, Koei -dijo Arthur-. Nosotros nos encargaremos de esta cosa.
El ninja dudó unos segundos, pero al ver que el ser no se rendía, se convenció. Ayumu se subió a su espalda y Koei cargó a Kakeru, para luego irse por donde llegó con los dos rubios, acompañados por Hosuke. Antes de irse, el peliazul le entregó a Kyoichi la última bomba.
Makoto y Gabu corrieron hacia los otros dos, de modo que estuvieran frente a la criatura que rugía con sed de sangre. No era para menos; se estaba desangrando sin un ojo y un brazo, aunque no era para tanto, menos para una cosa como esa.
Kyoichi parecía jugar con la bomba, lanzándola y atrapándola, modo con el que mantuvo distraído al ser. Luego de un rato, activó la bomba y la lanzó a un punto tras el ser.
La explosión alcanzó a hacerle daño, lo que desató su ira y trató de aplastar al rubio con el puño que le quedaba. Todos saltaron, esquivando el ataque, pero el chico aterrizó sobre el mismo, que comenzaba a cubrirse por una densa capa de hielo, inmovilizándolo. Aquéllo sorprendió a los cuatro, pero no tenían tiempo para sorpresas.
-¡Hermano! -exclamó Makoto.
Ni Arthur ni Gabu entendieron lo que ese par de hermanos transmitieron para que sólo un asentimiento se viera como si pensaran en ejecutar un mismo plan. Si era así, Makoto agarró otra flecha para posicionarla en el arco cuando su hermano comenzó a correr por el brazo de la criatura, formando una pista de hielo a cada paso que daba. Con lo poco que le quedaba del otro brazo, el ser trató de quitarlo del camino, pero apenas tocó su brazo, la extremidad se congeló, pegada al mismo, mientras el rubio había lanzado el kunai al otro ojo para luego saltar y balancearse de modo que la cuerda rodeara su boca y cuello.
El ser soltaba alaridos y se agitaba para liberarse, sin resultado, y Makoto disparó la flecha hacia el hielo, pulverizando todo y con extremidades, derramando sangre por doquier. Con eso, el cuerpo cayó al suelo por la debilidad, con la boca abierta en su punto máximo gracias a la cuerda.
-Gabu -lo llamó Makoto-. Lanza una bomba a la boca de esa cosa.
Sin rechistar, el pelirrojo sacó una bomba, la activó y la lanzó dentro de la boca del ente, quizás hasta se había deslizado por su garganta. Un segundo después, el objeto explotó en el interior del cuerpo, haciéndolo polvo. Aunque en realidad, era sangre esparcida por todos lados.
El resultado de eso estaba en una especie de medusa púrpura, con un aura negra rodeándola, a la cual miraron extrañados, pero no quisieron indagar más, el cansancio no los dejaba, así que Kyoichi la atravesó con el kunai y desapareció en el humo.
Soltó un suspiro pesado, comenzando a caminar hacia el grupo.
-Por el momento, estamos a salvo -dijo Arthur-, pero después de esto, no podemos relajarnos. Hay que buscar al resto de los refugiados, y rápido.
-¿Ustedes lograron hallar algo? -preguntó Makoto.
-Estábamos en eso cuando oímos la explosión -dijo Kyoichi.
-Cuatro sobrevivientes, hasta ahora -dijo Arthur-. Bien, sigamos.
El cuarteto corrió hacia el siguiente punto que indicaba el radar, con armas listas por cualquier ataque, y esperando encontrarse con Koei en una oportunidad.
Bueno, hablando del rey de Roma...
-¿Protagonizaron una masacre? -los niños se sobresaltaron al oír su voz, mientras que los rubios sólo lo miraron.
Era obvio que el que estuvieran cubiertos de sangre de monstruo no iba a pasar por alto para nadie.
-Algo así -dijo Kyoichi.
-Estos dos se la ingeniaron para atacar a la criatura -Arthur señaló a los hermanos Shido. Miró al pelirrojo-. Gabu le dio el golpe final y éste es el resultado -hizo alusión a la sangre que los cubría.
-Supongo que valió la pena -sonrió el ninja.
-Sí -afirmó el platinado, contagiándose la sonrisa-. Por cierto, Koei, hay algo que debemos hablar.
Así fue como se dirigieron a un lago que quizás nunca habían visto, para aprovechar de limpiarse y seguir con la búsqueda. Gabu y Makoto se salpicaban agua entre ellos y Kyoichi estaba sentado en la orilla del césped, con sus propias armas y las de los niños reposando a su lado, mientras que Koei y Arthur estaban en otra orilla, alejados de ellos para conversar.
El agua del lago se veía tan limpia hasta que tuvieron que llegar, aunque la corriente se llevaba los restos de suciedad.
-¿Cómo dices? -inquirió Koei, con una expresión de sorpresa.
-Lo que escuchaste.
-Pero... -el ninja no podía salir de su sorpresa- ¿estás seguro que Shido creó una pista de hielo en el brazo de esa criatura?
-Claro que sí, estoy muy seguro de lo que vi -Arthur juntó agua entre sus manos para dejarla caer por su flequillo-. Algo raro está pasando, recuerda que antes de eso, hizo explotar la cerradura de un solo golpe.
Koei miró a Kyoichi a la distancia. Llevaba la misma ropa del día anterior, con la diferencia de que llevaba una musculosa negra y suelta, donde no se notaba ni mísero rastro de sangre. Frotaba con fuerza un estropajo mojado y sucio con sangre por su brazo derecho, dejando una marca roja, como si tratara de quitarse algo permanente. Fue bastante simple quitarse la mugre de las prótesis, y al ser su cabello claro, la misma le daba un toque anaranjado a unos pocos mechones.
Lo de su brazo se les hacía raro, pues a su vista, no tenía nada, pero bueno, no podían tratar de entender a ese chico tan enigmático.
-Si le preguntamos ahora, perderemos mucho tiempo -dijo Arthur-. Lo mejor será que hablemos cuando regresemos a la base, también por su comodidad; de todas formas, creo que ni él sabe qué fue lo que hizo.
-Esto es abrumador -bufó-. Entiendo el hecho de que tengamos poderes por las bicicletas, o quizás sean los emblemas, en realidad no sé, pero es extraño que él, el único que no tiene bicicleta, maneje elementos por cuenta propia; una cerradura no explota por un golpe, mucho menos con un arma, y lo de congelar las partes de un monstruo no es normal, al menos no en vida real.
-Bueno, para ellos, ésto no es técnicamente la vida real.
-Sabes a qué me refiero -lo miró entrecerrando los ojos. Suspiró-. Mejor dejemos esto para después; de todas formas, tendría que verlo.
-¿Te cuesta creerlo?
-No... bueno, no tanto -admitió-. Admitámoslo, a todos nos cuesta creerlo.
El platinado asintió y ambos voltearon a ver al resto.
Mientras los niños seguían jugando, Kyoichi miraba su brazo, ahora enrojecido por la fricción. Seguramente se estaba volviendo loco, pero no sabía qué hacer para borrar las imágenes grabadas en la carne.
Siempre había escuchado decir que los niños y los animales veían cosas que los adultos no podían ver, al menos la mayoría. Claro, él no era un adulto, aún no, pero entraba en esa categoría, aunque no podía explicarse lo que había visto a lo largo de su vida. Era como un psíquico y eso le aterraba, igual que las serpientes y dragones tribales que veía pasearse por su brazo, dándole una picazón casi imperceptible.
Un chorro de agua que cayó directo en su rostro lo sacó de su laguna mental, comenzando a toser porque había respirado el líquido. Makoto reía juguetona y, a la vez, algo arrepentida; le había dado duro al agua.
-Lo siento -se disculpó su hermanita, entre risas.
Kyoichi resopló, aunque no estaba molesto. Le era prácticamente imposible enfadarse con Makoto; ella era su debilidad, además de Hitomi, claro está.
La pelinegra se acercó a él y le arrebató el estropajo para hundirlo en el agua, quitando la basura. Lo estrujó entre sus manos y, con una mano, tomó su mentón, obligándolo a levantar la cabeza para limpiar la sangre que quedaba en su rostro.
A veces se comportaba como una madre, y eso que Kyoichi era el mayor.
Mientras limpiaba, no pudo evitar mirar el sitio que su hermano frotaba sin ninguna delicadeza. Podía ver las figuras en el brazo, que se desplazaban por todos lados de la extremidad, simulando ser las muy malparidas estrías blancas.
-Si sigues rascándote así, te vas a despellejar.
-Creo que hasta la idea de cortarme el brazo suena conmovedora -el chico recibió una suave colleja.
-No estoy lista para perder a mi hermano -refunfuñó la pelinegra, recordando que, por esa misma razón, casi lo perdieron una vez, aunque no era como si estuviera hablando de cortarse tres extremidades.
Si es que no estaba en sus planes cortarse a otra pierna y, de paso, la cabeza. Bueno, técnicamente, ésa la había perdido hace rato (?).
-Nunca se está listo para enfrentar una pérdida.
Makoto estrujó el trapo y se sentó a su lado en el césped.
-Mamá, ¿qué le pasó a Kyo?
-No te preocupes, cariño; Kyoichi estará bien -decía su padre, posando una mano en su hombro.
La pequeña miró al interior del baño. Cristales, trozos de espejo y objetos esparcidos por el piso de cerámica, gotas de sangre mezcladas con agua, un frasco naranjo vacío y pastillas desparramadas por toda la habitación, incluso algunas piezas habían caído fuera de ella. Y al lado de la bañera, sentados en el piso, estaban los dos parientes rubios.
Veía a su madre, estrechando entre sus protectores brazos a su hermano mayor, a quien veía sollozar, ocultando su rostro en el cuello de su madre.
-Chicos, debemos seguir -dijo Arthur, acercándose a los hermanos junto a Koei.
Kyoichi fue el primero en levantarse, después de agarrar los kunais y atar las cuerdas a sus muñecas y agarrar una pistola, para guardarla en el bolsillo de su sudadera. Junto con Arthur, fue uno de los que no quiso llevar bombas; se conformaba con lo poco que llevaba, aunque "poco" a veces era muy útil.
Los niños se demoraron un poco en acomodar sus armas, por lo que Koei y Arthur revisaban el radar con una gran cantidad de puntos a su alrededor, y todavía les faltaba ir al castillo.
-Oigan, ¿qué pasó con las bicicletas? -recordó Gabu, de repente, pues las soltaron cuando Kakeru corrió asustado por la broma de Hosuke.
-No se preocupen, estaban en la nave -dijo Koei-. Al parecer, las recogieron después de perseguir a Kakeru.
-Cambiando de tema -dijo Arthur-. ¿Qué piensan que es mejor: ir separados o vamos juntos?
-Si vamos juntos, nos tomaría mucho tiempo, ¿no? -preguntó el pelirrojo-. De todas formas, para enfrentar a otro de ellos, debemos permanecer juntos.
Los cuatro miraron a Gabu.
-Shido se encargó de debilitar al animal, Makoto y yo atacamos, Arthur le cortó un brazo con la espada y eso nos facilitó el trabajo -nombró-. Creo que estaremos en desventaja si vamos separados.
-Nunca pensé que diría esto, pero Gabu tiene razón -dijo Koei-, además, ¿qué nos asegura la próxima victoria? Si nos enfrentamos a otro, esta vez puede ser peor.
-¿Alguien más? -Arthur miró a los hermanos; Makoto sonrió inocente y Kyoichi se alzó de hombros-. Muy bien; andando.
-Ese grupito nos puso las cosas más difíciles de lo que imaginamos.
-¿Qué haremos?
-Sólo tienen que ver la sorpresita que les espera; ahí sabremos qué hacer
El encapuchado miró a una figura entre las sombras.
-Sigma, ve preparándote.
-Es el último grupo -dijo Koei, viendo a un quinteto en la celda-. Sólo falta ir al Castillo Imperial.
-¿Crees que Kiku esté bien? -preguntó Arthur.
Koei se encogió de hombros, evitando decir algo al respecto. El enemigo estaba cerca y no quería dar un mal paso tratando de predecir el estado de su hermana. Si decía algo, probablemente sería lo contrario, por ello prefería dejarlo a la suerte.
Al final, resultó que Kyoichi descubrió una forma más decente de abrir la cerradura, sin hacerla explotar, como había hecho en tres ocasiones más por la poca paciencia que tuvo. Por supuesto, el resto trató de seguirlo, pero ninguno entendió la forma en que manipulaba las cerraduras, y no sabían si tomarlo nuevamente como otra de las cualidades que había demostrado ese día, que ni él mismo entendía.
Abrieron la celda. Dos chicas, más o menos de la edad del rubio; un anciano y un niño, quizás eran parientes, o eso querían pensar. Mientras Arthur llamaba a as tropas para el rescate, el resto se encargaba de las cuatro personas.
La nave había llegado en cuestión de minutos para llevarse al último grupo que se encontraba en los alrededores de la isla. Antes de irse, Yuki les dio la información de que habían sólo cuatro celdas dentro del castillo, y que, al ser un sitio cerrado, debían reunir a todos los grupos y luego reunirse en la terraza, teniendo mucho cuidado, claro está, pues podían encontrarse con alguna sorpresa, y de eso no tenían duda.
-¿Es mi idea o esas chicas te estaban comiendo con la mirada? -preguntó Makoto a su hermano.
Efectivamente, cuando sacaron a las chicas de la celda, Kyoichi no tardó en ser el centro de atención; como había dicho Makoto, las chicas se lo comían con la mirada, pero el rubio no se había dado cuenta, o al menos así lo creían porque las ignoró.
-Shido tiene un título en llamar la atención con su apariencia -rió Koei.
-¿Y qué dices de Arthur? -Kyoichi miró a Koei, señalando al ninja.
-Bueno, no me miraban tanto como a ti -rió Arthur.
Seh, Arthur también lo fue. Había que admitirlo, ambos rubios eran bastante atractivos, sólo que... Kyoichi resaltaba más por ser joven y maduro.
-Shido y sus cuatro babys -se burló Gabu.
-¿No serán tres? -Kyoichi frunció el ceño.
-Cuatro, contando a Makoto -se encogió de hombros.
Kyoichi resopló con fastidio y comenzó a caminar, aún recordando dónde se encontraba el Castillo Imperial. El resto lo siguió por detrás, con los adultos aún haciendo bromas por ese incómodo momento.
Debían apresurarse, ya estaba atardeciendo. Sin embargo, no iban a paso muy confiado; estaban caminando hacia un palacio, e irónicamente, aunque fuera un sitio cerrado, eran más propensos a ser atacados que en los alrededores.
El quinteto se detuvo a unos metros del castillo, cuando el radar que estaba en manos del caballero emitió un ruido. Si era por enemigos o sobrevivientes, el sonido era el mismo, aunque el dispositivo tenía una opción para comprobar a qué se enfrentaban. El radar mostraba varios puntos esparcidos frente a ellos, y eso, para ninguno, era buena señal. Arthur modificó las imágenes del radar, mostrando un montón de puntos rojos: enemigos.
-No son cazadoras -todos miraron a Kyoichi.
-¿Cómo lo sabes? -preguntó Gabu.
Si no fuera por el radar, no sabrían que estaban rodeados, pues a la vista normal, el campo estaba despejado, pero no lograban explicarse cómo el rubio podía decir eso. No podían ver nada, ¿y Kyoichi sí?
-Shido, te has comportado de una forma muy extraña -dijo Arthur.
-No los ven -quizás era una pregunta, aunque por el tono que usó, parecía una afirmación-. Bien...
Gabu, para comprobarlo, activó una granada y la lanzó a varios metros de distancia. Ésta explotó antes de tocar el césped, y como resultado, entre la nube de humo, aparecieron varias siluetas de monstruos que jamás habían visto. Por eso, el resto alzó sus armas, menos Kyoichi, quien era el más calmado en ese momento, como si analizara los movimientos de las distintas criaturas que ahí se encontraban.
Querían concentrarse en su misión y pasar de esas criaturas, pero era imposible cuando se trataba de algo que nunca habían visto. Arthur y Koei habían pensado en la opción de separarse en dos grupos, uno para batallar y el otro para búsqueda; el primero, suponiendo que sería de los Shido y Gabu, ya que lograron vencer a uno de ellos, claro que era más débil que toda esa sarta. ¿El problema? No querían dejarlos solos, porque si iban separados, serían dos grupos peleando, considerando que el rival los podría interceptar, y se atrasaría la búsqueda.
-Koei, Arthur -los llamó Makoto.
La niña había dicho justo lo que se temían.
-Adelántense; Gabu, mi hermano y yo nos encargaremos de estas basuras.
-Pero... si nos separamos, lo más probable es que nosotros también tengamos que luchar; nos interceptarán -dijo Koei.
-No creo que sea peor que lo que tenemos al frente -dijo Kyoichi. Luego miró a Koei-. Kiku está ahí dentro.
-¿Qué?
-Ustedes vayan -dijo Gabu-. Los distraeremos mientras ustedes van a los refugios.
Los dos adultos dudaron, cosa que exasperó al terceto. No tenían tiempo y las bestias se acercaban cada vez más, haciendo temblar el piso.
Gabu lanzó una bomba hacia un grupo, explotando antes de tocar el piso, alarmando a algunos y desatando la rabia de otros. Éstos se acercaron rápidamente al quinteto, siendo un gran grupo congelado por sus extremidades, a las que Makoto disparó una flecha hacia uno de ellos, destruyendo la fortaleza junto con las partes de las bestias. Los cuerpos cayeron como peso muerto al suelo, adoptando una forma de ciempiés. Éstos iban a atacarlos cuando fueron congelados nuevamente, para luego ser envueltos en llamas lo suficientemente potentes para pulverizarlos.
-Corran -ordenó Kyoichi.
-¿Están seguros? -preguntó Arthur.
-Los alcanzaremos después -dijo Gabu.
Sin más, ambos corrieron en dirección al castillo, sintiendo de repente una especie de adrenalina por todo su cuerpo, que les permitió llegar a la estructura en cosa de segundos para adentrarse en ella, antes de que las criaturas se liberaran de su celda de hielo. El terceto estaba rodeado de esos seres, pero no sentían temor alguno; tal vez esa era la oportunidad para descubrir de qué eran capaces.
Cuando los otros dos llegaron al castillo, Arthur aprovechó de llamar a las tropas para que ayudaran a sus compañeros. No era que desconfiara de ellos, pero ésa podía ser una batalla interminable, por lo que lo necesitaban, y aunque fueran distractores, de una u otra forma debían deshacerse de ellos o entorpecerían la misión.
Luego, comenzaron a correr por los pasillos, buscando el punto más cercano. Habían estado ahí antes, y aunque habían olvidado un poco el camino, lo recordaban a medida que avanzaban. Desde ahí, escuchaban los alaridos y los ataques en el exterior, y cuando pasaban por las ventanas, lograban ver la batalla; podía ver lo bien entrenados que estaban, aunque fuera un combate de infierno, iban bastante bien.
Cuando llegaron al pasillo de los calabozos, se toparon con tres cazadoras. Una de ellas saltó sobre Koei, pero éste la esquivó y le lanzó un kunai por la espalda para volver a correr. Arthur había atravesado a otra con su espada, y a la última la cortó por la mitad. Juntos volvieron a correr, sin saber que las heridas de las cazadoras se habían regenerado y, con las mitades de la última, habían pasado a ser cuatro.
De vuelta con el terceto, éste había saltado a uno de los balcones del castillo, mientras las tropas se encargaban de los monstruos. Habían comenzado a correr, en busca de sus compañeros. Suerte que uno había sido líder en ese sitio y los otros dos ejecutaban su plan de escape, si no estarían más perdidos.
Iban llegando a los calabozos cuando se encontraron con una cazadora. Makoto se detuvo de golpe por el susto, mientras Gabu buscaba una bomba, cuando el rubio mandó a volar a la criatura con una patada tornado. El golpe la dejó aturdida, y por eso, Gabu aprovechó de lanzarle una bomba y corrieron antes de que explotara.
Guiándose por el radar, y asegurándose que no fueran enemigos, siguieron por el pasillo, buscando a sus amigos, o sobrevivientes, lo que pasara primero. En una esquina, vieron pasar una silueta, por lo que no tardaron en alzar sus armas para luego darse cuenta que eran sus compañeros con tres personas.
-Nos asustaron -suspiró Koei.
-Pensamos que eran cazadoras -dijo Arthur.
-Sí, acabamos de matar a una -dijo Gabu-. Si hay una, debe haber más.
-No tienes idea -bufó el platinado.
-¿Dónde los encontraron? -preguntó Makoto por los tres extraños.
-En medio del pasillo -dijo Koei-. Fue un lío abrir la cerradura, tuvimos que poner una bomba -le bajó una gota.
El resto rió antes de continuar la búsqueda. Entraron a uno de los calabozos, pues el radar indicaba un punto en ese lugar.
-Muy bien, ¿por dónde? -preguntó Arthur, al ver el sitio vacío.
-¿No nos encerraron aquí? -recordó Makoto.
-¡Qué recuerdos, de cuando la letra de Shido era linda! -bromeó Gabu, viendo que aún habían garabatos en la ventana.
-No empieces -bufó el rubio, propinándole un golpe en la cabeza, lo que sacó las risas del resto, incluso del mismo pelirrojo.
-¡El ático! -exclamó Makoto, llamando la atención de los presentes-. ¡La celda debe estar en el ático!
El mismo lugar donde encontraron a Emperador Trueno y Bloody Fang para escapar.
-Y ¿por qué crees que está ahí? -preguntó Koei.
-La verdad, creo que los tres pensamos lo mismo cuando entramos -dijo Kyoichi. El tercero sería Gabu.
-Que suba Shido, él sabe cómo abrir la cerradura -sugirió Arthur.
Antes de que el rubio pudiera contestar, Koei ya lo había alzado hasta la puerta del ático, tomándolo de la cintura.
Abrir la puerta le tomó un rato, pues era un sitio viejo. Una vez que lo logró, comenzó a toser por respirar el polvo, del que había olvidado su existencia en ese castillo, hasta que se recuperó y se sujetó de los bordes para subir, mientras el resto lo esperaba desde ahí.
Pasó un rato y Koei y Arthur se encargaron de bajar a los refugiados. Eran cuatro hombres, jóvenes, quizás en plena adolescencia, aunque las apariencias solían engañar, sobre todo cuando se trata de asiáticos de piel estirada que aparentan menos edad aún cuando tienen cien años (?).
Nadie es más vampiro que los asiáticos (?).
Pasado un tiempo, lograron reunir a todos los sobrevivientes, entre persecuciones y peleas, tantos con enemigos como entre ellos; éstas últimas eran discusiones bastante ridículas. Cuando hallaron la última celda, apareció Kiku, quien estaba feliz de ver a su hermano otra vez, y viceversa.
No hizo falta llamar a las tropas, lo más probable era que siguieran disparando contra las bestias, a juzgar por los estruendos lejanos que los acompañaban en el silencio. Sin embargo, Arthur llamó para avisar que ya estaban listos, para irse enseguida, sin perder tiempo por pelear con las criaturas.
Ya habían ayudado a los sobrevivientes a subir a la nave y sólo quedaban ellos. El hecho de estar en pleno campo de batalla lo dificultaba, pero no tenían más opción; algunos tenían que salir a disparar para salvar a otros, y debido a la misma situación, estaban unos cuantos grupos de las últimas celdas que encontraron en el bosque.
-¡Me hubiera gustado estar ahí! -lloriqueaba Sho.
Así es, hasta los que no participaron de la misión estaban en la nave, y vieron toda la batalla desde ahí. Hasta Hitomi y Amaya estaban ahí, menos los que se fueron apenas comenzaron.
-Nunca había pasado tantos sustos en un día -suspiró Koei, apoyándose de una pared, para deslizarse y sentarse en el suelo.
-¿Desde que secuestraron a Kiku? -preguntó Arthur, a lo que el ninja asintió.
-La misión fue un éxito, a pesar de los contratiempos -dijo Yuki, acercándose al grupo con su típica sonrisa-. Los felicito; los cinco fueron muy valientes, pero recuerden que sólo es el inicio. Pronto vendrán misiones peores.
Koei, Arthur, Gabu y Makoto asintieron. Estaba de más el último punto porque ya lo sabían, pero de todas formas, encontraban bueno que Yuki se preocupara.
Hitomi entró a la enfermería, donde hace unos momentos se había encerrado su novio. Había notado su extraña actitud, sabía que trataba de disimular en el cansancio de la misión, pero con ella no le resultaba, preocupándola. Sabía que después aparecerían sus compañeros para preguntarle lo que había hecho, lo que ella también había visto desde ese lugar, pero a veces eran tan insistentes que prefirió adelantarse por cualquier situación.
Ahora mismo, estaba apoyada en el marco de la puerta del lavabo, donde el rubio juntaba agua entre sus manos para pasárselas por la cara. Había notado la presencia de Hitomi, pero ambos habían evitado emitir algún comentario, por lo menos hasta que uno de ellos, o ambos, estuviera preparado.
-Hueles mal -bromeó la platinada para aliviar el ambiente.
-Koei dijo que protagonizamos una masacre -siguió el rubio, cerrando la llave del lavabo.
Se miraron unos segundos antes de reír.
La platinada se acercó a él para rodear su cintura con sus brazos, ocultando su rostro en su cuello, del que comenzó a olfatear como si fuera un perrito. Una sonrisa traviesa adornó su rostro, pasando su lengua por el mismo para terminar dejando un beso en el sitio. Luego, sintió sus mejillas ser acunadas entre el frío metal de sus manos, para alzar la mirada, quedando expuesta a los labios que se posaron sobre los suyos.
Sentir que lo que la tocaba ya no era carne se le hacía raro, pero no en el mal sentido; seguía sintiendo escarabajos por todo su cuerpo, el palpitar descontrolado, el sentirse protegida entre sus brazos. No le importaba el material, no mientras fuera Kyoichi.
Ese contacto lento e inocente decidió tomar otro rumbo cuando Hitomi deslizó la punta de su lengua por el labio inferior de su novio, obligándole a abrir la boca y así tener una batalla de lenguas, en la que ninguno tenía intención de superar al otro, no mientras lo disfrutaran. Buscando la cercanía del otro, acercando más sus cuerpos, si es que era posible.
Una de las manos de Hitomi ascendía por el pecho de su novio para detenerse en su cuello, propinando caricias que le causaban cosquillas a Kyoichi, haciéndolo suspirar en el beso. Sonrió y siguió torturándolo, disfrutando de las respuestas a sus estímulos, pero no contó con que él le daría de su propia medicina, separándose tras morder su labio inferior para descender sus besos a su cuello, ese punto lo suficientemente débil para hacer delirar a la platinada.
Mordió con delicadeza esa zona, sacándole un gemido que lo hizo reír antes de separarse, manteniendo unidas sus frentes.
-Travieso -Hitomi hizo un puchero.
-Tú comenzaste -rió, contagiándola.
Al oír la puerta abrirse, se separaron por completo. Para el resto, podía ser obvio que tenían sus momentos íntimos en plena soledad, pero eso no significaba que debía ser un espectáculo y a ellos tampoco les gustaba serlo.
Amaya se asomó junto a Taiga, que llevaba un cabestrillo por su lesión en el hombro derecho, para ver a la pareja. La emo tenía una sonrisa traviesa, mientras que el chico simulaba estar serio, aguantando una carcajada.
-¿Qué estaban haciendo, picarones? -preguntó la gata de Cheshire (?).
-No tenemos por qué darte explicaciones -dijo Hitomi, sacándole la lengua.
-Bueno, al menos sé que disfrutaron de su sesión de besos -rió, señalando los labios rojos.
-Por cierto, Hitomi -rió Taiga-, cúbrete bien el cuello.
-¡¿Qué?!
La platinada miró su cuello a través del espejo, donde resaltaba una marca rojiza. Nada que no pudiera desaparecer en unos momentos, como no era nada fuerte y era más una marca de roce, pero eso no evitó que se sonrojara hasta las orejas.
-¡Kyoichi! -los otros tres rieron al grito.
-No te quejes, que lo tuyo fue peor -el rubio levantó ambas manos, inocente.
-¡Ya, cállate! -se cubrió el rostro con sus manos, mientras sus amigos estallaban en carcajadas y su novio reía entre dientes.
-¡Tengo que ver eso! -reía Amaya.
-Tienes a Taiga para eso -bromeó Kyoichi.
-¡No es lo mismo, quiero sobrinos rubios!
-Pues te esperas hasta los cuarenta.
-¿Qué está pasando?
Las risas cesaron al oír la voz de Yuki, quien había entrado junto al resto el equipo, por lo que Hitomi se arregló el cabello enseguida.
-No sé quién de ustedes se ríe para que los peces los escuchen en el mar -continuó-. Bueno, a estas alturas, dudo que haya peces -se retractó.
-Ésa era Amaya -dijo Taiga. Señaló a Kyoichi-. Ese rubio satánico que ve ahí no sabe reír y contiene su irónicamente bella voz de los ángeles...
-Ya déjate de tonterías -Kyoichi lo calló, metiéndole una pastilla de jabón a la boca.
La épica cara de poema de Taiga adquirió el color verdoso de la sustancia, la cual escupió y se pasó su mano repetidas veces por su lengua, mientras algunos se carcajeaban por la escena y a otros les bajaba una gota por la nuca. Kyoichi, por su parte, retomó su postura seria cuando sus compañeros entraron en la enfermería, por lo que el show que montaba su mejor amigo en ese momento no era algo a lo que quisiera prestarle atención.
-¡Maldito hijo de playa, ¿qué te he hecho?!
-¡KYO, TE LA JABONMAMASTE! -Amaya se retorcía de la risa en el suelo.
-Shido, necesitamos hablar contigo -habló Arthur-. Creo que todos los que estamos aquí debemos saber qué está pasando, incluyendo a Hitomi y Amaya.
En el tiempo en que se encerraron en esa habitación para aclarar dudas, salieron a la luz muchas cosas, desconocidas para la mayoría. Kyoichi creía haberse preparado mentalmente por cualquier sorpresa, pero en cuanto recibió las miradas una vez más, su paciencia se fue a la mierda; quería que la tierra se lo tragara. Se arrepentía de haber derrotado a esas criaturas; hubiera preferido ser la presa, que lo descuartizaran y probablemente ser su alimento.
-No sé nada -admitió.
-¿Seguro? -preguntó Sho.
-Ahora que recuerdo -todos miraron a Gabu-, ayer lo iban a atravesar las lanzas que puso como trampa, pero algo lo impidió.
-Tendré que investigar -dijo Yuki-. Quizás en el laboratorio sepan algo.
Dicho esto, salió de la enfermería. El equipo se sumió en un silencio que sólo era roto por el sonido del agua correr en el baño, donde el pelinegro aún limpiaba su lengua de la buena dosis de jabón que le dio su mejor amigo.
-Al final, ¿qué haremos? -preguntó Sho.
-Tendremos que seguir entrenando -dijo Koei, encogiéndose de hombros-. Incrementar la dificultad cada vez más.
-Claro que tú y Taiga quedarían fuera -dijo Arthur al castaño.
-Pero si sólo es un corte -dijo el niño.
-No veo por qué un corte debería impedir que entrene -dijo Hitomi-. Digo, es un tajo, se cura en unos días; te creo si fuera como Taiga, que tiene un esguince.
-Si Shido pierde la otra pierna, ¿podría entrenar? -preguntó Arthur.
-Es distinto, Arthur -dijo Kyoichi-, además, Sho se ha hecho daño antes; un corte no haría la diferencia.
Ante eso no podían decir nada. Ambos tenían algo de razón, quizás estaban exagerando mucho por un tajo o quizás estaban siendo despreocupados, pero bueno, Sho era lo suficientemente maduro para saber qué hacer si su herida se agravaba. Al menos eso querían creer.
Se podían esperar cualquier cosa del castaño.
-Volviendo al tema -dijo Koei-. Debemos ingeniárnoslas para crear otro método de entrenamiento; el de Shido sirvió de mucho, pero necesitamos más alternativas.
-Shido podría lanzar los ataques que lanzó en el campo -sugirió Gabu.
-¿No son letales? -preguntó Taiga, saliendo del baño.
-Ya creía que te habías hundido en el lavamanos -bromeó Amaya, a lo que el resto rió.
-Chicos, lo mejor sería que Shido no lance ataques hasta saber qué está pasando -sugirió Koei-. Digo, tal vez aún no los puede utilizar bien, a pesar de que no hubo problemas en el campo.
-Entonces, nos reduciríamos a ataques con armas -dijo Sho.
-Shido, tú nunca has entrenado con nosotros -dijo Arthur-. Sería bueno que nos hicieras una demostración.
El rubio puso los ojos en blanco, resignado.
En ese momento, un temblor en la nave los alarmó.
-¿Qué fue eso? -preguntó Makoto, por primera vez en todo ese rato.
Arthur fue el primero en levantarse y caminó hacia la puerta.
-Espera, Arthur, ¿a dónde vas? -preguntó Sho.
-Lo más probable es que hayan atacado la nave.
-Pero...
-Chicos, nuestro deber es salvar este mundo, una y otra vez -el caballero volteó a verlos-. Entiendo que algunos de ustedes hayan tenido suficiente con lo de hoy; si me quieren acompañar, bien; si no, no los obligaré.
Como siempre, si era Arthur, era con Koei y Kyoichi, el famoso trío dinámico que iba a todas partes. Esos dos fueron los primeros y los únicos que se levantaron para ir tras Arthur.
-Pero, chicos... -musitó Taiga.
-¿Están seguros? -preguntó Makoto.
-Estaremos bien -aseguró Arthur.
-Ya verán que regresaremos sanos y salvos -dijo Koei.
Aunque lo cierto era que todos estaban nerviosos, incluso si se trataba de gente que se impuso esa misión, pero... por mucho tiempo, tuvieron miedo. No valía la pena posponer algo que sabían que ocurriría en algún momento por temor a que las cosas salieran mal.
Quizás no esperaban que una nueva crisis llegara tan pronto...
No voy a explicar qué es la "patada tornado" porque me da paja :v y porque creo que el nombre lo dice todo xD
No, no me gusta Maluma :v es más, odio a ese parásito -.- (sin ofender ofendiendo (?)
Akira, te eché de menos Q-Q ya me estaba pasando películas de que te había pasado algo :'v y sí, me faltó tu valioso comentario XD espero que hayas tenido mejor suerte que yo en el año :3 en el sentido de que mis profes se encargaron de hacerme la vida imposible -_-
Y... desconocido, que espero y sea la que creo que es :v si no, tienen derecho a condenarme a una pena de muerte (?) me alegra que te guste, que de nuevo me estaba pasando películas xD siiii Gabu y Mako-chan 7w7 (?)
En fin... sé que me desaparecí por un mes :v de nuevo -_- qué recuerdos... de cuando estaba en el colegio :P pero ahora me pasé un mes escribiendo este maldito cap :l
Sé que está de más decirlo, pero ideas nunca están de más xD y... ¿blanco con dorado o negro con azul? :3 un poquito pasada de moda la hueá xD
Chao chao!
