Elizabeta se giró rápidamente, creyendo haber escuchado algo. Alertada, y nerviosa por algún motivo, comenzó a escudriñar el paisaje ante ella. ¿Había sido eso una risa? Entrecerró los ojos y repasó con la mirada cada hoja de cada arbusto, pero no vio nada. Aún así, no lograba quitarse aquella extraña sensación de estar siendo observada.
- ¿Qué ocurre?- Preguntó Yao, quien parecía no haber notado nada en absoluto, pues permanecía calmado.- ¿Te has olvidado algo?
- No, no... nada...- La húngara suspiró, resignada, y regresó con su nuevo maestro, pensando que habrían sido imaginaciones suyas. Desde que había llegado a aquel lugar estaba demasiado sensible... quizás fuesen los nervios. Sí, eso debía ser. No era posible que hubiese nadie tras los arbustos, esperando la oportunidad para saltar encima de ellos... la sola idea le parecía ridícula.
- Entonces volvamos a casa, que tenemos que machacar esas flores para hacer medicina. ¡Pero lo harás tú sola, y yo miraré, ¿entendido?!- Dijo el asiático, quien se estaba tomando bastante en serio su labor de maestro. Pretendía hacer que la chica aprendiese lo más rápido posible, para así quitársela de encima lo más rápido posible a su vez. Seguía insistiendo en que prefería trabajar solo.
Pero Elizabeta no estaba equivocada. Detrás de la vegetación sí había alguien. En concreto, dos personas. Dos personas que habían estado esperando por un buen rato para poder asaltarles... y que casi se ponen al descubierto por culpa del más joven de los dos.
- ¡Estúpido Dan!- Gruñó el coreano, con ganas de pegarle un buen golpe a su compañero.- No es el momento de ponerse a contar chistes ahora mismo, ¿sabes? Y menos de tetas... ¡sabes que no puedo aguantarme la risa!
- Pero me aburro...- suspiró el rubio, apoyando la barbilla en su mano.- Estar aquí agachados es un coñazo... además, tus reacciones siempre son graciosas...
- ¡Guarda eso para cuando estemos de vuelta en casa, joder!- susurró, aún con una sonrisa mal contenida en su rostro- ¡Ahora estamos cazando! Ya casi los tenemos...
- Pero llevamos casi una hora aquí escondidos... ¿por qué no salimos ya?
- Porque quiero que estén solos, para que sea más fácil...- explicó él, un poco más calmado.- Es decir, en este pueblo cutre del tres al cuarto nadie ayuda a nadie, por lo normal... pero no quisiera encontrarme con nadie de la resistencia que pueda partirnos la cara si nos descuidamos, ¿entiendes? Así que vamos a esperar un poco más, y...
- Perfecto, porque ahora no hay nadie. Más solos que la una, sí señor. Venga, afuera.- El danés, sin siquiera consultar, se levantó y se preparó para salir. Al mayor casi le da un infarto de la impresión, y apenas tuvo tiempo de lanzarle hacia atrás y hacerle caer de culo entre los matorrales de nuevo.
- ¿¡Pero qué te pasa!? ¡Te he dicho que quería asegurarme!
- Pero... pero...
Mientras tanto, fuera de los arbustos, Elizabeta cada vez estaba más segura de haber oído algo. Pero quizás era un gato, quién sabe... ¿estaría actuando como una paranoica?
- Eh... Yao... -la chica se acercó a su maestro y le tiró de la manga, provocando que éste se volviera para mirarla, con expresión interrogante.- Ah... ¿aquí hay muchos gatos?
- ¿Gatos? No, no muchos... aunque alguno habrá... -el chino entonces se quedó serio, y miró a los arbustos.- Aunque no, puedo asegurarte que no hay gatos tan grandes, ni tan ruidosos, como los que hay ahí escondidos.- Dijo, alzando el tono de voz lo suficiente como para que los espías pudiesen escucharle.
- Geh... creo que nos han pillado.- Murmuró el danés.
- ¡Claro que nos han pillado, idiota, es por tu culpa!- El coreano se llevó las manos al rostro, profundamente arrepentido de haberle escogido a él como compañero.
- Bueno... ¿vais a salir ya, o tengo que sacaros yo?- Preguntó Yao, algo molesto porque habían interrumpido su colecta de flores y demás hierbas curativas. La castaña se giró, algo temerosa. ¿Entonces sí había alguien?
Im Yong Soo pensó. Miró a su alrededor. No, no parecía haber nadie más. Había que ser muy valiente para llamar a alguien que está escondido, sobretodo si no sabes quién es, o cuántos son... o si van armados. O qué intenciones tienen. Tan despreocupado como siempre.
Con una sonrisa de superioridad, el alto salió de su escondite, arrastrando al rubio con él. Disfrutaría viendo la cara de sorpresa de su hermanito al verle.
- Hola, Yao~ ¿me echabas de menos?- Preguntó, con un tono de voz que rozaba la advertencia. Su compañero les miró al uno y al otro, sucesivamente, sin entender de qué se conocían y por qué.
- En realidad no.- Respondió éste, aparentemente aburrido.- Es más, desearía que no aparecieses más en mi vida, pero bueno... cargo con lo que me toca.
- M-maldito seas... ¡Han pasado cincuenta años! ¡Cincuenta!- Gritó Yong Soo, visiblemente afectado por las palabras del mayor.- ¿No me echabas de menos ni un poquito?
- Si te soy sincero, no.
- ¡Qué cruel, aniki! ¡Eres un ser cruel! ¡Con todo lo que pasamos de pequeños, y ni siquiera me diriges un "hola, hermano, ¿qué tal te ha ido?"!- Lloriqueó él, dolido.
- Espera... ¿Sois hermanos?- Preguntaron a la vez Dan y Elizabeta, quienes estaban, como poco, desconcertados.
- Claro, ¿acaso no se nos nota?- Preguntó Yong Soo, confundido de que no lo hubieran sabido a primera vista.
- Para mi desgracia, sí, lo somos.- Respondió Yao, con un suspiro cansado. Luego dirigió la vista de nuevo hacia su hermano.- Y en realidad, de pequeños casi no pasamos tiempo juntos, gracias a tu... afición por manosear a la gente. Además, si no te pregunto cómo estás es porque lo sé perfectamente. Estás con una panda de asesinos, y dudo que hayas venido aquí precisamente a saludarme.- Dijo, serio. Sabía lo que le venía encima.
Ante esta revelación, Elizabeta retrocedió un par de pasos, temerosa. Miró al rubio, aquel que le sonaba tanto, y... ¡sí, estaba segura de que era él! ¡Era el tipo que la había atado y que había intentado cortarle las alas! Le miró con odio, aunque se quedó algo perpleja ante el hecho de que el mayor parecía no reconocerla en absoluto; su cara de asombro por todo lo que estaba pasando era una señal más que clara de que se había olvidado de ella... o... que simplemente estaba fingiendo no hacerlo.
Por parte del otro bando, Yong Soo se había quedado totalmente en silencio. Le dolía un poco que su querido hermano no le dedicara ni un "buenos días", pero, por otra parte, le gustaba que fuese directo al grano. Sonrió y avanzó un paso, volviendo a poner su mirada amenazante.
- Me gusta que vayas directo al grano, Yao~- Dijo, con una voz animada pero peligrosa.- En realidad no esperaba encontrarte aquí, sólo buscaba a la señorita... el señor Iván quiere hacerle un par de preguntas~
- ¿Ah, sí? ¿Qué preguntas? ¿Cómo prefiere que la mutilen?- Escupió él, mientras echaba hacia atrás a la aludida con el brazo, en ademán de protegerla.- No vais a tocarle un pelo.
- Ooh~ ¿en serio? ¿Y qué vas a hacer tú para evitarlo?- Rió el coreano, avanzando otro paso. El mayor no se inmutó ni un ápice.
- Podría pegarte una buena paliza... Como siempre he hecho.- Contestó Yao, aún con su careta de seriedad que tanto asombraba a Elizabeta. Ella estaría demasiado nerviosa como para intentar poner una expresión tan seria en ese tipo de situación.
- Je~ pero no creo que puedas~ Sé que eres bastante sensible en esas alitas marrones tuyas tan raras que tienes~- Rió él, creyendo que al haber revelado el nuevo punto débil de su hermano, éste se pondría un mínimo de nervioso.- Podría ganarte con una mano a la espalda~
- Eso mismo le dijiste a Kiku cuando aún estábamos vivos... y creo que ya sabes el resultado de esa pelea.- Sin ceder ni un milímetro de su seriedad, Yao continuó impertérrito con sus pullas. Ésta, especialmente, hizo que la expresión del coreano se crispara. Un gesto de vergüenza y de odio apareció en su rostro, y seguidamente retrocedió un paso.
- S-serás... ¡eso es un golpe bajo!- Gritó, rabioso. Tanta furia hizo que todos los presentes dieran un respingo, asustados. Todos excepto Yao, claro; él seguía con la misma expresión.
- Y-Yong Soo...- Intervino Dan.- No te pongas así... no siempre se gana...
- ¡Cállate y desenfunda esa hacha inútil que tienes! ¡Le quiero inconsciente a la de ya!- Aulló, mirando al danés con unos ojos tan llenos de rabia que le hicieron retroceder.
- S-sí, ya voy...
- ¡DIJE YA!- Al coreano ya poco le importaba quién estuviese escuchando, sólo quería descargar su rabia con alguien. Y ese perfecto alguien era su querido, querido hermano. El pobre danés, todo espantado, se dio toda la prisa que pudo para sacar su arma y ponerse en posición de ataque. Jamás había visto a su compañero tan enfadado, pero no le gustaba nada.
- ¿Y-Yao?- Elizabet miró al chino, asustada.- ¿C-crees que podremos con ellos? Tienen un hacha...
- Tranquila, podré con ellos de sobra.- Susurró él.- Tú, por si acaso, ves a pedir ayuda.
- ¿Qué? Espera, ¿me estás diciendo que piensas pelear tú solo? No te dejaré hacer eso.
- Ya les has oído, te quieren a ti, no a mí. Yo impediré que avancen más mientras tú vas a por Francis y los demás, que tienen buenas armas. No creo que me maten, pero por si acaso date prisa. Ah, y coge mi bolsa de medicinas, puede que las necesite en un futuro próximo...- El asiático apenas había tenido dos minutos para improvisar ese plan, pero le parecía lo suficientemente bueno como para ponerlo en práctica.- ¡Corre, venga!
La chica le miró un segundo, espantada, negándose a dejarle allí. Pero la mirada seria de su maestro le hizo al final obedecer y salir corriendo de allí.
- ¡Eh, que se escapa!- Gritó el danés, empezando a seguirla. Pero justo cuando hubo avanzado unos pasos, Yao hizo un rápido movimiento y le golpeó con una patada voladora. Su pie impactó directamente con la barbilla del rubio, haciéndole caer de culo al suelo, a pocos centímetros de su posición inicial.
- Por encima de mi cadáver. No vais a tocarle un pelo a mi alumna.- Dijo, solemnemente.
- Je, como si me interesara esa palomita... no, ahora sólo me interesas tú... voy a ensartarte un cuchillo en el pecho, y disfrutaré viendo cómo te retuerces de dolor~ luego te ataré de la forma más dolorosa que se me ocurra y me guardaré un par de tus plumas para mi colección antes de llevarte con el señor Iván, que seguro te echa de menos...- Dijo el coreano, en tono sombrío. Acto seguido se regocijó con el cambio de expresión en la cara del chino; sus ojos se había agrandado un poco por la sorpresa, y se había quedado con la boca algo abierta.
- ¿Qué sabes tú de...? ...- Entonces sacudió la cabeza, y volvió a su misma seriedad de antes, concentrándose.- No importa... inténtalo. Aquí me tienes.
- ¡No creas que será tan sencillo! ¡He mejorado!- Gritó él, lanzándose a por él a gran velocidad. Intentó golpearle en el estómago con un puñetazo, pero fue esquivado y correspondido con una buena patada que le hizo retroceder.
- Hmm... yo te veo igual de impulsivo que siempre. ¿Seguro que has mejorado algo en estos cinco mil años?- Preguntó Yao, poco sorprendido.- Pareces el mismo niño de siempre... y a diferencia de eso, yo sí he mejorado.
- Tsk...- El coreano se frotó un poco la zona golpeada, y volvió a ponerse en guardia.- Sólo estaba probándote. Ahora empieza el combate de verdad. Ahora verás cuánto he mejorado bajo las enseñanzas del señor Iván... y también verás cuánto te has quedado tú atrás.
- Mucho hablar y poco actuar. Harás que me duerma.- Gruñó Yao.
- Tú lo has querido.- Yong Soo volvió a avanzar, aunque esta vez sus movimientos eran diferentes. Iba más rápido que antes, y parecía que iba a atacar de frente, pero lo que hizo fue esquivarle para golpear su espalda. A pesar de esta finta, Yao logró darse la vuelta y bloquear el puñetazo, para después lanzarle lejos de un golpe.
Estaba por cantar victoria de nuevo, pero entonces notó que algo se movía a su espalda, y se giró todo lo rápido que pudo, bloqueando lo que fuese que venía con los brazos. Lo que no esperaba es que lo que viniese no fuese un golpe, sino el canto del hacha. El impacto le hizo retroceder un par de pasos, y se frotó dolorido la cara; le había dado fuerte.
- Jugáis sucio... atacando por la espalda...- Gruñó.
- No es jugar sucio, es jugar estratégicamente~ además, esto ha sido desde siempre un dos contra uno, aniki. No te olvides.- Sonrió Yong Soo, burlón, mientras se ponía en pose de ataque de nuevo. Dan hizo lo mismo, atento a las órdenes de su compañero.- No le cortes, rubito, quiero encargarme yo de eso~
- Entendido~- Sonrió él, poniendo el hacha de lado nuevamente.
Yao se puso a la defensiva al ver que ambos iban a por él a la vez. Logró bloquear los golpes de nuevo, pero entonces notó un fuerte dolor en la espalda. Le fue casi imposible disimular un gesto de profundo dolor. ¿Qué había sido eso? Se llevó las manos a la zona donde le había dado aquel pinchazo. Sus alas. ¿Le habían dado? No, no lo habían hecho... estaban bien... ¿podría ser entonces...?
- Vaya, hermanito, ¿qué te pasa? Apenas te hemos tocado~- Sonrió el coreano, sabiendo perfectamente lo que le pasaba.
El asiático trató de disimular su pánico, y lo hizo lo mejor que pudo. Sí, sólo podía ser eso. Su medicina para los dolores. ¿Cuándo era la última vez que se la había tomado? ¡Creía que la había tomado el día anterior, pero eso no era posible, o no le estaría doliendo en aquel momento! Qué fallo por su parte... ¿cómo se le había olvidado tomársela? ¡Era importante!
Ah, claro. Gastó todo en la medicina para Marcello. Maldita su suerte.
Sabía que ser tan caritativo le iba a salir caro algún día.
- N-no es para tanto, sólo un pequeño dolor... me he descuidado.- Respondió rápidamente después de salir de su estupor inicial.
- Ya, claro~ bueno, entonces... ¿seguimos?- Retó el coreano, empezando a tomar el combate por ganado.
Y Yao volvió a ponerse en guardia, como si nada hubiese pasado...
Pero en su interior rezaba porque Elizabeta se diese prisa.
X.x.X.x.X.x.X.x.X
Elizabeta mientras tanto corría todo lo que podía. Apenas se acordaba del camino correcto hacia la casa del inglés, pero se esforzaba por recordarlo a medida que corría. La vida de Yao estaba en sus manos. Quería hacer todo lo que estuviese en su mano para salvarle. Quería salvar a su maestro, quería salvar a alguien... no pudo salvar a los Vargas, pero salvaría a Yao. Lo haría. Eso pensaba mientras giraba entre callejones, mientras se apoyaba en alguna que otra pared para no resbalarse y tropezar, mientras saltaba unas pequeñas cajas de fruta que alguien había dejado en mitad del camino.
Se le empezaba a agitar la respiración, empezaba a agotarse... maldita sea, sí que estaba blanda. Necesitaba entrenar... ... o quizás... quizás fuesen esas malditas alas a su espalda. Ese peso muerto, doloroso e inútil, que le frenaba, que le impedía ir todo lo rápido que quisiera. Maldecía su destino. Maldecía estar muerta, y sobretodo maldecía aquellas alas que Dios le había dado. Ojalá pudiese librarse de ellas, quitárselas y no necesitarlas nunca más... pero no podía. Eran como una maldición permanente sobre su cuerpo, recordándole su horrible pasado y todo lo que había hecho.
Y ahora estaba a punto de perder a alguien más.
No quería eso. Otra vez no.
Sumida en esos pensamientos pesimistas, la húngara no se había dado cuenta de que había aminorado un poco la velocidad de su carrera, ni siquiera de que estaba llorando. Algunas mujeres que había charlando en la calle la miraron, confusas, y comenzaron a parlotear sobre ella y sobre lo que sea que le ocurriese, pero tampoco le prestó atención a eso. Su prioridad era ubicarse. Pero tampoco sabía dónde estaba; la desesperación comenzaba a llenarla con enorme rapidez.
¿Y si no encontraba a nadie?
¿Y si no llegaba a tiempo?
¿Y si...?
Empezó a sentirse mal por todo lo que estaba pensando, pero pronto se le alegró el alma, al ver cómo cierta persona conocida salía de un bar que estaba frente a ella. ¡Aleluya! Quiso gritar a los cielos, pero le faltaba el aire. Aunque no necesitase respirar, para hablar y para correr se exigía un mínimo de aire que ella no tenía en ese momento.
- ¡Lovino!- Apenas logró llamarle mientras se acercaba a él. De lo rápido que iba, apenas le funcionaron los frenos, por lo que cayó justo encima suyo, haciendo que casi caigan ambos al suelo.
- ¿E-Elizabeta?- El confuso y ahora algo dolorido italiano la apartó un poco, mirándola con extrañeza.- ¿Qué mierda pasa?
- ¡LovinoerestúgraciasalcielotienesqueayudarmeayudarnosayudaraYao...! -la castaña hablaba demasiado rápido, y tuvo que parar a tomar aire de nuevo. Tanta urgencia empezaba a asustar a Lovino.
- Cálmate.- Dijo, poniendo las manos en sus hombros.- Respira. Calma.- Esperó a que la chica respirase un poco, aunque le daba mala espina que pareciese tan asustada.- ¿Qué ha pasado, Elizabeta? Explícamelo.
- Es... ¡Es Yao!- Logró decir después de tomar algo de aire. Justo en ese momento, Antonio y el resto del grupo salían del bar también, y el español se acercó rápidamente a ellos.
- ¿Qué pasa con él?- Preguntó el ojiverde, que parecía preocupado.- ¿Yao se ha roto la cadera?
- ¿Qué? ¡No! Es...- La castaña pensó en la mejor manera de decirlo sin confundir a todos.- Es... Son... son esos tipos. Los de las alas negras. Están aquí.- Empezó a decir. En los ojos de los demás enseguida brilló un destello de preocupación.
- ¿¡Cómo dices!?- Gilbert se acercó aún más y la tomó por los hombros, sacudiéndola un poco.- ¿¡Dónde están!? ¿¡Tienen al chino!?
- ¡S-sí!- Gritó ella, atacada de nuevo por los nervios.- M-me querían a mí, pero... Yao se interpuso y me dijo que fuese a... a buscar ayuda...
- ¡Entonces hay que darse prisa!- Gritó el albino, soltándola. Parecía mucho más firme que antes.- ¡Vosotros dos!- Empezó dirigiéndose a Francis y a Antonio.- ¡Coged a West, os vais a ayudar a Yao! ¡Yo iré a por las armas a casa, Lovino me acompaña!
- Pero Gil, no sabemos dónde están...
- ¡Que la chica os guíe, joder! ¡No tengo por qué decirlo todo!- Volvió a gritar él, para luego girarse hacia el italiano.- Venga, nos vamos.
- V-vale... pero a mí no me das órdenes, maldita sea, lo hago porque me parece lo mejor...- Murmuró Lovino, enfurruñado porque no le gustaba recibir órdenes. ¿Qué se había creído el albino ruidoso ese? ¿Su jefe? ¡Ja! ¡Lovino Vargas jamás había tenido un jefe, y jamás lo tendría! Sólo le hacía caso porque, como había dicho, era lo mejor... lo mejor para él. Mantenerse lejos del campo de batalla a veces era necesario para continuar con vida.
- Ah, y una cosa más... Feli se quedará ahí hasta que volvamos. Decidle que nos vamos un segundito, tampoco estaremos mintiéndole.- Continuó Gilbert, que no veía al menor como un potencial elemento ofensivo. Lo mejor para el pequeño Feliciano era quedarse en el bar, con la señora que servía las bebidas, hasta que regresaran. Así no saldría herido y no estorbaría, dos por uno. Si es que sus planes eran geniales.
Dicho esto, empezó a irse hacia la casa, a paso ligero, con Lovino detrás.
Sin embargo, el francés no parecía muy contento con sus órdenes. ¡Él no sabía pelear sin armas, necesitaba su querida espada! Puede que Ludwig y Antonio estuviesen más acostumbrados al combate cuerpo a cuerpo, pero no era su caso... ¿qué podría hacer él de útil? Así que decidió objetar.
- Gil, mon ami, espera... sabes que yo no puedo pelear así, sin nada.- Dijo, sujetándole por las mangas antes de que se fuese. En otros tiempos, quizás habría hecho una broma interna con sus propias palabras, pero no era el momento.
- ¿Ah? Ya sé que no tienes ni idea, Franny, pegas como una niña.- Musitó el aludido, alzando una ceja.
- ¡No me llames así!- Se enfurruñó el galo.- Y si sabes que no sé pegar, ¿por qué me envías a mí?
- Simple. Carnada.- Se limitó a decir el albino. El rubio puso una cara de horror extremo nada más escuchar esas palabras.
- ¡E-espera! ¿Carnada? ¿¡Y tú te consideras mi amigo!?
- Muévete, Francis, cada segundo es precioso...- Suspiró Gilbert, que empezaba a impacientarse.
- Si es por carnada, mejor pon una que sepa pelear, ¿no?- Rogó el pobre Francis, empezando a hacer el drama que tan bien se le daba.- ¡Cámbiame por Lovino! ¡Él sabe pelear!
Nada más oír eso, el italiano sintió unas fuertes ganas de salir corriendo por patas, y otras muy fuertes ganas de darle un puñetazo al idiota ese en la cara. ¿Pero cómo se le ocurría meterle en la pelea así, por las buenas? ¡No estaba nada conforme!
- ¡Eh, eh, franchute, ni se te ocurra!- Empezó a objetar, aunque sus quejas fueron cortadas inmediatamente por el español.
- ¡Ah, pero es cierto! ¡Lovino sabe pelear, y bastante bien! Me salvó la vida el otro día, sin ir más lejos~- Canturreó el ibérico, mirando a su salvador con ojos brillantes. Eso hizo retroceder un poco a Lovino, dejándole mudo por un segundo.
- Oh, bueno, si es así... Francis, tú conmigo. Lovino, tú con Antonio y con West.- Un suspiro de alivio y un gruñido de frustración se pudieron escuchar claramente con este cambio de órdenes. A Lovino ya casi se le olvidaba que estaba siguiendo las órdenes por conveniencia, y gruñía por gruñir.
-¡Ah, esperad!- A Elizabeta casi se le olvidaba.- Yao dijo que cogiese su bolsa de medicinas...
- Pues la cogeremos nosotros. Tú guía al grupo hasta donde está el chino, y ya os alcanzaremos.
Esas fueron las últimas palabras que se dijeron antes de partir en direcciones opuestas.
X.x.X.x.X.x.X.x.X
Uno menos.
El danés yacía en el suelo, desmayado, con una herida profunda de su propia hacha en el costado. La herida sangraba abundantemente, lo que le había hecho perder el conocimiento. Como médico, Yao no era muy tolerante a ver sangre y no hacer nada al respecto, pero no le quedaba otra. Cuando vio una oportunidad para volver en arma del rubio contra él, lo hizo, provocándole esa profunda herida que se había puesto a sangrar intensamente. No tardó mucho en marearse y caer.
Pero él también estaba bastante mal; sus alas, a pesar de no haber recibido el más mínimo golpe, le dolían más que nunca, y apenas se podía tener en pie, aunque intentaba hacerlo por su propio bien. Aparte de eso, tenía unos cortes en los brazos de menor gravedad y las costillas doloridas por tantos golpes. Le sorprendía que no le hubiesen roto nada todavía. Realmente le sorprendía. Quizás con un golpe más sí se le romperían. Y eso no le iba a sentar nada bien.
Ah, necesitaba sus medicinas...
Justo estaba descansando un poco por haber abatido al nórdico, cuando una piedra impactó en su rostro, haciéndole dar un pequeño grito, más por el susto que por otra cosa. Retrocedió un poco y se limpió la sangre que le había hecho la reciente herida.
- ¡Ja~! ¡En toda la cara! ¿Qué te parece eso, hermanito?- El coreano se regodeaba por su certero golpe. Poco parecía importarle su compañero herido un poco más allá... pero en fin, pensaba él, ya se curaría solo con el tiempo. Unas semanitas en la cama y como nuevo.
- Me parece sucio y rastrero, igualito que tú.- Gruñó Yao, que no se había esperado aquel golpe tan bajo.
- ¿Eh? ¿No te gusta? Y eso que pensaba añadirlo a mi lista de movimientos...
- ¡Cállate, así no se pelea aru! ¡Es algo muy bajo!- Gritó el chino, enfadado.
- ¡Ah, adoro cuando te pones así~!- Se rió el coreano, con una risa falsa y fría.- Me recuerda tanto a aquel día...
- Dije silencio.- Yao estaba empezando a ponerse realmente furioso, y esperaba no tener que llegar a eso.
- ¿Qué pasa? Tú me has recordado cosas malas a mí, así que por lógica yo puedo decirte las cosas malas a ti...- dijo yong Soo, sonriendo.- ¿Estás bien? Pareces cansado... ah, y no tienes muy buen aspecto. ¿Son las alas? Sí, son las alas... ¿verdad?
- Creí que los años que habíamos pasado aquí te habían vuelto más listo, pero está claro que me equivocaba, ¿verdad? Sólo ves lo obvio.- Murmuró Yao, jadeando levemente por el cansancio.- Sabes que no podemos tener un duelo en igualdad de condiciones, por eso has intentado atacarme... y además no lo has hecho tú solo, lo has hecho con ese de ahí, para tener más oportunidades.- Continuó, señalando al danés con la cabeza.- Por otra parte, sabes mi punto débil pero yo no sé el tuyo... juegas con ventaja y lo sabes.
- Ah, venga, no te hagas la nenita indefensa, que yo sé que aún puedes seguir peleando.- Rió su hermano, haciendo un pucherito poco después.- ¿Sabes? Yo tampoco estoy para tirar cohetes... me has dejado para el arrastre.- Comentó entonces, señalando su cuerpo. Tenía algo de sangre brotando de un corte que tenía en la mejilla, y sus brazos estaban llenos de rasguños. Su ropa, algo ajada, mostraba más golpes y cardenales, todo provocado por su hermano.- Hasta me has quitado uno de mis cuchillos, por eso has conseguido hacerme este corte... eres bueno, sí.
- Qué simpático por tu parte el ponerte sincero ahora.- Anotó el mayor, con sarcasmo, agarrando con más fuerza en pequeño cuchillo que acababa de robar hace pocos minutos.
- Para nada, sólo quiero que sepas la verdad, para que no te creas inferior. Peleas muy bien, aniki. Siempre fuiste el mejor. Pero eso cambiará hoy, cuando te derrote.
- ¿Sigues con eso?- Suspiró Yao, cansado.- Sabes que, a este ritmo, te voy a...
Iba a continuar hablando, pero entonces una explosión interrumpió sus palabras. Alarmado, giró la cabeza hacia el lugar donde creía que provenía el ruido, y le horrorizó ver una columna de humo salir de unas casas que estaban un par de metros más allá. Poco después de eso, se vio arder el tejado de las viviendas. Entonces comenzaron a escucharse los gritos. El primer impulso de Yao fue correr hasta allá, pero la risa de su hermano menor le detuvo.
- Vaaya~ ya empezaron, ya empezaron~ Empieza la fiesta~- Rió, enseñando sus blancos y perfectos dientes por un segundo antes de volver inmediatamente a callarse por culpa del dolor que le había producido el hacer ese gesto. La herida de su mejilla empezó a sangrar con más fuerza, manchando un poco su ropa con el goteo.
- ¿Qué has hecho?- Siseó Yao, con más ganas que nunca de darle una paliza.- ¿¡No decías que queríais sólo a Elizabeta!?
- Ah, ¿así se llamaba? Bueno... no exactamente, no era nuestra prioridad... y tampoco hemos venido solos, hermanito... Sabes... hay que ser muy valiente para enfrentarte a alguien si estás solo... sobretodo si no sabes cuántos son, ni qué intenciones tienen...- Dijo, con tono travieso.- Tan despreocupado como siempre, aniki. Mal, mal~
- ¡Ya me he cansado!- Gritó el mayor, totalmente enfadado ya.- ¡Te voy a...!
- ¿Qué? ¿Qué me vas a hacer?- Rió de nuevo el coreano, retrocediendo un par de pasos al ver que su hermano se acercaba a él.- Los planes que tengo yo para ti son mucho mejores, ¿sabes?
Yao lanzó el primer golpe, aunque fue esquivado con facilidad. Aún así, en lugar de devolverlo, lo que hizo fue retroceder más. Era como si estuviese huyendo, pensó el chino. Pero... ¿por qué? ¿No quería pelear? ¿Por qué retrocedía ahora? ¿Acaso le daba miedo cuando estaba enfadado? No, no parecía ser eso, pero...
Im yong Soo sonreía, travieso, mientras esquivaba con facilidad los golpes de su hermano. Cuando estaba enfadado era mucho más fácil, sí señor. Podía permitirse jugar un poco con él ahora... y mejor si le alejaba de la escena, ya que se suponía que la ayuda le llegaría pronto, y él no quería eso... Ah, pero también tenía que tener cuidado. Estaba golpeando con mucha fuerza. Como le acertara un solo puñetazo, iba a ver las estrellas.
Así, poco a poco, tentando a la suerte, el coreano fue retrocediendo, esquivando, hasta que la suerte dejó de sonreírle y Yao logró encajarle un buen gancho en la mandíbula. Con un grito de dolor, el coreano cayó un par de metros más atrás, y el chino fue hasta él, haciéndose crujir los nudillos.
-¿Unas últimas palabras antes de despertarte en una celda, Yong Soo?- Murmuró, acercándose aún más, preparando un último golpe.
- Te diría que eso ha dolido, y mucho...- Gruñó el coreano, maldiciendo a su suerte mientras se frotaba la mandíbula. Por suerte no se le había roto ningún diente... aunque... no tenía que preocuparse por eso precisamente ahora. Retrocedió todo lo que pudo, hasta que chocó contra los arbustos en los que se había estado escondiendo antes. Y entonces escuchó un sonido salir de los mismos. ¿Había alguien ahí?
Yao alzó el cuchillo y se preparó para golpear, pero justo entonces, algo salió como una bala de los matorrales, impactando en el pecho del mayor y haciéndole retroceder con un grito de dolor. Se encogió sobre sí mismo, dolorido y tembloroso. ¿Qué había sido eso? Había sido como si... algo... se hubiese clavado en su estómago. Pero tenía la vista algo nublada, no podía ver con claridad... ¿y eso por qué? Además, le temblaban las manos... sus manos... estaban llenas de sangre.
¿Sangre? ¿Por qué?
Además, le seguía doliendo el golpe. Un dolor punzante, que parecía que le había rasgado la piel... ¿le habían dado con algo afilado? Quizás una garra, o algo parecido... Al dirigir la vista hacia su herida para asegurarse, se le congeló la respiración con lo que vio.
Dos cuchillos, cada uno de un tamaño similar a su puño cerrado, estaban clavados en su abdomen.
Desconcertado, Yao miró hacia delante, buscando a su agresor. Sólo conocía a una persona que fuese tan rápida para tomarle así por sorpresa, pero... no era posible que... él no le haría algo como eso.
Pero oh, qué equivocado estaba. Delante suyo encontró a la persona que menos deseaba ver en ese momento. Tantos años sin verle... y estaba exactamente igual a como le recordaba. Pequeño, con el pelo algo revuelto, y esa mirada seria que parecía guardar algún que otro secreto... esa figura delgada... hasta la misma ropa.
- H-Hong... ¿por qué...?- Sin poder soportarlo más, el mayor se dejó caer sobre sus rodillas. El dolor era demasiado intenso para ser sólo dos cuchillos normales. ¿Qué le había hecho?
- Nihao, hermano.- Dijo el menor, con una expresión inescrutable. El coreano apenas podía contener su júbilo.
- ¡Hong, hermanito! ¡Has venido a ayudarme!- Dijo, colgándose de él y abrazándole con fuerza.- Siento haber dudado de ti, ¿sabes? Es que estaba nervioso, y... bueno, los nervios me pueden. Sabes lo mucho que te quiero en realidad, ¿no?
- Hong, no... ¿estás con ellos?- logró decir Yao, quien sentía que le faltaba el aire. Su vista se nublaba cada vez más, y apenas conseguía distinguir las figuras borrosas de sus dos hermanos.- Tú no...
- ¿Sorprendido? El pequeño se unió a nuestras filas hace un par de meses~ es nuestra nueva adquisición brillante~- Canturreó Yong Soo, dándole un beso de júbilo a su hermanito en la mejilla. Éste se sonrojó un poco y se lo quitó de encima de un empujón.
- Deja eso... estás herido. Y Dan más... o algo así. Os tengo que llevar a la base enseguida.- Acto seguido, miró a Yao y se acercó un par de pasos más.- Espera que acabe con él, tú ves cargando a Dan... podrás, ¿no?
- ¡Claro! Déjalo en mis manos~- Dijo él, yendo a por el rubio, quien seguía tendido en el suelo, con un charco de sangre cada vez mayor bajo él.- Fuu~ ya habría muerto... si estuviese vivo, claro.- Anotó, impresionado al ver la enorme cantidad de líquido.
Mientras el coreano trataba de cargar al danés, Hong se acercó a su hermano, quien aún intentaba ponerse en pie. Había dejado de respirar para no ponerse nervioso por la falta de aire. Ahora sólo tenía que encargarse de mover las piernas, que no le respondían. Al notar que se acercaba, alzó la vista, tratando de distinguir su figura delgada, pero ya apenas podía ver; todo se estaba volviendo negro.
- Leí que la vista es uno de los primeros sentidos que se pierde al morir... o algo así.- Dijo Hong, acuclillándose frente a su hermano, quien, aún sumido en su desconcierto, no fue capaz de decir nada.- ¿Sabes? Impregné mis cuchillos con veneno por si las cosas se complicaban demasiado. También les ayudé dándoles pólvora de la buena... tú me enseñaste a hacerla, ¿recuerdas?
- P... pero...- No, Yao no era capaz de decir más. Su cuerpo estaba inmóvil, pero su mente trabajaba a toda velocidad. Su hermanito, Hong... ¿estaba con ellos? No, él no era capaz de hacerle daño a una mosca... era tan inocente... pero ya ves, le acababa de ensartar con dos cuchillos envenenados... ver para creer. ¿Por qué lo haría? Tantos años con él, enseñándole... él decía que quería la paz, pero se había acabado uniendo al bando enemigo. ¿Tan fuerte era el deseo de reencarnarse? ¿Le había podido la ambición? No podía creerlo... y sin embargo, ahí estaba la evidencia. Hong alzó una mano, y se puso a acariciarle el pelo, pero apenas lo notó.
- Dicen que el segundo sentido que se pierde es el del tacto, o algo así... no puedes sentir esto, ¿verdad?- Murmuró, mirando a su hermano con lástima. A pesar de que no iba a morirse por un simple veneno, no le gustaba nada lo que estaba viéndose obligado a hacer. Todo porque Yong Soo no sabía hacer bien su trabajo. Suspiró, y acercándose más a él, susurró en su oído.- Lo siento mucho...
Esas fueron las últimas palabras que Yao pudo escuchar antes de perder totalmente la consciencia.
WAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA! NUEVO! No me maten, por favor, yo los amo! QuQ
Además, creo que les he traído algo bastante jugoso... creo (?) no sé, estas cosas me parecen jugosas QuQ me perdonan? Sí?
Ahora estoy de vacaciones, así que creo que seré capaz de escribir un poquito más... es que antes he estado muy liada, y he tenido un montón de problemas imperdonables, así que no he podido hacer mucho QuQ pero no he muerto! lo juro, sigo acá! Y seguiré por los siglos de los siglos, hasta que una babosa gigante me coma!
Y bueno, también he de decir que había perdido un poquito la inspiración. Por eso me vi de nuevo tooda la serie de Hetalia, me metí de administradora en una página de Hetalia en Facebook... pero lo mejor que me ha pasado es que he añadido a mis amigos de face a alguien, que no sabía muy bien quién era, sólo porque quería rolear un poquito... y ha resultado ser una de mis lectoras! Y me reconoció, y fue todo tan sdfhjaskjdfhasfd hermoso Q/Q te dedico especialmente a ti este capítulo, a ti y a tu hermana, porque gran parte de la inspiración me la habéis devuelto vosotras!
*toda feliz, soltando brillitos y corazoncitos* Y eso sería todo~ espero que no os hayáis olvidado de mí, y que me dejéis una que otra review para decirme que no me odiáis, porque no quiero que me odiéis, mis amados lectores, yo os amo a todos QuQ
Nos veremos en el próximo capítulo que suba~ chao~ QuQ
PD: Alguien notó que me cambié la foto de perfil? ouo
