Disclaimer: Fanfic de Slayers por Isabel M.-Ameban. Todos los personajes y el contexto pertenecen a Kanzaka y Araizumi, así como un montón de gente de diferentes editoriales y cadenas de TV. Esto es sólo una historia mía hecha por puro placer del que no recibo compensación económica. Dicho esto, a disfrutar.


*Capítulo-10

"Final de Búsqueda"

La comitiva de caballerizas avanzaba con paso quieto por la calzada de piedra. Siendo Seillon uno de los países más importantes del interior de la Antigua Barrera, disponía de una excelente red de caminos y calzadas de piedra por donde transcurrían los viajeros, los comerciantes, hechiceros y sacerdotes de su clero, y en caso de necesidad, sus ejércitos. Eso hacía que el camino a recorrer hacia la Capital de Magia Blanca fuera más fácil y fluido que en otros lugares.

Amelia volvía a montar su caballito blanco mientras que su hermana, con una expresión un tanto perpleja en su habitual altanero (y hermoso) rostro, lo hacía a su lado con el caballo diestro (o bridón) de capa castaña tostada que había llevado desde que partiera de Vezendy hacía ya meses. Ambas, como bien sabía Lina, eran muy buenas amazonas, y en el caso de Naga apenas necesitaba un pequeño empuje para dejar a su caballo caminar a rienda suelta.

A su lado también cabalgaba Zelgadiss, esta vez en otro caballo blanco de la misma raza que el de Amelia, (un Blanco Real de Seillon, raza y no tipo, muy usada por la nobleza del país), pero de mayor alzada. No obstante la cabezada y montura del mismo no eran tan ricas como el de Amelia, así que ya no parecía que él fuese miembro de la nobleza de Seillon o que tuviese alguna relación (real) con ella, como había sugerido Lady Joseffine Mailstar unas semanas atrás.

En una posición algo más relajada, justo tras ellos, Gaury cabalgaba sobre un caballo rocín de cierta alzada y capa de color alazán, capaz de soportar a Gaury y a la liviana Lina al mismo tiempo, quien lo hacía justo delante de él mientras que el espadachín lo dirigía. Al igual que todos los mercenarios, Gaury tenía unos conocimientos básicos sobre cómo cabalgar sin ser tan experto en doma como lo era Naga. Sin embargo no era eso lo que incomodaba a Lina, quien también sabía cabalgar, sino ver que literalmente Gaury la guardaba entre sus brazos mientras llevaba las riendas, y que su hermana, yendo montada a estilo de mujeriegas junto a ellos sobre una mula castaña, envuelta en su acostumbrada capa de fieltro gris, no hacía ningún comentario al respecto, lo que era sin duda más preocupante todavía. Definitivamente la actitud de Luna hacia su bulliciosa hermana pequeña parecía haber cambiado.

Tras ellos, y cerrando la marcha, con su acostumbrada mirada melancólica pero con una evidente sonrisa de satisfacción, también viajaba Shilfild, de vuelta a Seillon, a la casa de curas de su tío Gray y su tía María, esta vez llevando consigo la mula torda y a la chica, vasalla de Rezo, que la había acompañado desde Vezendy.

Pese a no ser un grupo en apariencia importante, era evidente que la mayoría de ellos eran sacerdotes y hechiceros, así que los viajeros les dejaban paso y prioridad en el camino, echándose a un lado de la calzada o deteniendo sus carros de bueyes, cargados con las primeras cosechas, para permitirles avanzar. No podían saber si eran miembros de la nobleza, pero los hechiceros, y sobre todo los sacerdotes, tenían rango en la sociedad de Seillon, así que tenían ciertos privilegios como el de la prioridad de paso o el no tener que pagar peaje por usar puentes y caminos no reales.

Es más, el agudo oído de Lina captó algunos comentarios al respecto de boca de un par de boyeros.

—¡Menuda escolta llevan esas sacerdotisas! —exclamó uno de ellos.

—¿Sacerdotisas? Yo solo veo a la del caballo blanco… La otra de morado no me parece que sea ni del país.

—Ni idea… Pero, ¿sabes qué?

—¿Qué?

—La de blanco se parece a su Alteza la princesa Amelia.

—¿Tú crees?... No la conozco.

—Pues yo sí… Bueno, sólo la vi una vez de lejos en la Capital, cuando ella y su guardia viajaron a Zoana… y te digo que esa chica se parece a ella.

—Ya, lo que tú digas. Sería mucha casualidad.

Lina no pudo hacer otra cosa que sonreír ante los comentarios de los dos boyeros.

No obstante, desvió la vista hacia su hermana, quién permanecía inusualmente silenciosa y cabalgaba hundida sobre su mula castaña.

—Luna…—comenzó a decir con suavidad, —entonces, ¿tú también vienes a Seillon?

Su hermana asintió con un leve movimiento de la cabeza.

—… Es lo único que me queda por hacer. Tengo que saber cómo acabará esto —respondió. —Además, en cuanto volvamos, quiero descansar un poco.

—¿Tanto te afectó el conjuro de "Resurrección" multiplicado? —exclamó Lina, un tanto perpleja por las palabras de su hermana, pues pensaba que el conjuro de Acqua había sido suficiente como para restablecerla.

—Sí… Drenó mucha de mi energía —reconoció la mayor de las Invers. —…No me gusta admitirlo, pero creo que no podré aceptar más retos de espadachines durante una buena temporada.

Lina parpadeó e instintivamente miró de reojo a Gaury, para luego preguntar:

—¿De… de qué hablas?

Luna suspiró, y ciertamente ese gesto la hizo parecer cansada.

—Como en casa teníamos problemas económicos y papá y mamá tuvieron que irse, pues empecé a ganar dinero aceptando propuestas de espadachines errantes que querían hacerse los valientes. Primero les decía que debían comprar en la tienda de papá y mamá, y luego yo aceptaba el reto a cambio de un precio. Si vencían, las compras les salían gratis, si no, tenían que abonar el pago de sus compras y el del reto —explicó como si tal cosa.

Lina se quedó sin habla. Nunca habría pensado que su hermana mirara por el dinero de esa forma y tuviera esa habilidad de negociante sin escrúpulos además de su trabajo oficial.

—Luna… es imposible que alguien pudiera vencerte —exclamó en un tono cercano a la incredulidad.

—Sí, pero aparentemente hay mucho espadachín por ahí con ganas de tener un nombre que se cree que no soporta que una mujer que trabaja de camarera les venza y hacen lo que pueden para mantener su orgullo.

—…Pero tú en realidad eres el Caballero de Cephied —replicó Lina.

—Ya, pero eso ellos no lo saben o no se dan cuenta de lo que eso significa —contestó Luna como si fuera la cosa más natural del mundo. —Ellos solo ven a una joven que trabaja en un mesón y que tiene fama de vencer a todo el mundo con un cuchillo de cocina; los buenos espadachines como Gaury no abundan —. Entonces Luna frunció el ceño bajo su espeso flequillo, —Aunque admito que luchar contra ti, Gaury, sí sería un reto.

—Yo también lo pienso —contestó el rubio espadachín con su acostumbrada sonrisa franca, — Eres muy buena con la espada, Luna.

Que Lina recordara esa era una de las pocas veces que Gaury decía semejante cumplido a alguien por su habilidad en un campo donde ella pensaba que Gaury era un maestro. Ciertamente Gaury nunca presumió de su habilidad, e incluso a sus propios ojos él tampoco era alguien extraordinario, pero en la misma medida, nunca dijo que los demás fueran mejores o peores que él y ahora admitía que Luna sí lo era.

Luna sonrió ante el reconocimiento, para luego, durante un breve instante, enmudecer. Aparentemente parecía estar pensando en algo.

—Por cierto, Gaury…— comenzó a decir, —Mi hermana y tú sois libres de venir a casa cuando queráis.

Esta vez Lina sí que dio un respingo sobre la montura, incluso el caballo empinó sus orejas al notarlo.

—¿Qué… dices? —balbuceó.

Luna sonrió con condescendencia.

—Después de todo lo que os he visto hacer, está claro que no puedo negar la entrada a mi casa a gente que con el tiempo se convertirá en leyenda —contestó. —Además… mi hermana también lo merece.

—Gracias Luna —contestó Gaury con la misma honestidad que antes.

Lina se sonrojó visiblemente, alterada por lo que acababa de escuchar de boca de su hermana, y aunque incapaz de mirar a Gaury, sí se quedó mirando a su hermana, montada a mujeriegas sobre la albarda de su mula a causa de su falda, que la impedía ir a horcajadas sobre el lomo del animal. La expresión del Caballero de Cephied hablaba por si misma, pese a que la propia Luna no había dicho nada más que esa casual invitación.

Entonces, Gaury, alzó la mano que llevaba libre, y la restregó sobre la coronilla pelirroja de Lina, revolviendo aún más sus cabellos, exactamente de la misma forma que cuando la conoció y la llamaba "pequeña". Lina solo pudo esbozar una tímida sonrisa de reconocimiento.

Sin detenerse, la comitiva continuo su marcha, suave pero constante, hacia la capital de Seillon.


Finalmente se hicieron visibles las grandes murallas de mármol y granito blanco que encerraban en su interior el anagrama del círculo de Restricción sobre el que estaba construida la Capital de la Magia Blanca de Seillon. Alrededor de sus murallas y sus seis grandes puertas, cada una de ellas situada en el vértice de la estrella inscrita en el círculo de Restricción, se congregaban extensos campos de labranza y acueductos con las que proveer de alimentos y agua a la inmensa ciudad; a todo esto había que añadir los muchos guardias de la ciudad, vestidos con sus trajes verdes y blancos de cascos emplumados, y también los viajeros y comerciantes que entraban y salían de la propia ciudad, entremezclados con sus propios habitantes. Al igual que en otras ciudades importantes, como la propia Atlas, los lugareños vestían ropas ricas, síntoma evidente del poder de ese reino, y había una notable cantidad de monjes y sacerdotisas, todos con sus largas y vaporosas albas blancas sobre pantalones bombachos. La ropa tradicional de los Sillonitas era muy característica y la inmensa riqueza de la ciudad, tanto en su clero como en el comercio y los aspectos culturales, hacía que sus nativos destacaran entre los forasteros en medio de una capital que bullía de actividad.

Al fondo, tras las murallas, se distinguían los numerosos tejados de tejas de arcilla roja entremezclados con algunos de pizarra y otros de madera, que cubrían la ciudad; algunos tenían formas bulbosas, señalando así que eran pequeños templos y casas de curas de sacerdotes, mientras que aquí y allá afloraban altos y esbeltos minaretes sobre cuyas almenas ondeaban los estandartes con el emblema de la Serpiente Blanca de Seillon, bajo los cuales estaban colocadas las grandes campanas de bronce que resonaban en la ciudad y que también servían para anunciar los eventos importantes.

Finalmente, en el centro de la ciudad, pese a no estar en un lugar especialmente alto, se podía distinguir el inmenso palacio real de Seillon, de cinco plantas y construido enteramente en mármol. Frente a él también se alzaba la inmensa cúpula de cebolla gallonada que constituía el centro del Círculo de Restricción, el lugar donde se ubicaba la también inmensa estatua dedicada a Cephied y también donde su poder –supuesto, según los mazoku— era más patente. A ambos lados de la estructura se alzaba el complejo monástico del clero de Seillon, un ala dedicada a las sacerdotisas y otra a los monjes, que no podían ser invadidos por un miembro del género contrario, salvo en los lugares comunes y en casos especiales. Esa era la residencia formal de Amelia, aunque ella realmente habitara por todo el palacio.

Una vez más la inmensa y rica ciudad de Seillon, se alzaba ante sus ojos en toda su gloria.

Lina la miró casi con un suspiro, imaginando qué podía pasar. Siempre que había atravesado ese país, ocurría algo importante. Y más todavía cuando en una de las murallas exteriores se podía distinguir todavía el daño ocasionado por la caída de la finca del palacete de verano de la familia real, cuando años atrás se desplomó sobre la ciudad durante la batalla contra los mazoku subordinados de Gaarv, esos Kanziel y Magenta. Amelia y su padre casi sufrieron un ataque de histeria al ser testigos directos de cómo había acabado la batalla y que no pudieran hacer nada para evitarlo, pero afortunadamente las obras de reconstrucción estaban ya muy avanzadas, y los excelentes sacerdotes de la ciudad habían conseguido rescatar a muchos afectados.

Aún así, Lina no podía evitar dejar de sentir vergüenza por lo ocurrido.

—Esto es cosa tuya, ¿no, Lina? —adivinó Luna. —toda esa parte del terreno y de la ciudad está siendo reconstruida.

La hechicera pelirroja se llevó la mano tras la nuca, y rió nerviosamente.

—Bueno… yo… jejejeje… Todos nos dejamos llevar.

—Lina, esa vez te excediste mucho —añadió Gaury, —y me diste un buen susto.

La hechicera balbuceó una serie de excusas y luego comenzó a justificar su comportamiento por lo ocurrido. Una vez más, temía la reacción de su hermana, aunque Luna parecía darse por satisfecha viendo que el propio Gaury había reprendido a Lina.

Ignorando los comentarios de la pelirroja, Naga detuvo su gran caballo castaño, haciendo que girara levemente hacia sus acompañantes. El caballo piafó, incómodo, y escarbó el suelo con una mano, pero pronto se paró sobre sus cuatro patas, aplomándolas bien al suelo mientras su amazona se relajaba sobre la montura y se volvía hacia los demás.

—Amelia... Creo que tal vez no sería recomendable entrar por las puertas principales de la ciudad —comentó.

La aludida dio un pequeño bote,

—¿Por qué? —preguntó. —Así iremos directamente a palacio. Papá debe estar esperándome allí desde hace meses.

Naga torció el gesto, incómoda.

—Porque Lina parece tener algo que ver con las obras de ala oeste, y si nos acercamos sin más, nos reconocerían a todas en seguida... o al menos a Lina y a ti —contestó con una inusitada dosis de sentido común. —Aunque a mí no me reconozcan porque yo sé cómo disfrazarme, pero en cuanto la gente de la capital te vea, te reconocería en seguida... Y ya sabes cómo se ponen con la familia.

Sorprendentemente Naga tenía razón. Dejando a un lado su ego, en un curioso alarde de raciocinio, había señalado un hecho que Amelia conocía bien; cada vez que ella había vuelto de uno de sus viajes, había sido recibida por un coro de gente aclamándola y vitoreándola. Su pueblo la quería, incluso aunque apareciera rodeada de un montón de gente extraña, como era el caso de sus compañeros de viaje, salvo Lina, que dudaba que fuera bienvenida después del destrozo de la muralla oeste.

—Tu hermana tiene razón, Amelia —señaló Zelgadiss. —Si entramos al descubierto, llamaremos demasiado la atención y podríamos tener algún problema.

—Es verdad., tenéis razón los dos —contestó ella. —No había pensado en eso... Tal vez deberíamos entrar por otro lado.

—¿Y por dónde sugieres, Amelia? —preguntó Lina desde atrás. —A mí tampoco me apetece tener a un grupo de gente tras de mí con ganas de llevarme a un tribunal de hechiceros por lo que pasó aquí durante mi última visita.

—Bueno, tal vez por...— comenzó a decir.

—…El alcantarillado de la ciudad —se le adelantó Naga. —Es por ahí por donde me marché de aquí.

—¿Las... alcantarillas? —balbuceó Lina, incrédula. —Eeeew.

—¿Qué tiene de malo? —exclamó Naga. —Es una buena opción.

—Sí, lo es— añadió Amelia. —Yo también he salido sin que me viesen de la ciudad en alguna ocasión por ahí... Pero no sé qué podríamos hacer con los caballos. No podemos dejarlos fuera y tampoco podemos meterlos ahí.

—Se me ocurre que tal vez...— intervino entonces Shilfild, quien hasta entonces había escuchado la conversación en silencio. —... Podríamos intentarlo por mi tío Gray —sugirió. —La Casa de Curas de la familia está cerca de palacio y él conoce caminos para entrar y salir discretamente de la ciudad.

—Vaya, pues sí es una buena idea —exclamó Lina.

—Entonces hacedlo así —ordenó Luna con su habitual tono autoritario.

Zelgadiss suspiró. Pese a que no le agradaba mucho ninguna de las propuestas, era peor todavía entrar en Seillon por la Puerta Grande y siendo el centro de toda la atención. Ya le ocurrió una vez en el pasado, cuando el asunto del complot del príncipe Alfred, y lo pasó mal. Como siempre, era mejor la discreción.

—De acuerdo —asintió Shilfild, para luego volverse hacia Mellina, —¿Vienes tú también?

—Yo... yo… ¿Entrar en el palacio? No sé si debería —balbuceó.

—Ve con ella, Mellina —ordenó Zelgadiss. —Es mejor que te quedes en la casa de la familia Ladha antes de verte en algo más complicado. —Luego miró a Shilfild, —Si tú no tienes problema, claro.

—No te preocupes, Zelgadiss —contestó la sacerdotisa del Hulagón con una sonrisa, —Mi tío y mi primo regentan dos casas de curas, así que podemos acoger a gente.

—De acuerdo —contestó el mago espadachín sin más, —¿Mellina…?— inquirió.

La joven de cabellos oscuros asintió.

—Muy bien, nosotras nos adelantamos. Esperadnos por aquí, por favor —dijo Shilfild mientras adelantaba a su mulilla espoleándola con el extremo del ramal de su brida.

Y de esa forma, todos vieron como la sacerdotisa se unía a la comitiva principal, mezclándose con el gentío que entraba y salía de la ciudad.

—Bueno, pues a esperar —suspiró Lina.

Zelgadiss se había quedado mirando a su "hermanastra-vasalla" con una descripción indescifrable en el rostro. Amelia lo captó.

—¿Qué te ocurre, Zelgadiss? —preguntó.

—Debo hacer algo con ella y sus familiares de una vez. No puedo posponerlo más tiempo —contestó soltando las riendas de su caballo para permitirle mordisquear un poco de hierba. —Técnicamente ella es vasalla mía... pero yo no quiero que ellos me deban ningún voto por ser yo descendiente de su señor. Todo eso es del pasado.

—Ya veo...—contestó Amelia, de alguna forma pensando que Zelgadiss podía seguir considerando lo que pasara con su vida en las próximas horas. —Pero ellos no lo ven así. Quieras que no, ellos siguen siendo responsabilidad tuya mientras no se cambien los votos.

—Lo sé... Pero no puedo dejar que las cosas sigan como hasta ahora, y tampoco puedo ignorarlo.

—Tal vez lo mejor sea esperar a ver qué pasa cuando entremos en palacio.

—Tal vez.

La espera se estaba haciendo larga. Shilfild llevaba más de una hora en el interior de la ciudad y no se veía ningún rastro de ella o de algún hechizo que hubiese servido para comunicarles cómo entrar, así que sin otra cosa que hacer, condijeron las caballerizas hacia una plantación de almendros, donde desmontaron y se permitieron relajarse; los animales no tardaron en bajar sus cervices para pastar las malas hierbas mientras estercolaban, cosa que al dueño de ese terreno no le importaría, sino que agradecería. Y entre tanto, el grupo de hechiceros y espadachines se distribuyó bajo la pequeña sombra de los almendros que no alcanzaba a ser suficiente para cobijarles. Todavía no estaban a mitad del verano, pero el calor se hacía patente.

Gaury, como solía hacer, se tomaba las cosas con una envidiable indolencia, así que simplemente quedó adormilado bajo la sombra de un viejo almendro, más grande que los demás. Luna desmontó de la mula y se acurrucó bajo el tronco de otro, aparentemente aún cansada por lo ocurrido, aunque siempre vigilante; mientras, las dos princesas se sentaron cerca de ellos pero formando un invisible grupo separado del resto. Zelgadiss tan solo aguardaba cerca de Amelia con la vista clavada en los muros de la ciudad a la que había prometido volver. Pese a que había formalizado su relación con Amelia, no estaba en su carácter rondar continuamente junto a alguien y sabía que Amelia y Naga tendrían cosas que hablar antes de reunirse con su padre.

En ese momento vio por el rabillo del ojo cómo Lina se le acercaba a él. Se volvió hacia ella y la encaró.

—…Bueno, Zel —exclamó ella. —No sé todavía qué va a pasar, pero parece que todo acabó ya para ti, ¿no?

—Más o menos —contestó él, evasivo.

—¿Cómo que más o menos? —exclamó Lina alzando la voz, como era su forma habitual. — Hemos estado viajando como locos desde hace casi un año para solucionar todo este tema… Incluso mi hermana ha participado en ello. Yo creo que esto ya merece un final. No digas que todavía no ha acabado.

—Lina, no empieces —bufó Zelgadiss. —Sabes perfectamente qué quiero decir. Esto, para vosotros ya habrá acabado… Incluso tu hermana parece pensar lo mismo sobre Gaury y tú —señaló Zelgadiss con un breve movimiento de barbilla, apuntando al rubio espadachín, quien parecía quedarse dormido por momentos. —Lo que pase ahora es cosa sólo mía… Y de Amelia.

Lina, comprendiendo las implicaciones de las palabras de Zelgadiss, se sonrojó ligeramente, entre molesta y sorprendida porque todo el mundo lo supiera y encima tuviera la desfachatez de mencionárselo sin advertencia previa alguna. Pero también era propio del carácter de Zelgadiss no andarse con rodeos, decir las cosas claras y sin subterfugios, así que tampoco era de extrañar que hubiese dicho algo así. Para ella, Zelgadiss siempre había sido el hermano que siempre la incordia.

—Vale, vale… ya lo he entendido —exclamó ella sacudiendo sus manos enguantadas en gamuza gris, —¡Qué serio eres siempre!

Zelgadiss suspiró, luego miró de reojo a las murallas de la ciudad y se volvió hacia Lina.

—Amelia y yo… hemos acordado no contarle nada al príncipe Phill sobre lo ocurrido —explicó Zelgadiss como si de alguna manera quisiera dejarle clara su postura a pesar de su carácter reservado. —Ya sabes cómo está la situación en la corona de Seillon, así que no conviene complicarlo más. Naga también piensa lo mismo—. Lina asintió, estando de acuerdo. —Pero lo que pase con mi llegada a la corte es otro tema.

Lina apoyó las manos sobre sus escasas caderas, gesto muy típico de ella pero poco aparente precisamente por eso mismo, su falta de caderas.

—Mira, Zel… A mí Phill me pone nerviosa y es así desde que le conozco —comenzó a decir Lina, —Pero es un tipo que odia la violencia y no quiere más que lo mejor para los demás. Después de ver que promulgó un decreto real para indultarte en este reino, no creo que tenga problemas para aceptarte en la corte.

—Él sí, pero…

—No le des más vueltas. Cuando te pones en modo obsesivo eres casi insoportable —le regañó Lina. —Considera que yo no tengo nada en contra que mi mejor amiga y uno de mis más antiguos amigos ahora estén juntos. Para mí eso es más que suficiente.

Zelgadiss alzó la mirada, sorprendido por la simpleza y la claridad de pensamiento de Lina, y la miró sorprendida. Entonces Lina le soltó un palmetazo sobre su hombro, exclamando,

—¡Venga, alegra esa cara! ¡Piensa en todo lo bueno que has ganado!

—¡Ouch!

Era la primera vez que Zelgadiss vivía en sus carnes toda la impetuosidad de Lina. Y dolía. Tanto que durante un breve instante echó de menos su piel de piedra.

En ese momento vieron cómo Shilfild se dirigía hacia ellos con paso presuroso saltando las lindes de los sembrados situados junto a la calzada mientras les llamaba con gestos de la mano.

—¡Lo tengo! —exclamó. —Ya sé por dónde podemos entrar.


Habían entrado en Seillon por una de las puertas menores de abastecimiento. Normalmente, esas entradas disimuladas en el muro tras la esquina de un torreón de la muralla y cubiertas con rejas levadizas, eran utilizadas para la entrada y salida discreta de guardias y mercancías, y en algunos casos para el contrabando. Pese a que el gobierno de Seillon era muy recto, el tráfico de criminales y el contrabando también se sucedían, y todos sabían que en algunos casos la familia real se había servido de esos pormenores para sus propios intereses. Según la propia Amelia les había explicado, en Seillon había cortesanos y sacerdotes con un poder demasiado elevado, y muchas veces permitían esas pequeñas concesiones para tenerlos controlados.

Una vez hubieron entrado, se dirigieron por las calles menos transitadas hacia la zona céntrica de la ciudad, el lugar donde estaba ubicada la vivienda y casa de curas de los tíos de Shilfild, y en donde se congregarían para entrar en palacio.

La casa familiar de los Ladha en Seillon resultó ser un edificio de bonito granito blanco con emblemas mágicos labrados sobre la fachada principal y también símbolos sobre el clero del Hulagón originario de Sairag, lugar de donde era procedente la familia, todo ello muy al estilo de la arquitectura local. El tejado de la casa estaba cubierto de tejas de arcilla oscura, casi negra, y el pomo para llamar a la pesada puerta de madera principal de la casa tenía forma de cabeza de lobo. El grupo solo conocía al tío de Shilfild por lo que ella contaba de él, pero cuando las puertas se abrieron, pudieron ver que era de edad más avanzada que Neruk, el padre de Shilfild, con cabellos blancos entremezclados con la otrora cabellera castaña que debió tener en sus años más jóvenes y ojos brillantes; o al menos sí parecía ser mayor de lo que era debido posiblemente a las mismas causas que el estado melancólico que Shilfild sufría, precisamente la única nota discordante la daban sus chispeantes ojos. La esposa de Gray, María, sin embargo, era una mujer amable y tímida, pero que no resaltaba especialmente por ninguna característica física, aunque se desvivió a saludos y reverencias cuando vio a Amelia. El primo de Shilfild, Toran, no estaba allí.

El tío de Shilfild, obviamente afectado por el reencuentro con su aparentemente desaparecida sobrina, parecía abrumado por la entrada en su casa de cuatro caballos, dos mulas, y unas ocho personas, muchas de ellas poco conocidas. Sin embargo reconoció a la princesa de Seillon, Amelia, y era consciente de la urgencia de poner en contacto con el príncipe Phill a toda esa gente. También se desvivió en atenciones hacia Lina y Gaury, de quienes había oído hablar largo y tendido a Phill y a su sobrina.

—…Muchacho —exclamó con los ojos brillantes mirando a Gaury, —cuánto me alegro de conocer al que tanto hizo por Sairag... Es un honor tenerte en mi casa.

Gaury rió incómodo, como siempre que estaba en ese tipo de situaciones. Y lo que era peor, lo ocurrido en Sairag cuando Shilfild y él se conocieron era algo que prefería no tener que recordar.

—Bueno…yo…—exclamó entre risas nerviosas llevándose la mano al cogote, —muchas gracias por…

—¡Tío!— intercedió de forma afortunada Shilfild, —sabes que tenemos que ir a palacio. ¿Puedes ponernos en contacto con Lord Krophel de alguna forma?

Lina suspiró. Un poco más y habría hecho callar a ese hombre… y luego su hermana la habría reprendido por su falta de educación. La intervención de Shilfild fue muy afortunada al desviar el asunto.

Al principio, el grupo acordó que sólo Amelia entraría en palacio junto con esa alta y descocada mujer que la acompañaba y de quien los Ladha desconocía su identidad, lo mismo que el joven de ropas claras y aspecto de hechicero itinerante que iba con ellos; el resto pasaría más tarde en caso de necesidad. Gray, junto con Lord Krophel, había ayudado al príncipe Phill unos años atrás con todo el feo asunto de los atentados en su contra que se habían producido durante la rebelión del príncipe Alfred, el primo de Amelia, siendo ellos dos quienes habían montado el supuesto atentado que había acabado con la vida del príncipe Phill. El resultado había sido lo bastante bueno como para engañar incluso a la propia Amelia, así que todos sabían que podían confiar en ellos.

Y precisamente por eso Gray Ladha también sabía cómo hacer para conseguir introducir en palacio a la princesa y ese par de hechiceros que les acompañaba.

—…Alteza, su padre, el príncipe Phill, ha estado muy preocupado por su aparente desaparición —explicó de forma educada. —Nosotros imaginábamos que estaría en compañía de la afamada hechicera Lina Invers y eso nos tranquilizaba, pero no teníamos ninguna noticia suya. Es un alivio ver que habéis vuelto y sobre todo en grata compañía.

Amelia rió, incómoda por el tono en que el tío de Shilfild se dirigía a ella y también por no tener una explicación lo suficientemente válida que dar. Lina contempló la escena, divertida por ver la azorada posición de su amiga, no tanto por lo que iba a ocurrir sino por ver que se dirigían a ella con tanta educación. Luego miró de reojo a Naga, quién parecía querer pasar escondida entre todos ellos –cosa difícil de hacer debido a su porte y su ropa- y que estaba sumida en una inusual actitud reflexiva.

—Lina…— dijo por fin volviéndose hacia la pelirroja al notar su mirada, —¿Podrías… podrías acompañarme a palacio? —pidió al margen de lo acordado.

Lina parpadeó; nunca habría esperado algo así de su antigua autoproclamada rival.

—Naga…—exclamó.

—Tú y yo nos conocemos desde hace tiempo —explicó, —Pero parece que mi padre no sabe muy bien cuánto nos conocemos. Ver que las dos hemos viajado juntas por un tiempo, hará que volver a verme sea más fácil para él… Por lo que mi hermana pequeña cuenta, él te tiene en gran estima.

La pelirroja miró largamente a la mayor de las princesas de Seillon. Naga, en cierto modo, era cobarde por no atreverse a mirar la realidad cara a cara, pero también Lina reconocía que ella era una de las más extraordinarias hechiceras que hubiese encontrado nunca, con una gran capacidad mágica, y que a la hora de combatir, tampoco se echaba atrás. Eran los asuntos personales lo que la asustaban.

Lo mismo que a ella.

—De acuerdo, Naga —contestó por fin. —Iré contigo.

—Y yo —intervino Gaury. —Lo que va a pasar es importante, y no voy a dejar sola a Lina.

La aludida se sonrojó, por tercera vez en un reducido espacio de tiempo. Naga no pudo evitar esbozar una suave sonrisa, divertida por ver a Lina en esa situación y agradecida por su respuesta.

—Gracias, Lina.

Con semejante cambio de planes, Gray partió por un discreto camino en dirección al Palacio Real y llevando consigo a las dos princesas de Seillon, Zelgadiss, Lina y Gaury como acompañantes. En su casa se quedaron aguardando Shilfild, Mellina y Luna, junto a la esposa de Gray, María. Una vez estuvieron solas, María les ofreció una taza de té de flores, como era costumbre en recibir a las visitas.

—Gracias, tía —contestó Shilfild educadamente tomando la taza.

La mujer madura sonrió.

—Es usted muy amable por acogernos en nuestra casa —observó Melina.

—Bueno… es lo que ocurre por tener contactos con la familia real —respondió María intentando sonar modesta pero sin mucho éxito. —De vez en cuando tenemos que hacer sacrificios. El príncipe Phill siempre se mostró muy generoso con nosotros tras saber lo ocurrido en Sairag hace unos años.

Melina parpadeó. No tenía datos claros sobre cómo fue la destrucción de Sairag, aunque por lo que Zelgadiss le había contado, el maestro Rezo tenía mucho que ver con aquello. Sin embargo María lo ignoró.

—Por cierto, Shilfild— exclamó la señora, —Esa mujer que acompañaba a su alteza…

—¿Quién?

—Me refiero a esa joven vestida como una… no sabría decirlo. La que acompañaba a su alteza la princesa Amelia. —Dio un sorbo a su taza de té, —¿Quién es? Se parece mucho a la difunta princesa Rydia.


El príncipe Phillionel El de Seillon se encontraba sentado en la mesa de su despacho principal mientras atendía sus deberes diarios de estado. A su lado, su secretario personal y amigo, Lord Krophel, le ayudaba con las tareas del día. El maduro individuo conocía a Phill desde hacía muchos años y era muy sensible a los cambios de humor que el príncipe experimentaba, por mínimos que fueran; era por eso que a pesar de su aparente estado de profesionalidad, sabía que Phillionel estaba afectado por la supuesta desaparición de su hija pequeña. Saber que podía estar en compañía de Lina Invers era un pobre alivio ya que Phill sabía muy bien en la clase de cosas que la "Dra Mata" se veía envuelta y que por tanto podía estar haciendo su hija. Pero era la falta de noticias lo que peor llevaba.

—… ¿Qué tenemos ahora, Krophel? ¿Otros nuevos impuestos de aduanas? —preguntó en tono hastiado.

El secretario hojeó el fajo de documentos que llevaba encima sostenidos de forma precaria en las manos.

—Pues más bien no… Es una petición de su alteza real, el rey Dills Kwolt Gairia de reino de Dills —anunció Krophel- —Nos informa que desde hace un tiempo se suceden acontecimientos extraños en las montañas de Kataar Rang y desea pedir ayuda al clero de Seillon para que una partida de sacerdotes vaya a proteger la capital, la ciudad de Gaira. Es un asunto complicado.

Phill se pasó la mano por la cara en gesto de cansancio.

—Ya veo… Por lo menos no es una cuestión de dinero, pero eso no se sale de sus peticiones habituales. Siempre vienen peticiones desde la ciudad real de Gaira para que nuestro clero envíe contingentes que protejan la ciudad… Y ahora con el asunto del derrumbe de la Antigua Barrera, deberían estar más relajados. —Phill suspiró. —¿Por qué su excelencia Lou Graum no se ha pronunciado todavía?

—Porque parece ser que unos emisarios de un pequeño reino del exterior de la Barrera llamado Barítone le enviaron una muestra de un objeto sagrado que custodiaban y que aparentemente acabó destruido. Luo Graum sostiene que ese objeto podría ser la clave para alcanzar el Gran Hechizo Blanco que ha sido negado en el interior de la Barrera durante estos últimos mil años.

Phill se volvió hacia su amigo y le miró sin comprender.

—¿Qué quieres decir? —preguntó.

Krophel se encogió de hombros.

—No lo entiendo muy bien, yo no soy sacerdote, pero Lou Graum dice que sería un arma infalible contra los mazoku. Así que está intentando hacer negociaciones para hacerse con todo el objeto.

—Entonces…

En ese momento, y de improviso, la pesada puerta de marquetería que conducía al despacho, se abrió de golpe por un chambelán, vestido con el acostumbrado uniforme de color verde claro, que anunció atropelladamente.

—Ma… majestad… Debo comunicarle que… el Sr. Gray Ladha solicita una entrevista con carácter urgente. Su….

Pero no pudo seguir hablando; la puerta se terminó de abrir de golpe y una figura femenina vestida de blanco atravesó la puerta a gran velocidad.

—¡Papá! —gritó Amelia.

Fue muy rápido, ni Lord Krophel ni Phillionel se lo esperaban. Era típico de Amelia hacer apariciones arrolladoras, pero nunca de esa forma; la princesa menor estaba demasiado abrumada por el deseo de ver de nuevo a su padre y contar todo lo que había pasado. Phill apenas alcanzó a levantarse de su butaca cuando Amelia dio un gran salto por encima de la mesa de su despacho y se arrojó a los brazos de su gigantesco padre, haciendo caer fajos de documentos y otros a su paso.

—¡A… Amelia! —exclamó Phillionel, aún incapaz de creerse lo que había ocurrido, —¡Pero… ¿cómo?!

Afortunadamente Krophel fue más rápido y pudo apartarse a tiempo, antes de que Amelia le arrollara en su ciega embestida. Sin embargo, no pudo evitar mirar asombrado cómo Amelia abrazaba a su padre por el cuello, ya que la gran envergadura de él le impedía hacerlo de otra forma; además, el príncipe de Seillon, muy en su línea, evitó pedir explicaciones para no estropear el encuentro con su hija menor.

—¡Amelia-chan, mi hijita! —exclamó devolviéndole el abrazo. —¡Cuánto me alegro de volver a verte!

—Y yo, papá —contestó ella, y luego soltó una risita. —Me haces cosquillas con tu bigote.

Finalmente Phillionel depositó a su hija en el suelo y la miró con más detenimiento, notando que sus botas color turquesa estaba cubiertas de barro del camino, así como el bajo de su capa blanca de sacerdotisa itinerante; igualmente su piel tenía el tono moreno de alguien que ha pasado mucho tiempo al aire libre.

—Amelia… ¿Me puedes contar qué ha pasado? —preguntó —Estaba muy preocupado, no hemos tenido noticias tuyas desde hace mucho. Lo último que supe es que habías ido de visita al reino de Zoana, pero la princesa Martina no me dijo nada sobre tu precipitado viaje.

—Bueno, verás, papá…. Yo…— comenzó a decir Amelia.

—Sí, lo imagino. Te encontraste con tu amiga Lina Invers y te fuiste de viaje con ella— adivinó el príncipe Phill. —Pero al menos podías haberte puesto en contacto con tu padre, hija.

—…Bueno— irrumpió de repente una voz femenina desde la puerta. —Eso es porque hemos estado muy liados y además, Amelia quería darte una sorpresa.

El príncipe de Seillon alzó la mirada y vio que Lina Invers estaba esperando en la puerta junto a ese espadachín mercenario amigo suyo y otras dos figuras que, al menos de momento, no le resultaban totalmente reconocibles, además del propio chambelán y el sacerdote Gray Ladha.

—¡Lina Invers! —exclamó con su atronadora voz. —¡Estaba en lo cierto al suponer que esto sería cosa tuya! No te quedes en la puerta y pasa dentro —arengó con un gesto de la mano. Luego se volvió hacia su hija, —Entonces, todo este tiempo has estado viajando con ellos, ¿verdad, hija?

Amelia asintió.

—Sí, pero era por otra razón. Lina y los demás me han ayudado mucho.

Mientras, Lina y Gaury cruzaron una breve mirada, dudando sobre si entrar o posponerlo un poco. Pese a la importancia del encuentro, la abrumadora personalidad de Phill hacía que Lina tuviera dudas sobre la sensatez de la idea.

—Entremos —sugirió Zelgadiss atravesando el marco de la puerta. —Cuanto antes acabemos, mejor.

Y diciendo esto se dirigió con paso firme hacia donde estaban Amelia y su padre, junto al secretario de este, quién miró a Zelgadiss con evidente sorpresa. Tras él, cerrando la marcha, iba Lina y Gaury.

—La verdad es que me alegro mucho de volverte a ver, Lina —exclamó Phill con una gran sonrisa, y evidentemente más relajado que hacía solo unos minutos. —No puedo esperar a que me contéis todos qué ha pasado… ¿Acaso os habéis enfrentado a algún otro Señor de los Demonios? ¿Habéis luchado por el Bien y la Justicia otra vez?

Lina sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. Ya se había acostumbrado a los discursos idealistas de Amelia, pero los de su padre le seguían resultado completamente alocados.

—Se podría decir que sí —intervino entonces el hombre que había entrado junto con Lina y Gaury en la sala. —Hemos tenido mucho… trabajo.

Phillionel se volvió hacia el desconocido dueño de esa voz de alguna forma familiar. Era un hombre joven, de algo más de 20 años, que a pesar de sus rasgos de juventud, tenía una expresión dura en el rostro, como si hubiese tenido que ver cosas que hubiese preferido no tener que haber vivido. Solo su suave sonrisa disimulaba un poco el gesto. El príncipe de Seillon le estudió; era de tez clara, pero aparecía oscura por estar al aire libre, sus ojos almendrados eran grises y no disimulaban su primera impresión, y sobre el ojo derecho le caía un tupido mechón de flequillo de cabello oscuro que teóricamente debía molestar su visión. Solo las ropas, anodinas y de color beige blanquecino, le resultaron reveladoras.

—Tú… Tú eres… Pareces Zelgadiss, el amigo de mi hija, pero…—vaciló.

—Es él, papá —reveló Amelia con una sonrisa. —El Sr. Zelgadiss ha recuperado su verdadera forma, ya no es una quimera. Por eso ahora es así —explicó.

Phill dio un bote al escuchar a su hija y se inclinó hacia Zelgadiss. A pesar de sentir cómo los pelos del cogote se le ponían de punta debido a la proximidad, el mago-espadachín luchó por mantener la compostura.

—¿En serio? —exclamó el príncipe mirándolo como si fuera un fenómeno de la naturaleza.

Zelgadiss asintió.

—Su hija está en lo cierto. Este es mi verdadero… cuerpo.

Phillionel soltó una atronadora carcajada y exclamó

—¡Zelgadiss, muchacho, cuanto me alegro por ti!

"¿Muchacho?" exclamó para sí Zelgadiss poniendo una fea mueca. Parecía que Phill le seguía viendo como un jovenzuelo, justo igual que como cuando le conoció en Sairag. Y sin previo aviso, le dio uno de sus famosos palmetazos amistoso sobre el hombro haciendo que se tambaleara y se quedara sin aire.

—¡Ugh! —gimió.

—...Eso ha debido de doler —le murmuró Gaury a Lina en el oído. –No parece que Zel lleve muy bien esas demostraciones de afecto por parte de Phill.

—Gaury… sólo Amelia puede sobrellevarlas bien —contestó la pelirroja. —Y eso que todavía no ha aparecido Naga.

La hechicera miró de reojo a la puerta, donde en teoría debía seguir aguardando la hermana mayor de Amelia pero que todavía no había dado el paso que necesitaba dar para dejarse ver.

—¡Qué cambiados estás! —siguió riendo Phill, —¡Apuesto a que el viaje de mi hija ha tenido algo que ver con todos vosotros!

—Sí, en cierto modo —contestó Zelgadiss, evasivo, al tiempo que intentaba recuperar el aire.

Pero la jocosidad de Phillionel poco duró; en seguida sus gruesas cejas y su amplia sonrisa bajo sus frondosos bigotes se tornaron en una seria mueca.

—De todas formas, hija… Aunque tus amigos estén ahora aquí contigo… Me gustaría saber más de por qué te fuiste. He estado muy preocupado.

—Bueno, eso….

—Eso fue por mí —exclamó de repente una voz de mujer también desde la puerta, —Amelia fue a buscarme… para que yo viniera de vuelta.

Phillionel oyó claramente la voz y lentamente se fue volviendo hacia la puerta de entrada a su despacho. Mientras, Zelgadiss se apartó levemente de su vera y se aproximó a Lina y Gaury, a sabiendas que él no tenía nada que ver con lo que iba a pasar; Lord Krophel, sin embargo, permaneció en el mismo puesto que hasta ese momento, y solo alcanzó a musitar.

—…No es posible.

Allí estaba, una mujer de 1'8m de alto, con larga cabellera negra de reflejos azulados y con un característico mechón rebelde en la coronilla, unos expresivos y bellos ojos azul cielo, algo más afilados que los de Amelia; su cuerpo, voluptuoso, fuerte y de una figura impresionante, y todo ello con un traje de hechicera desfasado, perteneciente a otras épocas, pero que ella exhibía sin problemas y que apenas ocultaba lo principal; solo la pesada capa de fieltro que tenía a sus espaldas parecía otorgarle algo de abrigo.

Phillonel se quedó mirándola como si estuviera viendo un fantasma. Y en cierto modo así era, esa joven era el vivo retrato de su fallecida esposa, la princesa Rydia, pero precisamente por eso no podía ser ella, sino alguien más.

—¿Gra… Gracia? – balbuceó Phill. —¿Eres tú, mi hija mayor?

—Sí, soy yo, papá —respondió Naga; sus palabras sonaban raras en su boca, con un raro timbre humilde. —He vuelto.

—¡Gracia! —volvió a exclamar Phill, abriendo los brazos para recibir a su hija.

Naga pareció bacilar durante unos instantes, consciente del significado que conllevaba dar ese paso final hacía su padre; miró a Lina, quien la arengó con un gesto de su barbilla cargado de un significado muy claro acerca de "comer Bolas de Fuego", y luego a su hermana menor, quien también aguardaba sonriendo, finalmente también a Zelgadiss, de quién sabía que había dado pasos peores que ese y los había aceptado. Ella, altanera como era, no podía quedarse atrás.

—¡Hola papá! —dijo finalmente.

Todos los demás, Lina, Gaury, Zelgadiss, Lord Krophel, Gray Ladha y el desconcertado chambelán de la puerta, contemplaron la escena. El abrazó de oso con el que Phillionel envolvió a la mayor de sus hijas era desde luego rudo, pero debido a la mayor envergadura de la mayor de las princesas de Seillon, no parecía serlo tanto; Phillionel, emotivo como era, permitió que Amelia también se uniera al abrazo, y así los tres permanecieron juntos durante unos instantes.

Gaury sonrió, consciente de lo que eso significaba. Para él, Amelia era como una hermana pequeña, y ahora compartía su felicidad, en muchos sentidos. Sin más, se volvió hacia Zelgadiss, que también contemplaba la escena con una expresión que parecía pretender ser distante.

—Bueno, Zel, parece que todo ha ido bien —exclamó por lo bajo.

—Eso parece— contestó él dirigiéndole una breve mirada de reojo. —Lo que está pasando aquí ahora va a influir mucho en el destino de este reino.

Lina suspiró. "Tan pragmático como siempre".

—Sí… pero todavía estás a tiempo —contestó la pelirroja. —Aún puedes evitar verte envuelto en esto.

Zelgadiss soltó un breve gruñido al oírla, y luego volvió la mirada hacia los integrantes de la familia real de Seillon, quienes aún seguían fundidos en ese abrazo, muy propio de la familia.

—No sigas con eso, Lina —bufó Zelgadiss. —Se lo prometí a Amelia y todavía hay que hacer.

Al oírle, Krophel miró con una mueca extraña a Zelgadiss. Él sabía más o menos quién era en realidad ese hombre, anteriormente quimera, y también los cargos que se le imputaban; pero también sabía que el príncipe Phillionel le tenía en estima por numerosas razones, y que su hija menor también lo hacía; ahora parecía que Gracia también –o al menos estaba con ella- y también que tenía algo que ver en todo aquello.

Pero antes de que pudiera decir nada a favor o en contra, Phillionel rompió el abrazo con sus hijas y ordenó.

—¡Chambelán! ¡Ve a buscar a mi hermano, el príncipe Christopher, y dile que venga a mi despacho lo más rápido posible!

El azorado chambelán hizo una reverencia y se volvió presuroso por el pasillo.

Gaury contuvo las ganas de bostezar.

—Pues sí… Esto va para largo.


Lo que siguió a continuación fue una locura de reuniones, nerviosismo, órdenes entrecruzadas, cambios de información y en general una gran alegría que bañaba todo lo demás. Con semejante escenario, la familia real y el propio Secretario Real, Lord Krophel, acordaron no hacer público nada de lo ocurrido ese día hasta que la situación no se hubiese asentado más; lo mismo dijeron sobre informar al enfermo Rey de Seillon, Eldram, que la mayor de sus nietas había vuelto. El anciano rey estaba muy debilitado por la edad, el peso de sus responsabilidades y los disgustos sufridos, como para someterle a más stress, aunque la noticia de la vuelta de Gracia Ul Naga Seillon a casa era algo que sin duda le animaría bastante.

Phillionel supo que además de los compañeros de viaje habituales de su hija, también estaba con ella la sobrina del sacerdote Gray Ladha, quien se había hospedado en su casa familiar y a quien había conocido durante la batalla que conllevó la destrucción de la ciudad de Sairag. Además de Shilfild, también viajaba con ella la hermana de Lina Invers, Luna, a quién todos los asuntos de palacio parecían importarle bastante poco. Y por último también estaba la hija de una familia de vasallos de Rezo.

Amelia convenció a su padre que mientras durara todo lo que tuvieran que hacer, Lina y los demás podían alojarse en palacio usando mismas habitaciones de invitados que la última vez. Amelia y Naga, por su parte, volvieron a las mismas que tuvieron cuando aún eran niñas, y que en el caso de la perteneciente a la menor de las princesas, seguía usando cuando tenía deberes que atender en palacio ya que su residencia formal estaba en el gineceo del Templo de Cephied. Por su parte, Shilfild obviamente prefirió permanecer con su familia, mientras que Mellina y Luna también permanecieron acogidas en la casa de ella, ya que Luna no tenía ningún interés en verse envuelta en las cosas de palacio aunque sólo fuera de forma presencial, y Mellina se sentía sobrepasada por todo aquello.

A pesar de que Lina no le gustaba la siempre abrumadora personalidad de Phill, quien además parecía ponerse a llorar a la primera oportunidad, emocionado por todo lo que estaba pasando, la hechicera pelirroja debía admitir que estar hospedada en el enorme palacio de la Capital de la Magia Blanca, era algo que disfrutaba. No solo había enormes bibliotecas donde poder investigar más sobre magia, sino que además, podía pedir que se le sirvieran exquisitos platos de comida a cualquier hora del día traídos directamente desde las enormes cocinas de palacio. Y por supuesto tenía a su disposición enormes baños de mármol con agua de diferentes temperaturas donde bañarse y asearse. Vivir en un palacio, por supuesto, tenía sus ventajas, aunque la pelirroja admitía que a la larga eso acabaría atrofiándola. Eso no quitaba que esa misma noche el grupo aprovechara para hacer buen uso de las comodidades, o sea, asearse y descansar en unas enormes y lujosamente cómodas habitaciones que no habían disfrutado desde hacía mucho tiempo.

A la mañana siguiente, tras el desayuno, Zelgadiss abandonó el palacio real mientras que Amelia permanecía reunida con el resto de su familia, discutiendo los detalles sobre la vuelta de Naga (o sea, Gracia) a casa. A pesar de su relación con Amelia, ese era un asunto en el que él todavía no podía pronunciarse, ya que ni siquiera Phillionel sabía de boca de su hija por qué Zelgadiss había ido a Seillon. No obstante el mago-espadachín había aprovechado para asearse en profundidad y cambiarse de ropa por otra más al uso y en buen estado; por supuesto seguía llevando la capa con sobre capa y capucha, anudadas sobre su pecho, pero ahora llevaba unos pantalones bombachos al estilo de Seillon y que resultaban muy similares a unos que llevó durante un tiempo tras su transformación. Como hombre de acción, por supuesto no se desprendió de su espada ni de sus dagas.

Después de todo, aún tenía algo que hacer.

Gray Ladha y María, los tíos de Shilfild, le recibieron con cordialidad, y le pidieron más noticias sobre lo ocurrido en palacio, ya que el tío de Shilfild sólo estuvo presente durante el reencuentro de las hermanas con su padre.

—…Gracias por venir, Zelgadiss —le saludó Shilfild, quién se había quitado su capa con charreteras de terciopelo negro e hilos de oro y ahora aparecía con sus ropas moradas de sacerdotisa y visiblemente más relajada. –Mi tío ya me contó lo que pasó ayer durante el reencuentro de Amelia con su padre y su hermana… ¿cómo está? ¿Cómo están todos?

—De momento todos estamos bien, descansado —contestó Zelgadiss tomando asiento en una salita de la casa. —Aunque hasta dentro de unos días la familia real no anunciará formalmente la vuelta de Naga a palacio, y sólo si mañana se lo comunican al rey Eldran sin que haya problemas. Ya conoces los problemas que ha tenido la Casa Real de Seillon; es normal que quieran ir con cuidado.

—…Y mi hermana querrá aprovecharse de estar en palacio –adivinó Luna.

Zelgadiss no se molestó en ocultarlo.

— Sí, Lina no ha perdido oportunidad de aprovecharse de las comodidades de palacio. El príncipe Phill tiene en gran estima a tu hermana, Luna, así que lo consigue sin problemas —contestó el mago espadachín. —De momento Phill no sabe todos los detalles de lo ocurrido, pero sí querrá recompensarla de alguna forma por haber cuidado de Amelia.

—Pues podría pedir algunas livis de oro. No nos vendrían mal —se quejó Luna.

Zelgadiss suspiró; no había duda de que esa mujer y Lina eran hermanas, a las dos les encantaba el dinero.

—¡Oh, no creo que eso sea correcto, señorita Luna! —exclamó Shilfild azorada. —Seguro que el príncipe Phill hará algo.

—¿Y qué hay de mí y mi familia, Zelgadiss? —preguntó entonces Mellina.

—Ese es el motivo principal por el que he venido —contestó el aludido. Sabía que eso era lo que más preocupaba a Mellina y razón por la que allí seguía, pero no había podido darle una respuesta hasta él mismo no supiera qué hacer consigo mismo. —Yo pienso quedarme en palacio, ya veremos bajo qué circunstancias… pero si Phillionel quiere concederme algún bien, tengo intención de emplearlo en ti y el resto de tu familia.

Los demás parpadearon y se volvieron hacia Zelgadiss, quien entrelazó los dedos de las manos y apoyó la barbilla sobre ellos.

—Mi idea es liberaros de cualquier vasallaje hacia mí y concederos una vivienda en esta ciudad para que podáis vivir aquí. Seillon es una ciudad muy rica e importante, así que tendréis más posibilidades… Ya has visto que Atlas, aunque sea una ciudad muy importante, también es un lugar muy corrupto y bastante peligroso. Aquí lo tendréis más fácil.

Los ojos de Mellina se abrieron como platos al ir comprendiendo la magnitud de las palabras de Zelgadiss.

—Entonces, ¿vas a renunciar a tus derechos de nobleza sobre nosotros? —preguntó.

Muy en su línea, Zelgadiss se encogió de hombros, como si aquello no fuera tan importante.

—Tú y tu familia rendíais vasallaje a Rezo, y aunque técnicamente yo sea su heredero y descendiente, nunca recibí de él ninguna herencia formal, así que tampoco puedo reclamar derechos sobre alguien o sus posesiones. Además, a cambio os estoy dando más de lo que podríais haber ganado de haber seguido siendo los vasallos de un hombre muerto y heredero maldito —puntualizó el mago espadachín clavando sus ojos grises en ella. –El legado más importante que dejó Rezo estaba sepultado bajo la ciudad de Sairag, y Shilfild puede contarte con detalle lo que eso significó. Es mejor que empecéis de nuevo.

—Como tú— respondió Mellina. —Empezar de nuevo.

—Así es— contestó Zelgadiss en un tono que daba por concluido el asunto. Sin embargo, Mellina continuó.

—Si no querías que siguiéramos siendo tus vasallos… ¿Por qué has esperado hasta ahora para decírmelo? —preguntó con una gravedad que parecía inusitada en la joven, por lo menos hasta donde los demás la conocían.

—Porque no podía daros nada a cambio —contestó. —El legado de Rezo sólo son ruinas, y yo no puedo tener derechos de vasallaje sobre nadie si no puedo protegerlos a cambio. Ahora que viviré en palacio, sí tengo algo que daros… ¿No lo ves justo? —inquirió.

Mellina permaneció en silencio durante unos instantes pensando en lo que Zelgadiss le había dicho. Tenía razón en todo: la vida en Atlas de ella y su familia había sido muy dura luego de la desaparición de Rezo e incluso antes; Zelgadiss no les había podido ofrecer ningún tipo de cobertura y a cambio habían pagado esa atadura social de mala manera. Vivir en Seillon, en cambio, era algo nuevo que les libraba de todo lo anterior… y habiendo formado parte de ese grupo, Mellina no creía que Zelgadiss se desentendiera por completo de la gente que le había criado de niño aunque ahora fueran libres.

Definitivamente era lo mejor.

—Sí, si lo creo. Es lo mejor —sonrió Mellina.

—Me alegro —contestó Zelgadiss —Me encargaré de ti y el resto de tu familia en Atlas tan pronto como vea aclarada mi situación en palacio.

—Mientras tanto, puedes quedarte en esta casa, Mellina —ofreció Shilfild. —No me vendrá mal algo de compañía.

—Gracias… gracias a todos —exclamó la joven.

Zelgadiss suspiró y se echó hacia atrás en su butaca.

—Por cierto, Luna… Es posible que el clero de Seillon reclame tu presencia de alguna forma—anunció.

—¿Cómo? —exclamó la mujer haciendo que sus ojos chispearan bajo su espeso flequillo de perro pastor.

Ver a la peligrosa Luna Invers en esa posición tan azorada era algo que resultaba hilarante. Zelgadiss apenas pudo disimular una sonrisa, consciente del carácter de la hermana mayor de Lina.

—Cosas de sacerdotes. Phillionel se ha enterado de que eres la Caballero de Cephied y el clero mayor de Seillon tiene interés en conocer a alguien tan cercano al Dios Dragón… Supongo que es normal.

—¡Pues que esperen! —exclamó Luna. —Yo aún estoy muy cansada y más para esas historias… Además, la Reina Eterna de mi país también es una Caballera de Cephied y que yo sepa nadie del clero le ha pedido que venga aquí de visita.

—La Reina Eterna de Zefiria… ¿También es un Caballero de Cephied? —exclamó Shilfild, asombrada.

—Pues claro –contestó Luna con su habitual tono autoritario y muy seguro de sí misma. —¿Por qué creías que se llamaba "eterna"?


Amelia…—comenzó a decir Phillionel, —Como ya sabes, pasado mañana anunciaremos al resto del pueblo de Seillon que tu hermana ha vuelto. Sabes que tu tío y yo nos alegramos mucho de lo que has hecho por esta familia, y seguramente mi padre, tu abuelo Eldram, también lo haga en cuanto vayamos a decírselo.

—Gracias papá… Pero por favor, comprende a Martina —contestó Amelia, ahora vestida con su habitual túnica de sacerdotisa, con una alba abierta por delante y una estola ribeteada en hilo de oro sobre los hombros.

Aunque Amelia no se había reincorporado todavía a sus deberes como sacerdotisa, esas ropas eran indudablemente más cómodas y prácticas que un aparatoso vestido de gala, aunque por alguna razón, la princesa-sacerdotisa prefería llevarlas alguna talla más grande de lo necesario. Tal vez eso le hiciera encontrarse más cómoda que con un rico y ajustado vestido oficial, pero también le hacía parecer más pequeña de lo que en realidad era.

—Martina sabía que yo había ido a buscar a Gracia, y posiblemente su marido, Zangulus, también lo supiera —explicó Amelia. —De hecho fue Martina quién me reveló el paradero de mi hermana. Así que como vi que tenía esa posibilidad, quise aprovecharla… Luego por el camino me encontré a Shilfild, que estaba de peregrinación a Sairag, y al final descubrí que Zelgadiss y Gracia estaban viajando juntos. Por eso coincidimos.

—Sí, eso fue lo que todos me habéis contado —asintió Phillionel en tono de reconocimiento. –Pero estuve muy preocupado durante todo este tiempo sin tener ninguna noticia tuya. Y también opino que la princesa de Zoana fue una irresponsable por no decirme nada.

—Martina hizo lo que yo le pedí, papá…—la defendió Amelia. —Pero reconozco que me equivoqué. No quería darte falsas esperanzas, y tampoco entrar en un compromiso que no sabía si iba a poder cumplir… Pero después de haber viajado tanto tiempo, debería haberme comunicado contigo.

Phillionel miró a su hija pequeña, sentada sobre la rica butaca de terciopelo carmesí, encogida como un pajarito en su nido, y supo que realmente Amelia lamentaba lo que había pasado. Además, dentro de lo malo, esta no había sido la peor y más peligrosas de las veces que Amelia había viajado por el mundo (o eso era lo que él creía), y ciertamente a Amelia le venía bien recorrer el mundo para luego poder ejercer bien su futuro como princesa sucesora de la casa real.

De hecho esa era la cuestión.

—Bueno… lo hecho, hecho está y al final todo salió bien —contestó Phill con un suspiro. —Y ahora que Gracia está de vuelta en Palacio, solo puedo alegrarme. Pero hay otras cosas de las que tenemos que hablar.

Amelia le miró interrogativamente.

—¿Y qué son? —preguntó.

Philionell miró a su hija menor y se preguntó hasta qué punto sabía lo que iba a pasar. Posiblemente ya tuviese algún tipo de idea; Amelia y Gracia, a pesar de sus obvias diferencias de carácter, eran muy similares en algunas cosas y las dos siempre se habían llevado bien, así que en cuanto le explicara el asunto a su hija menor, no le cogería tan de sorpresa.

—He hablado con Gracia, como podrás imaginar, y me ha dicho cuál es su situación —comenzó a decir. —Supongo que ya lo sabes… pero Gracia dice no encontrarse cómoda en su posición de princesa, y admite que convertirse en sacerdotisa real, para lo que habéis sido entrenadas las dos, sea algo para lo que realmente tiene vocación. En eso estoy de acuerdo con ella: Gracia nunca destacó tanto como sacerdotisa como tú, pero sí tiene mucha vocación para la magia astral.

Amelia soltó una risita melancólica.

—Sí, cuando éramos pequeñas, ella siempre estudiaba Magia Astral a escondidas de los sacerdotes… y luego nos enseñaba a mí y al primo Alfred algunos de los conjuros que aprendía. Gracia siempre ha tenido mucho talento para la magia.

Phillionel no pudo hacer otra cosa que sonreír con melancolía, recordando los tiempos en que su esposa, la princesa Rydia, aún vivía, y también cómo sus dos hijas pequeñas y su sobrino Alfred, compartían juegos y secretos de niños. Por aquel entonces nada parecía hacer presagiar hasta qué punto la familia real de Seillon se podía desmembrar en cuestión de tan poco tiempo.

—Entonces, ¿qué ha dicho Gracia? —preguntó Amelia retomando el hilo de la conversación, —¿Sabes qué va a hacer?

—Se quedará en Palacio y formará parte de la Corte —explicó Phill, —Pero no… —suspiró, —… No quiere formar parte ni del clero ni de los asuntos de gobierno.

Amelia dio un respingo. Eso no era lo que su hermana le había dicho; a decir verdad tampoco le había dicho lo contrario: Gracia solo le había comentado que volvería a Palacio y se reuniría con la familia, pero tal y como lo estaba planteando su padre, parecía que quisiera volver a irse en algún momento y no saber nada más de Seillon.

—Gracia me ha explicado que desea abdicar sus derechos de sucesión a tu favor, Amelia— anunció Phill por fin. —De esa forma, tu pasarías a ser mi inmediata sucesora, ya que Gracia abdicaría, mi hermano Christopher también abdicó hace tres años y tu primo… Bueno, ya sabes lo que eso significa.

—Entonces yo…—comenzó a decir Amelia, —seré la próxima reina de Seillon tras de ti…—exclamó Amelia.

—Si nada cambia eso, así es —asintió el príncipe Phillionel. —Esa será tu responsabilidad.

El rostro de Amelia se oscureció durante un momento ante esa expectativa. Amelia siempre había sabido que por su posición, ella estaba muy cerca del trono, pero hasta la fecha también había ejercido de sacerdotisa, así que o bien era una cosa o la otra… Y ahora resultaba que podía ser las dos al mismo tiempo y de forma permanente. Era una gran responsabilidad.

—Sé lo que te preocupa —adivinó Phillionel en tono comprensivo. —Pero también sé que tienes un gran sentido del deber y la responsabilidad, así que sé que sabrás encargarte de eso. Me consta que tu hermana, aunque tenga un gran potencial mágico, realmente no tiene el mismo sentido de mando que tú… Las dos tenéis capacidades diferentes y las tuyas son las mejores para esa posición.

—Lo sé —contestó Amelia con un hilo de voz. —Pero me llevará tiempo poder ocupar ese puesto de esa forma. Aunque no quiero decepcionar la confianza que me estás dando, papá.

Phillionel miró a su hija con ternura.

—Sé que lo harás bien… y además, tienes grandes aliados que podrán ayudarte — le aseguró. —No creo que ni siquiera la Reina Eterna de Zephiria pueda convocar a Lina Invers como lo haces tú, y también tienes amistad con Martina, de Zoana y experiencia con los reinos del exterior de la Barrera… Eso te facilitará mucho las cosas.

—Supongo que sí —sonrió Amelia, azorada por su propia modestia. —A Lina le gusta su patria, pero tampoco parece que tenga relación directa con su reina pese a todo lo que ha hecho estos últimos años.

—Y además, tu hermana también estará aquí para ayudarte —continuó Phillionel con la misma sonrisa. — Gracia dice que ya no quiere volver a dejarte de su lado.

La sonrisa de Amelia era más que evidente. Lo era hasta que su padre añadió algo más.

—Y supongo que Zelgadiss también te ayudará, ¿verdad, hija?

Fue entonces cuando la menor de las princesas de Seillon dio un respingo.

—Sí, Zelgadiss es un buen amigo, como Lina y Gaury —se apresuró a explicar. —Yo le pedí que viniera.

La sonrisa de Phillionel fue más que comprensiva.

—Lo recuerdo. Sé que se lo pediste cuando nos conocimos en Sairag. Se lo volviste a pedir, ¿verdad? Él tiene tu brazalete chalza porque tú se lo diste, ¿no?

Amelia no pudo evitar sonrojarse ligeramente ante las claras y directas preguntas de su padre.

—Sí, yo se lo regalé y esta vez aceptó venir —contestó. —Papá, él quiere quedarse aquí, con nosotros, en Seillon. Ya no tiene motivos para seguir viajando por el mundo buscando una cura y…

—Realmente tampoco tiene otro lugar más a donde ir, ¿no es eso? —adivinó Phillionel. Resultaba curioso que alguien con aparentemente tan poco sentido común, también fuera tan conocedor de la realidad de la gente. Amelia solo pudo asentir con un leve movimiento de cabeza.

—Hija… Personalmente no me opongo a que hayas invitado a Zelgadiss a Palacio —comenzó a decir Phillionel. —A mí me cae bien ese muchacho… Es joven, pero muy inteligente y valiente. Sabe lo que se hace y ha luchado por proteger este reino y al mundo. Para mí, es casi un caballero… uno de verdad —opinaba con sinceridad. —Le vi luchar por protegerte cuando esa dragona, Firia, nos atacó cuando íbamos a empezar la expedición al mundo exterior. Y también luchó contra ese clon de Rezo por la destrucción de Sairag o para protegerme durante el problema con esos mazoku que encandilaron a mi sobrino Alfred. —Phillionel dio un profundo suspiro, —Yo no puedo hacer otra cosa que estarle realmente agradecido, y siendo un pacifista, debo darle el mérito que merece. Pero… sabes que Zelgadiss podría no ser totalmente bienvenido en la Corte. Hay facciones que se opondrán a ello, y eso no es sólo por los delitos que se le imputan. Hay que conseguir la aprobación de la mayor parte del consejo para que él forme parte de la corte sin ser un noble o un sacerdote.

Amelia estaba de acuerdo con su padre. Ella opinaba lo mismo sobre Zelgadiss; de hecho ella misma le había hecho darse cuenta de que en realidad era un héroe. Pero también sabía que su pasado le perseguía y eso sería usado en su contra.

—Sí… Zelgadiss es considerado un criminal en muchos lugares. Y algunos sacerdotes y cortesanos se opondrán a que esté aquí en cuanto sepan quién es realmente. —La princesa suspiró pesadamente, — Zelgadiss también lo sabe, y supongo que estará preparado para ello… pero…—Dejó la frase en el aire.

—Hija… yo también quiero que pueda quedarse —la apoyó Phill, —Y haré lo posible para conseguirlo. Tal vez podamos conseguir algún tipo de ayuda.

—¿Cómo? —exclamó Amelia, quién no se esperaba algo así.

—Me explicaste que él es nieto, o al menos descendiente de Rezo, el Monje Rojo, ¿verdad? —inquirió Phillionel. —El verdadero Monje Rojo, no la copia que destruyó Sairag.

—Sí —contestó Amelia con gravedad. —Pero... a él eso no le gusta. Ya conoces los motivos.

—Lo sé —respondió Phillionel. —Pero creo que tengo una solución.

—¿Cuál?

—Quiero hablarlo con él primero. No sé si aceptará… pero si él tiene una injusta mala fama, y Rezo es considerado uno de los Cinco Grandes Sabios, podemos encontrar alguna solución.

Amelia miró largamente a su padre e intuyó lo que él hablaría con Zelgadiss.


Lou Graum era… diferente a lo que Zelgadiss había esperado. El mago espadachín sabía que había Cinco Sagas, o Grandes Sabios, sacerdotes de Magia Blanca, cuyo conocimiento y poder eran muy superiores a la media. Y también sabía, gracias a Amelia, que todos los sacerdotes (o al menos todos los que se tomaban en serio su función) desean alcanzar la comunión perfecta con Cephied y poder acceder a los grandes hechizos de Magia Sagrada que se les habían sido negados desde la época de la Guerra Kouma hacía 1000 años.

Magia cuyo depositario actual era él, mira por dónde.

Rezo, su bisabuelo, había sido uno de esos Cinco Grandes Sabios, aunque llevaba muerto casi cinco años y la mayoría de la gente, salvo unos pocos, no conocía ese dato. Por otro lado Lou Graum era otro de eso mismos grandes sacerdotes, y en los últimos tiempos había abandonado su vida de estudios para entrar a trabajar junto al clero de Seillon. Aunque teóricamente Las Cinco Sagas no tenían ningún interés en los asuntos político-clericales del poderoso sacerdocio de Seillon, los hechos de los últimos años habían empujado a Lou Graum a unirse a ellos, y por algún motivo, Phill le había pedido que asistiera a la reunión con el Sumo Sacerdote y el príncipe Christofer.

Cuando Zelgadiss le vio, apenas pudo reprimir un gesto de sorpresa. Al contrario que los sacerdotes de Seillon, siempre envueltos en albas blancas más o menos elaboradas y con estolas ribeteadas en oro, Graum resultó ser un anciano encorvado por la edad tanto en sus piernas como en su espalda; sus ojos eran grandes y acuosos y sus espesas cejas canosas los enmarcaban bajo un sombrero alto tocado con una pluma roja y una capa pluvial de color verde claro y blanco en lugar del palio rojo sangre que había usado Rezo en los últimos tiempos. También, como era costumbre entre los sacerdotes de alto rango, llevaba un bastón enjoyado con el que se supone amplificaba sus poderes y servía de oráculo además de proporcionarle apoyo a sus andares.

En líneas generales se podría decir que el aspecto de Lou Graum encajaba más en la descripción convencional de un sacerdote y también en la de "venerable sabio". En realidad parecía tratarse más de una versión masculina de Acqua que de otra cosa. Tal vez por eso era llamado "el Blanco", en referencia a sus largas barbas y a pesar del color verde manzana de sus ropajes.

Y eso era, dado el historial que Zelgadiss tenía con esos personajes, lo que le llamaba la atención.

Al lado de Lou Gram, sentado en una cátedra del despacho eclesiástico de palacio, se encontraba el sacerdote mayor del clero de Seillon, un tipo alto y barbudo, de rasgos duros y vestido a la manera de los sacerdotes de Seillon, con su habitual alba blanca abierta por delante, túnica dalmática y estola, y la cabeza coronada por una especie de turbante, todo ello lleno de joyas y amuletos de chalza que destacaban tanto su rango como su poder. Saltaba a la vista que siendo ambos sacerdotes, Lou Graum no tenía que ver con el clero del país.

Aunque Zelgadiss ya conocía a ese sacerdote de otros encuentros anteriores, especialmente durante el problema con el príncipe Alfred, rápidamente lo catalogó como adversario pues desde un primer momento no había dejado de dedicarle hoscas miradas de reojo, algo que Zelgadiss conocía muy bien.

—…No puede ser —anunció el susodicho sacerdote. —Desde los incidentes con su alteza, el príncipe Alfred, el clero de Seillon dejó claro que por el bien de la seguridad del país, no se podían admitir más hechiceros de dudosa procedencia entre los miembros de la corte —explicó. —Sólo los sacerdotes Seillonitas que tengan un currículum impecable pueden entrar en esa categoría.

Y diciendo esto, el viejo dedicó una dura mirada a Zelgadiss sin ningún disimulo, quien la aguantó sin echarse atrás.

—Le recuerdo que yo tuve mucho que ver en que esos "hechiceros de la corte" en quienes tanto confiabais al principio, no consiguiera su objetivo —le espetó.

—Lo sé —replicó el viejo sacerdote. —Y aunque vuestro aspecto haya cambiado mucho… seguís siendo el mismo. El Clero de Seillon no puede permitir que alguien así esté tan cerca de la realeza de este país.

Zelgadiss apretó los dientes. Sabía lo que ese viejo pretendía decir, aunque no le acusara abiertamente. Su firmeza parecía ser producto tanto de sus convicciones personales como las de alguna clase de facción que hubiese en la corte y que debía oponerse a las ideas del príncipe Phill. Muy posiblemente esa fuera la razón, el intentar que él llegara a convertirse en un favorito y no alguien de su facción. El idealismo justiciero de Phill debieron haber reinterpretado los motivos del viejo sacerdote.

—Sumo Sacerdote —comenzó a decir Amelia, aún vestida con sus ropas de sacerdotisa de la corte, —Le recuerdo que lo que Zelgadiss cuenta es cierto. Si Seillon se libró de los complots de los mazoku, fue en parte gracias a él.

—… Y también gracias a Lina Invers, cuya pronta actuación casi cuesta la destrucción de esta ciudad —replicó el Sacerdote en tono sarcástico.

—No es tan sencillo, eminencia —corrigió entonces Lou Graum con su voz cascada. — Ese joven no es alguien que deba cuestionarse —anunció caminando hacia él, —No sé si será ese criminal que crees que es… pero yo ya le conozco y puedo dar fe de su potencial y conocimiento.

Zelgadiss, Amelia, el padre de ella y su tío dieron un respingo.

—¿Le conoce, excelencia? —exclamó Amelia.

El mago espadachín primero le miró con sorpresa y luego clavó sus ojos grises en él. Aunque no lo recordara, existía esa posibilidad.

—Por supuesto —contestó. —Pero tú a mí no me recuerdas, ¿verdad, Graywords? —adivinó apoyando el enjoyado cayado de su bastón sobre el pecho de él.

Zelgadiss tuvo la incómoda sensación de encontrarse realmente ante una versión masculina del espirito de Acqua; o eso, o estaba realmente ante un anciano que recordaba cosas de veinte años atrás pero que no recordaba siquiera qué había almorzado ese día.

—No lo recuerdas, ¿verdad? —repitió con una sonrisa autosuficiente. —Yo te conozco, descendiente del Monje Rojo.

El Sumo Sacerdote del clero de Seillon dio un respingo cuando lo oyó.

— ¿Qué… ha dicho?

Zelgadiss frunció el entrecejo aunque dado que sus cejas eran bastante finas, no resultó un gesto muy aparente.

—Explíquese —ordenó.

—Excelencia, Graum —intervino entonces Christopher desde el fondo. —Creo que usted sabe algo que todos deberíamos saber.

Amelia cogió la manga del alba de Zelgadiss y le susurró en voz baja.

—… No sé de qué te conocerá, pero puede que te ayude a salir de esta. Tal vez era eso a lo que mi padre se refería.

—Lo sé, pero preferiría no tener que sacar a relucir algunas cosas sobre mi identidad— contestó él en el mismo tono. —Preferiría ir directamente al asunto de la Magia Sagrada antes de ir contando historias sobre mí.

Lou Graum miró a la familia real allí congregada, luego al Sumo Sacerdote y por último a Zelgadiss, quién parecía tener cierta complicad con la princesa de Seillon. Eso le hizo sonreír, y sin perder el gesto, comenzó a hablar.

—Yo te he visto varias veces, aunque todavía eras muy pequeño como para recordarme —explicó entonces. —La primera vez que te vi eras un bebé al cuidado de Rezo. Según me explicó mi… desaparecido compañero, tus padres habían muerto en un accidente y él te había tomado en adopción, aunque estaba valorando la posibilidad de dejarte al cargo de alguna familia de sus vasallos ya que él no tenía posibilidad de hacerse completamente cargo de tu tutela.

Zelgadiss le miró gravemente, y Amelia, de alguna manera, le imitó.

— ¿Y qué más?— inquirió en tono frío.

— Luego volví a verte cuando ya eras un poco mayor… creo que deberías tener unos cinco años o así. No me prestaste mucha atención porque estabas jugando con una espada de madera en ese momento. Pero Rezo me dijo que aunque él no te cuidara todo el tiempo, siempre estaba cerca de ti.

—¿Es verdad eso? —exclamó el Sumo Sacerdote desde su cátedra. —¿Ese hombre es… descendiente del Gran Monje Rojo?

Para Phillionel, su hija y Zelgadiss, oír referirse a Rezo en esos términos seguía siendo casi irrisorio. No obstante la actitud del Sumo Sacerdote parecía haber perdido bastante fuerza con lo que acababa de escuchar.

El mago espadachín ladeo la cabeza mientras sus labios se curvaban en una sonrisa de auto-suficiencia.

—Comprendo… Usted y mi bisabuelo se conocían por ser dos de los Cinco Sagas actuales, ¿verdad? —adivinó. —Así que eso es una buena razón para que yo tenga una posición en palacio.

—Así es, y no creo que me equivoque al pensar eso —sonrió el anciano. –Todos nosotros nos conocíamos de alguna manera y yo sabía que Rezo aspiraba a convertirte en su discípulo en algún momento. – Luego se volvió hacia los demás. — No sé de qué le acusarán a este joven exactamente, pero puedo dar fe de su identidad… De hecho se parece bastante al viejo Rezo— sonrió. – Él es su descendiente.

Amelia pudo ver por el rabillo del ojo cómo su tío se volvía hacia su padre y le miraba inquisitivamente, preguntando con la mirada si eso era cierto o no. Phillionel asintió y luego anunció con voz alta y atronadora, muy en su línea habitual

—Mi hija así lo cree. Y por mi parte, como ya he dicho, ese hombre cuenta con todo mi beneplácito para que entre a formar parte de los hechiceros de la corte.

—Y también el mío —añadió Lou Graum. —Más sabiendo que él, además de Lina Invers y la propia princesa de Seillon, han tenido mucho que ver con los acontecimientos de los últimos años. Sería deshonroso para nosotros no permitirle formar parte de la corte de Seillon.

El Sumo Sacerdote miró largamente a los allí congregados; pudo distinguir la oculta complicidad entre la menor de las princesas de Seillon y ese hombre, pero igualmente se encontró contra el muro que representaba el príncipe Phillionel (cuyas decisiones, una vez tomadas, eran raramente cuestionadas) y un personaje de la talla de Lou Graum, el Blanco. La batalla por evitar que el príncipe Phill pusiera a su lado a un favorito más en lugar de uno de su propia facción, parecía estar perdida. Que Zelgadiss fuera nieto del Monje Rojo era algo que él había ignorado hasta ese momento y contra lo que no había podido luchar, pero él no estaba dispuesto a eso. Miró de reojo a los otros sacerdotes allí reunidos como testigos y prosiguió con su letanía.

—Permítanme objetar que si bien puede estar demostrado que ese joven es descendiente directo de un gran saga como lo fue el Monje Rojo… no creo que eso justifique que debamos concederle un puesto así. El puesto hay que ganárselo con el conocimiento de la Magia Blanca, que es lo que se basa el emblema de nuestro reino, la Serpiente Blanca que protege la humanidad contra los mazoku —explicó dando coba a la realeza. —Y aunque hay pruebas suficientes sobre las heroicidades del Sr. Graywords… esto no es Zephiria y él no es un sacerdote.

Philionell suspiró tras sus puños cruzados frente a su barbilla.

—Tiene razón. De acuerdo a las leyes clericales del reino, no se pueden conceder puestos en el consejo sin ser sacerdote, o por lo menos tener un buen nivel en la Magia Blanca. Si Lou Graum está aquí es por su propio mérito, pero no por haberse ordenado sacerdote en la orden de Seillon.

La mueca que esbozó el sacerdote fue notoria.

—¿Posee usted algún conocimiento de Magia Blanca que le permita ser parte del consejo, Sr. Graywords? —preguntó con cierta sorna el sacerdote. —Imaginamos que siendo familia del Monje Rojo, algo deberá saber.

Todos eran muy conscientes de cuál era la respuesta a ese asunto; el propio Phillionell sabía que la Magia Blanca que sabía Zelgadiss era bastante socorrida y sólo porque Amelia le había enseñado algo. Y posiblemente ese sacerdote lo supiera también; ellos sabían esas cosas.

—No, la Magia Blanca no está entre mis mejores habilidades, es cierto —admitió Zelgadiss en tono grave. —Sólo manejo hechizos que se conocen a nivel popular, como el "Recovery" o "Dormir"… Mis conocimientos en ese campo distan mucho de los de mi bisabuelo. —La sonrisa del sacerdote era obvia bajo sus barbas; el individuo ya mascaba su victoria y estaba a punto de anunciarlo, pero Zelgadiss continuó implacable. —Sin embargo sí estoy en posesión de algo más valioso si cabe para el reino de Seillon.

Todos, menos Amelia, se giraron hacia él sorprendidos por tal declaración.

—¿Y qué es más valioso para el reino? ¿Algún objeto legendario traído desde el exterior de la barrera? Lou Graum ya está en trámites de obsequiar a este reino con algo así.

—No, no es nada de eso, aunque en cierto modo procede del exterior de la barrera en donde no llegó a perderse. —La sonrisa de autosuficiencia de Zelgadiss fue más que evidente. —Yo soy el depositario humano de la Magia Sagrada… El primero en siglos.

La exclamación de asombro general que siguió y los cuchicheos de todas partes fueron más que obvios. Eso era algo contra lo que el alto sacerdote difícilmente tendría lugar de réplica, así que, tras varios cambios de impresiones, no tuvo más remedio que agachar la cabeza y asentir.

—Creo que… antes de tomar cualquier decisión, debería ser consultada con el resto de los Altos Sacerdotes —replicó en cierto tono de esperanza para si mismo. —No podemos arriesgarnos a que algo como lo ocurrido con el hechicero Kanziel, que al final resultó ser un mazoku, vuelva a pasar.—Creo que se está excediendo al insinuar que *yo* también puedo ser un mazoku como lo fue Kanziel —exclamó Zelgadiss en tono frío. —Sabe lo que ocurrió durante ese incidente, así que no entiendo por qué me juzga tan a la ligera.

—No juzgo tus actos de esa ocasión, sino la información que me ha llegado respecto a ti —bufó el Sumo Sacerdote. —Y el dominio de la Magia Sagrada es algo que también hay que demostrar; no basta con proclamar con que se es depositario de tal conocimiento.

Los ojos de Zelgadiss relampaguearon peligrosamente y casi de forma instintiva, hizo amago de llevarse la mano a la espada, en un gesto al que estaba demasiado acostumbrado a ejecutar contra todo aquel que supusiera un peligro para él. Afortunadamente para Zelgadiss, o incluso para el Sumo Sacerdote, Amelia le retuvo apoyando su mano sobre la de él y Phillionel intervino a tiempo con su atronadora voz.

—¡Es suficiente! —exclamó el príncipe de Seillon. —¡Este hombre tiene todo el beneplácito de la familia real! Gracias a él, varios Señores de los Demonios han sido derrotados, y también la Antigua Barrera ha desaparecido… Incluso la mayor de mis hijas ha vuelto a palacio gracias a su intervención. No toleraré que su integridad siga siendo puesta en duda y que se usen en su contra todas esas acusaciones.

A continuación hizo un gesto que Zelgadiss, aunque debía sentirse agradecido, encontró realmente molesto: apoyó su gran manaza sobre su hombro. Al hacerlo, un escalofrío recorrió su nuca y notó que el pelo se le ponía de punta… más aún.

—¡Este hombre tiene todo mi beneplácito para convertirse en hechicero de la Corte y Consejero personal de mi hija! —exclamó. —De esa forma no incumple las leyes del reino por no ser sacerdote.

—Y también el mío— añadió Christopher. —Aunque sea en calidad de observador, ya que no conservo mi poder político, sí debo decir que todo lo que sé sobre ese hombre, es de gran interés para el bien de nuestro reino, por encima de las opiniones del clero.

—Creo que no tengo nada más que añadir que estoy completamente de acuerdo —concluyó Lou Graum.

Zelgadiss gruñó para sus adentros. Se había esperado que tendría oposición a la hora de ubicarse como miembro de la Corte, ya que no podría quedarse allí indefinidamente como "invitado" de la princesa; eso habría dado lugar a numerosos rumores y además, le resultaba incómodo, ya que, como bien sabía Amelia, Zelgadiss no podía permanecer en un sitio sin tener su mente ocupada en algo. Ella ya tenía sus responsabilidades, pero el mago espadachín sencillamente era incapaz de vivir sin tener las suyas propias; él no toleraría una vida a ritmo de "salto de mata", como hacía Lina.

Sin embargo el precio a pagar para conseguir dar un nuevo rumbo a su vida había consistido en ser "interrogado" por el Sumo Sacerdote de uno de los cleros más poderosos del interior de la Barrera, y también tener que echar mano de su supuesta honorable ascendencia gracias a la oportuna intervención de Lou Graum. Eso era algo que encontraba realmente incómodo. Zelgadiss aún no estaba seguro de si ser descendiente (al parecer, biznieto) de Rezo, era realmente un beneficio o una maldición.

¿Y por qué además de todo eso, parecía haberse metido en medio de una lucha de poderes entre diferentes facciones de la Corte? Lo único que Phill le había comentado en su pequeña reunión previa era que no negara en ningún momento su origen y que usarían todos los servicios realizados a la Corona y al mundo en general como bazas para ganar.

Lo había conseguido, peo en cierto modo tenía la sensación de haber estado representando un papel.

—Parece que lo has conseguido, Zel—exclamó Amelia, sonriéndole, una vez que la reunión hubo acabado.

El asintió suavemente.

—Ha sido más fácil de lo que esperaba. El Sumo Sacerdote de Seillon sabe la fama que me precede, solo que no puede demostrarla abiertamente ahora que vuelvo a ser humano, y tampoco se atreve a oponerse a tu padre. —Soltó un suspiro, — Lo he tenido más fácil gracias a Lou Graum.

—Graum… Parece tenerte en estima —contestó Amelia. —Él dice conocerte. ¿Realmente le conocías tú también?

—Es posible… pero no lo recuerdo —contestó Zelgadiss desviando la vista hacia el jardín. —Pero sé que los datos que ha dado sobre mí son ciertos. Pocos sabían que Rezo tenía un descendiente y tampoco que mis padres habían muerto en un accidente… Él, sin embargo, estaba al tanto.

—Tiene sentido que Rezo y él se conocieran, aunque tú no lo supieras —sonrió Amelia, y luego ladeó la cabeza, — ¿Es cierto que jugabas con espadas de pequeño?

—Sí… Mi ilusión era ser un espadachín tan bueno y famoso como…. — Zelgadiss bajó la mirada y Amelia podía afirmar que casi se sonrojó, —… como el héroe que acabó con la Superbestia Zannafer hace doscientos años en Sairag.

—El antepasado de Gaury —adivinó Amelia.

—Sí.

Amelia adivinó qué era lo que había molestado a Zelgadiss y se reprendió a si misma por haber preguntado tan a la ligera algo sobre su niñez a Zelgadiss aunque este había accedido a contestarla. Era su pasada obsesión con ser el mejor espadachín de todos los tiempos lo que le había llevado a ser el berserker de Rezo, el Ma-Kenshi; y eso le irritaba. Amelia sabía que él no se enfurecería con ella por preguntar, pero sabía que eran cosas que él no quería tener que recordar.

—Bueno… De pequeña yo también jugaba a ser un héroe famoso —sonrió ella, queriendo ver el lado divertido de la coincidencia. — También jugaba mucho con espadas de madera en lugar de querer entrenar para sacerdotisa.

El mago espadachín se volvió hacia ella, captando su intención.

—No me cabe duda que debías ser así —sonrió, pero pronto su gesto se volvió serio. —La cuestión es que… gracias a eso, Lou Graum se ha encargado se asegurarme mi posición frente al Clero.

—Y mi padre frente a la corte —añadió Amelia con una sonrisa. —Ahora serás mi consejero real.

Entonces le sujetó por el brazo y se inclinó para besarle suavemente la mejilla.

—Bienvenido a la corte de Seillon, Zel —le felicitó.

El sonrió con franqueza, dejando ver la dentadura, algo que no solía ocurrir. Y Amelia supo que él estaba realmente contento de estar allí pese a lo que acababa de decir.

—Gracias —respondió rodeando su cintura con el brazo.


Parece que tu hija se ha hecho más mayor de lo que esperabas, ¿eh, Phill? —exclamó Christopher asomado por la ventana del despacho donde habían ido a juntarse una vez acabó la reunión. —Mira —sugirió con un gesto de la barbilla.

El enorme príncipe Phillionel hizo lo que su hermano acababa de pedirle y miró a través de la cristalera vidriada de la ventana; abajo, en las terrazas de los jardines, pudo distinguir la figura de su hija, con su amplia alba blanca, al lado de la cada vez más familiar figura de Zelgadiss con el cabello oscuro y también vestido a la manera de Seillon. Ambos compartieron una pequeña charla hasta que Amelia se inclinó hacia él y le besaba en la mejilla, gesto que fue correspondido por un abrazo.

—Vaya… eso si que no me lo esperaba —añadió Christopher con una sonrisa divertida.

Su hermano mayor dio un respingo, alarmado por lo que acababa de ver.

—Todavía me cuesta creerlo… ¿Mi hijita y ese mago? —exclamó. —Ahora veo todo el interés que tenía en salvaguardar a ese hombre. Sabía que mi hija tenía en gran estima a todos sus amigos, y que siempre se preocupó mucho por ellos, pero...

—¿No te lo esperabas? —exclamó el menor de los dos hermanos con cierto deje perplejo.

—Algo me imaginaba cuando vi que él entró en palacio y vi que llevaba puesto el amuleto chalza de mi hija— contestó Phillionel. —Un padre debe conocer a sus hijos, y mi hijita pequeña ahora pelea al lado de ese muchacho tanto o más que conmigo. Eso me ha hecho darme cuenta, aunque supongo que de alguna forma me negaba a verlo.

—Phill, tus hijas han crecido y ya son mujeres… Y Zelgadiss no es ningún "muchacho", aunque tú quieras verle de esa forma.

—Para mí es un muchacho… Uno que ha sido muy desafortunado, pero que tiene potencial para convertirse en un gran hombre. Y me alegro que mi hija piense lo mismo.

Pese a compartir la alegría y el optimismo de su hermano mayor, Christopher suspiró pesadamente.

"Ojalá yo pudiera decir lo mismo de mi hijo Alfred… Él y Zelgadiss tenían una edad similar. Habría sido muy bueno para Amelia contar con la ayuda de ambos." Pensó.


Lina les vio salir al jardín de palacio desde una distancia prudencial mientras comía a dos carrillos una copa de helado de Seillon recubierta de chocolate caliente y barquillo, y que muy posiblemente acabase antes de que el helado se derritiera pese al calor del verano. A su lado Gaury sesteaba bajo un olmo de considerable altura que se mecía suavemente con el viento mientras los mirlos machos cantaban estridentemente en las copa del olmo sus canciones de cortejo. La hechicera pelirroja había permanecido al margen de todo el tedio de los asuntos de palacio y se había dedicado a usar y abusar las comodidades que el hogar de Amelia le brindaba, en ese momento consistía en comer uno de los afamados helados de la ciudad. Gaury, claro está, no se separó de ella, y mientras esperaba a que hubiese un cambio de planes, simplemente aprovechó para relajarse y sestear a la sombra del frondoso árbol.

—Amelia… realmente no sé cómo puedes aguantar este ritmo de trabajo todos los días —exclamó entre bocado y bocado. —Desde que llegamos, apenas nos hemos visto.

Entonces, Lina alcanzó a ver a Amelia, acompañada de Zelgadiss, saliendo a una de las terrazas ajardinadas que rodeaban ese ala del palacio. Lina siempre había presumido de tener unos sentidos agudos, pero ahora se le hacía un tanto difícil poder reconocer a sus dos antiguos amigos, sobre todo a Zelgadiss, vestido de esa guisa y siendo ya humano. Pero a pesar de eso, distinguió cómo hablaban y luego ella se inclinaba hacia él, para hacer algo que parecía serle muy obvio a Amelia.

En ese momento, Lina casi se atraganta con el barquillo, que tuvo la inoportuna coincidencia de rascar su garganta cuando lo mordió, así que la pelirroja empezó a toser ahogadamente para poder respirar. Luego les miró. Y aunque ella sabía que los dos habían llegado a querer juntarse como pareja, ver a Zel siendo… cariñoso, tampoco era algo que se viera todos los días. A su pesar, Lina sintió una punzada de incomodidad y se volvió con gesto indignado hacia Gaury, quién seguía tendido bajo el olmo, tumbado sobre la hierba y dormitando, como si nada de eso fuera con él. La hechicera tuvo que hacer un esfuerzo para contener el deseo de arrojarle la copa de su helado, prácticamente consumido, a la cabeza. ¿Cómo podía él ser tan indiferente a todo lo que le rodeaba? ¿Por qué no podía ser un poco más...? Pero Lina se mordió el labio inferior conociendo la respuesta a ambas preguntas: en primer lugar Gaury solo se interesaba por lo que en ese momento era importante, y una vez que dejaba de serlo, se olvidaba; además, no era en absoluto un estúpido, él conocía a la gente mejor que nadie. Por otro lado, Gaury nunca haría nada que la avergonzara o pusiera en evidencia.

Esa era la respuesta a ambas preguntas, y Lina, sencillamente, no se había atrevido a ir más allá.

Una figura vagamente familiar, envuelta en las características albas blancas de los Seillonitas, se acercaba caminando en amplias zancadas hacia ellos dos; tal vez fuera el reflejo del sol, pero hasta que no estuvo bastante cerca, Lina no pudo reconocer a esa persona.

No era otra que Naga, pero no vestida con un traje ya pasado de moda, sino con las ropas propias de la corte. Por lo que Lina había podido entender cuando presenció el reencuentro de Naga/Gracia con su padre, esas poco decorosas ropas que llevaba habían pertenecido a su madre; la menor de las Invers prefería no tener que preguntar al respecto.

—Así que estabais aquí —exclamó Naga cuando estuvo bastante cerca. Su tono de voz era altivo, como siempre, pero menos prepotente de lo habitual. —Os he estado buscando.

—Hola Naga —contestó Lina terminando de comerse el cucurucho de barquillo de su helado, —¿Nos buscabas? Tenía entendido que te habías perdido en los jardines de palacio —añadió sorprendida.

La mayor de las princesas se encogió de hombros.

—No tengo nada más que hacer... Y esto se está volviendo tedioso —contestó y luego soltó una risotada.

En ese momento, al oír voces y las estridentes carcajadas, Gaury se fue despertando de su siesta y se desperezó ostentosamente sacudiendo sus fuertes brazos.

—¡Uaaaaaah! —Bostezó, —Vaya, hola, Gracia— saludó con su habitual naturalidad sacudiendo la mano.

Naga puso una mueca mezcla de desagrado y descontento; parecía que tendría que habituarse a usar ese nombre otra vez después de tantos años. Por supuesto su hermana y su padre la llamaban "Gracia" y Gaury también parecía hacerlo, aunque Zelgadiss solo empleaba su nombre de pila en situaciones concretas, e irónicamente Lina era la única que la seguía llamando por su sobrenombre.

—...Supongo que tendré que acostumbrarme a que me llamen así otra vez —suspiró.

Lina sonrió con comprensión y Gaury siguió hablándola.

—¿Qué haces así vestida? —preguntó, —Desde que llegamos no te habíamos vuelto a ver.

—Gaury tiene razón. —añadió Lina recostándose ligeramente hacia él, gesto que no pasó inadvertido para Naga, quien ahora parecía ver mucha de esa actitud en torno a ella. —¿Qué ha pasado? ¿Por qué nos buscabas?

Naga estuvo a punto de responder con una de sus atronadoras carcajadas, pero se contuvo.

—Esto es muy grande y me cuesta orientarme —contestó Naga sin sonrojarse lo más mínimo; su orgullo le prevenía de hacerlo. Lina recordó que antes de saber quién era en realidad la hermana de Amelia, la menor de las princesas de Seillon le había contado que su hermana tendía a perderse en el palacio. Aunque tenía sentido que así fuera porque el palacio de la capital de Seillon era realmente gigantesco, no lo era para alguien que en principio había nacido y crecido allí. Pero tanto ella como Gaury no hicieron ningún comentario al respecto.

—¿Y dónde has estado estos días? —preguntó el rubio elmekiano. —Te encuentro... cambiada.

La sinceridad de Gaury en sus deducciones era dolorosamente franca, pero resultaba tan cándida que nadie más del grupo le importaba ya.

—He estado ocupada con asuntos familiares —respondió ella con tono ambiguo.

—Naga... Sabes que puedes contar lo que ha pasado —exclamó Lina en tono grave. —O si no, ¿por qué nos buscabas?

Resultaba raro ver a Naga siendo tan... humilde. Sin ir vestida con esas escasas y desfasadas ropas de hechicera, y con una actitud mucho más relajada y tranquila de lo habitual. Por lo que Lina sabía, durante los últimos meses Naga no había vuelto a probar el alcohol de la misma forma que antes y, según Zelgadiss, aunque fuera a regañadientes, ella le había ayudado mucho. Era obvio que "La Serpiente Blanca" había cambiado y madurado con ello.

—... Llevo días hablando con la familia—resopló Naga dejándose caer sobre la hierba. —Ha sido muy cansado.

—¿Con tu hermana también? —preguntó Gaury haciendo un gesto con la barbilla hacia Amelia y Zel, al otro lado del seto junto a una fuente.

Naga miró a su hermana menor y al hombre que la había matado y resucitado. A su juicio era increíble la capacidad de perdón que Amelia tenía.

—No... Lo que ellos han hablado ahora no tenía nada que ver conmigo. Yo no he participado en esa reunión entre mi familia y Zelgadiss.

Lina miró gravemente a Naga, sintiendo que ella parecía estar resignada a lo que estaba ocurriendo y que no podía ni meterse en medio ni dar media vuelta. Lo que hacía meses que ella le había dicho sobre "no me parece bien que ahora pienses eso cuando no te has preocupado por tu hermana en años", era algo que parecía haber hecho mella en la conciencia de Naga, y ahora simplemente Naga se les había acercado porque Lina había resultado ser su "mentora" en su problema personal.

—¿Entonces? —inquirió Lina.

—No sé qué habrán pensado, pero por su actitud.. .—comenzó a responder Naga sin apartar la mirada de su hermana y el mago-espadachín, —... creo que las cosas se han dado bien para los dos. Mi padre siempre fue muy tolerante y permisivo.

—Pero eso es cosa de Zel y de Amelia —señaló Gaury cruzando los brazos tras la nuca, —¿Qué hay de ti?

Gaury... Para Naga ese joven seguía siendo un misterio, apenas había convivido con él. Era obvio que ese espadachín ahora acompañaba a Lina en sus viajes y que estaba muy unido a él; pero de la misma forma que Gaury encontraba a Naga como una mujer imponente, ella veía en Gaury un auténtico misterio, incapaz de entenderle (cosa que resultaba más sangrante debido a la falta de sentido común de Naga) y también de asombrarse por la aguda percepción del elmekiano. Como siempre, Gaury veía más allá que cualquier otro.

—De mí... Yo me quedaré —contestó Naga mirando a su alba. —Junto a mi hermana. No quiero que nada de lo que ha pasado vuelva a suceder.

—¿Pese a Zelgadiss? —inquirió agudamente Lina.

Naga asintió con un leve movimiento de cabeza.

—Ese hombre es... realmente apasionado —contestó Naga. —Es muy inteligente y tiene muchos conocimientos, pero también es... destructivo. Mi hermana es... realmente la clase de persona que él necesita.

Lina parpadeó; nunca esperó escuchar algo así de boca de Naga.

—¿Y Amelia? —preguntó Gaury de repente, —¿También crees que es bueno para ella?

—Mi hermana... necesita a su lado a la gente que la quiera —contestó Naga, vacilante. —Yo nunca debí haberla dejado a su suerte.

—Entonces, ¿te quedarás en palacio por ella? —preguntó Lina en tono comprensivo.

—Sí... Pero abdicaré en su favor. Amelia ha madurado mucho desde cuando yo la dejé hace años. Ahora ella está muy capacitada para cumplir sus deberes como sacerdotisa y como princesa.

Lina y Gaury dieron un curioso respingo sincronizado cuando oyeron a Naga hablar de esa forma.

—Pero eso...—comenzó a decir Gaury.

—¿Significa que piensas denegar tu rango en la línea sucesoria en ella? —exclamó Lina.

—Sí, es lo mejor —contestó Naga. —Sé que ahora mismo mi tío Randonel está fallecido, mi primo Alfred también, y su padre, mi tío Christopher, abdicó cuando mi familia y Seillon sufrió la conjura de mi primo Alfred. —Naga suspiró pesadamente. —Eso coloca a mi padre y sus dos hijas en la posición de sucesoras al trono de Seillon... Y yo no me veo capaz de afrentar ese cargo.

Lina esbozó una suave sonrisa de comprensión. Naga estaba siendo más humilde que nunca, y totalmente racional, aunque las trazas de su carácter arrogante se dejaban ver en sus ampulosos andares y la prepotencia de su gesto.

—Amelia es la mejor opción para Seillon y para mi familia. Y sé que con alguien como Zelgadiss al lado, no correrá ningún riesgo —sentenció. –No sé cómo acabará la relación entre ambos; tampoco sé qué ve mi hermana exactamente en él... Pero creo que... ellos dos son mucha mejor opción para el futuro de mi reino que cualquier otra opción. Y yo no pienso abandonar a mi hermana... otra vez.

Lina y Gaury miraron largamente a Naga, o mejor dicho, Gracia, la primera princesa de Seillon con un nuevo reconocimiento. Lina, quien era quien conocía por más tiempo a Naga, siempre la había visto como una brillante hechicera pero como una persona con una absoluta falta de sentido común que veía las cosas a su manera y que no parecía importarle más que su propio interés. Ahora parecía que en cierta forma seguía siendo así pero que había transformado su propio interés en el de su familia y su reino. Y no solo eso, también había aceptado a Lina como su confidente en este asunto.

—Naga... Yo apoyaré a tu hermana en lo hayas decidido —anunció Lina.

—Lo sé, Lina, lo sé —contestó la ya no tan altiva mujer.


Habían pasado ya casi una semana desde la llegada del grupo a la Ciudad de la Magia Blanca, Seillon, aquella que daba nombre al reino donde gobernaba y que había sido fundada 500 años atrás sobre las ruinas del antiguo y desaparecido reino de Lethidius, construido sobre una sociedad de reyes corruptos que buscaron la inmortalidad hasta causar su caída, se alzaba ahora haciendo honores a su nombre.

En los últimos dos días, aunque de forma bastante improvisada, las calles se habían ido llenando de banderines y efectos de luces de colores convocadas por hechiceros y sacerdotes del clero de la ciudad; los grupos de artistas y danzarines callejeros llenaron las avenidas de la ciudad, y las gentes salieron a las abarrotadas calles para aclamar a sus soberanos mientras la comida y la bebida fluían libremente.

Había una razón importante para ello en lo que hasta ahora habían sido solo vagos rumores: la princesa Gracia Ul Naga Seillon, estaba de vuelta después de unos siete años de ausencia, y ahora Seillon, el reino de la Magia Blanca, estaba de celebración. A pesar de los esfuerzos iníciales de la familia real por mantener los sucesos en secreto, los abundantes guardias y sirvientes de palacio habían cuchicheado entre ellos sobre la identidad de la hechicera sospechosamente parecida a Gracia, la princesa desaparecida, y lo que empezó siendo un cuchicheo entre cortesanos de todo tipo, acabó convirtiéndose en un secreto a voces en las calles de la Ciudad de la Magia Blanca.

Y a pesar de todo, pese a todos los problemas sufridos, los habitantes de Seillon adoraban a sus gobernantes. Realmente los Seillonitas vivían las celebraciones de un suceso como aquel. Para ellos, de confirmarse realmente lo que todo el mundo parecía estar convencido, era un gran motivo de fiesta.

A su pesar, Lina y los demás se vieron forzados a ser parte de esas celebraciones, inevitables dado el transcurso de los acontecimientos. Lina había contribuido a destruir el complot mazoku que pretendía hacerse con el poder del trono del reino de la Magia Blanca… pero lo había hecho de una manera con muchos "efectos secundarios", así que sus métodos eran ampliamente cuestionados. Sin embargo, el haber colaborado en la vuelta a palacio de la mayor de las princesas y proteger a la menor durante sus viajes, ahora ayudaba a limpiar su nombre. Lina debía reconocer que eso servía para librarla de habladurías y que dejaran de ir contando esas cosas que decían sobre ella por el mundo.

Por otro lado, el poderoso Clero de Seillon, tuvo el honor de tener ante sus representantes al Caballero de Cephied. Había otros "Caballeros", humanos que poseían en su alma una parte del poder de Cephied, desperdigados por el mundo, como era el caso de la Reina Eterna de Zephiria… pero en este caso la humana que ostentaba tal cargo resultó ser una joven Zephiriana, hermana de la temible Lina Invers, que según decía, trabajaba como camarera, tenía como afición la esgrima, y…. Y literalmente mandó callar a toda la cúpula del clero de Seillon cuando se hartó de ellos. Esa, definitivamente, no era una mujer normal.

No obstante, ese día, ante la estatua de Cephied del Templo Mayor, situado justo en el centro de la ciudad, se llevaron a cabo una serie de celebraciones al margen de las festividades en las calles de la ciudad. Eran hechos que pasarían a la historia.

Allí estaba reunida toda la Corte, incluido el anciano rey de Seillon, Eldran, que era llevado sobre una silla gestatoria, debido a su precario estado de salud. Además del rey, también estaban sus dos hijos aun vivos, Phillionel y Christopher, y las dos hijas del primero, Gracia y Amelia. Faltaban, como todo el mundo sabía, sus respectivas esposas, el menor de los príncipes (Randione) y el hijo de Christopher, Alfred, cuyos restos –en algunos de los casos- reposaban en el mausoleo familiar.

Al lado de ellos estaban Lord Korphel, secretario real del príncipe Phillionel y amigo personal; Sir Razes, el Capitán de la guardia real, Sir Gary, su adjunto, Lord Clawfell, ministro de asuntos internos y así otros tantos cortesanos de cargos relevantes.

Por otro lado también estaba el Alto Clero de Seillon, con su más importante sacerdote, el hombre alto, de larga barba cana y mitra blanca sobre un turbante cargado de chalzas que se había opuesto a que Zelgadiss formara parte de la corte; también se encontraba una figura inusitada que desde hacía un tiempo se había instalado en la Corte de Seillon y ejercía un gran poder en los asuntos eclesiásticos del reino: Lou Graum, uno de los Cinco Grandes Sabios del interior de la Barrera. Según lo que Zelgadiss había explicado en Pettitte-comité a sus amigos, ese viejo clérigo no parecía tener tantos problemas con Lina y los demás en sí, sino con el hecho de que él fuera a ser nombrado consejero real de la princesa Amelia, y se había opuesto abiertamente a su nombramiento pese a que sabía muy bien cuánto había contribuido en la lucha contra los mazoku; si al final había callado era porque Zelgadiss había anunciado su vinculación con la Magia Sagrada. Lina había llegado a la misma conclusión que Zelgadiss sin que este le llegara a dar más explicaciones: había una facción de la corte, o por lo menos del clero, que no veía con buenos ojos que Amelia se viera rodeada de más apoyos. Para Zel, era una suerte que Lou Graum le hubiese apoyado desde el principio.

A veces Lina envidiaba la facilidad con la que Phill hacía imponer su propio criterio dentro de los tejemanejes políticos.

Tan diferentes cargos de gobierno y representantes se habían alineado en dos grupos bien diferenciados a ambos lados de la gran estatua de Cephied. A un lado estaba el clero, con sus habituales albas blancas y amuletos chalza adornando sus ropajes, mientras que en el lado opuesto se agolpaban los cortesanos y notables del gobierno del reino, algunos de los cuales llegados desde las ciudades más importantes del reino a modo de representantes. Finalmente, en las primeras filas, cerca de los representantes de la familia real y del grupo de Lina, se encontraban algunos invitados especiales, entre los que se encontraba Lou Graum, quien a pesar de su categoría de Saga no era miembro de gobierno, y también la princesa de Zoana acompañada de su marido, Zangulus, quien destacaba entre la multitud de vestimentas blancas gracias a la extraña combinación que otorgaba su desgastando sombrero de fieltro del que no parecía querer desprenderse fácilmente. La propia Lina iba con sus ropas de gala, una túnica abierta al frente, al estilo de las albas seilonitas, de un profundo color rosa fresa, y una capa a juego de un tono más oscuro, mientras que Gaury llevaba una bonita pero sencilla armadura nueva con el emblema de la Serpiente Blanca de Seillon en el peto; de los dos, el más contento con su aspecto era él, evidentemente.

Pese a sus identidades y dispares aspectos, todos ellos destacaban en la multitud de invitados importantes que no estaban allí para lanzar vítores, cosa que no parecía importar porque era difícil que alguien se extrañara de ver según qué cosas en la corte de Seillon.

Lina había coincidido con Lou Graum una vez en el pasado. Pese a su baja estatura, acrecentada por su encorvada espalda a causa de la edad y su aspecto de viejo despistado, ella sabía bien que bajo esas espesas cejas blancas y prominente sombrero, se encontraba una mente brillante con unos conocimientos de Magia Blanca a la que ella no podía aspirar, no tanto por falta de potencial como de comprensión. El anciano hechicero la había reconocido al instante, por supuesto, y desde la lejanía le había dedicado unas cuantas sonrisas de reconocimiento, así como algún gesto que insinuaba un posible encuentro a solas entre los dos cuando todo aquello acabara.

Lina Invers, la Rosa, podía sentirse honrada por despertar tanto interés no sólo entre los Mazoku, sino entre los Saga.

La presencia de Martina Zoana-Mel Navratilova y su marido, el príncipe consorte Zanglus, había sido una total sorpresa, incluso para las princesas de Seillon, quienes no habían sabido hasta el último momento que su padre, preocupado por lo que pudiera ocurrir, había contactado con ella. A estas alturas, su presencia era bienvenida en la familia real, pero para el resto de los cortesanos era una invitada incómoda, tanto ella por sus escandalosos modales, como su marido, un miembro del pueblo llano y no un noble o alguien con abolengo.

Finalmente, una fanfarria de cornetas irrumpió haciendo acallar a todos los presentes, quienes se volvieron obedientes hacia la tribuna donde se encontraba la familia real y algunos de sus extraños invitados. El príncipe Phillionel El de Seillon se dispuso a comenzar con su discurso.

—¡Pueblo de Seillon, miembros de la corte y del clero, representantes de todos nuestros reinos amigos! —rugió de repente la voz del príncipe Phill atrayendo toda la atención sobre sí, como solía ser lo habitual. —Me complace gratamente el ver a todos los miembros importantes de nuestro reino unidos bajo el mismo techo. Y me complace más todavía el hacerlo para anunciarles las buenas nuevas que nos han congregado aquí.

Ahora era cuando sería anunciado oficialmente lo que todo el mundo sabía ya, pero los murmullos apenas se dejaron escuchar, salvo alguna tos ocasional.

—La primera de las noticias que tengo el placer de anunciar en esta nueva etapa de la historia de Seillon, es la vuelta de su "Viaje de Entrenamiento" de mi hija mayor, la princesa Gracia Ul Naga Seillon.

Era un eufemismo, por supuesto; muchos sabían que Naga no se había marchado de aventuras, como ya hizo Phill en su juventud, sino que se había escapado de palacio, huyendo de unos crímenes que a los que no era capaz enfrentarse, y también muchos ya habían asumido que nunca volvería y que realmente había renunciado a su posición. Pero no, por algún motivo, la princesa mayor había recapacitado tras sus años de desaparición y había decidido volver.

Sin embargo, ahora Naga estaba allí de vuelta y dio un paso adelante hasta situarse junto a su padre. Su presencia, ya de por si llamativa, lo resultaba más con el rico vestido de volantes blanco que llevaba, y la estola sobre los hombros que la declaraban como sacerdotisa de Cephied, un cargo mixto que compartía con su hermana. Ahora era cuando sus responsabilidades tomaban cuerpo de forma visible.

—¡A todos los que forman el pueblo de Seillon, su corte, su clero y sus amigos! —comenzó a decir en un discurso que parecía seguir una fórmula oficial, —Yo, princesa real de la casa de Seillon, Gracia Ul Naga Seillon, he vuelto de mi viaje de entrenamiento con la intención de atraer lo mejor para mi pueblo.

No pasó mucho rato hasta que Lina empezó a cansarse de estar allí y bostezar casi sin disimulo. Las formalidades la aburrían y ella sabía muy bien lo que iba a pasar y decir cada uno dentro de su discurso… Pero eso no evito que Luna le diera un codazo por lo bajo y murmurara entre dientes.

—Lina, compórtate. Estamos en una ceremonia seria y esto es importante.

La hechicera Rosa apenas pudo replicar porque de verdad que le costaba hacer lo que su hermana le ordenaba, Además, Luna no tenía por qué reprenderla de esa forma cuando ella misma había dado plantón a los sacerdotes de la corte.

El discurso de la familia real prosiguió con vítores hacia Gracia, quien obviamente no había anunciado todavía su futura abdicación sobre su hermana menor, pues no era conveniente que su regreso fuera seguido de tales palabras. Así que una vez acabaron los vítores y los aplausos en su honor, Phill volvió a intervenir y prosiguió su discurso en donde proclamaba los nuevos lazos de amistad que habían surgido gracias a los viajes de las dos princesas reales por todos los reinos, entre ellos un nuevo miembro de la corte cuyo reciente cargo era ahora proclamado.

-No habría sido igual si no fuera porque ese nuevo consejero real era el biznieto del gran Rezo, el Monje Rojo, y Phill quería conseguir un golpe de efecto psicológico en medio de la reunión.

Incluso Gaury, ajeno como solía se a todo lo que no tuviera que ver con él y con sus asuntos, arqueó una ceja cuando vio cómo Zelgadiss era anunciado en medio de la reunión y se veía empujado por las circunstancias a situarse frente a Phill para rendirle pleitesía. Una vez allí, se arrodilló frente a él y por ende, ante toda la familia real y la estatua de Cephied, a quien tanto debía.

—Yo, Zelgadiss Graywords, hechicero y espadachín, juro mi cargo como consejero de la familia real de Seillon ante el príncipe Phillionel El de Seillon y al rey Eldran, a quienes prometo servir en cuerpo, mente y corazón.

—Sea.

Y Phill desenfundó su espada ceremonial para a continuación tocar el hombro derecho con ella.

A poca distancia de donde se desarrollaba la escena, Amelia sintió cómo sus ojos se volvían vidriosos mientras una sonrisa se dibujaba en sus labios.

A partir de ahora, las cosas iban a ser muy distintas para todos ellos.


—¡Ameeeeeliaaaaaaaa! —gritó de repente una voz chillona en medio del salón de baile, —¡Estas aquíiii!

La aludida se giró hacia la dirección de donde procedía la estridente pero cadenciosa voz femenina que la había llamado, para encontrarse entonces con un torbellino de tirabuzones y ropas oscuras de corte real, adornadas aquí y allá con algún amuleto mágico. No había duda, era Martina Zoana -Mel, la princesa de Zoana.

La coqueta y alocada princesa corrió hacia su compañera de oficio y la alcanzó en unas pocas zancadas, saltándose por completo cualquier normal del protocolo durante el trayecto. Ciertamente aunque la corte de Seillon era un tanto diferente a otras muchas, no por ello se permitían ciertos comportamientos, especialmente cuando había invitados procedentes de otras casas reales.

Sin embargo a Martina eso no parecía importarle.

—¡Ho... Hola Martina! —saludó Amelia, azorada. –Iba a saludarte, de veras.

—Lo séee –contestó ella con su habitual tono cantarín. —Pero esos pesaaaadooos de cortesaaaaanos no me dejaban acercarme. Me he tenido que escapar para poder saludaaaarte.

—Bueno, ya sabes cómo son las normas del protocolo —contestó ella, aún azorada.

—Sí... Pero me no me impooooorta —replicó la princesa de los tirabuzones apoyando las manos en sus caderas cubiertas por el vuelo del vestido. —Nosotras dooooos nos merecemos otra clase de traaato. Nosotras soooomos heroíiiiinas que luchamos contra Fibrizo y le vencimos.

—Bueno, visto así.

—Pues claro que —sentenció la princesa. —Y además, quería deciiiiirte lo mucho que me alegro por ti.

—Bueno, no puedo negar que estoy contenta —contestó Amelia.

—Sí. Yo supe que habías conseguido reunirte con tu hermana cuando tu padre y los demás vimos que había una factura emitida desde Vezendy a la corte de Seillon.

Amelia parpadeó, sorprendida.

—¿Lo sabías desde entonces? —exclamó.

—Pues claaaro —replicó Martina, y luego tomó a Amelia por sus manos. —Pero yo me callé y no dije nada sobre tu plan para reencontrarte con tu hermana.

—Casi te diría que me alegro, Martina —respondió Amelia sin dar más detalles. —Han pasado muchas cosas desde que me marché de Zoana.

—Lo sé —contestó Martina con una de sus sonrisas gatunas que parecían querer demostrar que estaba segura de todo lo que decía y que la otra parte también. —Tú querías que tu hermana volviera y nada se echara a perder.

Amelia rió, azorada, llevándose la mano a la nuca.

—... Sí, más o menos.

—Y además, tampoco querías que Zelgadiss se te volviera a escapar y no te acompañara otra vez a Seillon.

—¡Martina!

—¡Oigh, cómo te pones! —se quejó la aludida. —Eso ya lo sabía yooo desde hacía tieeeempo. Y si me alegro que tu hermana haya vuelto, me alegro también de que él haya vuelto contigo.

—Es verdad —contestó Amelia. —Supongo que no tengo más que darte las gracias por todo, Martina.

Al margen de la conversación de su esposa con Amelia, Zangulus, vestido con su uniforme real de color blanco y ribeteado en oro, similar al de un granadero, se aproximó discretamente a Zelgadiss; el antiguo espadachín mercenario resultaba casi tan alto como Gaury y al lado de Zelgadiss, el biznieto de Rezo parecía bastante más bajo de estatura de lo que era realmente. Sin embargo nadie pareció prestar atención a la pequeña reunión entre el príncipe consorte de Zoana y el nuevo consejero real.

—...Aún estás a tiempo —murmuró Zanglus a Zelgadiss. —Todavía puedes librarte de ser un cortesano.

Zelgadiss le miró de reojo. Sabía que Zanglus había sido un espadachín mercenario y caza recompensas, y que por tanto su visión de las cosas y de la nobleza distaba de la mayoría de los allí reunidos. Lo mismo se podía decir de sus modales y sentido del humor, políticamente incorrecto entre gentes de abolengo como aquellas.

—¿Tan malo es? —inquirió Zelgadiss arqueando una ceja en un tono que Zanglus no sabía si era irónico o realmente preocupado. —No me atrevería a afirmar eso viendo que tu esposa y tú habéis venido hasta aquí de esa forma.

—Ser un miembro de la corte te resuelve la vida, no voy a negarlo —contestó Zanglus con una sonrisa condescendiente. —Pero lo peor es el trabajo que hay que hacer para mantenerse en el puesto.

—¿Ah, sí? ¿Tan duro encuentras gobernar un reino? —En cierta forma Zelgadiss se sintió como si hablara con un viejo compañero. Y así era; habían luchado juntos y nunca había habido roces entre ellos y a su manera, Zanglus siempre le había respetado.

—Zelgadiss... ¿Alguna vez has intentado poner orden en una taberna llena de mercenarios borrachos? —preguntó el príncipe consorte de Seillon en un tono que sonaba a medio en serio, medio en broma.

—No... Pero sí entre un grupo de Trolls con ganas de pelea que estaban bajo mi mando.

Zanglus no se había esperado semejante respuesta y soltó una sonora carcajada.

—Bien... Pues resulta algo parecido —contestó. —Solo que usando métodos políticamente correctos.

—Entonces creo que podré hacerme cargo de ello —sonrió Zelgadiss con una mueca un tanto torcida.


Allí, rodeado de magníficos tapices que representaban a los grandes sacerdotes de Seillon, a los Reyes Dragones, antiguos monarcas de Seillon y escenas de la Guerra Kouma, todo ello enmarcado con coloridas vidrieras, se alzaba en medio de todo ello la estatua de Cephied se alzaba en medio de la cúpula central del Templo como si fuera una metáfora de dragón congelado en el tiempo. No era de extrañar que ese fuese el lugar donde el poder del Círculo de Restricción que protegía Seillon de los hechizos destructores fuera más poderoso. Y también que ese fuera el lugar donde se celebraban las coronaciones y bodas reales. Era un lugar que por si mismo imponía, y eso que Zelgadiss había visto ya cosas similares en otras partes del mundo.

Hubo algo que sin embargo captó la atención de Zelgadiss; era una pequeña luz rojiza que revoloteó en torno a la estatua de Cephied como si fuera una especie de insecto. Al principio pensó que podría tratarse de una luciérnaga despistada, cosa normal en esa época del año, pero por la luz que desprendía, tan clara, brillante y obvia, descartó esa idea. Automáticamente pensó que sería un "espirito de hadas", como llamaban las Asociaciones de Hechiceros a esas entidades de luz que revoloteaban en torno a las oquedades de las cuevas o los edificios abandonados. Pero siendo ese el lugar más sagrado de Seillon, no podía ser tal cosa; era algo casi inauditito.

Su vista siguió la luz rojiza hasta que se ocultó tras la estatua de Cephied, sin hacer ningún otro movimiento, así que no podía ser algo peligroso. Ya averiguaría qué era.

Mientras, Amelia caminó a su lado sin prestar atención a esa luz –muy probablemente no la hubiese visto- , y cogida de su brazo ahora que nadie les miraba, pudiendo así dar rienda suelta al afecto que sentía por él. El mago-espadachín, por supuesto, no se negaba; aunque no era la primera vez, ni siquiera antes de volver a ser humano, disfrutaba de esa natural muestra de afecto. No obstante, el camino de ambos concluía ahí, frente a la estatua.

—…Gracias por acompañarme, Zel —le agradeció ella. —Hoy ha sido un día muy duro.

—Cierto —asintió él. —No sé qué es peor: una panda de ministros armados de recursos burocráticos o un mazoku con ganas de guerra —sonrió.

Amelia rió ante el comentario. Desde que Zelgadiss había vuelto a recuperar su humanidad y ella había resucitado, yendo a vivir con ella, su humor había mejorado notoriamente. Siempre lo había tenido, agudo y afilado, pero rara vez lo dejaba demostrar, salvo en ocasiones concretas; ahora, sin embargo, era habitual verle sonreír… O al menos así lo veía ella.

—La verdad es que te portaste muy bien con esa pandilla… Me dejaste boquiabierta cuando les hiciste callar.

Zelgadiss se encogió de hombros.

—Tengo poca paciencia para algunas cosas, ya lo sabes.

Ella volvió a sonreír, pero pronto detuvo el paso y ambos se detuvieron frente a la arcada que conducía al ala izquierda del Templo de Cephied, donde estaba ubicada la residencia femenina de las sacerdotisas de Seillon, y por tanto las habitaciones formales de Amelia.

—…Bueno, yo me voy ya a dormir —Ha sido un día muy largo y mañana será casi igual.

—Lo sé. Y yo también estoy cansado —contestó Zelgadiss. —Antes podía aguantar más tiempo despierto pero ahora me canso antes… Y mañana quiero estar contigo en la reunión con los ministros.

—Gracias, Zel… Pero no es necesario. Tú no tienes la misma obligación que yo para hacerlo.

—Es mi obligación moral. Además, quiero comentar mi proyecto para los sacerdotes de Seillon… Cuando llegue el momento, por supuesto —contestó con su habitual tono serio.

Amelia le miró con atención, pese al cansancio que se asomaba en sus ojos y su expresión. Aunque Zelgadiss volviese a ser humano y ya hubiese obtenido lo que deseaba, estaba claro que era una persona incapaz de levantarse por la mañana sin tener ya un objetivo claro sobre qué hacer; era esa necesidad la que le empujaba a tener que trabajar de esa forma. Igual que ella.

—De acuerdo —sonrió Amelia. —Mañana nos veremos.

Y diciendo esto, se inclinó hacia él sin soltarle el brazo, y le dio un suave beso de buenas noches en los labios que él respondió de la misma forma. Luego dio un paso atrás y se despidió, desapareciendo por la arcada que conducía al gineceo, el ala femenina del templo donde Amelia tenía sus habitaciones privadas y cuyo acceso estaba restringido a los hombres; sabiendo que no podía ir más lejos, él simplemente aguardó a que ella desapareciera.

Cuando lo hubo hecho, miró de reojo a la estatua de Cephied situada tras él, y dijo en voz clara.

—Muy bien. Sé que estas ahí… ¿Por qué no te muestras de una vez?

Aunque realmente no era necesario, se llevó la mano a una de las dagas que llevaba ocultas en su alba real, lista para ser usada. No tenía la espada encima, así que no podía usar otra arma más que esa.

~No has perdido facultades después de todo~ dijo una voz fantasmal muy modulada. ~Te enseñé bien.

Entonces Zelgadiss se giró hacia la estatua, habiendo reconocido de inmediato esa voz. Frente a él, la especie de punto de luz fantasmal, similar a una luciérnaga de luz roja, se transformó en una figura traslúcida que él conocía muy bien. De hecho, no hacía muchos meses atrás que la había visto por última vez.

—Debí suponer que en realidad eras tú, aunque no estaba seguro —anunció con voz grave, la misma que solía usar en situaciones serias. —Así que al final conseguiste salvarte de Xelloss, ¿no, Rezo?

La figura fantasmal asintió, aunque su presencia era notablemente más relajada.

~Sí, pero por poco. Solo mi voluntad me previno de lo peor.

Zelgadiss se sorprendió a si mismo suspirando aliviado. Aunque lo intentara, era incapaz de guardar el mismo miedo y rencor hacia Rezo que en su anterior encuentro, pero la pregunta inevitable seguía estando allí.

—¿A qué has venido hasta aquí? —preguntó por fin. —Espero no sea para traerme más problemas.

Rezo sonrió, esta vez con los ojos abiertos, y realmente miro a su biznieto, en cierto modo como si fuera la primera vez que le veía, aunque eso no fuera realmente así. Ante él, tenía a su joven descendiente convertido en alguien totalmente nuevo, cosa que resultaba más evidente por ir vestido con los habituales pantalones bombachos de Seillon, un alba real de manga ancha sobre ellos, sujeta a su cintura con un cinturón ancho de cuero claro repujado, y una estola bordada en dorado sobre los hombros, todo al estilo de las ropas de la corte de Seillon; solo las dagas que llevaba ocultas entre sus ropas y la joya roja que siempre había llevado sobre el pecho, recordaban a sus antiguas ropas. Eso y tal vez el hecho de ser todas de color claro, como era su gusto.

~ He venido a verte ~contestó Rezo. ~Y a despedirme. Ya he terminado lo que vine a hacer aquí y mi tiempo se agota.

Zelgadiss dio un respingo,

—¿Irte? —exclamó, —¿A qué te refieres?

~Ya lo sabes, Zelgadiss ~contestó Rezo. ~Tú has sido testigo de fantasmas y no muertos en otras ocasiones, incluyéndome a mí… Y también conseguiste resucitar a la princesa menor de Seillon. ¿De qué te sorprendes?

El otrora mago-quimera le miró largamente.

—Supongo que de nada —dijo por fin. —Pero sigues sin decirme por qué estás aquí.

~…Biznieto —comenzó a decir Rezo, revelando otra vez la relación que tenía con Zelgadiss, ~Parece que has conseguido llegar muy lejos. Me alegro por ti.

Zelgadiss esbozó una sonrisa, entre irónica y alegre.

—Bisabuelo… sí eso es lo que al final eres para mí —dijo, —¿Realmente crees que quiero saber que te alegras por el destino que finalmente he tenido?

~Zel… incluso aunque tú no me hayas perdonado, yo me alegro por ti. Quería que lo supieras.

Al oírle, Zelgadiss dio un respingo.

— ¿Perdonarte…?— exclamó.

Entonces lo supo. Lo que realmente quería Rezo antes de irse, no era solo decirle que le alegraba ver la persona en la que ahora se había convertido, sino que él le perdonara igualmente. Bajó la vista, evitando el inquietante contacto con los ojos de Rezo, y luego lanzó una mirada de soslayo a la estatua de Cephied. De haber sido algo maligno, Rezo no se habría podido manifestar en un lugar como ese.

—Yo… ya no puedo odiarte más — contestó con voz suave. —Después de lo que ha pasado, ya no tengo fuerzas para seguir guardándote rencor.

El bastón de Rezo, su báculo cargado de anillas y coronado por una gema roja, soltó un tañido cuando su dueño dio unos pasos hacia su biznieto, aunque nadie más del templo parecía poder oírlo. Zelgadiss supo que Rezo estaba justo frente a él, aunque no se atreviese a mirarlo de frente. El Monje Rojo, pareciendo saberlo, simplemente alzó su mano libre y la apoyó sobre el hombro del que una vez fue su berserker; Zelgadiss notó el contacto, no tanto en su cuerpo físico como dentro de sí.

~Biznieto ~dijo Rezo, ~me alegro de verte otra vez humano, y también siendo pareja de esa joven princesa. Dadas las circunstancias del mundo que hay ahora, creo que los dos tenéis una gran tarea por delante. Sé feliz con ello y aprovéchala.

Rezo lo sabía, desde que le vio en la Torre, Zelgadiss supo que sabía por qué había hecho todo eso, y ahora, a falta de una palabra mejor, le estaba dando su bendición.

—Gracias… Rezo —contestó con un hilo de voz.

El Monje Rojo sonrió y retiró la mano.

—Yo… te perdono —concluyó Zelgadiss con un fuerte suspiro. —Ahora sé que todo lo que pasó fue culpa de Ojo de Rubí y no tuya. Ya no puedo odiarte.

Al decir esas palabras, como si se hubiese librado de un gran peso, el rostro de Rezo dibujó una amplia sonrisa de felicidad y su figura tembló. Ante los ojos de Zelgadiss, esta se desvaneció hasta quedar convertida en un punto de luz similar a una luciérnaga. Un "Espíritu de Hada", aquello que muchos sacerdotes creían que era el alma de los muertos. Puede que no fuera así en el 100por100 de los casos, pero si había verdad en ello.

Al revolotear junto a él, Zelgadiss pudo sentir la alegría que emanaba de esa luz, y luego la vio dirigirse hacia la estatua de Cephied donde por fin desapareció.

Rezo se había ido, aparentemente de forma definitiva.

Zelgadiss se quedó mirando la estatua largamente, sin saber qué hacer exactamente; esa era una sensación que generalmente le incomodaba mucho, pero en este caso, no podía ocurrir de otra forma.

—Hasta siempre, Rezo murmuró. —Yo continuaré tu legado.

Y diciendo esto, se dio media vuelta y se dirigió hacia la salida del templo con una extraña sensación de paz en su interior.

Habiendo perdonado a Rezo, volviendo a ser humano y amando libremente, pudo sentirse verdaderamente completo.

Y si comenzaba una nueva búsqueda, no decepcionaría a Cephied.

No todo el mundo puede decir que ha tenido dos vidas.

Y eso él lo sabía muy bien. Las aprovecharía con toda la gente que había a su alrededor.

Después de todo, ¿para qué habría empleado tanto tiempo en encontrar su búsqueda?

Ahora lo sabía.

= FIN =


*Notas finales:

Bien, por fin después de tanto tiempo, doy por concluida esta historia. Espero que la halláis disfrutado tanto leyendo como yo escribiéndola –cuando no he sufrido por esos parones que la vida me ha dado a la hora de escribir- porque realmente ha sido algo muy agradable de hacer pero también muy laborioso de hacer.

Desde el principio quise que esta historia encajara en el canon de Slayers lo más posible, usando el anime como fuente principal del argumento y la caracterización de los personajes… pero las novelas, que con los años han ido cayendo en mis manos gracias a Ichiban Victory, son una fuente de información muy útil en muchos aspectos (todos los personajes que nombro de la corte de Seillon y las descripciones de la propia ciudad incluyendo la familia y la casa de Shilfild o "los espíritus de hadas" las he sacado de ahí) y también tienen su propia continuidad que posee más sentido que el anime en muchos aspectos. Todo eso lo he querido añadir a esta historia de algún modo y que a su vez encajara con la parte de las novelas en donde aparecen Luck y Mellina. Mezclar todos los detalles sobre el universo de Slayers en esta única historia es una de las cosas que más me ha gustado escribir.

Y por fin está acabada, aunque el final sea abierto a esos futuros hechos que menciono.

No quiero decir con esto que vaya a escribir más fics de este tipo de Slayers, pero sí lo impresionante que ha sido para mí hacerlo.

Muchas gracias a todos por leerlo y disfrutarlo durante todo este tiempo.