Holaaaaaaaaaaaaaaa!

¿Cómo están? Yo con los nervios que no me dejan vivir… :P

Por fin actualizando, sí, pero todo tiene una muy buena explicación, se los aseguro.

La verdad, primero no actualizaba porque me faltaba inspiración, luego fue porque tuve que terminar el escrito de mi memoria de título, y bueno ahora tengo que estudiar para mi examen de grado y aquí estoy actualizando, porque me llegó la inspiración, tenía bastante avanzado el capi antes de tomarme un receso, así que fueron como 10 páginas más y aquí están las 34 que escribí para ustedes.

Hoy no me explayaré ya que como decía al principio me encuentro estudiando para mi examen de grado que será el jueves 3 de abril a las 10:00 AM, hora de Chile. Paso el dato para que me manden todas las buenas energías para que me vaya muy bien, por fin tendré mi tan anhelado título de Médico Veterinario, eso si es que no respondo puras burradas jajaja.

Quería hacer una mención especial a Mire2006, mami Mire o Stacy Adler como se le conoce hoy en día, muchas gracias por ayudarme con la parte del inglés de mi escrito linda, te debo una. Así que este capi va para ti ^^ espero que te guste :D

También va para Lupis, o mejor conocida como Addie Redfield ;) quien fue la última en ejercer presión para que continuara muajajaja.

Ahora, sin más preámbulos, aquí está el capitulo once de Resurrección.


Capitulo XI: "Reencuentro"

Una débil llovizna había comenzado a caer hacía minutos atrás, se escuchaba el impacto de las delicadas y finas gotas de agua sobre los enormes ventanales del despacho personal de Alex Wesker. Lo que antaño había sido una biblioteca, aun poseía su imponente presencia y decoración; la chimenea de piedra estaba encendida, y frente a esta el hombre de cabello negro se encontraba de pie afirmado con una mano a la firme estructura.

Su semblante denotaba preocupación incierta, y su mirada permanecía perdida en el fulgor del fuego rojizo que parecía unirse al de sus propios ojos.

Había inyectado a la chica con lo que se conocía popularmente como una bomba de estrógenos, si su organismo pensaba jugarle una mala pasada a sus planes, aquello ya se había terminado. Sin embargo, sus inquietudes iban más allá de eso; debía tomar una decisión con respecto a los días venideros, debía sopesar el costo y beneficio de conservar a ambos sujetos de prueba.

La chica aún era valiosa, ya que por alguna razón que desconocía su cuerpo había tomado el virus que inundaba su sangre modificándolo; moldeándolo a su antojo de tal forma que al inocularle el virus progenitor, los resultados habían sido sorprendentes. No le cabía la menor duda que con unos meses más de investigación con ella, todas sus ambiciones estarían satisfechas.

Pero en contraparte estaba el soldado, que a pesar de ser un dolor de cabeza para los científicos del lugar; tanto por su comportamiento como por el virus que él poseía, no dejaba de ostentar un extraordinario potencial. La cepa era completamente distinta, y Alex estaba seguro de que lo que habitaba en su interior era algo mucho más evolucionado, pero a la vez, mucho más peligroso si no se controlaba como era debido.

Desde la muerte de Paul Thompson a manos de A-002 que se cuestionaba el hecho de mantenerlo o no con vida, y de eso solo había transcurrido un día. Podían obtener las muestras de su cadáver y empezar a inocularla a la nueva partida de sujetos de experimentación. El problema precisamente era ese, conseguir los sujetos de experimentación, sin la ayuda del viejo Spencer, obtenerlos se había convertido en un verdadero reto. Y por supuesto no podía dejar de lado, la posibilidad de que el virus acabara con ellos incluso antes de que su organismo pudiese siquiera asimilarlo.

La madera crepitó mientras un trozo encendido se deslizaba desde el pináculo de la montaña de ellos hasta quedar en la parte más baja, consumiéndose lentamente. Alex sonrió, debía deshacerse de A-002, ya verían como proveer con más conejillos de indias, después de todo en las instalaciones había varios a los que nadie extrañaría, incluyendo a ciertos inútiles que aun residían en las habitaciones del complejo. El soldado se había salido de control, y además sería una lección imborrable para aquellos que se atreviesen a ir en contra de sus deseos.

Sus divagaciones y molestias fueron bruscamente interrumpidas por el sonido profundo que resonó dentro de la estancia, haciendo eco en las paredes. Alex desvió su ambarina mirada con un dejo de irritación hacía el origen de aquel estruendo, precisamente en ese instante la inmensa y gruesa puerta de madera se abrió lentamente.

– Señor. – dijo con un hilo de voz un tembloroso hombre. – Weiner solicita su presencia en el cuarto de vigilancia.

– ¿Qué ocurre esta vez?

– Es mejor que lo vea usted mismo.

Wesker alzó una ceja algo exasperado, estaba fatigado y deseaba descansar un poco, no obstante, con tanto ente inservible trabajando dentro del castillo, esa simple necesidad se había vuelto casi excusable. Salió tras el hombre con dirección a la sala de monitores, de un tiempo a esta parte sino estaba él de lleno en los asuntos estos tendían a complicarse, como lo que había sucedido con sus últimas adquisiciones. Estaba seguro de que si no hubiese delegado responsabilidades, el tema no se hubiese salido de control y por supuesto, ahora no tendría que estar pensando en deshacerse del soldado.

A decir verdad, los sueros que habían tenido que inocularle periódicamente desde un principio, parecían haber hecho el efecto deseado. El margen de tiempo que había transcurrido desde su última dosis era bastamente más amplio, tal vez debiese conservarlo hasta comprobar que tan grave era el daño en sus tejidos nobles; el sujeto A-002 había mutado, aparentemente sin un estímulo visible…

¡La chica…! ella fue el estímulo.

¿Cómo había podido ser tan ciego? quizás no debía prescindir de ninguno de ellos, llevaría a A-002 hasta sus límites, quería ver hasta donde era capaz de llegar si se le presionaba con la muchacha. Soltó una carcajada al pensar en lo ridículo que debería sonar decirlo en voz alta, ambos estaban enamorados el uno del otro, y por lo visto no se habían dado cuenta de ello.

– Patético… – masculló haciendo que el hombre delante de él le dedicara una mirada confundida.

Era completamente risorio que aquello fuera así, después de ver que era lo que atormentaba al imbécil de Robert Weiner, iría personalmente a visitar al soldado. Comunicarle que A-001 estaba muerta parecía ser tan divertido como había sido ver la expresión en el rostro de ella cuando le dijo lo mismo refiriéndose a él.

La pobre niña no reaccionó durante varios minutos, en ese momento presintió lo que no deseaba admitir, porque innegablemente ese hecho no tenía precedentes. ¡Dos sujetos de prueba enamorados! el amor era para los débiles, para quienes no podían valerse por sí mismos, no para las armas biológicas; no para la perfección que ellos significaban.

Deborah despertó perezosamente, extendió su brazo izquierdo y encontró la fibrosa pierna de Piers entre las sabanas. Deslizó su dedo índice a lo largo de la extremidad del soldado y luego volvió a su punto de partida, estaba apoyada en su abdomen y sentía como el tórax de su amante bajaba y subía en un compás rítmico y relajado, por lo que dedujo que seguramente aún permanecía dormido.

Era la tercera vez que tenían sexo, desde ayer que habían comenzado en el cuarto de baño. Se estremeció al recordar como él la había embestido hace unas horas, con un deseo indómito que demostraba la pasión que llevaba conteniendo, claramente para la castaña era imposible saber desde cuándo. Suspiró y volteó su cabeza, la luz tenue del crepúsculo iluminaba vagamente la habitación; pero era suficiente para poder visualizar su rostro. Su semblante parecía algo inquieto, casi como si no estuviese descansando del todo, y una mueca torcida estaba grabada en sus labios.

La joven se incorporó suavemente para que su cara quedara más cerca de la de él, sin embargo, al erguirse sus pechos rozaron la piel desnuda del abdomen de Piers haciendo que los cuerpos de ambos reaccionaran una vez más. Piers abrió los ojos mientras su miembro se tornaba rígido alzándose entre las sábanas blancas, sus miradas se encontraron bajo la luz anaranjada, y Deborah solo sonrió traviesa.

– No era mi intención despertarte. – se apresuró a decir mientras se echaba hacía atrás y se sentaba con las piernas cruzadas. – Lo siento.

– No me importaría que me despertaras así cada vez que quisieras hacerlo. – aseguró somnoliento, bostezando y extendiendo los brazos para tomarla por la cintura tumbándola sobre él. – Y ahora que me has despertado, y teniendo en cuenta nuestro reciente acuerdo… – sus dientes blancos quedaron al descubierto en una sonrisa ladina. – Creo que justo ahora tengo ganas.

– No te lo tomes tan en serio, se… – fue interrumpida por un rápido movimiento que la situó debajo de él. – Se… se supone que… – aquellos orbes color miel la contemplaban con lujuria y deseo, y por supuesto que no aceptarían un no como respuesta. – Que ambos…

Piers la apresó con sus manos sobre las de ellas, entrelazando sus dedos dócilmente y llevando aquella unión tan íntima sobre la cabeza de Deborah, ella comenzó a respirar más agitadamente, estaba claro que pronto cambiaría de opinión. Con suavidad se colocó entre sus muslos sedosos hasta que su hombría palpitante rosó el centro femenino de la mujer que estaba debajo de él.

La castaña dejó escapar un gemido mientras se arqueaba sumisa, cerró los ojos y extendió el cuello hacia atrás, el joven soldado besó uno de sus pechos tomando el pezón para succionarlo despacio.

Sin mediar más palabrería, la soltó del agarre de sus manos, se enderezó y se introdujo en ella lentamente; el apretado pero húmedo conducto que lo recibía presionó su miembro duro como mármol haciéndole soltar un gruñido de placer contenido.

– Oh… Piers… – jadeó la muchacha, mientras llevaba sus manos hasta el cabello castaño del aludido, quien se movía con maestría.

Así estuvieron por varios minutos hasta que ambos decidieron que había llegado el momento de finalizar el acto con el tan ansiado orgasmo. Piers se derrumbó con cuidado hacia adelante, hundiéndose en el costado del cuello de Deborah besándolo con dulzura y sin abandonar su cálida femineidad. Ambos respiraban agitadamente mientras sus cuerpos sudados parecían ser solo uno sobre el lecho en el que yacían.

– Eso fue… – dijo él con voz entrecortada. – Increíble. – finalizó

– Lo fue. – aseguró ella, rozándole la frente con sus labios. – ¿Hace cuánto tiempo que tú…?

Su tono se fue acallando hasta quedar en el aire como un susurro inaudible, su cerebro le dio un golpe mental, mientras cerraba los ojos con fuerza deseando que la pregunta no fuese respondida, ni mucho menos captada por su compañero de celda. Ella misma le había dicho hace algunas horas que no quería saber nada sobre su pasado amoroso, y sin embargo, ahora le estaba preguntando semejante burrada.

– Un año… más o menos. – respondió a la interrogación sin preámbulos, si ella deseaba saber aquello, él no tenía trabas en responder. Pero si en preguntar, estaba claro que era su turno.

El silencio se apoderó de la habitación, el cual solo era cortado por el sonido del mar a lo lejos, las respiraciones de ambos y el sonido de las gotas de lluvia arremetiendo contra la ventana.

Piers se incorporó para mirarla a los ojos, esos de color celeste que lo contemplaban abiertos de par en par, Deborah se ruborizó tenuemente y bajó la mirada, lo que no dejó de parecerle extremadamente tierno al hombre sobre ella.

– Lo siento, yo… – se maldijo por ser tan boba. – No debí…

– No importa.

– Si importa, yo misma te dije que…

– Las reglas son… – sonrió por lo que iba a decir. – para romperlas.

El joven soldado se deslizó hasta quedar al lado de ella, miró al techo y volvió a sonreír. Piers no era un hombre que se dejara llevar por emociones básicas, tenía un gran sentido del deber y siempre respetaba las reglas; al menos en lo que a trabajo se refería. Pero, ¿Qué importaba eso ahora? Ahora que ambos siquiera sabían si algún día volverían a sus antiguas vidas, o si morirían en el intento.

– ¿Qué piensas hacer cuando salgamos de aquí? – quiso saber ella para desviar el tema.

Él se acomodó sobre su costado para observarla con mayor énfasis, sus mejillas aún permanecían alumbradas con el fulgor rojizo de hace un momento, sin duda Deborah Harper era la dueña del perfil más hermoso que jamás hubiese visto, su nariz y sus labios eran el complemento perfecto para su rostro fino y delicado. Eligió con cuidado sus palabras, aquel cuestionamiento lo pilló de sorpresa, porque en ningún momento se había puesto a pensar que ocurriría si lograban salir con vida de ese lugar. Si bien era cierto que pensaba que lo harían, sus convicciones llegaban hasta ese punto… inspiró hondo y se dispuso a hablar.

– No sé muy bien si volver a trabajar de inmediato, o tomarme unas vacaciones. – ella lo miró incrédula. – No me veas así… – sonrió con picardía. – Técnicamente esto se podría tomar como unas vacaciones.

– No hablas en serio. ¿Verdad? – se volteó para quedar de frente a él. – Es decir, estas claramente no son vacaciones.

– Se parecen a las vacaciones que he tenido antes, claro quitando el hecho de que experimenten conmigo. Son bastante similares.

Deborah no dijo nada más, no sabía si él estaba hablando en serio o solo se mofaba de ella como solía hacerlo con frecuencia. Su mente dio un vuelco brusco al sopesar lo que acababa de contarle entre líneas: Las vacaciones que había tenido antes, estaba segura de que sí, con chicas guapísimas en alguna cabaña aislada; encerrado buena parte de su día teniendo un sexo igual de bueno como el que tenían ambos. Dejó escapar un suspiro pesado mientras sus orbes encontraban los del muchacho que tenía a escasos centímetros, no era que aquello le importara o siquiera que generara una emoción en ella. Piers era sin duda alguna, un hombre experimentado en asuntos de alcoba de eso no le cabía la menor duda, el hecho concreto era que no estaba dispuesta a escuchar nada más.

– Diciéndolo de ese modo, suena razonable. – él arqueó una ceja y ella curvó los labios. – Si, podrían tomarse como unas pequeñas vacaciones.

– ¿Salías a menudo?

– Lo que sale una estudiante universitaria. – su respuesta fue rápida y su tono sagaz. – O sea, tenía un grupo de amigos con los que siempre nos íbamos a estudiar. – sonrió al recordar a Amy y sus demás compañeros. – Aunque creo que la casa en la playa de Ian, nunca fue muy buena idea para una jornada de estudio.

– Me imagino que lo que menos hacían era estudiar.

– Imaginas bien. – una risa contenida escapó con brusquedad. – Esos idiotas siempre llevaban cervezas y hierba. – se apoyó sobre su espalda y contempló el techo. – Al final, terminábamos durmiendo todos juntos hasta el otro día. – los orbes de su amante se abrieron levemente asombrados, a lo que ella aclaró de inmediato: – No hacíamos orgias universitarias por si lo pensaste.

Piers entrecerró los ojos, acallando cualquier vocablo que estuviese a punto de salir a través de sus labios. Pudo imaginar la vida que llevaba Deborah antes de caer víctima del bioterrorismo; una vida absolutamente normal… Estaba cansado, su cuerpo se lo hizo saber ya que los parpados comenzaban a pesarle más de lo usual, extendió los brazos para alcanzar a la joven junto a él, y abrazándola, cerró los ojos entregándose por completo a su propio agotamiento físico y mental.

El chirrido metálico de la puerta del cuarto de vigilancia lo sacó de sus cavilaciones, no había notado lo rápido que habían recorrido la distancia que separaba el castillo principal del complejo de experimentación. Al entrar se encontraron con Weiner sentado en su silla con un mohín de perturbación en su cara de tez morena, este al ver a Alex dio un respingo poniéndose inmediatamente de pie para hablar con voz entrecortada:

– Ha… han llegado… – logró decir mientras temblaba.

– ¿Qué? – vociferó Wesker acercándose al pequeño hombre. – ¿De que estas hablando inútil?

Robert señaló una de las pantallas que mostraba las imágenes provenientes del sector norte de la isla, específicamente de la playa. Alex se inclinó para observar con más detalle, y ahí estaban; cuatro, ¡No! Cinco, cinco soldados armados recorriendo al trote la zona norte. Frunció el ceño con marcada ofuscación y rabia, entonces Weiner volvió a tomar la palabra.

– Nos han avisado hace algunas horas desde la torre que vieron una vieja embarcación en las cercanías.

– ¿Por qué no se me informó?

– La embarcación era un viejo yate, nada militar… no pensamos…

– De acuerdo, es todo… – Alex no dijo nada más y se retiró de la habitación dejando a ambos hombres perplejos, cruzaron miradas atónitas mientras Robert volvía a su asiento centrando toda su atención en los individuos que se movían con agilidad hacia la densa vegetación.

Deborah se incorporó caminando hasta la ventana del cuarto, la oscuridad de la noche envolvía toda la estancia en una especie de abrazo tenebroso que le recordaba a cada segundo su tácita condena. El mar parecía estar enfurecido por alguna razón desconocida, las negras olas rugían moribundas al desintegrarse contra las afiladas rocas, mientras el viento soplaba con violencia meciendo los arboles con brusquedad.

La castaña sacudió la cabeza para apartar sus pensamientos fatalistas y recuerdos tortuosos, hace minutos atrás el clima era calmado y de un momento a otro se avecinaba una tormenta de esas que ponían patas arriba todo el castillo.

Se mordió el labio inferior con desesperación, frotando sus manos con nerviosismo. No pudo evitar que sus divagaciones anteriores volvieran a golpearla sin compasión, se dejó caer sobre el suelo junto a la ventana; lo extrañaba… más de lo que quería admitir.

Su corazón ahora solitario y confuso parecía estrangularse a sí mismo lenta y dolorosamente, ocasionando una agonía que le quemaba la garganta. La sensación de soledad y abandono eran abrumadoras; el miedo y el vacío… infinitos.

– ¿Por qué tenía que ser así? – murmuró, esperando respuesta de las paredes.

Una nueva lágrima asomó por su ojo derecho, siguiéndole el izquierdo, una y otra vez brotaba aquel líquido tibio y salado desde sus orbes turquesa. Y una vez más el joven soldado visitaba su mente para quedarse por largo rato, un invitado difícil de sobrellevar desde hacía apenas un día. ¡Diablos! Como lo extrañaba, tanto que sentía que se volvería loca; si es que ya no lo estaba.

¿Qué te pasa Deborah?

– Yo… no lo sé…

¿Qué sientes ahora?

– Lo extraño.

¿Solo eso?

– ¿Qué más?

Esa respuesta es solo tuya…

Su voz interna permaneció en silencio después de esa última frase, ni ella misma comprendía lo que estaba ocurriendo. O tal vez… tal vez se estaba auto convenciendo de que era así, quizás pensar que ella realmente sentía…

Su razonamiento fue groseramente interrumpido por el agudo ruido constante y repetitivo de una alarma, que al parecer sonaba por todo el castillo acompañado de una voz que entregaba un mensaje que Deborah no logró entender, ya que el sonido era ahogado por el de la misma alarma.

Se puso rápidamente de pie al notar que los seguros de la puerta habían sido desactivados, el chasquido que emitieron al soltarse la hicieron caer en la cuenta de ello. Observó a su alrededor por puro instinto antes de echar a correr hasta la entrada del cuarto, el panel metálico cedió sin mayor esfuerzo de su parte dejando a la vista el amplio pasillo de piedra.

Sintió un escalofrío de pánico recorrer su columna vertebral al tiempo que tragaba saliva con dificultad, si estaba en lo correcto; todas las celdas habían sido abiertas. Y retrocediendo en sus recuerdos, Piers le había mencionado sobre la experimentación biológica en seres humanos, por lo que temió pudiese salir del resto de los cuartos.

Retrocedió con temor entrando nuevamente y volviendo a cerrar la puerta, cerró sus manos en puños mientras se debatía entre lo que debía hacer y lo que su cuerpo y mente le permitirían hacer. Esta era la oportunidad que había estado esperando desde que conoció a Piers, ninguno de los dos podría haberlo planeado mejor. La puerta había sido abierta por cuenta propia, lo que significaba que no había hombres armados en los alrededores, ni criaturas extrañas o deformes…

Vamos… ¡ármate de valor y sal de aquí de una maldita vez!

Era la voz de su hermana regañándola por ser débil y miedosa, no podía permitir que el terror que se estaba apoderando de ella ganara terreno sin siquiera intentarlo. Se dirigió hasta el cuarto de baño, rebuscando en uno de los muebles con desesperación, debía darse prisa para salir antes de que los demás notaran que ya no estaban encerrados contra su voluntad. Su corazón latía frenético dentro de su tórax agitado, mientras sus manos temblaban indagando entre las botellas sin rotulación. Finalmente lo encontró y una sonrisa triunfante se dibujó en sus labios, colocarse encima el pijama con el que llegó, aunque estuviera cubierto de mugre, era mucho mejor que andar corriendo semidesnuda por todo el palacete.

Y será mejor que muevas el culo ¡ya!

Se cambió con una velocidad increíble, arrojando la bata de color blanco sobre el suelo. Deseando con todas sus fuerzas tener algo con que defenderse en caso de que fuese necesario, sin embargo, a falta de ello solo podría correr. Se acercó con determinación a la puerta de la estancia con el corazón en la garganta, tiró de esta reprimiendo el terror que sentía, relegándolo a lo más profundo de su cerebro. El corredor aun permanecía despejado y la alarma seguía haciendo eco en las paredes de roca sólida.

Comenzó su marcha sintiendo a cada paso que daba el frio que emanaba desde el piso humedecido, el hedor que provenía de algunas de las habitaciones, y escuchando gritos a lo lejos junto a la sirena que no dejaba de sonar; pero que a cada minuto que pasaba parecía hacerlo más despacio. No sabía exactamente qué estaba haciendo, pero su objetivo estaba claro: Debía encontrar la salida a esa pesadilla en la cual se encontraba inmersa.

La pequeña rama sucumbió partiéndose en dos al ser aplastada por su bota, Dean apretó con más fuerza la empuñadura de su arma mientras miraba por el rabillo del ojo su retaguardia. Los pensamientos negativos aún seguían acosándolo de manera cruel, no permitiéndole concentrarse del todo, su fuero interno le aseguraba que algo andaba muy mal.

Mierda.

Delante de él iba Hart, empuñando su arma por lo bajo pero alerta, ella prefería las armas ligeras por lo que la Beretta nueve milímetros en sus pequeñas manos era el complemento perfecto para sus preferencias. Wells en cambio, cargaba un rifle M4A1 al igual que el capitán Redfield y él mismo, aunque Dean no dejaba de creer que haberse hecho con un lanzagranadas no habría sido tan mala idea, por lo menos tenía el par de granadas cargadas en el cinturón.

Jill les hizo una señal para que detuviesen la marcha y apuntó su subametralladora Uzi hacia un punto por delante, Chris y los demás se agazaparon tras unas rocas y ella los siguió inmediatamente.

El sonido de unas pisadas sobre naturales encendió todas sus alarmas internas, la rubia permaneció quieta mientras intentaba descifrar de dónde provenía. Las olas a lo lejos y el viento que soplaba sin piedad formaban ecos variados impidiéndole escuchar con claridad. Estaba segura que aquello lo había oído con anterioridad, y aunque se les había informado que no encontrarían armas biológicas activadas, estaba claro que los datos entregados no eran los correctos.

Chris quien estaba frente a ella le dedicó una mirada preocupada, la misma que sin duda tendría ella plasmada.

A las primeras pisadas se sumaron otras y luego otras. Dos… tres… cuatro, y quizás vendrían más.

¿Qué era lo que estaba pasando? La misión de caza y rescate ya no era tal, Arnold Wells supo inmediatamente que eso se trataba de alguna bio – arma rondándolos, observó a su compañera de soslayo y supuso por la expresión en su fino rostro que ella también lo había notado. Intentó pausar su respiración, mientras su mente repasaba su armamento y municiones, regañándose a si mismo por no equiparse mejor. Al suponer que no encontrarían mayores problemas, todos habían caído en el mismo error.

Nicole intentó enfocar lo que fuese que se estaba acercando, el claro delante de ellos era un punto abierto y ya había descifrado que los enemigos se dirigían justo por el frente. Si no salían de ahí se toparían de bruces con lo que fuese que estuviese viniendo hacia ellos.

– Soldados. – dijo Jill por lo bajo, señalando hacía su izquierda con Chris ya emprendiendo la marcha.

Todos recibieron el mandato echando a correr agazapados entre los arbustos y rocas, el lugar cubierto de espesa vegetación les estaba brindando el camuflaje necesario para no llamar la atención de lo que fuera que se estaba acercando. Los pasos cobraron mayor intensidad y con ello velocidad, Chris pudo notar lo que a su gusto podrían ser varios de esos Hunters, que pasaban a escasos metros de donde ellos se encontraban ocultos. Había dos opciones, o los de investigación eran unos idiotas incompetentes o sencillamente habían sido descubiertos en el momento en que pusieron el primer pie en la isla. Sin titubeo, el castaño se inclinó por la segunda opción, por lo que debían moverse con más cautela y avanzar en grupos separados una vez llegasen al castillo.

– Dirección sur, avancen hacía el objetivo e intenten no llamar la atención. – ordenó el capitán por lo bajo. – Abrir fuego solo de ser necesario.

Comenzaron a avanzar al trote, debían llegar de prisa y sin distracciones; atrapar a Alex Wesker era su prioridad. No obstante, al ser descubiertos, la vida de los sujetos que moraban en el castillo estaba en riesgo, no conocía de lo que era capaz ese tipo, pero si estaba la mitad de chiflado que el antiguo capitán de los STARS, debían llegar en el menor tiempo posible.

– ¿Estás pensando lo mismo que yo? – murmuró Jill quien ya se encontraba a su lado.

– Fiesta de bienvenida. – gruñó a modo de respuesta. – Tan típico de estos mal nacidos.

Las lámparas fluorescentes sujetas al techo de color blanco gastado de lo que claramente era una habitación común de empleados, parpadeaban lanzando penumbras cada cierta cantidad de segundos, el sonido que hacía el cilindro blanquecino era irritante, como si estuviese a punto de estallar en cualquier instante.

Piers cerró el casillero con brusquedad, inundando la estancia con el ruido metálico que este emitió al chocar con la superficie del mismo material. Había escuchado la alarma hace unos minutos, pero esta ya había parado de sonar abruptamente dejándolo con la duda de que decía el mensaje en la voz de la mujer que habló entre los pitidos ensordecedores.

Desde que había salido de lo que aparentemente era el subsuelo del castillo que no se había topado con más de los hombres de Wesker, los corredores y las habitaciones estaban completamente desiertas, eso sin mencionar que el lugar era enorme y que había barrido con todo el sótano y parte del piso superior a este.

No dejaba de preguntarse una y otra vez en que piso estarían las habitaciones donde habían permanecido encerrados Deborah y él las últimas semanas, tenía conocimiento que la mazmorra debía encontrarse en una de las torres, aunque ignoraba con cuantas contaría el castillo.

Inspiró una gran bocanada de aire y dejó escapar el aliento con lentitud, no debía distraerse de lo que estaba llevando a cabo, encontrar un arma era prioridad, sin duda los encargados de ese asunto en las instalaciones, las tenían bien resguardadas.

O quizás estén en otro sector.

Se llevó las manos a la nuca con exasperación, no conocer el lugar en su totalidad le hacía sentir inseguro. No encontró ni planos, ni mapas, ni indicaciones en los pasillos. Por lo visto, los empleados llevaban tanto tiempo trabajando en ese sitio que debían conocer cada uno de sus rincones, o tal vez no utilizaban de lleno todas las habitaciones de este, quedaba la posibilidad de que estuviese recorriendo terreno muerto.

Se maldijo en su fuero interno por estar perdiendo el tiempo, y abrió la última gaveta que le quedaba por registrar, comenzó a correr las prendas de laboratorio que había dentro del cubículo, algunas botellas, frascos y fotografías bastante viejas. Le llamó particularmente la atención una caja de cartón que contenía varios papeles dentro, al parecer alguien se dedicaba a dejar notas con ciertos datos útiles. Leyó algunas de ellas, en las que se especificaba el tipo de experimentos que se llevaban a cabo en el complejo de investigación, se sintió asqueado y las dejó a un lado para ver detrás de la caja, su sorpresa fue al encontrar un cuchillo del tipo carnicero, no era lo que esperaba para sobrevivir pero algo podría hacer con eso. Lo empuñó con seguridad y salió con prisa; debía encontrar a Deborah y rápido, estaba seguro de que algo no andaba bien.

La castaña había recorrido gran parte del pasillo abarrotado de puertas metálicas, con sus orbes enfocados en todas las direcciones posibles. Decidió que sería mejor caminar por el centro, lejos de las paredes y sobre todo de las entradas a los distintos cuartos.

Se detuvo en seco al oír a una mujer gritar, aquel aullido la hizo dar un respingo al tiempo que los cabellos en su nuca se erizaban enviándole una sacudida a través de su espina dorsal.

La portezuela a su derecha se abrió de par en par, y desde el interior del cuarto con idéntica decoración al de ella, salió a toda prisa una mujer andrajosa, con la ropa hecha jirones al igual que su piel marcada por heridas de distinta gravedad.

La fémina recién aparecida balbuceaba en un idioma que Deborah no lograba entender, con desesperación desgarradora en su voz. El pánico en sus orbes de color marrón se reflejaba incluso tras su cabello rubio enmarañado sobre su cara de tez blanquecina.

La castaña pudo sentir el pavor de la muchacha que no debía de tener más edad que ella misma, esta se aferró a su camisola con fuerza y nuevamente dijo algo con tono afligido.

– No entiendo lo que dices. – se agachó junto a la mujer. – Por favor, cálmate.

Mierda, ¿Qué trata de decirme?

– Oye, ¿puedes entenderme tú a mí? ¿Hablas inglés? – Deborah habló lo más lento que pudo, modulando e intentando sonar tranquila para que la mujer a su lado pudiese captar el mensaje.

– Venir por nosotros… él… – logró responder a duras penas. – El castigador, tener que irnos de aquí.

– ¿Quién? – la chica de orbes celestes sintió terror tras escuchar esos vocablos, ¿se estaría refiriendo a Wesker? – ¿Quién es el castigador? – Deborah tomó las manos de la muchacha entre las suyas. – ¿Es el hombre de los ojos extraños?

La rubia no comprendió el último cuestionamiento ya que observó dudosa a su interlocutora, Deborah sintió una patada en el estómago y deseó haber prestado más atención a sus clases de español y portugués en la preparatoria o en la universidad. Estaba claro que si se trataba de Alex la mujer no se lo diría, aunque eso era lo que menos importaba en ese preciso momento.

– ¿Cuál es tu nombre?

– Deborah, ¿y el tuyo?

– Fabiana.

– ¿Puedes moverte? – quiso saber la de ojos celestes contemplando las múltiples lesiones que tenía la otra por todo el cuerpo, la mujer asintió soltando un sollozo ahogado. – Vámonos de aquí.

Deborah le ayudó a ponerse de pie, y pasando el brazo de Fabiana por arriba de su cuello se dispusieron a avanzar hacia el final del corredor, al llegar se encontraron de bruces con el enorme portón blindado del laboratorio de experimentación. La castaña recordó la última vez que había estado en ese lugar y lo que vio dentro de esas paredes, entonces anheló estar lo más lejos que pudiera de allí. Ahora se cuestionaba si el castigador sería aquella criatura que había vislumbrado dentro de aquel enorme cilindro de cristal.

Observó a su derecha y luego a su izquierda, y ahí estaba, una escalinata de piedra que llevaba a los pisos inferiores. Inspiró hondo haciendo caso omiso al hedor que le llegaba desde algún punto inespecífico, no pudo descubrir si pertenecía a la chica cabizbaja a su lado o de las habitaciones unos metros por detrás.

Comenzó a descender por los peldaños de roca, sintiendo el frio subirle hasta las rodillas, intentó pensar en otra cosa que no fuera el miedo que le estaba acelerando el corazón a un ritmo exagerado. Miró de soslayo a Fabiana, esta parecía estar en una especie de sopor, no había dicho nada más tras aferrarse al cuello de Deborah.

Pobre. Pensó para sí misma, no pudiendo evitar llegar a la conclusión que en aquella prisión existían desgraciados que se la habían pasado peor que Piers y ella. Suspiró al llegar al último peldaño intentando pausar su respiración agitada por el esfuerzo. Ya se encontraban un nivel más abajo y llevar a la rubia a cuestas la estaba cansando en demasía, se maldijo en su fuero interno por no haberse alimentado.

Claro, como si hubieses sabido que todo se iría al carajo en esta mierda de lugar.

– ¿Estas bien? – inquirió apoyándose en la pared. – ¿Qué tal si me esperas aquí mientras yo…?

– ¡No me dejes sola! – exclamó la muchacha con terror jadeante. – Él… venir…

– Esta bien, tranquila… – se mordió el labio inferior mientras intentaba pensar con claridad, su propio miedo había pasado a segundo plano. – ¿Conoces algo del castillo?, ¿Cuánto tiempo llevas aquí? – solo obtuvo como respuesta un movimiento de cabeza. – ¿Sabes por donde debemos ir?

– Mira… – levantó un dedo huesudo para señalar en la dirección detrás de la castaña.

Deborah se volteó tan rápido que ni siquiera tuvo tiempo de asimilar lo que estaban viendo sus ojos, varios de los hombres de overol negro junto con científicos vestidos con ropas de laboratorio corrían en dirección a ellas, el pánico desfiguraba sus rostros a tal medida que no fue capaz de imaginar que sería lo que los había asustado con tanta magnitud.

No puede ser… hasta aquí llegó el intento de escape.

Su pensamiento quedó desestimado tan velozmente como apareció, el grupo de hombres y mujeres pasaron de ellas, corriendo con rapidez para subir por las escaleras que acababan de bajar. La universitaria sintió deseos de salir corriendo junto con ellos pero su mente le recordó que no estaba sola. Fabiana continuaba aferrada a la pared respirando con dificultad, balbuceando cosas sin sentido, la castaña acercó su mano hasta la frente de su nueva compañera y se percató de que ardía en fiebre.

– Ven, debemos encontrar un lugar seguro. – la volvió a tomar por el brazo. – Necesitas descansar.

Caminó unos pasos por el nuevo corredor que se abría frente a ellas, los muros de este ya no era de piedra, sino que de un material sólido como hierro o metal, de color claro al igual que el piso, decorado con varias puertas en toda su extensión.

Ahora a revisarlas todas.

Abrió la primera, era una estancia de descanso, con una mesa de billar y varios sofás alrededor, seguramente era el lugar donde los trabajadores pasaban su tiempo libre. La alfombra en sus pies se sintió agradable después de las frías rocas del pasillo superior. Recostó a Fabiana en uno de los sofás, esta tras apoyar la espalda dejó escapar un gemido de dolor, Deborah frunció los labios y con el tono más tranquilo que pudo le habló:

– Iré para verificar que es seguro continuar por aquí. – la joven parecía haberse dormido. – Ok, creo que llegó la hora de irse.

Sin titubear se dispuso a salir por donde había entrado hace un par de minutos, su corazón martillaba con potencia sobre su esternón, amenazando con salir por su garganta en cualquier instante, sus manos temblaban sobre el tirador al minuto en que su cerebro le decía a gritos que se quedara y esperara que alguien viniese por ella.

Nadie va a venir… Ni siquiera Piers porque él esta…

Cerró los ojos con fuerza, arrugándolos lo más que pudo, quería alejar esos pensamientos de su mente, era cierto que él ya no estaba a su lado, que no iba a salvarla de nuevo. Pero debía continuar, Piers había dado su vida por salvarla y rendirse sería pasar sobre su voluntad, deseaba salir con vida de aquel palacete; aunque hubiese deseado hacerlo junto al hombre que…

Más pasos apresurados por fuera de la habitación, estaba claro que ninguno de los empleados del castillo estaba enfocado en capturar a los sujetos de prueba, más bien parecía que intentaban salvar sus propias vidas. ¿Qué rayos era lo que estaba ocurriendo?

Deborah salió al corredor y lo único que alcanzó a ver fue la sombra vertiginosa de alguien desaparecer por la escalinata, tragó saliva con dificultad y salió del todo, sintiéndose sola y desnuda en ese amplio y gélido pasillo.

Alex se encontraba reclinado sobre el sofá de su despacho, una vez más con la chimenea encendida y una copa de brandy en sus masculinas y firmes manos. Su oscura mente divagaba en ideas lejanas mientras intentaba recuperar el autocontrol, la cordura y sobre todo la calma.

Esos intrusos se atrevían a invadir su territorio una vez más, igual que años atrás, años atrás cuando creyó haber dado con la pieza que faltaba para completar su cometido.

"Le alegrará saber que todos los experimentos siguen el curso previsto", cada uno de esos vocablos se repetía una y otra vez en su aturdida mente, después de eso, se requirieron miles de sujetos de pruebas para llegar a algo realmente concreto, el virus progenitor era inestable; y con el poco tiempo que contaban para hacer pruebas de campo y analizar los efectos del microrganismo sobre los tejidos in vitro, no les había quedado más opción que la de probarlo directamente en los cobayos, analizando el efecto que tenía sobre estos en tiempo real, y por supuesto descartándolos de ser necesario.

"El experimento fue un éxito", Logró enviar como mensaje al viejo Spencer días antes de que la BSAA se les dejara caer encima. No sabía exactamente como aquellos imbéciles habían dado con su paradero, lo único cierto era que no les había quedado más remedio que abandonar lo poco que tenían; la base militar y toda la biotecnología invertida en esta. El pacífico sur había quedado en el pasado en cuestión de minutos, teniendo tiempo solo de tomar el virus que para ese entonces creyó la cura para ese mal llamado: mortalidad. Finalmente, la Alianza para la evaluación de la seguridad frente al bioterrorismo no había logrado encontrarlo en esa ocasión; mas sin embargo, estaba claro que no se rendirían tan fácilmente.

Malditos cabrones ignorantes.

Y ahora él tenía la clave para la inmortalidad de los débiles humanos, con una simple aplicación de su poderoso suero a base de virus C modificado, al cual había apodado como virus A, podrían mantener con vida eternamente a las grandes mentes de la especie, dándoles la oportunidad de contribuir mucho más con sus conocimientos. Los débiles, los inútiles, serían utilizados como conejillos de indias para propósitos más elevados, dando su vida en pos de algo inimaginable.

Desde que su morada había sido vilmente invadida por aquellos soldaditos imberbes, tuvieron que permanecer escondidos en los fríos del norte, soportando los peores años de su vida, hasta que había recordado que aun existían las instalaciones en las que se encontraban en ese preciso momento. Algunos de sus investigadores no soportaron las duras condiciones climáticas y la escases de alimentos; mientras que la mayoría murieron congelados, el resto lo hizo en sus manos cuando los sorprendió queriendo escapar. La traición sería algo que jamás soportaría, quién fuera capaz de traicionar sus convicciones, merecía el peor final; uno patético, doloroso y agonizante.

Los nuevos idiotas que logró encontrar y que permanecían en el castillo desde hacía unos cinco meses, no eran lo mejor de su estirpe, pero no había más que eso.

Bebió un sorbo de licor, saboreando sus labios y sopesando las posibilidades. Tenía la opción de hacerles frente, esta vez no era un ejército armado hasta los dientes, más bien parecía ser un grupo de niños con armas jugando a ser militares entrenados, tal vez sus pequeñas mascotas provistas por la extinta Umbrella acabarían con ellos antes que pudieran poner siquiera un pie en el castillo, y si remotamente lograban llegar hasta allí; el caos que encontrarían dentro los acabaría en tiempo record.

Se acomodó en su asiento, dibujando la imagen mental en su cerebro del desquiciado panorama que debía ya haberse desatado al interior de las instalaciones del laboratorio: las jaulas del subsuelo habían sido abiertas, todas ellas. Y por supuesto, los regalos que había dejado a lo largo de las habitaciones de los sujetos de prueba ya debían de haber hecho efecto. Los intrusos desearían nunca haberse inmiscuido donde no se les llamaba.

Al fin habían llegado a lo que tenía toda la pinta de ser un antiguo túnel de desechos, cansados y jadeantes. Nicole se dejó caer sobre la hierba mientras revisaba el cargador de su arma con la escasa luz que la luna les brindaba, había sido necesario disparar un par de veces al tiempo que continuaban a la carrera su recorrido entre la espesa vegetación. La adrenalina aun inundaba su sistema haciéndole sentir los músculos de todo el cuerpo: calientes y palpitantes, respiraba agitadamente y las manos aun le temblaban. No había alcanzado a ver alguna de las criaturas con claridad, pero le había bastado con oírlas; sus aullidos y sus pisadas sobre naturales era todo lo que necesitaba para abrir fuego contra todo lo que se moviese.

Jill apoyó las manos sobre sus rodillas intentando recuperar el aliento, Arnold comprobaba su arma y Dean tenía la mirada perdida en la nada, mientras el capitán Redfield se había internado en el túnel unos minutos atrás. La morena se puso de pie con el afán de seguir a su capitán de escuadra al interior del oscuro pasadizo. El hedor a humedad y residuos de dudosa procedencia invadió sus fosas nasales dándole de lleno y provocándole nauseas, sus botas se hundieron en el fango húmedo y una mueca de asco se plasmó en su juvenil rostro. Sin duda alguna, esta misión estaba llevándose el premio a la más peligrosa en la que había participado. Encendió la linterna ubicada en su sien izquierda y el haz de luz dio de lleno en los ojos pardos de Chris que se aproximaba por el frente.

– Lo siento mucho. – se apresuró a decir. – Yo solo…

– Tranquila. – dijo el capitán con tono sereno. – Todo está bien, al parecer el túnel está despejado.

– Pero señor, esas cosas… – su tono sonó ligeramente nervioso. – Deben haber salido desde aquí.

– Todo indica que sí. – Chris suspiró, empuñando su arma. – Pero por el momento debemos avanzar.

– Chris… – Jill apareció por la entrada. – ¿Has encontrado algo?

– Despejado. – respondió él.

Morris y Wells entraron encendiendo sus linternas para reunirse con el resto del equipo Alpha, el rubio con semblante aquejado quiso hablar pero su compañero se adelantó diciendo:

– ¿Continuaremos de acuerdo al plan inicial? – ambos capitanes intercambiaron miradas.

– No tenemos armas suficientes si dentro nos esperan más de esas criaturas. – soltó Dean con aire ambiguo.

– Quiero escuchar sus puntos. – expresó el castaño, cruzando sus grandes brazos sobre el pecho. – Es cierto que están bajo mi mando, pero si hay algo que aprendí en mi última misión: es a escuchar a mis subordinados. – los orbes verde - marrón de Chris reflejaron nostalgia y dolor.

– Debemos atrapar a ese cabrón mal nacido. – indicó Arnold con convicción. – No puede seguir con lo que sea que esté llevando a cabo en este sitio.

– Tenemos que encontrar a los sobrevivientes y a los científicos para interrogarlos. – el timbre de Nicole se escuchó decidido.

– Acabar de una buena vez con esta pesadilla. – Jill asintió convencida de aquello, y en su mente dándole más de un sentido a aquella frase.

– En marcha. – Chris empuño su arma iniciando la formación. – Afuera es peligroso, tal vez adentro lo sea más. – comenzaron a caminar despacio, con el sonido del agua bajo sus pies. – Una vez dentro nos dividiremos en dos grupos. – la rubia lo observó entre las sombras alargadas. – Jill y yo iremos por Wesker, mientras ustedes buscan sobrevivientes.

Como los viejos tiempos.

Una sonrisa dulce se dibujó en los labios de Valentine al recordar su pasado con el capitán, cada día estaba más segura que aquel hombre era irremplazable. Chris Redfield era el único capaz de salvar el mundo, o al menos hacerlo un mejor lugar, uno libre del bioterrorismo que había arruinado sus vidas, que había acabado con tantas personas inocentes, y que había vuelto locos de poder a aquellos que lo habían sentido como un beneficio. Inspiró por la boca para evitar sentir el horrible hedor que atestaba por completo el lóbrego túnel.

El trayecto era incierto desde ese punto, pero ese pasaje debía llevarlos hasta el interior del castillo. Las pisadas se iban haciendo más húmedas a medida que se internaban más, el agua les llegaba ya hasta las canillas y aun les quedaba mucho camino por recorrer.

Deborah había descendido un piso más, en aquel nivel encontró un ascensor que estaba fuera de servicio, las luces del techo parpadeaban sin ritmo concreto dejándola sumida en las sombras a ratos, mientras seguía oyendo gritos desgarradores a lo lejos. Esperaba que Fabiana se encontrase bien, debía volver por ella en cuanto encontrase una salida, o algo con lo que se pudieran defender.

Se apoyó en una de las paredes de hierro al momento que todo se quedó en la más profunda oscuridad, las voces se acallaron y solo podía percibir su propia respiración agitada por el pánico.

No puede estar pasándome esto…

Tenía deseos de llorar, el miedo estaba ganando terreno a pasos agigantados en su mente ya perturbada, comenzó a temblar dejándose caer en el suelo helado. Tenía la inútil esperanza que toda aquella pesadilla terminaría pronto, que abriría los ojos y despertaría en su habitación por la mañana, con Helena entrando sin golpear el día domingo para que salieran a ejercitarse al parque. Llevó sus manos hasta sus oídos y comenzó a contar hasta diez, suprimiendo los sentimientos de pavor desatado…

Uno… dos… tres…

Nuevamente pasos, corriendo a toda velocidad, a trompicones se escuchaban venir varios individuos con prisa.

Cuatro… cinco… seis… siete…

Los científicos pasaron a su lado, uno tropezó con sus piernas cayendo de cara al piso justo frente a Deborah, se levantó con premura haciendo caso omiso de la mujer sentada en el suelo y salió huyendo despavorido.

Ocho… nueve… diez…

Se incorporó deslizándose hacia arriba por la pared fría, se afirmó con las manos y caminó dos pasos al frente, se introdujo en la primera habitación a la derecha y cerró la puerta tras ella.

Una vez dentro inspiró hondo y dejó escapar el aire despacio, intentando relajarse y a la vez resignarse, ya estaba en esto y desear que las cosas no fuesen así; no cambiaría absolutamente nada.

Se irguió con convicción mientras observaba el lugar en el que había entrado, un cuarto que parecía una cuadra militar, había varios casilleros en las paredes al igual que literas regadas por toda la extensión de la habitación, el suelo era del mismo material de las paredes y las luces parpadeaban un poco menos que afuera. Deborah se adentró un poco más en la estancia y pudo percatarse de que había ropa regada por todas partes, sabanas, frazadas y prendas de vestir adornaban la superficie del piso; al parecer los inquilinos de aquella cuadra llevaban bastante prisa al momento de salir.

Sacudió la cabeza de forma instintiva recordando de manera brusca su objetivo, debía encontrar algo con lo que defenderse y además verificar que el camino fuese seguro, tenía que volver junto a Fabiana lo antes posible. Abrió uno de los casilleros a su izquierda, el sonido se oyó exageradamente fuerte en la estancia vacía y su cuerpo tembló de forma violenta mientras deseaba ser invisible. Revisó así cada uno de los casilleros presentes en la enorme habitación, hasta que por fin lo encontró casi dejando salir un grito de euforia. Un arma, una pistola cargada dentro de uno de los cubículos. Continuó su búsqueda esperando encontrar más munición, sin embargo, su pesquisa fue infructuosa. Soltó un bufido de frustración, pero luego una sonrisa se plasmó en sus labios, iluminando ligeramente su cansado rostro.

No estaba segura de que tipo de pistola era, y mucho menos como se usaba. Pero si recordaba que alguna vez Helena le había mencionado que las armas de fuego tenían un seguro, algo que evitaba que los idiotas se dieran de tiros en los pies. Carcajeó en el instante en que la voz de su hermana le decía esos vocablos una vez más.

Como desearía que estuvieras aquí conmigo…

Una lágrima hizo su aparición abriéndose paso por su mejilla izquierda, todo esto era tan irreal que a lo único que atinó fue a apretar el frio objeto de acero entre sus manos. Pesaba, y aquel peso le daba cierta seguridad, la observó con detenimiento para buscar el dichoso seguro del que hablaba su hermana.

Se volteó para salir, pero en ese momento un extraño ruido se escuchó cerca de su posición, un ruido que le heló la sangre; algo que nunca antes había oído, un sonido pegajoso y lento acompañado de los pasos arrastrados de alguien que se acercaba lentamente. Giró sobre sus talones y entonces lo vio, ese ser repulsivo y antinatural, parecido a un… zombi.

¡No puede ser! Esto no es real… esto no está ocurriendo.

– No se acerque más… – su voz sonó aguda y temblorosa. – Voy a dispararle si lo hace.

La criatura que estaba a pocos metros de ella lanzó un gemido hambriento y lastimero, mientras avanzaba a trompicones hacia lo que se convertiría en su cena en cuestión de minutos. Las luces se encendieron totalmente y la castaña lo visualizó con más detalle: su bata de laboratorio estaba cubierta de sangre y otros fluidos de colores variados, le faltaba parte de la piel de la cara, el cuero cabelludo y un ojo, y en la zona del pecho se veían sus músculos rojos y las costillas blancas brillantes asomándose por un costado, tenía parte de las tripas afuera y un trozo de intestino se le había salido desde el abdomen llegándole hasta las rodillas, o lo que quedaba de ellas.

Deborah ahogó un grito en su garganta y empezó a retroceder en dirección a la puerta, su cerebro le enviaba señales desesperadas para que saliera de ese lugar o disparara, pero su cuerpo hacía caso omiso, completamente paralizado por el miedo que sentía.

Su espalda se encontró con la puerta de salida y emergió de su estado catatónico con rapidez, giró el pomo y salió dando un fuerte portazo mientras rogaba a quien la escuchara para que lo que quedaba del que otrora fue un científico, no pudiese abrir la puerta y salir tras ella quien ahora se desmoronaba sobre el piso con la respiración descontrolada y el pulso enloquecido.

¿Y qué te hace pensar que el pasillo es seguro? Debe haber más de esas cosas por aquí, levanta el culo ¡Muévete!

Sin vacilar esta vez, obedeció a su cerebro colocándose de pie en tiempo record, recogió el arma del suelo, poniendo todo su empeño por no caer en el pánico más absoluto, debía permanecer cuerda o… definitivamente no sabía cómo terminaría. Observó la pistola en sus temblorosas manos y continuó su marcha con decisión, si no reaccionaba, entonces moriría y no estaba dispuesta hacerlo, no esa noche.

Las corrientes de agua a lo lejos rugían con un sonido que llenaba por completo el sombrío túnel, Chris iba concentrado en el camino que se abría por delante de él, Jill le seguía de cerca apuntando su arma a cada sombra que se movía dentro del amplio pasadizo. Más atrás Wells y Hart apuntaban sus armas completamente a ciegas, los tenues haces de luz de las linternas no podían con semejante oscuridad, todo estaba en penumbras y las dimensiones del lugar eran completamente desconocidas para el equipo. Morris cuidaba la retaguardia, con una mano en su rifle y la otra en su cinturón, estaba enteramente seguro que pronto tendría que usar esas granadas que tenía ahí.

Un hedor ya conocido por los veteranos de la BSAA les llegó de lleno, saturando sus fosas nasales. Sus paso se detuvieron al igual que el chapoteo que sus botas hacían sobre el agua que, a esas alturas ya les llegaba a las rodillas. Un tenue movimiento de agua se comenzó a escuchar a lo lejos. Chris les hizo una señal con los dedos para indicarles que el sonido venía desde el frente, pero Nicole y Arnold lo percibían desde la derecha, mientras que Dean señaló hacia la izquierda. Jill no estaba completamente segura pero podría estar de acuerdo con todos ellos, al parecer venía de más de una dirección.

Mierda, nos están rodeando.

– ¡Dispérsense! – gritó la rubia empujando a Hart en el momento que una enorme garra golpeaba el agua entre ellas, levantando una gran cantidad del líquido que las salpicó a las dos.

Nicole cayó y Arnold rápidamente le ayudó a incorporarse, Chris comenzó a disparar y el tableteo de su arma automática se oyó con potencia, haciendo eco dentro del amplio túnel al tiempo que las descargas del poderoso rifle iluminaban la estancia ligeramente revelándoles la posición de varias criaturas horrendas que se aproximaban a pasos agigantados.

Todos abrieron fuego en distintas direcciones mientras Hunters y Lickers aparecían sin cesar, a medida que caían más llegaban, aquello era de nunca acabar.

– ¡Debemos irnos de aquí! – exclamó Chris. – ¡Ahora!

– Pero capitán… – objetó el mayor de los subordinados.

– No hay punto de discusión. – la voz de Jill sonó apagada por el rugir de los disparos y los aullidos guturales de los monstruos. – Sigan con rumbo al castillo, Chris y yo cubriremos la retaguardia. ¡Ahora!

Dean pasó por delante disparando a lo que se moviera para continuar el rumbo previsto, Nicole lo siguió deprisa ayudándole a despejar el camino, era tremendamente difícil darles en la cabeza, además un par de tiros en el cráneo no parecía ser suficiente, aquellas criaturas requerían de más potencia de fuego. La morena guardó su nueve milímetros, y se quitó la escopeta Mossberg 500 Tactical que traía en la espalda para dispararles más de cerca. Pasó por delante del rubio para abrir camino más rápidamente, su compañero de labor imitó su acción, lo que hizo que el ataque fuese aún más efectivo.

– Buena idea Hart. – la felicitó Morris cuando hubieron acabado con el último de ellos.

Sin embargo, uno de los hunters que agonizaba bajo el agua se irguió con agilidad desmedida, y con lo que le quedaba de furia arremetió contra Nicole sin darle instante para reaccionar, el tiempo pareció detenerse para ella en el momento en que Dean disparaba contra la criatura abriéndole varios agujeros en el cráneo. El monstruo cayó de bruces y Hart aprovechó la oportunidad para clavarle su cuchillo en la cabeza con toda la fuerza que le fue posible, los huesos crujieron bajo el impacto y el rubio llegó junto a su compañera.

– ¿Te encuentras bien? – inquirió con genuina preocupación. – ¿Estas herida?

– Estoy bien. – respondió taciturna. – Gracias, te debo una.

– Estamos a mano, ya sabes, por lo del helicóptero. – ella sonrió ante el comentario. – Te debía una disculpa por eso…

Su plática fue interrumpida por Arnold que hacía su aparición, jadeante indicándoles que siguieran corriendo, Chris y Jill venían tras él como almas que lleva el diablo, gritando algo que ninguno de los dos más jóvenes pudo entender, por lo que obedecieron sin chistar echando a correr lo más rápido que les permitieron sus piernas.

– ¡Al suelo! – ordenó Chris con tono enardecido.

La onda expansiva de un arma explosiva los terminó de lanzar de cara al agua, Dean quien no tuvo tiempo de cerrar la boca antes de arremeter contra el líquido de sabor asqueroso soltó variados improperios que fueron apagados por el sonido que hicieron las pesadas rocas al caer sobre el afluente. El pitido persistente y molesto duró un par de minutos, en los cuales todos se incorporaban para comprobar el perímetro.

– ¿Están todos bien? – quiso saber el capitán Redfield.

– Sin lesiones aparentes, creo. – respondió la morena. – Pero estoy segura de que esto dolerá mañana.

Ambos capitanes sonrieron y dedicaron miradas a los dos restantes.

– Además del horrible sabor de boca, estoy bien. – informó Morris. – Si alguno de ustedes tiene un cepillo de dientes o goma de mascar, se los agradecería. – todos rieron enérgicamente ante el ultimo comentario.

– Quizás sería bueno que cerraras la boca de vez en cuando. – espetó Arnold con tono sarcástico, aumentando las risas. – Yo aún estoy de una pieza.

Después de asegurarse que no tenían perdidas que lamentar, además de una de sus granadas de fragmentación y de encontrarse con sus ropas totalmente mojadas, el castaño se volteó para observar con detenimiento el ambiente que los rodeaba. Habían dejado atrás a las criaturas para abrirse paso a lo que prometía ser la entrada inferior del castillo, el terreno estaba más iluminado y menos inundado, el agua ahora solo cubría sus botas y las antorchas colocadas en las paredes que se abrían unos diez metros a cada lado de ellos, iluminaban los paneles de roca sólida y antigua. El techo no se lograba divisar, solo era una sombra muy negra que se extendía a una distancia insospechada por encima del equipo, y por último el hedor a cadáver en descomposición era una peste que provenía de todas partes.

Jill colocó su arma en la funda de su pierna y se acercó al muro que estaba justo delante, un segmento ligeramente más iluminado. Los demás comenzaron a investigar para buscar una salida, o mejor dicho, una entrada que los llevara a los niveles superiores.

– Hay una escalerilla justo aquí. – avisó la rubia. – Se ve una trampilla más arriba, pero está cerrada.

– Déjame ver. – Chris se acercó. – Quizás pueda abrirla.

El capitán subió por la escalera metálica y la portezuela cedió con facilidad, el resto del equipo subió con prisa y en menos de dos minutos ya estaban al interior del castillo.

La nueva estancia que se extendía frente a ellos, parecía ser un sótano utilizado como prisión o como tiradero de cadáveres, había antorchas encendidas en los muros de piedra y una luz que provenía desde arriba les advertía que el techo era bastante alto. Jill apuntó la linterna en su sien hacia la montaña de muertos a su derecha y sintió deseos de vomitar, aunque fuese algo que había visto cientos de veces cada vez que algún virus mutante estaba inmiscuido, jamás podría superar aquella sensación de asco y frustración.

Chris se aproximó hasta la escalinata de piedra de la pared del fondo, mientras Wells, Hart y Morris inspeccionaban las celdas del extremo contrario. En total eran tres celdas, por lo que cada uno de ellos revisó una.

– Creo que esta fue utilizada hace poco. – avisó Nicole, tomando entre sus manos uno de los grilletes ensangrentados, que tintineó al chocar sus cadenas. – Dios… ¿Qué era lo que hacían aquí?

– ¿Estas segura? – Wells y Morris entraron en la celda, y el primero retomó la palabra. – Podría ser antigua.

– No… la sangre está fresca. – les dedicó una mirada agobiada. – Y esta en los grilletes, en la pared y en el piso.

– Es mejor que nos vayamos. – les ordenó Jill desde el extremo inferior de la escalinata. – La puerta de salida está abierta. Vamos.

El corazón de la morena se sobresaltó y se oprimió a sí mismo, pensar en las cosas horrendas que se debieron llevar a cabo en esos calabozos le revolvió el estómago, haciéndole subir parte de sus jugos gástricos hasta la garganta. Una de las razones por las que se había enlistado en la BSAA era precisamente esa, pero verlo de una forma tan grafica no dejaba de producirle una sensación difícil de describir, y por supuesto, difícil de enfrentar.

Para cuando se dio cuenta de la realidad, ya se encontraban en un corredor de piedra que se abría paso hacia la izquierda, adornado con nada más que antorchas en los muros. El silencio que inundaba ese sitio era abrumador y generaba algo parecido al terror, y las almas torturadas entre aquellas paredes parecían estar mirándolos desde todas partes.

– Aquí es donde nos separaremos, en algún punto debe haber algún pasaje que lleve al castillo principal. – Chris habló con serenidad. – Este debe de ser el laboratorio y el complejo de investigación. – miró a cada uno de ellos. – Nuestra misión es dar con Alex Wesker, y para eso debemos barrer con todo el lugar. – tragó saliva y su mirada se posó en Jill por cortos segundos. – Sin embargo, estoy seguro de que podemos encontrar sobrevivientes.

– Nosotros buscaremos en el castillo principal. – indicó la capitana. – Ustedes lo harán en el laboratorio. Cuídense los unos a los otros. – sonrió satisfecha. – Han demostrado tener agallas soldados.

– El punto de encuentro será el patio principal, es el lugar que une ambos sectores del castillo.

– Sí, señor. – respondieron los tres al unísono.

– Vámonos.

El sentimiento que mejor describía lo que estaba sintiendo era definitivamente lo más cercano a la desolación. Se encontraba de pie en medio del cuarto que hacia tan solo un par de días compartía con Deborah, con la bata que ella solía vestir entre las manos… y ahí estaba; completamente vacío. Sacudió la cabeza, intentando no caer en la desesperación y en los pensamientos desafortunados que estaban a punto de hacer acto de presencia en su ya perturbado cerebro.

El pasillo que daba a las habitaciones estaba despejado, y su recorrido había sido sin contratiempos, con un poco de lógica había tardado menos de lo que creyó desde el principio.

Caminó hasta el cuarto de baño abriendo la puerta con la esperanza de que la castaña de orbes celestes estuviese escondida dentro de este, pero su expectación desapareció tan rápido como llegó. Dentro no había nada más que desorden, los cajones del lavabo estaban en el suelo y lo que antes estaba en su interior, inundaba todo el suelo de la pequeña estancia.

Piers suspiró pesadamente, preguntándose una y otra vez que era lo que había sucedido con Deborah. Estaba seguro de que las cerraduras de todo el castillo se soltaron, sintió el chasquido de unas cuantas en su recorrido, no obstante, lo que no le quedaba del todo claro era el por qué.

Y todo por no escuchar a la mujer que hablaba mientras sonaba la alarma.

Intentó calmar sus emociones, respirando pausado y cerrando los ojos un par de segundos, aquello le ayudaba a relajarse y de cierta forma pensaba mejor. No era de los soldados que perdían los nervios con facilidad, pero no encontrar a su joven compañera mientras imaginaba a una velocidad impresionante todas las cosas que podían haberle pasado, estaba acabando con su cordura.

– ¿Dónde estás Deborah? – murmuró esperando respuesta de la nada.

¿Cabía la posibilidad de que estuviese en otro cuarto? O ¿Tal vez hubiese sido llevada al laboratorio por la fuerza?

¡Ya basta!

Su mente exclamó con exaltación, debía pensar con mesura como siempre hacía en las situaciones de profundo estrés, no podía dejar que sus sentimientos por ella nublaran su juicio.

Cruzó la habitación con grandes zancadas posicionándose en el umbral de la puerta metálica que daba al corredor.

– ¡Deborah! – gritó con desesperación en su voz, avanzando unos pasos y abriendo la primera puerta. – Vacío… – su frustración crecía a cada segundo que pasaba, mientras caminaba por el pasillo abriendo cada una de las puertas a su paso.

Vacíos… todos los cuartos estaban desocupados, y eso no dejaba de llamar su atención. Se suponía que los demás prisioneros estaban encerrados en aquella planta al igual que ellos, entonces ¿Por qué no había nadie en todo el nivel?

Debería deshacer el camino andado hasta dar con ella, no se rendiría, algo le decía a gritos que aún estaba con vida y en algún lugar de ese castillo.

Deborah Harper corría por los pasillos inferiores a toda marcha, pensando en que debía volver por la mujer que había encontrado rato antes cuando se detuvo con brusquedad, había más de esas… cosas, podía oírlas y olerlas, sus pasos torpes arrastrando los pies como si les pesaran o no pudiesen levantarlos y el hedor a vómito, heces y muerte que les rodeaba se había tornado inconfundible desde su primer encuentro. Tenía la sensación de estar sumergida en una pesadilla, de esas que le daban cuando solía comer muy tarde y luego irse a la cama.

Apoyó la espalda contra el muro helado de piedra, apretando con fuerza la empuñadura del arma que había encontrado minutos atrás, la alzó con cuidado; el muro acababa un metro más adelante abriéndose en dos direcciones, pero no estaba segura de cuál de ellas provenía aquella peste. Se posicionó en el borde para mirar y entonces los vio: una mujer vestida con lo que tiempo atrás fue un traje de dos piezas rojo oscuro con una falda que le llegaba casi hasta las rodillas, su rostro estaba casi intacto, de no ser por las heridas sangrantes en su frente y nariz, las gafas negras aún estaban en su lugar y su cabello negro corto estaba enmarañado, mezcla de sangre y otros fluidos sobre él. Avanzaba con paso lento, con sus dedos señalando en su dirección. Desvió la mirada y más abajo, en el suelo con lo que le quedaba de abdomen y pantalón, otro sujeto más desafortunado se arrastraba con el mismo propósito: ella.

La joven ahogó un grito horrorizado al observarlo con más claridad, a pesar de la poca iluminación, pudo notar que su piel era de un tono gris casi verdoso, y justo en la parte frontal del cráneo lo adornaba un agujero de proporciones; uno que dejaba a la vista parte de su encéfalo, sus ojos estaban cubiertos por una especie de tela blanca que Deborah no pudo contemplar con mayor detalle. Era hora de salir corriendo con toda la velocidad que le fuese posible.

Sus piernas respondieron a la perfección a la orden enviada por su cerebro, echando a correr en dirección contraria a las criaturas que gimotearon hambrientas y furiosas. Se volteó ligeramente sin detener su marcha para observar a sus perseguidores, sin embargo, estos se movían demasiado lento como para que la alcanzaran en las horas venideras. Sonrió satisfecha de no haber caído en el pánico que la amenazaba desde el comienzo de su travesía, mientras regresaba sus ojos al camino; solo para dar de bruces con otro más de esos zombis.

No…

La criatura vestida con bata de laboratorio cayó hacia atrás igual que ella quien no fue capaz de reaccionar con rapidez, su arma había saltado unos metros hacia la derecha y debía moverse para alcanzarla. Empezó a retroceder con lentitud sin levantarse del suelo, estaba atrapada. Los pasos de los dos que venían por detrás se sentían más cercanos mientras el que estaba en frente comenzaba a ponerse de pie.

¡Espabila!

Deborah sacudió la cabeza, giró sobre sí misma y se incorporó recogiendo su nueve milímetros en el proceso, apuntó con manos temblorosas y disparó un tiro limpio en el abdomen del científico.

El retroceso del arma le hizo temblar aún más sus extremidades cubiertas por el sudor a causa del miedo y la adrenalina.

No funcionó, la criatura seguía avanzando con sus brazos extendidos hacia ella; dos tiros más… otro, y luego otro… seguía avanzando, no caía.

¡¿Cómo es posible?!

Sus orbes estaban abiertos de par en par y su cuerpo estaba paralizado por el miedo, esto era increíble, aquella cosa seguía avanzando después de cinco disparos en el abdomen.

Deborah bajó el arma y retrocedió intentando pensar en algo que no fuese su inminente muerte, la única opción que tenía, era regresar por donde había venido; pero eso solo la guiaría hasta los niveles inferiores donde de seguro habría más de esos zombis.

Aun no podía digerirlo, la palabra sonaba indiscutiblemente ridícula, aunque había escuchado sobre la tragedia de Raccoon City, en aquel entonces era demasiado niña siquiera para pensar que lo que contaban sus compañeros de escuela pudiese ser cierto. Zombis comiendo gente en una ciudad que había sido azotada por un virus que convertía a los humanos en seres hambrientos con una sed de sangre insaciable.

Tropezó cayendo de espalda otra vez, su cabeza aterrizó sobre el frio suelo de roca crujiendo ante el golpe que se dio, cerró y abrió los ojos tan rápidamente que apenas lo notó, su vista se nubló y el mareo la invadió dejándola incapacitada por varios segundos que parecieron horas. Cuando consiguió enfocar con claridad su atacante estaba justo a sus pies, sujetando uno de estos con sus huesudas falanges.

– ¡No! – vociferó moviendo las piernas para soltarse del débil agarré. – Mierda… – musitó mientras intentaba alcanzar el arma que había dejado caer.

Sintió como el cabello de aquel ser inconcebible rosaba uno de los dedos de su pie derecho, y el asco se apoderó de su cuerpo, iba a morderla… Deborah cerró los ojos con fuerza para atrapar las lágrimas que estaban por salir, no quería morir, no así…

Un ruido extraño acompañado del peso muerto de la criatura sobre sus piernas la hizo reaccionar, abrió sus orbes celestes lentamente y lo comprendió. El sonido crepitante había sido el cráneo del zombi siendo atravesado por un enorme y afilado cuchillo y más arriba, quien sostenía el mango del arma blanca…

– ¡Piers! – exclamó con euforia.

Se levantó impulsivamente arrojándose a sus brazos, abrazándolo como si deseara sentirlo, como si necesitara saber que aquella imagen era real y no solo una mala pasada de su mente cansada y confundida. Le rodeó las caderas con sus piernas, afianzándose a él con desesperación y sollozos sonoros, él respondió sosteniéndola con brazos fuertes y firmes por la espalda, acariciándole el cabello; protector, pero escondiendo su rostro en el cuello de ella, ansiaba sentir su aroma otra vez, embriagarse de ella como la última vez que habían estado juntos.

Deborah acarició su cabeza con urgencia, manoteando con ahínco a través de su cabello, sus orejas, sus pómulos. Mientras continuaba con su reconocimiento, lo besó como si fuese la última vez que lo haría, su mente le decía a gritos que no debía desperdiciar el tiempo a su lado nunca más.

Piers se aferró a ella como el sol al árido suelo desértico, recorriéndole la espalda con sus manos cubiertas de su propia sangre seca. Deborah se estremeció al sentir el áspero contacto sobre su piel por debajo de la sucia prenda que llevaba puesta. Buscó la mirada de su compañero deseando que aquel momento durara para siempre, ansiaba permanecer así, cerca de Piers como en el último periodo, sin pensar en nada más que en sus momentos a solas, esos que terminaban desatando y encendiendo el fulgor de la pasión de ambos.

– ¿Estas bien? – logró decir el soldado, con evidente preocupación en su tono. – Deborah…

La castaña asintió, limpiándose las lágrimas en el hombro color mate, olvidando por completo el peligro que les rodeaba, Piers había vuelto… y eso era lo único que importaba, estando junto a él sabía que nada malo le ocurriría.

– Pensé que estabas muerto… – sorbió la nariz y se mordió el labio inferior. – Wesker me lo dijo.

– Maldito…

No alcanzó a terminar lo que fuese que iba a decir, Deborah había reclamado sus labios de manera posesiva, besándolo con pasión y ternura, una mezcla que a decir verdad, Piers había extrañado enormemente. Contestó de la misma forma, no importándole nada más que la mujer que tenía en sus brazos. Se situaron contra la pared, la joven sintió el frio del muro recorrerle la espalda mientras continuaban besándose como si no hubiese un mañana…

El gemido de uno de los zombis a su izquierda los trajo de vuelta a la realidad, se separaron sin dejar de contemplarse el uno al otro, Deborah se acomodó la ropa y Piers recogió el arma del piso, comprobó la munición y disparó.

Ambas criaturas arremetieron contra la gélida superficie de roca con un sonido húmedo y desagradable, la castaña dio un respingo al ver que los dos tenían un agujero de bala en medio de la frente.

– Debemos salir de aquí. – aseguró el joven soldado con voz firme y tono decidido. – Con el ruido de los tiros vendrán más.

– Pero… la chica. – Deborah recordó que había dejado a Fabiana en los pisos superiores. – No puedo dejarla. Piers, debo regresar por ella.

El castaño la observó con comprensión y ternura reflejada en sus orbes color miel, que a opinión de la muchacha frente a él: lucían más intensos de lo que recordaba.

– De acuerdo. – respondió. – Vamos arriba.

Nicole, Dean y Arnold por fin habían terminado de revisar lo que parecía ser el sótano o la habitación más inhóspita de todo aquel lugar. La morena aún no se recuperaba del mal momento por el que había pasado hacía un rato, y sus nauseas eran la clara prueba de ello.

El cuarto en el que se encontraban ahora, tenía toda la pinta de ser una sala de tortura de la época medieval, redonda y con distintos artefactos, que a opinión de la única mujer en la estancia, estaban diseñados para infringir un dolor indescriptible.

Se estremeció involuntariamente y deseó con todas sus fuerzas salir cuanto antes de ese lugar, observó a sus compañeros con gesto suplicante y ellos entendieron el mensaje implícito en sus orbes de color gris.

– Por favor vámonos. – susurró por fin. – No me gusta este lugar.

– Creo que hay más cosas que ver de las que crees. – respondió su compañero de cabello negro, quien estaba acuclillado examinando los extraños artefactos.

– ¿Qué dices? – murmuró casi enferma.

– A lo que se refiere Wells es a esos fierros del fondo. – contestó Dean señalando en esa dirección y casi en el mismo tono que ella, a decir verdad esa habitación parecía emanar sensaciones perturbadoras desde las húmedas murallas. – Supongo que esas cosas podrían servirnos en caso de que nos quedemos sin munición.

– No tocaré uno de esos. – espetó con gesto severo. – Es más, me voy de aquí, llevamos demasiado tiempo en esto y hasta comienzo a creer que tienen miedo de salir.

– Hart, silencio. – la cortó el mayor del grupo levantando la mano y poniéndose de pie.

Gritos, pasos acelerados y algo realmente pesado que pareció avanzar arrastrando a su paso unas cadenas de enormes proporciones por el exterior, las paredes temblaron al instante en que un objeto gigantesco parecía golpear con violencia desmesurada las estructuras de soporte del castillo. Los tres empuñaron sus armas como acto reflejo intercambiando miradas preocupadas y a la vez preparadas para lo que fuese que merodeara fuera de su posición.

– ¿Qué demonios fue eso? – soltó el rubio. – Se oyó como un elefante con un hacha.

– Ni de broma. – dijo Nicole dejando escapar el aire contenido en sus pulmones. – De estos enfermos eso sería totalmente probable.

– Andando. – ordenó Arnold dirigiéndose a la puerta, los más jóvenes se miraron y se dispusieron a hacer lo mismo. – Creo que lo mejor será dividirnos para abarcar mayor terreno.

– ¡¿Estas demente?! – exclamó Dean ligeramente exaltado. – ¡Una mutación de proporciones merodea por los pasillos y tú sugieres que nos separemos! – se colgó el rifle en la espalda y continuó. – No tenemos munición suficiente para enfrentar a una de esas criaturas por separado.

– ¡Nos tardaremos días en revisar los pisos! – respondió el mayor con voz serena. – Debemos encontrar sobrevivientes…

– ¡Pero para eso debemos estar vivos!

Estaban uno en frente del otro, con los labios y el ceño fruncidos. Nicole supuso que si no intervenía, el asunto se saldría de control. Evidentemente ambos tenían buenos argumentos, pero las órdenes ya habían sido dadas, y lo más importante era que debían cuidarse los unos a los otros.

– Escuchen, si perdemos el control terminaremos muertos. – inspiró hondo. – Sin nos separamos, estaremos muertos. Y si no, jamás llegaremos a los pisos superiores. – la tensión disminuyó notablemente. – La radio no funciona, por lo que no es conveniente separarnos. – intentó sonar tranquila. – Revisaremos el mismo piso, pero separados. La acústica parece ser buena por lo que si alguno está en problemas, los demás podrán oírlo.

– Me parece razonable. – expresó Wells, a lo que Morris asintió.

Los tres se encaminaron hasta la puerta de metal sin mediar más palabras, el moreno la abrió con precaución verificando la extensión del pasillo a la derecha, mientras Dean lo hacía a la izquierda y Nicole al frente. Avanzaron hasta la escalinata que los llevaría al nivel superior con sus armas en alto y atentos a cualquier movimiento, esperando que no fuera demasiado tarde para las personas que permanecían cautivas en ese horrible sitio.

Piers y Deborah se encontraban de pie en medio del cuarto en el que la chica había señalado como el lugar al cual debían regresar, sin embargo, este estaba completamente vacío. No había rastro alguno de Fabiana, solo unas pequeñas gotas de sangre sobre la gruesa alfombra y el sofá.

– ¿Estas segura que este es el cuarto? – preguntó el soldado a su compañera que parecía estar sumergida en un estado de confusión exagerada.

– Si, fue aquí. – señaló la mesa de billar en medio de la habitación. – Es el único sitio que tiene una de esas.

La castaña no pudo evitar sentir culpa desmedida por la joven herida que había dejado atrás, lo más probable era que algo malo le hubiese ocurrido en su ausencia, o había salido corriendo por terror o simplemente había ido tras ella.

De pronto recordó lo último que había mencionado, y su corazón se congeló dentro de su pecho, se volteó con lentitud hacia Piers y justo en ese momento algo hizo temblar el suelo de forma descomunal, algo que se asemejaba a un equipo de demolición golpeando las paredes que mantenían en pie la estructura en la que estaban parados.

– Que rayos… – alcanzó a escuchar Deborah antes de ver como su compañero salía por la puerta por la que habían entrado minutos antes.

– ¡Piers!

Salió tras él al pasillo exterior y lo que contemplaron sus orbes turquesa a continuación fue algo que anheló poder borrar de su mente para siempre. Una criatura que escapaba a toda lógica y equilibrio, irreal y monstruoso, como sacado de una pesadilla muy retorcida.

Sus piernas temblaron y su sangre se heló paralizándola por completo, sintió deseos de llorar o de salir corriendo lo más lejos que pudiera. El tiempo pareció detenerse mientras observaba al engendro con más detalle.

Donde debía estar su rostro, solo había una masa de color negruzco y rojizo, su cabeza en toda su extensión era un licuado de carne, huesos, cartílagos y cabello, y sus ojos eran dos estructuras blancas como perlas que brillaban asesinos bajo la tenue luz fluorescente. Estaba segura de que si eso antes hubiese sido una persona, al menos debió medir dos metros y medio de estatura, y pesar unos doscientos cincuenta kilogramos. De su espalda se asomaban lo que a simple vista parecían estacas de aproximadamente cincuenta centímetros cada una, y diversas cicatrices quirúrgicas adornaban el cuadro de su piel blanquecina manchada de tonos marrones y rojos. De la cintura hasta los pies estaba cubierto por una especie de vestimenta de cuero y en su enorme mano derecha llevaba una mezcla de martillo y hacha, mientras que en la otra…

No…

Los rubios cabellos de Fabiana se asomaban de entre los dedos de ese ser increíble, mientras su cuerpo flácido, pálido e inerte, colgaba debajo de la gruesa mano, bañado en líquido vital.

– Debes irte de aquí… – ordenó Piers, pero no obtuvo respuesta. – ¡Deborah, corre! – Gritó con tono severo y ella salió del trance en el que estaba inmersa.

– No te dejaré. – exclamó con seguridad frunciendo el ceño.

– ¡Vete de aquí! ¡Maldita sea! – la miró con gesto duro, y oprimiendo cualquier sentimiento continuó. – ¡¿No entiendes que esta cosa te va a matar?!

– Pero… – su voz se quebró.

Piers cerró los ojos con fuerza, sabía que ella no se iría por las buenas, no después de todo lo que había tenido que pasar las últimas horas, se maldijo internamente por lo que estaba a punto de hacer, pero era la única salida si no deseaba que Deborah fuese la siguiente víctima de esa bio - arma.

– Solo me estorbaras porque me preocuparé de protegerte. – la había lastimado, lo supo en cuanto sus orbes brillaron con un dejo de tristeza que le partió el alma. – ¡Vete ya!

¿Qué era lo que había dicho? La joven de cabello castaño sintió como un ardor doloroso subía hasta posicionarse en su garganta y extenderse hacia sus ojos. Las lágrimas comenzaron a aglomerarse amenazando con hacerla estallar en un llanto desconsolado y lastimero, su corazón se estrujó a sí mismo una vez más y comenzó a correr con rumbo incierto, dejando atrás a Piers, y a la criatura que podría acabar con la vida del hombre que la había salvado en reiteradas ocasiones. Y ella, ella nuevamente era la cobarde que huía, la niña desvalida a la que todos debían cuidar. Se detuvo con brusquedad, no iba a permitir que el soldado muriera tratando de protegerla, no esta vez.

Respiró profundamente y continuó su marcha hacia el único lugar que no había revisado, buscaría un arma o lo que le sirviera y regresaría a ayudar a Piers.

Nicole Hart continuaba caminado con paso firme a través del oscuro pasillo atestado de puertas, había disparado a tres zombis a lo largo de su recorrido por los niveles superiores y el hedor que colmaba el aire estaba comenzando a desaparecer a medida que ascendía, aunque si lo pensaba con detenimiento, tal vez se estaba adecuando a esas condiciones tan desfavorables.

Mierda…

Ruidos que provenían desde el interior de la habitación a su derecha, seguramente perteneciente a una de esas desagradables criaturas. Se agazapó contra la pared para disponerse a abrir la puerta, más su sorpresa fue al percatarse de que esta se encontraba ligeramente separada del marco. Echó un ligero vistazo antes de entrar, el sonido parecía ser de papeles y frascos de vidrio, cosa que no era extraña ya que el sitio frente a ella era sin dudas una sala de autopsias, sin embargo, descartó inmediatamente la hipótesis que su cerebro le había lanzado en primera instancia, ya que claramente no era un zombi el que estaba registrando el lugar.

Un trabajador del castillo, sin duda aquello estaba bien vivo.

Se acercó con cautela empuñando con firmeza su arma, había llegado la hora de hacer algunas preguntas. Sonrió al notar que la pequeña mujer acuclillada frente a una estantería repleta de cajones, estaba demasiado interesada en su labor que ni siquiera había notado que estaba siendo apuntada con una escopeta Mossberg.

No pudo ocultar su sorpresa al reparar en que la muchacha llevaba puesta una camisola para dormir, que por cierto, estaba completamente sucia; cubierta de tierra y manchas que evitó preguntarse que serían.

– Las manos donde pueda verlas. – habló con brusquedad tocándola en la espalda con el cañón de su arma, la chica frente a ella dio un salto volteándose con lentitud. – Voltéate y levanta las manos. – ella obedeció y Nicole pudo notar que su expresión estaba completamente desencajada por algo parecido a la desesperación, pero al menos estaba completamente viva. – ¿Qué haces aquí?

– Yo… – titubeó unos segundos, vio el logo en el chaleco táctico de la mujer que la apuntaba con un arma, abrió los ojos de par en par y dijo: – Por favor, tienes que ayudarme…

– Te hice una pregunta. – la interrumpió, aunque sabía que de seguro no era así, preguntaría de todos modos. – ¿Trabajas aquí?

– ¿Qué…? – murmuró con desconcierto. – ¡No! Soy su prisionera, ellos experimentaron conmigo y mi compañero.

Recordó lo que estaba haciendo antes de ser obstaculizada y continuó con su cometido, revisando en cada una de las gavetas, arrojando frascos al piso, material quirúrgico, tijeras, pinzas, gasas… abrió un nuevo cajón y su sonrisa se ensanchó.

Nicole la miraba con desconfianza e interés, no obstante, seguía dispuesta a dispararle ante cualquier intento sospechoso de su parte. La observó con mayor detalle; el cabello castaño de la joven caía sobre su espalda delgada que se movía al compás de su respiración agitada, sus brazos rebuscaban con frenesí alterado dentro de los anchos cajones del mismo mueble. Su camisón de dormir que algún día fue de color gris y que dejaba muy poco a la imaginación, era bastante sensual para andar corriendo por los pasillos de las instalaciones, pero dedujo que era mejor que nada. La morena había observado a lo largo de su permanencia en la BSAA que las personas utilizadas como sujetos de pruebas comúnmente eran secuestradas.

Seguramente esto servirá…

Tomó el pesado revolver entre sus manos y se levantó con brusquedad, cosa que no le agradó a la soldado que aún permanecía detrás, ya que volvió a colocar el cañón de su escopeta frente a ella.

– Baja el arma. – ordenó con tono autoritario, usando su estatura para amedrentar a la joven de ojos celestes. – Te dispararé si no lo haces.

– Puedes hacerlo si quieres. – tragó saliva con pesadez, pues sus sentimientos eran variados. – Escucha, tengo que regresar a los pisos superiores, mi compañero me necesita. – le dedicó una mirada repleta de convicción, por primera vez enfrentaba cada uno de sus miedos, y la verdad era que habían amenazado con dispararle tantas veces en el último tiempo, que ya comenzaba a acostumbrarse a ello. – Si no quieres ayudarme lo entiendo, pero pensé que si eras de la BSAA eras de los buenos.

– ¿Qué dijiste? – preguntó la morena confundida.

– Lo que escuchaste.

– Espera… ¿Cómo…?

– Mi compañero me habló de ello. – respondió ante lo que supuso quería saber su interlocutora. – Ahora debo irme.

Y diciendo esto salió a paso apresurado sin mirar atrás, esperando que no fuese alcanzada por un impacto de bala por la espalda, mientras intentaba calmar su respiración y pensar con claridad. Tenía que llegar junto a Piers lo más rápido posible, no permitiría que el muriera por salvarla una vez más.

No esta vez, se la debo…

Nicole se apresuró a salir al exterior del cuarto de autopsias, aquella joven se había marchado sin mediar más palabras, no era posible que una civil sin experiencia con armas de fuego se encontrara corriendo sin rumbo por ese lugar. Había sido irresponsable de su parte dejarla ir, y más aún cuando las orden directa de su capitán de equipo había sido rescatar a los sobrevivientes. Wells y Morris podrían encargarse de los pisos inferiores, mientras tanto ella debía trazar un plan con urgencia, pues la radio no funcionaba, por lo que no podría avisarles a sus compañeros que cambiaría con lo que habían acordado con anterioridad.

Mierda.

Vio como la sombra de la chica de cabello castaño y ojos celestes desaparecía en la curva más adelante, seguramente rumbo a las escaleras que llevaban a los otros niveles del castillo. Si se trataba de seguir las órdenes dadas en un comienzo, ya había desobedecido, simplemente porque ella y sus compañeros se encontraban separados. Cerró los ojos con fuerza un par de segundos, mientras su mente se debatía entre lo que era correcto hacer y lo que debía hacer, si regresar con sus compañeros o seguir a la chica con apariencia un tanto extraña.

Finalmente el debate interno terminó abruptamente, su sentido moral le decía a gritos lo que debía hacer, y según sus convicciones morales salió corriendo detrás de la mujer que ya se había retirado minutos atrás, sin saber lo que encontraría por ese camino.

La enorme habitación tapizada en libros de distintos siglos y temáticas, aún permanecía con la chimenea de piedra encendida, las brasas de los maderos continuaban al rojo vivo y el ambiente aún era cálido, a pesar de la tormenta que se dejaba notar por los truenos, relámpagos, y las finas gotas de agua que arremetían contra los majestuosos ventanales.

Pero estaba vacía, quien quiera que se encontrara anteriormente en aquel lugar, se había ido hacía muy pocos instantes.

– ¿Y ahora qué? – inquirió Jill paseando la vista de un lado a otro, buscando pistas en aquel lugar que se le hacía tan familiar y escalofriante. – Podría estar en cualquier sitio.

Chris sintió un ligero deseo de salir cuanto antes de la estancia en la que se encontraban, sabía que estaba siendo observado de alguna forma, pero lo que más le inquietaba, era que ese lugar sin duda alguna, le traía muy malos recuerdos. Contempló a su compañera, anhelando en su fuero interno haber sido más fuerte en aquel entonces, si no hubiese sido por su causa, ella jamás hubiese tenido que vivir en el mismísimo infierno a manos de un desquiciado.

Tomó su arma con firmeza y determinación, esta vez no permitiría que algo malo le sucediera… ¿Cómo podía ser tan ciego? Tan cobarde…

– Debemos encontrarlo. – expresó con seriedad, intentando quitarse los pensamientos amargos. – No puede haber salido del castillo, no con esas cosas rondando la isla.

– Si esta la mitad de loco de lo que estaba Wesker… – Jill dejó la idea en el aire, y comenzó a caminar hacia la salida.

– Escucha, Jill… – su tono era conmoción, llevaba tanto tiempo queriendo decírselo, ella se detuvo en seco y volteó para mirarlo. – Lo lamento tanto, si en aquel momento tú…

– ¿De que estas hablando? – preguntó confundida.

– No puedo siquiera dimensionar todo lo que tuviste que pasar a manos de ese enfermo. – se acercó acortando la distancia entre ellos. – No hay día en que no me sienta culpable por ello.

– Chris… – tuvo que hacer un gran esfuerzo para reprimir los recuerdos que todavía, de vez en cuando la atormentaban en sueños. – No fue tu culpa. – inspiró hondo, colocó su arma en su funda y lo abrazó. – Todo eso es parte del pasado, debemos seguir adelante. – se separó con suavidad y buscó en sus ojos. – Es lo que tenemos que hacer, acabar con esto.

– No lo entiendes, ¿verdad? – ella cruzó los brazos sobre su pecho y negó con la cabeza. – Siempre es a causa de mí, personas valiosas dan sus vidas por la mía.

– ¿Lo dices por Piers?

– Por él, por ti, incluso por Claire.

La rubia le dio un par de vueltas al asunto, tal vez la idea de que el ex soldado del equipo alpha y sucesor de Chris estuviese vivo dentro de ese castillo, perdía el dejo de locura que le atribuyó en un principio. Había sucedido con ella años atrás, cuando después de meses de búsqueda fue declarada oficialmente muerta siendo que se encontraba prisionera a manos de Albert Wesker y Excella Gionne.

– Si está vivo, lo encontraremos. – afirmó convencida de sus propias palabras. – O tal vez, antes que nosotros lo hagan Wells, Hart o Morris. – Jill tomó su arma y emprendió la marcha hacia la puerta. – Vamos, tenemos trabajo que hacer.

Aquella carrera para Deborah, había sido la más extrema y a la vez la más larga de su vida, su ascenso desde la morgue donde había encontrado el arma que sostenía con fuerza en su mano derecha hasta donde se encontraba, la había dejado sin aire. Se apoyó en la pared para recuperar su respiración a grandes bocanadas, le quedaba solo un piso para llegar a donde se había separado de Piers, y eso si es que él todavía continuaba allí, ya que cabía la posibilidad de que hubiese emprendido una huida o de que…

¡No! Ni siquiera lo menciones.

Su mente le gritó antes de empezar a barajar las posibilidades, no habían pasado más de quince minutos desde que lo había dejado, o eso era lo que ella creía. Levantó el revolver con las manos temblándole, tanto por el terror que sentía como por el cansancio. Se dispuso a continuar con su recorrido cuando alguien la sostuvo por el hombro, dejó escapar un ligero grito y la mujer culpable de su exabrupto le dedicó una leve sonrisa.

– ¿Qué haces aquí? – preguntó Deborah incrédula.

– Mencionaste que necesitabas ayuda. – le guiñó un ojo. – Y la verdad es que tenía tiempo libre.

¿Estaba bromeando en una situación como esa?

– Lo que estas a punto de ver puede que te perturbe.

– ¿Por qué lo dices? – Nicole había visto muchas criaturas horrendas a lo largo de sus tres años en la BSAA, pero el tono empleado por su interlocutora, sin duda la inquietaba. – ¿Cuánto falta para llegar donde tu compañero? – y no tuvo tacto para agregar: – ¿Crees que aun este vivo?

La castaña la contempló por unos cortos segundos, tener a alguien de su lado la mantenía cuerda y le ayudaba a mantener la calma, sin embargo, prepararse para lo peor no estaba dentro de sus planes, no si se trataba de él.

– Él está vivo, lo sé. – le dedicó una mirada fría y se incorporó. – Vamos, no hay más tiempo que perder.

Ambas féminas comenzaron a correr velozmente, subiendo los peldaños de la escalinata de piedra de dos en dos, Deborah iba en delantera con el corazón latiéndole con fuerza dentro de la cavidad torácica, las manos le sudaban, pero tener el peso del arma entre sus dedos le daba seguridad, al menos tenía algo con que ayudar a Piers.

Nicole seguía los pasos de la joven, aunque no se fiaba completamente de ella, la desesperación que había notado en su semblante era genuina. El hombre que había mencionado le importaba, no podía saber cuánto, pero la insistencia de la chica dejaba en claro que lo bastante como para arriesgar su propia vida y la de otros.

Doblaron en la última esquina, la castaña se detuvo abruptamente mientras sentía que las fuerzas la abandonaban por completo, lo que vio escapaba de todo lo que había barajado como posibilidades. La de ojos grises se paró antes de chocar con su acompañante, tragó saliva y su estómago se contrajo bruscamente ante la imagen que se desplegaba en frente de ellas.

Un hombre alto, de cabello castaño y de espalda ancha, estaba siendo sostenido por el cuello por una criatura titánica que escapaba a la imaginación humana, mientras él pataleaba en un infructuoso afán por soltarse del agarre. Para Nicole, esa abominación de la naturaleza era lo más horrible que había visto en su vida junto a la mezcla de hacha y martillo que sujetaba con la otra mano y con la que se disponía a acabar al sujeto en cuestión de segundos, sin embargo, lo que escuchó a continuación le congeló los sentidos.

– ¡Piers! – la voz de la joven a su lado resonó en todo el corredor. – No…

En ese instante para Deborah el tiempo se detuvo y pudo observar con más detalle lo que ocurría en su entorno; la mujer a su lado estaba pasmada con los ojos abiertos de par en par, sujetando su escopeta por lo bajo y el resto de sus armas en sus fundas, sus músculos inactivos dejaban en claro que no se movería de su posición. ¡Demonios! Esa chica estaba armada, pero obviamente no reaccionaba ni tenía la intención de hacerlo. Mientras tanto Piers perdería el aliento y el cuello en cuestión de segundos… y ella, eran contadas con los dedos de una mano las veces que había sostenido un arma y solo una la que había disparado, y por supuesto, sin dar en el blanco.

Inspiró hondo, e intentó detener el temblor de sus manos sin mucho éxito, levantó el revolver magnum 347 con seguridad en lo que estaba haciendo, esfumando el pensamiento salvaje de que podía darle a Piers. Sintió el calambre en sus pequeños dedos tensos sobre el metal humedecido por el sudor de su mano trémula y enfocó su objetivo.

Un disparo certero que impactó de lleno en la extremidad de aquella abominación, causando un estruendoso estallido que colmó las paredes del pasillo de metal, revotando y llegando a los oídos de todos los presentes, seguido de un chillido inhumano. Deborah retrocedió unos pasos, debido a la potencia del arma que había disparado, Piers cayó al suelo y Nicole no salía de su ensimismamiento.

El soldado se puso de pie con algo de dificultad, mientras la castaña volvía a abrir fuego contra el gigantesco monstruo evitando que golpeara a su compañero con su poderosa arma. Piers en un rápido movimiento, ignorando el dolor y la falta de oxígeno, tomó la formidable vara de metal que de seguro pesaba unos cincuenta kilogramos, y golpeó a la criatura con todas las fuerzas que le quedaban.

Lo que antes fue la cabeza del arma biológica quedó sumergida dentro de su tórax con un crujido que dio a entender que los huesos de su cuello y parte de los del tórax se habían fracturado con el golpe, su cráneo se abrió dejando escapar una gran cantidad de tejido y fluidos, y finalmente su cuerpo se desplomó en el suelo sobre un charco pegajoso.

Piers aun sostenía el hacha con la respiración entrecortada y los músculos tensos, se dejó caer al piso y en ese momento Deborah se arrojó sobre él. Correspondió el abrazo de la mujer que le había salvado la vida, sintiendo una vez más ese calor que le embriagaba e hipnotizaba los sentidos, mientras intentaba recuperarse de lo vivido.

– ¿Estas bien? – le susurró al oído acariciándole el cabello, y ella asintió con un movimiento de cabeza. – Gracias por regresar. – ocultó su rostro en el cuello de la castaña, entregándose por un momento a la agradable sensación que ella le brindaba.

– No podía dejarte. – lo besó con ternura. – No podría soportarlo, no si era mi decisión. – él le devolvió el ósculo con mayor pasión.

La morena contemplaba la escena con sus orbes grises abiertos de par en par, el hombre frente a ella, en el suelo… No podía ser cierto, a pesar de las marcas en la parte superior de su cuerpo, en su rostro y en su brazo derecho… era él, no le cabía la menor duda.

Piers Nivans si estaba con vida después de todo, se maldijo por no ser capaz de reaccionar, bajó la vista y contuvo el nudo en la garganta al ver como la chica de la camisa de dormir lo besaba como si no lo hubiese visto en meses, como hubiese deseado hacerlo ella misma.

– Oh, es cierto. – dijo Deborah poniéndose de pie y extendiendo la mano para ayudar a Piers a levantarse, cuando ambos estuvieron en condiciones, la castaña continuó: – Ella es…

– Hart… – susurró él incrédulo.

– Nivans… – contestó ella con la voz cortada.


Waaaaaaaaaaaaa! Muajajajaja, lo sé, soy muy mala, pero en algún momento tenía que pasar, los reencuentros ocurren tarde o temprano jajaja, sobre todo en la ficción, cuando el autor puede hacer que ocurran cuando se le plazca.

Fue divertido escribir este capi, la verdad en medio de la presión, salieron cosas bastante extrañas, y para que mencionar que me costó un ovario escribir lo que yo considero "acción", ¡demonios! Me cuesta una enormidad jajaja.

Agradecer a todos los que leen mi fic en especial a: CMosser (aun espero actualización de CTR), anamariaeugenia, Stacy Adler (después de mi examen tenemos un almuerzo pendiente), M Bidden (no me olvido que tengo fics pendientes que leer, solo dame unas semanas muajaja), Nelida Treschi (bienvenida linda, me alegra que te guste esta locura), Lirio Negro (Te adoro), hamerun21 (te extraño), ShadowFreddyRaven (bienvenido! Muchas gracias por comentar :D), Addie Redfield (por fin aquí está, como prometí hace siglos), Coipo (Te amo), Ary Valentine (Uy! espero que te siga gustando el PiersXDeborah muajaja), Ale98nenita, felix ramos y Amanda.

Muchas gracias por sus comentarios, ya saben que me hacen extremadamente feliz… Espero en el próximo capi responder sus comentarios, pero ahora ando de pasada por aquí.

Me siento terrible por no hacerlo, pero espero compensarlo, en serio. (Y también espero no haber olvidado a nadie).

Se les quiere un montón!

Eternas gracias.

También como he dicho en capis anteriores, a los que agregan mi historia en sus favs o la siguen, muchas gracias :D

Y antes de que se me olvide, a los que se pasaron por el spin-off, gracias también, y para todos los que preguntaron; prometo actualizar "Amor por Encargo" cuando el estrés quede atrás en mi vida.

Adiosin!

Atte. Yo, o sea Jill Filth.