XI. Avanzaba como si se dirigiera a la horca.

«Solo el amor nos permite escapar y transformar la esclavitud en libertad.»

Paulo Coelho.

Marzo de 2025.

Según Astrid y Brunhild, Sigfrid era un valiente.

Sin embargo, él no se sentía así. Tal vez era de esas cualidades que percibían mejor las personas a tu alrededor que tú mismo, no lo tenía muy claro.

Pensaba en ello esa tarde, en el puente de Londres. Tenía la tarde libre, gracias a la insistencia de las chicas, que querían hacer la patrulla por su cuenta. El cómo convencieron a Tiberius le intrigaba, pero no pensaba indagar. A decir verdad, aquella mañana había despertado con cierto malestar allí donde lo hirieran el mes anterior, ¿acaso esas dos se habrían dado cuenta?

La herida le hizo pensar en el Mercado de Sombras, que sin que lo supieran los mundanos, estaba debajo del puente. No había vuelto a ir desde el combate contra aquellas nefastas criaturas, por lo cual, no tenía modo de saber si ya habrían acabado con las reparaciones. Sabía de ello por ayudar a Kit con el papeleo que varios comerciantes generaron al tramitar sus compensaciones, solo que no intentó saciar su curiosidad yendo a hacer una visita.

Los subterráneos del Mercado habían oído sobre el exilio de Alphonse y Rafael y no estaban permitiendo a ningún cazador de sombras allí.

Si lo meditaba, seguía sorprendiéndose de que la vida de aquellos dos se hubiera torcido tanto. Astrid y Brunhild, turnándose para hacerse entender de lo furiosas que estaban, le habían contado con lujo de detalles lo acontecido en Alacante, por lo cual no pudo sino compartir su frustración y su impotencia. Dudaba que su voto hubiera hecho la diferencia, pero al menos habría hecho algo a favor de los chicos, que se arriesgaron tanto cuando lo habían herido.

—Algo me dice que estás lamentándote.

Sigfrid se encogió de hombros, de forma desganada.

—No entiendo bien a los cazadores de sombras. ¿No suelen creerse en la cima de la pirámide, sin nada que pueda afectar sus perfectas vidas?

—Como habrás tenido ocasión de comprobar, no todos los cazadores de sombras creemos eso. De hecho, estás hablando con uno que nunca creería algo así.

Apoyado como estaba en el pasamano, Sigfrid dejó de mirar por un instante el puente de la Torre, unos cientos de metros al frente, para echarle un vistazo al recién llegado. Pensaba dedicarle una sonrisa irónica, pero se quedó de piedra cuando notó un ojo amoratado.

—¿Qué te ha pasado? —inquirió, enderezándose enseguida.

—Me sorprendió tu mensaje —respondió el otro, encogiendo los hombros ligeramente—. Pensé que estarían demasiado ocupados en el Instituto. Dijiste que las compensaciones…

—Hace unos días terminamos con los trámites. La semana que viene, deberían estarnos llegando algunas respuestas. Por favor, no me cambies el tema. ¿Te hiciste eso en del trabajo?

Sigfrid alzó una mano, evidentemente señalando el ojo herido, pero en el último segundo la bajó, temiendo que el gesto que se le había ocurrido no fuera bien recibido.

—En parte. Estaba hablando con un vampiro, sobre que ustedes intentaban que siguieran realizándose las inspecciones al Mercado, justo cuando Hamilton estaba allí. No sé qué habrá puesto de peor humor al tipo: que supiera lo de las inspecciones o que no se lo dijera primero a la manada.

—¿Te tomó por sorpresa? Recuerdo… Sé que reaccionas rápido.

—Sí, fue eso. Pensé que estando del otro lado de la barra, se lo pensaría mejor, pero claro, olvidé que Hamilton es un poco idiota, sobre todo cuando bebe más de la cuenta, y eso que los licántropos soportan mejor el alcohol que otros subterráneos.

—¿Qué dijo el señor Flamme al respecto?

—Vetó a Hamilton, aunque creo que debió hacerlo hace años. Garrett pronto va a reclamar.

Sigfrid apretó los labios un poco, conteniéndose de decir lo que le pasaba por la cabeza, pero al parecer, sus gestos fueron demasiado elocuentes.

—¿Acaso hubieras querido estar ahí? Te habría golpeado también.

—Sí, pero quizá, de esa manera no te habría tocado a ti.

—¿Por qué te preocupa?

—Somos amigos, ¿no?

—Cierto. Amigos.

—¿Hay algo más que te esté molestando, Quinn?

Encogiéndose de hombros otra vez, Quinn Meadows le dedicó una mirada de soslayo antes de adoptar la postura anterior de Sigfrid; eso era, apoyar los brazos en el pasamano con la cara vuelta hacia el río, en apariencia dedicándole su atención al puente de la Torre.

—No es molestia, precisamente —admitió Quinn, con semblante un poco menos serio y frío que cuando llegara—. Creo que no termino de acostumbrarme a esto.

—¿A qué?

—A verme con un cazador de sombras.

Sigfrid reprimió cuanto pudo una mueca de contrariedad. Había sonado como si Quinn despreciara aquella idea, pero se viera forzado a llevarla a cabo. Estaba por decir algo al respecto, cuando lo vio suspirar y sacudir la cabeza.

—No, lo he dicho mal —oyó que admitía—. Lo que todavía no asimilo es que de verdad sea amigo de un cazador de sombras. Como te habrás dado cuenta, no todos son tan agradables como ustedes, los del Instituto.

—Debiste conocer a Astrid cuando era pequeña. A su lado, los Highsmith eran unos santos.

—¿En serio?

—En serio —Sigfrid asintió con la cabeza, esbozando una sonrisa nostálgica—. Ella es cazadora de sombras de nacimiento, pero no lo sabía hasta que le ofrecieron ir a la Academia. Su padre no la dejaba ir, pero ella insistió. Fue con su abuelo, que la quería mucho y siempre la apoyaba, pero resultó ser un cazador de sombras que dejó la Clave para casarse con su abuela, una mundana, así que no quería saber nada del asunto. Astrid se enojó con todos y aceptó ir a la Academia, aunque le advirtieron que no podría volver a ver a su familia porque eran mundanos —Sigfrid suspiró, antes de concluir el relato con la peor parte—. Su padre dijo que si se iba, ella ya estaría muerta para ellos. Astrid pensó que se le pasaría el enfado y en la primera oportunidad que tuvo, fue a ver a su antigua casa. Su padre no la dejó pasar de la puerta.

—Cuesta creer eso viendo cómo es la señorita Trueblood.

—Bueno, al cabo de un tiempo, llegó a la conclusión de que si su padre ya no la quería, entonces podía hacer su vida como quisiera. Lo único que lamenta es tener que ver a sus hermanos a escondidas. Tiene tres, todos menores que ella, le encantaba cuidarlos. Hace unos años, poco después de hacer el juramento parabatai, supo que tuvo otra hermana y se las arregló para conocerla, aunque… Bueno, digamos que se metió en un buen lío, pero no le importó.

—Entonces, ¿a ella le gustan los niños?

—Mucho. Es ella quien ayuda ahora con las lecciones de los pocos niños que van al Instituto y está al pendiente de Liam Carstairs. Tengo la sensación de que, si llega a tener hijos, será de esas madres que tardarán en soltarlos. ¿Sabes a qué me refiero? No digo que va a malcriarlos, solo que le costará trabajo que vayan por su cuenta.

—Eso habla bien de ella.

Sigfrid observó el semblante de Quinn. Volvía a estar tan frío como cuando había llegado.

—¿He dicho algo que te molestara? —quiso saber.

Quinn negó con la cabeza.

—Me preguntaba cómo sería eso de tener una madre —pronunció con aire distraído.

A Sigfrid le dio un escalofrío. Sabía lo que esa frase insinuaba y lamentaba haber sacado a colación el tema. Abrió la boca para disculparse, cuando notó que el otro suspiraba.

—Tuve una madre —indicó, a modo de aclaración—, solo que no me permito recordarla.

—Lo lamento —musitó Sigfrid, sintiéndose estúpido por no poder pensar en algo mejor.

—Descuida. No es como si tú le hubieras dicho que…

Quinn se calló, adoptando una expresión de desconcierto bastante curiosa. En cualquier otra circunstancia, Sigfrid quizá se habría reído, pero aquello era muy serio para él.

—¿Sabes qué es lo que más irrita a Garrett de mí? —soltó de pronto Quinn, para acto seguido continuar hablando, sin fijarse en que Sigfrid ponía expresión de desconcierto—. El no poder matarme. Es lo que le da más rabia. Quisiera desquitarse, hacerme pedazos hasta quedar irreconocible y dejarme en el rincón más olvidado de Londres a que me pudriera. Pero como es un alfa responsable —soltó con sarcasmo lo último—, se contenta con hacerme la vida imposible cada que puede, con cosas que a él no le afectan, pero a mí sí. Quiere que acabe suplicándole una clemencia que no debería mendigar. Ambos lo sabemos, pero él no va a ceder y yo tampoco.

—Quinn, eso… ¿Puedo saber por qué? ¿Por qué la situación entre ustedes es así?

El otro arrugó la frente por un momento, pero enseguida hizo una mueca. Seguramente, el gesto le había ocasionado dolor en el ojo herido. Sigfrid metió una mano al bolsillo, para reprenderse mentalmente al segundo siguiente: Quinn no era un cazador de sombras, así que no podía ayudarle con una iratze, como haría con su hermana o con su mejor amiga.

—¿Estás bien? —preguntó Quinn cuando lo miró a la cara—. Estás muy pálido.

—Me he mareado —admitió Sigfrid, aferrando con la diestra el pasamano del puente.

—¿Por qué? No me dirás que por lo que he dicho, ¿o sí? Pensé que los cazadores de sombras tenían un estómago más fuerte.

—Si hablas de demonios, de seres que no son humanos en ninguna forma y que solo buscan hacer daño, sí, tengo un estómago fuerte. Puedo destrozar a uno sin dudar. Pero eso que has descrito… Nadie debería ser tratado así.

La expresión de Quinn se suavizó e incluso, Sigfrid logró ver en él una fugaz sonrisa.

—¿Por qué has venido? —preguntó de pronto Quinn, añadiendo cuando vio que Sigfrid no lo comprendía—. A Londres. Sé que entre los tuyos, el Instituto de Londres no es muy bien visto.

—¡Ah, eso! Hildie y yo fuimos los que quisimos venir. Arrastramos a Astrid sin decirle que Tiberius tenía un marido, aunque sabíamos que no le iba a importar. Lo que a ella le preocupaba era cómo se iba a tomar nuestros padres la elección, más nuestro padre.

—Pero ¿por qué eligieron Londres?

—Hildie y yo admiramos a Tiberius. Leímos todo lo que encontramos acerca de él y le preguntamos a todo el que pasaba por nuestro Instituto si lo conocía. No destaca por ser sociable, pero nos pareció increíble que fuera director a su edad. También sabíamos que es muy inteligente y lo de su esposo, pero Hildie lo único que dijo cuando nos enteramos, fue que Tiberius debía ser muy guapo para haber conseguido a un Herondale.

—Tu hermana suena… directa.

—Lo es. Más aquí, que no tiene que morderse la lengua. Nuestro padre es muy estricto.

—¿Y su madre?

—¿Barb? Ella se preocupa porque nos cuidemos y seamos felices. Sus palabras, no las mías.

—¿Por qué llamas así a tu madre?

—En sentido estricto, Barb es nuestra madrastra. Antes, de niños, a nuestro padre no le gustaba oír que la llamáramos «mamá», así que ella dijo que «Barb» estaba bien.

—¿Puedo saber qué pasó con su madre?

Sigfrid asintió. Lo bueno de decir aquello a alguien que no fuera cazador de sombras, era que no podía mirarlo peor que los que sí lo eran.

—Nuestra madre murió en la Guerra Oscura. La convirtió Morgenstern.

Quinn abrió mucho los ojos y Sigfrid se les quedó viendo por un largo instante. Ahora sabía que ese tono de azul, tan distinto al propio, era el del lapislázuli. Le había comentado a las chicas lo de recordar una piedra preciosa y Astrid le ayudó a usar internet para buscar el tono. Se había prometido no pensar demasiado en ello, pero hacía un par de días vino de nuevo a su mente y era una de las razones por la que lo había citado, pero no parecía el momento para decírselo.

—¿La recuerdas? —inquirió Quinn en voz baja.

—¿A nuestra madre? Vagamente. Era… sonreía mucho. Y olía a pan. Cuando no estaba ocupada con cosas nefilim, le gustaba hornear. Hacía mucho pan, de muchos tipos. La cocina del Instituto siempre olía a pan. Después de que mi madre muriera, mi padre ni siquiera quería entrar allí. Fue después, cuando llegó Barb y empezó a enseñarnos a cocinar, que él también volvió.

—Mi madre se llamaba Ivy Garrett.

Sigfrid no pudo evitar abrir los ojos al máximo, incapaz de adivinar a qué venía semejante confidencia. Quinn, al segundo siguiente, volvió a mostrarse como si le sorprendiera lo que él mismo había dicho, pero finalmente pareció calmarse, lanzando otro de sus sentidos suspiros, antes de hacerle un gesto a Sigfrid para que se acercara. El rubio titubeó solo un segundo, hasta que echó mano de ese valor que le veían Astrid y Brunhild, con el cual logró animarse a quedar a solo centímetros del otro. Lo observó un largo rato, esperando no incomodarlo, hasta que Quinn salió de su ensimismamiento y volvió a hablar.

—Cuando las hadas se llevaron a mi madre, fue en su Guerra Oscura, cuando los cazadores de sombras evacuaron los Institutos. La manada se las arregló como pudo para protegerse unos a otros, pero a ninguno se le ocurrió que irían tras mi madre. Era… Ella era la esposa del alfa. Todos la protegían. Nadie se le acercaba sin que Garrett estuviera presente. He oído que a todos les caía bien, solo que muchas veces lucía muy triste, pero claro, ellos no tenían idea de por qué.

»Cuando llegó a Feéra, mi madre no tenía ni idea de lo que le esperaba. Sabía de las guerras de los nefilim, por supuesto. Antes de casarse, había estado en la Guerra Mortal y decían que había presumido unas cuantas veces la cicatriz de su runa de Alianza, que los cazadores de sombras no eran todos unos idiotas arrogantes… Pero aquello era diferente. Garrett le había quitado las ganas de presumir su cicatriz, incluso de reír, aunque él no estuviera. A esas alturas, a ella ya no le importaba nada. En cierta forma, agradeció lo que le estaba pasando. Con lo que no contó, fue con que el caballero hada que se la llevó, se las arreglaría para quedarse con ella.

Quinn guardó silencio por lo que pareció una eternidad. Sigfrid, sin estar seguro de cómo iba a terminar la historia, se propuso no interrumpir y escuchar hasta el final. Quizá eso era todo lo que podía hacer por Quinn en ese momento: ser la caja de resonancia de la historia de su vida.

—El hada cuidó de mi madre, la ayudó a sonreír de nuevo… Ella preguntó por qué lo hacía y él, al principio, solo le decía que por lástima. Le daba pena que algo bello se marchitara sin más. A mi madre le dio pena él, porque no parecía comprender que había cosas más importantes que la belleza. No sé cómo, pero acabaron enamorados y nací yo. Uno de mis primeros recuerdos es verlos abrazados y contentos, pero no como a veces se ven los que están bajo el influjo de la comida o la bebida de las hadas. Mi madre sonreía mucho, lo hacía de verdad, y mi padre también. Mi madre me contaba que era el preciado regalo que les había dado la vida a ellos, a la que ya no esperaba nada y al que nada había buscado. Mi padre me dio un nombre de hada, pero dejó que mi madre me pusiera un nombre mundano, así podría llamarme en cualquier lado sin que otros sospecharan siquiera de quién era hijo. Era feliz entonces, pero sabía que aquello no iba a durar. Algo me lo decía. Finalmente, llegó el día en que mi padre le dijo a mi madre que tenía que llevarla de vuelta al plano mundano. Ella no quería volver, pero entendió que era necesario. Cargó conmigo y los tres llegamos a Londres. Mi padre se despidió y se fue a Feéra. No he vuelto a verlo.

—¿Por eso…? —Sigfrid dudó por un segundo, antes de preguntar con todo el tacto que fue capaz—. ¿Por eso te interesaban las noticias de los refugiados?

—Pensé en preguntarles por mi padre, pero ¿qué podían saber? Él había hecho de todo con tal de que mi madre y yo estuviéramos a salvo. Si lo delataba, podía acelerar su fin, si es que aún está vivo. Aunque le rompería el corazón si nos volviéramos a ver.

Quinn apretó los labios ligeramente, mostrando en su semblante aquella tristeza suya, tan desgarradora y profunda como una cuchillada. Sigfrid no se atrevió a pronunciar palabra.

—Cuando mi madre se dio cuenta de que estábamos en Londres, pensó primero en ir con la manada, pero después supo que era mala idea. No sabía cuánto tiempo había pasado en este plano y si llegaba conmigo, los insultos serían el menor de sus problemas. Así que consiguió un sitio dónde vivir y un empleo, procurando no llamar la atención y al mismo tiempo, enseñándome cómo era este plano. Lo encontré muy frío, pero mi madre estaba aquí, así que no importaba. En esa época fue cuando conocí al señor Flamme. Fue al único de la ciudad a quien mi madre se atrevió a contarle su historia. Quería que alguien la supiera, en caso de necesidad.

—Suena como una mujer inteligente.

Quinn lo miró de reojo, arqueando las cejas. ¿Acaso pensaba que no era sincero?

—Ojalá los demás la hubieran visto como tú —dijo, regresando la vista al frente—. Me refiero a la manada. Llevábamos solo unos meses aquí cuando nos localizaron. Garrett en persona apareció en nuestra casa, le ordenó a mi madre que volviera con él y que… que me dejara atrás. Ella pensó que con eso no me haría daño, así que aceptó. Garrett creyó que había ganado, pero no se acordó de cómo son las mujeres lobo con sus cachorros. Debió pensar que yo nací porque a ella la obligaron o tal vez solo me odió al verme, no lo sé. Me atacó allí mismo y mi madre se interpuso. Me pidió que llamara al señor Flamme para que fuera. Apenas había aprendido a usar el teléfono, pero me las arreglé. No podía dejar de mirar a mi madre, de pronto muy enojada y atacando con toda su fuerza. Delante de mí había peleado, sí, pero para mostrarme cómo hacerlo. Incluso una vez se transformó delante de mí, solo por si un día daba muestras de tener ese poder. Nunca la había visto así, tan furiosa. Creo que lo que quiso hacerme Garrett fue lo único que ella no pensaba tolerarle. Cuando llegó el señor Flamme, mi madre estaba malherida y Garrett aseguró que había sido una pelea justa, que no se metiera en asuntos de la manada. El señor Flamme amenazó con acusarlo con los cazadores de sombras y Garrett se burló diciéndole que lo intentara.

—¿Los cazadores de sombras no hicieron nada?

—El señor Flamme, aunque estaba muy enojado, supo que Garrett tenía razón. En aquella época, los cazadores de sombras estaban demasiado ocupados intentando rehacer sus filas como para entretenerse con un caso de licántropos. Además, querrían saber por qué mi madre no dijo que había vuelto, ya que la manada la reportó desaparecida. Y para rematar, los cazadores de sombras estaban paranoicos con todo lo relacionado con las hadas, así que por mí no se iban a preocupar. Garrett dijo que, si mi madre sobrevivía, estaba dispuesta a recibirla en casa, que se la enviáramos, pero no lo hicimos. El señor Flamme la curó lo mejor que pudo, pero ella ya no pudo levantarse de la cama. Duró una semana. En todo ese tiempo, solo pensaba en mí, en que supiera que me quería y que nunca olvidara a mi padre. Después de eso, el señor Flamme se hizo cargo de mí, aunque me dejó vivir solo. No quería tener a nadie alrededor.

—Ahora no lo parece.

—Estar en multitudes es un mal necesario en este plano. No tardé en darme cuenta. Si quería encajar en este mundo, necesitaba comportarme como los demás. Necesitaba una vida mundana, para sobrevivir. El señor Flamme me ayudó, porque se lo prometió a mi madre, pero no he permitido que se sienta culpable. Si Garrett no supo valorar a su esposa tal como era, no era su problema.

—¿La manada nunca supo lo que pasó?

—Han circulado historias, pero Garrett no aclara nada y a mí nadie me pregunta. Han creído lo que han querido y la pagan conmigo, porque mi madre era de los suyos, pero yo no.

—¿No?

—Tengo la fuerza, pero nunca me he transformado, ni he transformado a otros. La luna llena tampoco me afecta, no como a ellos.

—¿Entonces cómo?

—Por lo visto, solo afecta mi mente. Si no tengo cuidado, cualquier cosa me altera más de lo normal y no reacciono muy bien.

—Gracias por contármelo —musitó Sigfrid.

—¿Por qué? —quiso saber Quinn, mirándolo con auténtica sorpresa.

—Debió dolerte el recordar. Sé que no tenías que hacerlo y que no he hecho nada para merecerme esa confianza. Por eso te lo agradezco.

—Tú lo has dicho, somos amigos.

Sigfrid asintió, pero sentía que Quinn no acababa de entender a qué se estaba refiriendo.

—Aún los amigos, no se confían todo —admitió en un murmullo—. Deben ser muy cercanos, muy queridos, para animarnos a hablar con ellos como no lo haríamos con nadie más. Lo sé bien.

Sacudiendo la cabeza, Sigfrid lo dejó así. No tenía por qué cargar a otros con sus problemas, mucho menos a alguien como Quinn, que tenía los propios y nada sencillos.

—¿Vas a seguir lamentándote solo? —inquirió Quinn—. ¿En qué pensabas cuando llegué?

—En que debí estar en Alacante —confesó Sigfrid, antes de darse cuenta—. Debí estar allí y votar en contra del exilio. Alphonse no había hecho nada malo y no tiene la culpa de la sangre que tenga. Y Rafael… Si lo conocieran, si no lo hicieran a un lado por ser hijo de quien es, habrían sabido que jamás iba a abandonar a su parabatai. La Clave ha perdido dos buenos cazadores de sombras ¿y para qué? ¿Qué clase de justicia es esa?

—Cumplen con su Ley, ¿no?

—Eso no fue la Ley. Eso fue cruel. Fue… Desquitarse con un inocente, así de sencillo.

—Nunca creí oír a uno de ustedes quejarse así de sus métodos.

—Y yo tengo la sensación de que te divierte echarme en cara que son nuestros métodos.

Quinn se encogió de hombros, dedicándole una leve sonrisa y una mirada atenta. De pronto, Sigfrid se preguntó si había sido mala idea citarse allí, en plena calle.

—No la he pasado bien con los tuyos, supongo que te habrás dado cuenta.

—Sí, algo he notado. ¿Puedo saber qué…?

—No me enorgullezco de eso. Preferiría conservar la poca dignidad que me queda.

—¿Crees que voy a burlarme si sé que te sienta mal?

Tras un momento de reflexión, Quinn negó con la cabeza.

—Sabía que no lo harías —afirmó, al tiempo que todo rastro de buen humor se desvanecía de su rostro—. Como he sabido que no encontrarías patética la historia de mi nacimiento.

—¿Por qué habría de…?

—Fue instinto lo que me hizo hablar. Algo muy dentro me aseguraba que hacía bien. Es el mismo instinto al que no escuché cuando me dijo una vez que hacía mal fijándome en un cazador de sombras que no se comportaba siempre de la misma manera, que primero parecía alentarme y al final, solo resulté su burla.

—¿Quién te haría algo así?

Quinn lo miró con el ceño fruncido, mostrándose sarcástico.

—Jonathan —musitó Sigfrid, recibiendo un asentimiento de Quinn—. Jonathan Highsmith.

—No he logrado deshacerme de la amarga sensación del rechazo. Pensé, de manera ingenua, que quizá había llegado mi momento de amor, como lo tuvieron mis padres. El instinto me advirtió, también vi varios detalles que no coincidían con la imagen que tenía de él, pero en ese momento, no me importaba. Creo… Quizá estaba demasiado ansioso, por amar y porque me amaran, y por eso me lancé de cabeza a la experiencia sin hacer caso a las señales de alerta.

—Lamento mucho que no resultara como tú querías.

Quinn lo observó fijamente, ladeando ligeramente la cabeza. A Sigfrid le sorprendió acordarse de Alphonse en ese momento, pero no era tan raro: el joven Montclaire, aunque en menor medida, era un mestizo de hada y quizá por eso, siempre sintió que algo en sus movimientos era diferente a los de otros cazadores de sombras, quizá un deje de mesura y elegancia combinado con una pizca de certeza. Solo que un gesto como aquel, meramente reflexivo, no encajaba con la imagen, tanto la de Alphonse como la de Quinn y creyó saber por qué: al mostrarse así, no era porque solamente repasaran lo que se les había dicho, sino que lo analizaban, tratando de ver la más absoluta verdad entre las palabras, con tal de no acabar destrozados por aquellos que tuvieran enfrente.

Increíble, pero Sigfrid pudo ver, en ese preciso instante, que tanto Alphonse como Quinn habían tenido un oscuro periodo en sus vidas sin nadie más que ellos mismos.

—¿Estás seguro de lo que has dicho? —preguntó Quinn finalmente.

—Sí, lo estoy. Nunca voy a alegrarme porque a alguien le vaya mal, menos si no es su culpa. Tú no… No creo que hicieras algo mal, Quinn. Ambos sabemos ya, con toda seguridad, que Jonathan es idiota. La única diferencia es que a ti te hirió sin razón y conmigo no tuvo la ocasión.

—¿Contigo?

Sigfrid se encogió de hombros, retomando su postura de contemplación del puente de la Torre, intentando por todos los medios no mostrar lo nervioso que se había puesto de repente.

—Ahora entiendo la amenaza —musitó Quinn con lentitud.

—¿La qué? —Sigfrid giró la cabeza hacia el otro, sin comprender.

—En el Queen's, cuando la conocí… La señorita Trueblood y Jonathan Highsmith hablaron. Ella terminó advirtiéndole que podría aprender a respirar con una flecha en la garganta.

—Típico de Astrid. Con un arco y flechas en las manos, da miedo. ¿Qué dijo Jonathan?

Fue el turno de Quinn de mostrarse ligeramente nervioso antes de desviar la vista.

—Por lo que alcancé a escuchar, dio a entender que te llamaría para una cita.

Sigfrid, tras escuchar eso, se limitó a dar una cabezada. Al menos, eso explicaría que Astrid, a la mañana siguiente de su escapada, insistiera tanto en que no se dejara llevar por Jonathan.

—Mi padre estaría furioso —admitió, sin poder controlar la repentina tristeza que escuchó en su propia voz—. Debió creer que, en el año de aprendizaje, iría a un Instituto «respetable» —imprimió un frío sarcasmo en esa palabra—, donde tal vez le encontraría una nuera, con la que luego volvería a casa, le daríamos muchos nietos y que tal vez, cuando el abuelo se retire, me nombrarían el director del Instituto de nuestra ciudad. En cambio, he venido a un sitio que no aprueba, solo para poder ser yo. ¿Sabes qué es lo peor? Que lo sigo queriendo. No me importa que la última vez que habláramos me diera una bofetada. No puedo dejar de querer a mi padre.

—Si pudieras hacer eso, te vería como un ser muy ruin.

—Más ruin es arrastrar a las chicas conmigo. Quizá ellas pudieron ir a otro Instituto, pero sé que Hildie me siguió un poco la corriente cuando sugerí venir aquí.

—Es igual de noble que tú, entonces.

Sigfrid se encogió de hombros. No se sentía noble en absoluto, no pensando en que aquellas semanas lejos de su padre, había sido más feliz de lo que podía recordar de meses atrás. Se llevó una mano al bolsillo de la chaqueta, tanteando lo que llevaba, antes de respirar hondo y empezar a moverse para ver a Quinn, pero éste lo sorprendió al no permitírselo, apoyándose en su costado izquierdo con cierto cuidado.

—¿Quinn?

—Solo un momento —pidió el otro, débilmente.

—¿Te sientes mal? ¿Quieres que vayamos a…?

—No, solo… Pensé que lo necesitabas.

—¿Qué, el ser un poste para ti?

Quinn movió el brazo, separándose solo un poco.

—Eso ha sonado muy de la señorita Trueblood.

—Sabía que tanto convivir con ella me afectaría algún día. ¿Estás seguro de que no necesitas sentarte o algo?

—No, estoy bien.

Sigfrid frunció el ceño. No se esperaba eso, como tampoco se había imaginado que Quinn moviera el brazo poco antes con el fin de estirar la mano y alcanzar la suya, pasando sus delgados dedos por la runa de Clarividencia en su dorso.

—He oído algo sobre esto —comentó Quinn, sonando tan casual que Sigfrid decidió centrarse en sus palabras y nada más—, ¿es verdad que se las ponen en la mano dominante?

—Sí, es verdad.

—Eres zurdo, entonces. No lo había notado.

—Sí, pero no tiene importancia.

Quinn movió apenas la cabeza, pero fue obvio que estaba negando.

—Has hecho mucho aquí, aunque no te correspondiera. Estoy empezando a comprender la clase de persona que eres, Sigfrid Sølvtorden, y mereces que te den importancia. Por eso te quieren tu hermana y la señorita Trueblood. Por eso Alphonse Montclaire y Rafael Lightwood–Bane no dudaron en venir por ti aquella vez. Eres un extraño en Londres por no haber nacido aquí, pero puedes quedarte si quieres. Lo sabes, ¿verdad?

—Sí, lo sé. Quinn, ¿a qué viene…?

—¿Quieres quedarte en Londres? Quisiera que contestaras eso primero.

Tragando saliva, Sigfrid fijó los ojos no en el puente delante de él, sino en el río. El Támesis, legendario por atravesar una de las ciudades más antiguas y poderosas del mundo, no se veía en absoluto afectado por los botes y demás embarcaciones que lo transitaban a diario. Tampoco, seguramente, le importaban los puentes construidos para poder ser cruzado. El torrente de agua seguía siendo el mismo, en el sentido de tener una forma y una corriente que nada había logrado cambiar, por más que hubiera acontecimientos que pudieron hacerlo. Como aficionado a la Historia, y no solo a la de los suyos, Sigfrid lo sabía. Había estudiado a Londres por años, mucho antes de saber que allí quería hacer su año de aprendizaje. Era una ciudad preciosa para él, aunque su cielo estuviera gris casi todo el tiempo y los mundanos no dejaran de transitar a toda carrera. Seguro era parte de eso, como el río y como la gente que había conocido.

—No me disgustaría vivir aquí —admitió por fin.

—Creo que eres de los que añoran su hogar y solo algo muy fuerte te haría abandonarlo.

—Yo… Sí, es posible. Nunca lo había pensado. Mi vida había estado siempre en Oslo, con mi familia…Solo que ahora, eso no parece importar.

—¿Por qué?

—Hildie dice que es por el ambiente. Los ataques y todo eso. Nos está haciendo sentir como si estuviéramos en guerra y que empezamos a darle prioridad a otras cosas. A propósito, nunca pude reclamar por ese mensaje de fuego para ella.

—Estaba muy enojado. Al fin parecían funcionar las cosas para todos, ustedes y nosotros, al menos en esta ciudad. Vienen esas cosas, solo aparecen Highsmith y tú… ¿Qué iba a pensar?

—Lo siento, pero…

—Te has disculpado suficiente. Has contado tu versión y te creo. Los Highsmith pueden ser irritantes en el mejor de los casos y demasiado torpes en el peor. No se dan cuenta de que, por salirse con la suya, pueden causar daños colaterales irreparables. Pudieron haberte matado.

A Sigfrid no le preocupaba la idea de morir. Era algo que, como cazador de sombras, tenía presente todos los días. Si llegaba a dolerle la idea, era por la gente que dejaría atrás, aquellas personas que le eran valiosas. Fue por perderse en esos pensamientos que lo sorprendió que Quinn dejara de repasar la runa en su mano, para enseguida entrelazar los dedos.

—¿Quinn?

—No quiero aprovecharme de tu compañía, pero tengo que bajar al Mercado. Iba a hacerlo mañana, pero… Si pudieras venir conmigo…

—Eso… No están dejando entrar a cazadores de sombras, ¿lo sabías?

—Sí, pero espero que hagan una excepción. Vienes conmigo y eres amigo de esos dos.

«Esos dos», dedujo Sigfrid, debían ser Rafael y Alphonse. Tras un instante de duda, acabó asintiendo, dando un leve apretón a la mano de Quinn antes de que éste lo soltara, aunque con cierto desgano, como si no quisiera hacerlo.

—Por si las dudas, espero que tengas un arma —recomendó Quinn, precediéndolo.

—Soy un cazador de sombras, como me recuerdas a cada rato. Aunque quisiera, nunca se me olvidaría cargar con un arma.

—Lo tendré en cuenta.

Sigfrid no pudo preguntar a qué se refería, porque Quinn llegó a la escalera que daba al Mercado y ya empezaba a bajarla.

Así pues, lo siguió y dejó sus dudas para otro día, sin saber cuándo podría ser éste.