once

La ley de las hadas


El Santuario


Sentado frente al escritorio, en la oficina que había pertenecido a Azrael, Seiya terminó por pensar que Keres de Eridano sin duda era un sujeto extraño.

Después de veinte años de vivir en el Santuario, el Caballero de Sagitario era capaz de adivinar muchas cosas por la forma en cada uno de los caballeros disponía sus posesiones, pero le era imposible saber nada acerca de Azrael: la oficina no podía ser más impersonal de lo que ya era.

Poniendo aparte las áreas del Santuario que seguían cumpliendo sus funciones tradicionales, cada uno de sus habitantes daba un toque personal al espacio que le correspondía. Sólo la oficina de Keres parecía una prisión.

Aunque nunca había escuchado que el Patriarca tuviera familia hasta que estalló la tormenta, Seiya había esperado encontrar aunque fuera un retrato de sus hermanos, una carta, tal vez una tarjeta, algo que le ayudara a saber dónde habría podido dirigirse luego de su expulsión del Santuario.

"Si me hubieran desterrado a mí... ¿a dónde iría?" Se preguntó. La sorpresa fue grande al darse cuenta de que tenía muchas opciones: Japón, donde aún vivían muchas de sus amistades de infancia y juventud; España, donde sus suegros y el resto de su familia política le habían hecho sentir que tenía un hogar como no lo había experimentado desde la muerte de sus padres; China, siempre se podía contar con Shunrei y su familia; Italia, el hermano menor de Marin recibía bien a los amigos de ella... "Y además, en las sabias palabras de Humprey Bogart, siempre quedará París, no le simpatizo mucho a mi cuñado, pero ama a Seika lo suficiente como para disimularlo" pensó "las cosas no estaban así cuando la Fundación me envió aquí a tratar de obtener la armadura de Pegaso, entonces estaba realmente solo... ¿y Keres estará tan solo como da a entender este lugar? Ya he registrado dos veces y sólo encuentro cosas relacionadas con el trabajo"

Sacudiendo la cabeza, repasó una vez más los libros de la biblioteca, que en cualquier otro caso habrían dado mucha información sobre el dueño: Enciclopedias, diccionarios de inglés, japonés, griego clásico y moderno, alemán, español, ruso, francés... libros de historia universal, mitologías, tratados sobre religiones del mundo, legislación griega... y contabilidad. ¿Qué se deducía de eso? Que el dueño de los libros tenía que vérselas con gente de todas partes del mundo, diversas creencias y además administrar algo. ¿Es que no había nada acerca de sus propios gustos, de los lugares que había conocido o que le gustaría visitar alguna vez?

Revisó el escritorio una vez más: material de oficina, recibos, tarjetas de presentación de los proveedores, un libro de direcciones... con direcciones de los proveedores y algunas dependencias de la Fundación Graude y el museo de Atenas. Hurgando el fondo de un cajón, sus dedos tropezaron con algo metálico... una cadenita de oro de la que colgaba una placa de identificación del mismo material. Nombre, fecha de nacimiento, género, tipo de sangre... y nada más. Unos pocos datos, tan impersonales como todo lo demás, tratando de resumir la vida de una persona... al convertirla en un número.

-¿Seiya?

Vega estaba en la puerta y su mirada le dio a entender a Seiya que no era una buena idea ser atrapado registrando una oficina ajena.

-Eh... hola, Vega... yo estaba...

La amazona ladeó la cabeza de una manera particular, como diciéndole "tómate tu tiempo, si vas a inventar una mentira, procura que valga la pena". Aquello lo desarmó.

-... Confieso. Estaba tratando de averiguar dónde puedo localizar a Keres. Tengo un recado para él.

-¿De parte de quién?

-Si te dijera que de un fantasma... ¿me creerías?

-Cosas más raras he escuchado.

-¿Pero me creerías?

-Tal vez. Que yo sepa, no acostumbras mentir. Pero dejemos de lado la razón que puedas tener, ya que parece incomodarte: lo que quieres es encontrar al Maestro.

Seiya asintió, tomando una nota mental: Vega seguía refiriéndose a Keres como "el Maestro", quizá Saga no andaba tan descaminado al decir que el puesto era algo más que difícil de abandonar. Vega empezó a acomodar parte de lo que el caballero había desordenado durante su búsqueda.

-¿Ya le preguntaste a su abogada? Tal vez ella pueda decirte algo. Digo, su situación legal no está resuelta todavía, debe haberle avisado a dónde iba.

-No se me había ocurrido, gracias Vega.

-No hay de qué.

Seiya se encaminó hacia el pueblo con una pequeña nota en la que la jefa de personal del Santuario había escrito el nombre y la dirección de la abogada.

"Vanessa X. Metallium" leyó, enarcando una ceja "Vaya un apellido curioso... griego no es... Me pregunto de dónde será esta dama".


Colegio San Pablo


-¿A tu padre?

La mente de Mitsumasa trabajaba a toda velocidad evaluando la situación. Se sorprendió a sí mismo dándose cuenta de que estaba calmado a pesar de la expresión francamente hostil de Vadhani. Su primera reacción había sido algo que definía como "ver la situación desde los ojos de otro", a falta de un nombre mejor. Aún no era consciente de que su herencia como druida incluía cierta habilidad empática, que habría de ser muy útil para un sanador. Tardaría años en desarrollarla en forma adecuada, pero en ese momento era suficiente como para darse cuenta que había más dolor que cólera en el otro muchacho.

-Escucha, Vadhani... –empezó a decir sin estar seguro de cómo continuar la frase.

-¡Beaumont!

Una voz de trueno, perteneciente a un hombre alto y robusto, hizo que Vadhani lo soltara.

-Padre Javier –dijo el muchacho rubio con educación, bajo la cual se advertía claramente algo de disgusto.

-¿Te estaba molestando? –preguntó el sacerdote dirigiéndose a Mitsumasa.

-Eh... no, señor, sólo conversábamos.

Era evidente que el Padre Javier no le había creído, ya que miró de nuevo a Vadhani, y esta vez un poco más amenazadoramente.

-Francamente me está cansando su actitud de bravucón de la escuela, señor Beumont. Espero que no olvide que aún está a prueba y será expulsado a la menor provocación.

-Créame que no voy a olvidarlo –respondió Vadhani-, en especial después de lo bien que me ha recomendado usted con la Dirección del colegio.

El sacerdote gruñó algo ininteligible y siguió su camino, pero antes de haberse alejado mucho volvió a mirar a Vadhani por última vez.

-Haría usted bien en procurar parecerse un poco a su hermana, Beaumont.

Mitsumasa percibió con toda claridad la forma en que fluía la cólera de Vadhani al escuchar eso, y se dio cuenta repentinamente de que Vadhani solía pagar por las travesuras de Eloísa. Cómo lo había comprendido, no tenía idea, pero estaba seguro.

-Cuando eres el mayor, todos te exigen que des el ejemplo, y los hermanos menores se aprovechan de eso, no pueden evitarlo –comentó Mitsumasa.

Vadhani lo miró enarcando las cejas.

-¿De dónde sacas eso? –preguntó.

-Del Manual de Derechos y Deberes de los Hermanos Menores. Ya sabes, regla número uno: "Fastidiar al primogénito por todos los medios posibles e imposibles y en cualquier lugar, tiempo o circunstancia hasta la consumación de los siglos..."

Vadhani sacudió la cabeza.

-Camina, Kido, tu gente está esperando estos libros.

El silencio que siguió a eso se extendió por unos cuantos minutos.

-¿En serio existe ese libro? –preguntó Vadhani de repente.

-¿No lo conoces? La autora es una periodista de CNN llamada Bárbara Checa, lo publicó con el pseudónimo "Gienath". También existe un Manual de Derechos y Deberes de los Hermanos Mayores, escrito por la hermana mayor de ella...

-Ese me interesa...

Mitsumasa trató de corresponder lo mejor que pudo a la sonrisa evidentemente forzada de Vadhani. No le cabía la menor duda de que los problemas apenas acababan de empezar.


Isla de la Reina Muerte


-¿Dónde se fue? –preguntó Fénix.

-Créeme que me gustaría saberlo –dijo Lilith-, pero ahora que no hay nadie distrayéndonos, tal vez podamos terminar un asunto que tenemos pendiente.

-¡Fénix!

Al escuchar la voz de Ikki, Lilith dio un paso atrás y bajó el escudo.

A Ikki no le agradaba que su hija usara la armadura dorada, pero se limitó a fruncir el ceño un poco más, sin comentar nada al respecto. Había algo que por el momento resultaba más preocupante: el nicho en la pared rocosa del volcán estaba vacío.

-¿Dónde está la armadura?

-Terry se la llevó –contestó Fénix.

-¿Terry? Pero... ¡Si aún no está listo para intentarlo!

-Pues yo lo vi hacerlo.

-¡No es posible! ¡Esa era TU armadura! –gritó Deyanira.

Todos voltearon a mirar a la aprendiz. Ikki todavía más serio que antes, Fénix tratando de lucir impasible, Lilith con una sonrisa burlona, e Ismael con el mismo aire preocupado que tenía desde hacía rato.

-Eh... yo... quiero decir...

-Mejor no digas nada. ¿No deberías estar vigilando... –Ikki se interrumpió cuando la cara alarmada de Fénix le recordó la presencia de Lilith-... el gallinero?

Deyanira asintió rápidamente, pero no se movió de su lugar. Lilith nunca había sido de su agrado y tenía la impresión de que era mejor vigilar primero a la Amazona de Perseo y luego a los guerreros.

-¿Cuándo llegaste, Lilith? –preguntó Ikki.

-Acabo de hacerlo. Cuando tu sobrino huyó del Santuario, dejó una nota diciendo que vendría aquí, así que traté de alcanzarlo.

-¿Dices que huyó?

La expresión preocupada de Lilith parecía ser realmente sincera mientras asentía con gravedad.

-Ikki, alguien trató de matar a Terry, quienquiera que fuese, usó veneno y tuvimos mucha suerte de que Verena diera con el antídoto rápidamente... pero él estaba muy débil la última vez que lo vi...

Ikki señaló el nicho vacío.

-Nadie que esté débil podría enfrentarse al Fénix.

-Por eso no me explico cómo lo logró. Pero eso no es lo importante ahora, lo que debe preocuparnos es que el niño no estaba bien, puede ser que no esté actuando racionalmente. Debe estar terriblemente asustado.

-A mí no me lo pareció –gruñó Fénix sin que nadie la escuchara.

-Oigan... –intervino Ismael.

-¿Qué quieres? –preguntó Ikki.

-Que pongan atención. ¿Oyen ese sonido?

Era un zumbido, como el de un enjambre de abejas y en cualquier otra parte del mundo habría pasado inadvertido... pero eso no era posible en una isla en la que no había abejas...

La idea de que el sonido venía de cerca resultó ser solo una ilusión, como descubrieron luego de un rato de tratar de ubicar la fuente, y ya estaban cerca de las cabañas cuando el sonido se detuvo con brusquedad. Ninguno lo comentó. No había mucho que se pudiera decir ante el espectáculo que contemplaban: la cabaña de Ikki y la de los aprendices habían desaparecido... o quizá no habían desaparecido sino que... habían sido reducidas a ceniza.

-¿Qué demonios...? –reaccionó Ikki finalmente.

Fénix se cubrió la boca con una mano, como para evitar un grito.

-Tal vez podamos rescatar algo –sugirió Lilith con aire inocente.

-¿Pero qué clase de incendio fue? –dijo Ismael, acercándose al montón de cenizas más cercano-. Está bien que las casas fueran de madera, pero no pudieron haberse quemado completamente en tan poco tiempo...

-Especialmente si tomas en cuenta que no quedó ningún resto sólido –dijo Ikki, dándole una patada a la ceniza que, efectivamente, era un montón suave y homogéneo del que no sobresalía nada-... y que esta ceniza está fría.

-¿¡¿Fría? –exclamó Ismael-. ¡Eso es todavía más imposible que un incendio tan veloz!

-Jericó –dijo Deyanira.

-¿Qué? –preguntaron los demás.

-Esto no es ceniza, Maestro. Son las cabañas y su contenido, todo convertido en polvo. Se puede hacer: una vibración en la frecuencia adecuada puede romper un vidrio, o hacer que se derrumbe una muralla, como los muros de Jericó...

-¿Y pulverizar madera, metal, plástico, cerámica y tela, todo al mismo tiempo? –dijo Ikki.

-Cosas más raras he visto –insistió Deyanira- sobre todo desde que llegué aquí.

-Aquel sujeto... –murmuró Fénix- el de la voz extraña...

Lilith la interrumpió haciéndole una pregunta a Ismael.

-¿Y tú quién eres, muchacho?

Ikki pasó revista a todas las posibilidades en menos de un segundo: podía decir la verdad y admitir ante la consejera de Atenea que los Guerreros del Zodiaco Chino llevaban varios días en la isla sin que él lo hubiera comunicado al Santuario, aún sabiendo que habían atacado a Kiki, Mircea y Ginsei; o bien podía inventar una mentira lo más rápidamente posible a fin de ganar algo de tiempo mientras buscaba otra solución.

-Se llama Ismael, es primo de Deyanira y está de visita –dijo.

-¿Ah, sí? –la sonrisa de Lilith se hizo más amplia-. Tenía entendido que en el expediente de Deyanira no aparece ningún pariente, a excepción de su hermano Junta.

Lo había dicho mirando a Fénix, que captó el mensaje inmediatamente: si ella no comentaba que el posible responsable de la destrucción de las cabañas estaba a su servicio, Lilith no mencionaría que Deyanira, y ahora también su padre sabían que ella y sus amigos estaban en la Isla de la Reina Muerte.

La guerrera se tragó su cólera y le devolvió una sonrisa amarga a la amazona como diciendo "trato hecho".

En cualquier otro momento se habría reído en la misma cara de Lilith solo por plantearle una sugerencia así, desde que se había encontrado con su otro yo como Guerrera del Gallo, Atenea y el Santuario la tenían sin cuidado... pero no podía sentir la presencia de ninguno de sus compañeros, exceptuando a Ismael, no podía darse el lujo de ponerlos en peligro, en caso de que aún estuvieran vivos y no formaran parte de aquel polvo repentino. Además, no estaba segura de qué tantos problemas podía causarle Lilith a Ikki, y no quería averiguarlo.

Había que ser prudente.


Monasterio de Kapilavastu


Kapilavastu ocupaba un pequeño rincón de La India cercano a Nepal. Su principal monasterio budista estaba ubicado en una región montañosa casi inaccesible. Nada perturbaba el silencio del gran edificio, el cual podría haber sido mucho más espléndido gracias a las generosas donaciones que llegaban de todas partes del mundo a aquel sitio, donde el fundador del Budismo había pasado su infancia, pero los monjes habían preferido tradicionalmente la sencillez. Toda la riqueza acumulada a lo largo de siglos se encontraba concentrada en un solo lugar: la estancia de los budas.

Cientos de estatuas ocupaban nichos en las paredes de esa sala, cada una de ellas mostraba un aspecto distinto de la Iluminación, como un reflejo de la estatua que ocupaba el lugar de honor: un inmenso Buda de oro, sentado sobre un loto abierto, con las manos entrelazadas, los ojos apenas abiertos y una expresión llena de dulce serenidad.

Ananda, el superior del monasterio, realizaba su meditación diaria cuando notó que empezaba a subir la temperatura. Los demás monjes escaparon a toda prisa cuando una columna de fuego estalló en mitad de la estancia.

Demasiado sorprendido como para poder asustarse, Ananda observó que el fuego parecía más una imagen proyectada que algo real. Brillaba y daba calor serpenteando por suelo, paredes y techo, pero no consumía los materiales del lugar ni creaba humo.

El anciano había visto suficientes maravillas como para saber cuál era el curso de acción adecuado: mantener la calma; después de todo, estaba más o menos a salvo en el espacio que quedaba entre una de las estatuas y la pared del nicho correspondiente.

El fuego no se aplacó del todo, quedaron pequeñas llamas corriendo aquí y allá, pero ya no parecía que la estancia fuera el interior de un horno. Y el fuego había dejado algo más: un muchacho vestido en negro, rojo y bronce.

-¡Sakyamuni!

Los ojos de la estatua principal se abrieron un poco más, su sonrisa se hizo más evidente y la voz del Buda se escuchó suave y calmada.

-Así que lo hiciste, finalmente. Maitreya empezaba a temer que hubieras decidido dar marcha atrás y yo sinceramente empezaba a preguntarme si fue sabio pedirle permiso a tu padre para que cumplieras tu misión, él trató de criarte como le indicamos, pero de todos modos su corazón lo obligaba a tratar de detenerte.

Terry se sentó en el suelo, frente a él.

-¿Y si él hubiera dicho que no, Maestro? ¿Los Budas habrían aceptado su decisión?

-¿Por qué me preguntas eso ahora, Thiérry?

-Porque sé perfectamente que no habría podido nacer en este siglo si no hubiera sido hijo de Shun. ¿Habrías aceptado un "no" por respuesta?

-No teníamos dudas de que aceptaría. Es el ser más puro de su generación y actuó según su naturaleza. Ahora es el momento en tú debes actuar según la tuya.

-Todo esto ha sido un error desde el principio.

-Thiérry...

-¡No! ¡Escúchame primero! ¡Lo que hicimos fue mentirle!

-Claro que no, le explicamos claramente cuál sería tu destino: guiar al posible sucesor de Hades…

-¡No me refiero a eso! ¡Nunca le dijimos quién sería yo realmente! ¿Cuál será la recompensa de engañar a un hombre bueno, Maestro?

Sakyamuni cerró los ojos.

-Entonces... fue por eso que te negaste a actuar cuando te pedí que lo hicieras... Debías haber despertado a tu verdadera identidad al cumplir los cuatro años, para que pudieras venir aquí y que los monjes completaran tu educación. Esa ha sido siempre la costumbre.

-Porque no debo tener ataduras, no hace falta que me lo repitas.

-Y por eso –Sakyamuni continuó como si Terry no lo hubiera interrumpido- fue que arreglamos algo para forzarte a despertar...

-El falso video de vigilancia a la mitad de una película infantil. ¿A quién le pediste que hiciera ese trabajo? ¿A Exael de la Sombra Violeta?

Sakyamuni sostuvo la mirada del muchacho.

-No había más remedio que acudir a medidas extremas, Thiérry, de otra manera habrías continuado soñando y lo que hoy tendría frente a mí no sería el Ave de Fuego. No nos quedó más remedio que provocarle al niño en el que dormía tu conciencia un dolor lo suficientemente agudo como para obligarlo a buscar la fuerza de su verdadero ser. Mi corazón sangró por tener que lastimarte de esa manera, ¡pero los sentimientos de una sola persona no valen las vidas de millones!

El silencio se hizo pesado. Terry había inclinado la cabeza mucho antes de que Sakyamuni elevara la voz y ahora el Buda no podía adivinar su expresión. Poco a poco se escuchó algo, una risa sarcástica y llena de amargura.

-¿Fue por eso que enviaste a Kwannon a vigilarme?

-Ella llegó antes que tú, ¿recuerdas? Tu discípula te conoce demasiado bien y esa fue su iniciativa. En todo caso, ya no podemos volver atrás.

Terry sacudió la cabeza y se puso en pie, parecía estar sereno finalmente.

-Maestro... qué terribles son los pecados de los hombres buenos...

-Lo sé, Terry, lo sé. Pero no había otra solución.

-Que no la veamos no significa que no exista.

-Puede ser, pero hasta entonces...

-Debo seguir con mi misión. Sí, lo entiendo. Pero sigue sin ser justo.

-Nadie dijo que no sería doloroso, hijo mío.

-Un favor, Maestro... ¡no me llames "hijo"!

-Como quieras. ¡Ananda!

El monje salió inmediatamente de su escondite e hizo una profunda reverencia ante la estatua.

-Amigo mío –dijo Sakyamuni-, este es un momento de alegría, ya que uno de los grandes budas ha regresado a la Tierra con una misión especial. Este muchacho cuyo cuidado te confío ahora es Amida, Señor de Sukhavati, el Paraíso del Oeste...

Ananda se inclinó de nuevo, esta vez ante Terry, pero no sonrió, la pausa en las palabras de Sakyamuni le había dado a entender que no todo era tan bueno como parecía.

-Es una bendición que el Buda de la Luz se encuentre entre nosotros una vez más.

Terry sacudió la cabeza.

-Por favor, llámame Terry.


El Vaticano


-¡Marin!

Jorge estuvo a punto de correr hacia ella y abrazarla, pero se contuvo al recordar lo poco dada que era a las demostraciones de afecto, sobre todo en público; por otro lado, habría sido una lástima interrumpir aquella entrada triunfal.

-Ni Ava Gadner ni Marilyn Monroe –sonrió orgulloso-, mi Marin sí sabe cómo hacer una entrada.

Azael decidió que era mejor no buscarse problemas en ese momento. Primero sería mejor averiguar cómo era que la chica había despertado... desde un lugar seguro. Cuando los cuatro amigos recordaron que había alguien más ahí, la Sombra Verde había desaparecido.


Rodorio


En algún momento Ginsei empezó a preguntarse si Shun, Esmeralda y Andy habían centrado la conversación en los planes de la boda para distraerla y que dejara de pensar en lo mal que había quedado durante el ataque de los berserkers. No habían mencionado ni una sola vez a Ares y su gente... ¿se lo dirían o no a Saori?

Y mientras caminaban por las calles de Rodorio con rumbo al Santuario, Ginsei sentía una angustia creciente cuyo origen no podía identificar con claridad.

-Ah, miren quiénes van ahí –dijo Shun, deteniéndose de pronto.

Eran inconfundibles: Vega, Marijose, Verena y Mylagros estaban cruzando el parque cercano. Shun decidió aprovechar la oportunidad.

-¿Por qué no se reúnen con ellas? Yo me adelantaré al Santuario...

-Quieres hablar con Terry primero –dijo Esmeralda.

Shun asintió.

-Nunca he estado muy seguro de cómo va a reaccionar.

Luego de que la pareja se despidiera con un beso más, Ginsei dejó que Esmeralda y Andy la llevaran a alcanzar a las otras.

Minutos después se habían instalado alrededor de una mesa en "La Alfombra", celebrando con risas la noticia del compromiso de Esmeralda y Shun.

-Y yo que vine al Santuario temiendo encontrarte deprimida –rió Marijose-. ¡No hubiera podido encontrarte más alegre, Esme!

-Esto sí que es una gran noticia –aplaudió Mylagros-. ¡Y hay que celebrarlo! ¡Los tragos los invito yo!

-Nada de alcohol -intervino Esmeralda, haciendo un guiño-, hay menores de edad presentes.

-¿Y? –Mylagros hizo un mohín-, a la edad de estas dos yo ya estaba casada...

-Pero es que tú eres un caso especial –intervino la dueña del restaurante, que se había acercado a saludarlas.

-¡Dagaaaaa! ¡Se nos casa Esmeralda!

Daga sonrió.

-Me alegra que Shun se haya decidido finalmente. Y tú no invitas hoy, Myly-chan, invito yo.

-Por mí, feliz.

-¿Ya conocías a Ginsei, Daga? –preguntó Marijose.

-Sólo de lejos. Es un honor, Alteza.

Ginsei miró incómoda a la dueña del restaurante: una mujer de aproximadamente la misma edad que Marijose, cabello oscuro con reflejos dorados y ojos castaños. Vestía un uniforme similar al de los demás empleados de "La Alfombra": blusa blanca, chaleco y pantalón negros y un corbatín; sólo que además tenía un pequeño prendedor de oro rojo con la forma de un dragón que sostenía un zafiro estrella. Había algo familiar en ella, pero la muchacha no podía ubicar qué.

-Preferiría que me llame por mi nombre, todos mis amigos lo hacen.

Daga sólo sonrió. Luego de darle las indicaciones oportunas a uno de los camareros, se unió al grupo, que era todo bromas y risas.

-¿Y tus cachorros? –preguntó, dirigiéndose a Marijose.

-Leonel se ofreció a cuidarlos hoy para dejarme la tarde libre en tan buena compañía.


El Santuario


Leonel se sintió tranquilizado y al mismo tiempo más inquieto que antes al escuchar risas de niños. Por lo menos había podido encontrarlos, ahora faltaba averiguar en qué lío estaban.

Cuando salió de entre las columnas que le impedían ver más lejos, descubrió que estaban con el muchacho de cabello claro que vivía en la Casa de Acuario. ¿Cuál era su nombre? ¿Miles? No... ¿Mihail? Sí, ese debía ser...

Misha estaba de espaldas a él, Leonel estaba seguro de que no notaría su presencia hasta que le hablara, caminar sin hacer ruido era una habilidad natural para él...

-Buenas tardes, don Leonel...

Había hablado antes de voltear a verlo. "El sexto sentido" pensó Leonel y un segundo después se sintió realmente alarmado al darse cuenta de que era la primera vez desde su llegada al Santuario que alguien demostraba alguna capacidad para percibir e identificar un cosmos ajeno. Lo raro no era que un aprendiz avanzado fuera capaz de reconocerlo sin haberlo visto, lo raro era que ninguno de los Caballeros estaba haciendo uso de una habilidad que había sido tan normal... No le había dado importancia a los localizadores y los teléfonos celulares al principio, pensando que serían para comodidad de las personas ajenas a la Orden... pero ahora tenía una duda muy seria: ¿era que los Caballeros de Atenea habían dejado de comunicarse entre ellos por medio del cosmos?


Rodorio


-¿Y tu socio, Daga? –preguntó Vega en algún momento-. ¿Está en la tienda de manga?

-No, en Inglaterra, le toca visitar a los niños.

-¿Tus hijos están en Inglaterra ahora? –dijo Verena-. ¿Entonces sí los cambiaste de escuela?

-Me hubiera gustado que siguieran en La Asunción, ya sabes, me pongo nostálgica porque era mi escuela y estaba muy feliz de que estudiaran ahí, pero entre ellos y su padre no me quedó más remedio que dejarlos probar si pueden adaptarse al Viejo Mundo, estarán ahí un año y, si les va bien y se sienten cómodos, terminarán ahí y tal vez hagan la universidad en Inglaterra también.

-¿Y en qué escuela están?

-El Colegio San Pablo.

El silencio fue instantáneo.

-¿Dije algo malo? –preguntó Daga con aire confundido.

-¿El Colegio San Pablo... de Londres? –preguntó Vega.

-Sí, ese mismo... ¿por?

-La bruja envió a nuestros niños ahí... ¡auch! –alguien le dio un oportuno pisotón a Mylagros, no fuera a ser que Ginsei se enterara del apodo que tenía Lilith entre las amazonas.

-Este mundo es un pañuelo... –dijo Daga e iba a añadir algo más, pero su sonrisa se desvaneció al tiempo que se ponía en pie-. Discúlpenme, vuelvo en un momentico.

Las demás la siguieron con la mirada, intrigadas, mientras iba a recibir a alguien que acababa de entrar al restaurante.

-Oh, no... –murmuró Esmeralda.

Se trataba de una mujer a la que resultaría imposible adivinarle la edad, tenía el cabello oscuro y unos ojos de un gris casi transparente. Su ropa era toda gris, en varios tonos, y las joyas que lucía eran grises también.

-¿La conoces? –preguntó Verena, que percibía en la recién llegada un poder muy antiguo.

Esmeralda asintió.

-Su nombre es Ceniza.

Como si la hubiera escuchado, la Primordial la miró en ese preciso momento. No había el menor rastro de una sonrisa en su expresión. El grupo de amigas guardó silencio, presintiendo que se aproximaba un mal momento


China


El aeropuerto de Pekín estaba atestado a esas horas y el vuelo que tomarían a Italia aún tardaría bastante en estar listo. Nadie había dicho una sola palabra durante la precipitada marcha y ahora el silencio era todavía más tenso. Raquel miró uno a uno a los jóvenes en cuya compañía se encontraba.

Hyoga y Shiryu lucían incómodos, pero trataban de disimular. Raquel se daba cuenta de que la incomodidad no era por los Ángeles y la Sombra, sino por Azrael específicamente, era como si ambos quisieran decirle algo, pero no se atrevieran.

Los otros hermanos de Raziel... sonaba tan extraño referirse a ellos como hermanos de su hijo, pero empezaba a darse cuenta de que había algunas semejanzas entre los siete a pesar de que las diferencias eran realmente grandes. Pero en ese momento ninguno hablaba y todos se esforzaban por no dedicarle ni una mirada a Anmael.

La Sombra Azul permanecía aparte de los demás, donde pudieran vigilarle cómodamente. En Pekín había podido cambiar su túnica por ropas occidentales, un pantalón de mezclilla, un suéter de lana bastante holgado (o más bien demasiado grande) con (¿casualidad?) una A mayúscula, y zapatillas chinas. Raquel pensó que no podría haber elegido nada que lo hiciera verse más ambiguo que eso. Muchas de las personas que circulaban por el aeropuerto se detenían unos instantes para contemplarlo, especialmente los europeos, su largo cabello de un rubio casi blanco, los perfectos ojos azules, las delicadas manos. "En la época en la que sólo los hombres podían actuar en obras teatrales, este muchacho habría acaparado los papeles de heroína en desgracia" pensó para sí.

Luego miró a Azrael, que estaba sentado junto a ella y tenía la mirada fija en el piso. Era el único al que no parecía preocuparle que Anmael fuera a intentar escapar o tenderles alguna trampa. Incluso parecía indiferente. Aprovechando que todos los demás estaban perdidos en sus propios pensamientos y algo alejados de ellos, trató de entablar una conversación con él.

Las respuestas de Azrael eran cortas y rápidas, pero estaba más dispuesto a hablar que en otras ocasiones. Fue por eso que Raquel se arriesgó a hacerle una pregunta.

-¿Azrael?

-¿Sí?

-¿Quién era Zoe?

Por un momento temió que se mostrara ofendido o que simplemente callara... pero, luego de asegurarse de que ninguno de los otros estaba escuchando, Azrael empezó a contarle una parte de su vida... de su primera vida.

En un tiempo anterior a la historia escrita, o por lo menos a lo que las civilizaciones de Occidente consideran la historia escrita, cuando Polaris no era la Estrella del Norte, sino que ese lugar lo ocupaba la estrella Vega, mucho antes de que el eje de la Tierra cambiara en forma drástica, cuando nadie imaginaba siquiera que el paraíso de Hiperbórea acabaría sepultado bajo el hielo de lo que ahora es Groenlandia... esta leyenda es mucho, muy antigua.

No era algo que un humano consideraría un ser vivo y sin embargo tenía vida. Su figura no se diferenciaba de la niebla gris que llena los días fríos y, al igual que la niebla, no tenía voz ni sueños.

Había sin embargo una razón para que estuviera ahí en ese momento. Algo que había pasado mucho tiempo antes, tanto que para él era una leyenda. Los otros habitantes de la niebla le habían contado que en el principio del tiempo se había cometido un crimen en aquel lugar, que una criatura inocente había muerto ahí, y un chamán había querido hacer un monumento a su memoria: en el sitio de su muerte siempre habría niebla, porque ese era precisamente el significado de su nombre.

Los seres de la niebla se habían reunido ante la invocación del chamán y desde entonces existían ahí bajo la sombra de los cipreses. Dentro de los límites del cementerio. Porque el lugar donde Niebla había muerto se había transformado poco a poco en un lugar para el descanso final del pueblo del chamán, y la niebla velaba el sueño eterno de las tumbas.

Él sabía eso, pero no le daba importancia. A ningún ser de la niebla le importaban los pequeños dramas de los humanos. Tampoco les importaba la certeza de que eran prisioneros dentro de los límites del cementerio y que el que intentara ir más allá moriría al ser atrapado por el sol fuera de la sombra acogedora de los cipreses.

Así que nunca pudo explicar qué fue lo que lo impulsó a salir y acercarse a la laguna. ¿Tal vez el aburrimiento? Sin importar cuál fuera la razón, ese impulso cambió todo para él y para muchos otros. Porque ese día conoció a Zoe.

No era ese su nombre en realidad, los humanos no habían creado aún el idioma en el que esa palabra tendría el mismo significado que el concepto que servía para identificarla, no se trataba de una palabra sino de una idea: "vida", pero cuando (mucho tiempo después) él quedó atrapado para siempre entre los límites del mundo mortal (como antes lo había estado dentro de los límites del cementerio) y tuvo que conformarse con usar palabras para expresarse, se encontró con que Zoe era una aproximación bastante buena de lo que quería dar a entender. O por lo menos era la mejor aproximación de que era capaz.

Zoe no le permitió disolverse bajo los rayos del sol. Tenía las características de una descendiente de Agua y Luz y lo obligó a seguir con vida el tiempo suficiente para regresarlo a su hogar, mientras se reía de su imprudencia y le hacía prometerle que no se arriesgaría de nuevo.

Empezó a visitarlo de vez en cuando; ella podía moverse libremente y viajaba mucho, tenía mucho que contar y él siempre escuchaba, siempre.

Por eso le dolió tanto cuando supo toda la verdad y se dio cuenta de la forma en que lo había engañado.

Le dijo que era una Cazadora Blanca, una descendiente de los Primordiales que se había ofrecido como voluntaria para proteger a los Hermanos Mayores, la Humanidad... y él le creyó. Por eso se arriesgó una segunda vez y logró llegar hasta la presencia de la Primera Generación para pedirles que le permitieran ser un Cazador Blanco. Quería acompañar a Zoe en sus viajes, estar siempre cerca de ella. No sabía nada de los humanos ni le importaban demasiado, pero ahora tenía un sueño y por ese sueño fue capaz de encontrar su propia voz para hablarles a ellos... y ellos le permitieron unirse a los Cazadores.

Finalmente estaba libre de las antiguas fronteras. Volvió al cementerio en la fecha en que Zoe debía regresar, para decirle lo que había logrado durante su ausencia y pedirle que lo dejara ir con ella en su siguiente viaje. Cuando se lo dijo, fue la primera vez que la vio dejar de sonreír.

No era una Cazadora Blanca. Era una Lilim, una hija de Lilith... una enemiga. Le había mentido.

Fue por eso que el Cazador Blanco que había sido un espíritu de niebla fue el único que no sonrió cuando supo que era uno de los siete mejores y que los Primordiales le permitirían el honor de integrarse a la raza que había jurado proteger al convertirse en Cazador. Él y los otros seis nacerían como humanos, serían hermanos y podrían usar las armaduras de los Siete Rayos, serían los ángeles que protegerían de las Sombras a los hijos de Eva.

En opinión de Azrael, no había ninguna razón para sonreír cuando sabía que tarde o temprano causaría la muerte de Zoe.

-Tuve suerte, pasaron milenios antes de tener que verla de nuevo, pero cuando nos encontramos otra vez... ella me dijo que podríamos conciliar nuestras diferencias, que podríamos permanecer juntos aunque sus hermanos y los míos continuaran en guerra. Me engañó, me separó de mis hermanos y luego me traicionó... y entonces yo regresé con los Ángeles... luego supe que su madre la había condenado a muerte y había ordenado que sus hermanos se encargaran de ejecutarla –concluyó Azrael.

-¿Ellos mismos lo hicieron?

Azrael asintió.

-Tamiel fue quien me lo dijo. Era la época del Rey Arturo... y la reencarnación de Lilith en aquel tiempo resultó ser una muy extraña.

-¿En qué forma?

Luego de una pausa, el joven suspiró adolorido.

-Doble personalidad. Fue la hija del Rey Pescador y en un momento actuaba como un ángel y al siguiente como un demonio. Decían que el rechazo de Lancelot la había hecho enloquecer, y fue en uno de sus momentos de locura que las Sombras le informaron que Zoe había desobedecido sus órdenes. Después del nacimiento de Galahaad, la princesa pareció estabilizarse y su personalidad secundaria no se presentó en muchos años. Las Sombras tardaron mucho en darse cuenta de que estaba educando a Galahaad para que fuera el Caballero del Grial. Como no pudieron impedirlo, decidieron que la reencarnación de Lilith debía morir y le encargaron ese trabajo a Anmael... fue su primera misión como Sombra Azul.

Raquel miró una vez más al muchacho rubio, que continuaba perfectamente inmóvil, como una estatua.

-¿Cómo era Zoe? –preguntó después de un rato.

Azrael señaló a Anmael con un movimiento de cabeza.

-Anmael se parece mucho a ella, por eso fue que sus hermanos lo eligieron para reemplazarla, para atormentarme y burlarse de lo que sentía por ella...

-¿En serio? –la voz de Anmael llegó clara y serena, sobresaltándolos-. Me parece que crees que el universo gira a tu alrededor. No eres tan importante como para que valga la pena lastimarte. Me dieron el trabajo de la Sombra Azul para atormentarme a mí y para seguir castigándola a ella.

Azrael enarcó una ceja. Anmael tenía una sonrisa burlona que no parecía dispuesta a borrarse. Justo en ese momento se escuchó la primera llamada para los pasajeros del vuelo que esperaban tomar.


El Santuario


Atrapado dentro de los límites de lo que fuera su Casa, el espíritu de Saga de Géminis había estado vigilando durante bastante tiempo las idas y venidas de algunos seres ajenos al Santuario. No tenían ninguna razón para estar ahí y menos ocultando su presencia al permanecer casi completamente afuera de lo que conocemos como "realidad". Saga estaba seguro de que en esa situación sólo resultarían visibles para algunos animales (como los gatos) y para personas con grandes poderes. Quizá alguien que fuera especialmente sensible podría escuchar sus voces... ¿Pero qué querían en el Santuario?

Se acercó sigilosamente (nada difícil para un fantasma), pero voltearon a mirarlo cuando aún estaba a una docena de metros, se detuvo, esperando verlos reaccionar. Los seis sonreían serenamente, cosa que lo decidió a seguir avanzando. Finalmente, hizo una reverencia que cinco de los personajes correspondieron con leves inclinaciones de cabeza. Sólo una mujer que parecía ser la mayor de los seis permaneció inmóvil y Saga no tardó en darse cuenta que eso se debía que no había visto su saludo, era ciega.

-Mi nombre es Saga...

-De Géminis –completó un hombre joven, de cabello castaño dorado y ojos claros, que estaba a la izquierda de la mujer ciega-, fuiste Patriarca de este Santuario y tu alma aún vigila el lugar que le fue encomendado. Sabemos quién eres –con un gesto calmado, el joven señaló a una mujer de cabello castaño oscuro y edad indefinible-. Ella es Hécate, la Luna Nueva –luego señaló a una joven de unos veinte años y largo cabello castaño claro-. Ella es Selene, la Luna Llena –después señaló a una niña de cabello rubio-. Ella es Artemisa, la Luna Creciente –acto seguido, señaló a la mujer ciega-. Ella es Temis, la Ley –por último señaló a la joven de cabello castaño que estaba a la derecha de Temis-. Ella es Astrea, la Misericordia. Y yo soy Némesis, la Venganza. ¿De qué deseas hablarnos?

-Quisiera saber por qué están en el Santuario de Atenea.

-El Santuario de Atenea... –repitió Astrea, con aire pensativo- contemplamos el paso de los días y la sucesión de las estaciones, estudiamos las corrientes y las mareas del poder que nace de la Tierra y de las estrellas y que fluye en todo ser, y aguardamos.

-¿Aguardan? ¿Qué cosa?

-El momento para actuar –dijo Hécate-. Cuando el Santuario de Atenea se enfrente a su destino, nosotros estaremos aquí para ayudar a los sobrevivientes.

-Si es que sobrevive alguien –apuntó Artemisa.

-Y si es que aceptan nuestra ayuda –añadió Astrea.

-Nuestro concepto de ayudar puede que no encaje con las ideas de los demás –aclaró Némesis.

Saga asintió aunque no estaba seguro de haber comprendido y de pronto se dio cuenta de que no había sido exactamente una decisión suya el presentarse ante ellos.

Los seis dioses lo habían llamado.


Rodorio


Lo que fuera que Daga estuviera tratando de decirle a Ceniza, la Primordial no quería escucharlo. La ignoró y siguió avanzando hasta la mesa en la que se encontraba el grupo de amigas.

-Esmeralda –dijo, simplemente, como si la joven estuviera sola.

-Ceniza. Es... un honor inesperado. ¿Qué te trae por aquí?

-Amida a través del fuego, ¿qué más podría ser?

La Primordial sonrió levemente al ver la cara de desconcierto de Esmeralda.

-Entonces tu ancestra Luz tenía razón: no te has enterado todavía... Thiérry Kido es ahora el Caballero del Fénix. Sabes lo que eso significa, ¿no?

Esmeralda se puso en pie, derribando la silla sin darse cuenta.

-¿Pero cómo? ¿Cuándo? ¡No nos avisó!

-¿"Nos"? ¿Te refieres a su padre y a ti? No le dijo a nadie, si eso te sirve de consuelo, solo se marchó y lo hizo, exactamente lo que Bosque nos advirtió que pasaría.

-Te agradecemos la información –dijo Daga-, imagino que Shun aún no lo sabe.

-Si es así, está por enterarse –replicó Ceniza, mirándola por encima del hombro-. Pero eso ya no tiene importancia.

-¿Viniste hasta aquí sólo para avisarme? –preguntó Esmeralda, inquieta.

-Para eso me hubiera bastado enviarte un silfo. Los demás han decidido no forzarte a cumplir tu misión... así que lo haré yo.

-¿Qué?

-La ceniza fácilmente puede ahogar al fuego.

Ceniza dio media vuelta encaminándose hacia la puerta, Esmeralda corrió para alcanzarla y Andy fue tras ella.

-¿De qué misión hablaban? –preguntó Ginsei, poniéndose en pie.

-De una que implica la muerte de Terry –dijo Daga, antes de que las demás pudieran reaccionar.

Ginsei la miró fijamente por unos instantes, dejó caer su servilleta sobre la mesa y salió caminando con rapidez, pero sin llegar a correr, siguiendo a Esmeralda, Andy y Ceniza.

-¿Por qué le dijiste eso? –preguntó Marijose.

Daga sonrió.

-Quiero probar una cosa... necesito averiguar si se puede introducir una variable en esta ecuación.

-Me sorprende que diga eso alguien que confiesa abiertamente ser un desastre en matemática –señaló Vega, enarcando una ceja.

-Oh, bueno –la sonrisa de Daga se hizo más amplia-, quizá precisamente por eso sea posible dar con una solución para este enredo.


Colegio San Pablo


-Tiene que ser una broma.

Vadhani empezó a preguntarse si era el Destino lo que estaba en su contra al enterarse de que finalmente le habían asignado un compañero de cuarto. Durante los últimos meses se las había arreglado para que todos sus compañeros anteriores pidieran ser trasladados, pero iba a resultar particularmente difícil echar a alguien mientras estaba a prueba.

Aunque ser expulsado había sido su objetivo principal durante mucho tiempo, justo cuando estaba a punto de conseguirlo se encontraba en una situación realmente difícil: Ethan le había pedido ayuda y no había encontrado cómo negarse. Así que hasta que resolvieran el asunto de la fuente, tendría que mantener la compostura, aunque eso implicara aplazar sus planes un año más.

No sería demasiado problema si no fuera porque ese alguien resultó ser Mitsumasa.

Entre más lo pensaba, más seguro se sentía de que se trataba de una manipulación del Padre Javier, que de entre todo el plantel del colegio era el más interesado en expulsarlo y ahora lo miraba sonriente, listo para tomar nota de cualquier cosa que intentara hacer. Qué mal momento.

Mitsumasa tampoco estaba muy contento con la situación y permanecía callado en la puerta, con su maleta en la mano y cara de estar esperando que el otro diera el primer paso, cosa que hizo sentirse todavía peor a Vadhani.

-Anda, entra. Hay sitio de sobra en el ropero para tus cosas. ¿Prefieres la litera de arriba o la de abajo? Tengo los dos escritorios llenos de cosas, pero te despejaré el de la ventana en un minuto.

El Padre Javier se quedó boquiabierto. Vadhani empezó a reír para sus adentros, no estaba tan mal, después de todo. Ver a su principal enemigo entre el profesorado poniendo esa cara realmente valía la pena.

-Por cierto, Kido, debo disculparme contigo. Me comporté muy mal en la biblioteca, y lo lamento.

Mitsumasa enarcó una ceja, el Padre Javier había dado media vuelta y se había marchado sin decir palabra, con aspecto de estar disgustado.

-¿Y bien? –preguntó Dhani.

-¿Y bien, qué?

-¿Me perdonarás?

Mitsumasa miró por encima de su hombro el pasillo desierto.

-Ya se fue el Padre Javier –señaló-, no tienes por qué seguir fingiendo.

-Oh, pero eso último lo decía en serio –respondió Vadhani, que estaba retirando libros y cosas del escritorio que le había ofrecido-, cuidado al abrir el ropero, puede caerte algo encima.

-Hum.

Con esa advertencia, Mitsumasa había esperado encontrar un caos dentro del armario, pero al abrirlo descubrió que la ropa de Vadhani estaba perfectamente ordenada, ocupando exactamente la mitad del espacio disponible. Con una rápida ojeada al resto de la habitación, pudo darse cuenta que el aparente desorden era algo deliberado. Intrigante.

-¿Hablabas en serio cuando dijiste que tu padre era un caballero de Plata? –preguntó Mitsumasa de repente al cabo de un rato.

Vadhani estaba haciendo la tarea y le daba la espalda a Mitsumasa, quien sin embargo pudo advertir con claridad cómo se tensaba al escucharlo hablar.

-Así es.

-El combate de los caballeros de Bronce y los de Plata se desarrolló entre 1986 y 1987. Si tu padre se enfrentó al mío en esa época y murió entonces...

-1986.

-... Deberías tener más de treinta años. Como mínimo.

Vadhani cerró el libro que estaba usando.

-Intervención divina –dijo con calma.

-¿A qué te refieres?... Espera, espera... ¿quieres decir que un dios salvó su vida?

-Qué perceptivo.

-¿Vive aún?

-¿El dios?

-Tu padre.

-Sí.

-Entonces... no entiendo por qué reaccionaste de esa manera en la biblioteca.

Vadhani se encogió de hombros.

-¿No me lo vas a explicar? –insistió Mitsumasa.

-Bueno, hace un buen rato que nadie me busca pelea.

-Eso no es una respuesta.

Vadhani lo miró por encima del hombro.

-Si me expulsaran de este colegio, mi padre no tendría más remedio que enviarme con mi madre, algo que le he estado pidiendo desde hace mucho tiempo. Cuando comprendí que no lo iba a convencer, empecé a tratar de que me expulsaran, si llego a conseguirlo, a él no le quedaría mucho de dónde escoger.

-¿Tan mal te llevas con él?

Mitsumasa se arrepintió de haber hecho esa pregunta al ver la expresión sorprendida y disgustada de Vadhani, que se quedó callado por unos instantes.

-¿Acaso estás tratando de confesarme?

-¡No! Er... Lo siento. Es que estoy acostumbrado a que los demás me cuenten sus problemas. Soy el paño de lágrimas de mis amigos.

-¿"Paño de lágrimas"? –Vadhani se relajó un poco, casi lo suficiente como para sonreír-. Supongo que ser un confidente forma parte de ser un druida.

-¿Un druida?

-Ethan dice que tienes condiciones de druida. Hiciste reaccionar al Baelrath.

-¿Qué? ¿La Piedra de la Guerra?

-No me llevo mal con mi padre, es un gran sujeto –Vadhani cambió bruscamente la conversación-, es sólo que él no desea que yo llegue a ser un caballero. Insiste en que sus antecedentes harían que fuera tratado como un paria por los demás. Pero creo que si puedo sobrevivir a cómo me tratan en este colegio desde que empezaron mis "problemas de conducta", puedo sobrevivir a cualquier cosa en el Santuario. Y mi madre es una amazona de Atenea. Yo podría entrenar con ella... por la armadura de Cetus.

Mitsumasa se quedó callado, con la impresión de que a Vadhani le faltaba añadir algo. Si se decidía a hablar un poco más, tal vez podría darle un consejo... Sus pensamientos se interrumpieron en ese punto, Vadhani se había puesto en pie y se dirigía hacia la puerta.

-Acompáñame, Kido.

-¿A dónde?

-Hay alguien con quien tienes que conversar.


Monasterio de Kapilavastu


Terry despertó de un sueño inquieto y poco reparador. Quizá era que el Fénix se complacía en molestarlo haciéndole ver en sueños la angustia sufrida por los otros doce, o tal vez era su propia inquietud lo que había provocado las pesadillas.

La pequeña habitación estaba iluminada con un resplandor rojizo, ya que su cosmos se había activado involuntariamente. A la luz de su propio fuego, Terry tomó una decisión.

Debería haberse quedado en Kapilavastu hasta que llegara el momento apropiado para enfrentar a los Guerreros, pero había algo que necesitaba hacer primero.

Shun y Esmeralda tenían derecho a que se despidiera de ellos correctamente.


Plano astral


Afrodita contemplaba, como siempre, las formas cambiantes de lo que se había convertido en su universo particular cuando advirtió que había alguien cerca de él.

No era posible que Marin hubiera buscado refugio ahí nuevamente.

Dejó que sus sentidos se extendieran, buscando la nueva presencia, tratando de identificarla.

-¡Saga!

Saga sonrió a medias ante la sorpresa de su amigo.

-Veo que no me has olvidado.

-Creí que estabas...

-¿Vivo?

-No... en otro lugar... Quiero decir... Bueno, después de diecisiete años, ya no esperaba que alguno de ustedes me visitara.

-Yo también estoy confinado, pero recibí algo de ayuda para venir a buscarte. Ven, acompáñame.

-¿A dónde vamos?

-Al Santuario. Como debe ser.


Colegio San Pablo


A pesar de que el Colegio era silencioso por sí mismo, a la sombra del círculo de árboles el silencio parecía tener una naturaleza especial, como si se tratara de un lugar en el que el tiempo fuera distinto, como si la historia se hubiera detenido en algún momento antes de la llegada de los romanos a las Islas Británicas.

Mitsumasa había visto muchas fuentes, pero ninguna como esa.

Estaba hecha de piedra, pero no podía identificar de qué tipo, sólo que era negra y estaba pulida hasta parecer recubierta de vidrio, reflejaba con gran precisión y era casi cálida al tacto. El agua brotaba de una sencilla columna del mismo material y por un instante Mitsumasa se imaginó que representaba un árbol. Dentro de la fuente el agua parecía azul y demasiado profunda... ¿era sólo una ilusión o realmente no podía adivinar el fondo?

-¿A quién vinimos a ver? –le preguntó a Vadhani, cansado del silencio.

Vadhani no respondió, sólo levantó la vista. Mitsumasa siguió su mirada y descubrió a un muchacho de cabello negro que estaba de pie, en una de las ramas de un roble.

-¿Ethan?

Ethan saltó al suelo. Por un segundo Mitsumasa estuvo seguro de que se estrellaría, pero todos sus sentidos se pusieron en alerta al ver cómo el muchacho realizaba un movimiento grácil, perfecto (demasiado perfecto) para aterrizar de pie y sin el menor sonido.

-Bienvenido, Druida –dijo Ethan.

-No soy un druida.

-Lo eres. Así lo ha dicho el Baelrath.

Ethan levantó la mano derecha, mostrando el anillo que llevaba en ella, un anillo de cuya piedra se desprendía un fulgor azul.

-El Baelrath es rojo –respondió Mitsumasa, ya disgustado.

Ethan se sonrojó.

-Eh... bueno... eso... –el muchacho se quitó el anillo y se lo arrojó a Mitsumasa, para su sorpresa, la piedra se había vuelto roja-. No sabemos todavía por qué sucede, pero cuando me lo pongo aquí se vuelve azul. Eso no sucede en Erin...

-¿En Irlanda, quieres decir?

-No, no lo que tú conoces como Irlanda. Erin, una de las islas que componen Tir Na Og, las Islas Afortunadas.

-Ajá.

Era evidente que Mitsumasa no le estaba creyendo una sola palabra, lo que puso a Ethan todavía más nervioso.

Vadhani empezó a preguntarse si debería intervenir y explicar él todo el asunto, pero decidió darle un poco más de tiempo al otro. Ethan era excelente cuando se trataba de combatir, pero los discursos solían darle problemas y sería mejor que practicara mientras pudiera. Algún día tendría que ayudar con la diplomacia en Erin, a pesar de ser hijo de una diosa de la Guerra. O quizá precisamente por eso.


El Santuario


-¡Shun, espera! –gritó Saori por tercera o cuarta vez.

El Caballero de Virgo bajaba las gradas sin mirar atrás hasta que Saori lo sujetó por un brazo obligándolo a detenerse.

-¡¿Por qué no me avisaron? –exclamó él.

-Estaba segura de que Lilith lo traería de vuelta antes de que regresaras, no me pareció necesario preocuparte.

-¿Que no me preocupara? ¡¿Que no me preocupara? ¡He estado preocupándome desde mucho antes de que él naciera!

Shun se soltó y siguió bajando.

-¿A dónde vas?

-¡A buscarlo! ¿Qué otra cosa puedo hacer?

-¡Shun! ¡Oh, Shun! –Esmeralda venía subiendo las gradas, acompañada por Andy y una mujer vestida de gris. Un poco más atrás estaba Ginsei.

Saori los miró a los cuatro, dio media vuelta y regresó al palacio. Evidentemente, no la necesitaban ahí.

Shun abrazó a Esmeralda, buscando cómo tranquilizarla, pero miró a Ceniza por encima del hombro de su prometida.

-¿Quién es ella? –preguntó con voz serena.

-Es Ceniza, una de los Primordiales.

Él asintió, cerrando los ojos. Por lo visto, no había manera de evitar un desastre. Por lo menos Terry había tenido la sensatez de alejarse y no correría peligro por el momento...

-¿Papá?

Inconscientemente, Shun abrazó a Esmeralda con más fuerza. Terry estaba cerca de ellos, luciendo la armadura de bronce.

-Vaya, esto sí que es una sorpresa. Pensé que tendría que rastrearte por todo el planeta.

Terry miró con sorpresa a la Primordial.

-¿Qué haces aquí, Ceniza?

-Asegurarme de que se lleve a cabo la misión de cierta Cazadora Blanca.

-Ya veo...

-Será mejor que te vayas ahora –dijo Shun, preparándose para llamar a su armadura-, Andy y yo...

-No, no voy a irme. Tengo que decirte algo –interrumpió Terry.

-¡Tienes que irte, Daiitoku Myoo! –gritó Esmeralda-. ¡Conoces a Ceniza, sabes de lo que es capaz!

-Sí, sí, pero tengo que hablar con ustedes primero –insistió el muchacho.

-Pues será mejor que se lo digas rápido –dijo Ceniza, mientras una luz pálida empezaba a brillar a su alrededor.

-¿Alguien sería tan amable de explicarme lo que está sucediendo? –casi gritó Ginsei.

Ceniza le sonrió.

-No te entrometas, niña.

-Para dirigirse a mí es mejor que diga "Princesa Ginsei", o "Su Alteza". Este es el Santuario de la diosa Atenea y yo exijo saber qué es lo que está pasando.

La Primordial hizo un leve gesto de sorpresa, pero enseguida volvió a sonreír.

-De acuerdo, ...Alteza. Hace mucho tiempo Yu Huang, el Emperador de Jade, llamó a todos los animales para hablarles, pero sólo se presentaron doce: la rata, el búfalo, el tigre, el conejo, el dragón, la serpiente, el caballo, la cabra, el mono, el gallo, el perro y el jabalí. A esos doce animales el Emperador les confió la protección de la humanidad y un don muy especial: podrían elegir a doce humanos, refugiarse en sus corazones y preservar a la humanidad de la destrucción al convertirse en los doce pilares sobre los cuales se sostendría el dolor del mundo. Por eso desde entonces nacen doce personas en cada generación que están destinadas a crecer en el dolor y sobrevivir a él como un ejemplo y una guía para los demás, esos son los doce pilares, pero es una condición esencial que nunca sepan lo que son realmente. Si uno solo de los doce tomara conciencia de lo que es, perdería su capacidad como pilar para convertirse en exactamente lo contrario de lo que debería ser: un guerrero. Si los doce pilares despiertan se transformarán en doce guerreros perfectos y el dolor del mundo se desbordaría en una guerra cuyo final sería la destrucción de la Humanidad.

"Al día de hoy, once de ellos son ya Guerreros del Zodiaco Chino.

-Así que sólo Mircea impide la Tercera Guerra Mundial –replicó Ginsei-. ¿Y qué tiene que ver Terry con todo eso?

-Bien, hay tres formas de evitar que los Guerreros destruyan al mundo: la primera es matarlos, para que otras doce personas puedan tomar sus lugares. La segunda es convertirlos en avatares de los dioses, para lo cual sería necesario destruir sus almas. La tercera es un sacrificio humano, voluntario, por cada uno de ellos.

-Ninguna parece ser una buena solución –murmuró Ginsei.

-La primera es la menos complicada –asintió Ceniza-, pero también hay un pequeño problema con eso: cuando concedió sus dones al Zodiaco Chino, el Emperador de Jade pidió a los Primordiales que protegieran siempre a esas doce personas tan especiales, nosotros accedimos porque deseamos la seguridad de los Hermanos Mayores, lo que ustedes llaman "Humanidad". Y por ello, ahora que los Budas han enviado a un representante a destruir a los Guerreros del Zodiaco Chino, nosotros, los Primordiales, enviamos a una de nuestras hijas a impedírselo.

-¿Esmeralda?

-Correcto, Esmeralda es una Cazadora Blanca, y nosotros la enviamos a Grecia a impedir que la reencarnación de Amida dañara a los Guerreros –Ceniza sonrió suavemente a Esmeralda y Terry-. Se suponía que ella debía matar a Amida el mismo día de su nacimiento. No me explico por qué lo veo ahora convertido en un adolescente y dueño de una armadura sagrada.

Terry se cruzó de brazos.

-Puede decirse que Esmeralda me dio la vida por segunda vez al perdonarme ese día... y las mil y un veces que pudo aprovechar para cumplir con su misión desde entonces.

-¡Tenía la esperanza de que hubiera otro remedio! –respondió Esmeralda, con los ojos llenos de lágrimas-. ¡Te he querido como a un hijo! ¡No podría quererte más aunque fuera tu verdadera madre! ¿Pero de qué sirvió?

-De nada –sentenció Ceniza-. Ya es tiempo de que dejes de soñar y cumplas con tu misión, Esmeralda.

-¡¿Pero estás loca? –gritó Ginsei-. ¡No puedes ordenarle algo tan cruel!

-Puedo, y lo estoy haciendo –dijo Ceniza-. Hazlo ahora, Esmeralda, o lo haré yo. Y las dos sabemos que a mí no me importará si su muerte es rápida o lenta.

Esmeralda miró con desesperación al muchacho, Terry no se había movido de su lugar y sólo la miraba, esperando.

-¡YA BASTA! –Ginsei se interpuso entre ambos y miró fijamente a la Primordial-. Yo digo que nadie va a morir hoy. Si quieres obligar a Esmeralda a que lastime a Terry, tendrás que pasar primero sobre mi cadáver...

-Eso será sencillo.

-... con lo cual quedará demostrado que lo que te importa no es proteger a los Guerreros del Zodiaco Chino sino salirte con la tuya, no importa a costa de qué o de quién.

Ceniza parpadeó desconcertada.

-¿Me estás diciendo egoísta?

-Te estoy diciendo cosas peores. Ahora bien, dices que la razón por la que Esmeralda debe matar a Terry es porque Terry tiene que matar a los Guerreros, ¿no es así?

-Es correcto.

-Y si Terry no lo hiciera... ¿lo dejarías tranquilo?

-¡Por supuesto! ¡Lo único que los Primordiales queremos en este asunto es cumplir con la promesa que le hicimos a Yu Huang de proteger a los Guerreros!

-¡Excelente! Puedes ir a decirle a los otros que ya no tienen de qué preocuparse.

-¿Eh?

Con un gesto majestuoso, completamente nuevo en ella, Ginsei señaló a Terry.

-¡Thiérry del Fénix! ¡Yo, Ginsei, hija de la diosa Atenea, que es la Señora de la Orden a la que perteneces, te prohíbo lastimar a los Guerreros del Zodiaco Chino, ya sea por acción, omisión o negligencia!

La expresión de sorpresa del muchacho resultaba increíblemente cómica.

-Tú... ¿puedes ordenarle eso? –preguntó Ceniza.

-Por supuesto. Thiérry podrá ser la reencarnación del Buda Amida, pero en esta vida es un Caballero de Atenea y está sometido a la autoridad de la diosa. Sé que mi madre ratificará lo que acabo de decirle: si trata de desobedecerme, tendrá que renunciar a la Orden, y, por lo tanto, también a la armadura... con lo que dejaría de ser... ¿cómo fue que lo llamaste, Esmeralda?

-Daiitoku, la manifestación guerrera de Amida.

-Eso mismo, Daiitoku sólo puede ser real a través del fuego, y Terry no podría resistirlo si no fuera con la ayuda del Fénix porque su cosmos no es de fuego por naturaleza. ¿Correcto?

-Correcto... entonces...

-Entonces, estoy en un callejón sin salida –dijo Terry.

-Deberías darme las gracias –respondió Ginsei.

Terry se acercó a Ginsei, puso una rodilla en tierra y tomó una de sus manos.

-Gracias, princesa Ginsei.

Ahora era ella quien tenía cara de sorpresa, mientras él se ponía en pie. Ceniza sonrió de nuevo y se acercó unos cuantos pasos.

-Ceniza... –empezó a decir Esmeralda.

-Está bien. Es una solución que me deja satisfecha. Y tú, Amida...

-Terry, si no es mucha molestia.

-Terry. ¿Cumplirás el mandato de... tu princesa?

-En tanto no contradiga el espíritu de la Orden ni la voluntad de Atenea.

-Perfecto.

Ceniza hizo una reverencia ante Ginsei y desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Los demás suspiraron aliviados.

-No estuvo mal para ser mi primer mandato, ¿verdad? –sonrió Ginsei, satisfecha.

-Hay algo que no entiendo –dijo Terry.

-¿Qué cosa? –preguntó Ginsei.

-¿Cómo supiste que sólo puedo ser Daiitoku con la ayuda de la armadura del Fénix?

-No lo sabía, adiviné.

-¡¿Qué? ¿Y si no hubiera sido cierto?

-En ese caso, estaríamos en un lío de proporciones épicas. Pero es cierto, ¿o no?

-Pues...

Los ojos de Ginsei se agrandaron por el miedo.

-¡Thiérry Kido, te prohíbo que me asustes!

-Entonces mejor no te digo nada.

Terry dio media vuelta y tomó las manos de Shun y Esmeralda, alejándose con ambos y dejando a Ginsei con la boca abierta.

-¡Pero es que este niño no cambia! –exclamó ella finalmente.

Andy le dio unas palmaditas en la espalda para reconfortarla, mientras trataba de disimular la risa.


Rodorio


Vanessa alzó la vista de lo que estudiaba durante unos segundos, lo suficiente como para ver a Seishiro pasar como un relámpago huyendo de un enfurecido Xellos.

-¡Vuelve aquí, Seishiro! ¡Sé que tú le diste mis pantuflas a Isu Kurimu para que las mordisqueara!

-¡Estás loco! ¿En serio crees que Isu-chan está tan desesperado como para comerse tus pantuflas solo porque yo se lo diga? ¿No será que se te olvidó darle de comer al pobre bicho?

-¡Ese zorro come como si fuera un león! ¡Tiene que ser que tú lo convenciste de hacerlo!

Vanessa miró de soslayo al pequeño zorro amarillo que estaba enroscado durmiendo plácidamente sobre un cojín del sofá. Si alguien había masticado las pantuflas en cuestión, no podía haber sido la mascota de sus hijas, pero eso sería mejor investigarlo más tarde.

-Niños, cuando terminen de pelear, quiero que vayan a recoger a las niñas de la escuela.

Ambos se detuvieron al escuchar eso.

-¿No ese el trabajo de Deidre? –preguntaron a coro.

-Deidre pidió la tarde libre y yo tengo que ir al tribunal, así que ustedes dos van a cuidar a Emma y Gabriella.

-¡No es justo! –protestó Xellos-. Me costó mucho trabajo ser el hermano menor para tener ahora que hacer de hermano mayor de mis sobrinas.

-¿Y por qué quiere Deidre una tarde libre? –preguntó Seishiro.

-Un chico la invitó al cine.

-¡¿QUÉEEE? –exclamaron los dos-. ¡Eso no vamos a permitirlo!

-¿Pero qué les pasa a ustedes?

-Deidre te vendió su alma –señaló Xellos-, así que somos responsables por lo que suceda con ella.

-¿Y desde cuándo acá te importa? –replicó Vanessa.

-Lo que este pobre protozoo pseudopensante está tratando de decirte es que no podemos permitir que un papanatas cualquiera venga a destrozar el corazón de nuestra pequeña Deidre.

-¡Eso! –aprobó Xellos-. Tiene que ser por lo menos un papanatas con estilo.

-Escúchenme bien los dos. El corazoncito de su pequeña Deidre es lo último que tiene que preocuparles. No estoy precisamente muy contenta por la forma en que me ha salido el tráfico de almas en estos últimos años y cualquier día voy a cambiar a esa niña por algo más útil... una aspiradora, por ejemplo.

-¡No hablarás en serio! ¿Tienes una idea de lo aburrida que sería esta casa sin Deidre?

-Nadie destrozando canciones de los Back Street Boys a las 5:00 am.

-Nadie confundiendo los ingredientes de las pociones mágicas y haciendo volar el laboratorio cada dos por tres.

-Nadie poniéndole sal en vez de azúcar a los postres.

-O azúcar a la sopa.

-Sí, eso también. Nadie convirtiéndose en una amenaza sobre ruedas con su bicicleta.

-Nadie jugando voleibol dentro de la casa con las niñas y a diez centímetros de tu colección de cristal de Venecia...

-¡Esta hadita es un perfecto demonio! ¿Cómo se te ocurre decir que vas a deshacerte de ella?

Vanessa suspiró.

-No me bastaba con ser hermana de un sentimental, tenía que casarme con uno también. De acuerdo, Deidre se queda, pero aún así tiene la tarde libre y alguien tiene que cuidar a las niñas.

Xellos y Seishiro intercambiaron una mirada cómplice.

-Creo que tenemos la solución...


Campamento de Ares


El dios de la Guerra se dejó caer sobre el montón de almohadones que le servían de cama. Estaba agotado, cosa que lo enfurecía.

Quizá elegir precisamente ese cuerpo para reencarnar no había sido una buena decisión después de todo. Una vez más deseó tener el poder suficiente como para saltarse las leyes del Concilio y alojar su alma en un nuevo cuerpo, pero no podría darse ese lujo hasta el siglo XXII, al menos así estaban las cosas por el momento, hasta que encontrara la forma de cambiarlas.

En el principio de los tiempos, los dioses de las diversas mitologías se habían reunido en el lugar que siglos después llevaría el nombre de Teotihuacán. A los que habían participado en aquella reunión se les conocía como el Concilio, y los acuerdos logrados entonces eran la Convención de Teotihuacán, por la cual se regían las relaciones entre los dioses, las dimensiones mágicas y la Tierra. Ir en contra de la Convención era buscarse la ira de los grandes dioses de todas las mitologías, solo los más poderosos habían conseguido alguna vez doblar una ley o dos, y nadie había conseguido romperlas y quedarse sin castigo.

Y la Convención establecía que los dioses griegos sólo podían reencarnar una vez cada doscientos años.

Es había sido la reencarnación más accidentada que Ares podía recordar. Una par de veces había elegido niños que luego resultaron ser físicamente débiles o que sufrieron algún accidente durante la infancia, por eso había decidido probar con un adolescente, para acabar sorprendido y acorralado por la fuerza de voluntad de Saga. Oh, sí, podría haber destruido su alma fácilmente, pero la Convención (siempre la maldita Convención) ordenaba que en un caso así el alma del mortal tuviera igualdad de condiciones, por si decidiera luchar por el dominio del cuerpo: y en un simple choque de voluntades, la desesperación le había dado a Saga fuerza suficiente como para desafiarlo.

Aún reducido durante trece años a una especie de personalidad secundaria, Ares había seguido luchando por obtener el control de "su" cuerpo. Casi lo había logrado, pero justo en ese momento Saga tomó el báculo de Atenea para golpearse a sí mismo, lo suficientemente fuerte como para morir.

Muerto por el emblema de la Victoria, qué vergonzoso. Sin embargo, Ares no había tomado aquello como una derrota sino como un aplazamiento. Sus servidores se habían encargado de llevar aquel cuerpo hasta el reino de Hades, donde las fuentes sagradas lo habían hecho sanar tanto como se pudo... para que luego a Hades se le ocurriera la "genial" idea de revivir a Saga para enviarlo en contra de Atenea junto con Kamus y Shura.

Un suicida reniega de sí mismo y pierde cualquier derecho a la resurrección, Ares sabía que entre los seguidores del cristianismo incluso se afirmaba que un suicida ni siquiera reviviría para el Juicio Final, sino que su alma se vería obligada a arrastrar su cuerpo inerte hasta el lugar del Juicio, algo que resultaba muy apropiado en su opinión. En cualquier caso, el alma de Saga había renunciado a su cuerpo, con lo que Ares había quedado como único dueño de aquella figura mortal, permitir que Saga reviviera por un día para cumplir la misión encomendada por Hades había sido más bien un préstamo por parte de Ares, una manera de agradecerle a su tío el que le hubiera permitido recuperarse en su reino... y todo había terminado tan mal, con un segundo suicidio de Saga, la muerte de Hades y la destrucción del reino de los muertos.

Cuando todo acabó, Ares se encontró nuevamente con que el único cuerpo que tenía derecho a usar hasta el 2158 estaba gravemente dañado y ya no había fuentes sagradas del Hades (vamos, ni siquiera había reino de Hades) donde poder restaurarlo.

Casi había desistido de regenerarlo, pero había dos cosas que lo impulsaban a seguir adelante (además de su ya proverbial terquedad): la esperanza de acabar definitivamente con Atenea y un deseo furioso de atormentar a Saga más allá de la tumba por atreverse a hacerle frente y burlarse de él destruyendo su cuerpo no una sino dos veces.

Era por eso, en parte, que disfrutaba suplantando a Saga tal y como éste había suplantado al Patriarca...

-Mi Señor.

La voz de Alhena lo sacó de sus pensamientos. La Berserker de Ate aguardaba respetuosamente en la entrada de la tienda que le diera permiso de hablar.

-¿Sí, Alhena?

-Ha venido Misty.

Ah, el bueno de Jean-Michel, el hijo adoptivo de Saga. Ares sonrió.

-Dile que pase.

Misty no sabía mentir. Tampoco sabía ocultar sus emociones. Ares estuvo a punto de reír al ver con cuánta claridad se reflejaba la preocupación en aquellos ojos grises. Alhena se retiró y Misty se arrodilló cerca de él.

-Saga, ¿te encuentras bien? ¡Luces terrible!

-Y me siento peor de como luzco, pero ya estoy acostumbrado. Esta debilidad es pasajera...

Misty desvió la mirada y completó la frase que ya conocía de memoria.

-Todo se arreglará cuando tengas el control sobre la Fuente.

-No suenas muy convencido.

-No es duda, es preocupación. ¿Estás seguro de que es aconsejable que te quedes aquí? Sólo estás logrando agotarte: los Budas jamás atacarán Erin. Todo su despliegue bélico fue solamente para obligarte a usar tu poder y conseguir que te fatigaras.

-Lo sé, no son los Budas los que me interesan. Lo que quiero es mantener a Nemain con los nervios de punta. Mientras ella piense que puedo atacar su preciosa isla, no se le ocurrirá ir a la Tierra a tratar de tomar ella la fuente.

-Pero tú no atacarías Erin...

-Dije "mientras ella piense que puedo atacar", recuerda que ella cree que yo soy Ares. Tú y yo sabemos la verdad, ¿no es así, Jean-Michel?

-Sí –Misty inclinó un poco la cabeza-, pero no dejo de preocuparme. Alhena es tu mejor general, deberías dejar que ella se hiciera cargo de esta parte del proyecto...

-No confío en Alhena. Su única lealtad fue para con Aioros de Sagitario y muerto ese caballero, el universo dejó de existir para ella. Si supiera que algunas de las almas errantes del Hades se refugiaron en Erin, no dudaría en abandonar nuestro ejército para ir a buscarlo. Es mejor que la vigile de cerca.

-Tienes razón... ¿Cómo están Mirach y Zaniah?

Ares fingió un ataque de tos para disimular la risa.

-¿Me lo preguntas tú o lo pregunta Albiore? –dijo finalmente.

-Parece que soy realmente transparente... Albiore está muy angustiado por ellos, recuerda que fueron sus alumnos... me gustaría poder darle alguna noticia que lo tranquilice, no se merece esto.

-Merece cosas peores. Aún viven, que es más de lo que puede esperarse en sus circunstancias. Si yo pudiera hacer algo por ellos, ya lo habría hecho, pero lo único que está a nuestro alcance es esperar. Te mandé a llamar por un motivo, Jean-Michel. Quiero que vayas a Inglaterra e inicies el ataque a la fuente.

-¿A... ahora?

-Se me acaba el tiempo.

-Entiendo.

Misty se puso en pie y se dirigió hacia la entrada.

-¿Cómo están tus hijos, Jean-Michel? –preguntó Ares de repente.

-Ellos están bien. Gracias por preguntar.

Segundos después de que Misty se retirara, Alhena volvió a entrar.

-¿Ha tomado ya una decisión, mi Señor?

-¿Ves esa carta sellada que está sobre la mesa?

-Sí.

-Llévasela a Nemain y espera su respuesta.

La Berserker tomó el pliego y miró interrogadora a Ares, él sonrió, acomodándose nuevamente entre los almohadones.

-Es una invitación a un torneo


Casa de Acuario


-... El cazador llevó a Blancanieves al bosque diciéndole que la Reina le había dado permiso de pasear toda la tarde, pero una vez en lo más profundo, se arrodilló ante ella y le explicó cuáles eran las intenciones de su madrastra. Blancanieves le suplicó que no le hiciera daño y el cazador, conmovido, la dejó en libertad con la condición de que no volviera nunca al castillo. Por el camino de regreso, el cazador mató un venado, le sacó el corazón, lo guardó en el cofrecillo de oro y se lo llevó a la Reina diciéndole que era el de Blancanieves...

-Qué antiecológico –protestó Alex.

-Puede ser –aceptó Misha-, pero la Reina le había ordenado que le llevara el corazón de Blancanieves, si no llegaba con algo, ella se daría cuenta enseguida de que no había cumplido y enviaría a alguien más a matar a la princesa.

-Aún así no me parece bien.

-¡El cazador es bueno! –se enfadó Diana-. ¡Él cuidó a Blancanieves!

-La dejó abandonada en el bosque –respondió Alex.

-¡No! –insistió la pequeña-. ¡Él la visitaba en la casa de los siete enanos y le dijo al príncipe dónde encontrarla!

-Eso no está en el libro –respondió Alex.

-Bueno, bueno –intervino Misha, conciliador-. Hay muchas cosas que no están en el libro y sólo podemos imaginarlas. Tal vez el cazador sí visitaba a Blancanieves de vez en cuando y tal vez no tuvo que matar al venado sino que un hada buena quiso ayudarlo, tomó un poco de arcilla y usó su magia para darle la apariencia de un corazón de verdad y eso fue lo que le dio a la reina.

Leonel sonrió un poco para sí, ya le habían comentado que Misha tenía un don especial para tratar con los niños y ahora veía que parte de eso era el hecho de que seguía teniendo la imaginación de uno.

Habían terminado de cortar la leña y estaban acarreándola a la bodega, incluso Diana había insistido en cargar un par de ramitas "como Grettel cuando ella y Hansel ayudaban a su padre en el bosque" y de ese cuento habían pasado al de "Juan, el de la carguita de leña" y luego al de "Blancanieves", el favorito de Diana.

Callado y observando la mayor parte del tiempo, Leonel seguía tratando de entender qué era lo que estaba tan mal en el Santuario. Algo no marchaba bien, de eso estaba seguro, pero ¿qué?

Percibía el cosmos de Misha con toda claridad, era un cosmos de hielo principalmente, con resonancias de metal, hubiera jurado que eso no era lo que se correspondía normalmente con una constelación como la de Ursa Minor, y tampoco con Tauro, esas por lo general requerían cosmos de tierra o de aire, pero Leonel estaba demasiado fuera de práctica como para poder realizar un análisis más detallado.

Trató de ampliar su percepción y entonces fue cuando advirtió los cosmos de sus propios hijos. ¿Cómo era que no los había notado nunca? Claro que antes de ese día no se le había ocurrido rastrearlos, pero debería haber percibido alguna señal... a menos que se hubieran activado ambos al estar precisamente en el Santuario...

...El Santuario, ahora lo comprendía. Era el mismo Santuario lo que estaba mal. Había demasiado poder ahí, tanto como activar por simple saturación los cosmos de dos niños que nunca habían recibido ningún entrenamiento. Era por eso que Alex parecía estar tan confundido, debía notar que algo raro sucedía. Y Diana... la niña demostraba una percepción muy profunda, quizá por su corta edad lo estaba tomando como algo natural y se había adaptado mejor, pero no habría más remedio que empezar a darles algún entrenamiento para ayudarlos a controlar el poder que estaba expresándose a través de ellos.

Y Misha se había dado cuenta, ahora podía notarlo. Los cuentos, las modificaciones a los relatos infantiles, el invitar a los dos niños a dar sus versiones de lo que los autores no escribieron... era una manera de distraer sus mentes y hacerlos gastar parte de esa energía que les sobraba mientras lograban ajustarse, conocía la técnica, era la misma que habían empleado con él en su momento.

Cuando hubiera tiempo, tendría que agradecerle por ser tan discreto.

Y luego tendría que ir a buscar a Vega para pedirle que trazara nuevamente la carta astral de sus niños... sólo para estar seguro de que en verdad les correspondían Sagitta y Leo Minor.

Y también habría que decírselo a Marijose.

¿Los maestros en el Santuario seguirían asignándose por nacionalidad o por familias de constelaciones?


Rodorio


Seiya reconoció desde lejos a Jabu, justo en la puerta de la casa que buscaba. ¿Qué podía estar haciendo ahí el Caballero de Escorpión? Resultaría muy raro que de pronto necesitara asesoría legal... Ah, pero la chica rubia con la que estaba hablando era Deidre, la joven que les había caído del cielo...

-No, si no tengo nada en contra... pero... –estaba diciendo Jabu.

-¡Pero es que si no las llevamos, la Señora no me va a dejar salir! –respondió Deidre haciendo un puchero.

-Bueno, ellas... pase... ¿pero a Isu Kurimu también?

-Es que no van a ningún lado sin él...

-Hola, arácnido. ¿Buscando problemas, como de costumbre?

Jabu volteó a mirarlo con expresión de sorpresa.

-¿Qué haces aquí, Seiya?

-Estoy buscando la casa de Vanessa Metallium.

-Es justo aquí –dijo Deidre-. Pase, pase, se la llamo en un momento.

Un instante después estaban en la sala.

-¿Entonces Deidre es pariente de Vanessa Metallium? –preguntó Seiya.

-No, trabaja para ella –respondió Jabu, mirando distraídamente unos adornos dorados que representaban alguna clase de ser reptiliano.

-¿Es su secretaria?

-La niñera de sus hijas...

-Ah... Deidre Poppins, eso explica la forma en que te cayó encima...

-Ves demasiada televisión, medio burro.

-¿Y qué haces tú por aquí?

-Vine a llevar a Deidre al cine. ¿Algún problema?

-¡No, ninguno! ¿Por qué te pones a la defensiva? ¡Me alegra mucho que al fin salgas con alguien!

-¿En serio?

-¡Claro! ¡Será un gorrón menos almorzando en mi casa!

Por unos instantes, Jabu consideró la posibilidad de tomar un pesado jarrón de alabastro que había en un rincón y arrojarlo a la cabeza de Seiya, pero decidió que no era el sitio adecuado para iniciar una pelea. Afortunadamente, Vanessa, Deidre, dos niñas y un pequeño zorro amarillo claro entraron a la sala.

El primer adjetivo que le vino a la mente a Seiya para describir a Vanessa fue "inquietante" y se reprochó un poco por haberse puesto alerta nada más verla, como si se tratara de una persona peligrosa.

Luego de presentarlos, Deidre se prendió del brazo de Jabu y ambos se marcharon con las niñas y el zorro. Seiya alcanzó a escuchar la voz de Jabu resignándose a llevar a las hijas de la jefa de su novia al cine para ver una película infantil en lugar del estreno de la nueva película de Jackie Chan, como habían planeado originalmente. Decidió archivar esa información para molestarlo después, la única película infantil que se exhibía en Rodorio ese día era una de Barney...

-Y bien, señor Kido, ¿en qué lo puedo ayudar? –preguntó Vanessa.


El Santuario


Shun se esforzó lo más que pudo por sonreír cordialmente, a pesar de la expresión sombría de Saori.

-¿Mañana mismo?

-Si fuera posible antes, me parecería mejor. Los demás ya están en el colegio, tus hijos no tienen por qué atrasarse más.

-Esto no es por lo niños, ¿verdad?

-¿A qué te refieres?

Shun hizo un gesto con ambos brazos que parecía abarcar la totalidad del Santuario.

-Es por esto. Te importa más el Santuario que la seguridad de los niños.

-Me estás ofendiendo, Virgo. Pero tienes razón en una cosa: me preocupa el Santuario. Y ahora que sé cuál de tus hijos es el enviado de los Budas... no esperarás en serio que voy a permitirle quedarse, ¿o sí?

-Terry no sólo es Amida, también es uno de tus caballeros.

-Máscara de Muerte lo era también. Me pregunto qué opinarían los Primordiales si supieran lo difícil que resulta el que algunos de mis caballeros me obedezcan en algo, todos los reparos que ponen a cualquier orden que les dé, la frecuencia con la que me desobedecen...

-Basta. Saori, como tu amigo creo que debo hacerte saber que...

-Si fueras mi amigo no me llevarías tanto la contraria.

Shun tomó aire, luchando por mantener la calma.

-Porque soy tu amigo es que tengo que hablarte así. No estás siendo razonable...

-Intenté serlo hace diecisiete años. Entonces traté de ser la amiga y no sirvió de nada. Ahora sólo queda la diosa y la diosa exige obediencia.

-Entonces... –Shun hizo una reverencia tan fría como una noche en el desierto-. Será como mi Señora ordena. Andreia de Andrómeda y Thiérry del Fénix escoltarán hoy mismo a la princesa Ginsei a Inglaterra para reunirse con los demás jóvenes. Y yo iré con ellos para asegurarme de que no haya problemas.

-¿Que irás...? –Saori lo miró extrañada.

-Con el permiso de mi Señora, voy a retirarme ahora para comunicárselos.

-¡Shun, espera!

Pero él ya se había marchado. Saori se llevó ambas manos a la cara, en un gesto de desesperación.

-¡Es como si quisieran contrariarme sólo por deporte! –exclamó.

-En realidad, creo que tienen buenas intenciones –dijo Lilith, asomándose de detrás de una columna.

Saori sólo sacudió la cabeza y miró hacia las montañas. Estaba empezando a formarse una tormenta


Mare Serenitas


El castillo que se había convertido en el hogar de los Primordiales parecía hecho de cristal, aunque en realidad el material era algo muy distinto. También parecía estar en un área de la Luna conocida como el Mar de la Tranquilidad y desde sus ventanas se podía apreciar la Tierra, pero también eso era una ilusión. En realidad se encontraba en lo más profundo de un sistema de cavernas del que los humanos ni siquiera tenían idea, pero para algunos de los Primordiales esas imágenes ilusorias de la Tierra vista desde la Luna eran necesarias, una manera de no sentir con tanta fuerza el exilio que se habían impuesto ellos mismos.

Lo que sí era real era la extensión de arena gris en la que se encontraba el castillo y que les había sugerido en primer lugar la idea de un paisaje lunar. Luego habían fabricado sus propias estrellas, que parecían bastante reales en la profunda oscuridad de la caverna.

Y la Tierra que parecía girar en el cielo... bueno, era una proyección de los pensamientos de todos, una manera de mantener presente el motivo de todas sus angustias.

Pero a fin de cuentas eran sólo ilusiones.

Ceniza meditaba en eso mientras caminaba hacia el castillo. Visitaba poco el mundo de la superficie precisamente porque cada vez se le hacía más difícil regresar a su mundo de ilusiones. Pero al ver a Luz le dio la impresión de que su situación no era tan mala.

Luz nunca había estado a gusto en Mare Serenitas, simplemente le era imposible adaptarse a su nuevo refugio y extrañaba profundamente el aire libre y la luz solar, no le bastaba con las estrellas artificiales. Aún así, no había intentado viajar a la superficie ni una sola vez en dos mil años. Ceniza lo comprendía, regresar era demasiado difícil.

-Hola, Ceniza.

-Hola, Luz. ¿Qué haces aquí afuera?

-Te esperaba. ¿Encontraste a mi descendiente Esmeralda?

Así que era eso. ¿Cómo era que Luz podía recordar los nombres de toda su tribu a tantas generaciones de distancia? Ceniza nunca había intentado retener siquiera los nombres de sus nietos, le bastaba con no confundir demasiado los de sus hijos.

-Sí. Pero no tienes de qué preocuparte, no hubo necesidad de que cumpliera su misión. La hija de Atenea le ordenó a Amida que no dañara a los Guerreros.

Pudo notar claramente que a Luz se le atragantaba un poco la siguiente pregunta.

-¿Y él... obedecerá?

Podría mentirle, pero sabía que Luz se daría cuenta de inmediato y que no agradecería su compasión.

-Creo que si aceptó la orden en ese momento fue porque no está preparado aún para llevar a cabo lo que le encomendaron los otros budas.

-¿Entonces... tú...?

-Debí haberle dado muerte en ese momento, lo sé. Pero no tuve corazón para hacer algo así delante de tu descendiente. Quizá me arrepienta de eso, ¿sabes?

-No tanto como nos hemos arrepentido de haberle dado a Yu Huang nuestra palabra de proteger a los guerreros.

-No podíamos saber que ellos causarían este conflicto y que alguien de nuestro pueblo se involucraría así en este asunto. Pero tampoco podemos echarnos atrás, Luz... es nuestra ley cumplir con la palabra dada.

Luz suspiró.

-Mi pobre pequeña... Ceniza...

-¿Sí?

-Deja que sea yo quien tome su misión.

-Luz, hace milenios que no sales de aquí.

-Creo que esto es lo suficientemente importante como para que yo me haga cargo.

-Entiendo, hablaré con los demás.

Ceniza se alejó caminando lo más rápido que pudo, tratando de no darse cuenta de que Luz se había quedado llorando. Al llegar a la puerta del castillo miró hacia atrás por única vez.

Las estrellas artificiales brillaban en el falso cielo nocturno, pero no podían competir con los destellos de las lágrimas de Luz sobre las arenas grises.

Continuará...


Intercapítulo 6: Perdido y encontrado

Extracto de una carta de Leonel Nemo a Seiya de Sagitario


Cuando desperté, de lo único que estaba seguro era del dolor que sentía. Me habían dado anestésicos en la medida de lo posible, pero había muchos heridos, gente mucho más grave que yo, y las medicinas estaban racionadas hasta asegurar su oportuna distribución.

Dolía muchísimo, pero no se me ocurrió quejarme. Años después, recordando ese primer despertar, llegué a preguntarme por qué, sin que consiguiera dar con una respuesta. Ahora sé que la razón de mi estoicismo era que había sufrido cosas mucho peores.

Lo que realmente me preocupó fue mi memoria o, mejor dicho, su ausencia. No recordaba nada anterior a encontrarme en un hospital, rodeado de personas que hablaban en un idioma que entendía, pero que no me resultaba tan familiar como podría serlo mi lengua materna. Ni siquiera recordaba algo que me sirviera como un nombre.

Conoces la historia: una joven que había trabajado como voluntaria primero con los rescatistas y luego ayudando a los damnificados del terremoto se preocupó por mí, hizo cuanto pudo por ayudarme a recuperar mi identidad y reunirme con mi familia, si la tenía, me inventó un nuevo nombre, me impulsó a reconstruir mi vida... ahora es mi esposa.

Tardamos en tener hijos, en parte porque al principio tuvimos que luchar bastante por establecernos y en parte por mi propio temor a no saber ser un buen padre.

La sola idea de traer niños a un mundo al que sólo podía considerar como violento y cruel me aterrorizaba... hasta que tuve a Alex en mis brazos por primera vez. Tú tienes a Mitsumasa y a Rhiannon, creo que puedes entender lo que trato de decir.

Con el paso del tiempo, dejé de investigar. No sólo me resigné a la idea de que no recuperaría la memoria, sino que además ya no quería hacerlo. ¿Para qué? Tenía a mi familia, mis amigos, mi trabajo, ¿qué más podía desear?

Llegué a esa conclusión durante la fiesta del pasado 31 de diciembre, en casa de mi suegro, recibiendo el año nuevo con mis seres queridos. Brindé por ello con las doce campanadas, sintiéndome libre... y al sonar la última... empecé a recordar.

Una luz dorada nacida del mismo sol, concentrándose en una flecha que derribaría la muralla de la oscuridad eterna, once rostros familiares y una voz hablando directamente a mi corazón: "Hemos luchado juntos desde tiempos mitológicos... ¿No es así, hermanos?"

En lo que va del año, he tenido muchas visiones similares, siempre veloces como un relámpago, pero cada vez más frecuentes.

La seguridad de haber sido golpeado hasta quedar inconciente por contradecir a alguien que había dicho "traidor" en mi presencia.

Una mujer pelirroja diciéndome que no insistiera, porque no había más futuro que la guerra para un guerrero.

Mi propia voz defendiendo a un muchacho llamado Seiya, acusado de querer escapar por haber pasado su última noche de entrenamiento fuera del Santuario.

Un hombre que se ocultaba tras una máscara, diciéndome que confiaba en mí, que no era mi culpa lo que hubiesen hecho quienes compartían mi sangre.

Un león dorado entre el universo y yo.

Una voz desesperada llamando a Casius, sangre en mis manos...

Un hermano mayor que salió un día, diciéndome que no iba a tardar, que sólo quería preguntarle algo al Patriarca... y no regresó nunca.

Llegué a creer que me estaba volviendo loco. Porque buena parte de esos recuerdos eran cosas que había leído en el manga para que el mi esposa me había convencido de servir como modelo.

No sabía qué hacer y guardé silencio, jurándome a mí mismo que buscaría ayuda psiquiátrica si las cosas empeoraban.

Y empeoraron, pero no de la manera en que yo esperaba: recibí la visita de alguien que se suponía estaba muerto. Y ese alguien me llamó por un nombre que no había sido pronunciado ni una sola vez en mis visiones: Aioria.

Todo ese tiempo había existido algo, una barrera invisible que me impedía considerar siquiera la idea de viajar a Grecia. Las palabras de Misty la hicieron desaparecer y fue durante el vuelo de México a Grecia que recordé lo sucedido después de que los Caballeros Dorados uniéramos nuestros cosmos para derribar el Muro de los Lamentos.

Debía morir, tenía que haber muerto. Nadie puede hacer lo que habíamos logrado y seguir viviendo, pero algo le impidió a mi alma seguir el camino que tomaron las otras once.

De pronto ya no estaba en el Hades, sino en un universo completamente distinto, ante la presencia de seis dioses. Ninguno de ellos tenía por sí solo el poder sobre la vida y la muerte, pero los seis juntos lograron salvarme. Dijeron que habrían querido hacer lo mismo por los Doce, pero que les era imposible llegar tan lejos. Tampoco podían pedirme algo a cambio de lo que acababan de hacer, sólo podían confiar. Me darían tiempo para sanar lejos de los recuerdos amargos y después me preguntarían si estaba dispuesto a ayudarles. Si me negaba, no insistirían...

Me pregunto si serían conscientes de que de todos modos me estaban tendiendo una trampa.

No es que me queje. Si llegaran ahora y me plantearan otra vez su famosa pregunta, aceptaría ayudarlos sin pensármelo dos veces. Porque tengo una familia, y por esa familia estoy dispuesto a cualquier cosa.

Y todo lo anterior ha sido tan sólo para empezar a responder tu pregunta, Seiya, amigo.

Como caballero de Atenea se me enseñó que no hay más futuro que la guerra para un guerrero, no hay más familia que los hermanos de armas, ni más esperanza de sobrevivir que el no tener esperanza alguna. He renunciado a todo eso. He construido mi propia vida, y es por eso que abandoné mi antiguo nombre junto con todo lo que se quedó atrás.

Es sólo por eso que no quiero que me llamen Aioria.

Aioria dio su vida por Atenea ante el muro de los lamentos. Yo soy Leonel.