Acto XI: Al atardecer
Parvati Patil sostenía un recipiente ornamentado en sus manos. Lloraba. Se lamentaba por lo injusta que era la vida, que se llevaba a los buenos y dejaba atrás a los malos. Todo representaba tal injusticia que Parvati prefería estar ella dentro de ese recipiente y no su amiga. Claro que aquellos pensamientos siempre surgían cuando una tragedia ocurría.
Podía recordar la oscuridad de la sala en el hospital San Mungo. Eran las seis de la mañana en ese entonces. Lavender yacía tranquila, pero le quedaba poco tiempo. El nuevo tratamiento había llegado demasiado tarde, pues las convulsiones que sufrió cuando estaba en el baño de la habitación significaron la capitulación del cuerpo frente al cáncer. Había hecho metástasis. Ya no había nada que hacer más que esperar a que el organismo de Lavender dejara de funcionar.
—Bueno, hicieron lo que se pudo —dijo la paciente débilmente. Le costaba trabajo respirar—. No puedo decir que estoy asustada, porque ya hice todo lo que debí hacer.
—Lavender —dijo Parvati, pero la aludida la interrumpió.
—Creo que la gente le tiene miedo a la muerte porque sabe que ya no podrá hacer sus sueños realidad. Eso pasa cuando tus metas son demasiado ambiciosas.
Parvati sólo miró a su amiga. No sentía más que admiración por ella, por la forma en que sobrellevó la perspectiva de fallecer, sin miedo, sin vergüenza, sin temor al ridículo. Tal vez de eso se trataban las locuras de Lavender; de emprender cosas grandes haciendo actos pequeños. Muchos podrían pensar que saltar desde cien metros de altura, emborracharse, posar para una revista de hombres o amar a tu propia amiga eran cosas chicas, sin propósito o significancia alguna, pero Parvati aprendió que los detalles hacían toda la diferencia del mundo. Bastó unas pocas horas junto a Lavender para darse cuenta que todo ese tiempo, desde que se puso a especializarse en medicina de diagnóstico hasta que esperó por su amiga a las seis de la tarde, dos días atrás, había estado maniobrando la nave de su vida en piloto automático. A veces era divertido manejar la existencia manualmente, aunque se cometiesen unos pocos errores en el camino, pero ese era el propósito de los errores después de todo: aprender de ellos.
—No está mal tener metas, pero tampoco hay que descuidar los detalles, las cosas simples de la vida —continuó Lavender, mirando a Parvati con la misma intensidad que empleó cuando estuvo junto a ella en la habitación del motel—. Yo lo aprendí demasiado tarde, pero al menos el cáncer me permitió pasar esos momentos increíbles contigo Parvati.
—Lavender —repitió ella con lágrimas en los ojos—. ¡No te vayas! ¡Por favor!
—Nada puede impedirlo ya —respondió Lavender con una sonrisa—. ¿Recuerdas lo que nos contó Harry acerca del Cuento de los Tres Hermanos? ¿Recuerdas cómo terminó?
—Sí.
—Ignotus Peverell pasó su vida ocultándose de la muerte con su capa invisible, pero cuando se hizo viejo y tuvo mucha experiencia de la vida, decidió que su hora había llegado, le dio la capa a su hijo y salió al encuentro de la muerte sin miedo. Así me siento yo.
Parvati no sabía por qué, pero se sentía muy desgraciada. Era sumamente irreal que una hora antes estuviese amando a una persona como jamás lo había hecho en toda su vida. Se sentía como si una parte de su cuerpo se estuviera pudriendo rápidamente.
—Lavender. Eres lo mejor que me ha pasado.
—No pensaste así cuando me viste en los pasillos besándome con Ron Weasley —dijo quien yacía en la cama. Su voz se iba apagando poco a poco—. Creíste que te estaba aserruchando el piso a propósito.
—Pero es que… es que eras insoportable Lavender. Eras tan cursi que podrías dejar a Romilda Vane en ridículo.
—Bueno, los errores están para cometerlos. Pero tú fuiste un acierto increíble, como dar en un blanco a un kilómetro de distancia con un encantamiento aturdidor.
—¿Tanto significó para ti?
—Fue como descubrir que la Tierra es hueca.
Y los minutos pasaban a velocidad de caracol, como deslizándose sobre melaza. Y Lavender seguía languideciendo en su cama, mientras las sombras se alargaban en San Mungo.
—Parvati —dijo Lavender en un tono de voz que apenas se escuchó—. Hazme este honor y cúmplelo, no importa lo que pase—. La paciente extendió ambas manos, las cuales temblaron a causa del esfuerzo y el poco aire que le llegaba a los pulmones. Parvati las tomó, lágrimas brillaban en sus ojos—. No sucumbas al dolor, no permitas que mi partida te impida vivir ni coarte tu derecho a amar. Prométeme que habrá otro después de mí, otro que te aprecie por lo que eres y no por lo que muestras. Prométeme que tus lágrimas no caerán en vano.
Parvati lloró por segunda vez en el tiempo que pasó en San Mungo con su amiga.
—Lo prometo Lavender —dijo, sin secarse las lágrimas, sin evitar sentir los sentimientos dolorosos y abrumadores que sabía que se iban a multiplicar hasta el infinito—. Lo prometo.
Aquellas fueron las últimas palabras que Lavender escuchó. Exhaló su último aliento, despidiéndose de la vida, de las personas a su alrededor, quienes no podían decir nada frente a lo que le ocurrió a esa pobre mujer que acababa de morir. Los llantos de su madre, la incomprensión de su padre y los gritos desgarradores de Parvati conformaron un coro de ruina y dolor que conmovió incluso a los imperturbables sanadores que atendieron a Lavender. Se suponía que Parvati debía mostrar objetividad, pero todo lo que vivió en los últimos dos días no le permitieron enfriar su cabeza. Llamaba a Lavender repetidamente, constantemente, como si el sólo hecho de pronunciar su nombre la trajera de vuelta. Pero no había nada que hacer.
Lavender se había ido.
El funeral fue escueto, pero masivo. Prácticamente todos los miembros del antiguo Ejército de Dumbledore asistieron al último adiós a Lavender Brown, incluyendo el legendario trío. Hubo unas pocas palabras, las cuales, en opinión de Parvati, no hacían ninguna justicia a lo que fue Lavender, sobre todo en los dos días que pasó haciendo esas locuras junto a ella.
Pero no había nada que enterrar. Un último deseo había permitido que Lavender no descansara en la tumba en la que en ese momento estaba siendo velada por un centenar de personas ataviadas de negro.
De vuelta a la actualidad, Parvati estaba de pie en una playa. El océano se extendía manso y azul hacia la lejanía. El sol se estaba poniendo. Los últimos rayos de luz se reflejaban en el agua, dando una cualidad mágica al atardecer. Parvati se secó las lágrimas. Ya no las necesitaba. Tomó con más firmeza el recipiente, el cual estaba cubierto por un trozo deteriorado de pergamino y encantado para que no se estropeara con la agresiva agua marina, extendió el brazo que la sostenía hacia atrás y la arrojó con todas sus fuerzas hacia el azul del océano.
La bajamar haría el resto.
—Bueno —se dijo Parvati, viendo cómo el envase que contenía las cenizas de Lavender Brown se perdía hacia el sol del atardecer—. Locuras realizadas.
Era hora de seguir adelante, continuar con el ejemplo de su amiga. No iba a desperdiciar ningún segundo en vivir y adquirir nuevas experiencias. Y, por supuesto, no iba a permitir que Lavender fuese la última. Habría otra persona, pero a Parvati le daba lo mismo si fuese chico o chica: lo que realmente importaba, era la experiencia vivida.
—Adiós Lavender —susurró Parvati al océano—. Te quiero.
Giró su cabeza hacia las personas que disfrutaban de lo último que restaba del día y vio a alguien que parecía vivir el momento. Se trataba de una chica. Le dio lo mismo. Era momento de comenzar de nuevo.
Mientras tanto, a cien metros de la costa, el recipiente con las cenizas de Lavender flotaba perezosamente bajo el regazo del Océano Pacífico. El trozo de pergamino permaneció allí, sin cambios, sin que sufriese daño alguno, a modo de homenaje hacia la persona que descansaba en el interior.
Diez locuras que cometer antes de morir
1. Saltar desde muy alto.
2. Beber hasta emborracharse.
3. Posar para una sesión fotográfica.
4. Besar a una persona al azar (sin importar si es chico o chica)
5. Jugar a algo atrevido.
6. Cruzar el Lago Negro a nado.
7. Aprender a bailar.
8. Declarar amor a la persona menos esperada.
9. Hacer algo impensable o socialmente cuestionable.
10. Visitar el Océano Pacífico.
Contaba la leyenda que ese recipiente daba buena suerte a los marineros que se encontraban con éste flotando en el mar y que dos días después del encuentro, el afortunado encontraba el amor de su vida y jamás se separaba de ella hasta el fin de los tiempos.
Nota del Autor: Al fin terminé mi primer longfic, pero mi AI no ha dado señales de vida con algún comentario, tomatazo, crítica, elogio o crucifixión. Espero que se desocupe de lo que sea que está haciendo y se dé el tiempo de leer, a menos que lo esté haciendo y me tenga en suspenso.
Espero que les guste, no solo a mi AI, sino que a todos quienes leen.
