Pain
Desde que Discordia había comenzado a salir con Anzu, lo cierto es que me sentía un tanto sola. Era como si para mi madre hubiese perdido el sentido el pasar tiempo conmigo. Se pasaban el día tramando juntas como vencer a Arciria. De hecho, la propia Anzu me hacía más caso que Discordia. Si bien, estaba claro que era porque su objetivo era recuperar a su hermana. Pero esa puerta estaba cerrada. Zandramas no iba a volver mientras estuviese en mi mano. Me di cuenta de que había cruzado la línea, pero lo cierto es que me dio igual. No había nada tras aquella línea que pudiera temer. De hecho, casi nada. Algo de lo que me percaté cuando escuché aquella voz.
_ La diosa del dolor parecer turbada.
_ Piérdete, Arciria.
Lo cierto es que me aterraba, pero no pensaba permitir que lo supiera, o estaría perdida. Ella se rió. Estaba claro que no se iba a ir a ninguna parte hasta conseguir lo que quiera que esperase de mí. Pero tenía que intentarlo. Era absurdo que una diosa como yo tuviese que temer a una mujer como aquella, una mortal.
_ Tenemos que hablar, Pain… tú y yo debemos hacer grandes cosas juntas.
Emma Swan
Regina. No me la sacaba de la cabeza. Durante muchos años la había estado culpando de todo. Pero desde que había vuelto Henry, ya no me sentía capaz. Él la veía como a una heroína, y estaba en lo cierto. A fin de cuentas, ella había mantenido aquella barrera para todos. Habíamos estado sin ella apenas unas horas, y todo el pueblo había tenido que movilizarse, y de no ser por la intervención de Lucrezia y Christina, probablemente se hubiesen perdido algunas vidas. Pero a pesar de todo, no podía hacer lo que me había pedido. "Coge a Henry y vete. Sal de este pueblo, abandona esta locura". Yo podía hacerlo. Henry y yo éramos los únicos que podíamos irnos.
Pero entonces… ¿Qué le quedaría a Regina para luchar? Ella tenía tanto derecho sobre Henry como yo, y no sería justo separarlos. No lo había hablado con él, pero estaba claro cuál sería su opinión. Él querría quedarse. No quería dejar a Regina sola. Me preocupaba por ella. De hecho, me sorprendía darme cuenta de cuánto. Y no terminaba de entender el motivo. No me había preocupado tanto con alguien desde que…
"Desde que salía con Neal" me susurró una vocecilla. Negué con la cabeza y me metí en la cama. Estaba demasiado atolondrada por lo que me había dicho. Necesitaba consultarlo con la almohada.
Anzu Stealer/Flashback
Fuego, ceniza. Dejé de respirar, porque el ambiente no lo permitía. A fin de cuentas era una maniobra de distracción y no una necesidad. Y era una suerte, porque probablemente mi pulso estaría desbocado y mi respiración no me permitiría andar. Una parte de mí sabía lo que iba a encontrar ahí dentro. No se augura nada bueno cuando te encuentras la mansión en la que vives en llamas. Rompí la puerta del comedor de una patada y miré en derredor. Resultaba imposible distinguir nada entre el humo.
_ ¡Jefferson! ¡Grace!_ Llamé con todas mis fuerzas.
_ ¡Mamá! ¡Socorro!
Grace. Sentí una leve sensación de alivio. Pero apenas duró unos segundos. Tenía que moverme deprisa. La encontré bajo lo que antes era la escalera. Unos pilares habían caído sobre ella. Con cuidado, los aparté, asegurándome de no llegar a hacerle daño, pues si los rompiese la lluvia de astillas caería sobre ella y podría llegar a dejarla tuerta o algo peor.
_ ¿Dónde está tu padre?
_ Está arriba. Junto con Lianne y sus padres. Vinieron a vernos antes de que nos atacasen.
Cogí a Grace en brazos y destrocé la puerta de la entrada de un placaje. La dejé con cuidado el suelo, le di un beso en la frente, y volví a entrar. Había brasas que me estaban quemando la piel. Di un salto, atravesando la madera del suelo, y así me situé en la planta superior.
_ ¡Jefferson!_ grité, con tal fuerza que provoqué que parte del tejado se viniese abajo a mi lado.
No hubo respuesta. Volví a gritar, pero el resultado fue el mismo. Angustiada, comencé a buscar por todo el piso. No podía perderlo. Sin Jefferson mi vida no tendría sentido. Me pareció escuchar un ruido, y lo seguí. Entre el humo, logré distinguir dos figuras sobre el suelo. Me dejé caer junto al que identifiqué como Jefferson. Mi mano fría buscó su cuello, esperando encontrar algún latido. Pero no lo hallé. No había pulso. Pulsé mis manos sobre su pecho, buscando reanimarlo. Fue inútil. Y me di cuenta de por qué. Reconocí el toque de la magia negra, y me di cuenta de que alguien le había sacado el corazón. Siendo así, ni tan siquiera la loca idea de convertirle a mi raza que acababa de pasarme por la cabeza era posible. Algo brilló a mi derecha, reflejando las llamas.
Me giré y lo contemplé. Un garfio de acero. Sobresalía sobre un montón de polvo. En mi mente se formaba la imagen de cierto pirata, luchando contra las llamas que debían consumir su cuerpo, probablemente debido a un hechizo ofensivo. Una defensa que sólo podía tener un propósito.
_ Anzu…
Efectivamente. Al pirata tan sólo había una persona que le importaba más que él mismo. Me acerqué corriendo hacia la mujer que me había llamado. Le habían atravesado el estómago con una lanza de plata. Apenas podía respirar.
_ Tienes… tienes que proteger… a Lianne… sácala… de aquí…_ dijo, tosiendo sonoramente entre palabras.
_ Saldremos las tres de aquí._ Dije, con más fuerzas de las que realmente tenía._ Todo va a salir bien.
_ Anzu… tú sabes que no voy a salir de esta…_ dijo, en un murmullo._ Prefiero utilizar mis últimos momentos para algo que realmente sirva.
_ Pero…
_ Tienes que sacar de aquí a Lianne. Está en la habitación de al lado. Prométeme que la protegerás. Prométeme que no dejarás que Arciria le haga daño.
_ Te lo prometo…
Vi que cerraba los ojos, y una sonrisa serena quedaba en su rostro. Se me encogió el corazón. Mi alma se destrozó del todo.
_ ¡Ruby, no me dejes!_ Le supliqué, con lágrimas en los ojos.
Mi marido y mi mejor amiga acababan de abandonarme para siempre. Un llanto me devolvió a la realidad. Debía cumplir el último deseo de mi mejor amiga. Ya sin ninguna delicadeza, destrocé la pared, y cogí a la pequeña de su carrito. Lloraba a pleno pulmón, y yo tenía deseo de poder hacer lo mismo. Destrocé una de las cristaleras y salí fuera. Caí frente a Grace, que estaba sobre la hierba, abrazándose a sí misma. Nos miramos, y no hicieron falta palabras para entender lo que había pasado. Ella se abrazó a mi cintura y comenzó a llorar. Yo le acaricié el cabello con la mano que tenía libre, aunque sabía que nada podía reconfortarla por haber perdido a su padre por segunda vez.
Lianne dejó de llorar, y se aferró a mí. Ella no tenía a nadie más. Me necesitaba. Igual que Grace. Pero al mismo tiempo, mi sangre hervía. Sabía que no iba a poder contener mis ansias de venganza. Porque lo que había ocurrido en aquella casa, que ahora se desplomaba hasta convertirse en un montón de polvo, me había destrozado la vida.
Anzu Stealer
Holly y yo teníamos clara nuestra misión. Íbamos a acabar con aquello de una vez por todas. Arciria había hecho suficiente daño como para mil vidas. Era momento de ponerle fin. Lianne y yo habíamos tenido tiempo de sobra para prepararnos para aquello. Dos contra el mundo. En eso nos habíamos convertido. El castillo de Arciria aparecía ante nosotras. Abrí las puertas gracias al cetro, esperando encontrarnos con un ejército esperándonos. Pero no fue así. No había nadie. Ni un solo guardia, ningún soldado. Sabía que Arciria nos tendría preparado algo, pero no me imaginaba qué podría ser.
En aquel momento sentí como la temperatura bajaba repentinamente. En un acto reflejo, aferré a Lianne y la aparté de un ataque que simplemente había presentido. Una corriente helada pasó a mi lado, creando una serie de carámbanos en la pared contra la pared que lo recibió en nuestro lugar. Arciria sabría que ese conjuro no podía hacerme nada, y estaba segura de que no lo había lanzado ella.
No me equivocaba. La persona que había atacado no tardó en situarse en mi campo de visión. Esmeralda. En el lugar en que había clavado mi espada había un fragmento de hielo que parecía brillar. Era propio de Arciria parchear sus errores en lugar de corregirlos, pero aquello era absurdo. Si bien lo que me llamó la atención fue que escuché pasos a su lado. Al principio pensé que se trataría de Arciria, pero se trataba de Pain. Eso me produjo un escalofrío.
La mente de Pain era muy débil. Y si bien Arciria la había doblegado una vez, parecía haber sido incapaz de aprender la lección. Tenía aquella mirada. Una mirada sin emociones, sin sentimientos. Detenerla era mi tarea. Lianne no podía. Y en cualquier caso, dentro de aquel monstruo, estaba mi hermana.
Arciria Mills
_ ¡Están combatiendo en la entrada!_ Exclamó Anastasia, entrando en la habitación._ ¿Dónde está tu ejército?
Me encontró sentada en la cama, con un copo de nieve en la mano. La forma en que me abordó provocó que me desconcentrase y lo hiciese añicos. Estuve mirando la nieve de mi mano derretirse un momento antes de alzar la vista y mirarla a los ojos.
_ ¿Los cadáveres reanimados, dices? He roto ese hechizo._ dije, como si eso resolviese todo._ Ya no me servían.
_ ¿Me estás diciendo que lo único que te separa de la única persona que puede matarte son una persona hecha a trozos y una diosa que podría cambiar de bando en cualquier momento?
_ Puedes tomarlo como quieras._ Dije, serena._ En cualquier caso, tienes que irte.
Pude ver como mis palabras la alteraban. Estaba confusa, y lo entendía. Llevaba semanas luchando para que quisiera estar conmigo, y ahora que lo estaba por propia voluntad, le decía que tenía que irse. Yo tampoco terminaba de entenderlo. Pero sabía que así era como tenía que ser.
_ Quiero quedarme._ Me dijo, tratando de imponerse.
_ No. Crees que quieres quedarte, pero te equivocas. Coge tus cosas y márchate antes de que sea tarde.
_ ¡Soy tu prometida!_ Exclamó, alzando la mano izquierda, para señalarme el anillo de compromiso. Pero no lo encontró ceñido a su dedo.
En cambio, estaba en mis manos. Lo observé unos segundos y luego cerré la mano, provocando un sonido de crujido. La abrí hacia un lado, y el anillo, convertido en polvo dorado y rojo, cayó al suelo, lugar que Ana se quedó mirando, con la respiración acelerada.
_ ¿Por qué estás haciendo esto?
_ Porque estoy aburrida de ti, Anastasia._ Le dije, sin mirarla._ Creía que ya lo sabías. Soy una reina con el corazón helado. No te quiero, ni te quiero en mi palacio. ¡Lárgate!
Me miró a los ojos durante unos segundos, esperando que flaqueara, pero no lo hice. Al contrario, hice un pase con la mano y la puerta por la que había entrado se abrió de par en par. Me miró, con rabia, y cerró los puños.
_ Lo peor es que llegué a creerme las cosas que me decías.
No le contesté, ni impedí que se girara antes de cerrar la puerta de un portazo. Me miré la mano, tratando una vez más de hacer aparecer una llamarada. Pero no me quedaba rabia. Tan sólo una triste comprensión. Y por ello lo que surgió, una vez más, fue un copo de nieve. Helado, como mi corazón.
_ Lo siento, Ana…_ murmuré, aunque sabía que ya no me oía.
Lianne Jones
Me había preparado para Arciria, y en comparación, Esmeralda era una broma. No era ni de lejos tan rápida o fuerte como Anzu había demostrado ser en nuestros entrenamientos. Sin embargo, había en ella un toque familiar que me desconcertaba. Su modo de combatir, me ponía nerviosa. Sabía que Arciria la había creado a partir de alguien, igual que a Lucrezia, aunque no lograba reconocerla. En cualquier caso, le llevaba ventaja. Anzu parecía bastante más igualada con Pain debido a que, al parecer, no podía utilizar el cetro que había traído consigo. Le asesté el golpe que creí certero a Esmeralda, atravesando su corazón.
Pero se puso en pie. Su rostro empezó a cambiar, y yo me quedé helada, en varios sentidos. No me vi capaz de moverme y pudo lanzarme un chorro helado que me golpeó en las piernas, dejándome rígida. Sabía que Arciria era cruel. Pero aquello era excesivo. Estaba contemplando el rostro de mi propia madre. Y aunque sabía que tenía sentido, puesto que, si bien los hombres lobo eran las criaturas perfectas para derrotar a una vampiresa como lo era Anzu, aquello me superaba.
Toda la concentración que durante tantos años había guardado, se desvaneció de golpe. Sabía que aquella cosa que tenía delante no podía ser mi madre, no podía ser Ruby. Pero no podía atacarla, no a ese rostro que tan sólo había visto en fotos. Y ese sería mi final. Pues estaba preparando su golpe de gracia. Acabaría mis días como una escultura de Hielo.
Cerré los ojos, para no tener que ver lo que se avecinaba, pero cuando escuché un grito, seguido de sentir como mis piernas se liberaban, volví a abrirlos. Anzu había partido por la mitad a Esmeralda. Me sentí tonta por no tener agallas para hacer lo que debía. Por un momento me sentí aliviada, hasta que vi como Anzu se caía al suelo. De su espalda emergía una flecha dorada. Vi como su cuerpo empezaba a arder por distintas zonas de la piel, Me acerqué, deprisa, y le arranqué la flecha.
_ ¡Anzu!_ Exclamé.
Ella simplemente me sonrió. Pero yo me sentía incapaz de contener el aliento. Siempre había visto a Anzu como alguien indestructible. Era una idea un tanto infantil, pero siempre la había tenido. Y ahora la veía, y sabía que estaba en las últimas.
_ Creo que he llegado al final del camino…_ emitió un gemido lastimero._ Lianne.
_No, de eso nada. Tú no. Me prometiste que derrotaríamos a Arciria juntas, y eso vamos a hacer.
_ Tenía que cumplir otra promesa… lo siento. Le prometí a tu madre que te protegería… hasta el final.
_ Voy a sacarte de aquí… encontraré el modo de… _insistí.
_ Lianne… no seas tonta… haz el favor._ me dijo._ Tienes que vencerla… de una vez por todas.
_ No puedo hacerlo sola… te necesito.
_ Quiero que le digas a Grace que la quiero… también a Lucrezia y a Selenna. Dile a todos… que siento haber causado todo esto.
_ Se lo dirás tú misma cuando…
"…cuando salgamos de aquí" La frase murió en mis labios a tiempo que ella cerraba sus ojos. Resulta difícil saber cuándo un vampiro ha muerto. Pero de algún modo lo supe. Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas, mientras sollozaba. Ella había sido la persona más importante de mi vida, y ahora no estaba. Quería llorar. Encerrarme en una habitación y llorar durante días. Gritar al mundo que no era justo, que nada de aquello no debía haber pasado.
Escuché un grito y tuve que alzar la vista. Me había olvidado completamente de Pain. Estaba tirada en el suelo, frente al bastón de Anzu. Sus tatuajes, incluyendo los del rostro, brillaban. Parecían arder. Sus gritos auguraban que estaba sufriendo. Pero no podía sentir compasión. No mientras abrazaba a Anzu. Sabía lo que tenía que hacer, que aún podía arreglarlo todo. Pero no sabría si tendría fuerzas para hacerlo. Ignorando los gritos de Pain, la aferré más fuerte, mientras dejaba que otro torrente de lágrimas corriese por mi rostro.
