11.
Ayame cortó con Masuda cinco semanas después.
No podía evitarlo. Cada día pensaba más en Law. A todas horas. No conseguía deshacerse de su imagen, que la perseguía a todos lados. Continuaba recordando unos y otros momentos vividos junto al joven. Soñaba con él, imaginaba su voz, se preguntaba qué estaría haciendo en aquel preciso instante...
Cuando estaba pasando el rato con Masuda, no podía evitar compararlo con Law. La joven se sentía terriblemente culpable por ello. Se suponía que era su novio quien debía ocupar sus pensamientos, pero, en lugar de eso, su cabeza echaba a volar y se perdía recreando e imaginándose a Law siempre en el lugar de Masuda. Al cabo de poco tiempo, Ayame comenzó a negarse a tener sexo con su novio, ya que no podía hacerlo sin pensar en su viejo amigo. En su vida diaria, su mente tampoco descansaba.
Law no hubiera contado esos chistes tan tontos. Law no mostraría tan abiertamente sus sentimientos. Law era más atractivo, Law tenía más carácter. No mantenía una falsa actitud de chico malo para ocultar su verdadera forma de ser. No daba miedo, sino que se veía adorable cuando se enfadaba o soltaba insultos. Y Law era, en general, más masculino. Y más misterioso. Y tenía más dignidad.
Daba igual que, objetivamente, Law no fuese tan amable, extrovertido o detallista como Masuda. O que su cara de mal genio fuese todo lo contrario de la eterna sonrisa del joven, o que se ofendiese con demasiada facilidad. Daba igual incluso que Law nunca hubiera llegado a reconocer de forma alguna que estaba enamorado de Ayame: ella siempre se las apañaba para que, de una forma u otra, su amigo saliese siempre ganando en la comparación.
La joven se sentía fatal, y muy culpable, cada vez que Masuda le dedicaba una de sus dulces sonrisas y ella resultaba estar pensando en Law. ¿Cómo podía traicionar así a su pareja? Masuda era un chico estupendo, que no se merecía ese trato ni ese desprecio. El joven había aceptado sin rechistar la reciente falta de fogosidad de Ayame, y había notado que le pasaba algo. En consecuencia, se había desvivido por complacerla, haciéndole más regalos y carantoñas que nunca; consiguiendo tan sólo que ella se sintiese todavía más culpable. Ayame había llegado a llorar, sintiendo una mezcla de lástima por Masuda y asco de sí misma y de lo mal que trataba al chico.
Finalmente, el pobre muchacho se tomó fatal la ruptura. No lograba entender, como es natural, qué demonios había pasado para que, de pronto, Ayame se hubiese aburrido de él. La joven, además, no había ayudado, precisamente, a aliviar su pena. Demasiado temerosa de contarle la verdad, lo había dejado poniendo una excusa barata, de esas que parecen sacadas de una lista de frases precocinadas para terminar una relación.
¡Y ella que había llegado a creer que por fin había olvidado a Law...! ¡Qué ilusa!
– ¿En serio? -habían preguntado sus amigas cuando se lo había confesado-.
– En serio.
– ¿Después de cinco años? ¿Después de cinco años sin verlo sigues enamorada de él?
– Sí.
Era tan rotundo como cierto. Ayame no sabía qué hacer. No tenía forma alguna de contactar con él. No sabía dónde estaba, ni a qué se dedicaba. Todo lo que sabía era que estaba bajo orden de busca y captura. Cielos.
"Que nadie lo atrape, por favor", rogaba ella a nadie en particular.
Sólo podía esperar a que algo ocurriese, ya fuese el olvido o el reencuentro. Realmente no dependía de ella, pero la joven había puesto todas sus esperanzas en lo segundo.
Por ahí fuera, en el Archipiélago, en la calle, la gente no dejaba de hablar de los Once Supernovas. Se decía que dentro de algunos meses, todos ellos pasarían por Sabaody. Once piratas cuya recompensa excedía los cien millones de beris. Las amigas de Ayame decían que, de ser así, tendrían miedo de salir solas a la calle, pero la joven estaba ansiosa. ¿Qué pasaría si se encontraba a su viejo amigo un día en cualquier parte?
Había un pequeño problema: aquella despedida que nunca había ocurrido. Law era el hombre más esquivo que Ayame había conocido nunca y ella seguía sin saber qué había pasado exactamente el día de su marcha. ¿Qué demonios había pasado por la cabeza de Law?
La joven tan sólo sabía lo poco que Kenji y Bepo le habían contado en sus cartas: que el muchacho había aparecido tirado en la calle, fingiendo encontrarse mal; y que luego no había vuelto a pronunciar su nombre jamás. Pensarlo entristecía a Ayame, que continuaba dolida; pero en el fondo de su corazón, no podía enfadarse con él. Estaba casi segura de que había alguna razón de peso para que aquello hubiera ocurrido, porque Law no se comportaría así sin un buen motivo. No sabía si Law la quería del mismo modo que ella a él, pero al menos algo de cariño sí que le tenía. Y eso era indudable. Al fin y al cabo, habían sido casi como hermanos. Los dos jóvenes habían compartido una extraordinaria afinidad. Ya con catorce años cada uno podía prácticamente adivinar lo que estaba pensando el otro y se habían vuelto inseparables. Tenían la misma forma de entender la vida, el mismo sentido del humor y del deber, el mismo sentido común, los mismos gustos, y un profundo respeto el uno por el otro. La forma de ser de cada uno concordaba perfectamente con la del otro de una manera increíble. Ayame nunca se había vuelto a encontrar tan a gusto con nadie más.
Pensar en todo aquello hacía que Ayame se pusiera aún más nostálgica, y que sus ganas de perdonar al joven aumentasen considerablemente. Pero no podía hacerlo así como así. Ayame estaba verdaderamente confusa. Estaba loca por Law, enfadada con él y a la vez triste por cómo todo había resultado. Ojalá nada de aquello hubiera ocurrido. Ojalá no se hubiera ido nunca, y ambos hubiesen continuado siendo amigos con aquellos roces que tenían de vez en cuando. Ojalá ese estúpido no se hubiera vuelto majareta y decidido echarse atrás en el último momento...
Trafalgar Law se encontraba extrañamente bien. Estaba pasando página. En la cubierta de su submarino, que había emergido para acercarse a la siguiente isla, la brisa corría con fuerza, despeinándolo. Cuántas cosas habían cambiado en tan poco tiempo. ¿Quién le iba a decir a él que era tan sencillo hacer amigos cuando uno se lo proponía? A pocos metros de distancia, Penguin y Shachi, dos de sus más allegados subordinados, hacían el tonto con Bepo. Aquellos tres le habían salvado la vida en más de una ocasión. Habían sido los primeros en unirse a su tripulación, tan sedientos de aventuras y libertad como ahora lo estaba Law. También habían sido piezas clave en el robo a la Marina del submarino en el que ahora navegaban.
– ¡Vamos a ser los piratas más originales de todo Grand Line! -había exclamado Shachi alegremente después del robo, mientras todos tapaban el símbolo de la marina pintando encima el Jolly Roger de la banda-. ¡No hay nadie que vaya por ahí en un submarino!
Law sonreía bastante a menudo con las bromas de su tripulación. Bepo, a pesar de que al principio había tenido algunas reticencias a cometer ciertos actos criminales, también parecía ahora más alegre.
– ¡¿Vamos a robarle a ese tipo la Ope-Ope no Mi?! -se había escandalizado el oso cuando había escuchado la propuesta por primera vez-. ¿Es que no podemos conseguirla de una forma más legal? ¡Comprándosela, o algo así!
– ¡Bepo! -lo habían reprendido los demás- ¡Nadie tomará en serio a unos piratas que van por ahí pidiendo permiso para todo!
Esa era una de las cosas que más le gustaban a Law de ser pirata. La libertad. Podía hacer prácticamente todo lo que le viniera en gana. Él y sus subordinados eran los artífices de sus propias vidas; dictaban sus propias leyes; no le debían nada a nadie. Y aquella forma de vida llenaba constantemente su sangre de adrenalina, una sensación verdaderamente agradable. El poder y el saberse poderoso también estaban bien, y parecían motivar realmente a sus compañeros; pero no eran realmente lo que Law buscaba. Él prefería la brisa en la cara antes que el sonido de su nodachi siendo desenvainada antes de una batalla. Y se había vuelto casi adicto a aquella sensación de poder hacer lo que quisiera: se divertía desafiando a la Marina. Ser el mejor de los piratas era un reto que alimentaba su alma. Vivía tratando de superarse cada día, tenía un motivo para levantarse cada mañana. Y ya casi no pensaba en Ayame.
Podría decirse que la vida le sonreía igual que su propio Jolly Roger. Law sentía que se aliviaba un poco el peso de su corazón. Bepo, quien más lo conocía de entre sus amigos, lo había notado a pesar de que el joven continuaba siendo bastante brusco en sus modales y reservado en su intimidad.
– ¿Qué le pasa a éste? -había dicho Penguin al cabo de pocos días de haber ingresado a la banda-. ¿Siempre se comporta así?
– Está enamorado -había confesado rápidamente Bepo, tan sincero como siempre-.
– ¡Cualquiera lo diría! -había ironizado entonces Penguin-.
Y es que el capitán acostumbraba a llevarse al submarino a pasar la noche a cuantas chicas podía; nadie sabía si pagando o no. La mayoría de aquellas chicas eran guapas, rubias y abandonaban el buque nada más salir el sol. Por desgracia, las paredes del submarino no estaban precisamente bien insonorizadas, y sus tripulantes ya se habían pasado más de una noche en vela, escuchando los gritos y jadeos provenientes del camarote del capitán e intercambiando risitas y miradas incómodas. Particularmente perturbadora había sido la ocasión en que Penguin, Shachi y Bepo se habían cruzado, por la mañana temprano, con una morena de muy buen ver.
– ¡Ese tío! -les había confesado la joven poniendo cara de circunstancias-, ¡tiene unos fetiches muy extraños!
Nunca supieron de qué se trataba, pero aquella información dio pie a toda clase de conjeturas. Penguin estaba convencido al cien por cien de la teoría que él mismo había discurrido:
– Os digo yo que se folla a las tías cortadas en pedazos y luego las vuelve a recomponer -juraba y perjuraba una y otra vez-. ¡Y hasta me atrevería a decir que sólo se lo hace a las que no son rubias!
Cada vez que el joven repetía aquello, su compañero, Shachi, se estremecía, se giraba hacia Bepo y lloriqueaba cómicamente:
– ¡Bepo, ¿te das cuenta de que mi cama está al lado de la de este pirado?! -decía señalando a Penguin-. ¿Pero cómo va a hacer nuestro capitán esa animalada? -espetaba entonces girándose nuevamente hacia el otro-.
Nadie de la tripulación creía aquellas cosas realmente, pero, aún así, cada una de las mañanas que seguían a cada una de aquellas noches de pasión, un montón de ojos inquisitivos se posaban sobre Law.
El capitán era un hombre bastante misterioso y reservado. Apenas compartía sus pensamientos con sus amigos. Tan sólo lo hacía en contadas ocasiones, o cuando era estrictamente imprescindible. Ni siquiera Bepo, el más cercano a él, lograba saber ni la mitad de las cosas que pasaban por la cabeza de Law. Era prácticamente imposible saber cómo iba a reaccionar aquel hombre ante nada, y Bepo lo pudo comprobar de primera mano en cierta ocasión.
El submarino estaba ya acercándose a la segunda mitad de Grand Line, el ansiado Nuevo Mundo.
– Ah, Capitán -dijo Bepo, que había tomado la costumbre de llamar así a su amigo-. Nos acercamos al Archipiélago Sabaody.
Trafalgar miró entonces a su amigo por el rabillo del ojo, como diciendo "vigila lo que vas a decir", pero el oso no se dio por aludido.
– ¿Has pensado, ya sabes...? -el oso hizo una pausa, dudando de si continuar o no con aquel delicado tema-. ¿... en buscar a Ayame?
Bepo levantó entonces la mirada para encontrarse con los ojos llenos de odio de Law. El joven lo estaba mirando con la expresión más seria y oscura que Bepo había visto nunca.
– ¡Oh, creí que ya lo habrías superado! -se excusó rápidamente el animal-.
Law continuaba mirándolo de esa forma aterradora.
– ¡Vale, lo siento! -exclamó Bepo, ya sin saber qué decir para disculparse-. ¡Perdona por sacar el tema!
Pero esas poco efectivas palabras fueron lo último que el oso pudo decir justo antes de recibir un puñetazo de su amigo. Bepo cayó sentado al suelo, y se quedó allí, mirando cómo Law se marchaba enfadado. ¿En qué cabeza podía caber la idea de que alguien siguiera tan resentido después de tanto tiempo? Y, de verdad, ¿qué pensaba hacer cuando llegaran a Sabaody? ¿Volver a fingir que la joven no existía, igual que hacía varios años?
Bepo estaba sinceramente emocionado por la perspectiva de que existiera una posibilidad de reencontrarse con su amiga. Quería hablar con ella y preguntarle qué tal le había ido. Quería ver su piso, conocer a sus amigas, comprobar cuánto habría cambiado... No iba a perderse aquella oportunidad de reencontrarse con Ayame, y así se lo hizo saber a Law cuando tan sólo faltaban unos días para arribar al Archipiélago.
– ¡Haz lo que te dé la maldita gana! -había respondido Law, irritado-. Pero a mí déjame en paz.
Bepo, que había aprendido la lección, se tomó muy en serio aquella advertencia. El día del desembarco, puso todo su esfuerzo en escabullirse lo más discretamente posible. Emocionado, el animal recorrió lo más rápido que pudo todos los manglares que le separaban de la casa de su amiga y se regaló los oídos con el interminable chillido que ella emitió cuando se lo encontró al abrir la puerta.
Ayame apenas podía creerlo cuando vio a su amigo de la infancia plantado en el umbral de su puerta. Bueno, sabía que tarde o temprano los piratas Heart tendrían que pasar por Sabaody, pero, aún así, ¡no se esperaba aquella sorpresa!
– ¡Bepo ¿qué haces aquí?!
La joven chillaba como nunca. De un salto se abrazó al oso, quedando colgada de su mono naranja. Sus zapatillas de estar por casa salieron volando.
– ¡Bepo, Bepo, Bepo! -decía sujetándose al pelaje blanco-.
El oso, soltando algunas lágrimas de emoción, comenzó a girar sobre sí mismo, llevándose consigo en volandas a Ayame, sin dejar de gritar ninguno de los dos. Estaban armando un buen escándalo. Algunos vecinos, alertados, asomaron las cabezas a la puerta, escrutando entre los huecos de la escalera. Las amigas de Ayame introdujeron a los dos viejos amigos en el piso. Apenas podían contener la emoción. Ayame daba saltos por toda la casa y Bepo sonreía ampliamente, complacido por la reacción de la joven.
– ¡Mujer, siéntate! -exclamó Sakai-. ¡Que te va a dar algo!
A Ayame ya le dolían las mejillas de tanto sonreír. Haciendo muecas para relajar los músculos de la cara, se sentó en el sofá, y, tomando a Bepo de las patas, lo invitó a hacer lo mismo.
– ¡No sé por dónde empezar! -exclamó la joven mirando al oso-. ¡Estás igual que siempre!
Bepo rió.
– ¡Pues tú estás muy cambiada! ¡Estás muy guapa, Ayame!
Ella no pudo evitar abrazarlo otra vez, con un pequeño gritito de emoción.
– Bepo, ¡os he visto en los periódicos! -dijo Ayame a continuación-. ¿Cómo se os ocurrió haceros piratas? ¡Qué locura! ¿Es que os llevasteis un golpe en la cabeza?
La joven no dejaba de hacer aspavientos y toda clase de gestos con la cara. Los ojos le brillaban. Bepo, humilde, se frotó la cabeza y respondió que tan sólo buscaban cambiar de aires.
– ¡Lo siento! -se disculpó-. ¡No te avisamos! ¡Sucedió todo muy rápido! Era un momento muy difícil -explicó-. Fue justo después de la muerte de tu abuelo. De repente nos encontrábamos solos, y Law necesitaba sentirse dueño de su propia vida. ¡Le afectó mucho!
El corazón de Ayame dio un vuelco cuando escuchó el nombre de Law. Qué extraño se le hacía. Después de tanto tiempo, parecía como si su amigo se hubiera esfumado, como si sólo hubiera existido en su imaginación. El oír noticias de verdad sobre él resultaba chocante. ¡No había sido todo un sueño!
– Law... -dijo, mientras sus amigas se daban codazos-, ¿cómo está?
Así que iba a ser así de rápido. Bepo se había temido que la joven rodearía el tema durante un buen rato antes de atreverse a preguntar por su amigo. ¿Qué podía decirle?
– ¡Ah! -Bepo se frotó la cabeza todavía más-. Pues... bien... mejor -el oso rió nerviosamente-. ¡Sigue igual que siempre! Ahora está por ahí, por la isla, cerca de la Casa de Subastas, arreglando algún asunto pendiente -terminó-.
– ¿No piensa venir a verme? -preguntó la joven-.
– Ehh... -dudó Bepo-. N-no creo que quiera hablar contigo...
Ayame pareció desalentada.
– Sigo sin saber por qué no fue a despedirme el día que me fui... -dijo-.
– ¿Todavía no has olvidado eso? -preguntó Bepo-.
La joven pareció dudar antes de contestar, pero, finalmente, dijo:
– Escucha, no quiero amargarme hablando de eso ahora que te he vuelto a ver. ¡Cuéntame sobre ti! ¿Qué tal has estado?
Bepo se enfrascó, entonces, en el relato de todas las aventuras que habían vivido hasta llegar allí. Ayame y todas sus amigas escucharon boquiabiertas los detalles de cada una de las peleas que la banda había tenido, de cada uno de los problemas en el camino, y de cada uno de los maravillosos lugares que habían conocido.
– Y ahora tenemos unos asuntillos que resolver -dijo Bepo misteriosamente-, ¡y después continuaremos nuestro viaje hasta el Nuevo Mundo!
